Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 1 de noviembre de 2012

EL LADRÓN DE PALABRAS: LAS VÍAS PARALELAS POR LAS QUE TRANSCURREN LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

La literatura dentro de la literatura no siempre da como resultado la meta literatura. Y ese es el resultado fallido de este film de carácter comercial, ahogarse en una sucesión de historias, que a modo de las matrioskas rusas, nos van mostrando historias humanas con la literatura como telón de fondo. Sin embargo, sí es cierto, que para todos aquellos que intentamos jugar a encadenar palabras, los clichés de escritor de Bradley Cooper nos resultan comunes, pero ahí se acaba todo. La literatura, finalmente, es otra cosa que simplemente narrar un historia, porque no se nos debe olvidar que esa historia debe poseer alma; un alma propia que nos haga subirnos a ella y no desear bajarnos del infinito viaje que nos propone, y en El ladrón de palabras apenas aguantamos hasta la primera parada, pues a la siguiente, ya estamos desenado bajarnos. El personaje interpretado por Jeremy Irons, y a la postre hilo conductor de la película, dice que hay que saber vivir con las decisiones que tomamos; una tarea nada fácil sobre todo si acabas perdiendo la partida, pero que él hizo al elegir el ingrato poder de las palabras y desechar el amor, el verdadero amor que sólo se nos presenta una vez en la vida. Ese matiz es quizá lo que más llame la atención de la película, ese sinuoso sentimiento universal que es el amor intercalándose en las vidas y las páginas de los protagonistas del film, que a pesar de todo, no resultan convincentes. El ladrón de palabras ha preferido quedarse en la superficie anodina de las relaciones sentimentales inacabadas, antes que ahondar en las entrañas de la creación literaria, que la mayoría de las ocasiones es tortuosa y muy poco estética. Pero en nuestro caso, ni tan siquiera esa manida costumbre de jugar al equívoco con el espectador está bien resulta en el film, pues el final del mismo aunque sea abierto, no aporta nada al resto del conjunto.

Entonces, ¿qué salvamos de este relato de imágenes presuntamente literarias?, pues quizá que la única conclusión limpia y despejada de todo este escondite que no parece tener un final, es que en muchas ocasiones, las vías paralelas por las que transcurren la realidad y la ficción, son eso, paralelas, y por tanto nunca llegarán a encontrarse; un axioma erróneo si lo que intentamos retratar es la vida misma.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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