Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 5 de septiembre de 2016

CAFÉ SOCIETY DE WOODY ALLEN: LA SINRAZÓN DEL AMOR BAJO EL OCASO DE LOS RECUERDOS


A veces, no nos damos cuenta de la importancia que tiene mirar a la chica antes de que otro lo haga, porque de esa forma, somos los privilegiados testigos del brillo, único y mágico, de sus ojos; un brillo que, por sí solo, es capaz de que nos enamoremos de ella perdidamente para siempre. El resto hay que dejarlo al destino y a las encrucijadas del amor que viajan a lo largo de nuestra juventud igual que si todo fuera una corriente de un río que poco a poco nos va modelando la vida, el carácter y los recuerdos. Y es en ese río, donde se van depositando nuestros actos, en el que el cineasta neoyorquino ha reparado a la hora de regresar a ese recuerdo de su mejor cine. Ya no hay grandes cabriolas, pero sí pequeñas travesuras. Ya no hay nada nuevo, pero sí la constatación de un estilo, de un mensaje, de una postura ante el mundo. Y eso es Café Society, la perversión más tenue y simpática de un genio que se resiste a dejar de hacer cine; un cine que esta vez se agolpa en la sinrazón del amor bajo el ocaso de los recuerdos, porque esta vez, Woody Allen regresa a los años treinta para disfrazar su mirada (sobre el cine, la vida y el amor), con la inocencia necesaria para que la historia, mil veces contada, todavía nos haga creer en él como cineasta y contador de historias y, como no, mantenga intacto dentro de nosotros ese sempiterno sentimiento gobernado por Cupido. Parte de la culpa, sin duda, la tiene esa luz con la que está rodada película, a la que Vittorio Storaro ha dotado de un brillo único, mágico y onírico, que nos hace patinar por cada imagen atrapados por la nebulosa de los sueños y su intrínseco poder sobre nuestros sentimientos y nuestras vidas, pues se concitan en una carrera sin freno de comedia-drama y falso vodevil sin dejarnos apenas un espacio para el tedio de otras ocasiones. Allen se distrae y se divierte entre chistes de judíos, irónicos gangsters y yiddies de izquierdas que le sirven de contrapunto a esos largos planos secuencias (marca de la casa) donde el protagonista y álter ego del director, Jesse Eisenberg, expone todas y cada una de las contradicciones vitales que asaltan a Allen en cada una de sus películas. Es verdad, a Café Society no le falta ningún elemento Allen, ni siquiera su vuelta a los amaneceres desde Central Park, o a los primeros planos de las despampanantes rubias que intentan distraer nuestra mirada del centro de la diana. Elementos, todos ellos, muy reconocibles de un genio que en esta ocasión se muestra divertido, irónico, suspicaz y brillante a la hora de mostrarnos con la sabiduría del que ya lo ha conseguido todo, ese último reflejo de la vida en forma de búsqueda desesperada del amor; ese verdadero amor de juventud que, al parecer, a Allen y a otros muchos se les escapó al inicio de su vida.

El sol, las palmeras, y la mirada (entre perdida y romántica) de Kristen Stewart, hacen el resto a la hora de dejarnos llevar por el relato de otra época llena de brillos sin matices, pero que el fondo, contiene el mismo objetivo. Y ahí está la mano inteligente de Woody Allen para hacernos creer aquello que no es y, de paso, jugar con nosotros a través de los contrates. Contrastes que, como un juego de contrarios, aparecen y desaparecen bajo la cálida luz de Los Ángeles y el intenso brillo del club neoyorquino que da nombre a la película. Y entre destello y destello, Allen se deja llevar por esos sentimientos de juventud que nos hablan de la sinrazón del amor bajo el ocaso de los recuerdos.


Ángel Silvelo Gabriel

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