Tiempo de comunicaciones rotas

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martes, 17 de marzo de 2015

MANUEL DE MÁGINA, SALTITOS: REINTERPRETANDO LA VIDA DE LOS AFLUENTES SUBTERRÁNEOS


La vida transcurre entre anécdotas, situaciones absurdas y desgracias. Entre todas ellas, de vez en cuando, se cuela un rayo de felicidad, pero en realidad poco importa, porque nadie está a salvo de lo imprevisto. Saltitos es un ejercicio que nos obliga a traspasar esa línea imaginaria que la cotidianeidad nos obliga a no visitar. Justo, al otro lado, es donde transcurren estas doce micro historias: oníricas, absurdas, irónicas…, pero tan acertadas y reales, que le ponen a uno los pelos de punta. Y en medio de este festival de las emociones, Manuel de Mágina ejerciendo de maestro de ceremonias, y lo hace de una forma muy sutil, sin que apenas se note, con una habilidad de gran narrador. Él desaparece tras sus personajes y sus historias, y gracias a eso, el lector solo tiene que ir sorteando los múltiples vaivenes a los que se verá obligado a enfrentarse. En esa batalla incruenta de las últimas necesidades vitales, no hay que hacer uso de la razón lógica, sino de la otra, de aquella que de verdad nos ayuda a ir reinterpretando la vida de los afluentes subterráneos, pues es por ahí, por donde de verdad circulan los más íntimos anhelos del ser humano, esos que nunca se cuentan, salvo, quizá, cuando todo está perdido. Saltitos es un compendio de magistrales dosis literarias de universos únicos y mágicos, que nos ayudan a reivindicar los deseos más profundos de nuestro corazón. Arremeter contra las normas es hacerlo contra la vida que nos afea el comportamiento y nuestra naturaleza. Esa es una de las virtudes de estos doce relatos, pues nos ayudan a soportarnos mejor, y no solo eso, sino a mirar a ese otro lado del espejo, por mucho que tengamos que romper el cristal para llegar allí a donde de verdad queremos ir. Hay que perder el miedo, parece decirnos Manuel de Mágina, a la hora de querer visitar los tesoros del palacio; un lugar donde nadie más puede entrar que aquellos que lleven consigo el salvoconducto de la verdadera vida: la soñada. Apretados en doce inquietantes historias, asistimos encantados a las dotes narrativas de este autor jienense que tiene muy claro de las fuentes que debe beber a la hora de buscar la lucidez de la palabra y el refresco intelectual. El realismo mágico, el mundo de los cornopios o simplemente el absurdo, huyen y desaparecen entre sus líneas, pero también se apelotonan y se dan la mano cuando llega el momento de la verdad. De ahí, que en Saltitos no haya trampa ni cartón, sino toda una realidad, opaca para la mayoría, pero única para los valientes que de verdad quieren saltar la valla del paraíso.
 

Es difícil resaltar alguno de los relatos que compone Saltitos por encima del resto, pues esa es otra de las virtudes de este recopilación: su fortaleza, que no su homogeneidad, pues hay situaciones y personajes tan distintos como originales, y muy bien tamizados por la mano ajustada del autor que, maneja a la perfección, el mundo incandescente de lo lógica de la locura; un mundo de cuerdos locos o de locos cuerdos que tanto da, a los que Manuel de Mágina sumerge en aguas profundas, para de ese modo amortizarles y amortizarnos el miedo, quizá, porque no exista un terror equiparable al de mirarnos a la cara y decirnos las cosas en la superficie, donde la luz y el viento nos dejan sin palabras, porque aquí, en Saltitos, su autor ya nos pone sobre aviso desde el primer relato, pues en este, como en otros, nada es lo que parece: ni el cliente ni el que le atiende; ni el destino del dinero de un atraco, tan fácil de conseguir como efímero es su deleite; ni la palabra sobre la palabra, carente de todo significado e importancia cuando lo cubre todo, y muchas veces, quizá, no haya nada mejor que el silencio; por no hablar de esa libertad que nadie ve o nadie quiere admitir, pues nuestras propias decisiones siempre tienen que ser puestas en tela de juicio por los demás, pues todos vivimos en una sociedad que condena al diferente; o esa búsqueda casi suicida de un medio tomate que por sí solo posee el simbolismo del miedo y la verdad; o el hombre cómoda, hombre bártulo u hombre objeto, perdón, en este caso quería decir el novio frigorífico con el que se cierra este viaje de prosopopeyas léxicas. Y así, podríamos continuar hasta el infinito, pues infinitas son las posibilidades e interpretaciones que admiten estos relatos que dejan una gran puerta abierta al lector; una puerta que él mismo deberá decidir si traspasarla o simplemente contemplar bajo su dintel aquello que se le muestra, porque quizá, no haya una mayor expresión de libertad que esa fórmula que emplea Manuel de Mágina para mostrarnos nuestros propios miedos, y de paso, no hacer otra cosa que pararnos a contemplarlos, igual que si la vida fuese un mágico cuadro, donde las letras dibujan las escenas subterráneas de nuestra vida.
 

Ángel Silvelo Gabriel. 

1 comentario:

Manuel de Mágina dijo...

Gran bribón, de modo que era ni más ni menos que todo esto lo que te guardabas. ¡Si es mejor la reseña del libro que el libro!

Muchas gracias. Un gran abrazo, Ángel.