Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 24 de junio de 2013

THOMAS WOLFE, EL NIÑO PERDIDO: ¿ADÓNDE SE HA IDO EL TIEMPO?

Qué podemos hacer cuándo los recuerdos se enfrentan al tiempo: nada, concluimos, porque la pérdida, entonces, se muestra infinita e inexpugnable cual Everest anímico, y no nos queda más herramienta para salvarlo que los recuerdos y las sensaciones que éstos son capaces de transmitirnos. La selección que nuestra memoria hace de aquellos pequeños detalles que, a priori carecen de importancia, y que sin embargo son imprescindibles para entender nuestra vida, se precipitan sobre nosotros cuando iniciamos ese terrible y tenebroso viaje sobre nuestro pasado. Su evocación... la evocación, como arma poética sobre la que reivindicar nuestra más íntima existencia, se muestra torpe y egoísta a la vez, porque nos lanza sobre nuestras miserias cargadas de tristeza. Thomas Wolfe borda ese poder intrínseco que posee la ensoñación de la mente humana, y lo hace en un lazo íntimo que te sobrecoge el corazón, el alma y las entrañas a la vez, con un aroma literario muy parecido al que Harper Lee consiguió en Matar a un ruiseñor o Truman Capote logró en Otras voces, otros ámbitos. En cada una de estas novelas, la atmósfera que nos crean los escritores es como un guía que nos lleva por encima de las palabras que éstos escriben, es, el escritor omnisciente que todo lo ve y que nos sitúa en el territorio de los auténticos sentimientos, pues los despoja de cualquier aditamento que no sea su propia esencia. El niño perdido es una novela corta, o nouvelle si se quiere, que se comporta como una perfecta máquina de relojería que nos mueve las manecillas del pulso de las entrañas, y no sólo eso, sino que las para a s u antojo y nos destruye a cada frase, a cada párrafo, pues nos hace releer una y otra vez las palabras que, tocadas por la varita mágica de la genialidad, nos atrapan de tal modo que no nos dejan avanzar: "el modo en que las cosas resultan no tiene nada que ver con lo que uno espera que sean..." Y así avanza El niño perdido, que es buscado por su madre y sus hermanos y que, sin embargo, no son capaces de encontrar, porque a ellos les ocurre lo mismo que a nosotros, no saben y no sabemos ¿adónde se ha ido el tiempo?, salvo cuando somos capaces de atrapar la evocación de la vida soñada a través de los recuerdos: "y de nuevo, de nuevo, volví a la calle para hallar el lugar donde las dos esquinas se tocaban y me volví para ver adónde se había ido el Tiempo. Y todo era allí como siempre había sido. Y ya no quedaba nada ni nada volvería nunca. Y todo seguía siendo igual, como si no hubiera cambiado desde entonces, sólo que todo se había perdido y había sido recobrado y capturado para siempre. Y así al haber encontrado todo, supe que lo había perdido".


El ritmo poético de la narrativa de Thomas Wolfe, nos atrapa desde la primera frase: "La luz vino y se fue y vino de nuevo". Una frase que en sí misma destila uno y mil significados diferentes, todos ellos evocadores de aquello que nuestra caprichosa mente nos quiera mostrar en cada momento. La vida se compone de instantes, nos dicen a veces, y de recuerdos que intentan atrapar el tiempo de una forma imposible, podríamos añadir. Ese imposible, que es, resucitar una vida, recorre toda la novela, y lo hace a lo largo de cuatro voces distintas que dividen las cuatro partes de El niño perdido, a cada cual más profunda e hiriente con el poder de los recuerdos. Sin embargo, nuestro yo literario navega por cada una de ellas tranquilo y sereno, y sobre todo seguro, porque sabe que llegará a un buen puerto, pues ese es el destino final de la novela: el del reencuentro con la gran literatura. Dicen que cada libro tiene su propia historia, y en mi caso, respecto de El niño perdido de Thomas Wolfe la tiene, porque quizá, el caprichoso azar, hizo que este año fuese a la Feria del libro de Madrid un día de diario; una elección que tiene la ventaja que se puede charlar y conversar con editores, libreros y algún escritor sin mirar la manecillas del reloj, sólo con el único afán de compartir el amor a la literatura y a los libros. De ese encontronazo casual surgió el conocimiento de Julián Rodríguez y Paca Flores (editores de Periférica), y de esa pasión por la palabra pasamos de un libro a otro a través de las magníficas explicaciones de Julián, que acabó regalándonos El niño perdido; un obsequio que nunca podrá ser recompensado por el valor literario que tiene en sí mismo y por esa sensación de descubrimiento que rara vez experimentamos, pero que a buen seguro, me hará leer muchos más libros de la editorial, pues el gusto a la hora de la elección de los autores y sus obras es incuestionable. Lo que me lleva a concluir, que más allá de los best sellers y la literatura del entretenimiento, existe algo más, la literatura con mayúsculas que, gracias a la Editorial Periférica, entre otros, podemos seguir disfrutando.


Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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