Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 4 de mayo de 2011

ERNESTO SABATO: EL FÍSICO QUE QUISO SER ESCRITOR.

La insatisfacción existencial, esa cualidad humana tan en desuso en la actualidad, impregnó la vida de este argentino que desde muy pequeño sintió como la vida no era una batalla fácil. Undécimo de doce hermanos, debe su nombre a que el hermano que le antecedía murió, lo que le convirtió en el reflejo de lo que debería de haber sido el otro. Un hecho que lejos de beneficiarle, le dejó marcado para siempre, hasta el punto de ser junto a su hermano pequeño el protegido de su madre.

Esa forma de situarse en la vida, le llevó por la senda del existencialismo, donde intentó una y otra vez arrancar un por qué a su existencia y al mundo en el que le tocó vivir. Su biografía no estuvo marcada por el beneplácito o la benevolencia, muy al contrario, en muchas ocasiones le mostró la cara amarga de la desdicha, como cuando murió su hijo. O de la desesperación, cuando cansado de buscar respuestas a sus preguntas a través de la ciencia como medio más determinante para saciar sus ansias de saber, se dio cuenta que allí tampoco estaba aquello que le carcomía por dentro. Desengañado también de los grandes dogmas políticos y éticos del devenir universal que le tocó en suerte, buscó refugio en la literatura, no sólo a través de la novela, sino también del ensayo. Pero su insatisfacción era tan grande, que sus palabras muchas veces no llegaron a salvarse de su profunda búsqueda de algún consuelo que dejara de lastimarle. Gracias a su mujer, se salvaron Sobre Héroes y Tumbas y Abbadón el Exterminador, como designios de un destino que quiso colocarle entre los elegidos de un universo tan ingrato como el de la literatura.

Sus infinitas inquietudes le llevaron del comunismo al surrealismo, con una parada definitiva en el existencialismo, y como muchas veces sucede en la literatura, el azar quiso que su primera novela, El Túnel, no fuera pasto de las llamas y viera la luz, y para regocijo de todos aquellos que aman en mundo de las letras, tuvo una excepcional acogida, lo que permitió su difusión por muchos países allende de los mares de su Argentina natal, lo que llevó, a que su obra fuera reconocida y aclamada por escritores como Camus, situándole en la nómina de los imprescindibles, más allá de sus dimes y diretes con el gran Borges.

La reconciliación con el pueblo argentino le llegó de la mano de Raúl Alfonsín, cuando le encargó presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) lo que dio como fruto el Informe Sabato. Un relato de los trágicos hechos, que muchos que lo han leído, consideran imprescindible y símbolo de aquello en lo que el ser humano nunca debería convertirse, un exterminador de sí mismo.

Su consagración en el mundo de las letras, le llegó con la concesión en el año 1984 del Premio Cervantes, lo que no le eximió de continuar con su búsqueda, incluso cuando su vista cansada no le permitió seguir escribiendo, lo que le obligó a refugiarse en el mundo de la pintura, donde plasmó seres, animales y objetos tenebrosos, entre tinieblas, muy a imagen y semejanza de muchos de los personajes que creó en sus novelas, pero que le sirvió, para seguir expresando aquello que le atormentaba por dentro. Con 99 años, casi ciego y apenas sin habla, el joven utópico y revolucionario nos dejó en silencio, como recorrió gran parte de su vida, extrañado de verse a sí mismo, y preguntándose constantemente ¿quién soy?




Reseña de Ángel Silvelo Gabriel

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