Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 3 de noviembre de 2011

CURZIO MALAPARTE, LA PIEL: LA GRANDEZA DE AQUELLOS QUE PIERDEN LA GUERRA.

Las guerras ¿se ganan o se pierden?, casi al final del libro, Malaparte lo describe así: “en el mundo no había más que hombres vivos y hombres muertos. Todo lo demás no contaba… es una vergüenza ganar la guerra”. En La piel, la miseria compartida de vencedores y vencidos es sólo uno de los puntos de partida de este magnífico libro, que traspasa con creces, las barreras del tiempo y de quién la escribió y su biografía, porque el Sr. Malaparte, pone al servicio de la gran literatura, toda la maestría y experiencia como corresponsal de guerra, y nos ofrece un relato en primera persona sobre la devastación no sólo material, sino moral, de una ciudad, de un pueblo y de una raza, la humana, cuando por fin es liberada del yugo de sus opresores. La originalidad de este relato está en el punto de mira del que parte el narrador, que no es otro, que el de proporcionar heroicidad y grandeza a aquellos que han perdido la guerra, pues en nada se diferencian de aquellos otros que la han ganado. El derrumbe de la moral al que asistió el mundo con la llegada de los totalitarismos, consiguió que vencedores y vencidos, marchasen de la mano en pos de la única razón existente en el ser humano en ese momento: la salvación de su propia alma. Una huida que llevó a toda una civilización a asistir impertérrita a su debacle, propiciada por la falta de una moral y una ética que rigiese los designios comunes de toda la Humanidad, que inmiscuida en su propia salvación, renuncia a la altivez de unos principios sólidos de convivencia con tal de salvaguardar su alma. Y lo hace sin reparar para ello en la senda escogida, que no es otra que la de la miseria más abyecta del ser humano, y que Malaparte simboliza en la piel que traspira, siente y nos derrota como seres humanos hasta convertirnos en héroes de la mezquindad.

La piel, en principio se iba a titular La peste, pero Camus se adelantó unos meses a Malaparte, lo que no disminuye la grandiosidad de este relato de un pueblo hambriento y perdido, sino que lo encumbra junto a otra de las obras maestras de la literatura universal surgida de una de las mayores barbaries de la Humanidad. En este caso, Nápoles se ensalza entre los escombros de sus ruinas y la destrucción de sus palacios, dejando entrever la solemnidad de sus frescos, sus imágenes religiosas e iglesias, que conviven sin pudor con la mayor de las miserias, y que Malaparte emplea como símbolo de aquello que los vencidos ofrecen a sus liberadores; una extensa y profunda cultura clásica cargada de una grandeza de la que los americanos (en este caso) carecen, pues sólo poseen la libertad exenta de gloria. En este sentido, es digno de elogio, el esfuerzo y la vasta cultura clásica que posee el narrador y que pone al servicio de aquello que nos cuenta, dejando un espacio, aunque sea pequeño, a la belleza y el arte, como si se tratase de un gran decorado del teatro del mundo; y que tiene su máxima expresión, en la entrada a la ciudad de Roma, donde el ejército americano rinde pleitesía a todos los héroes y villanos de la ciudad eterna, convirtiendo en apoteósica a la narración, y en vencedora a la cultura sobre la guerra.

Entre tanta destrucción, Malaparte busca refugio en la poesía cuando precisa alimentar a su alma de algo intangible, y lo hace con una prosa cargada de un lirismo, al que dota de magistrales y bellísimas metáforas cuando se fija en el mar, el Vesubio, el cielo o las nubes, y que se torna en una belleza trágica, cuando narra la erupción del Vesubio en abril de 1944, que como un semidios, se levanta sobre las cenizas del ser humano, en un símil muy acertado en el viaje a lo más profundo del averno que vencedores y vencidos inician día tras día. En ese transcurso de las vidas, marcadas por la salvación de la piel, también se contraponen a la misma, sentimientos como la piedad y el agradecimiento, el orgullo y el menosprecio, la ternura y la vergüenza, lo sarcástico y lo poético, porque todas ellas son características del ser humano que gana y pierde guerras, y que más allá del profundo agradecimiento que Malaparte expresa en multitud de ocasiones hacia la generosidad de todos aquellos que han muerto por proporcionarle de nuevo a su pueblo el don de la libertad, subyace el día a día de un relato que como recoge la contraportada de esta novela clásica, nos muestra que la frontera última de nuestra humanidad es siempre la piel (que simboliza la frágil barrera de la corrupción humana): “La piel, nuestra piel, esta maldita piel. Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel. Ésta, esta piel asquerosa. Antes soportábamos el hambre, la tortura, los martirios más terribles, matábamos y moríamos, sufríamos y hacíamos sufrir para salvar el alma, para salvar nuestra alma y la de los demás. Hoy en día sufrimos y hacemos sufrir, matamos y morimos, realizamos hazañas maravillosas y actos horrendos no ya para salvar el alma, sino para salvar la piel. ¡Nos convertimos en héroes por algo bien mezquino!”, Malaparte dixit.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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