Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 3 de enero de 2013

LOS MISERABLES DE TOM HOOPER: UNA EXPERIENCIA SÓLO APTA PARA ADICTOS A LOS MUSICALES

Nuestra vida transcurre rodeada de luces y sombras que, como espejos rotos que no devuelven imágenes, nos acompañan a lo largo de nuestros días. No es fácil librarse de ellas, porque son unas poderosas compañeras que tiñen a nuestras acciones de brillo y oscuridad a partes iguales. La virtud se antepone a la falta, pero en ocasiones ocurre al contrario, y un error insignificante marca nuestra vida para siempre. Bajo esa necesidad de redención de la falta más insignificante para una sociedad enferma e injusta, Víctor Hugo se alzará como un potente faro para iluminarnos con su literatura en los primeros albores de las revoluciones liberales, y en esa necesidad de cambio inherente al ser humano. Vida y muerte marchan unidas en una narración que se convierte en una gran epopeya sobre la condición humana, el amor y la redención. No se nos debe olvidar que ser un miserable entonces, era algo muy distinto a lo que significa hoy en día. En el siglo XIX, ser un miserable era ser un excluido de la sociedad, una especie de paria que apenas tenía derecho a la vida. Hoy, sin embargo, ser un miserable es algo bien distinto, y para cerciorarnos de ello, sólo tenemos que pararnos a observar las imágenes de los telediarios para contemplar a esos otros nuevos parias de la sociedad, que en esta ocasión aparecen bañados en oro, bajo la consigna de nuestra casta política.

Matizaciones aparte, Los Miserables es una obra que cabalga a medio camino entre el final del Romanticismo y el inicio del Realismo, de ahí que, ensoñación y fantasía, convivan sin problemas con la miseria y cruda realidad de aquellos que por unas u otras razones viven al margen del resto. Sin embargo, la grandeza de la obra literaria y de alguna de sus anteriores adaptaciones cinematográficas, en esta ocasión ha salido herida de muerte, pues la nueva versión de Los Miserables, mitad lírica, mitad teatral, se pierde en el abismo de la lentitud de la narración, el abuso de los primeros planos y la ausencia casi total de diálogos que, no nos dejarán entender el sentir de unos personajes, que deambulan durante dos horas y media entre susurros y canciones interpretadas a pleno pulmón, lo que hace de esta adaptación dirigida por Tom Hopper una experiencia sólo apta para adictos a los musicales.

No obstante, si algo cabe destacar de esta fallida versión, son los decorados de un París gris y miserable, con sus barricadas y bajos fondos como mejor reflejo de lo expuesto, y un vestuario amplio y siempre acertado, pues refleja perfectamente la época en la que se desarrolla la acción. Salvo eso, poco más, pues Tom Hooper naufraga en la dirección de la película, entre otras cosas, por su absoluta falta de ritmo, ya que siempre anda pegado de una forma casi constante a los primeros planos y a las interpretaciones de unos personajes que ralentizan la acción hasta el infinito y la resumen en una veintena de localizaciones, que se nos antojan cuando menos escasas para dos horas y media de película y la narración de un largo un período de tiempo (1815 a 1832) donde el espectador tiene la oportunidad de verse reflejado en el idealismo de los revolucionarios que caerán víctimas de sus propia ideales ante el Estado. Una muestra de entusiasmo liberador y de dignidad de las que hoy en día sin duda estamos muy faltos. Salvo eso, nada queda en esta versión de Los Miserables, salvo quizá la primera y larga interpretación de Fantine (Anne Hathaway) o la interpretación general de Jean Valjean (Hugh Jackman) que se convierte en el alma de la narración, y poco más, matizando que las voces femeninas están muy por encima de las masculinas.

En definitiva, Los Miserables de Tom Hooper se nos antoja como un esfuerzo demasiado grande y ambicioso para un resultado tan desesperante.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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