Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 19 de junio de 2017

RAMÓN SURROCA PRESENTA SU NOVELA, LENTA LUZ DE LA HABANA, EN LA LIBRERÍA RAFAEL ALBERTI DE MADRID EL SÁBADO 24 DE JUNIO A LAS 13:00 HORAS


 

Ramón Surroca (Barcelona, 1966) licenciado en Filosofía y en Ciencias de la educación por la Universitat de Barcelona, desde 1991 ejerce de profesor de bachillerato.

Después de un viaje a Cuba, a los cuarenta años publica la primera novela, Lenta llum de l'Havana (2006), traducida al castellano en 2017 con el título Lenta luz de la Habana. El año siguiente aparece una segunda novela, Memòria de sal (2007), inspirada en el crucero universitario organizado durante el gobierno de la República española, que es traducida también al castellano, en 2013. L'aparador desert (2011) es su tercera obra, una novela alrededor de los dilemas del arte contemporáneo, el modelo de ciudad que ha adoptado Barcelona y el descubrimiento de la literatura como refugio frente la pérdida de sustancia de la ciudad y del arte. En 2014 aparece una nueva novela, La sang ferida, que habla del amor y del dolor, de la verdad que respira, intacta, en el engaño, de cómo la fidelidad a uno mismo y a los propios sentimientos puede hacer vibrar otra vez el mundo que creíamos perdido para siempre.

Es socio de la Associació d'Escriptors en Llengua Catalana.


Lenta luz de la Habana cuenta la historia de un grupo de amigos cubanos que han constituido una organización de acogida de turistas denominada la cooperativa. De la mano de la pareja protagonista, proveniente de Barcelona, asistimos a las complicadas vicisitudes a las que se ven sometidos los miembros de esta organización familiar como consecuencia de las condiciones políticas y económicas que padece la isla. Lenta luz de la Habana retrata el anhelo utópico que todavía persiste en muchos cubanos a pesar de las sombras que proyecta sobre ellos un régimen que se presentó como liberador y ha terminado convirtiéndose en totalitario. 

Ramón Surroca en Lenta luz de La Habana también nos plantea, entre otras muchas cosas, no sólo la necesidad de la lucha por unos ideales, sino la importancia de la necesidad de la esperanza. Un pueblo sin esperanza es un pueblo muerto, y es ahí, donde el narrador de esta historia lucha contra sí mismo y su propio abatimiento cuando comprueba de primera mano el estado real de los cubanos que en su día apoyaron la “idealidad revolucionaria”. En este sentido, hay un juego de espejos que emiten imágenes y reflejos en varias direcciones, pues si los cubanos añoran la libertad con la que se vive en Occidente, el narrador siente lo contrario cuando ve el espíritu de lucha y sacrifico que tienen los cubanos a la hora de seguir manteniendo vivo el valor de unos ideales que han naufragado en su ejecución práctica con el paso de los años. Y de ahí deviene el sentimiento de culpa del narrador por ser embajador involuntario de un mundo anhelado por los demás. Sin embargo, hay una última posibilidad para la esperanza, y esta no es otra que la oportunidad del diálogo que nos presenta la opción de explorar los conceptos de “idealidad revolucionaria” —que han llevado al narrador y a Caterina a Cuba—, y el de la “rebelión” ante la severa experiencia de la situación real de los cubanos. Y es en esa confrontación biunívoca donde unos y otros ensalzan aquello que no tienen. 

No obstante, la novela es también un viaje interior en el que su protagonista pone en cuestión su forma de ver y entender la vida, sus ideas y sus ideales. Y de esa obsesión nace este collage al que el narrador ha titulado como Lenta luz de La Habana que, tal y como él nos apunta, sus personajes «simbolizan la fe en valores que nunca debería abandonar el ser humano». A lo que hay que añadir que Ramón Surroca lo hace desde el punto de vista del narrador omnisciente, intentado mantener siempre ese punto de equilibrio entre lo vivido y lo recordado, lo visto y lo sentido, lo deseado y lo negado, lo que le proporciona a la historia un plus de autenticidad, pues en ningún momento se nos trata de llevar manipular, sino que más bien todo lo contrario, porque el autor se limita a mostrarnos aquello que él vivió hace algo más de veintidós años, y de esa forma, que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, cabría apuntar que estamos ante una novela atmosférica, no sólo por esas tormentas tropicales y lluvias torrenciales que acompañan el devenir de los personajes en esos momentos del día donde parece que todo se desvanece, sino que esta sensación también se produce cuando el narrador aborda las abundantes y minuciosas descripciones del entorno que visita, y cuando describe las impresiones que le sugieren cada uno de los personajes, a las que en muchas ocasiones el autor remata con una frase certera, por lo profundo de su mensaje; y brillante, por los magníficos juegos de imágenes que consigue con sus metáforas.

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