Tiempo de comunicaciones rotas

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martes, 9 de marzo de 2021

CARLOS MATALLANAS, EL EJEMPLO DE VIDA Y ESPERANZA DE UN REBELDE



Hoy, 9 de marzo de 2021, el cuerpo de Carlos nos ha dejado, pero no así la mirada del niño que corría detrás de una pelota, ni la del joven que paseaba su rebeldía por los campos de fútbol, tal y como reflejan las botas que presiden la sede la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE). Mi encuentro con él fue accidental, como tantas cosas que nos ocurren en la vida. En nuestro caso, se produjo a través de la literatura, cuando tuve la fortuna de ganar la Primera Edición del Premio de Novela Breve que lleva su nombre. Después del vídeo que se proyectó en la entrega del premio el 4 de marzo de 2019, fui consciente, por primera vez, de la relevancia de aquel momento. No por mí, sino por él. Tanto es así que tuve que cambiar el inicio del discurso de agradecimiento que tenía preparado, para felicitarle por el ejemplo de vida y esperanza que se deprendía de sus palabras y de esa eterna sonrisa que siempre nos mostraba. 

Días más tarde, el 10 de marzo de 2019, le escribí esta carta que titulé como, Carta abierta a Carlos Matallanas.

«¡Hola, Carlos! Hasta hace poco más de cinco meses no conocía ni tu nombre ni tu lucha. Como hago a diario durante los últimos diez años, una mañana de principios de octubre, consulté las páginas web de premios literarios para decidir aquellos a los que presentar mi obra. Cuando leí las bases del concurso que lleva tu nombre lo primero que pensé fue: ¿Por qué, no? A pesar de reconocer que era todo un reto muy duro. Un sueño casi imposible. Sobre todo, por el corto espacio de tiempo que tenía para escribir una historia de casi 150 páginas. Es verdad, apenas tenía tres meses. Menos mal, que enseguida tuve claro aquello que quería escribir. Lo primero que pensé fue que quería unir literatura y deporte. Y se me ocurrió hacerlo a través del espíritu de lucha de un adolescente que quiere ser un jugador de fútbol profesional hasta los 18 años. Un espíritu de lucha que sin embargo se tenía que trasladar al resto de su vida, pues esa era la única fórmula válida para transmitir el verdadero espíritu del I Premio de Narrativa Breve Carlos Matallanas (debo decirte que rara vez escribo algo a propósito para un premio, como hice esta vez). 

Lo del fútbol lo tenía claro, porque fuera de las estridencias de los forofos de los diferentes equipos de la liga española, lo que en verdad les une a todos ellos es la selección, o al menos eso es lo que a mí me parece. Bajo esa idea yo quería retratar el largo recorrido que hay, desde el mítico partido del 12-1 de España a Malta (jugado el 21 de diciembre de 1983 en el estadio Benito Villamarín de Sevilla), hasta la consecución del Mundial del año 2010 en Sudáfrica. Y, por encima de todo ello, quería plasmar la fuerza que desprenden las palabras, por supuesto las mías, pero sobre todo, las de grandes escritores que a lo largo de sus vidas disfrutaron con el fútbol y escribieron sobre él, para de ese modo, fundir literatura y fútbol. 

En principio, yo creía que ya contaba con todos los ingredientes para escribir mi historia, pero aunque yo no lo supiera en ese momento, con el transcurrir de los días intuí que me faltaba lo fundamental. Y lo fundamental era plasmar el espíritu de lucha que te caracteriza, y con ello, hacer de mi protagonista un símbolo de la frase que tú muestras en una pizarra: «Todo va a salir bien», porque como dije en la entrega del premio literario que lleva tu nombre: «A veces las cosas salen bien, y los sueños se cumplen». Una frase que nadie entenderá como debe, sobre todo, si la relacionan contigo, y además, si solo se queda con tu imagen actual. Y no lo harán, porque quizá no se den cuenta de que los sueños tienen muchos caminos y formas de cumplirse. En tu caso, después de ver el vídeo de Fernando Torres en Japón, creo que uno de tus sueños cumplidos (y del que muchos no pueden presumir), es el de ser un ejemplo para tu familia, tus amigos y todos aquellos que te quieren bien y te conocen. En la sociedad en la que vivimos, parece que no nos damos cuenta de que los sueños tienen múltiples formas de materializarse y metas a las que llegar. Quizá, porque en la actualidad, esas falsas formas y metas que visualizamos, lo único que consiguen es atarnos las manos en vez de darnos más libertad y fuerza. Después de oír las múltiples actividades que llevas a cabo a diario, creo que tu firme convicción de visualizar la vida como un futuro que se plasma en disfrutar de la vida a cada momento, es uno de tus mayores logros de cara a los demás, y no solo eso, sino que también lo conviertes en el ejemplo a seguir por todos nosotros. 

Debo confesarte que, al conocer tu historia, enseguida te visualicé como si te hubieses convertido en el poeta romántico inglés, John Keats. Hay una imagen de él, en la película Bright star dirigida por Jane Campion, en la que sale encaramado en lo más alto de la copa de un árbol. Tumbado. Mientras disfruta del éxtasis que le proporcionan su poesía y el amor hacia su amada Fanny Brawne. Lo singular de esta imagen, es que el poeta se convierte en un ruiseñor que canta su melodía al amanecer, cuando solo él es el dueño del silencio. Yo te veo así, igual que un ruiseñor que vuela en libertad sobre todos y cada uno de nosotros; un ruiseñor que persigue sus sueños día a día y, que a día de hoy, es la esencia de la rebeldía; una rebeldía para nada silenciosa, pues la manifiestas a través de tus palabras. Palabras que inundan la vida de los demás, y no solo a través de tus conocimientos sobre el mundo del fútbol, sino también acerca de lo que éste significa en la vida. Decirte también que, el día de la entrega del premio, al ver el vídeo en el que decías el nombre del ganador, supe que cada vez que te recordase lo haría viéndote correr con tu perro en las playas del Puerto de Santa María, o en un campo de fútbol con tu camiseta amarilla y esas botas que presiden las oficinas de la AFE en Madrid, y que es lo primero que se ve al entrar. Unas botas a las que va unida esta frase, como tú conoces muy bien: «Mis botas, allá donde se quieran poner, serán un símbolo de rebeldía». Decirte que, a mí, no se me ocurre un mejor lugar que ese para que se convierten en ese símbolo de rebeldía que tú representas. 

Para que veas que las buenas casualidades existen, en el vídeo de la entrega del premio, la canción que sale al principio es Vidas cruzadas de Quique González. No sé si la elegiste tú, pero en algún sentido para mí se ha convertido en un flechazo, porque como dice la letra de esa canción: «Al arder la rama las estrellas ardieron también/ Y una vez en calma/ me largué…/ Quiero un amanecer mañana/ como un loco después de las seis./ En un hotel sin dramas/ esta vez…» 

Y, sin dramas, yo te digo esta vez: “Gracias”». 

Meses más tarde conocí a Carlos Matallanas, junto a mi mujer, una tarde del mes de agosto del 2019 en El Puerto de Santa María. Y lo primero que me llamó la atención fue el brillo de sus ojos y, después, el interés que mostró por mi novela, por su proceso de creación, por la motivación que me llevó a escribirla y por un sinfín de curiosidades más que hicieron de aquel encuentro algo entrañable. Ese día yo no lo sabía, pero hacía poco más de un mes que había comenzado a escribir el ensayo, La vida es un juego, un testimonio vital que ha visto la luz el pasado 18 de febrero y del que él por desgracia apenas ha podido disfrutar. 

Como dejé dicho en su momento: «El fútbol es vida y del fútbol se aprende para la vida. El fútbol es una expresión de libertad y de pasión, de diversión y mito, pero por encima de todo, es una infinita fábrica de sueños; un lugar donde se propician las segundas oportunidades… el fútbol es desear lo imposible…». Una utopía vital que comparto con Carlos Matallanas, pues su ejemplo, lo es de la vida y la esperanza de un rebelde que no se rindió jamás.

Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 3 de marzo de 2021

FRITZ ZORN, BAJO EL SIGNO DE MARTE: EL CÁNCER DEL ALMA


 

Hacer el viaje en el sentido contrario al establecido, lo que no implica saltarse las normas, sino más bien replanteárselas, para verse, para vernos, desde el otro lado, igual que si nos situáramos fuera del espejo donde se produce nuestra vida y la imagen que de la misma tenemos. Más allá de la extrañeza que nos producirá la representación que vemos de nuestra persona, hay una sensación de viaje al exterior que nos permite adivinar todo aquello que hemos sido, aunque solo sea para fijar y delatar nuestros errores y nuestra condena en forma de muerte prematura, ya sea ésta simbólica o material. Comme il faut nos repite Fritz Zorn, el trágico protagonista de Bajo el signo de Marte. Un como se debe que a él le llevó hasta el abismo; una meta final de la que no pudo escapar, por más que, identificar el cáncer del alma que le afectó durante los primeros treinta años de su vida, le llevara a padecer el cáncer del cuerpo en forma de linfoma maligno que acabó con su vida a los treinta dos años. Como nos dice el autor de este ensayo vital: «el tumor son las lágrimas tragadas» (al más claro estilo pessoano). Y de ese constante tragar hacia adentro, nace su alejamiento del mundo primero y su neurosis después. Una locura que le llevará hasta la muerte y a nombrarla como: «el carcinoma de Dios». 

Bajo el signo de Marte representa la lucha del guerrero contra su aciago destino, porque como muy bien nos dice Fritz Zorn (seudónimo de Fritz Angst) al final del libro: «Me declaro en estado de guerra total». Un enfrentamiento bélico que deviene en familiar y existencial cuando por fin es consciente del mal que sus padres, lo burgués, o lo tranquilo, le han inoculado en su alma. Por ejemplo, para su padres, la vida consistía en pasar de puntillas sobre ella sin enterarse, de una forma tranquila y anodina que les mataba cualquier mínimo signo de vida, esperanza, afecto o dignidad. Todo era impostado en la Orilla Dorada de Zurich donde vivían, y en la que se crio el protagonista. Todo estaba en orden. Todo estaba muerto, pues aquel que renuncia a vivir permanece de pie, pero muerto cual estatua de un parque que ya marca con mucha antelación el futuro de sus grises días. Zorn protesta contra la sociedad, contra le mundo, contra el sistema burgués y sus instituciones, sin por ello hacer nada para salir de ellas o mostrar su rebeldía, sino que sus días transcurren con cautela y una especie de observación anónima y cauterizada. Su renuncia al amor, al sexo, a la amistad o a sus propios deseos, le retratan como un ser inerte que solo marcha por el camino que previamente le habían trazado. Él, ve en sus padres, el inicio y la esencia de su mal. Y esa es su forma de legislar su miedo cuando ya es demasiado tarde. Llama la atención su desafección del mundo terrenal en la búsqueda de su salvación. Quizá, por ello,  echa mano del conflicto entre su individualidad y el espíritu burgués, haciendo de ello un constructo donde ser desdichado no es un destino, sino una culpa. La expiación de la culpa, en este punto, se vuelve ajena al individuo para remarcar el territorio de lo ajeno y general. De un Dios en forma de carcinoma. De una sociedad aliada con la no vida. De un mundo ajeno a la esperanza que subyace en todos y cada uno de los hombres desde que nacen. Y todo ello visto y vivido desde el interior de ese reflejo extraño en el que nos convertimos cuando salimos de nuestra vida o del reflejo del espejo que nos tienen atrapados. Aquí ya no importan ni el dinero, ni la posición social, ni el advenimiento de la culpa como un todo, sino que, al final, ese todo se reduce al cáncer del alma, aquel que nos aniquila sin remedio antes de que hayamos muerto. 

Ángel Silvelo Gabriel.