Tiempo de comunicaciones rotas

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domingo, 20 de noviembre de 2016

LA LIBERTAD Y EL SOL.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO

El sol y sus rayos anaranjados, apenas iluminaban los matorrales sobre los que estaba camuflado. Esperaba la señal junto al resto de sus compañeros. No los veía, pero los sentía cerca. Oía sus entrecortadas respiraciones e intuía sus taquicardias. Evitaba pensar, para ahuyentar el miedo. Nadie sabía que estaban allí, solos, en medio del campo. Dispuestos a cumplir su último desafío, sin vallas, sin normas, en plena libertad y henchidos de gloria. Se acordó de los amigos de la peña que se negaron a participar en su alocada aventura, y visualizó perfectamente la cara de Juan, cuando le dijo, que para él, participar en este encierro al aire libre era como ser libre de nuevo. Pero ahora, tumbado en el suelo, su cándida inocencia le decía que todo era diferente. No estaba seguro del significado de esa bella palabra, pues en la tensa espera hasta la llegada de los toros, le había surgido una duda. ¿Qué era la libertad para él?, pero no supo encontrar una respuesta, y pensó que la libertad en este caso, sólo era la de los animales cornúpetas, que a buen seguro cuando los viesen surgir de la nada y correr delante de ellos como unos auténticos autómatas cargados de adrenalina, dudarían entre envestir a unos locos con camisa blanca y pañuelo rojo, o simplemente seguir las órdenes del capataz y no hacerles ni caso. De todas formas, ya quedaba poco, porque un leve temblor en el suelo le avisaba de la cercanía de los caballos y los toros. Afinó su escucha esperando la orden para levantarse y salir corriendo. No obstante, su mayor desconsuelo era que todavía no era consciente de lo que hacía allí, y mirando de reojo a sus pies, vio que tenía suelto uno de los cordones de sus zapatillas. Sin embargo, todo sucedió tan rápido, que no le dio tiempo a preocuparse por este nuevo imprevisto, porque su amigo Julián, bajándose de su potente Land Rover, les dijo a voz en grito que se levantaran, que todo se había suspendido. El Alcalde se había enterado de su encierro ilegal al aire libre, y le acababa de decir que lo había prohibido terminantemente avisando a la Guardia Civil para que tomara cartas en el asunto. Pero a él no le importó, porque ya sabía de antemano que la libertad tenía un precio, por eso, sin dudarlo, se levantó y comenzó a correr como tenía previsto, mientras el resto de sus compañeros se le quedaban mirando sin comprender todavía qué hacía.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

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