Tiempo de comunicaciones rotas

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martes, 10 de marzo de 2015

NAPOLEÓN SOLO, MÁXIMO RUIZ FERRER: VOLVIENDO AL PUNTO DE PARTIDA


En la sencillez de las cosas está la verdadera esencia de la vida, o eso al menos es lo que pensaron Napoleón solo cuando se refugiaron en Las Alpujarras a grabar este Máximo Ruiz Ferrer. Todo es neófito y virginal como el propio título del disco, pues la primera y última intención era volver al punto de partida; una suerte de raíces que inventar o reinventarse, y con las que poder construir la argamasa de un nuevo sonido y un nuevo concepto musical. En ese viaje a las entrañas de su propia existencia, el grupo ha echado mano de una sinfonía de cuerdas. Cuerdas de guitarra, de viola, de violín o de las teclas de un piano, con las que barnizar de múltiples sustancias sonoras sus canciones, para de ese modo, dotarlas de un alma más pura, porque quizá esa sea una de las señas de identidad de este Máximo Ruiz Ferrer, la pureza del recién nacido al que hay que buscarle un nombre. Napoleón solo ha acudido al beneplácito y complicidad de las redes sociales para encontrarlo y de paso comenzar a construir su propia historia que, en forma de melodías y canciones componen este disco.
 

«La materialización de esta fantasía-homenaje sobre las pasiones, descubrimiento, creencias y otras revelaciones…», en palabras del propio grupo, son diez canciones plenas de matices acústicos, donde la inclusión de instrumentos de cuerdas en algunas ocasiones, hacen un guiño a la música clásica, o en otras, a se dirigen a ese sonido de ciertas bandas multi-instrumentistas como HATEM. La imaginación musical del grupo andaluz ya se pone de manifiesto en el primer tema del disco, Matamuertos y la cruel, cuando haciendo referencia a la rueda (esta solo será una de las muchas referencias a una parte de los elementos esenciales de la evolución humana) disuelven sus creaciones en una suerte de guiños al sol, pues estamos ante uno de los cortes más luminosos del disco, donde los teclados cobran un gran protagonismo. Sonidos retro futuristas que inciden en Pequeña canción del espacio, donde el grupo juega a retomar sonidos anglosajones del rock psicodélico de los ochenta y noventa. Amenazas tecno que se diluyen en Las cinco como siempre, pues en una continua vuelta atrás en el tiempo, la sencillez sonora de Napoleón solo se vierte sobre la melodía de una canción que nos lleva hasta los sesenta, pero lo hace con la fuerza de nuestros mejores recuerdos. Un matiz revival que permanece en Del amor perdido, un corte que profundiza en esas sensaciones en las que naturaleza plagada de verdes praderas y margaritas inunda nuestra mente; imágenes sencillas y auténticas que nos refieren la verdadera materia de la que está hecha la música. Vibraciones placenteras que nos sumergen en una sinfonía de placeres oníricos que se hacen una argamasa de materiales sonoros retro que nos invitan a soñar.

 
En este rueda del tiempo, pasamos a la versión más costumbrista del grupo con Emilia y Pepe, pues parece que nos hemos ido al más puro romancero español tamizado por las cuerdas de Napoléon solo que, recubren esta especie de romanza, de su particular y única visión musical, que impregna cada una de las composiciones de este disco no apto para oídos no dispuestos a trasgredir las barreras del indie más ortodoxo. Sebastián deambula en las coordenadas más experimentales del disco, al proporcionar a la canción de todo tipo de ecos trascendentes y atmosféricos recubiertos del buen hacer de unos teclados que se resisten a perder su protagonismo. Sin embargo, Napoleón solo no renuncia a apoderarse de su versión más indie-pop con Yuliana, Juliana, un tema desenfadado y pegadizo que posee una armonía que se queda pegada a nuestros oídos a la primera escucha, y que nos recuerda que los jienenses-granadinos saben hacer también potentes melodías pop. Un declinación que se torna de nuevo más psicodélica en Saltando hacia fuera, donde las referencias multi-instrumentistas, de nuevo saltan a la palestra y nos hacen vibrar con esos destellos de luz que protagonizan buena parte de las canciones de este disco. Unas especulaciones sonoras y existenciales que acaban con La leyenda de la persona libre, un título más que llamativo con el que el grupo quiere cerrar este viaje a lo largo del tiempo: un viaje pletórico de rimas y leyendas, de hallazgos y pesquisas que, como suele ocurrir cuando uno se lanza a la más arriesgada de las aventuras, siempre es fructífero, pues nunca imaginó encontrar aquello con lo que un día soñó. Un juego que, sin duda, acaba volviendo al punto de partida.   
 

Ángel Silvelo Gabriel. 

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