Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 21 de noviembre de 2013

ARCADE FIRE, REFLEKTOR: EL RIESGO DE REINVENTARSE A SÍ MISMO


La originalidad es esa especie de insatisfacción que acecha a los seres humanos del mundo moderno como si de una plaga se tratara. Si en vez de referirnos a la especie humana en general, lo hacemos al mundo del arte y los artistas en particular, entonces la originalidad es algo parecido a una epidemia. En este sentido, el refranero popular nos avisa cuando nos dice eso de: “renovarse o morir”; un axioma que Arcade Fire se han aplicado a sí mismos en cada disco, y que por tanto, en este nuevo Reflektor tampoco podía faltar. Sin embargo, a la hora de plantearse un cambio muchas veces los creadores no se dan cuenta que sus seguidores quizá no están preparados para una ruptura tan grande, quizá porque no tienen en cuenta que ellos (los que les siguen y adoran) ni lo han pensado y mucho menos asimilado, de ahí, que después de esa obra maestra titulada The Suburb, muchos fans del grupo canadiense se pregunten a qué vienen estos nuevos derroteros de Reflektor, lo que sin duda recalca la distancia entre el mundo creativo del artista y el mundo real de quienes le siguen; un espacio que se comporta como un salto al vacío, y que como tal, conlleva unas fuertes dosis de riesgo; el riesgo de reinventarse a sí mismo. Por eso, este nuevo disco de Arcade Fire, que destila nuevos ritmos más próximos a la pista de baile que al epicismo inicial de Funeral o al art-indie de The Suburbs, necesita de varias escuchas hasta llegar a encontrar la esencia de los canadienses en cada uno de los temas que lo conforman, eso sí, en unas más acentuadas que en otras. Aunque lo único que nos queda claro desde el principio, es la presencia cada más apabullante en el grupo de la majestuosa Régine Chassagne, musa y música imprescindible en el planeta indie terráqueo, pues a pesar de su corta estatura, transpira genialidad por cada uno de los poros de su piel.
 

El concepto musical que Arcade Fire tiene de la composición es tan amplio, que está más próximo al de las óperas modernas, con canciones cada vez más largas y cambiantes, pues sus temas se caracterizan por poseer cada una de ellos varios tiempos y ritmos que varían sin apenas transiciones hasta volver una vez más al inicio de su concepción, como por ejemplo ocurre en la majestuosa Here comes the night time, ópera indie donde las haya, que se funde sin ningún tipo de problemas con los ritmos más previsibles de Normal person. Ese natural caleidoscopio en el que los canadienses vierten su música ya está presente en el tema homónimo que abre el disco, Reflektor, en cuyo videoclip ya tenemos los primeros indicios de cambio, cuando los componentes del grupo se deshacen de unos cuerpos inertes que parecen representar el pasado. Ellos, por si acaso, huyen camuflados en mitad de la noche sólo guiados por una luna que no es tal sino una bola de cristalitos de discoteca. Esos ecos musicales del pasado retornan a los sesenta con We exist, donde las guitarras suenan bajo un fondo falsamente eléctrico, como de cinta de cassette de dos bobinas, que sin embargo se compensa con una especie de reggae festivo del siglo XXI al que han llamado Flashbulb eyes y que de algún modo continúan en You already know bajo el corolario de unas estridencias cercanas al indie rock más arcadiano antes de pasar al último tema del primer volumen de este Reflektor.  Joan or arc es lo más parecido a un himno rock que comienza en clave de  urgencia y que enseguida se detiene para deambular por la senda de los medios tiempos que se reclaman a sí mismos el don de la intensidad.
 

Otra de las características que rodean al universo creativo de los canadienses es su necesidad de explorar nuevas vías musicales mediantes un buen número de canciones que en su particular pulsiómetro compositivo precisan de una ruptura, de ahí que en el volumen dos del disco, nos acerquemos sin miedo a fórmulas más próximas a las pistas de baile que ya nos anunciaban en forma de bola de cristalitos de discoteca en el vídeo del tema Reflektor. Las cajas de ritmos se apoderan de la mesa de mezclas y las sensaciones lejos de ser desagradables nos acercan a unos Arcade Fire más ensimismados en sus nuevas fórmulas musicales. Here comes the night time II es tan sólo un tímido adelanto de lo expuesto, y sólo se comporta a modo de canción transición que nos da los primeros apuntes de lo expuesto sin llegar a mostrárnoslos de una forma clara. Ese cambio se transforma en leyenda en Awful sound (Oh Euryduce) y en It´s never over (Oh Orpheus) dos odas que ahondan en la leyenda de Orfeo y Eurídice y que ellos reconvierten en algo así como en un sueño donde lo onírico se superpone a la realidad del mito. En este sentido, Awful sound recaba en las ondas sonoras de una psicodelia pasada por el tamiz de la modernidad de una sinfonía que podríamos tildar de cuadrafónica, por la variedad y mestizaje de tímidos sonidos muy en la onda hippie, y que devienen en esa sonoridad electrónica que ya no abandonarán hasta el final del disco, porque It’s never over es la primera incursión plenamente consciente en esa onda mitad Prince mitad Goldfrapp, donde las guitarras se mezclan a la perfección con las trompetas y las voces.
 

El culto a los ritmos hipnóticos llegan con Porno, una de las canciones del disco que navega sin dificultad por el culto al hedonismo más puro y descaradamente influenciado por el rock electrónico de los ochenta y noventa, donde los efectos trasgresores y divergentes se funden en secuencias con tímidos tintes industriales, lo que la convierten en una buena punta de lanza de los nuevos Arcade Fire. Un rumbo que sin abandonar del todo sufre un cambio con Afterlife, la canción más próxima a los temas que componían The Suburbs y donde los arcadianos se rinden homenaje a sí mismos en una nueva muestra de la libertad que se autoimponen los canadienses, que parecen estar por encima del bien y el mal (Win Butler se marcó una versión del tema Reflektor haciéndose acompañar de unos mariachis antes de iniciar el concierto en la presentación del disco en Londres). Ajenos a la crítica y a sus fans, Arcade Fire no sufren del mal de alturas, y por eso no tienen miedo al riesgo de reinventarse a sí mismos, y si no escuchen Supersymmetry, el tema que cierra el disco.
 

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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