jueves, 17 de noviembre de 2022

ÁNGEL SILVELO GABRIEL GANA EL PREMIO DE NOVELA CORTA JOSÉ MARÍA PEREDA 2022 CON, “LOS DIOSES PERDIDOS”, UNA HISTORIA EN LA QUE ABORDA LA FIGURA Y LA OBRA DEL POETA PORTUGUÉS FERNANDO PESSOA


 

Santander, 16 de noviembre de 2022.- La Vicepresidencia y Consejería de Universidades, Igualdad, Cultura y Deporte ha fallado los premios literarios del Gobierno de Cantabria 2022, que en la categoría de novela corta ‘José María de Pereda’ ha recaído en Ángel Silvelo Gabriel con su obra ‘Los dioses perdidos’.

En ‘Los dioses perdidos’, Ángel Silvelo ofrece una novela de la memoria y de la escritura, que mezcla la prosa de ficción con la ensayística para contar en una doble acción la reconstrucción del pasado familiar del narrador y el relato de episodios de la vida de Fernando Pessoa, incluyendo poemas y otros textos del irrepetible escritor portugués. 

Además, la obra ganadora de la categoría de novela corta presenta una estructura muy bien ensamblada en sus dos ejes narrativos, remitiendo al lector a libros y lecturas, y a la experiencia de la literatura. 

BREVE SINOPSIS DE LA NOVELA: 

LOS DIOSES PERDIDOS: UN SUEÑO ESCONDIDO BAJO UN MAPA DE SENSACIONES

Fernando Pessoa dibujó su vida con los trazos de la silueta de los héroes anónimos, igual que aquellos argonautas que fueron en busca del vellocino de oro. Sin embargo, él no lo hizo embarcándose en un navío sino a través de un sueño escondido bajo un mapa de sensaciones al que dotó del silencio de la noche, del anonimato de un fantasma que huye de la sombra de sí mismo, y de la necesidad de ser otro. Muchos han sido los que se han acercado al mítico arcón donde guardó más de veinticinco mil documentos que, tras su muerte, han sido rescatados del olvido. Un olvido que, como todo aquello que ni se ve ni se toca, pertenece al mundo de los sueños. En Los dioses perdidos se concibe la vida de Pessoa como «la geometría del abismo», pues igual que Ángel Crespo no dudó en definir el Libro del desasosiego (el diario apócrifo del portugués) como un mapa de manchas, Ángel Silvelo nos plantea en esta novela la vida del portugués como un conjunto de formas, de vivir, y sentir, alejadas de la realidad, pero muy cercanas a la posibilidad de crear nuevos mundos a través de otros. Esos otros, que se rebelan ante nosotros igual que lo hace el reflejo que nos proporciona el espejo que se precipita sobre nuestro cuerpo y, que en el caso de Pessoa, éste interpeló mediante sus múltiples heterónimos. Un teatro de voces a los que él proporcionó una voz y una personalidad propias, creando, como solo lo hacen los genios, un nuevo estilo literario: el de la heteronimia. Pessoa, dijo: «Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida». Y en esa eterna búsqueda del presente exento de futuro, abordó todo aquello que su mente tuvo a bien vislumbrar o explorar. 

La particularidad de esta novela no se encuentra solo en la posibilidad de revisar una buena parte de la biografía del poeta portugués, sino también en poder hacerlo desde la voz de un nieto y su abuelo a través de una historia que, como toda leyenda, contiene el desgarro de las situaciones imposibles, pero también la épica que se sobrepone a los reveses de una vida marcada por el fracaso. «Hice de mí aquello que no supe,/ no hice lo que podía hacer de mí./ Vestí un dominó equivocado./ Pronto me conocieron como aquel que no era:/ no lo desmentí y me perdí». 

En un mundo tecnificado que, cada día más, nos dirige nuestras vidas, Los dioses perdidos nos permite regresar al pasado; un pasado donde las personas todavía escriben cartas y sus historias de amor descansan sobre la soberbia de los sentimientos más profundos y la vitalidad de la búsqueda de una dignidad perdida en el curso de los tiempos. Historias en blanco y negro que, si se quiere, retoman la luz cuando llegan a Lisboa, una ciudad que en la novela se convierte en el cauce final donde los sueños se enfrentan con la realidad para crear un mundo nuevo e inesperado. Un mundo en el que los dioses, los mares, el hombre y la tierra, conforman una secuencia con la que darle cuerpo a un sueño: el de los dioses perdidos…, y no encontrados.

SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS, DE MIGUEL DELIBES, EN EL TEATRO BELLAS ARTES DE MADRID: LA TRANSPARENCIA DE LAS PALABRAS



Atrapar el pasado y hacerlo presente. Misión imposible si no es mediante la transparencia de las palabras y, de ese modo, atravesar el velo del tiempo. Asumir esa realidad, sin embargo, es como ansiar materializar un sueño en el que, al despertarnos, ya no nos acordamos de lo soñado, lo que nos hace sentirnos en un plano distinto al real, aunque esa percepción sea falsa. Esa necesidad de búsqueda de la vida pasada, presente y futura a través de las palabras es lo que ha llevado al hombre a escribir, leer, interpretar… y buscar con ansia la necesidad de soñar para llegar a materializar lo imposible. Regresar al pasado, no cabe duda que tiene sus riesgos, y uno de ellos, es del volvernos a enfrentar al dolor, a las ausencias, y al eco de esas voces o esa voz que ya no está a nuestro lado. Levantar el pasado es como infundir a la capacidad del deseo la mortal medicina del olvido, o también, la liturgia de aquello que nunca creímos que llegaríamos a hacer o pensar. Ese viaje es como una especie de huida sin rumbo; una huida por unas aguas frías y rodeadas de nieblas, donde a cada avance de nuestra nao se nos exige afrontar nuestro destino con el valor que nunca hemos tenido. Ese miedo que nos acoge, y nos encoge, es en el que nos vemos avocados a caminar solos; en una soledad apestosa por mucho que otros crean que es mítica por lo que tiene de insondable. Ver a través de nuestras propias tinieblas, ese es el castigo de las ausencias no deseadas, del recuerdo de las tardes compartidas, o de los besos repetidos cuando todavía nos creíamos todopoderosos e inmortales. La adaptación de la novela de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, que han adaptado al teatro José Sámano, José Sacristán e Inés Camiña afronta su tercera temporada en Madrid, lo que nos habla del respaldo del público y de la fidelidad hacia un autor y un actor libres de la conjura de la duda. Señora de rojo sobre fondo gris es una obra de teatro que se debate en la dicotomía entre esos dos colores del título, que en el escenario, se vierten con la profusión del que ve en gris todo aquello que fue en un pasado y ya no le representa en el presente; y el rojo, que todavía se nos aparece como un fantasma a los ojos de un Delibes, perdón, José Sacristán, que se envuelve en la túnica de los recuerdos para irnos desgranando el proceso de destrucción de la persona amada (Ángeles de Castro). En este sentido, José Sacristán afronta la hora y media de actuación con la certeza de aquel que, desde un principio, conoce que va a tener que hacer frente a un viaje lleno de tinieblas; un espacio imaginario que él, de una forma afortunada, recorre con leves pausas que utiliza para darle los giros necesarios al texto; una narración que se materializa a través de la transparencia de unas palabras que, por sí solas, magnetizan al público cuando recorren esos recovecos que se alejan de la enfermedad y transitan por la senda de las confesiones íntimas y personales, por los miedos e incertidumbres que a todo ser humano le asaltan ante la muerte, y también, por esos destellos de luz con los que la iluminación del escenario nos avisa de su presencia. Tras haber visto Cinco horas con Mario en ese mismo escenario interpretada por Lola Herrera, a uno se le cuela por el entresijo de los visillos de la memoria esa otra forma de afrontar la muerte por Delibes. De tal modo, que se puede ver en una y otra la capacidad de espejo imaginario que tienen las palabras para apoderarse de fragmentos de la vida, pues ambas confluyen en sinergias que tratan de atrapar el tiempo mediante los recuerdos. Ese velo con el que nos arropamos para defendernos del frío de la noche. 

Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 11 de noviembre de 2022

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE, DEL DIRECTOR EDWARD BERGER: UN DURO Y BELLO CANTO ANTIBELICISTA DEL CRUEL TRASFONDO QUE RODEA LA GUERRA

 


¿Qué hay tras el telón en el que se desarrollan los conflictos bélicos? ¿Cuál es el motivo que le lleva a un joven a renunciar a su vida para dársela a un concepto tan abstracto como es el de la “patria”? ¿Por qué la belleza se difumina en un maldito y certero disfraz de la muerte? Edward Berger tira de aquello que muchas veces no vemos para mostrarnos en una buena parte de esta película qué es lo que ocurre tras la línea del frente. Allí donde a simple vista parece que no pasa nada. Tanto es así, que el director nos muestra los bellísimos paisajes que existen a escasos metros de la contienda, como por ejemplo, cuando filma como si de un cuadro de Millet se tratara, la tierra y el cielo dividas por el horizonte; un horizonte sobre el que cae una bengala que nos ilumina más si cabe el bello encuadre que contemplamos: un campo cuya bruma del atardecer le hace inmensamente estético. Un paisaje estético y apetecible sobre el que poder caminar a última hora de la tarde. Una estampa y un campo que, sin embargo nos mienten, pues tras su tranquila y fotográfica hermosura a pocos metros se esconde el escenario de la guerra. Si por definición todas la guerras son crueles e inútiles, La Gran Guerra lo es aún más. Tras poco más de, cuatro años de contienda, apenas el frente avanzó unos metros en uno u otro sentido. Ese holocausto de la razón se llevó por delante al menos la vida de diecisiete millones de personas. Muchas de ellas jóvenes que, cegados por el concepto de una falsa gloria, marchaban al frente poseídos por la inocencia del niño que ignora lo qué es y significa la muerte. A pesar d elo expuesto, no faltan en esta magistral película secuencias bélicas memorables rodadas con gran agilidad y movimientos de cámara que nos muestran al detalle el horror de la masacre, como tampoco nos escatima su director, Edward Berger, esos instantes o planos secuencia que se te quedan grabados en la mente por la capacidad que tienen de conmover y hacernos pensar una vez más en la inmensa barbarie que toda guerra conlleva contra aquellos seres humanos que la sufren, más si cabe, si lo hacen en primera línea del frente. Esta nueva versión de la novela del alemán, Erich Maria Remarque, nos deja constancia desde su título de la rotunda falacia del mismo, una percepción que se ve de una forma muy clara tanto en las negociaciones del armisticio como en la falta de piedad del general alemán que manda a sus hombres a una muerte segura. Es ahí donde nace ese equivocado sentido de la obediencia y la servidumbre del hombre corriente frente al Estado. Un enfrentamiento donde siempre sale perdiendo el ciudadano de a pie. 

Uno de los mensajes de esta película es, sin duda, la ausencia de la figura del héroe, por más que empaticemos con su protagonista, pues él también participa de la crueldad de la misma y de su maldito telón de fondo, a pesar de que en ciertas ocasiones se nos muestre como un canto a la belleza. La belleza de una tierra devenida en campo de batalla que hace de testigo necesario y fundamental en el desarrollo bélico. Esta tierra también es protagonista del film, pues en ella yacen los muertos, se cavan las trincheras, y se instalan las alambradas que nadie ve en la noche. Todo este escenario y, en particular esta historia de muertos y deseos no cumplidos, también nos debería hacer reflexionar acerca de por qué los seres humanos los contemplamos en demasiadas ocasiones sin apenas asombro. Quizá, porque todo hecho bello y heroico lleva intrínseca la maldición de quien se alza como voz discordante o héroe de un solo gesto, y si no que se lo digan al autor de la novela, que sí pudo huir de Alemania antes de que fuera demasiado tarde, pero no así su familia que fue asesinada por tal motivo. En este caso, la inutilidad de lo inútil, parafraseando a Nuccio Ordine, se pone de manifiesto cuando años más tarde se reabre la herida de la guerra por el mismo motivo: el territorio. En este sentido, de nuevo la tierra se convierte en la trágica protagonista del desdén que trunca voluntades y facilita la reordenación demográfica de quienes la sufren. 

Más allá del barro sobre el que descansan los soldados, los caballos muertos, el hambre que pasan los combatientes, o las bengalas que iluminan y delatan al enemigo, Sin novedad en el frente es un duro y bello canto antibelicista del cruel trasfondo que rodea a toda guerra. 

Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 3 de noviembre de 2022

SECOND, FLORES IMPOSIBLES: NADA ES PARA SIEMPRE



Siempre creemos que fuimos creados bajo el signo de la infinitud, sin embargo, llega un momento en el que nos detenemos. En ese instante hay una fuerza interior que no nos permite movernos, mientras una voz procedente de nuestra mente nos repite constantemente que ese es final. Entonces, la vida se detiene, pero la música no. El artista deja de existir, pero su obra permanece en el tiempo a disposición de quien quiera escucharla o disfrutarla. De esa posibilidad nace la magia del arte y su belleza. La belleza como espacio en el que explorar esos nuevos territorios de aquello que de repente se acaba. Flores imposibles es el último disco en estudio del grupo murciano Second, pero no de su música, porque sus melodías seguirán perennes en los corazones de todos aquellos que en alguna ocasión hayan asistido a alguno de sus conciertos o escuchado sus discos o canciones, y como no, en los de sus más fieles seguidores que, como un eco infinito, seguirán coreando las letras de sus canciones allá donde se encuentren. Esa es la única opción a nuestro alcance de vencer al paso del tiempo, y de paso, ser infinitos como si de una estrella brillante se tratara. Una estrella que nos ilumina cada noche y nos indica el camino a seguir día tras día. «Nada es para siempre» nos recuerdan Second en su último álbum, salvo quizá las entrañas que se mueven en la alquimia de los sueños. En este sentido, Flores imposibles será la última muesca de un legado que permanecerá en el filo de la marca del tiempo que nos persigue desde que nacemos y, que a lo largo de nuestras vidas, nos va llenando de arañazos la piel como signos más visibles de aquello que hemos vivido como si fuera la última vez. Heridas de felicidad y tristeza que, sin embargo, no siempre cicatrizan. Heridas que son las verdaderas culpables del final. Decir adiós siempre es complicado. Hacerlo para un artista quizá lo sea más. Tal vez, por eso, Second sorprendieron a sus seguidores con su separación pocos días después de presentar su nuevo —y ahora último— disco, si obviamos el que verá la luz tras la grabación en directo de su concierto en El Teatro Circo Price de Madrid. Ante ese golpe inesperado del destino solo podemos constatar que los años pasan y nos cambian. Esos años que nos envuelven en la madeja del tiempo sin apenas darnos cuenta. El tiempo, ese influjo que nos acerca y nos aleja de aquello que queremos y nos convierte en viles mortales en busca de lo imposible. Nada es para siempre… 

Flores imposibles es el noveno disco en estudio de Los Cuatro de Murcia. Un larga duración que cuenta a su vez con nueve canciones, dado que Sean Frutos, tal y como le contaba a Virginia Díaz en su programa de Radio-3, 180 grados, se debe no a un capricho, sino que al letrista y voz del grupo no le acababa de convencer la décima canción que estaba destinada a formar parte del disco. Casualidad o no, este noveno disco de nueve canciones es como una larga sinfonía de sonidos maduros. Sonidos que buscan la sencillez más cercana a la verdad. De esas melodías de medio tiempo que tan bien fabrican y ejecutan los murcianos. Y de unas letras donde la maestría compositiva de Sean Frutos se aleja de la literatura de ciencia ficción que le gusta, y exploran esa trágica realidad que nos ha tocado vivir. Sus canciones en esta ocasión son el vivo testimonio de una época muy determinada y se convierten en el fiel reflejo de su madurez como músicos y personas. Flores imposibles abre el disco homónimo y se nos muestra como un alumbramiento único en el que la textura de sus guitarras reproducen sensaciones que van desde a luz del amanecer al ocaso en una multitud de matices que se conjugan a la perfección con las voces que se abren paso entre ellas entre estas enigmáticas guitarras. Guitarras eléctricas, sin duda. 

Bajo una estética muy beatlemaniana, Los Cuatro de Murcia nos enseñan en Quiero equivocarme uno de sus medios tiempos donde la voz de Sean Frutos se hace poderosa y juega una y otra vez con la voz de su hermana Maryan, que a su vez se conjuga a la perfección con un ritmo que a medida que avanza la canción coge una fuerza inequívoca hacia la perpetuidad de lo que es único. Un ritmo que nos desplaza hasta Estado de alegre tristeza, una de las canciones que más se identifica con el resto de sus trabajos, y donde las sinergias entre letra y música se entrelazan en espacios que la convierten en brillante, y quizá por ello, sea donde aparece el que va a ser una de sus estribillos más coreados: «Nada es para siempre». Envolvente propuesta que nos hace repetir su escucha en bucle. Un apertura de intenciones que nos lleva hasta la rítmica Muévete y siente donde Sean Frutos nos retrata a la perfección y nos advierte del abismo en el que nos encontramos: «Voy a ser sinceramente irritante/ No soporto en el ambiente esta falta de pasión/ Es una epidemia silenciosa y salvaje/ ¡Coño!, date cuenta de que amar está en peligro de extinción/ Muévete y siente/ Es lo único que nos mantiene/ En tu piel todos quieren estar/ Así que muévete y siente» Himno de los nuevos tiempos donde los sintetizadores juegan a ser héroes en la derrota; una muy buena combinación que a buen seguro hará de las suyas en sus directos. Una cualidad que también podríamos resaltar de El contorno de tus miedos; un tema con un videoclip cuya infografía se presta al fetichismo literario de unos cuerpos grabados con la letra de la canción. Guitarras limpias y directas que a veces salen de un fondo poderoso y luminoso y otras están presentes en una primera línea elegante y abrumadora: « La llave está dentro, ahí fuera no hay nada/ La clave está dentro, ahí fuera no hay nada/ Te espero en el contorno de tus miedos». Miedos reconvertidos en destellos poderosos. 

Más pausadas son las primeras notas de Volver a esa paz; una canción que revive los reflejos de sus composiciones más intimistas, en donde las coordenadas de su creación nos llevan hacia esas huellas que alguna vez hemos buscado y casi nunca encontramos. Lo que sin embargo es un pequeño espejismo en el tracklist del disco, pues Ya no estamos para gilipolleces es una búsqueda de esos ritmos más eléctricos y dinámicos de una banda acostumbrada a hacer bailar a todos los que asisten a sus conciertos en directo. Manos arriba, sin duda, para reivindicar la asfixiante y falsa pulcritud sobre las que nos estamos ahogando poco a poco: «Creíamos que el tiempo sol le caía a los demás/ que nosotros éramos más fuertes». Una especie de puente sobre el tiempo que nos lleva hasta Cúrame, como siempre, una nueva muestra de esos medios tiempos infalibles de su repertorio, y que de una forma tan virtuosa y magistral ejecutan los Second. Medios tiempos orquestados desde la madurez que dan sus veinticinco años de carrera. Una larga vida musical que rematan con Los grandes ausentes, como si de una gran metáfora se tratara de todo aquello que han vivido y disfrutado. Una lucha entre el pasado y el presente que va a la fuga de todo aquello que fuimos y ya no volveremos a ser. 

Second y sus Flores imposibles le hacen un guiño  a nuestros sueños y deseos desde el primer puesto del podio desde el que siempre han conquistado a sus multitudinarios seguidores. A pesar de que nada sea para siempre. 

Ángel Silvelo Gabriel