Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 8 de octubre de 2015

McENROE, RUGEN LAS FLORES: LA INTENSIDAD DE LA POESÍA COMO RAZÓN DE SER


 
«Acallar todos los miedos. Ver cómo rugen las flores. Después de ti construir un refugio de invierno. Que caiga la noche sobre el jardín y que tú andes descalza sobre el jardín. Dibujaremos mapas sobre los que nos inventaremos los nombres». Nada parece imposible en el universo compositivo y poético de un Ricardo Lezón inmenso, que hace de la intensidad de la poesía su razón de ser. Frases o versos que, por sí solos se transforman en imágenes con los que poder viajar sin parar. Magia, luz, sensaciones y metáforas que nos hacen redimirnos de nuestras más oscuras y mezquinas miserias y de nuestros peores pecados. Esa fuerza arrebatadora en las letras de McEnroe, tiene, sin duda, su punto de continuidad en las grandes y extensas melodías de sus canciones, pues aparte de majestuosas letras, las canciones del grupo vasco son toda una tesis sobre cómo afrontar y resolver una melodía en una canción. Grandes, enormes y únicas melodías que nos hacen recuperar la fe en la música, ya sea esta tildada como de indie-pop o lo que sea. Los temas de McEnroe discurren con la lentitud del amor sin prisas, del deseo soñado y las sensaciones reencontradas en el último refugio de los sentidos.  Y todo ello, bañado con una sinfonía de guitarras sublime, a las que no le falta el manto de unos omnipresentes teclados que lo cubren todo, cual manto de lluvia que no moja, sino que reconforta. La textura del viento, a veces, languidece nuestros sentidos y los convierte en una suerte de éxtasis placentero, y eso es lo que ocurre con casi la totalidad de las once canciones de este Rugen las flores, magnífico título de un no menos esplendoroso cd, extraño por la plasticidad de su portada, el tratamiento de los ritmos y la cadencia de unas melodías que se apoderan a cada escucha de esa parte de uno mismo que permanecía aletargada desde hace ya demasiado tiempo. Ese séptimo sentido que nos han descubierto McEnroe incide de una forma directa en la poesía, pues las letras de sus canciones son eso: poemas cantados y sentidos con la sensibilidad que producen las caricias en mitad de la noche o el frío placer del filo de una navaja sobre la piel desnuda. Bien es cierto que McEnroe forman parte, por méritos propios, de la categoría de grupos cortavenas del indie español, pero la concepción de su música va mucho más allá de la sempiterna melancolía que de vez en cuando nos sumerge a todos en la difícil senda de la tristeza, pues no hace falta más que escuchar la variedad de sus ritmos, cercanos en ocasiones a Chris Isaak y los destellos eléctricos de su guitarra en Coney Island, o el sonido slowcore de sus guitarras en la parte final de El vendaval, como dos claros ejemplos de una paleta de sonidos ensimismados y caprichosos, que rescatan los ecos de múltiples canciones y estilos.


El disco no puede empezar mejor, pues sus cuatro primeros temas tienen la forma y el lazo de las pequeñas obras maestras. Cae la noche ya nos tiende la mano con «el pequeño balanceo de los árboles al bailar». Magnífico medio tiempo donde las guitarras conjugan a la perfección los matices de un intenso y multicolor otoño: «cae la noche sobre mí/ y tú descalza sobre el jardín», mientras los teclados nos diluyen los sueños. Casi sin poder recuperarnos de tanta magia, Coney Island se nos muestra como la canción más americana del disco, con unos ritmos y unas resonancias sonoras muy del oeste americano, apenas matizadas por la voz de Ricardo Lezón. Oleadas de sensaciones que van de un lado a otro de nuestra imaginación, hasta hacernos llorar con su mayestática melodía que acaba en un no menos portentoso: «Después de ti construí/ un refugio de invierno». Todo un testamento sonoro y musical lleno de grandes destellos. Lo que nos lleva hasta la gran joya del álbum, pues Rugen las flores, es la necesidad de la dicha y la sinrazón a la vez. No se puede conjugar mejor y en menos tiempo la plenitud del amor y la vida en una declaración de experiencias e imágenes que nos llevan al abismo donde cómo no: «rugen las flores». Magnífica metáfora que se incardina en alguno de los postulados de los poetas románticos ingleses, como por ejemplo, John Keats: «Y nos sumergiremos los dos sin coger aire,/ haremos las corrientes,/ haremos de la vida un baile./ Seremos la luz de Roma,/ seremos la lluvia en Londres». Este magnífico e hipnótico inicio se cierra con Caballos y palmeras, otra demostración del acierto a la hora de interpretar un melodía plena de matices y detalles, que se fusionan a las mil maravillas con una letra, de nuevo, portentosa por la cadencia de imágenes que por sí misma es capaz de producir en una mente con un mínimo de sensibilidad: «Corren caballos por este segundo/ cálidos y desbocados./ Hay palmeras despeinadas/ esperándote en la playa».
 

Madrugada se sumerge en aguas más profundas, donde la letanía del corazón precisa de unas mayores dosis de soledad. Una soledad a la que McEenroe acompaña de unos ecos perversos en cuanto a la similitud que demuestran con la profundidad de aquello que tocan, cantan y acarician. Medio tiempo intimista que deambula con la fuerza de la nada. Iconografía musical que se repite en La electricidad, canción a la que habría que añadir la necesaria reivindicación de unas guitarras que buscan la brillantez de ese shoegaze más alegórico por la desnudez con la que se nos presenta: «y cabe la posibilidad/ de que te pueda olvidar/ en algún incendio». Como en las ballenas se nos muestra algo incierta al inicio, pero poco a poco, esa capacidad de componer grandes melodías del grupo vasco se va haciendo sitio y la cadencia rítmica llega hasta uno de los momentos más brillantes del disco. El ritmo sube con la determinación de las metáforas con la que las adorna Ricardo, y convierten a esta canción en una de las grandes tapadas del disco, tanto por la eléctrica intensidad de su medio tiempo como por la suavidad con la que nos es presentada, que llega a su punto máximo en la intermediación nada convencional de unos teclados que hacen subir muchos enteros a esta canción pletórica de referencias de músicas de grupos ingleses del jazzie pop inglés de inicios de los años ochenta: ¡chapeau! Difícil es remontar algo tan perfectamente ejecutado, pero McEnroe arriesgan con fuerza y se agarran a sus instintos de una forma más que meritoria con El puente, otra de las grandes canciones del disco y, que a buen seguro, funcionará más que bien en sus directos, pues parece concebida para ellos. Entre cadencias entrecortadas, Ricardo Lezón nos lleva a ese terreno movedizo de los sentimientos más profundos; esos de los que nadie habla y se guarda para sí por miedo al otro. Tras este despliegue de fuerza, Esa misma sensación de soledad y La luz son las dos muestras más desnudas de un repertorio que brilla en sí mismo. Aquí McEnroe buscan encerrarse en sí mismos con la sola idea de no marchar arrollados por su propia corriente. Momentos de intimidad absoluta y perpetua.


El arranque final de este gran disco es El vendaval donde, una vez más, asistimos a la intermediación de un largo inicio que busca hasta llegar a encontrar aquello que desea, pues la parte final de esta canción hace gala a su título: es un vendaval. Si McEnroe iniciara sus canciones con la intensidad y el ritmo con el que las termina, a buen seguro que serían uno de esos grupos mayoritarios del panorama indie español, muy en la línea de los mexicanos Zoé, otros grandes creadores de melodía intensas e hipnóticas, quizá, por eso, las once canciones de este Rugen las flores están inspiradas en el poema Recuerdo que el amor era una blanda furia, del escritor mexicano Eduardo Lizalde.


Ángel Silvelo Gabriel.

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