Tiempo de comunicaciones rotas

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viernes, 11 de abril de 2014

DIONISIO RIDRUEJO, UNA PASIÓN ESPAÑOLA DE IGNACIO AMESTOY Y DIRECCIÓN DE JUAN CARLOS PÉREZ DE LA FUENTE: AHORCADOS EN EL TIEMPO


El tiempo y la transformación del miedo son, los inseparables compañeros de viaje, de esta visión esclarecedora y lúcida de la reciente Historia de España, que se nos muestra oculta bajo la biografía de los héroes o visionarios anónimos que, olvidados por la memoria colectiva, deambulan perdidos a lo largo de esa oscuridad de la noche que es el olvido. ¡Qué difícil es desprenderse de los traumas de los muertos que yacen bajo un charco de sangre que se funde con la nieve!, sobre todo, si el fallecido permanece con los ojos abiertos y, quien lo ve es el Comandante Arenas que, transmutado por arte de la dramaturgia de Ignacio Amestoy en Dionisio Ridruejo, no sale indemne de esas muertes, ni tampoco del frío y la tragedia que supone morir lejos de casa y de una madre. El militar sucumbe ante uno de los sentimientos más universales del hombre: el amor. Los viejos ideales, en este caso, no caen derrotados, sino que se diluyen para convertirse en otros, quizá más lúcidos, en los que las grandes palabras de la Revolución Francesa renacen en la mente del nuevo hombre con la misma fuerza que antes fue poblada por los mayúsculos dogmas de los totalitarismos. Dionisio Ridruejo, Una pasión española es una intensa obra teatral de un teatro que se divide a la vez en dramático y documental, a lo que hay que añadir, una gran carga política e ideológica que nos sitúa sin ambages en el territorio del lirismo más negro de la humanidad que, siempre en pos de los demás, nos somete al yugo opresor de las tiranías. Ignacio Amestoy se presta, sin ningún pretexto, a esta pública denuncia, y lo hace desde un punto de vista intelectual al que agrega unas grandes dosis dramáticas que convierten a sus personajes en el símbolo perfecto de esa dualidad humana capaz de lo peor y lo mejor. La gran carga de simbolismo y esa majestuosidad iconográfica que se encuentra desplegada sobre un escenario (donde el gimnasio es un perfecto campo de batalla que representa la mayor de las derrotas humanas y su posterior redención), que se nos mete en nuestros sentidos a ritmo de credos, glorias o caras al sol, donde ninguno de ellos es casual, sino que conforman el popurrí sonoro de toda una forma de ver y entender la vida; una vida en la que el gimnasio es la máxima representación del esfuerzo, la disciplina y el orden; orden maldito, a veces.
 

Pérez de la Fuente, una vez más, ha sabido traspasar la barrera de lo políticamente correcto a la hora de concebir el montaje y la dirección de esta obra, pues se ha servido del poder de los símbolos para amedrentar a nuestros plácidos sentidos antes de entrar en la Sala del Centro Dramático Nacional y, con ello, lograr trastocar a esa melancólica lucidez de la primavera que, una vez dentro, se abate en un invierno frío y atronador que busca sin excusas arrancarnos los axiomas que tenemos perdidos en nuestra memoria, para, primero, resituarlos en el tiempo presente, y después, refundirlos de nuevo antes de dejarlos reposar en el limbo de los tiempos. Un país que se precie de tal, debe sumergirse en los lodos de su historia para intentar sacar algo de luz a su horrores, con el único fin de que no se vuelvan a producir. Esa posibilidad que, podríamos tildar de realismo mágico, es la que Ignacio Amestoy proporciona a su Comandante Arenas transmutado en un Dionisio Ridruejo visionario de los nuevos tiempos. Tiempos de paz y democracia a los que solo les falta un nuevo líder que traspase la frontera del pasado, pero que, esta vez, en el transcurrir de los días, formará parte de los ahorcados en el tiempo.

 
El reparto de actores está a gran altura, pero Ernesto Arias, en el papel del Comandante Arenas está soberbio e imponente, derrochando ternura y crueldad, fuerza y pudor a partes iguales y, que encuentra en Paco Lahoz como el General Castillo a su prefecta sombra.


Ángel Silvelo Gabriel.

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