
Su cuerpo se fue apagando poco a
poco desde su llegada a la ciudad de Roma. Unos días antes de su muerte, el
malogrado poeta británico le transmitió a Joseph Severn, su fiel
amigo y cuidador hasta el final, el famoso epitafio que está grabado en la
lápida junto a una lira a la que le faltan la mitad de sus cuerdas como símbolo
de su aciago destino. En la novela, Los últimos pasos de John Keats,
ese instante se recoge así: «Le confieso a Severn algunos de mis pensamientos,
justo aquellos que conjugan una parte de mis sepulcrales deseos... y todo se
diluye de nuevo, como si mis palabras fuesen la melodía de un delicioso sueño.
Me quedo en silencio, pero el sigilo de la noche y el frío viento de este duro
invierno me acercan el sonido del agua cual cascada arrebatadora. Y tengo una
premonición, porque ya sé lo que significa esa triste melodía. Sin necesidad de
incorporarme, escucho el monótono gorgoteo de los chorros teñidos de violeta de la triste Barcaccia
hundida sobre tierra firme. Y, en la oscura quietud que reina en la soledad de
la noche de la Piazza di Spagna, le
digo a Severn que se pare a escuchar, y mientras me hace caso, le formulo un
nuevo deseo: Severn, quiero que en mi lápida se grabe la siguiente inscripción,
“Yace aquí uno cuyo nombre fue escrito en
el agua”. Y, añado: poema misterioso
que nadie escribirá; imagen sepulcral que en sí misma, es mi sola paz presente.»
Hoy, 23 de febrero de 2026, se
cumplen 205 años de su muerte, y ese epitafio —uno de los más hermosos que existen—
preside su tumba. Una sentencia que no puede estar más alejada de la realidad,
porque a pesar de que murió pobre, olvidado y lejos de su tierra natal con el
paso del tiempo su figura y, sobre todo, su obra, le han hecho eterno como sólo
pueden serlo los más grandes. Su poesía redescubierta por los críticos ingleses
50 años después de su muerte fue ensalzada a la altura de la obra literaria de Shakespeare.
Y ahí sigue, en esa cima inalcanzable, hasta nuestros días. Keats no
tuvo una vida sencilla, siempre presidida por la enfermedad, en concreto por la
tuberculosis, la causa de su muerte y la de su madre y hermano pequeño. Desde
su llegada a Roma apenas salió de la Casina Rossa situada en el número 26 de la
Plaza de España. En esa cárcel con barrotes de oro que para él representaba la
Ciudad Eterna mientras pudo andar se acercaba con Severn al Caffé Greco
donde charlaban de literatura y fantaseaban diciéndose que allí también
estuvieron sentados en sus sillas de terciopelo rojo Byron y Shelley
cuando pasaban por Roma; o también allí, aislado del mundo, Keats
establecía sus diferencias compositivas con Wordsworth y Coleridge
y recordaba su proximidad al misterio de las composiciones de Shakespeare.
Después, sólo quedó el miedo a abrir las cartas que le llegaban desde Londres
de su amada Fanny Brawne y el dolor que éstas y su enfermedad le
debilitaban su alma y su cuerpo. Un dolor acompañado de los sangrados que
vertía por su boca procedentes de sus desgastados pulmones. El doctor Clark,
que le asistió hasta su muerte, no daba crédito a la resistencia que la
naturaleza del poeta mostraba al avance de la tuberculosis, quizá fuese por su
juventud (pues falleció con apenas 25 años cumplidos) o por su sempiterno deseo
de trascender más allá de su vida, los que ejercieron el milagro ante tanta adversidad.
En aquellos días finales: «…en esta errática soledad romana, mi único consuelo
se encuentra en las largas y armoniosas lecturas de Severn. Yo le reclamo los
clásicos, pero en ocasiones, nos tenemos que conformar con algunos ejemplares
de periódicos ingleses que todavía nos hacen llegar. Sin embargo, pienso que,
ya ni el deseo de poder escuchar un poco de buena literatura me resulta
concedido, pues entre mis peticiones se hallaban los libros de Platón, Madame
Dacier o El progreso del peregrino de
John Bunyman y no pude satisfacer ninguna de ellas, menos mal, que Severn
encontró en la biblioteca algunas novelas de Miss Edgeworth, y para mi
sorpresa, me leyó algunos capítulos de El
Quijote de Cervantes. Aunque es verdad, que no todo es negativo en este
camino lleno de piedras por el que transitamos. En él, también hay pequeños
tesoros escondidos que de vez en cuando encontramos. Para Severn y para mí, uno
de esos tesoros hoy nos ha llegado de la mano de un libro cargado de
esperanzas. ¿Por qué no pueden ocurrir cosas hermosas en el fango de las
desgracias? Esta noche, antes de que me acogiera el primer sueño, Severn me
estuvo leyendo algunos pasajes de The
Rule and Exercise of Holy Dying, de Jeremy Taylor, que se encontraba dentro
del volumen de sus obras que él encontró por casualidad en la biblioteca. Su
lectura fue como el mejor de los bálsamos, pues apaciguó la desazón de mi
cuerpo hasta llevarme al letargo más profundo. Dulce devocionario que me
transmitió la bondad que últimamente sólo había encontrado en la belleza de la
ciudad de Roma. Me sentí como si de nuevo hubiese abandonado mi cuerpo en una
rápida ascensión a los cielos. Nadie había allí a dónde llegué. Nada más
reinaba el silencio.»
Un silencio que, antes de que se
convirtiera en piedra, aún fue quebrado por sus póstumos anhelos: «…antes de
que el don del lenguaje me abandone, quiero pedirle mis últimos deseos a
Severn: en la quietud y fría soledad de mi ataúd, deseo que me acompañen las
cartas de Fanny y mi hermana, y un mechón de pelo de ésta. Y mi último
capricho… mi último capricho será que las margaritas crezcan sobre mi tumba,
cual manto que acoja a mi sueño eterno… Me he vuelto a quedar dormido y, al
abrir los ojos, lo primero que observo son unas flores encima de mi cabeza. La
fiebre no me deja ver y sentir otra cosa, y ni siquiera sé si Severn está a mi
lado, pero llevado por una fe ciega hacia aquello que veo, exclamo: “¡siento crecer las flores sobre mí!”». Cinco días después fallecía al lado de su
inseparable amigo.
¿Qué cabe en la mente de un poeta
que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta y, mucho
menos, cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del
Romanticismo y, menos aún, cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa,
sólo es atemperada por la melancolía. John Keats, el hombre que siempre
andaba con un libro en el bolsillo (tal y como lo describió Cortázar),
falleció a las veintitrés horas del veintitrés de febrero de mil ochocientos
veinte uno. Lo hizo en calma, y acompañado de su inseparable y buen amigo
Joseph Severn. Éste describe su muerte en una carta que escribió cuatro días
más tarde, el 27 de febrero de 1821: «Ya
no existe; murió en la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño.
El día veintitrés, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó.
“Severn… yo… levántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé
firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…” Lo levanté en mis brazos.
La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que
él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía
creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho
por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto.
Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los
médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes
acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se
preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora
estoy mejor, pero aún, totalmente impedido.
La policía ha estado
aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado,
pero el doctor Clark atiende a todo.
Con mis propias manos puse las cartas en su
ataúd».
Después, llegó el reconocimiento
de sus amigos, el Adonais de Shelley que, al poco tiempo, le
acompañaría en el cementerio de Cayo Cestio y, sobre todo, su obra. Sus famosas
odas convertidas en patrimonio cultural de la humanidad. Una muestra, donde el
hombre a veces y, contra todo pronóstico, se superpone al inmenso poder del
paso del tiempo.
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«Me duele el corazón y aqueja un
soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.»
(Extracto de la Oda a un
ruiseñor de John Keats).
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Ángel Silvelo Gabriel, autor de la novela Los
últimos pasos de John Keats.