Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

DISCURSO DE VARGAS LLOSA EN ESTOCOLMO: APRENDER A LEER ES LA COSA MÁS IMPORTANTE QUE ME HA PASADO EN LA VIDA.


De esta forma tan contundente, Mario Vargas Llosa iniciaba su discurso del Nobel en Estocolmo. El regreso al origen de las cosas, la génesis que comienza como un orden absoluto para más tarde convertirse en caos. Todo comienza ahí, cuando uno aprende a leer, pues ese es el primer paso que nos llevará al mundo de los sueños y más tarde a la ficción que nos permite sobrevivir a nuestra existencia.

Esta afirmación tan sencilla como categórica, nos vuelve a demostrar que tenemos el privilegio de encontrarnos ante una mente clara en sus ideas, en su vida y en sus pasiones. Un discurso titulado Elogio de la lectura y la ficción, y que sus familiares han calificado como "emocionate y entrañable", como cuando hace referencia a Patricia, su mujer: "es tan generosa, que hasta cuando me riñe, me hace el mayor de los elogios, Mario para lo único que tú sirves es para escribir", pero que además, contiene grandes lecciones magistrales para todos aquellos que se quieran convertir en escribidores, como cuando expresa que: "no es fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos?... Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia".

La larga línea que recorre su vasto discurso, nos lleva con aparente facilidad por su vida, sus lecturas y sus ideas, que lejos de renunciar a ellas, asume y defiende. Un recorrido que nos traslada a Perú, España, París o Barcelona, y que también se detiene en los nacionalismos, las dictaduras o la transición española; pero donde de verdad se ensalza la calidad del niño que se hizo hombre, para más tarde convertirse en escritor, es en los recuerdos relacionados con la literatura, como cuando reconoce que al terminar sus primeras lecturas, lo primero que hacía era continuarlas o enmedarlas el final, lo que le lleva a confesar que "... acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras". Lo que nos lleva a preguntarnos, si acaso cabe mayor sinceridad en un hombre que ya lo tiene todo en el mundo de las Letras, aunque en el fondo de su ser, seguramente le quede el gusanillo de la eternidad, un don que lamentablemente ni él ni nadie será capaz de contemplar y disfrutar junto a los suyos.

No deja de ser menos estremecedora la alusión que hace al inicio de su lecturas y el cambio que se produjo en su vida cuando se mudó con su madre a Lima. El mundo y la vida que le tocaron vivir entonces, le alejaron de la dulce Arequipa, y fue precisamente ahí, en el mundo de la fábula y la ficción donde se refugió del universo real que no le gustaba, y esa fue su salvación; leer. Allí era don él se sentía libre, una libertad que le llevó a escribir: "y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a un pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir".

Por encima de la parálisis del fabulador y del creador de historias, siempre se impone la literatura, y Vargas Llosa nos recuerda al final de su discurso, que vale la pena acoger a la literatura en nuestro seno, y de esta forma, abandonar la violencia que nos rodea diariamente: "por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible". Ojalá sea así, y si no nosotros, si al menos nuestra huella en forma de historias noveladas se impongan a la barbarie intrínseca de la civilización, y de paso, tengan el poder suficiente para vencer al infinito paso del tiempo.

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