viernes, 31 de mayo de 2019

EL ESCRITOR ÁNGEL SILVELO PRESENTA SU ÚLTIMA NOVELA, LA UTOPÍA DEL PORTERO (1º PREMIO DE NOVELA BREVE CARLOS MATALLANAS), EN MADRID: MARTES 4 DE JUNIO A LAS 19:00 H. EN LA LIBRERÍA LÉ (Pº DE LA CASTELLANA, 154)



La luz que ilumina los recuerdos y sus emociones se convierte en la protagonista de esta historia en la que un adolescente sin nombre se erige en el representante de toda una generación, aquella a la que se le dio el sobrenombre de baby boom. Sin más referencias vitales que aquellas que han aprendido en un terreno de juego, junto a las duras reglas de un barrio del extrarradio de Madrid, el protagonista de La utopía del portero y sus amigos harán frente —desde su inocencia— a los éxitos y fracasos que la vida les irá poniendo en su camino, lo que les llevará, incluso, a convertirse en nómadas de sus propios sueños cuando, sin más equipaje que un balón de fútbol, se vean forzados a buscar un nuevo terreno de juego en el que poder dar vía libre a sus anhelos.



El Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, dijo que: «El fútbol es la inteligencia en movimiento». Una frase que, en sí misma, encierra toda una serie de matices y significados que cubren y encumbran al llamado deporte rey a lo más alto de las pasiones humanas. A simple vista, parece que no exista una clara relación entre la literatura y el fútbol, sin embargo, en los dos hay reflexión, técnica, exigencia, precisión y conocimiento. De ahí que, en La utopía del portero, a lo largo de su texto aparezcan autores universales como Modiano, Yeats, Günter Grass, Benedetti o Borges; unos autores que ejercerán a la vez de contrapunto y faro de una historia narrada con la pasión de un adolescente que se abre a la vida y, sin embargo, no sabe, como sí sabía Pasolini que: «El fútbol tiene un lenguaje de poetas y otro de prosistas. Hay un fútbol narrativo u otro lírico». Como decía Pasolini: «El fútbol es la última representación sagrada de nuestra época.»



El Premio Carlos Matallanas de novela breve está impulsado por la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), y celebra la vida y la lucha de Carlos Matallanas —único miembro honorífico de AFE—, exfutbolista, analista futbolístico y periodista. Carlos tiene ELA, una dolencia degenerativa de tipo neuromuscular, y se ha convertido en una de las puntas de lanza en la visibilización de esta enfermedad. Soñaba con ser jugador de fútbol, ahora su meta es exigir y propiciar la investigación necesaria para derrotar a la enfermedad.



Los beneficios de la venta del libro irán destinados íntegramente a FUNDELA (Fundación Española para el Fomento de la Investigación de la Esclerosis Lateral Amiotrófica).

miércoles, 29 de mayo de 2019

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2019 EJEMPLARES DE SU NOVELA, EL ARTE DE AMAR (EDITORIAL DENES), 1º PREMIO ADELANTE 2018 DE CREACIÓN LITERARIA DEL AYTO. DE CHIVA: DÍA 5 DE JUNIO DE 19: 00 A 21: HORAS —CASETA N.º 44 DE LA DISTRIBUIDORA MAIDHISA—


El amor, en sus diferentes vertientes, es un bien escaso en la sociedad actual. Una sociedad que se caracteriza por intentar ganar tiempo al tiempo, pero que sin embargo no sabe cómo utilizar esa ínfima ganancia que muchas veces está llena de prejuicios, reproches o remordimientos. Como dice Eric Fromm en su ensayo El arte de amar: «Los valores humanos están determinados por los valores económicos […] El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo matarlo-.» 

En la novela de Ángel Silvelo esa falta de tiempo es a la que se enfrentan Inés, Ana y Esther, tres hijas de una madre que se denomina a sí misma como La hija del olvido. En los días que preceden a la celebración de la Navidad, las cuatro darán rienda suelta a sus miedos e inquietudes. Y, harán frente a esas incertidumbres que las atenazan, y a un sinfín de preguntas para las que no tienen respuesta. En esa indefinición del tiempo y los afectos, sus diferentes soledades se llenarán de ecos y resonancias. Para la madre, ese runrún procede de los libros de poesía que le regalan sus hijas y, que han encontrado su máxima expresión, en los duros poemas de la poeta rusa Marina Tsvietáieva. Y, para sus hijas, se hallarán en las particulares aristas que gobiernan sus vidas, donde el trabajo y las relaciones de pareja nunca llegan a ser lo que ellas habían soñado. Como dice Inés, la hija mayor, al final de esta novela corta: «Sólo somos conscientes del verdadero significado del amor cuando el corazón se nos encoge delante de nuestros recuerdos, sobre todo, en ese instante donde la soledad se difuma tras el horizonte en el que indagamos la posibilidad de que el tiempo nos devuelva aquello que añoramos.»

Adoptando el título del ensayo homónimo de Eric Fromm, El arte de amar, el escritor español Ángel Silvelo realiza una expiación sobre las relaciones humanas. En este caso, sobre las relaciones entre madres e hijas, y sobre las diferentes formas de interpretar tanto el amor fraterno como el conyugal al que cada una de ellas se debe enfrentar. En ese ámbito de tierras movedizas es donde la esencia del amor es capaz de cambiarlo todo, aunque lo más difícil quizá sea abstraerse de la soledad que conlleva su fracaso. Como dice el propio Fromm: «Quien salva una sola vida, es como si hubiese salvado a todo el mundo, quien destruye una sola vida, es como si hubiese destruido a todo el mundo.»

martes, 28 de mayo de 2019

SERGI PÀMIES, EL ARTE DE LLEVAR GABARDINA: LAS BRUMAS DEL PASADO QUE SE TORNAN FALSOS ESPEJISMOS DE UNO MISMO.



Recuperar los recuerdos como si fueran objetos que dejamos olvidados en un espacio que ya nos es ajeno. Descuidos que, sin embargo, son la mejor manifestación de esa libertad que tanto miedo nos produce a la hora de desprendernos de aquello que nos hace daño, nos duele o nos resulta ajeno, porque la proyección de nuestros actos en muchas ocasiones no deja de ser una manifestación de lo que no queremos ser. Atrapar esas sensaciones y vivencias tiempo después, es como rescatar a un náufrago moribundo de una pequeña isla perdida del mundo. Entonces, es cuando los recuerdos se convierten en esas islas que, por fin, nos atrevemos a revisitar para de esa forma recuperar a nuestros huérfanos instantes de vida olvidados por el paso del tiempo y esa intrínseca búsqueda de nuevas emociones con las que pretendemos seguir manteniéndonos vivos. Sin embargo, al volver a ellos es cuando las brumas del pasado se tornan falsos espejismos de uno mismo. Sergi Pàmies, una vez más, en esta última recopilación de relatos titulada, El arte de llevar gabardina, inicia ese retorno a las vivencias que como una gabardina olvidada en el armario, regresan a nuestras vidas cada vez que lo ordenamos, o queremos pasar página de todo aquello que ya no nos consuela. El consuelo y la misericordia, como dice el propio autor en uno de los relatos, yacen en un pasado que hoy en día parece no tener razón de ser. No obstante, con la destreza que le caracteriza a la hora de diseccionar los pequeños detalles, Pàmies nos lleva a esos territorios que ya nadie quiere visitar, y lo hace para demostrarnos la importancia de esas brumas del pasado que visita a la hora de ficcionar la realidad —la suya propia en realidad— y convertirla en micro historias con las que poder llenar los bolsillos de esa gabardina que se torna en el álter ego de la vida, la de Pàmies y la nuestra, pues todos somo el resultado de esas pequeñas piezas de realidad que de vez en cuando se nos presentan de repente y sin avisar para recordarnos lo que fuimos y en lo que nos hemos convertido. En este sentido, la destreza del escritor catalán se muestra más incisiva y mordaz cuando nos relata esos pequeños espacios donde la anécdota encaja a la perfección con la sorpresa y esa historia encubierta que sale al final de la misma, y que todo buen relato debe tener. Es ahí, cuando se aleja de los relatos de sus padres y sus ajustes de cuentas más familiares, cuando el arte del autor de La bicicleta estática o Si te comes un limón sin hacer muecas se muestra más necesario y pulcro con el arte narrativo, pues le dota de esa sintonía apenas perceptible y equilibrada existente entre realidad y ficción, y que tan bien maneja este autor nacido en París durante el exilio de sus padres.



La naturaleza de los relatos de El arte de llevar gabardina es la propia, aquella que nadie conoce mejor que uno mismo. Sin embargo, es a partir de ahí desde donde lo particular se convierte en universal, y ocupa el gran hueco que los seres humanos dejamos libre para rellenarlo con nuestros recuerdos. Como dice Vila-Matas de El arte de llevar gabardina: «Libro tristísimo, pero escrito con una felicidad monumental… Cuanto más brutalmente autobiográfico se muestra Pàmies, más ficción es lo que leemos». Y de este inicial contrasentido Pàmies aborda la actualidad política del pasado, o los atentados del 11-S, con una percepción íntima y cercana al terror que nos causan las grandes afrentas ante las que el ser humano sólo se muestra débil y cobarde. El arte de llevar gabardina es un libro de desasosiegos diarios que se nos presentan a destiempo, y que son el contrapunto de esos otros sueños que nunca se cumplen y que nos pasamos toda la vida persiguiendo, como si en esa balanza en la que siempre gana el fracaso, sólo existiera la posibilidad de desprenderse de los errores del pasado; única opción a nuestro alcance para llegar a nivelarla pues no existe la posibilidad de hacerlo con los aciertos del presente o del más próximo futuro, quizá, porque los recuerdos a la hora de hacerlos nuestros de nuevo, poseen la opción de poder modelarlos a nuestro antojo, porque como dice Patrick Modiano: «Los recuerdos son sólo la realidad fragmentada y desordenada de nuestras vidas». Vidas que se abalanzan sobre las brumas del pasado que se tornan falsos espejismos de uno mismo. 


Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 20 de mayo de 2019

ÁNGEL SILVELO GABRIEL, LA UTOPÍA DEL PORTERO: TRAS LA BÚSQUEDA DEL PRIMER HOMBRE



La luz que ilumina los recuerdos y sus emociones se convierte en la protagonista de esta historia en la que un adolescente sin nombre se erige en el representante de toda una generación, aquella a la que se le dio el sobrenombre de baby boom. Sin más referencias vitales que aquellas que han aprendido en un terreno de juego, junto a las duras reglas de un barrio del extrarradio de Madrid, el protagonista de La utopía del portero y sus amigos harán frente —desde su inocencia— a los éxitos y fracasos que la vida les irá poniendo en su camino, lo que les llevará, incluso, a convertirse en nómadas de sus propios sueños cuando, sin más equipaje que un balón de fútbol, se vean forzados a buscar un nuevo terreno de juego en el que poder dar vía libre a sus anhelos.

El Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, dijo que: «El fútbol es la inteligencia en movimiento». Una frase que, en sí misma, encierra toda una serie de matices y significados que cubren y encumbran al llamado deporte rey a lo más alto de las pasiones humanas. A simple vista, parece que no exista una clara relación entre la literatura y el fútbol, sin embargo, en los dos hay reflexión, técnica, exigencia, precisión y conocimiento. De ahí que, en La utopía del portero, a lo largo de su texto aparezcan autores universales como Modiano, Yeats, Günter Grass, Benedetti o Borges; unos autores que ejercerán a la vez de contrapunto y faro de una historia narrada con la pasión de un adolescente que se abre a la vida y, sin embargo, no sabe, como sí sabía Pasolini que: «El fútbol tiene un lenguaje de poetas y otro de prosistas. Hay un fútbol narrativo u otro lírico». Como decía Pasolini: «El fútbol es la última representación sagrada de nuestra época.»

La utopía del portero es una novela que nos habla de la vida. Su autor nos dice que el fútbol es vida y, también, que del fútbol se aprende para la vida. El fútbol es una expresión de libertad y de pasión, de diversión y mito, pero por encima de todo, es una infinita fábrica de sueños; un lugar donde se propician las segundas oportunidades, tal y como le ocurre al protagonista sin nombre de esta historia cuando declara que: «La utopía del portero es marcar un gol. De falta. De cabeza. A la desesperada en el rechace de un saque de esquina. La utopía del portero es desear lo imposible…»
Ángel Silvelo utiliza, con criterio y habilidad, las referencias futbolísticas de algunos de los hitos de la selección nacional de los últimos cuarenta años, para trazar el arco vital del protagonista. Como eje narrativo principal, y a partir del cual se despliega toda la narración, el autor escoge el mítico partido del 12-1 de España a Malta, además de ser éste el único anclaje que el protagonista encuentra para que su padre, enfermo de alzheimer, vuelva a ser quien fue. La utopía del portero es una novela que reflexiona sobre los sueños y las decepciones que el tiempo acarrea, y a su vez, sobre la necesidad de madurar, luchar y no perder la esperanza.   

SOBRE EL AUTOR DE LA UTOPÍA DEL PORTERO
Ángel Silvelo Gabriel (Piedralaves, Ávila, 1964) es funcionario de carrera del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado y autor de las novelas: Fragmentos (Primer Premio Certamen Cultural Universidad Rey Juan Carlos 2001), Dejando pasar el tiempo (2012), Los últimos pasos de John Keats (2014), El juego de los deseos (2017), El arte de amar (Primer Premio XXVIII Premios Otoño Villa de Chiva 2018), La utopía del portero (Primer Premio Carlos Matallanas de Novela Breve 2019), y de la obra de teatro Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead (2016). 
Es colaborador de la web www.todoliteratura.es, y de los portales www.escritores.org y www.canal-literatura.com 

martes, 14 de mayo de 2019

JULIAN BARNES, LA ÚNICA HISTORIA: EL RECUERDO DESCARNADO DEL DESAMOR



La emoción expresada con la frialdad que nos marcan los recuerdos. Recuerdos que, como cortinas traslúcidas, solo nos dejan apreciar siluetas difuminadas por el tiempo. Siluetas que debemos reinterpretar con la memoria. Una memoria siempre selectiva y caprichosa; una memoria que tiende a reafirmar aquello en lo que creemos y que nos ayuda a separar de una forma definitiva la realidad de la ficción. En este sentido, no es de extrañar que el propio Barnes nos diga que: «La memoria es la identidad; al hacernos mayores la memoria se degrada y la que queda se hace más maleable y eso me preocupa como escritor; y es peor con los recuerdos preferidos e importantes: cuanto más hemos hablado de ellos menos confiables son en la medida de que los vamos modificando imperceptiblemente; la memoria, me temo, tiene que ver más con la imaginación que con la observación». Imaginación y observación que deambulan de una forma magistral entre la primera, la segunda y la tercera personas a lo largo de la novela, lo que le permite al narrador situar al lector en diferentes planos de realidad, cercanos unos y más distantes otros. Un efecto que nos deja comprobar la tensión del recuerdo descarnado del desamor desde diferentes perspectivas, eso sí, todas ellas frías y distantes como un relato de Chéjov. Ahí es donde Barnes abre una senda de exploración para el lector, pues éste se mostrará más cercano o distanciado de la fervorosa inocencia y el alejamiento de la realidad de sus dos protagonistas: el joven Paul de 19 años, y la mujer madura Susan Mclead de 48 años. Todo ello, bajo el impacto y el reflejo social de una Inglaterra de los años sesenta que se aproxima al punk y a la ruptura sin límites con la vetusta sociedad victoriana.



Con todo, lo que más sorprende de esta novela titulada, La única historia, es ese deje de aparente distancia de su protagonista con la historia de amor que le dejó marcado para siempre, tanto a la hora de narrar el inicio de su idilio, como en la parte posterior de alcohol y derrumbe que se instala dentro de ella. A medida que avanza la novela, la crudeza del pasado es como un caballo de tortura sincopado que se perpetúa entre la cruda cotidianeidad de Susan y ese último recuerdo que para Paul supuso su amor. Ahí es donde escarbar en los límites de los recuerdos nos lleva a visitar ese solar vacío que nos enfrenta con el fracaso; un fracaso al que Julian Barnes despoja de toda falsedad o intrépido alumbramiento de fantasías que nunca existieron. Esa pulcritud en su prosa con la que nos presenta La única historia es un perfecto ajuste estilístico narrativo entre realidad y ficción, pues nos deposita más allá del sentimentalismo teñido de falsete. La firmeza y la verdad de esta historia se sostienen en su crudeza y verosimilitud, sin por ello, dejar de lado al amor y sus múltiples manifestaciones y consecuencias, porque Barnes nos presenta la ambivalencia y la doble cara que el amor abate sobre cada persona y, lo hace, «bajo la creencia que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior». Una autenticidad el universo descarnado del amor desde la lejana distancia de los recuerdos.



La única historia es ese juego perfecto y tenaz sobre aquellas experiencias que nos marcan para siempre, más si éstas se producen en la juventud, porque la vida y, sobre todo, el amor, no entienden de esos espacios intermedios en los que en apariencia no ocurre nada, porque tal y como nos dice el propio autor: «la función del escritor hoy en día es describir con la mayor verdad posible, y con belleza, para tener el mayor impacto», aunque este sea el de describir el descarnado recuerdo del amor.



Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 12 de abril de 2019

ÁNGEL SILVELO GABRIEL, EL ARTE DE AMAR (EDITORIAL DENES 2019): LA POSIBILIDAD DE QUE EL TIEMPO NOS DEVUELVA AQUELLO QUE AÑORAMOS


El amor, en sus diferentes vertientes, es un bien escaso en la sociedad actual. Una sociedad que se caracteriza por intentar ganar tiempo al tiempo, pero que sin embargo no sabe cómo utilizar esa ínfima ganancia que muchas veces está llena de prejuicios, reproches o remordimientos. Como dice Eric Fromm en su ensayo El arte de amar: «Los valores humanos están determinados por los valores económicos […] El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo matarlo-.»

En la novela de Ángel Silvelo esa falta de tiempo es a la que se enfrentan Inés, Ana y Esther, tres hijas de una madre que se denomina a sí misma como La hija del olvido. En los días que preceden a la celebración de la Navidad, las cuatro darán rienda suelta a sus miedos e inquietudes. Y, harán frente a esas incertidumbres que las atenazan, y a un sinfín de preguntas para las que no tienen respuesta. En esa indefinición del tiempo y los afectos, sus diferentes soledades se llenarán de ecos y resonancias. Para la madre, ese runrún procede de los libros de poesía que le regalan sus hijas y, que han encontrado su máxima expresión, en los duros poemas de la poeta rusa Marina Tsvietáieva. Y, para sus hijas, se hallarán en las particulares aristas que gobiernan sus vidas, donde el trabajo y las relaciones de pareja nunca llegan a ser lo que ellas habían soñado. Como dice Inés, la hija mayor, al final de esta novela corta: «Sólo somos conscientes del verdadero significado del amor cuando el corazón se nos encoge delante de nuestros recuerdos, sobre todo, en ese instante donde la soledad se difuma tras el horizonte en el que indagamos la posibilidad de que el tiempo nos devuelva aquello que añoramos.»

Adoptando el título del ensayo homónimo de Eric Fromm, El arte de amar, el escritor español Ángel Silvelo realiza una expiación sobre las relaciones humanas. En este caso, sobre las relaciones entre madres e hijas, y sobre las diferentes formas de interpretar tanto el amor fraterno como el conyugal al que cada una de ellas se debe enfrentar. En ese ámbito de tierras movedizas es donde la esencia del amor es capaz de cambiarlo todo, aunque lo más difícil quizá sea abstraerse de la soledad que conlleva su fracaso. Como dice el propio Fromm: «Quien salva una sola vida, es como si hubiese salvado a todo el mundo, quien destruye una sola vida, es como si hubiese destruido a todo el mundo.»

SOBRE EL AUTOR DE EL ARTE DE AMAR
Ángel Silvelo Gabriel (Piedralaves, Ávila, 1964) es funcionario de carrera del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado y autor de las novelas: Fragmentos (Primer Premio Certamen Cultural Universidad Rey Juan Carlos 2001), Dejando pasar el tiempo (2012), Los últimos pasos de John Keats (2014), El juego de los deseos (2017), El arte de amar (Primer Premio XXVIII Premios Otoño Villa de Chiva 2018), La utopía del portero (Primer Premio Carlos Matallanas de Novela Breve 2019), y de la obra de teatro Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead (2016).
Es colaborador de la web www.todoliteratura.es, y de los portales www.escritores.org y www.canal-literatura.com

miércoles, 10 de abril de 2019

ALBERT CAMUS, EL REVÉS Y EL DERECHO. DISCURSO DE SUECIA: LA LUZ QUE ILUMINA LOS RECUERDOS Y SUS EMOCIONES



La mirada del hombre sobre el niño. De la fama no buscada sobre la soledad y el silencio de la infancia que le acompañaron junto a su madre. Del paso del tiempo sobre los recuerdos. Y hacerlo con la pureza del que se siente afortunado y ya no puede pedir nada, salvo mostrar la dignidad de la pobreza de sus inicios y su firmeza ante la envidia, y valentía y decisión ante la injusticia. Así se nos muestra el Camus del año 1958 en el prefacio de El revés y el derecho. Un librito que contiene sentencias como esta: «No hay amor por la vida sin desesperación por la vida». Esa fue la auténtica desesperación que le llevó a luchar con todas sus fuerzas contra el Hombre que se convirtió en un devorador de hombres. La luz y la pureza que acompañan a estos relatos que componen el primer libro que, el escritor francés publicó cuando tenía veintidós años, nos llevan hasta la esencia que buscó a lo largo de sus algo más de veinte años de carrera literaria antes de encontrar la muerte de una forma absurda junto a un árbol contra el que chocó el vehículo conducido por su editor: «Si, pese a tantos esfuerzos para construir un lenguaje y dar vida a unos mitos, no consigo un día volver a escribir El revés y el derecho será que nunca he conseguido nada. He ahí algo de lo que estoy oscuramente convencido. En cualquier caso, nada me impide soñar que voy a conseguirlo, a imaginarme que volveré a colocar en el centro de esta obra el silencio admirable de una madre y el esfuerzo de un hombre para recuperar una justicia o un amor que equilibren ese silencio». Y lo consiguió justo antes de morir, cuando afrontó la escritura de su inconclusa novela, El primer hombre, un chorro intenso de luz que ilumina los recuerdos y sus emociones de una forma magistral, tanto por la forma poética que manifiesta en unas ocasiones como por la fuerza arrolladora y conmovedora con la que se desarrolla en otras. Ahí es donde Albert Camus consigue que la desnudez de la vida adopte la forma de un sol infinito que vigila el mundo desde un cielo que sólo ven aquellos que miran a las estrellas, pues necesitan alimentar su alma de esa íntima necesidad de salir volando de donde el mundo les ha colocado. Camus lo hizo a través de su inteligencia, su coraje y su expediente académico. Una vitalidad intelectual que nunca le abandonó, como tampoco lo hizo su pasión por las cosas sencillas, esas que como él dice no valen nada: «En África, el mar y el sol son gratis». Todo eso que más tarde encontraría un lugar de privilegio en El primer hombre, ya está presente en el relato Entre sí y no, donde el recuerdo de la madre y sus silencios es de nuevo conmovedor por la sencillez y la hondura con los que Camus los narra. Su amor hacia ella es inmenso, como inmensa es la desnudez de los pensamientos de una madre analfabeta y sorda que expresa sus sentimientos a través de sus silencios y sus miradas: «Al llegar a cierto grado de privación, ya nada conduce a nada, no parecen tener base ni la esperanza ni la desesperanza, y la vida entera se resume en una imagen. Pero ¿por qué quedarse en eso? Sencillo, todo es sencillo; en las luces de los faros, una verde, una roja, una blanca; en el frescor de la noche y en los olores de ciudad y de sórdida pobreza que me llegan. Si esta noche lo que regresa hacia mí es la imagen de cierta infancia, ¿cómo no dar acogida a la lección de amor y pobreza que puedo sacar de ella? Ya que esta hora es como un intervalo entre sí y no, dejo para otras horas la esperanza o el asco de vivir. Sí, recoger sólo la transparencia y la sencillez de los paraísos perdidos: en una imagen. Y fue así como, no hace mucho, en una casa de un barrio viejo, un hijo fue a ver a su madre. Están sentados, frente por frente, en silencio. Pero se encuentran sus miradas.»



En los cinco relatos que componen El  revés y el derecho, así como en el discurso que pronunció el 10 de diciembre de 1957 cuando recibió el Premio Nobel de Literatura y en la conferencia que días más tarde pronunció también en Estocolmo bajo el título de Discurso de Suecia, podemos apreciar esa ambivalencia de Camus a la hora de enfrentarse a su vida desde la desnudez de sus recuerdos: «Los principios debemos colocarlos en las cosas grandes; para las pequeñas basta con la misericordia»; y a la vida, desde su fiel compromiso con el hombre y su destino, porque como él mismo dijo: «He aprendido acerca de mí mismo, y sé de mis limitaciones y de casi todas mis debilidades. He aprendido menos acerca de los seres, porque mi curiosidad se refiere más a su destino que a sus reacciones, y los destinos se repiten mucho.» En este sentido, su lucha contra los totalitarismos que le tocaron vivir es firme y sin fisuras, tal y como se puede apreciar en sus dos intervenciones públicas en la ciudad de Estocolmo de 1957. Su destino, como artista y como hombre, estaba y está unido al de toda la humanidad. Su fórmula para no repetirlo: las palabras. «Aquella comarca me devolvía al centro de mí mismo y me enfrentaba con mi angustia secreta… ¿Cómo explicarlo? Cierto es que ante esa llanura italiana, poblada de árboles, de sol y de sonrisas, capté mejor que en otros lugares el olor a muerte e inhumanidad que llevaba un mes persiguiéndome. Sí, esa plenitud de lágrimas, esa paz sin alegría que me llenaba, todo eso no estaba constituido sino de una conciencia muy clara de lo que no volvía a mí: de renuncia y desinterés… Necesitaba una grandeza. La hallaba en el hecho de confrontar mi honda desesperación y la indiferencia secreta de uno de los paisajes más hermosos del mundo. Sacaba de él fuerza para ser a un tiempo valeroso y consciente» Y lo hizo. Lo hizo bajo la luz que ilumina los recuerdos y sus emociones.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 28 de marzo de 2019

STEFAN ZWEIG, MENDEL EL DE LOS LIBROS: LA DEFENSA DE LA MEMORIA INDIVIDUAL QUE, A SU VEZ, DEVIENE EN PROTECCIÓN DE LA MEMORIA COLECTIVA



La curiosidad, la tenacidad, el trabajo y el silencio que acogen a toda misión importante que el hombre realiza a lo largo de su vida, son algunos de los elementos esenciales que la convierten en épica, como épica es la actitud vital de Jakob Mendel. Mendel es una mente privilegiada que vive, por y para los libros, en un mundo donde no existe nada más que el paraíso de las palabras, pues de paraíso idílico puede tildarse su actitud ante la vida y las personas que concitan su mismo interés por los libros. Zweig, en este magnífico relato, nos advierte de que el intelecto — el verdadero intelecto—, no conoce más fronteras que las del propio conocimiento; unas fronteras, eso sí, muy alejadas tanto de los políticos como de sus trágicas pretensiones geopolíticas, pues a éstas, solo les asiste la mezquindad de las nacionalidades. Con un estilo narrativo rico en matices, vivo en su ejecución e impecable en su praxis, el escritor austriaco pone en tela de juicio, una vez más, la división de las fronteras de una Europa que él nunca pudo ver unida. Unas fronteras, en su caso malditas, y que en su tiempo, solo produjeron guerras y también aislamiento, tanto cultural como intelectual, tal y como se demuestra en este librito publicado por Acantilado, Mendel el de los libros, donde él se vale de la figura de un judío ruso para verter sobre el texto todo su potencial como escritor comprometido con su tiempo e impulsor de una forma distinta —por inclusiva— de ver y de plantear y ejecutar las relaciones entre Estados. A través de Mendel, Zweig nos presenta la defensa de la memoria individual que, a su vez, deviene en protección de la memoria colectiva, como la Historia muy bien nos recordó en la primera mitad del siglo XX, donde las guerras, aparte de arrasar el territorio europeo, dejaron una herida que tardó mucho tiempo en cerrarse.



Mendel es el mejor ejemplo de lo importante que es ser guardián y transmisor de la cultura, en este caso, a través de los libros y su amor hacia ellos. Su forma de catalogarlos, conseguirlos y distribuirlos, nos habla de lo difícil que resulta salir indemne de la ignorancia del hombre, capaz como se dice siempre de lo mejor y también de lo peor. De ahí que, Mendel, sea el símbolo de una contraseña que nos abre el paso hacia una luz que, si dejamos que nos ilumine a lo largo de  nuestra vida, nunca nos arrepentiremos. Los libros y lo que representan. Los libros y su mundo. Los libros y su poder infinito, son los mejores transgresores de las fronteras físicas y mentales que tratan de imponernos nuestros dirigentes políticos en aras a manipular nuestras vidas a su antojo. Es tan fácil engendrar el odio entre los habitantes de un país, que su mecanismo —por simple— asusta, de ahí que la recuperación que hace el narrador de este relato del judío Mendel, sea una de las mejores formas de acercarnos a lo que es y lo que significa la libertad; un espacio cada vez más mermado en la sociedad actual, y del que hace mucho tiempo Stefan Zweig nos alertó de su pérdida, por la carga trágica que en sí misma lleva cuando se abate sobre nuestras vidas.



Mendel el de los libros, es un brillante relato que nos habla de la exclusión que se produjo en Europa en la primera mitad del siglo XX, pero también del poder intrínseco del libro en sí mismo, pues desde un diminuto local dentro de un café vienés, éste puede derribar todas las barreras posibles, y ofrecer al mismo tiempo, la oportunidad de iluminar nuevas mentes que, quizá, con el paso del tiempo se conviertan en transmisoras de una forma de ver y entender el mundo que lo conviertan en un lugar más habitable, porque no se nos debería olvidar que, la defensa de la memoria individual es, también, un signo de la defensa memoria colectiva.

 
Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 25 de marzo de 2019

ROJO, DE JOHN LOGAN.- DIRIGIDA POR JUAN ECHANOVE E INTERPRETADA JUNTO A RICARDO GÓMEZ EN EL TEATRO SALÓN CERVANTES DE ALCALÁ DE HENARES (MADRID): EL CAMINO DE TRANSFORMACIÓN QUE VA DEL ROJO AL NEGRO




Místico, exuberante, sensible, intenso, frío, apasionado, egocéntrico, descomunal, enigmático, ensimismado. Tirano, egoísta, interesado, desnaturalizado, atormentado, déspota, desquiciado, insensato, voraz, misántropo. Todo cabe en al voluptuosidad de Mark Rothko y su obra. Rompedor del movimiento cubista, difamador del arte pop. Y, entre uno y otro, aquello que tildaron como algo que él no sentía: expresionismo abstracto. Pintor de veladuras superpuestas. Tonalidades cromáticas de un mismo color que, sin embargo, necesitan de la sensibilidad y la transformación de quien observa. «Mi pintura es un 90% pensamiento y un 10% ejecución», dijo. Su pintura es contemplación. Honda y mística. Filosófica e intensa. Pura y directa. «¿Qué ves?», le pregunta a su ayudante. «Sí, ¿qué ves? Y no me digas lo que todo el mundo. Tómate tu tiempo y contempla. Deja que la pintura entre dentro de ti. Y transformarla a tu manera. Hazla tuya», le repite, no en tono de súplica, sino de mandato. Todo en él es desmesurado: su propuesta artística, su visión del mundo del arte, su planteamiento ético ante su trabajo y la vida. Todo ello le produjo conflicto y desazón: consigo mismo y con los demás. En este camino de transformación que va del rojo al negro y en el que en esta obra, Rojo, hay espacio para el ajuste de cuentas: con su vida y el mundo, su origen y su familia, la universidad y el establishment del mundo del arte. Y, por supuesto, para poner los puntos sobre la íes a Pollock y su obra. A su adoración por Caravaggio: «Y en esa oscuridad nace la luz» nos recuerda cuando rememora su vista a la iglesia de Santa María del Popolo en Roma y contempla La conversión de San Pablo de Caravaggio. Y, por encima de todo, la importancia del rojo. La importancia del rojo y de la obra, Armonía en rojo, de Matisse, ante la que pasó muchas horas: ¿Qué ves? Ahí es donde se encuentra el verdadero secreto de su pintura: desentrañar el misterio que se esconde tras cada capa de color, en la división que supone y significa cada una de ellas, en la reinterpretación de aquello que antes no existía, salvo en su mente. El tabaco y, sobre todo el alcohol hicieron el resto. Y, así, la frialdad se convertía en pasión, la templanza en desmesura y el hecho de pintar en un todo inabarcable en el que solo encontraba sosiego en el texto, El origen de la tragedia, de Nietzsche.



Rojo, de John Logan, es un brillante, intenso y aterrador texto que explora las diferentes capas o veladuras que existen en el mundo del arte, para nada simplista, como puedo parecernos a simple vista en el caso del expresionismo abstracto y, que además, proyecta con vehemencia un punto de vista único sobre lo qué es y cómo se vive y reinterpreta el mundo de la creación sobre la vida a través de la obra de un artista. Las aristas y la dura coraza que envuelven al ser humano se ven expuestas, en esta ocasión, en un perfecto equilibrio entre los excesos del artista y los temores del hombre, cuando éste abandona su estudio y deja olvidado en el suelo su pincel o su brocha de pintar. En este sentido, Juan Echanove está entregado a la causa, y da vida a un inigualable Rothko perdido en sus tinieblas y, que sin embargo, aún lucha por encontrar algo de luz en ese camino de transformación que le llevó del rojo al negro.



Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 20 de marzo de 2019

EXPOSICIÓN TOLOUSE-LAUTREC Y EL ESPÍRITU DE MONTMARTRE EN CAIXA FÓRUM MADRID: HISTORIAS DE CABARÉ, CIRCO, SOMBRAS CHINESCAS, SOMBREROS DE COPA Y MARGINADOS PURGADOS CON ABSENTA



París y el barrio de Montmartre, asequible tras una empinada cuesta. Abajo, el Moulin Rouge, impertérrito al paso del tiempo con sus firmes aspas rojas, y el recuerdo de sus farolillos y de sus famosos carteles de bailes de can can. Cerca Le Char Noir, también en el Boulevard de Clichy. Los dos como reclamos e inicio de una noche parisina diferente  a la nocturnidad burguesa de París. Allá por finales del siglo XIX. Donde en Montmartre se mezclaban nuevas costumbres con las que transgredir al deterioro del tiempo y los deseos de libertad se veían mezclados con noches de sexo nada convencionales: sexo, bailes y alcohol. Y todo transcurría al margen del día, en plena noche, bajo la sombra de un gato negro inmenso que se transmutaba en compañero de viaje, un gato negro que no maullaba, pues sólo se limitaba a marcar un camino: de perdición, de ruptura, de espacios sin preguntas y, sobre todo, disfrute. Allí, en la cima de la colina, donde las sombras dejan de marcar el territorio del bien y del mal. Allí dónde sólo reinan las ganas de pasarlo bien, entre historias de cabaré, circo, sombras chinescas, sombreros de copa y marginados que purgan su alma con absenta, tal y como hacía Tolouse-Lautrec: disminuido, bajito, insensato y con unas inmensas ganas de vivir que le alejaran lo más posible de su familia y de los nubarrones de los recuerdos de su infancia y adolescencia entre castillos, médicos y residencias. Médicos que no le entendieron ni le ayudaron a vivir ni a mejorar sus condiciones de vida. Y, por encima de todos ellos, la sombre del padre: lejano, burgués y acomplejado por el hijo. Detrás de ese telón de fondo es donde nace el artista. Venerado a día de hoy e incomprendido —por subversivo y escandaloso— en su época. Un artista que supo alejar su arte de las Academias y las Exposiciones Universales para trasladarlo a la vida sin más. Una vida cuyo único límite era el de la libertad de expresión y el de la pasión destructiva; una pasión plagada de sin sabores y contradicciones. Y una vida de artista en el más estricto sentido de la palabra. Tolouse-Lautrec vivió, mientras pudo, para el arte y sus pasiones: el cabaret, las mujeres, el alcohol. Se emborrachó por primera vez a los diez años, en la fiesta de cumpleaños de un amigo y, a partir de ahí no supo parar, como tampoco lo hizo antes las cortapisas del padre. Él, que supo expresar con sus manos todo aquello que no pudo hacer con sus pies ni con su  cuerpo. Su lenguaje corporal fue la pintura: en movimiento, teñida de colores fuertes y también pasteles, de retratos, bailes y momentos que más tarde se volverían universales. Una pintura pionera en su momento y que fue la expresión vital de todo aquello que la vida y sus enfermedades le arrebataron. Con el paso del tiempo, lo físico se transformó también en viral: la tisis, el alcoholismo, la tortura de su marginalidad…



En la exposición Tolouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre del Caixa Fórum Madrid, asistimos a ese universo plagado e impreso de pasión. Un universo al que acompañan las muestras de otros artistas de su época, con los que Tolouse-Lautrec compartió esa visión rupturista con lo establecido. La exposición —amplísima en el número de obras expuestas— es un fiel reflejo de la época que retrata, pues los cuadros al óleo dan paso de una forma poderosa a los carteles, las ilustraciones y los formatos más singulares, donde la expresión de los artistas en ocasiones es majestuosa y en otras minimalista. Ambas, son manifestaciones complementarias y significativas de una forma de ver el mundo que se anticipa muy bien al siglo XX y a los múltiples interrogantes y las crisis que éstos acarrean. Esa ruptura, en nuestro caso, se hace al margen de la realidad parisina del momento, aunque poco a poco se convertirá en la verdadera protagonista de la época, donde por ejemplo, las sombras chinescas serán el anticipo del cine, o los carteles, tiempo después, se convertirán en un poderoso instrumento de propaganda. En definitiva, época de transformaciones y cambios que, a través de esta exposición, asociamos a historias de cabaré, circo, sombras chinescas, sombreros de copa y marginados purgados con absenta.
  

Ángel Silvelo Gabriel.