Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 2 de marzo de 2015

LUNA MIGUEL, LOS ESTÓMAGOS: LA ÍNTIMA NECESIDAD DE DESENTRAÑAR LA ESENCIA DEL TESTAMENTO DE LA VIDA


«Todo está entre el pecho y la vagina. Todo lo importante», nos recuerda Luna Miguel en el poema Definición del vientre. Ahí, es verdad, se encuentran las entrañas que curan nuestros rasguños y acrecientan nuestras heridas. Sin embargo, el dolor..., el dolor precisa de las preguntas sin respuesta, de la mirada de un pájaro disecado o de ese innecesario e imposible paseo por la nubes. La realidad, transformada y absurda que nada cura, pero que todo lo puede. Lo imposible en lo posible, y así, hasta llegar a esa íntima necesidad de desentrañar la esencia del testamento de la vida que se pierde en cada latido del corazón, en cada recuerdo, en cada mirada. Todo se borra, excepto el ADN de nuestros sentimientos, esos que luchan hasta más allá del final. Es verdad, siempre nos quedarán las palabras, aquellas que un día garabateamos sobre un papel, y gracias a ellas, siempre podremos seguir excavando ese agujero; el hueco del dolor al que nadie está invitado salvo uno mismo. Ahí es dónde podemos mirarnos a la cara, porque no hay espejos, y dónde podremos construir nuestro refugio: el del alma. El dolor es un víscera de animal y también el arañazo de un gato, pero también es el cadáver de una paloma o los restos de cerdo embutido en bolsas de plástico, como si todo formase parte del gran festín del mundo en destrucción, del desecho, de aquello que ya no sirve, lo mismo que, para el resto del mundo, representa una vida que se va. A nadie importa salvo a nosotros y a nuestro dolor. Ahí acampamos firmes frente a la ventisca, derramamos nuestro llanto «quiero adelgazar llorando», y retamos a todas las fuerzas de la naturaleza que un día nos hicieron felices sin enseñarnos que tendríamos que crecer llorando. ¿Dónde está ese último reflejo de la felicidad o la versión más sublime de una vida dedicada a la literatura y la poesía? Y en cada verso nos vamos desangrando, y en cada poema vamos construyendo esas melodías sin ti que nos unirán para siempre en el silencio de una noche que a nadie más pertenece. El dolor que se transforma en ese amor, también se encuentra entre el pecho y la vagina, y sin embargo, no entiende del tiempo. No hay coordenadas físicas para ese amor que se desplaza por el aire, que se transforma en pura esencia... A veces, los hombres se convierten en animales, y estos, a su vez, en plantas, flores o simplemente en el recuerdo de una hoja de un árbol. Meat is murder nos recordaba un joven Morrissey en The Smiths. Sin embargo, aquí la carne no es siempre pecado, sino recuerdo de los días sin sol, de las bolsas azules repletas de líquidos incoloros, y de los sonidos sordos que emiten nuestros latidos cuando esconden su dolor. Los estómagos de Luna Miguel son ese espacio entre el pecho y la vagina donde todo cabe, cual bolsa infinita del tiempo y la vida, pero que también representan ese último grito de dolor que busca en el eco su porqué. Atrapados en ese miedo que, nadie más que nosotros llegamos a comprender, cruzamos el límite de lo posible, ese territorio donde las praderas crecen en primavera y donde el sol sale cada mañana. No obstante, no hay respuesta a esa pregunta que nos resquebraja por dentro, porque ese mundo que nace con el nuevo día no es el nuestro, pues el mundo dejó de ser aquello que era.
 

Los estómagos de Luna Miguel se divide en cuatro partes más un anexo, en los que asistimos al universo poético de una joven poeta que ha sido obligada a deambular por el territorio de los extraños. A través de cada una de esas partes, asistimos al íntimo proceso del dolor que busca su propia catarsis: la de la nueva vida. El final de una vida siempre conlleva el inicio de otra, justo aquella que nunca imaginamos que deberíamos vivir, pero a la que el destino nos ha llevado, cual fuerza sobrenatural, invencible e infinita. Los rasgos poéticos de Luna Miguel, en este caso, giran en torno al dolor y a su expiación, y ella lo hace a través de su propia voz y la de otros que la han acompañado y la acompañarán a lo largo de sus días. Sombras que se adhieren a su piel, como si fueran uno más de sus gatos, recientemente reconvertidos en perros románticos. No cabe un testamento más duro y bello a la vez que el último poema de este poemario: «Ana,/ ahora te presento a tu hija que ladra:/ por ti fabricó barcos de papel,/ después, aprendió a quemarlos».
 

Ángel Silvelo Gabriel. 

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