Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 18 de septiembre de 2014

CALÍGULA, DE ALBERT CAMUS, EN EL CENTRO CULTURAL DE LA VILLA “FERNÁN GÓMEZ” DE MADRID: LA NECESIDAD DE LO IMPOSIBLE

Ahora que corren vientos de ruptura por todos y cada uno de los rincones de la Unión Europea, parece que la necesidad de lo imposible se hace más necesaria a la hora de buscar elementos que unan y no destruyan aquellas fronteras que nacieron como la solución para evitar un nuevo enfrentamiento bélico a nivel mundial. Como nos dice Albert Camus en esta obra plagada de frases, tan bien construidas como profundas en su última intención, “el hombre muere, y no es feliz”. Ese desear la luna al que Camus somete a su personaje, Calígula, es la mejor metáfora a la hora de dibujar el poder de la lógica desmedida de los sentimientos que no entienden de otro anhelo que no sea el suyo propio. La libertad individual, sin límites, a la que se enfrenta Calígula como respuesta a la implacable máquina del Estado que solo entiende de bienes públicos como la economía, el fomento o la defensa, nos es planteado como el antídoto que el emperador, reconvertido en tirano, encuentra para llegar a una felicidad que no existe, pues tras cada ejecución, asesinato o humillación a los que somete a su pueblo, él se hunde más y más en la sima de la desdicha y la infelicidad.

 
 
Esa visión romántica de la búsqueda de la necesidad de lo imposible a través de la poesía o el amor, se transmuta en odio y desesperación que, además, acaban siendo las heroínas de la desesperación y la barbarie. Esa sinrazón, vestida de lentejuelas literarias, es la respuesta individual que Camus le da al individuo frente al poder del Estado. Los totalitarismos de antaño, reconvertidos en la actualidad en los todopoderosos intereses económico globalizados o en la sinrazón nacionalista que solo entiende de su propia libertad, son los grandes enemigos a los que nos enfrentamos, pues sus estrategias solo se basan en su propia lógica, esa que no entiende ni versa de los sentimientos humanos. El amor, la felicidad o la dicha ya no es materia individual de cada persona, sino que ahora es la argamasa con la que unos y otros quieren modelarnos. A pesar de la libertad que, herramientas como internet nos proporcionan hoy en día, nunca hemos estado tan cerca de la más completa uniformidad, tanto de sentimientos como de comportamientos, pues todos y cada uno de nosotros somos perseguidos por las mismas premisas a lo largo y ancho del planeta. Solo hay que visitar una ciudad que no sea la de uno, para darse cuenta que cada vez es más difícil saber en qué ciudad del mundo te encuentras, sobre todo, si solo te quedas con las imágenes de las tiendas que recorres o con los carteles de publicidad que ves. Todo está globalizado, primero el comportamiento y la conducta, y después, las ilusiones y los sentimientos. En este sentido, este magnífico texto de Camus es la mejor representación de todo ello, y su frescura y firmeza ante el paso del tiempo lo demuestra esta representación que, bajo la versión, ambientación y dirección de Joaquín Vida se está llevando a efecto en el Centro Cultural de la Villa “Fernán Gómez” de Madrid, donde la intensidad del texto y de las interpretaciones que el mismo provoca, nos hacen sentirnos vivos y alerta ante los peligros que seguimos expuestos. Unos peligros que nos siguen hablando de guerras, hambre y frío, y donde la búsqueda de la felicidad sigue siendo una nueva reivindicación de la necesidad de lo imposible. Camus, en su momento, tuvo la valentía y la firmeza de enfrentarse contra el mundo que le tocó vivir, y no solo eso, porque también lo hizo contra sus propias ideas, taladas por los totalitarismos, cuya crítica, le llevó a agrandar hasta el infinito la lista de sus contrincantes (tan cercanos al poder como mezquinos en sus planteamientos). Ante todos ellos él se enfrentó solo, porque él, mejor que nadie, supo que el hombre siempre está solo frente al mundo, y que por tanto, es también a ese hombre al que le toca enfrentarse solo contra sí mismo y su conciencia, porque quizá no haya un mayor desafío que ese. De esa necesidad de búsqueda de la verdad capaz de devolver al hombre a reencontrarse con el hombre más allá de la lógica que solo entiende de lógica, es de lo que nos habla Camus en esta gran obra dramática, quizá una de las mejores que jamás se haya escrito, y de ahí que ese pulso que él nos propone, siga manteniéndose vivo contra el paso del tiempo. El hombre frente al Hombre… y el hombre frente a sí mismo…
 
 

En cuanto a la versión que vimos ayer en Madrid, cabe destacar el acierto a la hora de rescatar la versión íntegra de la misma, lo que nos lleva a disfrutar de más de dos horas de representación donde destaca, sin duda, Javier Collado Goyanes, en su papel de Calígula. Si bien, al principio, se le nota un tanto temeroso a la hora de enfrentarse a tan magna batalla, a medida que avanza la función, se establece una perfecta ósmosis entre actor y personaje, donde los gestos y su forma de ver al tirano son más que convincentes, a pesar de que para quien suscribe la sombra de Luis Merlo en este papel siempre será muy alargada. Con todo, Javier Collado brilla con luz propia, y nos hace olvidar al intérprete de las series televisivas, para encontrarnos con un magnífico actor de teatro, que borda el proceso de progresiva locura y desesperación del tirano. El resto del elenco elegido para esta puesta en escena resulta igualmente tan equilibrado como convincente, aunque cabe destacar el buen hacer de José Hervás en su papel de Quereas, el de Alejandra Torray en Cesonia, el Escipión de Héctor Melgares o el Helicón de Fernando Conde, con una puesta en escena sobria y muy consecuente con los tiempos que corren, donde la visión de la luna, casi siempre presente, es el mejor leitmotiv de esta búsqueda de la necesidad de lo imposible.


 
Ángel Silvelo Gabriel

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