viernes, 24 de junio de 2022

LA BODEGUITA DE SAN SEGUNDO (ÁVILA) RINDE HOMENAJE AL POETA JOSÉ HIERRO EN SU COLECCIÓN, LA CRÁTERA DE BACO —ORO DE VID—, QUE RECOGE LOS MICROS SELECCIONADOS EN SU SEGUNDO PREMIO DE MICRORRELATOS 2022

 


Siempre nos dicen que un microrrelato se debe parecer mucho a un poema. Por lo que no muestra y sugiere. Por su intensidad. Por su economía verbal. Por el final sorprendente que le da un sentido único al mismo. Sin embargo, lo que casi nadie nos cuenta es la importancia del título, porque aunque éste no salga a lo largo del microrrelato, sí propicia la primera pista y la cláusula de cierre de la historia que se nos trata de contar. Algo de todo esto estuvo presente en la gala de entrega de premios que, de una forma excepcional se celebró en El Episcopio de Ávila bajo el auspicio de Emilio Rufes y Paquita Garzón, propietarios de La Bodeguita de San Segundo de la ciudad amurallada y, que con la excusa de amadrinar la literatura y el vino, convocan su Concurso Bienal de Microrrelatos al que se ha unido en esta edición el de Fotografía. Esa magnífica excusa que fusiona la cultura literaria y vinícola reunió ayer en Ávila a un centenar de personas que, de primera mano, escucharon la lectura de una parte de los microrrelatos seleccionados en la magnífica edición que se ha publicado con mucho mimo, y a los que acompañan, las fotografías premiadas y las que para esta edición ha realizado Tomás Hernández Sánchez. Un libro que tiene forma poética desde su portada y su contra, y que tiene a José Hierro como protagonista en el centenario de su nacimiento. La acuarela que ilustra la portada de la publicación, de una forma caprichosa, nos lleva hasta esa finca de la provincia de Guadalajara donde, como nos dijo Jesús Marchamalo en la presentación de Hierro fumando —el último libro editado de la colección que junto a las ilustraciones de Antonio Santos publica Nórdica Libros—. En ese terreno casi onírico hoy en día, es donde José Hierro plantaba, entre otras cosas, sus vides, y donde también fabricaba su propio vino que luego se bebía con sus amigos. Tierra errática y pedregosa que, sin embargo, se abre camino para ofrecernos una naturaleza distinta como es la del vino. En la contraportada de la misma, con mucho acierto, han recogido su poema Vino de crianza. 

Dejadme que repose aquí, en mi cuna,

de roble o de cristal, estoy cansado.

Para llegar hasta donde he llegado

sudé de sol a sol, de luna a luna.

 

Robé la claridad sumido en una

raíz de sombra. “El robo que he robado”

lo hice oro y sudé, transfigurado

por la sabiduría y la Fortuna.

 

Terminé mi tarea. Ahora descansa

en la sombra mi cuerpo, en ella amansa

el hervor jovencísimo de antaño.

 

Pero los dioses nunca mueren, juro

que respiro. Y espero muy seguro

de mi resurrección al tercer año. 

Para mi finalizar dejo por aquí mi contribución a esta magnífica publicación con la que conseguí el Tercer Premio  del Concurso de Microrrelatos de La Bodeguita de San Segundo. Se titula, El abrebotellas. 

Tras tu inesperada revelación te miré sin saber qué hacer. Y, tampoco, cómo actuaría a la hora de cumplir nuestras funestas promesas. Admito que tu profesión de sommelier me tenía obnubilada, igual que la forma en la que descorchaste aquella botella de vino en la taberna en la que conocimos. Desde aquel día permanecí hipnotizada por la singularidad del artilugio que inventaste. Es infalible, me dijiste, mientras nos amábamos y jurábamos cumplir nuestras funestas promesas. Funestas promesas que ya no esperan una recompensa a mi singular forma de demostrarte mi amor, como tú sí hacías cuando jugabas con tu arma asesina por todo mi cuerpo. La diferencia estriba en que tú, entonces, solo deseabas prolongar mi placer, y yo ahora, solo espero a que te mueras, porque esa es la única forma a mi alcance de extraerte el abrebotellas que tú concebiste para excitarme y, con el que yo, sin embargo, cumplí la otra parte de nuestras funestas promesas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 21 de junio de 2022

GIORGIO BASSANI, EL JARDÍN DE LOS FINZI-CONTINI: LA DEMOLEDORA MIRADA HACIA UN DULCE Y PÍO PASADO

 


Una de las virtudes presentes en la literatura es la de viajar. Conocer otras vidas y otros mundos. Y, también, hacerlo al pasado. A nuestro pasado. A veces voluminoso, como la mayor de las fortalezas; y otras, efímero como un soplo de nuestro aliento. Viajar, además, nos puede servir para extraernos del alma aquello que se nos quedó clavado en el corazón y la memoria, como pro ejemplo, pueden ser: el poder de una mirada; o en la forma de expresarse de una persona. Aquella a la que amamos una vez; que de alguna manera seguimos amando a lo largo del tiempo y los recuerdos. Giorgio Bassani explora los límites del pasado y del tiempo en su aclamada novela El jardín de los Finzi- Contini, el tercer libro de su serie de novelas sobre Ferrara, y, que en el año 1962, fue premiada con el prestigioso galardón Viareggio. 

La naturaleza de esta novela se incardina en la demoledora mirada hacia un dulce y pío pasado, en el que el protagonista anónimo de la misma revisa su primer amor fallido de juventud. En esa sensación de pérdida y decadencia de la burguesía judía italiana que va dando pasos silenciosos hacia su exterminio sin apenas hacer ruido, es donde Bassani recrea su hacer literario impregnado de notables descripciones del entorno o las discusiones —muchas veces políticas— de sus personajes. Unos personajes que andan perdidos entre el amor frustrado del protagonista, y la sensación de soledad y engaño que el distanciamiento de la realidad que, casi todos ellos profesan por mucho que se alcen como defensores del comunismo o de unan postura más moderada como el socialismo, manifiestan. De ahí, que a lo largo de sus páginas vayamos desgranando ese universo convulso que tiene algunas semejanzas con la novela de Arthur R. G. Solmssen, Una princesa en Berlín; lo que nos ayuda a visualizar, que no a comprender, el horror hacia el que se encaminaba el mundo tras la finalización del Primera Gran Guerra. A pesar del trasfondo en el que se desarrolla, estamos ante una novela iniciática y de aprendizaje, donde de alguna manera trata de imponerse el espíritu del artista que se vislumbra en el protagonista y su necesidad de búsqueda a través del arte, la literatura, y cómo no, la poesía. En ese recorrido, Bassani nos deja muchas muestras de la semblanza artística presente en Italia a principios del siglo XX. Una visión del arte que fija su objetivo en la soledad e incomprensión que su protagonista manifiesta contra sí mismo y contra las corrientes antisemitas bajo el telón del fondo de fascismo y el nazismo, que él, contrarrestará, a través de la necesidad de búsqueda de una libertad completa que vaya más allá de las arcaicas estructuras en las que vive y siente. Romper ese cascarón será, sin duda, su meta. Un camino vital que recorrerá de una forma lenta, pero al final segura, tras ir consumiendo las etapas presentes en el desamor y en su afán a la hora de enfrentarse al mundo lejos de su entorno. 

El jardín de los Finzi-Contini se inicia con un prólogo que es un magnífico retrato de aquello que representan y significan el poder de los recuerdos cuando al atraerlos hacia nosotros de una forma casual rescatamos aquello que fuimos desde lo que somos. Una fórmula o un juego no deseado que, en este caso, nos permitir contemplar un cuadro del final de una época, y la abrupta irrupción de un mundo que lo cambiará todo, desde la percepción de la verdad hasta la funesta manipulación de los más incorruptibles principios. Lealtades y sus espejismos que también se derrumban en la acción de esta novela que, transita de una forma lenta sobre todo al principio, y que en ocasiones se nos muestra dispersa por los múltiples caminos que su autor nos quiere mostrar a la hora de narrarnos una de las partes más convulsas de la historia reciente de Europa y del resto del mundo. En este juego de artificios sin balas ni sangre, sin embargo se adivina esa parte oscura que no parece afectar a sus personajes —imbuidos en sus propias vida—, y que a pesar de todo, los encamina hacia su destrucción vital de una forma cruel y trágica. Ese determinismo de la historia se desarrolla de una forma magistral en la última parte de esta novela, donde aparte de un ajuste de cuentas generacional, se reinterpretan los avatares de la vida de una manera determinante, sobre todo, aquello que en verdad importa: el amor y la vida. Una vida marcada por la demoledora mirada hacia un dulce y pío pasado. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 15 de junio de 2022

THE CHAMELEONS, SCRIPT OF THE BRIDGE (1983): EL ECO DE LA NOSTALGIA

 


Atrapados por el eco de la nostalgia caminamos a lo largo de puentes que no tienen un fin y se convierten en pasarelas infinitas que nos siguen marcando el ritmo de los latidos del corazón. Infinitos. Incansables. Indescifrables. Nos remueven el pasado para mostrarnos aquello que fuimos antes de convertirnos en lo que somos. Caídas en la ciénaga del paso del tiempo que nos manchan la mirada con la nebulosa de unos deseos todavía por cumplir. «No caigas, no caigas», como nos recuerdan The Chameleons en su flamante disco de debut, Script of the bridge del año 1983. A veces, el paso del tiempo parece no existir y la música de este grupo inglés así nos lo atestigua, porque su sonoridad, su eco, su prevalencia de ritmos, guitarras y hechizos así nos lo atestiguan. Canciones que los convirtieron en influyentes a lo largo de los años, y que hicieron de ellos un grupo de culto. Cómo no acordarse de la electricidad apabullante de Don’t fall, una canción única por lo provocativa y novedosa que nos sigue pareciendo casi cuarenta años después, y por la cantidad de grupos que aún siguen imitando el sonido de unas guitarras únicas. Estos herederos del post-punk más electrizante que en su día fueron comparados con grupos como Joy Divison, en la actualidad siguen contando con alumnos aventajados como Interpol o Editors. Secuelas de unas vibraciones que arremeten contra el mundo desde el eco de la nostalgia, y la melancolía que trata de sobreponerse al fin del mundo. Aquel que provocamos con nuestros actos y miradas. Actos sin repercusión alguna y miradas perdidas que, sin embargo, concentran toda su intensidad en pequeñas dosis de genialidad y que, en el caso de The Chameleons, podrían llevar el nombre de canciones como Second Skin y su aterciopelados teclados que tiñen de bruma y pura esencia psicodélica las notas de una canción que se sumerge en la infinitud de la perseverancia de lo intangible, donde la resonancia de la batería es toda una demostración de principios. Ritmos hipnotizantes que se tiñen de oscuro en la cadenas de Pleasure and pain como inicio de un duelo de guitarras que recorre miles de millas de distancia bajo la batuta de Dave Fielding y Reg Smithies, y bajo la atenta voz de Mark Burgess. 

El devenir del grupo estuvo marcado por los diferentes conflictos que mantuvieron con los sellos discográficos y entre ellos, pero antes de que la irracionalidad de los irrenunciables principios hicieran explotar al grupo, Los Camaleones compusieron piezas únicas de música a principios de los años ochenta. Siendo sus señas de identidad las letras de Burgess y su aire entre melancólico y onírico, a lo que habría que unir el afán acústico de sus dos guitarras. Devotos de la evanescencia más atroz, y la rigurosidad mística, elaboraron temas como Less than human, donde las proporciones de sus propuestas se elevan hasta cotas insospechadas. Su sinergia es la del comodín que aparece en la última jugada de la partida, donde la sorpresa hace de relámpago que deslumbra y te infiere grandes dosis de ensoñación y gloria, elementos que sin duda alcanza su hit más épico, su clásico Subiendo por la escalera mecánica de bajada (UP the down scalator), donde el sonido se transforma en un elemento tan compacto que te impide parar de escucharla; tema atrayente como pocos, embrujado bajo la intensidad de unos teclados que se convierten en indispensables y que hacen de la canción una conjunción perfecta de fuerza, ritmo y entusiasmo no exentos de la épica que la erigen en bandera de un disco que, sin embargo, tiene su obra maestra en el tema final: View front a hill  (Vista frente a la colina), en el que la sonoridad de las guitarras nos transporta a ese inicio que nos obliga a repetir: «de nuevo, de nuevo», como si nada de lo que nos ocurrió tras aquella primera experiencia mística de luz y gloria nada más nos hubiese forjado la vida; una experiencia que nos retrotrae al pasado. Una experiencia en forma de historia teñida por los recuerdos que vuelven a nosotros una y otra vez sin pedírselo, igual que la imagen de todas las personas a las que hemos querido, porque su poder está inscrito en el eco de la nostalgia. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 1 de junio de 2022

MOHAMED MRABET, EL LIMÓN: LA LIBERTAD Y SU BÚSQUEDA


 

La oralidad y la lucha que supone en la mezcolanza entre culturas, ritos y tradiciones. La oralidad y su choque directo con los recuerdos. De ahí nacen las palabras de Mrabet y la vida que él recupera a través de la palabra y las señas de identidad que se transfieren al otro como protagonistas sensoriales de vivencias y sentimientos. Lo enigmático y lo sórdido de la cultura marroquí, sus rituales religiosos y cotidianos —con el kif muchas veces de fondo—, y la violencia que transita por sus calles y familias hacen de El limón un testigo directo de una época y de unas vidas que transcurren sin matices entre un límite y su opuesto. Una lucha entre culturas, la europea y la magrebí, que desemboca, en el caso de El limón, en una violencia que nace del desconocimiento y de la falta de respeto hacia el otro. Una cultura, la marroquí, que hipnotizó a muchos artistas e intelectuales occidentales que vieron en ella una oportunidad para la libertad; un territorio donde la ausencia de normas era la excusa perfecta para vivir. Unas normas que, sin embargo, sí existían y ellos obviaron a la hora de residir en su particular paraíso de sexo, alcohol y drogas que se adelantó a su posterior implantación en Europa. Unos tiempos de decadencia, guerras y huidas que produjeron obras literarias, casi siempre enigmáticas y convulsas, como El almuerzo desnudo de William Burroughs, o los relatos cortos de Paul Bowles que, junto a su mujer Jane Bowles —Cabeza de gardenia como la llamaba Truman Capote—, y de la mano entre otros de Emilio Sainz de Soto-Lyons, hicieron de sus calles, medinas y mezquitas un mapa geográfico distinto y lejano de todo aquello que los oprimía. En este sentido, la libertad y su búsqueda en El limón de Mohamed Mrabet, forman parte de un cuento largo al modo de Las mil y una noches que el músico y escritor norteamericano Paul Bowles transcribió de lenguaje dialectal de Mrabet al inglés, convirtiéndolo en una sucesión de imágenes, aventuras y sucesos de un niño de 12 años, Abdeslam, que en principio rechaza la violencia y que luego encuentra en ella la única vía de salida hacia aquello que le oprime. Narrado en un estilo directo donde Bowles hace de narrador omnisciente para darle sentido a aquello que escucha grabado en una cinta, El limón nos da una visión más de la vida inherente a todos aquellos libros de iniciación y, que en el caso que nos ocupa, también podríamos añadir de viajes, como en su día lo fueron La carretera de Jack Kerouac, las novelas de John Fante o las de Bukowski. ¿Entonces, cuál es la diferencia entre unos y otros?, pues que en El limón, el protagonista solo es un niño. Y su devenir existencial destila, por una parte, la inocencia de la infancia, y por otro, la necesidad de vivir lo más intensamente posible, lo que convierte a esta narración, también, en un libro confesional. De todo ello, nos habla un Mohamed Mrabet que ya deleitó a multitud de lectores con su primer libro, Amor por un puñado de pelos, que sigue el mismo entramado de oralidad y transcripción por parte de Paul Bowles. Gracias a esa colaboración nos ha quedado una huella literaria de aquel Marruecos oscuro y distinto, y que alcanzó su máximo esplendor en la ciudad de Tánger, donde unos y otros pusieron todo lo mejor y lo peor de sí mismos a la hora de marcar una época: la de la libertad y su búsqueda. 

Una época, y su sentido, que quedan perfectamente retratados en el Poema Casi nada que Paul Bowles escribió a Jane, cuando ésta falleció en Málaga el 4 de mayo de 1973: «Al principio había barro, y el sonido de la respiración, Y nadie sabía dónde estábamos. Cuando lo averiguamos, era demasiado tarde. Nada puede ocurrir ya salvo como ha de ocurrir. Y además, estaba solo y no importaba. Sólo porque entonces nada podía importar. *** Creíamos que había otros caminos. La oscuridad quedaba fuera. Nosotros no somos eso, decíamos. No está en nosotros (…) *** Hubo un tiempo en que la vida era más alegre. Bebíamos aún el agua del lago, El cubo salía fresco y fragante con el olor a agua profunda. La canción se oía en todas partes aquel año, un absurdo estribillo: Parece tanto tiempo, y no lo es. Parecen tantos años, y tal vez sea uno. Cuando los árboles estaban allí me preocupaba que estuvieran allí, y ahora han desaparecido. Para salir tomamos la senda que rodea el pantano. Cuando emprendimos el viaje de regreso la marea había subido. Había otro camino pero quedaba muy arriba y era difícil llegar. Así que esperamos aquí, y todo sigue igual. *** Había muchas cosas que quería decirte antes de que te fueras, y ya nunca te las diré. Aunque el sol inunda la terraza formando las mismas sombras en los mismos sitios, sólo lo veo yo, sólo yo oigo el viento y es demasiado fuerte. El mundo hierve de palabras. Perdóname… 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 24 de mayo de 2022

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID SU ÚLTIMA NOVELA, LA NOCHE QUE LUIS NOS HIZO HOMBRES (EDICIONES SESHAT): 29 DE MAYO DE 13 A 14 H, CASETA 270

 


Los recuerdos y su impacto sobre el presente. Los recuerdos y el dibujo que dejan en nuestras vidas. Los recuerdos y la barrera que representan entre realidad y ficción… ¿Qué le ocurrió al protagonista de esta novela tras la derrota del Atlético de Madrid en la final de la Copa de Europa de la temporada 1973-74? Como nos dice él: «Aquella noche, mis amigos y yo, comprendimos en unos pocos minutos qué es ganar y perder al mismo tiempo. Soñar ilusionados y despertarnos hundidos. Ficción y realidad frente a frente. Igual que si fuéramos los protagonistas de un relato literario salpicado por los sinsabores de la vida. Aquella noche Luis nos hizo hombres.» 

El protagonista sin nombre de esta novela vuelve la vista atrás cuarenta años después de aquel partido. Lo hace a su infancia, a su barrio del extrarradio de Madrid —La Elipa—, y al fútbol. En él, busca de nuevo las sensaciones que el deporte rey le transmitieron cuando se limitaba a dar patadas a un balón. Y, para ello, busca el apoyo de la figura de Luis Aragonés como catalizador de sus sueños y del reflejo que la vida deportiva de El Sabio de Hortaleza ha ejercido sobre el fútbol español, pues gracias a su gran espíritu combativo e inteligencia fue capaz de cambiar el devenir de este deporte y su historia convirtiendo las derrotas en victorias. Como nos dice el protagonista de esta historia: «Las grandes victorias se generan en la adversidad que las precede. En esa soledad donde solo tienen cabida la inteligencia y el amor propio que van más allá de las modas. Allí donde el tiempo es juez y parte de nuestro destino. Allí donde nadie más que nosotros conoce el sabor amargo de esas mudas victorias que, poco a poco, se gestan en el silencio de la noche.» 

Ángel Silvelo, el autor de La utopía del portero, novela con la que ganó el I Premio de Novela Breve Carlos Matallanas en 2019, nos presenta ahora un relato lleno de casualidades y anécdotas que giran en torno a la nostalgia de la inocencia de la infancia, a la fragilidad con la que un niño se enfrenta a la vida, y al recuerdo que aquellas experiencias —sin ser consciente de ello— le han ido marcando a lo largo de su existencia. Experiencias que ahora sabe que le marcaron el carácter, porque los recuerdos, en ocasiones, nos llevan a revivir historias del pasado que ya creíamos olvidadas y que, sin embargo, se proyectan sobre el presente de una forma amenazadora. En esa nebulosa, donde el paso del tiempo, el fútbol, y su mundo, ejercen de línea argumental y de argamasa de la vida es de la que parte La noche que Luis nos hizo hombres para recordarnos que el fútbol es vida, y que la vida es fútbol. Como dicen los aficionados a este deporte: toda una vida cabe en un partido de fútbol. Algo que es cierto si recordamos a Carlos Matallanas cuando dijo: «El partido sigue». 

Cuarenta años después, al protagonista sin nombre de esta historia, los campos de fútbol se le presentan como espacios fronterizos entre realidad y ficción en los que anclar sus sueños y borrar los errores de su vida. Lo que de alguna forma consigue al rememorar la carrera de Luis Aragonés desde aquella mítica final de la Copa de Europa del año 1974 frente al Bayern de Munich en el estadio de Heysel de Bruselas, hasta el partido contra Alemania en la Eurocopa Austria-Suiza de 2008 que supuso un nuevo triunfo del combinado nacional cuarenta y cuatro años después. De ahí, que el mensaje que prevalece a lo largo de esta novela sea el de que la única esperanza que nos queda es la de soñar cada día, aunque se fracase. Igual que si fuéramos un portero de fútbol que, cada vez que saca la pelota de su portería, en lo único que debe pensar es en ganar, ganar y ganar. «Eso es el fútbol, señores», como dijo Luis Aragonés.

domingo, 22 de mayo de 2022

SALVANA Y SU HOMÓNIMO EP: LIRISMO Y PENUMBRA RASGADOS POR LA PASIÓN


 

Las pasiones vitales en ocasiones se dirimen en ecos que van y vienen como un péndulo que hace el recorrido del ying y el yang en un mismo viaje. Y ese rasgo que se define como una fractura contra las medidas y la estabilidad nos produce un cierto desasosiego. De ese caos infinito, por su capacidad para reproducir su movimiento una y otra vez, surge un lirismo y una penumbra rasgados por la pasión. Algo parecido es lo que sucede con las afiladas y oscuras guitarras del cuarteto barcelonés Salvana (Laura S. Núñez, Carlitos Nieves, Pablo Porcar y Ana Gavidia). Rasgan y rasgan la oscuridad en busca de un rayo de luz y de ese soplo de aire que nos eleve por encima de un suelo no deseado. Sus argumentaciones parecen claras y sus resultados también, porque no hay indefinición en sus canciones, sino una aplastante apuesta por la contundencia envuelta en una nebulosa incierta sobre las que se envuelven unas letras al servicio de unas melodías hipnóticas que van desde el shoegaze de Ingrávida en el que nos recuerdan al extinto grupo gallego Nadadora, hasta el lirismo de Keroseno donde los ecos de Cocteau Twins se hacen más que palpables. Más allá de las comparaciones, su música surge con el acierto de quien necesita gravitar por su particular mundo sonoro que, en el caso de Salvana, es dulce y agreste a la vez, tierno y voraz, lírico y desgarrador. 

En las canciones de su EP homónimo, que les sirve de presentación, han cuidado con una exquisita escrupulosidad su mensaje, tanto musical como visual, uniendo evanescencia y lirismo; un mensaje donde la noche y la oscuridad juegan un papel importante, sin dejar por ello de lado las oportunidades que ambas disciplinas les pueden proporcionar. Hay intención de juego y de escape en sus canciones, desde ese pequeño corte en forma de intro que es A01 hasta Keroseno, una gran canción que resucita el virtuosismo de unas guitarras muy cercanas a esa ingravidez que te produce la sensación de plenitud que les sigue a cada nota musical que producen. Algo parecido es lo que ocurre en Tenue —aunque de una forma más amortiguada—, otra gran canción que desemboca en ese tipo de sensaciones ocultas que, por íntimas, sólo le pertenecen a quien las experimenta. Con Jean-Baptiste, el segundo single de este EP, Salvana ya nos anunciaron la potencia de sus ecos; mensajes plenos de una reverberación que va y viene en busca de esos puntos altos y bajos que caracterizan a las melodías del grupo. En un punto más íntimo, si cabe esa expresión en las canciones de Salvana, nos encontramos con Ultramar, donde las distorsiones aparecen atenuadas por la calma de un tema que nos propone la versión menos angulosa del grupo barcelonés. Algo que se podría decir también de Cobre, un tema que interpretan junto a Víctor García-Tapia. 

Salvana y su EP homónimo son una magnífica propuesta de canciones y visiones arropadas por la necesidad de buscarse a sí mismo en la oscuridad de la noche; un espacio o lugar donde lirismo y penumbra son rasgados por la pasión.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de mayo de 2022

IRÈNE NÉMIROVSKY, LA VIDA DE CHÉJOV: EL ARTE QUE SE ALZA SOBRE LA VIDA


 

La vida, en ocasiones, se asemeja a un junco. Un junco que se mueve al ritmo que el viento le marca. Un junco que permanece aterido bajo la nieve en invierno y seco en verano. Ese junco, a través de su movimiento, es capaz de componer una melodía. Una música de los días y las noches. De los silencios y penurias. De los rayos del sol que le enarbolan como el símbolo de la tenacidad de aquel que nunca se vence. Del ejemplo de la sobriedad sobre la belleza que acapara el resto del mundo. El junco y su soledad son como una marca que marcha indisoluble a nuestra piel. Una marca que no se ve, pero que siempre está ahí, con nosotros. De este modo, esa lucha del hombre contra el mundo, en el caso de Chéjov, bien podría representar el arte que se alza sobre la vida. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín en el que nadie pudiera molestarle, y desde allí, primero escribir para sobrevivir, y después, construir su obra dramática con las escasas fuerzas que su discurrir vital le había dejado y la tuberculosis, cada vez más agresiva, le iba permitiendo. El caso de Chéjov, y su temprana muerte, siempre nos dejará con la incógnita de hasta dónde hubiese llegado la grandeza de su obra, de por sí gigantesca. Una circunstancia que comparte, entre otros, con los poetas británicos Keats, Byron o Shelley, o con el Premio Nobel de Literatura Albert Camus, o con el poeta portugués Fernando Pessoa, y por qué no, con la autora —Irène Némirovsky— de esta exquisita biografía novelada, sensible en ocasiones y cercana siempre al hombre y su obra. Una biografía que se asemeja a esa luz de la tarde que antecede a la noche y se cuela por las ventanas de nuestra casa al final del verano. Una luz tenue, lánguida que apenas roza los límites de las paredes de la habitación en la que nos encontramos. Así resurge la vida de Chéjov en las manos de Némirovsky. Pulcra y emotiva, para de ese modo, dejar fe de una existencia donde las puntiagudas aristas de la vida tienen la capacidad de seducción del reflejo del sol los últimos días del verano. Luz amortiguada por la sinuosidad de los acontecimientos de este hijo de tendero, donde los suaves detalles, insignificantes para la mayoría, aquí adquieren, gracias a la maestría de Némirovsky, el designio turbulento de las vidas marcadas por la soledad. Detalles que tienen unos efectos terribles, como lo son, por ejemplo, los de su miserable infancia en Taganrog, rodeado de hermanos, de la violencia de su padre, o del sacrificio constante de su madre. Obligado a trabajar desde muy pequeño en la tienda del padre, Chéjov pronto encontrará alivio para su alma en la literatura y las composiciones que desde edad temprana comienza a escribir. Entre el ruido que le rodea, la escasa luz, y el cansancio, Antón Pávlovich Chéjov —Antoncha— supo resarcirse de su destino. Esta singular situación de auto aislamiento coincide, sin duda, con la vivida por Irène Némirovsky mientras terminaba de escribir esta biografía de su maestro a las afueras de Issy-l’Évêque en la Borgoña francesa. Lo hacía sentada en el bosque desde muy temprana hora y consciente de que sus días estaban contados tras su salida de París. Ese viento que movía las hojas de los árboles que cobijaban a Némirovsky, sin duda, se parecía mucho al que entraba en la habitación de Yalta en la que vivió Chéjov sus últimos años. Viento revelador de verdades y mentiras, deseos y frustraciones, enfermedad y muerte. En esa geografía de la fatalidad marcada por el destino de la historia del hombre, se desarrollaron las vidas de estas dos figuras de la literatura, en las que el ardor mostrado por la escritora ucraniana contrasta con la serenidad del escritor que nació a orillas del mar Azov. 

En La vida de Chéjov, asistimos, una vez más, a la maestría literaria de la escritora Irène Némirovsky, en la que de una forma escrupulosa y seductora, nos va mostrando la biografía del «más humano de los hombres» como lo define ella misma. En esa plasmación de las diferentes etapas por las que atraviesa la singular existencia de este médico, siempre preocupado por sus semejantes más desfavorecidos —una labor que antepuso a la de su faceta de escritor—, asistimos al retrato de un hombre tímido y sin embargo pasional, alegre con los suyos y sin embargo pesimista con su enfermedad, generoso con los demás y sin embargo pulcro con su forma de expresar sus sentimientos al gran público. Incomprendido. Adelantado a su tiempo. Siempre visionario de esa otra realidad que se sumerge bajo las aguas de la vida, Chéjov fue el representante de un mundo en descomposición; un mundo que aún tardará muchos años en recomponerse, si acaso alguna vez lo ha hecho. Un mundo que, en su caso, representa el arte que se alza sobre la vida. La propia y la ajena. 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 13 de mayo de 2022

MANUEL MOYA, LA MAÑAS DEL COLIBRÍ (IX PREMIO INTERNACIONAL JOSÉ BERGAMÍN DE AFORISMOS): UNIVERSOS SIMBÓLICOS NO APTOS PARA HIPÓCRITAS

 



El canto del colibrí se cuela por nuestras ventanas a primera hora de la mañana. Alegre. Travieso. Bucólico, pero no inocente. Lo hace por el mero hecho que sus sonatas son como universos simbólicos no aptos para hipócritas. El colibrí no miente, si acaso se acerca al muro donde la metáfora es pura gloria. Infinita y perversa. Caleidoscópica y mundana. Por lo de «no me toques que te que te». O porque se parece a ese dicho popular de: «no me toques las palmas que me conozco». Las mañas del colibrí son pura provocación. Literaria. Cultural. Vital. Deshumanizante. No confundir con poética, que también, pero sobre todo simbólica y adherida a esa no-verdad que solo entiende el poeta. Canto o trino de colibrí que trasciende a la anécdota para convertirse en sentencia. No penal. No judicial, pero sí vivificante. Algoritmos de alegrías, penurias y, sobre todo, agudeza. La del que observa y se detiene en lo observado. Manuel Moya aparece aquí como el escritor que tamiza planos de vida. Secuencias de llantos. Travellings de gozo, dulzura y éxtasis. Nada se resiste a su mirada. El uno y el otro. Pessoa y Lisboa. El tango y su trasluz tamizado en flamenco. Y, también vivaz en cada uno de estos aforismos encadenados a la lujuria de la palabra, del nombre, del adverbio, de la preposición o la maleza que él nos separa para que veamos algo nuevo y nunca pensado, salvo por él. Esa originalidad del destierro y el desterrado es la que participa de cada uno de estos juegos gramaticales hechos con la masa del pan del poeta travieso, divertido y ajeno a las modas. El sí porque sí de su prosa se fundamenta en el natural vivir que no persigue más gloria que el don de la palabra y su acierto. Así, el resultado de todo ello es un marcador sin guarismos que, sin embargo, nos resulta demoledor, sarcástico, puntiagudo, divertido y con un punto de sabiduría picante y traviesa. 

Las mañas del colibrí son la metáfora de la cadena que nunca se acaba, tal vez porque son mundo cargado de palabras reconvertidas en un trino esclarecedor e insinuante. Cómplice de nuestras tretas y sueños. Melodía infinita que lo abarca todo, y transforma la realidad en lo que es: el producto del desecho humano que obvia su final. En este camino, sin duda, surge el alma del poeta que reside en su autor, y que deja entrever en sus inesperadas observaciones vinculadas a ese más allá que la mayoría no ve. Comparaciones y términos definidos con una sutil inteligencia que los enfrentan y confrontan. Guerras sin cuartel que se despachan en universos simbólicos no aptos para hipócritas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 3 de mayo de 2022

MANUEL MOYA, LLUVIA OBLICUA: EL PODER DE LO IMPOSIBLE QUE SE ENCUENTRA SUMERGIDO EN EL MUNDO DE LAS SOMBRAS

 


¿Existe el poder de lo imposible? Aquel que se aferra a nuestras vidas de una forma tan caprichosa como delatora. Ese poder que se transfiere de los muertos a los vivos y nos mantiene en una continua tensión bajo un abrazo imaginario que, sin embargo, da cuerpo a todo aquello que de trascendente o universal tiene lo que en verdad importa. ¿Qué es lo que en verdad importa, la vida o el sueño? Soñar que sueño como diría Pessoa aferrado a la lluvia infinita que gobernó su vida y parte de su obra. Lluvia oblicua que se encargó de desdibujar su semblante y su figura hasta convertirlo en sombra. Sombra de sombras en la que se erigió como el dios perdido de una ópera trágica y oscura. Lírica y patriótica. Esotérica y nómada. Así, como un extraño dentro sí mismo habitó su vida; un puro teatro de voces en el cada una de ellas surgía como el poder de lo imposible que se encuentra sumergido en el mundo de las sombras. Sombras hechas voces. Y voces convertidas en poesía. El hombre que caminaba sin pisar el suelo fue el paradigma de la derrota; una derrota que, sin embargo, siempre nos habla de la dignidad del fracaso: «Los jóvenes me aprecian simplemente porque he fracasado. Todos los jóvenes del mundo andan fascinados por la derrota. Todos buscan el ejemplo del fracasado. Si por ellos fuera, pondrían estatuas del fracaso en todos los parques. Son jóvenes y por tanto disculpables. Un poeta está realmente jodido cuando en vez del fracaso, que es su estado natural, piensa en el éxito. Entonces ya está muerto, porque el éxito y el fracaso no son más que dos equívocos, dos ficciones sin valor. Éxito y fracaso son la misma cosa: nada. Solo que quien consigue el éxito no puede ya ignorar de qué clase de insustancial materia está hecho el éxito. Del fracaso se sale, del éxito no.» 

Manuel Moya en esta magnífica y singular, profunda y acertada Lluvia oblicua nos relata con una potente voz llena de registros pessoanos los últimos días de un Pessoa que, comienzan igual que el día en el que después de pedir a su barbero Manassés que le afeitara antes de que le llevaran al Hospital de San Luis de los Franceses —como también nos relata Tabucchi en su magnífico relato Los tres últimos días de Fernando Pessoa— ingresó en el mismo para fallecer la tarde-noche del sábado 30 de noviembre de 1935. Pues el resto de esta espléndida narración es la de un sueño, en la que su autor Manuel Moya lleva de la mano al poeta por todos aquellos lugares y costumbres que hicieron de él un ser único. Un hombre que transitó la mayor parte de su vida por un kilómetro cuadrado. Moya, profundo conocedor de la vida y la obra del poeta más universal de las letras portuguesas, nos muestra esa senda plagada de estaciones que, a  modo de viacrucis, va recorriendo hasta su final, y en donde la sempiterna lluvia que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas se convierte en la protagonista y elemento aglutinador de una vida irreal, onírica y caprichosa; una representación de los últimos pasos de Fernando Pessoa por las adoquinadas calles de una Lisboa arrebatada al paso del tiempo: «Lisboa y sus casas de varios colores…/ a fuerza de monotonía es diferente». Una monotonía que, a modo de prisión, persiguió el tragaluz por el que se acabó colando la vida, que no la figura, del poeta. En apenas ciento treinta páginas Manuel Moya nos enseña la esencia de una existencia plagada de sueños sin realizar y sonoros fracasos. Sueños y fracasos que no menosprecian la invocación del cariño ajeno del que tan huérfano se encontraba Pessoa, ni tampoco la manifestación de una soledad perdida en la oscuridad de un arcón cargado de papeles, miedos y promesas. Ajeno al mundo, e inmiscuido en su propio sueño, los pequeños detalles que nos proporciona Moya se alzan como auténticos símbolos de una epopeya: la pitillera de plata que le regaló su amada Ofelia, el trozo de papel en el que trata de despedirse de Magde, la cartera desprovista de documentos que albergar, su sombrero, la gabardina desteñida y raída, su pajarita…, y el eco de su voz que se vuelve único, universal y magistral cuando arremete contra sí mismo y sus palabras. Por si esto fuera poco, Moya nos ilustra ese espacio geográfico con detalles minimalistas de las casas, escritorios, máquinas de escribir, bares y estancos que nos alumbran el recorrido último de Pessoa por la calles de su implorada Lisboa, eso sí, con una lluvia infinita a cuestas, algo que, por ejemplo, ni el propio Saramago hizo en su célebre novela El año de la muerte de Ricardo Reis. 

Manuel Moya en Lluvia oblicua nos proporciona una extraordinaria semblanza del final de un poeta único que fue capaz de crearse un mundo para sí mismo, porque en el que nació, a los cinco años —cuando murió su padre— dejó de interesarle; un mundo que, de repente, se convirtió en un espacio agreste y solitario; un mundo sin amor; un mundo exento de la expectativa tanto del futuro como de la palabra éxito. Un mundo cercano a esa entelequia que, quizá, nunca llegó a descifrar, y donde el poder de lo imposible se encontraba sumergido en el mundo de las sombras. 

«Se ilumina la iglesia dentro de la lluvia de este día,

Y cada vela que se enciende es más lluvia que golpea en el vitral…

Me alegra oír la lluvia porque ella es el templo encendido,

Y los vitrales de la iglesia vistos por fuera son el sonido de la lluvia oído por dentro…

 

El esplendor del altar mayor es que casi no pueda ver los montes

A través de la lluvia que es oro tan solemne en el mantel del altar…

 

Suena el canto del coro, en mí latín y viento sacuden el vitral

Y el chirriar del agua en el hecho de haber coro…

 

La misa es un automóvil que pasa

A través de los fieles que se arrodillan hoy que es un día triste…

De repente el viento sacude un esplendor mayor

La fiesta de la catedral y el ruido de la lluvia todo lo absorbe

Hasta sólo oírse la voz del padre agua perdiéndose a lo lejos

Con el ruido de las llantas del automóvil…

 

Y se apagan las luces de la iglesia

En la lluvia que cesa…» 

(Extracto del poema Lluvia oblicua) 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 29 de abril de 2022

ALICE MUNRO, DEMASIADA FELICIDAD: LA CRUEL SOLEDAD DEL DIFERENTE

 


Soledad. Soledad como la fuerza que nos somete a lo largo de la vida. Soledad que no desaparece con la muerte. Esos reflejos interiores que nunca llegan a atisbarse en un mundo hostil y primitivo. Reflejos alejados de todo aquello que lleve la marca de la felicidad. Entonces, ¿qué representa ese efímero trasunto que deviene en demasiada felicidad? Esa demasiada felicidad que Munro nos presenta en esta colección de relatos es un mero deseo. Aquel que siempre anhelamos. Aquel con el que soñamos de una forma obsesiva. Aquel que no es real. En este caso, como ocurre en la obra de la escritora canadiense, las aguas subterráneas por las que fluyen sus relatos no dejan de correr por su mente. Por sus historias. Por sus vísceras. Aguas que salen a la luz en narraciones afincadas en una realidad muchas veces hostil y que huyen de ella asociadas a la indiferencia. Vidas anónimas que también necesitan de algo de cariño. Un cariño que parece que nunca encuentran, porque Munro indaga en los secretos que mueven nuestras vidas y en las atrocidades que éstos engendran. El resultado de todo ello convierte a sus personajes en seres débiles y sensibles que necesitan de ilusiones efímeras o absurdas que se crean ellos mismos para sobrevivir. La vida, en estos casos, es un espacio de ausencias, tal y como ocurre en el relato, Dimensiones, que abre esta recopilación. Ausencias que, sin duda, necesitan aliarse con el destino, y donde las historias contadas lo son de vidas paralelas que no tienen nada en común, salvo la soledad. Vidas paralelas que, sin embargo, acaban uniéndose en un enigmático final —marca de la casa— que nos ofrece la posibilidad de terminar o reinterpretar lo leído o imaginado. Un azar y sus consecuencias que está presente en El filo de Wenlock o en Pozos profundos, donde las historias quedan inacabadas, suspendidas en el aire, en la soledad y en la búsqueda de uno mismo y el resultado insatisfactorio que eso conlleva. Rastros de rostros que no acaban de romper con su pasado, porque siempre hay un lugar al que volver aunque éste sea el equivocado. 

Alice Munro conocedora de que en la literatura hay que saber seducir al lector para mantenerle atento a aquello que se le está contando, emplea distintas formas para atrapar y engañar al lector. Una de ellas es la de llevarle por un camino que luego se desvanece y que al final resurge, para de esa forma, darle un sentido a la historia. Una técnica del relato corto que se denomina como la historia oculta o subterránea. Esta técnica es la que la escritora canadiense emplea en Radicales libres, en la que la soledad de los personajes y su desarraigo frente al dolor y la vida son los verdaderos protagonistas. Un desarraigo que se alza como otro de los aciertos narrativos de la Munro, y que sin duda, se convierte en magistral cuando lo emplea en sus particulares viajes hacia la infancia presentes en algunos de su relatos. Aquí, los recuerdos de la infancia transitan imborrables hasta el final de nuestras vidas. Recuerdos apegados a lugares, casas y estancias donde, quizá, una vez fuimos felices como solo se puede ser feliz cuando eres niño, donde el corazón todavía no ha sido abrasado ni por la ira ni por el rencor. Viajes que solo se entienden en la soledad del tiempo. Sin embargo, no todo es felicidad en Demasiada felicidad, porque la autora también utiliza esa vuelta al pasado para hacer presente la crueldad que manifiestan los niños contra el diferente, el malformado o el retrasado, y que, en Juego de niños, se plasma en una larga historia llena de vaivenes que en un momento dado te obligan a ir en busca del final. Un final cruel y sin cerrar a pesar de que se intuya sin dificultad el destino de una de las protagonistas. Destino para el que Munro afila el cuchillo que representa su escritura mordaz y valiente. Un estilo que la define y en este relato pone al servicio de la soledad infantil que va dejando rastro a lo largo de nuestras vidas, a pesar de que éste sea una rastro sangriento. 

Hay que llegar al final del libro para dar con la joya literaria de esta recopilación de relatos, pues el que da título al mismo, Demasiada felicidad, es toda una obra maestra del arte de escribir. En esta pequeña biografía de la matemática rusa Sofia Kovalevski, Alice Munro nos proporciona una clase magistral de contención, frialdad, y perfección narrativa a la hora de relatarnos los últimos días de la matemática rusa, y lo hace con una mirada inequívocamente sublime hacia el personaje, lo que nos obliga a no dejar de leer. Demasiada felicidad es la partitura de una hermosa historia de amor y desencuentros. De atrevimiento y desencanto. De valentía y renuncias. Una historia plena de magnetismo. Intensa. Mágica como un cuento de hadas. Reveladora como el mayor de los milagros. Una historia donde la nieve hace de justiciera maldita y atroz,. Una historia que en su último capítulo llega a la perfección. La limpieza con la que Munro afronta esta biografía es admirable, porque nada falta y nada sobra  en esta brillante narración teñida por el infortunio y la soledad que nos acoge a lo largo de nuestras, a pesar de que en ella tenga cabida la frase demasiada felicidad como expresión de ese último deseo que nos acoge antes del final. Una felicidad que, sin embargo, se transforma en la cruel soledad del diferente. 

Ángel Silvelo Gabriel.