Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 21 de abril de 2014

VETUSTA MORLA, LA DERIVA: CANCIONES PARA UNA CRISIS


 
Al final del camino hay un resquicio de luz y una pequeña excusa para la esperanza, o al menos eso es lo que nos invitan a creer Vetusta Morla a lo largo de las doce canciones que componen su último trabajo titulado La Deriva. Este nuevo larga duración suena más Vetusta que nunca, pero mucho más directo y si se quiere menos encriptado, tanto en letras como en música. Las metáforas que ha creado Pucho en este nueva aventura son atronadoras y demoledoras; y en ellas, nos demuestra que no hace falta ser explícito para ser brillante e hiriente a la vez. La Deriva se caracteriza porque nace de la necesidad de dar en la diana, aunque corras el riesgo a equivocarte. «Ya estamos hartos», parecen declamar los Vetusta Morla, y para ello, crean la excusa perfecta en la que cabemos todos, pues sus canciones se postulan como los nuevos himnos que enarbolar como estandartes ante el desasosiego, pues son canciones para el final de una crisis; una gran estafa pergeñada por los de siempre. Sí, porque si todavía no nos habíamos dado cuenta estamos asistiendo a la GRAN ESTAFA UNIVERSAL. Y escuchando al conjunto de Tres Cantos, encontramos más de una razón para escapar del escapismo que nos puede y nos arrastra. No nos engañemos, aquí nadie quiere perder su posición en la guarida, y el miedo a perder aquello que tenemos nos vence.
 

Los argumentos musicales de esta nueva propuesta ya se plantean de una forma muy clara desde el inicio de La Deriva, tema que abre el disco y que da nombre al mismo. En plan marcha militar con un señalado ritmo marcial de batería que nos marca el paso desde el inicio. Con todo, nos dice Pucho: "hay esperanza en la deriva", que aquí suena más que nunca como un leitmotiv que el grupo madrileño no quiere que se nos olvide: "no quiero timón en la deriva, que cada cual tome sus medidas" en una explícita propuesta de autogestión. Bucle radioactivo de canción protesta del siglo XXI que, sin embargo, se transforma en más hiriente si cabe y esclavizadora de nuestras conciencias, cuando escuchamos Golpe Maestro (primer single del disco): "robaron las antenas, la miel de las colmenas, no nos dejaron ni banderas que agitar. Cambiaron paz por deudas, ataron nudos, cuerdas" en un perfecto símil de lo que estamos viviendo, pues el mundo se ha convertido en ese Gran Hermano que ya nos vaticinó Orwell hace ya demasiado tiempo; Golpe Maestro es una canción a la que Vetusta Morla adereza de un ritmo trepidante que no deja ninguna razón para la duda de la fuerza que posee el grupo (no hace falta más que asistir a uno de sus conciertos para ver la gran carga de adrenalina que se respira en cada uno de ellos). Después de este: ¡preparados, listos, ya!, el ritmo se calma como La mosca en tu pared, y en la que apreciamos esos matices de un mundo enrocado a lo Kafka, y donde el viaje y la propuesta se convierten en transformación: "qué harías tú pudiendo ser la disección de un bisturí, si pudieras rozar antes de prohibir...", fórmula que funciona como un collage en el que se intercalan voces grabadas de una niña con las teclas de un piano que nos incitan a salir de ese más allá en el que nos encontramos. Y con Fuego llegamos a uno de los futuros grandes hit del grupo, porque aquí el corte del disco se muestra a la par enérgico y mágico, rotundo y trascendente, sugerente y revelador. Pucho se supera en esta composición, pues aúna ese ritmo interior del pop con una melodía portentosa, absolutamente portentosa, y como él nos dice en la canción: "alguien olvidó que el fuego... el fuego lo guardo yo".

 
Después de este pelotazo musical, los Vetusta Morla nos llevan en volandas a otra gran canción, Fiesta Mayor; un perfecto medio tiempo pleno de nervio que ya engancha desde la primera escucha, y en el que destaca, sin duda, su portentoso estribillo: "se fueron no hay nadie ni el sheriff ni el Alcalde, se quedaron vacantes y la orquesta sin cobrar, todo encaja en su lugar". Un magnífico duelo al sol que se traslada casi solapadamente hasta ¡Alto!, donde se cuela la estela de un sonido aflamencado que busca las raíces más genuinamente españolas de Vetusta Morla, donde el sonido de unas ficticias palmas de fondo, junto a una guitarra española nos hacen deambular por territorios de otros tiempos, en los que la voz de Pucho se inyecta de ese duende de cueva oscura que necesita de la luz de una noche de verano, y que le permite al grupo volver a la carga con La grieta, perfecta afrenta para estos tiempos de infección generalizada y de plaga universal que nos castigan por el mal comportamiento: "mientras ese mundo pide a gritos un castigo, un insulto, una grieta, un vendaval, un shock profundo, pide a gritos un final", como mejor forma de expresar el final de una era, y de una forma de vivir que ya no volverá. Apocalípticos, sí, pero invitándonos a esa redención que nos llegará con una nueva propuesta: "parece tan oportuno escapar, parece tan imposible irse sin más", porque en esa grieta hay un espacio para la esperanza. Con Pirómanos regresamos a esos ritmos tribales que también interpretan Vetusta Morla, donde las leyes de la razón se van a la deriva y buscan ese nuevo lugar donde haya menos humo y más fuego, en un nuevo símil plagado de intenciones que esta Deriva no quiere que obviemos.
 

Las salas de espera es uno de los temas en el que más presencia tiene ese sonido propio del grupo; una mezcla de melodías que no son fáciles de escuchar, pero que una vez desencriptadas, enganchan sin parar, como si estuviesen pensadas para ser devoradas una vez tras otra sin límite en el tiempo, y en la que todos los componentes del grupo ponen su mejor granito de arena: "en la salas de espera cada rostro es la cruz de un pastor sin rebaño", "pasan por aquí, quieren olvidar su condición de marionetas, un artista más en el festival de la paciencia"; y donde destaca sobremanera toda la sección de cuerdas con una magistral guitarra. "En las sala de espera ya no hay sillas ni bancos solo hay voces urgentes, nadie aguarda sentado, y pasan por aquí, van a subastar calma.... y noches en vela". Y llegamos a Cuarteles de invierno, otra de las grandes canciones del disco, con ecos sonoros de las mejores melodías ya compuestas por el grupo de Tres Cantos, donde los arreglos están orientados a tocar esa fina línea sensible de los sentimientos, y a los que acompañan una de las letras más genuinamente encriptadas de Pucho, de esas que necesitan de traducción propia. Aquí los uniformes, las batallas y los soldaditos se contraponen a esos cuarteles de invierno que rompen sus silencios. Luchar contra ese anonimato universal adherido al silencio que nos atenaza, y al que Vetusta Morla pone una voz y una música portentosas que intentan engendrar nuevos compañeros de viaje en su propuesta de: un nuevo mundo es posible. Sin embargo, Tour de France, podríamos decir que es la canción más distinta de todo el disco, si bien es vetustiana en su esencia, nos recuerda a esas tardes de verano de antaño, en las que permanecíamos incrustados en el sofá viendo la gran ruta francesa, y entre gesta y gesta intentábamos derrotar a la somnolencia de la siesta, en un nuevo alegato para que saltemos fuera de ese sueño infinito que nos ha acompañado durante tanto tiempo, en definitiva, un nuevo grito para la revolución vetustiana, mientras "nos quema un sol ausente, inerme...". Una sonata fantasma cierra este La Deriva de una forma melódica, "niebla en el televisor frío en los pies" que nos invita a conjurarnos con nuestros sentidos y a repasar todo aquello que hemos vivido en las canciones anteriores. En este sentido, Una sonata fantasma se conforma como un perfecto medio tiempo en el que la música del grupo se parece a la de una gran orquesta, con trompetas y pequeños toques jazzies que ayudan a conciliar el sueño, pues no se nos debe olvidar que, en el sueño, persiste esa innata cualidad donde la conciencia se abre paso en nuestra mente, y ahí es donde volverán a salir estas canciones para una crisis, con la sana intención de que nada vuelva a ser igual.

 
Ángel Silvelo Gabriel.

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