Tiempo de comunicaciones rotas

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martes, 28 de octubre de 2014

MARY ANN CLARK BREMER, EL LIBRERO DE PARÍS Y LA PRINCESA RUSA: LA REPRESENTACIÓN DE LOS AMORES IMPOSIBLES


Apenas unos apuntes que esbozan la historia de una breve amistad y un amor imposible, le sirven a Mary Ann Clark Bremer para dibujarnos un pequeño retazo de las vidas ajenas del París de comienzos de los sesenta que, sin embargo, bien podría tratarse de ese otro París que tan bien nos retrata Irene Némirovsky en su novelas de amor y de vida, por su atemporalidad. Como si marchasen cogidas de la mano, ambas autoras se detienen en ese superficialidad tan aparente de los detalles, pero a veces tan profunda, que determinan irremediablemente las relaciones entre las personas, y por ende, las vidas humanas. El amor por los detalles o por esa belleza intrínseca al arte más oscuro y escondido que yace tras un pequeño bajorrelieve o tras un libro solo apto para coleccionistas que descansa en una estantería olvidada, nos proporcionan esa atmósfera de pérdidas y anhelos que nos sugieren tanto sin llegar a mostrarnos apenas nada. Este pequeño boceto literario, que es una buena representación de los amores imposibles, consigue trasladarnos a eso otro mundo que transita más allá de lo obvio, en el que las intenciones cuentan y mucho, y donde los anhelos son como esos suspiros que se nos escapan si darnos cuenta mientras miramos nuestra vida a través del cristal de una ventana. Apoderarse de ese brillo, apenas perceptible, no es tarea fácil, y Mary Ann Clark Bremer lo hace una vez más, apelando a la sobriedad del planteamiento y de las situaciones, si bien es verdad que sin llegar a ese cúmulo de aciertos de sus anteriores y maravillosas novelas cortas: Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno. Pero ella es así, breve y concisa en sus determinaciones literarias, a las que suele proporcionar el hálito de las pérdidas a las que la vida nos somete con su sórdida tiranía, dejándonos varados en la indeterminación de los tiempos muertos, como si fuésemos relojes a los que ya nadie se ocupa de darles cuerda. Y en esa atemporalidad sin límite, transcurren nuestros días, asemejándonos a esas figuras de porcelanas que permanecen olvidadas dentro de un aparador; esas figuras que, simbolizan como ningún otro objeto en el mundo, la representación de los amores imposibles.
 
Ángel Silvelo Gabriel

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