Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 5 de enero de 2015

LA BELLA DE AMHERST (EMILY DICKINSON), BAJO LA DIRECCIÓN DE JUAN PASTOR: LA PASIÓN POR LA PALABRA DE UN ALMA ENCENDIDA


El viento que sopla las hojas de un árbol sin que nadie se lo exija, es como ese diapasón de nuestro día a día que transforma lo sencillo en virtuoso o sublime. Ambos, sonidos y objetos que devienen en ideas, adornan el escenario del Teatro Guindalera, convirtiéndole de ese modo en una especie de altar: místico, único, entrañable..., donde una fantástica y portentosa María Pastor da vida a la gran poeta norteamericana Emily Dickinson y a sus fantasmas. Los objetos que la protagonista va poniendo en pie a medida que avanza la obra, no son sino otro acertado guiño a la idea de reconstrucción tan presente en la representación de esta versión de La bella de Amherst, porque esa forma de levantar objetos, simbolizan la necesaria cadencia narrativa a la hora de reinventar una vida desde las cenizas de sus recuerdos, lo que unido a la omnipresente verbalización de sus poemas, nos hacen sumergirnos en un universo propio, tan inquietante como bello. Esa fue una de las metas de Dickinson que, al igual que John Keats, se apoyó en la naturaleza y su belleza para intentar dar respuesta a la visión que cada uno tuvo de la esencia de la vida, y por ende, del ser humano. Un diálogo que llevó a la poeta a esa última necesidad de ver y vivir el mundo desde el más profundo de los aislamientos —el de su casa—, como la muestra más palpable de la renuncia al mundo exterior que busca reinterpretarse a través del yo poético más íntimo, tras el que subyace el convencimiento, por parte de la poeta, de las limitaciones a las que los demás la sometían. La huida de esa gran cárcel universal, Emily Dickinson, la resuelve mediante la creación de su propia celda en la que poder liberarse de esa ciega incomprensión que la rodeaba. Ella lo hizo a través de sus poemas, y con ellos, puso de manifiesto el anonimato al que fue sometida por la sociedad en la que le tocó vivir, a lo que hay que añadir la no menos necesaria redención de su silencio gracias a la labor un familiar o amigo, en este caso, de su hermana pequeña Lavinia. De esa forma, los poemas de Emily Dickinson formaron parte de las huellas del silencio mientras ella vivió, pero a día de hoy, son uno de los máximos exponentes de la lírica norteamericana. Una renuncia, la de su obra, a la que sí se enfrentó, Walt Whitman, con notable éxito. En este sentido, cabría preguntarse: ¿cuáles son los parámetros mediante los que nos deberíamos plantear los conceptos de libertad, para que de una vez por todas pudiéramos arrancarnos de nuestra memoria el estigma de la travesía solitaria de Jane Eyre por los angostos páramos ingleses o el simbolismo de la loca del ático?

 

Casi al inicio de este único y maravilloso monólogo, la actriz María Pastor nos recuerda: «las palabras son mi vida... Dudo qué palabra escoger cuando escribo un poema... Una palabra comienza su vida cuando se escribe... Los poetas no encienden sino lámparas». Y a través de la luz de sus palabras vamos cogidos de su mano en cada frase, en cada giro, en cada uno de sus movimientos sobre el escenario, para de ese modo, dejarnos inmersos en una especie de sueño del que nunca querríamos despertar. Hay algo de mágico en estas puestas en escena encerradas en sí mismas, donde la vida de un creador se convierte en verbo y en imágenes, pues en ellas sientes como su vida te va recorriendo las venas de una forma inimaginable fuera de ese entorno. María Pastor lo consigue, y con su mirada, sus gestos, su dicción y su fuerza expresiva, nos arrastra hasta el escenario, siendo capaz de romper el imaginario espejo que divide a la actriz de los espectadores, convirtiendo de ese modo, a su actuación en un todo mayestático. En esa especie de ola envolvente, asistimos hipnotizados a la representación de la vida de la poeta Emily Dickinson en un viaje intersensorial que, como muy bien nos recuerda María: «yo viajo por la carretera de mi alma». A lo que habría que añadir que, magnífico viaje, aquel que nos propone con brillantez y acierto la dirección de Juan Pastor, que hace de la sencillez un arma infalible a la hora de mostrarnos todas y cada una de las fases vitales de la poeta norteamericana: familia, colegio, amistad, muerte, otoño, amor, invierno, religión y de nuevo el amor. «El destino es extraño», nos vuelve a recordar una sublime María Pastor, y para que no se nos olvide el leitmotiv de la vida de Emily nos apunta: «yo experimenté éxtasis por vivir». Y, en esa forma de mimetizarse con la pasión por la palabra de un alma encendida, nos dice: ¿qué hay en la vida sino muerte y amor?
 

Ángel Silvelo Gabriel. 

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