Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 16 de diciembre de 2010

ÁNGEL SILVELO GANA EL PRIMER PREMIO DE LA 14ª CONVOCATORIA DE LOS PREMIOS ARTÍSTICOS Y LITERARIOS DE LA SUBSECRETARÍA DE DEFENSA


Ayer cuando regresaba a casa en el Metro después de la comida navideña del trabajo, recibí la llamada de la Secretaria del Premio para comunicarme que había sido el afortunado este año con el primer premio. Este galardón, además de para darme ánimos y fortaleza a la hora de mantener el discurso narrativo que he retomado hace poco más de un año, me ha servido para compartir con mis compañeros la lectura y las múltiples interpretaciones que ha dado el relato, y así, cerrar el mágico círculo que componen, el creador, la obra y el lector, lo que sin duda da sentido a la escritura y al que escribe.

Este aprendiz de escritor que soy expresa desde esta pequeña ventana que tengo abierta al mundo mi gratitud a todos aquellos que me han apoyado y a aquellos otros que han disfrutado con la lectura del cuento.

Aunque remota, cabe la posibilidad que lo publiquen en la Revista Defensa, ojalá sea así. Aquí os dejo el inicio del mismo:

ADRIÁN SÓLO TENÍA DIECISÉIS AÑOS
Algo sigue roto dentro de mí. Hay grietas que nunca se tapan y que permanecen en un lugar donde no somos capaces de encontrarlas, pero hay veces que las grietas se agrandan y que llegan a donde hacen más daño. Ellas conocen el camino y no les cuesta llegar.

Hay una noticia que busco desde hace días, la busco a solas, porque no quiero que los demás me vean desnudo, lleno de heridas. Es una confirmación más que una esperanza. Hoy es viernes, veintisiete de febrero de dos mil nueve. Por fin la encuentro…

No por ser una noticia esperada me siento más aliviado, todo lo contrario, abro el cajón de mi mesa y busco entre mis papeles personales. Encuentro lo que busco, una carpeta de gomas azul con el nombre de Literaria. No me cuesta mucho dar con ello, es el conjunto de folios más amarillento. Mis grietas se abren con facilidad y encuentran el lugar adecuado mientras leo lo que allí está escrito. Una lágrima cae de mi mejilla y se posa sobre el folio seco y desteñido, maloliente como los trágicos recuerdos...

Adrián y yo teníamos una gran amistad, el tipo de amistad que sólo se tiene a los dieciséis años, cuando se entrega todo sin pedir nada a cambio. Todos nos veían, pero todos estaban ciegos. Nadie entendía esa cercanía, ni nuestros padres, ni el resto de nuestros amigos. En verdad, éramos los maricas oficiales del colegio y la pandilla, pero nuestras vidas no eran muy diferentes a las del resto de nuestros amigos. En el colegio sólo queríamos aprobar, y si se podía, sacar buenas notas. Fuera de él nos divertíamos con nuestros amigos, y si se podía, veíamos una sesión doble de cine los sábados por la tarde. Por la mañana echábamos un partido de fútbol contra otros chavales de barrios cercanos, y si se podía, lo ganábamos; en definitiva nada nuevo. La única diferencia entre Adrián y yo, y el resto de nuestros amigos, era que a nosotros dos nos gustaba estar juntos. Nos encontrábamos bien el uno cerca del otro sin hacer nada especial, a pesar de que nos llamaban siameses y barbaridades por el estilo. Al principio fue duro, pero luego nos acostumbramos. De ahí, que nadie se sorprendió el día que fuimos juntos a hacer la prueba para entrar en el Atlético de Madrid. Nos habíamos jurado que sólo entraríamos si lo hacíamos los dos a la vez, que siempre estaríamos en el mismo equipo y que nuestros destinos estarían siempre unidos pasara lo que pasara.

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