Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 25 de julio de 2010

MADRES E HIJAS: UNA PELÍCULA INTENSA, ENTRAÑABLE Y DESGARRADORA


Las tres primeras imágenes de la película son una perfecta muestra de sinopsis cinematográfica que tienen la extraña y magnética habilidad de resumir la vida del ser humano sobre la tierra con una sencillez y maestría dignas de la mayor de las alabanzas. Estas imágenes representan un beso, una sesión de preparto y el nacimiento de un nuevo ser humano, y todo esto cuanto todavía no sabemos cuál va a ser la historia que en sí misma encierra la película. Después, en la siguiente imagen, una hija cepillando el pelo a su madre (suponemos) como resultado de las imágenes anteriores.


Madres e hijas tiene esa extraña habilidad de transportarnos a la intensidad emotiva de los sentimientos humanos a través de los tortuosos caminos de la ausencia, los errores, el reproche y la incomunicación. A esta película le viene como anillo al dedo la frase: "tiempo de comunicaciones rotas o comunicadas a destiempo". Pero Rodrigo García nos propone que por encima de todo está el instinto, esa cualidad humana que antes o después se despierta y que quiere conocer de dónde procedemos, quiénes son nuestros padres o nuestros antepasados, como algo inherente al genoma humano y que no se transmuta por muy diferentes que sean los accidentes vitales que nos moldean de mil y una forma diferentes a lo largo de nuestras vidas.


La adopción, que también ha sido retratada de forma profusa por Lorrie Moore en su última novela Al pie de la escalera, encierra un inagotable mundo de verdades y mentiras, que en este caso también tiene como protagonista a una niña de color, y aquí se vuelve a reproducir el sempiterno problema racial de los norteamericanos, en el que Rodrigo García también quiere entrar para que nadie quede fuera de este drama de verdades y mentiras.


La inteligencia de Naomi Watts a la hora de elegir sus últimos papeles deja perplejo a cualquiera, si bien es verdad, que en esta ocasión sospechamos que el productor Alejandro González Iñárritu tiene mucho que ver en su inclusión en el reparto, después de la multipremiada 21 gramos. Su personaje Elizabeth está perfectamente perfilado en la dureza profunda y en la frialdad inteligente a las que Naomi Watts proporciona sus naturales dosis de belleza serena, pero que finalmente sucumben a su propio instinto. Sin duda, una magnífica y sobresaliente actuación.


Enfrente Annette Bening, que nos recuerda todo aquello que debe poseer una gran actriz con mayúsculas. Bening borda el papel de madre a la deriva, perdida en su pasado y atormentada por una decisión que el paso del tiempo le recuerda que nunca tuvo que tomar. Su actuación es una gran lección interpretativa a la que muy pocas actrices son capaces de llegar, y que es una muestra más de su gran madurez. Sencillamente excelente.


La tercera historia la protagoniza Lucy (Kerry Washington) que da vida a una joven mujer que no puede tener hijos y que se ve inmersa en el farragoso mundo de las adopciones. Un mundo del que últimamente siempre llama la atención el intercambio de papeles que se ha producido sobre las ideas preconcebidas que uno tiene sobre el mismo. Aquí Lucy es la encargada de cerrar el círculo al guión fragmentado en tres historias, y que finalmente se juntan como siempre por un caprichoso destino, y que también como siempre, vuelve a intentar sorprendernos (quizá éste sea el punto más débil de la película).


Los hombres de la película, aventureros del deseo y el amor, vienen interpretados por dos grandes actores como son Samuel L. Jackson y Jimmy Smits, cuyas interpretaciones están a la altura del gran elenco de actrices.


A pesar de que parte de la crítica ha visto en la tercera parte de esta historia su punto débil, es decir, cuando la misma gira hacia el aspecto más emotivo, una vez más nos sorprenderíamos si conociésemos los casos de aquellas personas adoptadas, que al igual que los salmones vuelven a morir al lugar donde nacieron, quieren saber de dónde proceden, porque eso es algo que pertenece al mundo de los instintos, y por lo tanto, está fuera de nuestro racional alcance.


Todo ello viene envuelto en una magnífica música de Ed Shearmur, con un violín que es capaz de llorar junto a los rostros de las actrices o un piano que nos lleva a lo más profundo de los sentimientos. En definitiva, Madres e hijas es una película intensa, entrañanble y desgarradora.

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