Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 31 de enero de 2013

LOS CENCI, DE ARTAUD: LOS LATIGAZOS DE LA CONCIENCIA

Al inicio de la función, una imagen bellísima nos sobrecoge nada más iluminarse el escenario. Dentro de una piscina de cristal Beatriz (Celia Freijeiro) se mueve dentro del agua apenas tapada con un vestido blanco, lo que nos retrotrae a la pureza en sí misma, que aquí se nos aparece sumergida bajo los signos de la purificación y la salvación del agua. Sin embargo, poco nos dura el idilio con la pureza, pues Los Cenci es una tragedia sobre la condición humana que, para intentar salvarse, se refugia en lo latigazos de la conciencia, como única opción para justificar una vida de dolor, desgarro y llanto. Cuando la crueldad llama a nuestra puerta, sólo nos queda trepar por sus raíces para salvarnos de su latigazos, aunque más tarde, lleguemos a la conclusión que, como cualquier otra hierba mala que crece en nuestro jardín, sólo nos la podemos quitar de encima con la muerte. Muerte propia y ajena que redondea los límites de la mente de Artaud, padre del teatro moderno y máximo representante del Teatro de la crueldad.

Con estos ingredientes, Sonia Sebastián aborda la versión y la Dirección de escena que, se representa en Teatro Español hasta el próximo 3 de marzo, de una forma no menos valiente. Hay agresividad y mucha en la puesta en escena. Escalones grises, altares donde poder violar y ejecutar, barras de circo y entramados desde donde poder colgarse para evadirse o contemplar la tragedia. Esas aristas puntiagudas que nos amenazan en las formas, también nos acompañan en el sonido; un sonido estruendoso e inhóspito como el peor de los desarraigos, lo que unido a un vestuario mitad futurista, mitad renacentista, nos hacen navegar por las aguas de la tiranía, representada para la ocasión, por un aristócrata de la Italia del siglo XVI, que confiado en el poder de sus turbias convicciones, confronta sus fuerzas contra la no menos turbia tiranía de la fe impuesta por el Papa de Roma. Poder terrenal y poder religioso salen muy mal parados en este ensayo que sobre la condición humana Artaud soñó allá por 1935, para quizá, calmar su alma convulsa. Decía Artaud que: ”el Teatro de la crueldad ha sido creado para devolver al teatro una concepción de la vida apasionada y convulsa; y en este sentido de violento rigor, de extrema condensación de los elementos escénicos, ha de entenderse la crueldad de ese teatro”. Teatro cruel sí, que mancilla la dignidad de las mujeres. Una mujer no necesita recibir golpes para ser golpeada nos dice Beatriz en un momento de la representación. Y tiene razón, a veces los golpes los llevamos por dentro como las violaciones o el maltrato, lo que nos lleva a pensar, casi al instante, lo oportuno de esta representación. Los Cenci no es, sino el reflejo más actual del ser humano, da igual que la historia esté ambientada en el siglo XVI o que Artaud la representara en el siglo XX, porque a día de hoy, resulta tan actual que da miedo. Conclusión: el Hombre, en sí mismo, es incapaz de despojarse de sus crueldades y persiste en ellas por los siglos de los siglos…

No obstante, esta valiente, atrevida, moderna y acertada versión de Sonia Sebastián, hace aguas en el reparto, lo que ya se pone de manifiesto en el primer diálogo que mantienen Francisco Cenci (Celso Bugallo) y Camilo (Luis Zahera), el primero porque ni su voz ni su presencia transmiten la fuerza que su personaje necesitan, y el segundo porque a pesar de su calculado manierismo religioso vocaliza el texto con un marcado acentazo gallego que echa para atrás, haciéndonos imposible ubicarle en la vieja Roma. Sin embargo, el contrapunto luminoso en este valle de tiniebla, lo pone Beatriz (Celia Freijerio), con una interpretación acertada, sentida y muy vívida, de una joven mancillada por su padre, a la que acompaña muy bien (a pesar de su inicial pose acrobática) una madura Maru Valdivieso, que a medida que avanza la función gana enteros.

A todo ello, habría que añadir la primacía de la imagen, los gestos y la escenografía sobre las palabras, quizá porque como muy bien dice Javier Villán: “palabra literaria no es palabra dramática”.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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