Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

ÁNGEL SILVELO: SELECCIONADO EN EL VII CONCURSO DE NARRATIVA "ACERCANDO ORILLAS" DEL AYTO DE ZARAGOZA


En este caso, el lema del concurso "Acercando Orillas" invitaba a narrar las experiencias migratorias en Zaragoza. Como yo estuve destinado dos años y medio en la Gerencia Territorial de Zaragoza-Capital de la sacro santa capital maña, me decidí a participar en el concurso. Diez folios de recuerdos intercalados de pequeños aderezos literarios, dieron forma a mi relato que llevaba por título Resolución... en recuerdo de la resolución del Boletín Oficial del Estado que me llevó hasta allí.

El otro día, desde el Ayto de Zaragoza se pusieron en contacto conmigo para invitarme al acto de entrega del único premio que en esta ocasión se ha llevado un autor cubano por unanimidad del Jurado y al que aprovecho para felicitar desde aquí, en el que me dijeron que se me entregaría un diploma, y el mejor premio de todos, ver el relato publicado en una selección de todos los presentados, y que será editado por el Ayuntamiento para las próximas Fiestas del Pilar de 2011.

Como ya he hecho en otras ocasiones, os cuelgo el inicio del relato:

RESOLUCIÓN…
Cuando en una tarde lluviosa del mes de octubre de 1991 me comunicaron que había aprobado la oposición, y que días más tarde saldría publicada la resolución en el Boletín Oficial del Estado, nunca imaginé que esa noticia se convertiría en un boomerang de mi existencia, y que además, se comportaría como el lema del “concurso historias de vida: acercando orillas”, pues las orillas que se acercaron en la biografía de mi vida fueron las del trabajo y la literatura.
Respecto al trabajo, inicié una nueva andadura profesional en la Gerencia Territorial de Pontevedra, en la que apenas estuve destinado año y medio, y de la que casi no disfruté al convertirme en la víctima de mi incontrolable afán de volver a Madrid. Allí, también comencé a escribir mi primera novela, Fragmentos, frente a un ventanal desde el que podía contemplar la ría de Pontevedra, pero en ese primer envite de tan colosal proyecto, salí vencido por las vistas que la naturaleza me ofrecía, y ante las que poco o nada podía hacer para concentrarme en mi nuevo oficio de escritor aficionado.
Mediante otra resolución, que me llegó como regalo de navidad el 23 de diciembre de 1992, fui destinado a Zaragoza, una ciudad que me acercaba considerablemente al que por entonces era como mi gran destino final. En ese período de tiempo, que va desde el primer cese a la segunda toma de posesión de mi carrera administrativa, intenté visionar en mis recuerdos todo aquello que mi subconsciente relacionaba con la ciudad maña, pero éste, sólo supo acercarme tres imágenes más o menos difusas: una panorámica de la ciudad por la que pasaba el río Ebro; una plaza atestada de gente en la ofrenda floral anual a su patrona, la Virgen del Pilar; y los sonidos épicos del grupo musical Héroes del Silencio como estandarte de la modernidad aragonesa. Escaso bagaje, que sin embargo, me vino muy bien para enfrentarme sin prejuicios a una ciudad entonces desconocida para mí, pero que con el paso del tiempo, supo alumbrar la atracción que les asiste a los enamorados cuando el uno cae en los brazos del otro, y adivinarse ante mis ojos como una ciudad abierta, hospitalaria y entrañable, que afortunadamente, me tenía guardados buenos momentos que compartir y vivir.

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