martes, 31 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS (MEDIANOCHE EN PARÍS): LA ANSIEDAD DE LOS SUEÑOS

Detrás de las magníficas estampas de París, a las que el Sr. Allen dota de una maravillosa y tenue luz por el día, y de una más que envolvente y romántica luminosidad de noche (ambas circunstancias puestas en solfa por los propios parisinos que dicen no conocer esa bella ciudad que en la película se les muestra) está el Woody Allen de siempre, porque hasta para que no le falte de nada a este inicio de postal fotográfica, el director nortemaericano nos lo adereza con música de jazz interpretada suponemos que por él mismo y su clariente. Lo que nos lleva a concluir que en Midnight in Paris podemos ver al Allen de siempre. Un creador atrapado por sus obsesiones, que en esta ocasión van desde la lucha dual entre realidad-ficción, hasta esa imperiosa necesidad de salir indemne a la hora de realizar aquello que desea, aunque ello le lleve a andar por aguas turbulentas, pasando por esa necesidad de huida constante en la búsqueda de su felicidad. Una salida de emergencia que le lleva a situaciones en principio grotescas, pero que inciden en el psicoanálisis íntimo del director nortemaericano.




En Midnight in Paris se sirve de Gil (un estupendo Owen Wilson) como alter ego de su triste figura para errar por un maravilloso París nocturno, que ejerce el papel de encantador de serpientes, pues en su plasticidad y en la forma que Woody Allen ha decidido mostrárnoslo, está el mayor encanto de la película. París se comporta como un leitmotiv que es capaz de salvar a una historia que siempre se repite y a la que en esta ocasión el Sr. Allen ha querido dotar del poder de la ensoñación en forma de ajuste de cuentas cultural y artístico, al que envuelve dentro de un viaje al pasado. En este sentido, más allá de la magnífica y sobresaliente Match Point, Midnight in París es otra película más de su periplo europeo que se caracteriza por su desigual resultado. Una muestra de su cine en el que se lleva la peor parte la pésima Vicky, Cristina, Barcelona. Sin embargo, todas ellas tienen un elemento en común, que es el punto de encuentro entre Allen y estas ciudades, a las que muestra su agradecimiento a través de una estética y particularísima firma visual, que las transforma en un espléndio testamento fotográfico (veáse Oviedo y El Premio Príncipe de Asturias). Una pleitesía que en esta ocasión, le lleva al cineasta neoyorquino a filmar esa parte de la historia de París a la que todo norteamericano le hubiese gustado vivir, los años 20.


En esa dualidad realidad-ficción que tan abiertamente nos propone Woody Allen, en la parte real nos presenta a su novia Inez (Rachel Adams) con la que se va a casar y de la que poco a poco se va a desprender en beneficio de su propia libertad, felicidad y bohemia, que en Midnight in París, es el regreso al pasado emblemático del París años 20, que en forma de parque temático Allen nos va mostrando, con un elenco coral de actores que representan a Gertrude Stein, Ernest Hemingway, el matrimonio Fitzgerald, Dalí, Picasso, Buñuel, etc. que al principio nos puede parecer chocante, pero que poco a poco se van haciendo imprescindibles a la hora de entender los sueños de un escritor que va en busca de sí mismo. Un trayecto para el que necesita, tanto de una fuente de inspiración, como de la refutación de su obra. Un recorrido que le lleva a conocer a la enigmática Adriana (envolvente y bella Marion Cotillard), que ejerce de contrapunto a su novia Inez, y que a su vez, le llevará hasta la belle epoque, en esa capacidad de huida en busca de la felicidad. Y todo ello, envuelto en esa mágica nocturnidad parisina, a la vez romántica y serena, con sus tenues faroles, su tranquilo Sena y sus inquietos adoquines.


Midnight in Paris se comporta como un viaje a lo largo de los sueños, donde sólo se busca dar respuesta a esa ansiedad de poder llevarlos a cabo, aunque para ello, debamos vagar errantes en mitad de la noche, en la que a veces, hasta se nos puede aparecer una joven musa con la que compartir París bajo la lluvia, para algunos, la mejor forma de disfrutar de la ciudad del amor.


Crítica de Ángel Silvelo Gabriel

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