miércoles, 14 de diciembre de 2016

LOS SECRETOS DEL SANTO CRISTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



No tenía miedo, pero desconocía cómo acabaría aquel interrogatorio. Todo cambió cuando el Obispo me espetó: «¡acaso no hueles a brandy!» «Sí», respondí. «¿Entonces puedes darle una respuesta más convincente a este tribunal eclesial de tu presencia en la sacristía», me inquirió con una voz de pocos amigos. «Sí, soy el monaguillo de la catedral», le contesté. «¿Y tú crees que eso te exime de responsabilidad?», me volvió a preguntar. «No sé a qué se refiere señor Obispo», le dije a punto de llorar. «Al destrozo del valioso códice de Derecho Canónico», me dijo casi gritando. Guardé silencio mientras veía como el padre Ángel me miraba de reojo, asustado. No le delaté, y simplemente recordé las tardes en las que le ayudaba a subirse encima de unos gruesos volúmenes de pastas oscuras, para que él, con el auxilio de su paraguas, llegara hasta el lugar donde se escondía la llave que abría la gaveta del vino de las misas. Después, yo me comía las castañas cubiertas de chocolate negro maceradas al brandy que a veces le regalaban, y él, se bebía el jerez rescatado de las alturas. Luego, para limpiar nuestros pecados, le ofrecíamos nuestros alimentos al Santo Cristo que había en la sacristía a la voz de: «¡Ave María Purísima!», a la que siempre añadíamos: «sin pecado concebida».
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 13 de diciembre de 2016

MUNDOPALABRAS PUBLICA EL LIBRO DEL III CONCURSO DE MICRORRELATOS GUERREROS SOLIDARIOS DE LAS PALABRAS


Os comunicamos que ya se ha publicado el libro que contiene los relatos ganadores, finalistas y seleccionados para la publicación tras participar en nuestra III edición del concurso de Microrrelatos Guerreros Solidarios de las Palabras. Consultar aquí.

Recordamos que el fin solidario de este certamen era dar a conocer la extraordinaria labor de la asociación Actays, Acción y Cura para Tay-Sachs, que tiene como objetivo recaudar fondos para contribuir a la financiación de la investigación y dar apoyo a las familias afectadas.

Ahora que llegan las navidades, qué mejor que regalar palabras al mismo tiempo que echamos una mano difundiendo una causa tan importante como la búsqueda de investigación a esa extraña enfermedad de Tay-Sachs, porque como podemos leer en la portada de su web: “cada niño que nace merece la oportunidad de vivir”.

Si te interesa apoyar, puedes adquirir un ejemplar por solo 12 € (envíos incluidos dentro de la España peninsular) escribiéndonos a contacto@mundopalabras.es; si quedaste ganador, finalista o seleccionado podrás beneficiarte de un precio especial: 9 €.

domingo, 11 de diciembre de 2016

SALA TRIBUEÑE: LA ROSA DE PAPEL DE D. RAMÓN M. VALLE-INCLÁN, BAJO LA DIRECCIÓN DE IRINA KOUBERSKAYA: LA FEALDAD QUE NOS DEPOSITA EN LA VERDAD DEL ALMA



Nos dice la directora de este montaje de la obra de Valle-Inclán que: «Reconocer la fealdad abre el camino a la sensibilidad y a la belleza», y no le falta razón a Irina Kouberskaya, porque la carga de crueldad, egoísmo y avaricia es enorme en cada uno de los personajes de esta pieza teatral que forma parte del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte del autor gallego. Ellos, representan como nadie, ese reflejo oscuro del alma humana, un reflejo que, sin embargo, nos lleva hasta la fealdad que nos deposita en la verdad del alma. Como decía el personaje de Luces de bohemia, Max Estrella, para definir al esperpento: «una tragedia que no es tragedia», y es cierto, porque los personajes de La rosa de papel nos muestran todo aquello que, siendo intrínseco al ser humano, en demasiadas ocasiones intentamos esconder, ese quizá sea uno de los grandes aciertos a la hora de descubrir una vez más al gran público este melodrama de marionetas, pues el mundo se desmorona a marchas forzadas en demasiadas ocasiones sin que apenas nos demos cuenta de ello. La fealdad y lo grotesco, el horror y lo lírico se dan la mano en un juego de contrarios que nos llevan de viaje por una senda en la que se aúna lo poético y lo salvaje, mostrándonos de nuevo, ese ambivalente juego de reflejos entre los espejos que conforman el alma humana. Tal y como se recoge en muchos de los estudios que se han realizado de la obra de Valle-Inclán, él utilizó el esperpento como una herramienta crítica, y como un retrato deformado de la sociedad y los personajes de su tiempo. Esa fue su forma de gritar contra el horror decadente que le tocó vivir, como en esta ocasión y en cada uno de sus montajes hace Irina, pues nos somete a ese proceso de introspección y reflexión sobre aquello que en realidad soñamos ser y lo que en verdad somos, en una mágica propuesta entre realidad y ficción que de la mano del dramaturgo gallego nos traslada a ese otro mundo de voces y meigas, de oscuridad y nieblas, de aguardiente y muerte en el que el costumbrismo más ancestral parece sacado de un cuento de brujas más próximo al surrealismo que a otra cosa.



La rosa de papel es un grito de dolor en la desmesura, el de La Encarnada (interpretada por Nené Pérez-Muñoz), una bravuconada despedazada por el alcohol y la desidia, la de Simeón Julepe (interpretado por Antorrín Heredia), y una rapiña basada en el oportunismo el de La Musa y La Disa (interpretadas por Chelo Vivares y Rocío Osuna, respectivamente), donde de nuevo, asistimos a esa gran maestría en la dirección por parte de la directora rusa Irina Kouberskaya, pues como en otras ocasiones, sus actores parece que interpretan una coreografía (en esta obra, sobre todo, cuando se desplazan a un lado y a otro del ataúd), donde sus movimientos son pura danza, en una especie de ballet que apuntala sus interpretaciones, siempre únicas de la mano de Irina. Además, en La rosa de papel, también asistimos a esa visión tan particular y mágica que tiene Irina Kouberskaya del teatro, pues igual que una maga, despliega su sabiduría en pos de un mundo mágico y distinto como es el mundo del teatro. Su visión del texto de Valle-Inclán es potente (muy potente podríamos decir) y muy rítmica a la vez, porque traduce esa profundidad tenebrosa que posee el costumbrismo gallego de una forma áurica, con momentos estelares como el del contraluz donde se amortaja a la muerta, pues en instantes como ése, aúna como nadie la realidad y la ficción, el cuerpo y el alma, la luz y las sombras, en un maravillosa reinterpretación de la parte más mágica del mundo, de la vida, del ser humano… Hay que excavar muy profundo para llegar a esa zona del alma donde estamos tan solos y desamparados, y ahí es donde llega la directora rusa para calmarnos un poco ese dolor.



Si por algo destaca la Sala Tribueñe, es por su magnífico plantel de actores. En esta ocasión, el protagonismo cae en un desaforado Antorrín Heredia que borda su papel de marido borracho y mísero, sin por ello perder un ápice en cuanto a la dicción, perfecta en cada momento, como tampoco puede pasarnos desapercibida la expresividad de la cara de la muerta, su mujer, una Nené Pérez-Muñoz envuelta en el manto del dolor y la desgracia, pero también resolutiva y estupenda en ese otro plano del vodevil o la revista, que hace de su interpretación un inmejorable ramillete de rosas, blancas o rojas, qué más da. Chelo Vivares siempre tan ambivalente y resolutiva, no sólo nos atrapa con esa gran expresividad de sus ojos, sino también con el manejo de los figures de los niños creados por Matilde Juárez, dándoles vida y voz a través de un magnífico ejercicio de ventrílocua que nos recordó, como no, a otro de sus personajes más conocidos. Así como Rocío Osuna en su pose de mujer de pueblo perdida en la avaricia, que la actriz traslada muy bien a su cuerpo con el manejo de su boca y sus ojos. El contra punto de todos ellos lo protagoniza el cantaor flamenco Jesús Chozas, al que acompañan, José María Ortiz en el papel de Pepe el Tendero, Carmen Rodríguez de la Pica en La Píngona, y José Manuel Ramos como Mozo, conformando todos ellos, un estupendo conjunto de secundarios.



En definitiva, La rosa de papel de Valle-Inclán, bajo la dirección de Irina Kouberskaya es una magnífica oportunidad de redescubrir a uno de nuestros clásicos de la mano de una directora que conoce muy bien su teatro y su último mensaje, pues como nos queda claro después de haberla visto y disfrutado, esta obra representa muy bien la fealdad que nos deposita en la verdad del lama.



Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 10 de diciembre de 2016

CHRISTOPHER MORLEY, LA LIBRERÍA ENCANTADA: EL GUSTO POR LAS BUENAS LECTURAS



Entrar en La Librería Encantada es hacerlo, a través de las cortinas del tiempo, a un espacio, un lugar y un mundo que ya no existe, porque entre otras cosas, ni podríamos contaminarnos con el humo de la pipa del Sr. Mifflin ni tampoco percibir el gusto por las buenas lecturas que ponderan sus opiniones y los sentimientos más íntimos de su vida. Desprovistos de su parnaso, pero con local fijo en Brooklyn, Roger y Hellen siguen protagonizando historias metaliterarias, donde el libro, en sí mismo, es el verdadero protagonista. Esta es una novela escrita a través de grandes frases, de sentencias y diálogos tan esclarecedores como épicos, que sustentan al río de la vida de una forma prodigiosa. La primera parte de la misma es un compendio de certezas libreras, librescas y literarias (eso sí, hay que tener en cuenta que fue escrito al terminar la Primera Guerra Mundial), de ésas, que no dejarán indiferente a todo aquel que ame los libros. Es verdad que, en esta ocasión, el devenir de la acción de la novela nos muestra una intriga, que no por ello, nos hace tildar a la misma de novela de suspense, sino más bien, de una narración más cercana a las intrigas postbélicas existentes contra los alemanes tras la finalización de la Primera Gran Guerra, lo que por otro lado, le sirve a Christopher Morley para mostrarnos a través de la literatura y los libros, los diferentes puntos de vista sobre las guerra y el ser humano, en una nueva demostración de esa simbiosis metalitararia entre el autor y su obra que, en este parnaso estático de Brooklyn, vuelve a volcar sobre el Sr. Mifflin: «Gracias a Dios que soy librero, traficante de sueños, belleza y curiosidades de la humanidad y no un simple mercachifle ¡Aun así, cuán indefensos quedamos cuando tratamos de explicar lo que ocurre en nuestro interior.» Esa sustancia interior de la que estamos formadas las personas es la que recoge una y otra vez cada línea de esta novela de situación que desgrana ese tipo de sabiduría del día a día y de la vida que, normalmente, dejamos escapar por esa atención mayúscula que nos provocan las causas más absurdas. Ese punto de observador estático que Roger representa es, sin duda, un perfecto equilibrio de la sinrazón a la que en demasiadas ocasiones condenamos a nuestras vidas, teniendo su punto más original en la nutrida relación de lecturas que nos presenta, como si todo aquello que en verdad necesitamos para vivir estuviera dentro de las tapas de un libro: «...el hecho de que usted haya creído que valía la pena venir hasta aquí me produce interés. Refuerza mi convicción en el esplendoroso futuro que le aguarda al negocio de los libros. Sin embargo, le diré que ese futuro no reside meramente en sistematizarlo como un negocio. Reside más bien en dignificarlo como una profesión. De nada sirve mofarse del público porque desea libros de mala calidad, baratijas y engañifas... El apetito por las buenas lecturas está más generalizado y es más persistente de lo que usted podría imaginarse, aunque todavía de una manera inconsciente. La gente necesita de los libros, pero no lo sabe. Generalmente las personas no saben que los libros que necesitan ya existen».



En esa prodigiosa y encantada enseñanza es donde reside el duende de Roger, Hellen y su creador, Christopher Morley, pues su tesón como artista nos hace disfrutar de esa rica vida interior que nada más conoce el buen lector, siempre dispuesto a que cada nuevo libro le cambie la vida, y que en el caso de la novela La Librería Encantada viene reflejado en este diálogo entre el Sr. Mifflin y Gilbert.

«—Siempre imaginé— dijo Gilbert, —que la vida en una librería sería apacible y tranquila.

—En absoluto. Vivir en una librería es como vivir en un depósito de dinamita. Esas estanterías están cargadas con los más temibles explosivos del mundo: los cerebros humanos. Puedo pasarme toda una tarde lluviosa leyendo: mi mente alcanza entonces estados de pasión y ansiedad por los problemas mortales que puede perder mi humanidad. Es terriblemente nocivo para mis nervios. Rodee usted a cualquier hombre con los libros de Carlyle, Emerson, Thoreau, Chesterton, Shaw, Nietzsche y George Abe... ¿Se imagina la excitación que experimentaría? ¿Qué sentiría un gato si lo obligaran a vivir en un cuarto tapizado de hierba gatera? ¡Enloquecería!» Y nosotros con ellos, pues no hay nada mejor que el gusto por las buenas lecturas.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 8 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS DE TOM FORD: LA LEVE VACUIDAD DE LA BELLEZA Y LA EXPIACIÓN DE LA CULPA



La perfección que nos conduce al aislamiento y al insomnio, y la debilidad que nos provoca parálisis e indefensión, se dan la mano en esta película que funde dos historias (una real y otra de ficción), para mostrarnos de una forma hipnótica y ensimismada, la leve vacuidad de la belleza y la expiación de la culpa. Tom Ford, de nuevo, vierte sobre su última película una parte de sus miedos y obsesiones, lo que le lleva a enfrentar el lujo y el vacío que el mismo le provoca sin que por ello pueda renunciar a él. Animales nocturnos es una tesis de todo ello, y que nos acerca a esas grandes mansiones de Hollywood y a las provocadoras (por gigantes) propuestas dentro del mundo del arte que, entre otras cosas, se producen para satisfacer los egos de los más ricos, pero también, y ahí es donde se produce una extraña atracción hacia esta historia, es la exploración del lado opuesto de esa victoria plástica o simplemente bella, para girar la historia hacia un relato sucio, noir y sin sentido, que nos muestra en toda su crueldad el aspecto más lúgubre y pernicioso del ser humano. Amy Adams y su insomnio es el punto de unión entre ficción y realidad. Ambos cabalgan con total comodidad por un guion que se fusiona y salta una y otra vez de un relato a otro como si fuera un juego de imágenes o la sinopsis de un anuncio publicitario, lo que sin duda dinamiza la narración de la historia y mantiene al espectador sumergido en cada uno de los dos relatos. Por otra parte, ese suspense se tensa y se cierra en sí mismo a través de los hipnóticos primeros planos de Amy Adams y Jake Gyllenhaal, a los que Tom Ford somete a sus dos protagonistas, dejándoles un nulo espacio para la mentira o el error, y de ahí, el acierto de sus actuaciones. En este sentido, la frialdad y el desasosiego del personaje de Adams, está muy bien representado por la actriz que, como en toda buena historia, guarda un secreto. Acompañándola, Gyllenhall, que se enfrenta a sí mismo y a su destino desde la debilidad de quien necesita el apoyo del amor para seguir adelante, lo que le hundirá sin remedio en el abismo más oscuro de la soledad y de la incomprensión.



Animales nocturnos es un ejercicio que nos bifurca los sentimientos por carreteras secundarias, pero que, al final, se encuentran en un explosivo y revelador cruce de caminos, a partir del cual nada volverá a ser lo mismo. Aquí, el director y guionista nos salpica de esa duda siempre existente acerca de la conveniencia y acierto en las elecciones que se nos presentan en la vida. El azar, pero también uno mismo, somos lo verdaderos protagonistas y culpables de ese devenir que nos transforma en animales nocturnos, bien porque no somos capaces de conciliar el sueño al ser víctimas de nuestras propias obsesiones, bien porque por el simple hecho de decidir hacer un viaje por la noche nos vaya a suponer un punto de inflexión en nuestras vidas. No hay redención de la expiación de la culpa en los personajes de Ford, sino más bien un punto y aparte, un punto y aparte maldito o sangriento, como si ellos mismos fueran los verdaderos culpables de ese último destino, y a los que en este caso, el narrador no les da una nueva oportunidad, por más que ellos busquen una salida en la oscuridad en la que viven. En este sentido, el acierto de Tom Ford a la hora de presentarnos su nueva película está en la valentía a la hora de ofrecernos un montaje inteligente, dinámico y muy estético, sin que por ello se pierda fuerza en la narración, y sin renunciar al particular sello de cine de autor (sea éste acertado o no), y además, en arriesgar a la hora de explorar en los sentimientos de la perfección, la debilidad y la culpa, y hacerlo a través de la leve vacuidad de la belleza, lo que sin duda, muchos espectadores no entenderán, quizá, porque ya no queremos que nos dejen varados en las aguas de la incertidumbre.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL EDITOR DE LIBROS DE MICHAEL GRANDAGE: LA LUZ ENTRE LAS TINIEBLAS



La pulsión narrativa de Thomas Wolfe es intensa como un rayo perdido en la noche, lírica como un verso robado al mejor de los poetas, y memorable y melancólica como una combinación de whisky y láudano a partes iguales. Y, sin embargo..., su forma de escribir nos habla, sobre todo, de la insatisfacción, de la búsqueda de algo de luz en la oscuridad, de la infelicidad de un espíritu atormentado. Las palabras, en ocasiones, se vuelven en el peor potro de tortura para quien las escribe y también para quien las lee, y, sin embargo…, su poder de hipnosis es tan fuerte como la más potente de las drogas. Es muy difícil salir ileso del universo creativo y literario de Thomas Wolfe y de esas descripciones infinitas (véase la del inicio de la novela corta El niño perdido, o la del inicio de la también nouvelle Especulación), teñidas de una tensión poética prodigiosa, única, envolvente y soñadora como pocas veces podremos leer. No es baladí que Jack Kerouac dijera que algún día le gustaría escribir algo parecido a la novela El niño perdido, antes mencionada, y que la tildara de obra maestra, o que Faulkner dijera que era el mejor escritor de su generación, posicionándose él, a su vez, en segundo lugar. Nada es mesurado ni calculable en este prodigio de las letras que era incapaz de dejar de escribir tal y como nos muestra la película El editor de libros. Apenas había tiempo y espacio en su vida para un pequeño chapoteo de sus botas en el agua del mar mientras miraba embelesado el horizonte, para que todo comenzara a fluir dentro de su cabeza a un ritmo endiablado, como endiablado era el carácter de un escritor encerrado en sí mismo y en su mundo. Egoísta y narcisista hasta la enésima potencia, y, sin embargo…, tan cercano al alma humana, pues pocos como él han llegado a describir aquello que los demás no ven, pero que una vez que saben que existe, ya no pueden pasar sin ello o sin el recuerdo que les produce cuando lo leen. Este mago de las letras, indagó en la parte oscura del ser humano y la desgranó para todos nosotros, para que supiéramos definirla con sus palabras. ¿Entonces por qué nos extrañamos tanto del histrionismo de Jude Law en su papel de Thomas Wolfe en El editor de libros? En demasiadas ocasiones, muchas más de las que nos imaginamos, hay una clara disfunción entre el artista y la persona, y éste, es un claro ejemplo de ello. Después de leer su prosa, nadie se imagina a un prestidigitador de la letras como Wolfe abandonado al ímpetu de su prosa, las mujeres y el alcohol, en un papel más cercano a un músico de jazz que al de un escritor, pero es que él era eso: un jazzista de las letras, de estilo libre e improvisación constante que, sin embargo, era capaz de crear grandes obras literarias. Su portentosa memoria, sin duda, le ayudó mucho a la hora de realizar sus majestuosas descripciones, y la figura del padre ausente (de los 6 a los 16 años vivió a solas con su madre, en una vivienda que ahora se ha convertido en lugar de peregrinación literaria en su Asheville natal), que tanto le marcó. De sus pasos por las universidades de Carolina del Norte y Harvard datan sus primeras tentativas como dramaturgo y su fracaso como tal, lo que le llevó a decidir a ser novelista. Su primera novela importante es El ángel que nos mira (1929). Al año siguiente, en 1930, Sinclair Lewis, Premio Nobel de Literatura de ese año le cita en su discurso al recibir el premio. Su segunda novela larga se editaría en el año 1938 (Del tiempo y el río), el año de su muerte en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore a causa de una tuberculosis miliar que le inundó el cerebro de tumores.



El editor de libros no abarca toda su vida, sino aquella parte que comienza con la relación con el editor jefe de la editorial Charles Scribner’s Sons, Maxwell Perkins, cuando lee el famoso inicio de su novela El ángel que nos mira: «una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas». En esa cadencia inicial ya va implícita la última intención del autor de la misma, que no es otra que la intención de atraparlo todo, como en el mejor de los microrrelatos, sin definir nada, pero sugiriéndolo todo. El mundo está en mis manos, parece decirnos Wolfe en el inicio de su novela. Sin embargo, la película de Michael Grandage tiene ese tono amargo del descubrimiento de la personalidad del autor, al que Jude Law intenta dotar de ese fatal entusiasmo y de una verborrea incontenible de la que no siempre sale bien parado. No obstante, y a pesar de que el film retrata la relación entre el escritor y su editor, el verdadero protagonista de la misma es Maxwell Perkins, interpretado por un Colin Flirth contenido y que es el perfecto contrapunto de la balanza del universo un tanto alocado de Wolfe, sin duda, la luz entre las tinieblas del narrador, pues gracias a él, hoy disfrutamos de la capacidad artística del escritor de Asheville en su justa medida, por mucho que en un momento de la película, Perkins se pregunte: «¿realmente mejoramos los libros o los hacemos diferentes?». En este sentido, la película está tratada con suma pulcritud en cuanto a su desarrollo, fotografía y concepción, muy en la línea de un director de teatro como Grandage, ya que la misma se desarrolla en muchas ocasiones en espacios cerrados y mediante escenas muy arquetípicas del mundo teatral (véase por ejemplo donde Nicole Kidman se despide de Jude Law), aunque también posee esos pequeños trazos más libres y poéticos cuando el director nos presenta a Wolfe en la playa, o cuando el escritor le enseña a su editor el primer piso en el que vivió en Nueva York mientras le relata las pulsiones que le producían la vista de la ciudad y sus rascacielos en plena noche desde la diminuta terraza del apartamento. Entre esa grandilocuencia de imágenes y palabras, vamos asistiendo a un proceso, en buena medida, destructivo del artista, que sólo es atemperado por un editor que sabe manejar a la perfección los desajustes líricos y personales de un Wolfe aislado del mundo y perdido en sus propias conjeturas y demonios. Aquí, Maxwell se alza como el perfecto editor, pero también como el leal amigo y el incansable padre que necesita de un hijo con quien compartir sus más íntimos pensamientos. Ese es el punto fuerte de una película muy literaria si se quiere, pero tremendamente esclarecedora respecto de los límites a los que se enfrentan los creadores, y las consecuencias que sobre éstos conlleva traspasarlos sin ningún tipo de medida. Alguien que no conoce más reglas que las suyas propias, puede ser inmensamente generoso, pero también cruelmente injusto, y esa faceta queda muy bien reflejada en una película que nos muestra muchos de los aspectos que nunca se tocan dentro del ámbito literario. En contraposición a ellos, sobresale la difícil situación de la persona amada, que esta vez, encarna una inconmensurable Nicole Kidman, muy superior en cuanto a su actuación respecto de sus dos compañeros principales del reparto, pues escenifica como nadie esa nítida contención de la derrota y de la pasión por el alma del artista que se pierde en la persona. Un matiz que también entra en conflicto cuando la narración acoge la relación de Thomas Wolfe con Fitzgerald.



El editor de libros es de ese tipo de películas que dejan la huella de todo aquello que rodea al artista y que no se ve. Es una película de interiores, de detalles, de afrentas y reencuentros, y como no, de reconocimientos, aunque éstos sean tardíos, como el que el propio Wolfe hizo con su editor en la carta que le escribió poco antes de morir, sin duda, en ese último claro del cielo del que disfrutó entre la tormenta que se cernía sobre sí mismo, igual que hace la luz entre las tinieblas.



Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 4 de diciembre de 2016

SECOND CIERRA SU GIRA VIAJE INICIÁTICO EN MADRID: ÉRASE UNA VEZ… UN GRUPO


Érase una vez…, es la frase con la que empiezan muchos de los cuentos —en particular los cuentos de hadas— que de pequeños nos han contado a todos. Si la hacemos extensiva al mundo de la música, podríamos decir: «Érase una vez… un grupo», y si la concretamos en una banda, podríamos añadir un nombre: Second, después de lo visto y oído el pasado viernes en la Sala Ocho y Medio de Madrid, donde Los Cinco de Murcia despedían su gira Viaje Iniciático (si exceptuamos el concierto que al día siguiente daban en su ciudad natal: Murcia). Sin embargo, para completar esta conjunción de caras y sensaciones opuestas que conforman su música y su biografía a lo largo de estos casi veinte años de la banda en la carretera, tendríamos que acudir a uno de los mayores éxitos de la banda escocesa Simple Minds —con Jim Kerr a la cabeza—, y a una canción en concreto que lleva por título Once upon a time —Una vez en la vida— igual que aquel álbum del año 1985, y que es sumamente premonitoria cuando la letra de la misma expresa: «sólo Dios sabe, sólo Dios sabe/ Eso es el tiempo…/ Una vez en la vida», porque ese parece haber sido el último destino del grupo murciano Second, aprovechar su última oportunidad de cara a agarrarse a lo más alto del escalafón musical español —donde por otra parte ya estaban por méritos propios— quizá, porque estaban hartos de hacer honor a su propio nombre y necesitaban salir de esa forma de confort donde las melodías de sus guitarras, a pesar de todo, a algunos nos hacían sentir que aquello que nos transmitían era lo más parecido a poder volar lejos, muy lejos, pues eran lo suficientemente líricas para que por sí mismas consiguiéramos despegar los pies del suelos sin dejar de tenerlos pegados a esa tierra que tanto nos da y nos quita. Ahora, en esta nueva versión más exitosa del grupo, seguimos despegando los pies de ese suelo que tanto nos atormenta a veces, pero sólo lo hacemos cuando saltamos siguiendo el ritmo frenético de la mayoría de sus dos últimos discos (Montaña rusa y Viaje iniciático). Sin duda, ese abandonar la zona de confort les ha dado sus frutos, pues gracias a sus nuevas melodías han conseguido que su número de seguidores haya crecido exponencialmente en no demasiado tiempo, igual que lo han hecho las altas pulsaciones de sus canciones, y por ende, sus masivas presencias en todos los festivales del mundo indie español en los dos últimos años, lo que se para su fortuna, se ha traducido en la posibilidad de contar —después de tantos años— con un buen equipo que respalda al completo toda su faceta artística, y con ello, conseguir plasmar sobre el escenario un buen espectáculo de luz, imágenes y sonido —sin duda a la altura que se merece el grupo—, tal y como comprobamos en su cierre de gira en Madrid. Ese salir de la zona de confort también ha traído otras notables diferencias en la banda, quizá, la más notable aparte de la sonora, sea la actividad y complicidad de un Sean Frutos que ha abandonado su errática presencia pegado al micrófono, para configurar en mucho momentos del show figuras y perfiles sobre el fondo luminoso que les acompaña, que no hacen sino dejar más imágenes en la retina y en la memoria de todos sus numerosos seguidores. Ese era el único y último elemento que le faltaba al frontman del grupo murciano que, de por sí, es junto a Pucho —el vocalista de Vetusta Morla— el mejor vocalista del actual panorama pop español —con permiso del resucitado Raphael para la música moderna, claro—. Y no sólo eso, porque a la hora de componer, en ocasiones, es capaz de hacer letras tan memorables como la de El eterno aspirante (una canción que no sonó en el setlist de su fin de gira), y que algunos echamos en falta, pues por méritos propios es una de las mejores letras del pop español del siglo XXI.

Más allá de las huellas que el paso del tiempo deja en nuestras vidas y nuestros recuerdos, el show que configura este Viaje iniciático es una nueva demostración del buen hacer de cada uno de los componentes del grupo: Sean Frutos, Fran Guirao, Jorge Guirao, Javi Vox y Nando Robles, pues lo que nos queda claro después de verlos una vez más sobre el escenario es su profesionalidad a prueba de miles de kilómetros —el día anterior habían tocado en Sevilla—; una profesionalidad que se plasma en las buenas versiones que hacen de las canciones más antiguas y de las que no lo son tanto, como demostraron a la hora de ejecutar el setlist elegido para este fin de gira donde los temas escogidos iban en sintonía con esa nueva fuerza que Second le quiere dar a su música; una concepción musical que deambula entre el brit pop y la música electrónica de alto voltaje. Todo comenzó como si fuera la Primera vez, o como si necesitaran dar un último grito: Atrévete y un salto al vacío: hacia un Pueblo submarino desde el que no les importó partir desde un Nivel inexperto, ni tampoco se amilanaron al comprobar que: Nos miran mal. Cacofonías o juegos de palabras que se fueron alternando con algunos de sus temas fetiche: Rodamos —que interpretaron junto a Full, que ya antes habían dado buena muestra de su intenso y poético pop sin límites ni cortapisas teñido de grandes metáforas—, Más suerte, o una impecable y mágica versión de N.A.D.A que nos recordó a los mejores Second de siempre, aunque el grueso del setlist estuvo compuesto por temas de sus dos últimos álbumes, con canciones futuristas como 2502 o Las serpientes que marcan el cambio de rumbo musical del grupo, que aún tuvo tiempo de ajustar cuentas con el pasado cuando ejecutaron La distancia no es velocidad por tiempo —una de las más coreadas de la noche—, porque ese es uno de los grandes méritos de Los Cinco de Murcia, contar con un gran número de fieles seguidores (hicieron sold out en Madrid) que conocen y disfrutan cada una de sus canciones como si fuera la última, y que en este sentido, su máxima expresión son: Ana Sabikilla que, junto a José A. Gamiz, hacen una labor impagable en las redes sociales al grupo y a sus seguidores.


Sin embargo, todo se acaba en esta vida, o eso nos dicen, pues incluso los cuentos de hadas tienen un final y el concierto de Second también, y lo hizo con los acordes de su himno por excelencia: Rincón exquisito, que convirtió a la Sala Ocho y Medio en un karaoke universal con lluvia de papeles incluida, en la que los que estaban encima del escenario y los que los veían desde fuera de él, compartieron una misma ilusión durante una larga hora y media: la música, quizá, porque «sólo Dios sabe, sólo Dios sabe/ Eso es el tiempo…/ Una vez en la vida»; una vida en la que «Érase una vez un… grupo». Un grupo llamado Second.


Ángel Silvelo Gabriel.

MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO: ÉL NO ES BARRY WHITE



Cada mañana me levanto pensando en él. Nadie sabe nada acerca de lo nuestro, ni siquiera mis compañeros diarios de viaje por los vagones y pasillos del metro de Madrid. El silencio es mi mejor aliado, justo hasta que oigo su voz. Entonces todo se transforma en algo parecido a un poema; un papel en blanco que él escribe y que yo leo ensimismada. Sus canciones me hacen soñar de una forma diferente, porque me sacan del letargo en el que me encuentro. Y así me acerco hasta el lugar donde él permanece varado. No es Barry White, pero a mí me lo parece. Da igual que cante en a capela o acompañado por un equipo de música que vomita las melodías que interpreta, porque cada mañana es capaz de ponerme los pelos de punta. Entre vergonzosa y atemorizada, siempre le dejo unas monedas sobre la vieja gorra que ha depositado en el suelo con una pegatina en la que se lee: trovadores in the tube. Nos miramos a los ojos sólo un instante, pero justo el suficiente, para permitirme adivinar que hay un vínculo superior al silencio que nos ampara, nos une y nos protege.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 3 de diciembre de 2016

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DEL MES DE DICIEMBRE DE 2016



“Tribueñe rinde culto a la poesía y la belleza. Esto es teatro.”
Javier Villán - El Mundo

“Irina Kouberskaya, ha firmado una de las revisiones más potentes vistas por estos pagos del Retablo de la avaricia, la lujuria  y la muerte” 
El Mundo
“Hay momentos verdaderamente mágicos...Vayan  a verla si aman el arte”
Blog la Conocida, María José Cortés Robles
“Un texto que ama los detalles, que ama las formas y los sentidos y que te lleva a través del viaje de la imaginación a lugares donde los deseos ocultos puede llegar a convertirse en realidad”
Estrella Savirón - A golpe de efecto
“Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño”
Alberto Morate – Blogdeentradas.com 
“Montaje imprescindible para los apasionados del teatro y, particularmente, para los lorquistas”
Azay Arte Magazine – Laura Esteban
“Alarde de Tonadilla es un gran espectáculo del teatro musical español que nos descubre la geografía musical de España”