Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

FRANCOISE OZON, EN LA CASA: LA LITERATURA COMO ARMA ARROJADIZA QUE CONQUISTA EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Una de las características de la literatura es su capacidad de crear mundos distintos y paralelos al real, pero también la de transitar por los terrenos de la ensoñación que nace de nuestras propias fantasías. Sueño y realidad se dan la mano en la última película del director francés Francoise Ozon, que hace suya la obra dramática “El chico de la última fila” del autor español Juan Mayorga. Al igual que en la versión original, que en palabras del propio Mayorga está basada en un hecho real que le sucedió a él en su juventud, En la casa parte de un inicio anclado en la realidad, pero la habilidad del relato, así como la presentación del mismo en imágenes, nos lleva al terreno donde el observador es observado y donde ficción y realidad andan constantemente traspasando sus límites y fronteras para hacernos creer que uno es otro y viceversa. La maestría de Ozon es la que nos hace disfrutar de esa doble vía o interpretación, y de paso, convertir nuestra vida en la vida de los otros, pasando de meros espectadores a actores principales de una trama que nosotros mismos vamos construyendo y a la vez inventando. Así, la meta-ficción y la meta-realidad se apoderan del discurso fílmico que, convertido en imágenes de primeros planos de los rostros de los protagonistas, nos muestran las dotes con las que cuenta la literatura como arma que conquista el mundo de los sueños. A buen seguro, que todos estamos de acuerdo si decimos que no hay nada mejor para salir de la rutina que crear nuestras propias historias, y de paso, cimentar un mundo a nuestra medida donde nos esté reservado el papel del protagonista. Sin embargo, tenemos que ser igualmente conscientes que, sólo somos capaces de tomar el timón de nuestra existencia en contadas ocasiones, pues todo se queda en puro devenir.

No obstante, a la hora de analizar esta película, también podríamos partir de dos premisas quizá más obvias, pero no por ello, menos acertadas. La primera de ellas es que al ser humano le gusta que le cuenten historias, y aquí podríamos hacer un inciso para aludir sin mucho esfuerzo al papel del joven protagonista metido a literato (Ernst Umhauer como Claude) y compararlo con el de Sherezade en La mil y una noches, pues él es quien impulsa la acción y se convierte en el protagonista que cambia el devenir de la historia, adueñándose del papel de narrador reservado a su profesor (Fabrice Luchini), para convertirse en el auténtico héroe de una historia que él mismo inventa. Dicho lo cual, el único problema al que se deberá enfrentar el joven Claude es al de no caer en el morbo, pues eso le restaría originalidad y credibilidad a su faceta creadora. La segunda de las premisas a las que antes aludíamos, viene restringida a ese don de la curiosidad que tiene el ser humano, pero que mal utilizado se convierte en cotilleo sin más. Dice el refrán que la curiosidad mató al gato, y esa es la trampa en la que cae el hastiado profesor Germain que, cree ver en la redacción del inteligente Claude, todas aquellas cualidades que a él le faltaron para convertirse en un verdadero escritor. Ese halo o pulso que toda faceta creativa debe tener, es la que intenta fomentar Germain, pero sin llegar a darse cuenta que a su vez está cayendo en su propia trampa, porque igual que el gato se cae por la ventana, el acabará siendo la víctima de su particular invento.

La capacidad de observación tan necesaria en la literatura como en el cine, aquí se dan la mano gracias a la portentosa habilidad de Ozon que, sabe jugar con el espectador en cada una de las fases de la trama, sin tener miedo a la hora de echar mano de clichés tanto literarios como cinematográficos, y que acaban con un sincero homenaje a La ventana indiscreta al final de la película, en un extenso plano que resume a la perfección el espíritu de la misma, pues una vez más, nos ofrece la posibilidad de vivir durante ciento cinco minutos la vida de los otros.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

1 comentario:

manipulador de alimentos dijo...

Lo dicen en una escena de 'Dans la maison' a mitad de la película: es una comedia estúpida, todo esto es ridículo. La película de François Ozon es ñoña en su ventana 'voyeurística' (¡ay qué diría el maestro Hitchcock!), un escape apenas maloliente, que ni siquiera satisface al que lo despide. ¡Mejor nos vamos todos a China! Un saludo!!!