Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 7 de octubre de 2015

BERTOLT BRECHT, MADRE CORAJE: UN GRITO SILENCIADO POR LA OSCURIDAD DE LA NOCHE


 
¿Qué hay más funesto que entregar a tus seres queridos a la barbarie de la guerra? La codicia por el dinero, la necesidad de la traición, el instinto de supervivencia…, todos juntos, cual grito silenciado por la oscuridad de la noche, pues este es un grito que a nadie espanta, como en períodos de paz lo son los alegatos de la guerra. Un grito del silencio en el que los lobos acuden al calor y la luz de la hoguera donde se concita el reparto del botín. Tesoros sin brillantes, victorias sin desfiles ni gloria, pero botín al fin al cabo, pues la recompensa se cuenta, moneda tras moneda, muerto tras muerto, como muy bien nos recuerdan en este viaje a las tinieblas: «la corrupción es nuestra última oportunidad», posibilidad infame la que escudriña el hombre en las encrucijadas de la noche. Sin embargo, Madre coraje no se queda ahí, porque Brecht nos acecha con su carga de toma de conciencia y de coraje cuando nos recuerda que: «ninguna causa está perdida si queda un insensato dispuesto a luchar por ella». Insensatos hay muchos, quizá, más que causas, y el dramaturgo alemán lo sabe muy bien cuando nos muestra su particular despiece del ser humano. A un lado, los sentimientos más puros (como el amor a los hijos, la lucha por la libertad y la justicia), y al otro, el lado oscuro de esa misma especie (la traición, la codicia, la sinrazón). Y esa es la lucha que, en un ring cargado de simbolismo, nos presenta Bertolt Brecht, para intentar ahuyentarnos de los malos espíritus de las consecuencias de la sinrazón. Guerras hay muchas y, sin duda, la peor de todas ellas es la que asola a nuestro propio cuerpo y se instala en nuestra propia conciencia acompañada de los peores demonios, pues estos, antes o después, doblegarán a nuestros más puros instintos en su lucha por poseer aquello que día a día se nos muestra, y que, nosotros siempre caprichosos, queremos tocar con nuestras propias manos. Querer lo que se ve no es malo en sí, lo que es pernicioso es poseerlo sin medida y sin respetar las reglas del juego. Como nos recuerdo Brecht: «no dejaré que hablen mal de la guerra./ Dicen que destruye a los débiles,/ pero esos revientan también en la paz./ Lo único que pasa es que la guerra alimenta mejor a sus hijos».

 

Ricardo Iniesta, en la versión que ha sido representada en Las Naves del Español hasta el pasado 4 de octubre, ha querido mostrarnos un universo opaco y oscuro. Noche universal sobre un mundo sin luz; un mundo en tinieblas y, al que Iniesta, ha querido acompañar de cánticos y de la fuerza coral de los ocho actores que componen el reparto de esta versión de Madre coraje; un reparto en el que destacan las actrices Carmen Gallardo, Lidia Mauduit, Silvia Garzón y María Sanz Caracuajo, y donde la imaginación a la hora de montar una escenografía —un auténtico y literal espacio abierto— se hace patente y palpable una vez más en este montaje, pues el carro de madre coraje es la mejor representación de aquello que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas. Esa famosa mochila donde vamos haciendo acopio de lo bueno y de lo malo, esta vez, sin embargo, queda despojada de los mejores sentimientos a medida que transcurre la acción de la obra, y se va quedando con todo lo malo; una maldad que busca justificarse a sí misma con múltiples y equivocadas razones. La lógica de la guerra y el mal es perversa en sí misma, y solo encuentra acomodo en el ser humano cuando este es desposeído de su esencia, pues el amor al prójimo o a los tuyos, es algo que camina de nuestra mano a lo largo y ancho de nuestras vidas, por mucho que intentemos despojarnos de él. El amor, ese motor que mueve el mundo, tiene su perfecto contrapunto en el odio que, también, es capaz de movilizarnos por los senderos equivocados de nuestra existencia. Esa dualidad, en forma de lucha encarnizada del bien y el mal, por ser los amos de un mundo que no es tal, es el universo que Brecht nos presenta en Madre coraje, pues es lo más parecido al grito del silencio en la oscuridad de la noche, donde nada nos puede salvar ni nadie nos puede oír para intentar abrazar a nuestros miedos.


Ángel Silvelo Gabriel.

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