domingo, 29 de enero de 2023

SECOND PRESENTA FLORES IMPOSIBLES EN MADRID DENTRO DEL INVERFEST 2023: UN VIAJE EN EL TIEMPO, EMOCIONAL Y EXQUISITO

 


Todo era como en un sueño. Un escenario oscurecido por un fondo negro del que solo se adivinaba una gran flor de color rojo y unas lámparas a modo de salón decimonónico. Y para que fuese todo más irreal, si cabe, una música ambient confeccionada ex profeso con leves notas de las canciones del grupo para tintar una espera de color rojo. Rojo-riesgo. Rojo-alerta. Rojo-sangre. ¿Cómo fundir todo eso en un mágico momento? Es difícil echar la vista atrás y no sentir el vértigo y el miedo al despertar el travelling existencial que conlleva hacer de nuevo nuestras las imágenes y los momentos que éstas protagonizaron. Algo así fue lo que anoche pudimos sentir con Second en el Inverfest 2023: un viaje en el tiempo, emocional y exquisito, porque sin duda, desde que el grupo murciano anunció que se retiraba de los escenarios un aura de dudas, incomprensión y fatiga emocional ha invadido a sus seguidores que, ayer, llenaron el Teatro Circo Price de Madrid. Y más, si cabe, cuando lo que vimos ayer sobre el escenario fue a un grupo sólido, con una madurez extraordinaria y un saber estar y modelar sus canciones sobre el escenario a prueba del paso del tiempo. Y eso fue lo que les llevó a interpretar veintiún temas que sonaron como una única melodía completa. Serena. Intensa. Fulgurante. Y, sobre todo, onírica. Siempre nos resulta muy difícil decir adiós a las personas que queremos de verdad, y este concierto fue una muestra de ello, tanto por parte del grupo como de sus seguidores. Ese hermanamiento que ocurre tan pocas veces es lo que ha hecho de Second un grupo grande. De letras. Canciones. Melodías. Ritmos. Imágenes y sueños. ¿Cuántas veces he escuchado esa frase tan manida de que Second y sus canciones forman parte de mi vida. Pues ese ha sido su poder: instalarse en lo más íntimo de un gran número de sus seguidores. Amores eternos que, de repente, se rompen. 

A pesar de todo, Los Cuatro de Murcia —cómo me recordaron Jorge y Sean a The Beatles en sus vestimentas y en sus movimientos sobre el escenario— lo dieron todo para vencer al destino aun cuando comenzasen el concierto con el tema Estado de alegre tristeza y su lapidaria frase: «Nada es para siempre», o: «Recátame pronto». Un reclamo que fue entendido por el público, ya que los llevó en volandas de principio a fin. El concierto de ayer fue una fiesta colectiva de cánticos, palmas arriba, coros y aplausos que acompañaron a la elegancia de un grupo que sonó como nunca: compacto, rítmico y envolvente. Y, todo, bajo esa luz roja que bañaba el ambiente. En ese velo del tiempo fueron sonando Mira a la gente, ¿Quién pensaba en eso?, Muévete y siente hasta llegar a uno de los momentos mágicos de la noche tras sonar una de sus mejores canciones: Nivel inexperto. Aquí, Sean Frutos, nos sorprendió a todos, incluidos técnicos de sonido, cámaras —el concierto fue grabado— y miembros de la banda, cuando nos propuso a todos reinterpretar de nuevo la canción cantada a coro por el público y acompañada por los músicos en tono más bajo para que la voz de los que allí estábamos fuese la verdadera protagonista del momento, lo que sin duda fue un gran homenaje por parte de Sean a todos sus fans que, como les está sucediendo en esta gira, están agotando todas las entradas para colgar un gran sold out en todas sus actuaciones, al menos hasta el momento. Quizá, ese instante mágico se debiera a que al inicio del tema Jorge nos preguntó: «¿Cómo estáis?», a lo que enseguida Sean prosiguió con un: «Buenas noches, Madrid. Estamos aquí celebrando toda una vida musical, la nuestra…», para seguir diciéndonos que más allá de las despedidas había que disfrutar del momento, y eso era lo que ellos querían que sucediera esa noche. Noche de nuevo teñida de rojo. Rojo-sangre, como si fuera un poema de Lorca. Tras ese inesperado giro uno se quedó con la sensación que ese tema sonaba a despedida grande. Despedida de salón de casa —porque eso fue en lo que convirtieron Second el Circo Price anoche—. DESPEDIDA GRANDE Y EN PLENITUD DE AQUELLOS QUE LO HAN DADO TODO EN SU VIDA. MÁGICO FOTOGRAMA QUE PERDURARÁ PARA SIEMPRE EN LA PELÍCULA DE NUESTRAS VIDAS. SENCILLAMANTE GENIAL. Un instante donde sobre todo, Sean, no pudo esconder su cara de felicidad por más que nada sea para siempre. 

Esa sensación de felicidad ya no abandonó el Price en ningún momento. Sabedores de la magia que atesora esa efímera felicidad que a veces nos aborda, las canciones fueron sonando como un tobogán infinito. Flores imposibles, Mañana es domingo, Nueva sensación, Cúrame como siempre «una de las mejores canciones de su último disco en la que el eco de las guitarras fue inmenso—, Muérdeme o En otra dimensión fueron una catapulta hacia el éxito de una noche para recordar. Una noche en la que siguieron tocando Sonará en todas partes con su clásico «para pa pa pa papapa», El contornos de tus miedos, donde de nuevo su música planeó sobre el escenario de una forma contundente y mágica, lo que les llevó sin apenas tocar el suelo hasta la parte final del concierto de la mano de temas como NADA —otro de su pelotazo que ayer fue plasmado sobre el escenario de una forma más pausada, pero igual de intensa—, Ya no estamos para gilipolleces, Volver a esa paz o Rodamos su road-song que ayer rescataron como hacían años atrás para cerrar esta primera parte de su actuación. Una canción que ayer se convirtió en un magnífico travelling de momentos e imágenes irrepetibles. 

Comenzaron el bis con Más suerte, otro de sus, hits donde Nando Robles nos hizo una gran exhibición de lo bien que toca el bajo con Jorge Guirao y Sean Frutos de rodillas para acrecentar la capacidad onírica del concierto y Fran Guirao al fondo con su eléctrica batería, lo que les sirvió para interpretar Quiero equivocarme y después su futurista 2502 que acaban en un ritmo alto que lleva a Jorge a abandonar el escenario y desplazarse por la platea donde se cae al no ver el escalón que separa a las butacas del suelo. Tras ese impasse volvieron en un segundo bis con Rincón exquisito que, como en Nivel inexperto, fue coreada a pleno pulmón por todos los asistentes en una versión más enriquecedora, si cabe, de sonidos más maduros y atrayentes, que tras un larga y extendida versión fue el punto  y final de un concierto que acabó con una larguísima ovación de varios minutos, de un público totalmente entregado a un sueño: Second. 

Tras este viaje emocional y exquisito, solo nos queda decirles al grupo murciano que tras ese sabor a despedida que nos dejó el concierto de ayer aún nos encontraremos con ellos. Eso sí, lo haremos al otro lado del horizonte, donde las canciones nunca dejan de sonar, pues su eco es infinito, y porque como dijo John Keats en el inicio de su poema épico Endymion: «Algo bello es un goce eterno».

Ángel Silvelo Gabriel. 

Foto: África Silvelo

 

jueves, 26 de enero de 2023

MARGUERITE DURAS, NADA MÁS: EL ÚLTIMO GRITO DE UNA MÁSCARA QUE SE DESPEGA DE SU CUERPO



Antes de que Leteo se lleve por delante toda nuestra vida, nos queda una última posibilidad de intentar vencer al olvido: una de ellas es la de dejar un testimonio escrito de ese adiós. Como nos dice Marguerite Duras en Nada más: «Escribir es hablar y callar». Y ella lo hizo. Primero habló mediante el último y amargo poema de la vida que representa este libro de la soledad, la vejez, la decadencia y el amor. Un último grito de una máscara que se despega de su cuerpo. Y, después, calló. Calló para siempre cuando escribió: «Lo amo. Hasta pronto». El amor hacia su pareja ya está implícito desde el inicio, en las dedicatorias: «Para Yann. Nunca sabemos de antemano lo que escribimos. Date prisa: piensa mí». «Para Yann, mi amante de la noche». «Firmado: Marguerite Duras, la amante de ese dorado amante». El amor. El desamor. La necesidad del otro. El odio. Todo está condensado en esta recopilación de frases que se estructuran como un poema deshilachado, confuso, repetitivo y elíptico, que el propio Yann fue recopilando en un cuaderno. Días, horas y fechas que se trasponen unas a otras bajo el signo del que se sabe cerca del final, y cuyo máximo valor reside ahí, en la batalla que la mente inicia frente al cuerpo. Batalla que también es la del deseo contra la adversidad. De la añoranza del amor. De la vida que todavía huye de la muerte. Frases que recopilan y homenajean a una buena parte de su obra, tanto literaria como fílmica, y que nos sirven de huellas a la hora de seguir este último camino hacia el abismo. Un abismo ante el que Duras no se rinde y ante el que pelea aunque sea contra sí misma y su biografía. Su padre muerto cuando ella era una niña. Su madre, primero repudiada y luego añorada. Su hermano mayor, el preferido. Indochina. Sus amantes. El amor. Y Yann. Siempre Yann, su último gran vínculo con la vida: «Ven. Vente al sol, por tenue que sea». 

Nada más es un testamento que fusiona la literatura y la vida, por más que su autora diga: «Pasarte la vida escribiendo te enseña a vivir: no te salva de nada.» De ese aprendizaje Duras sabe mucho, pues su obra, como muy bien nos recuerda Valentín Roma en uno de los dos epílogos que contiene el libro: «Todas las historias de Marguerite Duras se desarrollan alrededor de una pérdida». Pérdidas que se transforman en una expedición al epicentro oscuro y demoniaco de la vida. Viaje de ausencias, descreimientos, pérdidas y amores. Singladura de una sinfonía que representa el último grito de una máscara que se desprende de su cuerpo.  

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de enero de 2023

EXPOSICIÓN “EL JAPÓN EN LOS ÁNGELES”. LOS ARCHIVOS DE AMALIA AVIA: LA ANTICIPACIÓN AL PASO DEL TIEMPO

 


La posibilidad de volver a ver lo que ya no existe es uno de los trucos de magia que nos regala la vida y el mundo del arte. La esencia de la que estamos hechos anhela aquello que fuimos por mucho que nos resulte doloroso, o incluso, cuando tan solo viene acompañado por la melancolía. Una saudade que percibimos tras la fina tela del paso del tiempo. La vida y sus momentos nos visitan entonces como un aura fugaz que nos cruza por el pensamiento y nos ilumina el corazón. Amar. Sentir. Añorar. Perder. Todo lo que existió dentro y fuera de nuestro cuerpo se nos viene encima como un aluvión de imágenes y sensaciones. Ese viaje sensorial que se expande a nuestro alrededor nos invita a transgredir la barrera del tiempo y anticiparnos —aunque sea figuradamente— al paso del tiempo. Manecilla conspiranoica de nuestra existencia porque nos obliga a viajar al pasado. Viajar es volver a sentir. Y también volver a ver. Ver a través de otros. Una opción que nos lleva a una heroica victoria sobre el tiempo, y que hemos podido hacer en la exposición “El Japón en los Ángeles. Los archivos de Amalia Avia, gracias a esta gran pintora realista que durante su dilata vida artística ha tenido la habilidad de llegar a detener el tiempo. En la magna exposición que la Comunidad de Madrid ha realizado de la pintora toledana y madrileña hasta el pasado 15 de enero en la Sala de exposiciones Alcalá, 31, hemos podido contemplar —atónitos— nuestro más reciente pasado en obras que se caracterizan por detener el tiempo en un efímero instante que, sin embargo, cuando te detienes delante de cada una de ellas, tienen la cualidad de la permanencia en el mismo y la plenitud y la fuerza del mensaje que transmiten. La capacidad de llegar a abrazar ese momento mágico es uno de sus grandes logros, pues imbuidos por su constancia, detalle y luz, caemos rendidos en ese otro camino que es el de la ensoñación de lo que una vez fuimos. Un camino en el que Amalia Avia se ha detenido con mucha intensidad en Madrid. Un Madrid atemperado por la luz. Un Madrid a medio camino entre el poblachón manchego que fue y la modernidad que se fue fraguando poco a poco hasta llegar a nuestros días. Un Madrid gris y ocre, por los colores que su mirada han querido resaltar. Una ciudad que nunca te deja indiferente porque te logra transmitir el mensaje de la extemporaneidad. No hay tiempo que haga sucumbir a sus calles, tiendas o monumentos, por mucho que los remodelen. Hay una memoria colectiva inherente a cada época, y la que pinta Amalia Avia es la de una época que se abría paso hacia la luz incierta del mañana. Un mañana que quiso ser distinto, pero que acabó siendo igual, como ocurre a lo largo de la historia del ser humano. 

“El Japón en los Ángeles” es la mejor yuxtaposición entre la pintura y su lugar en el mundo. Fiel cronista de su época que, sin embargo, en el caso de Amalia Avia comenzó con tímidas figuras humanas y cuadros relacionados con las fiestas populares o con las manifestaciones de los obreros en las calles, para desplazarse hacia el espacio más perenne de las fachadas, puertas, edificios y monumentos que, por sí solos, reflejan el retrato de una época, pues contemplarlos es adivinar cuándo transitamos por ellos, o sin darnos cuenta, cuándo nos paramos a observarlos. Estos anónimos lienzos, de esta forma, se transforman en el leitmotiv de nuestra memoria. Una memoria que en demasiadas ocasiones se limita a lo más próximo como símbolo de lo injusto que somos. De ahí que, otro de los aciertos de la obra de Amalia, sea el de abrirnos lo ojos y dar paso a esa otra memoria más colectiva, y quizá, de ahí provenga nuestra expresión de asombro cuando nos descubrimos a nosotros mismos delante de alguna de las obras que ella ha dejado plasmadas como un aguerrido guerrero —guerrera en este caso— que se superpone al paso del tiempo. 

Hay que destacar que no es solo lo exterior lo que se refleja con fuerza en la exposición, sino también lo interior a través de estancias, dormitorios, camas, cuartos de costura, etc., lo que nos sitúa de nuevo en el reflejo de una época que se nos fue por el balcón de los recuerdos. Recuerdos que son la mejor manifestación de la anticipación al paso del tiempo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de enero de 2023

CRISTINA GUIRAO, CRÓNICAS A CONTRAPELO: UN MUNDO DE MUNDOS

 


El viaje y su posibilidad de exploración del mundo; un mundo tanto exterior como interior. El viaje como un mundo de mundos en el que cabe la geografía, la literatura, las corrientes del pensamiento y, sobre todo, la reflexión. Reflexión y expiación de los no lugares de nuestras vidas que se van sobreponiendo en nuestra mente como espacios que revisitar una vez ha concluido nuestro peregrinaje. Esa forma de viajar que explora la necesidad de un silencio hoy por hoy inexistente, o que aborrece la homogeneización del mundo globalizado que habitamos es lo que nos propone Cristina Guirao en Crónicas a contrapelo. Ese ir a contracorriente, sin duda,  es uno de los grandes retos de nuestro tiempo si queremos adivinar lo que aún nadie ha visto o se ha perdido en el devenir de los siglos. En, Crónicas a contrapelo, la autora lo hace en compañía de sus propias reflexiones y de las de autores que le ayudan a cartografiar la geografía visual que la acoge allí a donde se dirige. Autores muy bien elegidos en cada momento, viaje y ciudad. Una perfecta excusa para buscar un ancla en este mundo de mundos arrasado por la tiranía de las imágenes. Un mundo que a pasos agigantados destruye nuestra propia identidad, pues cada vez nos resulta más difícil identificarnos con lo soñado a través de lo aprendido. Una circunstancia que nos lleva a replantearnos el viaje en sí, y que Cristina Guirao intenta esquivar hablando de  todo lo adyacente: un cuadro, unas librerías, una arquitectura o una costumbre. Conceptos que le sirven como crónicas a contrapelo de todo lo imperante en la forma de viajar hoy en día, donde el mero exhibicionismo o el acontecimiento son la expresión más común de lo visual bajo la siniestra tiranía de las redes sociales y su inmediatez. En contraposición con todo ello, Cristina Guirao, en Crónicas a contrapelo, se para y mira. Observa. Piensa. E intenta entresacar algo bello de todo lo que ve y piensa, pues esa, al final, es una de las mayores satisfacciones del viajero. Viajar para contemplar la belleza y más tarde recordarla, porque cuando algo es bello en sí mismo, es cuando da pie a ser revisitado, aunque tan solo sea en nuestra memoria. En estas crónicas a contrapelo su autora nos dibuja una senda de huellas que revisitar, y lo que hace mediante su bien criterio y el de autores como Italo Calvino, Walter Benjamin, John Berger, o Borges, entre muchos otros. Con esa amalgama de formas de ver y de revisitar lo visto, intenta responder a las preguntas que se plantea en su forma de ver y mirar el mundo. De esa introspección nace la naturaleza del viaje como objeto de observación cambiante y en continua transformación como la propia autora nos apunta en el capítulo titulado Crónicas de lo visible, donde nos señala que hay tres etapas en el viaje. La primera de ellas es la de la exploración, es decir, la de los primeros exploradores o conquistadores; la segunda sería la de la verdadera era de los viajes, o la que concibe el viaje como conocimiento y maduración de uno mismo; y una tercera en la que atónitos asistimos al turismo de la sociedad de masas, lo que le lleva a plantearse la necesidad de una nueva teoría de lo visible como modo de alejarnos de la inmediatez hortera de los dispositivos móviles y su capacidad de ahorcar a la mera contemplación. 

En este libro híbrido entre la crónica, el ensayo, el diario y el libro de viajes, que tan bien está seleccionando y editando Newcastle Ediciones, asistimos al viaje como concepto cultural e intelectual frente al mero entretenimiento y las reacciones que en su autora produce tal aberración, lo que le lleva a afirmar, por ejemplo que: «Hemos sustituido la materialidad por la visualidad», o «el acontecimiento es la forma de expresión más común de lo visual hoy». Esas imágenes que nos colonizan a través de los móviles, y que pervierten el viaje como concepto de autoconocimiento o crecimiento personal, son la razón que a Guirao le lleva a exponer, casi como cierre a esta profunda tesis viajera que: «Sin duda, entender la vida bajo el paradigma de lo fugaz tiene más profundidad de campo filosófico, que la vida como un acontecimiento continuo que hay que mostrar al mundo», porque lo fugaz, si es único o auténtico, es lo que define al viaje como un mundo de mundos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 15 de enero de 2023

EL VERBO ODIADO EN LA SALA CADAVRA DE MADRID: ABRIENDO UNA NUEVA SENDA HACIA EL ÉXITO


 

La exploración de uno mismo es el camino que nos lleva hacia ese lugar inaccesible al que llamamos alma. Atormentada en ocasiones. Luminosa en otras. Juez y parte siempre de todo aquello que nos remueve por dentro. Ecos que, sin duda, necesitan de la calma y la pausa para llegar a transformarse en algo material, como material es la sensación de tenue felicidad que nos proporcionan los objetivos alcanzados que, por arte del día a día, nunca son como los soñamos, pero que a pesar de todo son tan reales como la tierra para un náufrago. El Verbo Odiado siguen en la brecha, y lo hacen trazando nuevos caminos. Rutas de infortunio, muerte y auto reflexión si se quiere, pero son rutas que reproducen con una magnífica puesta en escena donde sus guitarras han abandonado el shoegaze más estricto para desplazarse hacia unos brillos plenos de vitalidad y magia que el productor de su último álbum, Carlos Hernández Nombela, ha sabido sacar de esas entrañas refugiadas en un pequeño pueblo de Huesca y, que ahora sí, han cruzado las fronteras de lo incierto para convertirse en reales como la verdad y la energía con las que acompañan el grupo a sus composiciones y directos. Ayer, la Sala Cadavra de Madrid estaba llena y lucía un SOLD OUT más que merecido, porque ya son muchos para los que no pasa inadvertido que El Verbo Odiado están abriendo una nueva senda hacia el éxito. Éxito plasmado en composiciones intensas, con letras tan intimistas como: «Me cuido tan solo para darte el último homenaje/ Guardar bajo mi piel tus dos mensajes/ Ve con cuidado no vuelvas tarde/ tengo claro que mi corazón es de un donante/ sin recordar la intervención recuerdo que lloraste/ soy lo que tú salvaste», de la canción homónima de su último disco El último homenaje. Letras que cabalgan sobre las grupas de unas guitarras plenas de matices casi mágicos y que representan muy bien el nuevo sentir de la banda, algo más luminoso si se quiere, pero sobre todo, muy contundente y acertado por la capacidad de conexión con el público. En este sentido, es una lástima que la banda no esté programada para ninguno de los múltiples festivales que se celebrarán a lo largo del año en España. Un veto inaudito y que nos sirve para ser conscientes de lo lejos que se encuentra el mainstream musical del latido que se refugia en las salas alternativas de verdad, en las que ahora se está produciendo la auténtica renovación de la música indie, muy alejada de los mass media más obsoletos. 

Ayer, El Verbo Odiado desglosó su último disco con la pasión de aquellos que ponen su corazón encima de la mesa. Quizá, por eso, Jorge Pérez, frontman del grupo comenzó la actuación en acústico y solo acompañado por su guitarra en el escenario bajo las notas de la canción El último homenaje, una declaración de  intenciones que nos dejaba claro desde el inicio la nueva apuesta del grupo. Una apuesta más pausada a la hora de concebir sus temas, pero sin perder un ápice la intensidad y la fuerza que les caracteriza. Gracias a ello, pudimos disfrutar de unos juegos de guitarras plenos de nuevos movimientos que nos llevaban a espacios inexplorados y bellos en sí mismos. Movimientos que son todo un acierto en esta nueva concepción de su música. Y así, fueron sonando uno tras otro temas como Ahora o nunca, Mediocre (con un portentoso inicio de guitarras), A 23, La peor deuda: «El problema soy yo y no tú», donde de nuevo las intensas letras de Jorge Pérez se hacen con el eco de las canciones, Ejercicios musculares o Nada que celebrar, hit del grupo y que ayer, aparte de ser ampliamente coreada por el público, sonó mucho mejor con unas resonancias pop-rock que transmiten grandes sensaciones y la convirtieron en una canción enérgica, potente y única. Una mágica energía que se concitó también en canciones cono Funerales con guitarras que suben y bajan sin parar, o como también ocurrió en Alcatraz «Si te vas no te molestes en volver» otro de los momentos álgidos del concierto. Un concierto que acabó con otro de sus grandes temas, La mancha, que esta vez acabó con un portentoso y largo final que hizo que los allí congregados disfrutaran mucho de su puesta en escena. 

Para finalizar, en un bis de dos canciones, tocaron dos de sus canciones más emblemáticas. Empezaron con Fargo y acabaron con El odiado, muy reclamada por el púbico a lo largo y ancho de todo el concierto, y que devino en un delirio colectivo de saltos, coros y caras con amplias sonrisas. Un tema melancólico y psicodélico que nos recuerda más a sus inicios y que ayer lo plasmaron con una portentosa atmósfera plena de sensaciones y ritmos oscuros. Sin duda, El Verbo Odiado en su concierto en la Sala Cadavra de Madrid hicieron gala de esa transformación que todo artista debe buscar a la hora de iniciar nuevos retos. Retos que en esta ocasión, abren una nueva senda hacia el éxito.

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 8 de enero de 2023

TEATRO TRIBUEÑE, LA CORDURA LOCA DE LADY MACBETH, DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA E INTERPRETADA POR BEATRIZ ARGÜELLO: LAS EMOCIONES Y SUS DELIRIOS

 


¿Qué es la belleza sino la implícita salvación que atesora el arte? El arte. Su alma. Fragancias de lo vivido y sufrido. Racional y bello a la vez. Lucha de sombras, temores y fantasmas. Conciencia del yo. Trastero de tinieblas. Luz y oscuridad de la vida. Como dijo John Keats: «¿Es el arte un vuelo hacia lo sublime o simplemente una evasión temporal de la experiencia?» Esa dualidad es la que está presente en este nuevo mapa de las emociones al que Irina Kouberskaya nos somete en La cordura loca de Lady Macbeth. Un espacio para la reflexión de lo que es bello en sí mismo, porque nos muestra aquello que no vemos, o mejor dicho, que no queremos ver. Irina es una maga que deambula entre los entresijos del alma humana para erigirse en una viajera de lo insólito. Un viaje que nos atrapa con su concepción tan singular y única de lo que ella entiende por teatro, que no es otra cosa que el último sentido de la vida; una vida que va de lo racional a lo bello en una combinación de movimientos, imágenes y palabras que arden de emoción. Emoción sin límites que, en La cordura de Lady Macbeth, se enfrentan a la codicia, el amor, la tortura y el maltrato. De ese cóctel atormentado nace una increíble puesta en escena (simbólica como es menester en los montajes de Irina). Un simbolismo que también nos lleva a los movimientos que una inigualable Beatriz Argüello va desarrollando a lo largo y ancho del escenario. Y es verdad, en este simbolismo mágico todo pende de un hilo como las manchas que se pegan a nosotros en forma de un pasado que nunca se diluye ni difumina. Pasado traicionero y arrebatador por lo que tiene de asesino. Una vez más, Irina nos muestra su enorme talento al servicio de las emociones y sus delirios. 

En este monólogo de dos (Irina Kouberskaya en la dirección y Beatriz Argüello en la interpretación), el sentido que le da a la obra Beatriz Argüello es colosal, no solo porque su cuerpo es el vademécum de la interpretación, sino por cómo ama, baila, se atormenta y se multiplica en distintas voces, para de esa forma, traspasar la barrera de lo esperado hasta límites insospechados. Sus cambios de voz con registros muy distintos unos de otros, su coral adaptación al escenario y los elementos escénicos que lo componen (lo que nos dan una pista de su pasado como bailarina), y la sinergia que en cada momento es capaz de transmitirnos nos mantienen atentos y pegados a nuestra butaca en una especie de viaje sensorial, casi místico, que va de la luz a la oscuridad en un continuum soberbio. Expiración y aspiración, en un juego dentro-fuera que no se diluye en ningún momento, y que hace de su interpretación una nave de encuentros y desencuentros entre los náufragos que habitan en su memoria, pero sobre todo, en su alma. Magnífica es un calificativo que se queda corto para su maravillosa interpretación, por única e inigualable. Su mirada, sus gestos, sus pies y sus manos nos acompañarán una larga temporada en nuestra memoria. 

A todo ello, también hay que destacar el acierto de las diferentes piezas musicales elegidas para armonizar la obra. Sonidos celtas, populares, de cámara, o incluso de arias que ejercen de olas a la hora de impulsar una nao que va en busca de su propio averno. Un averno donde lo emocional recubre como una tormentosa pátina todo aquello que en un momento dado se transforma en una riada de sensaciones que nos llevan hasta lo irracional. Como irracional es el amor y también la belleza, porque como dijo John Keats en el inicio de su poema épico Endymion: «Algo bello es un goce eterno». 

—«¡Oh, Tierra! Borra mis pasos.» 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 2 de enero de 2023

VIVA SUECIA EN LA SALA LA RIVIERA DE MADRID (30/12/2022) Y SU TERCER SOULD OUT CONSECUTIVO: ENTRE LO EMOCIONAL Y LO IRRACIONAL


 

Lo emocional recubre como una tormentosa pátina todo aquello que en un momento dado se transforma en una riada de sensaciones que nos llevan hasta lo irracional. Como irracional es el sentimiento universal del amor y que el grupo murciano, Viva Suecia, ya nos lo recuerda en su último álbum publicado en 2022 con el título: El amor de la clase que sea. Esa opulencia de un sentimiento tan universal como es el del amor, ellos lo han volcado en una fuerza sonora devastadora por el ímpetu y la garra con la que la presentan en directo. Un directo que en el último de los concierto de La Riviera comenzaron a guitarrazo limpio desde la primera nota que se hizo sonido sobre el escenario. Acompañados por una elegante y cuidada infografía y un juego de luces, que los arropaban aún más en esa idea de la prontitud y la energía de alto voltaje, comenzaron tocando a arrebato No hemos aprendido nada, uno de sus grandes hits, y a partir de ahí todo fue como una locura colectiva de coros (lo, lo, lo… lolololó), saltos y puños arriba que por momentos convirtieron el directo de los murcianos en un karaoke colectivo propiciado por su cantante Rafa Val, pletórico en su puesta en escena y en sus largas y amenas presentaciones de las canciones, lo que demuestra que ya tiene muy bien aprendida la lección de lo que es la tecla de la magia del directo. Y así empalmaron varios temas subidos en ese barco que navegaba entre lo emocional y lo irracional mientras sonaban Los años o Casi todo. Apenas un respiro para dar las gracias por el tercer sold out consecutivo en Madrid para dar entrada a El mal con todas la guitarras arriba para llegar A dónde ir en un ritmo muy próximo al sonido Springsteen de canciones intensas y embadurnadas de unas melodías que canción tras canción se nos iban haciendo más monótonas (si no fuera por las buenas letras que las acompañan) por la escasa variedad de melodías alternativas a lo ya conocido, algo que a Viva Suecia no les sucedía en sus primeros discos, donde los destellos de las cuerdas de sus guitarras eran más originales o propios. Baste recordar su puesta de largo en la sala Ocho y Medio de Madrid de la mano de su anterior casa de disco (Subterfuge), donde Rafa tuvo un problema con su guitarra eléctrica cuando hicieron de teloneros de McEnroe, para comprobar que esa fuerza desmesurada que ahora tienen, y que sin duda les llevará a triunfar por todo lo alto en los festivales del año 2023, no es tan necesaria como la fuerza interior que también saben ejecutar cuando no se lo juegan todo al alto voltaje rítmico. 

Más allá de las pericias sonoras, el directo de Viva Suecia está muy bien anclado en la visualización que descargan al unísono con sus canciones; una infografía que está a la atura de la que despliegan en sus multitudinarios conciertos Vetusta Morla, porque aúnan concepto e imágenes con un acierto más que increíble, lo que nos habla del poder que las imágenes tienen en la sociedad actual, y que resumen muy bien el alcance multitudinario de esta banda a la que la sala La Riviera se le queda pequeña, lo que nos demuestra que a buen seguro su próxima cita en la capital tendrá como escenario el Wizink Center, algo muy parecido a lo que ya le sucedió a Izal años atrás, pues esa fue la sensación casi mimética que reproduje en este último concierto de Viva Suecia en Madrid. Un concierto que, eso sí, hizo muy felices a un público entregado y conocedor de todas y cada una de las letras de las canciones de los murcianos; canciones inspiradas en esa insignia tan universal que es el amor de la clase que sea, y que han sabido llevar a luz a través de los temas de su último álbum. Y cómo no, resaltar ese momento mágico en el Rafa Val atacó al piano solo sobre el escenario la versión del hit de Second, Rincón Exquisito, muy coreada por los asistentes, y con el que el grupo refrendó el homenaje y el amor a los que ya no están con nosotros tras la pandemia. Una versión que Rafa terminó con un: «¡Vivan Los Second, por favor!» De las colaboraciones especiales hay que destacar a la de Víctor Cabezuelo en el último tema, El amor de la clase que sea, que tocaron en un tono psicodélico largo e increíble, antes de abandonar el escenario y regresar instantes después en un majestuoso e intenso bis que iniciaron con El bien y que acabó a ritmo de discoteca y bailes en la pista y el escenario. Un punto y final muy acorde entre lo emocional y lo irracional que Viva Suecia nos mostraron en su último concierto del año 2022. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 19 de diciembre de 2022

ELENA MARQUÉS NÚÑEZ, LA CASA: LA SOLEDAD QUE HABITAMOS

 


Caminos y metas que nunca llegamos a transitar o culminar. Sueños que se entremezclan con la verdad sin saber que serán aniquilados por la tenacidad y el herrumbre del día a día. Ahí, donde el despecho del destino se convierte en una tortura: la de la sinopsis de nuestra vida. Vida suspendida de las sombras del olvido. Sombras que deambulan por la pradera de los recuerdos y se tropiezan con la recuperación de la memoria. ¿Quién dijo que en el pasado estaba la solución?

El pasado y sus muescas de juventud y brillo que, como el oro con el que adornamos nuestros cuerpos, sin darnos cuenta pierde la eficacia de su poder y trascendencia en pos de esa realidad que poco a poco nos aniquila. En todas estas ecuaciones que nos propone Elena Marqués Núñez en su última novela, La casa, solo hay un elemento sólido que une a todos sus personajes: la necesidad del hogar como espacio compartido. Un espacio que utilizamos para ahuyentar la soledad que habitamos. Una soledad que no es solo universal, sino que es muy concreta, pues la autora se centra en todo aquello de lo que huimos a lo largo de nuestras existencia y nos hace inmensamente infelices. Sin embargo, de esa necesidad de huida surge un inesperado encuentro con nuestra biografía, por más que ésta se halle perdida en un pueblo desconocido del norte de España. En este sentido, Bárgina se alza como uno de los elementos mágicos presentes en la novela, y que tan bien maneja la escritora sevillana, pues dotan a esta historia de un territorio propio e inexpugnable en forma de tablero de juego donde se precipitan las ilusiones y fracasos de sus personajes. Y, a partir de ahí, la narrativa de Elena Marqués surge con la naturalidad de aquellos que conocen muy bien su oficio, porque sin duda, esta es la novela más madura de la autora, pues en ella maneja a la perfección un gran abanico de registros que la sitúan muy por encima de la media, por no hablar de su dominio del lenguaje, siempre abierto a la captación del más mínimo detalle y a la creación de una atmósfera entre real y onírica que nos transporta al centro del universo que nos narra. 

Como en el resto de la obra de Elena Marqués, La casa también es un espacio para la reflexión. En este caso, sobre la absurda idea de posteridad que tiene el ser humano en su tránsito en soledad hacia la muerte. Come decía Camus, los dos actos que ineludiblemente nos igualan a los seres humanos y que estamos obligados a hacer por nosotros mismos son nuestro propio nacimiento y nuestra muerte. Y es en ese camino, entre uno y otro, donde la autora nos sitúa su narración: «Porque la vida, prácticamente todas las vidas, solo son un cúmulo de momentos insignificantes que suceden porque sí, por pura inercia, y que no pasarán a la posteridad. Hay muchos, incluso, que morimos antes de estar muertos.» Vacíos existencial que no sabemos en demasiadas ocasiones como cubrir y que son la señal más demoledora de nuestro naufragio. Pero ahí no acaba todo, porque un poco más adelante nos hace pensar sobre la pequeñez e insignificancia del hombre frente a la naturaleza, el mundo y el tiempo: «La turbación del espíritu sigue siendo igual en París que en Roma que en los pálidos recodos del pasillo desbaratado de tu propia casa.», proponiéndonos una vez más la necesidad de ese viaje interior que nos consuele e ilumine. Tampoco se aparta Elena de la crítica hacia el mediocre mundillo literario actual: «Porque, al fin y al cabo, al menos en la ciudad en la que yo malvivía desde hacía muchos años, la élite literaria no era más que un círculo mediocre que se alababa a sí mismo como si constituyeran el más auténtico sucedáneo del Olimpo. Y en el que nadie podía entrar sin credenciales. Y esas credenciales eran absolutamente imposibles de obtener por el camino recto de la calidad literaria y la independencia personal… el mundo literario se reducía, como tantos otros, como la vida misma, a una palabra bisílaba que podía adornar con el adjetivo que prefiriera. O sea, que era un asco. Un puñeterísimo asco.» Demoledor, pero tan cierto como la más asesina de las lanzas que nos atraviesa el corazón y nos desangra hasta la muerte. 

Atrapados en la ensoñación que nos propone Elena Marqués avanzamos con la inseguridad del que atrapa sombras con sus manos. Sombras que en el caso de Luisa, Elena o Carmen son tramos del camino que ellas recorren de la mano de la soledad que habitamos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 18 de diciembre de 2022

McENROE EN LA SALA LA RIVIERA DE MADRID: 20 AÑOS DE AMOR A LA MÚSICA


 

El amor, el desamor. La ternura, la luz y la incertidumbre. El miedo y su lujuria. La melancolía y su recuerdo. La necesidad del otro, o la flor que todavía está por brotar. Mil y una imágenes, razones y sinrazones que se dan la mano en las composiciones del grupo de Getxo, McEnroe, que ayer cerraba en la sala La Riviera de Madrid la gira en la que celebraban sus primeros 20 años como grupo, y como faro de un modo de entender la música y la vida. No es fácil, como dijo en un momento del concierto de ayer, Ricardo Lezón, elegir el repertorio de un concierto entre la multitud de canciones que ha compuesto a lo largo de estos años, pero en el esfuerzo de su selección, tuvimos la suerte de escuchar en varias ocasiones temas que apenas tocan en directo, o de sus primeros discos. Un esfuerzo que en algún momento restó algo más de fuerza al conjunto, pero que sin duda resultaban imprescindibles a la hora de conformar ese cuadro de melodías, ritmos y letras que ayer escuchamos en una Riviera llena a rebosar, y donde sus fans llegados desde el País Vasco, pero también desde otras ciudades y, sobre todo, desde Madrid, no dejaron de disfrutar y corear sus canciones. Letras y músicas que definen por sí mismas toda una época plagada de esos éxitos que poco a poco van calando como la lluvia fina para quedarse en el recuerdo de aquellos que los escuchan. Antes de que McEnroe saliera al escenario también pudimos disfrutar de los bilbaínos Galerna, un grupo apegado a la forma de sentir y componer muy cercano al grupo de Getxo como nos confesó su cantante. Un grupo, Galerna, que supo hacerse con la atención de los que iban llegando a la sala antes del concierto anunciado, y que nos dejaron muestras de esa capacidad inspiradora que los viajes de juventud y el amor tienen en nuestros sentidos y en un subconsciente ávido de experiencias vitales que buscan alojarse para siempre en nuestro interior. Galerna nos anunció que saca disco para marzo del año que viene y habrá que estar atentos a su trayectoria. 

Si algo nos quedó claro, de esa gran fiesta de celebración de los 20 años de McEnroe en la que se convirtió su concierto de ayer, fue la cara de alegría de un Ricardo Lezón hablador, en contra de su norma, pues nos adelantó muchos de los temas que tocaron con las anécdotas que los precedieron, dándonos a conocer de ese modo un poco más la parte menos conocida de la banda, lo que sin duda dio un tono más familiar y de cercanía, si cabe, al concierto. Comenzaron con Al sur de mi vida, un tema de su disco de 2003, El sur de mi vida: «Nada de lo que he perdido/ merecía la pena haberlo vivido./ El tiempo, que era de piedra,/ ahora es arena entre mis dedos./ Todas aquellas heridas/ se ahogan despacio en tu mercromina./ Gestos que estaban vacíos/ han encontrado todo su sentido./ Nunca te sientas sola,/ le he dado la vuelta a mi memoria./ Y ahora que se ha hecho de día,/ viajo despacio al sur de mi vida.» Un viaje que continuó con Montreal, lo que sirvió para dar paso a Jimena; una voz que cada vez va a más, y por lo que pudimos saber en su anterior visita a Madrid, parece que ha decidido cantar en serio. Jimena es como el contrapunto y el rayo de luz a la voz de su padre, un Ricardo Lezón que ayer siempre la miraba sonriente, a pesar de que fuese a la única que no nombró cuando presentó a la banda; un olvido que enmendó en la siguiente canción. Quizá, no sea ninguna casualidad que su tema, El rayo de luz, que ella canta, sea la canción del grupo que más reproducciones tiene en todas las plataformas, lo que nos da una pista de la personalidad creciente de una voz a la que todavía le queda un enorme recorrido. 

Más allá del setlist del concierto en el que sonaron grandes clásicos como La Palma, Cae la noche, Gracia (en la que subieron el tono de su música), o La cara noroeste, ampliamente vitoreada por los asistentes, o esa impresionante declaración de amor hacia el padre que es Asfalto, y que Ricardo Lezón dedicó a todos los padres, fuimos testigos directos de esa nebulosa que acompaña a los conciertos de McEnroe; una sensación que te envuelve y te agita los sentidos en un maravilloso cóctel de sonidos y letras que salen directamente del corazón y se alejan de la cursilería más próxima o abyecta. Y así fuimos navegando por esa nave de sensaciones, luces y sombras que nos propusieron McEnroe con canciones como La distancia, Las Mareas o Luz de gas, donde una vez más, se permitieron el lujo de alargarla en una magnífica demostración preciosista de música y psicodelia apabullantes como solo pueden salir de unos grandes profesionales, para de esa forma, convertir ese tema en algo único, íntimo y preciosista, y que nos dejó con una sonrisa en la boca. 

Atrapar el tiempo, y la luz. La infinitud del horizonte o el libro de nuestras vidas. Tareas imposibles, sí, pero que de la mano de McEnroe, se nos antoja como algo posible o al menos distinto cuando de las cuerdas de sus guitarras nacen canciones como La electricidad o Rugen las flores, Los valientes o Naoko, o por qué no, cuando de las cuerdas vocales de sus seguidores surge ese grito universal en el momento que el grupo abandona el escenario y no paran de gritar: otra, otra, otra… 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de diciembre de 2022

MIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2022

 1.- MANUEL MOYA, LLUVIA OBLICUA: EL PODER DE LO IMPOSIBLE QUE SE ENCUENTRA SUMERGIDO EN EL MUNDO DE LAS SOMBRAS

¿Existe el poder de lo imposible? Aquel que se aferra a nuestras vidas de una forma tan caprichosa como delatora. Ese poder que se transfiere de los muertos a los vivos y nos mantiene en una continua tensión bajo un abrazo imaginario que, sin embargo, da cuerpo a todo aquello que de trascendente o universal tiene lo que en verdad importa. ¿Qué es lo que en verdad importa, la vida o el sueño? Soñar que sueño como diría Pessoa aferrado a la lluvia infinita que gobernó su vida y parte de su obra. Lluvia oblicua que se encargó de desdibujar su semblante y su figura hasta convertirlo en sombra. Sombra de sombras en la que se erigió como el dios perdido de una ópera trágica y oscura. Lírica y patriótica. Esotérica y nómada. Así, como un extraño dentro sí mismo habitó su vida; un puro teatro de voces en el cada una de ellas surgía como el poder de lo imposible que se encuentra sumergido en el mundo de las sombras. Sombras hechas voces. Y voces convertidas en poesía. El hombre que caminaba sin pisar el suelo fue el paradigma de la derrota; una derrota que, sin embargo, siempre nos habla de la dignidad del fracaso: «Los jóvenes me aprecian simplemente porque he fracasado. Todos los jóvenes del mundo andan fascinados por la derrota. Todos buscan el ejemplo del fracasado. Si por ellos fuera, pondrían estatuas del fracaso en todos los parques. Son jóvenes y por tanto disculpables. Un poeta está realmente jodido cuando en vez del fracaso, que es su estado natural, piensa en el éxito. Entonces ya está muerto, porque el éxito y el fracaso no son más que dos equívocos, dos ficciones sin valor. Éxito y fracaso son la misma cosa: nada. Solo que quien consigue el éxito no puede ya ignorar de qué clase de insustancial materia está hecho el éxito. Del fracaso se sale, del éxito no.»


2.- IRÈNE NÉMIROVSKY, LA VIDA DE CHÉJOV: EL ARTE QUE SE ALZA SOBRE LA VIDA

La vida, en ocasiones, se asemeja a un junco. Un junco que se mueve al ritmo que el viento le marca. Un junco que permanece aterido bajo la nieve en invierno y seco en verano. Ese junco, a través de su movimiento, es capaz de componer una melodía. Una música de los días y las noches. De los silencios y penurias. De los rayos del sol que le enarbolan como el símbolo de la tenacidad de aquel que nunca se vence. Del ejemplo de la sobriedad sobre la belleza que acapara el resto del mundo. El junco y su soledad son como una marca que marcha indisoluble a nuestra piel. Una marca que no se ve, pero que siempre está ahí, con nosotros. De este modo, esa lucha del hombre contra el mundo, en el caso de Chéjov, bien podría representar el arte que se alza sobre la vida. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín en el que nadie pudiera molestarle, y desde allí, primero escribir para sobrevivir, y después, construir su obra dramática con las escasas fuerzas que su discurrir vital le había dejado y la tuberculosis, cada vez más agresiva, le iba permitiendo. El caso de Chéjov, y su temprana muerte, siempre nos dejará con la incógnita de hasta dónde hubiese llegado la grandeza de su obra, de por sí gigantesca. Una circunstancia que comparte, entre otros, con los poetas británicos Keats, Byron o Shelley, o con el Premio Nobel de Literatura Albert Camus, o con el poeta portugués Fernando Pessoa, y por qué no, con la autora —Irène Némirovsky— de esta exquisita biografía novelada, sensible en ocasiones y cercana siempre al hombre y su obra. Una biografía que se asemeja a esa luz de la tarde que antecede a la noche y se cuela por las ventanas de nuestra casa al final del verano. Una luz tenue, lánguida que apenas roza los límites de las paredes de la habitación en la que nos encontramos. Así resurge la vida de Chéjov en las manos de Némirovsky. Pulcra y emotiva, para de ese modo, dejar fe de una existencia donde las puntiagudas aristas de la vida tienen la capacidad de seducción del reflejo del sol los últimos días del verano. Luz amortiguada por la sinuosidad de los acontecimientos de este hijo de tendero, donde los suaves detalles, insignificantes para la mayoría, aquí adquieren, gracias a la maestría de Némirovsky, el designio turbulento de las vidas marcadas por la soledad. 


3.- ALICE MUNRO, DEMASIADA FELICIDAD: LA CRUEL SOLEDAD DEL DIFERENTE

Soledad. Soledad como la fuerza que nos somete a lo largo de la vida. Soledad que no desaparece con la muerte. Esos reflejos interiores que nunca llegan a atisbarse en un mundo hostil y primitivo. Reflejos alejados de todo aquello que lleve la marca de la felicidad. Entonces, ¿qué representa ese efímero trasunto que deviene en demasiada felicidad? Esa demasiada felicidad que Munro nos presenta en esta colección de relatos es un mero deseo. Aquel que siempre anhelamos. Aquel con el que soñamos de una forma obsesiva. Aquel que no es real. En este caso, como ocurre en la obra de la escritora canadiense, las aguas subterráneas por las que fluyen sus relatos no dejan de correr por su mente. Por sus historias. Por sus vísceras. Aguas que salen a la luz en narraciones afincadas en una realidad muchas veces hostil y que huyen de ella asociadas a la indiferencia. Vidas anónimas que también necesitan de algo de cariño. Un cariño que parece que nunca encuentran, porque Munro indaga en los secretos que mueven nuestras vidas y en las atrocidades que éstos engendran. El resultado de todo ello convierte a sus personajes en seres débiles y sensibles que necesitan de ilusiones efímeras o absurdas que se crean ellos mismos para sobrevivir. La vida, en estos casos, es un espacio de ausencias, tal y como ocurre en el relato, Dimensiones, que abre esta recopilación. Ausencias que, sin duda, necesitan aliarse con el destino, y donde las historias contadas lo son de vidas paralelas que no tienen nada en común, salvo la soledad. Vidas paralelas que, sin embargo, acaban uniéndose en un enigmático final —marca de la casa— que nos ofrece la posibilidad de terminar o reinterpretar lo leído o imaginado. Un azar y sus consecuencias que está presente en El filo de Wenlock o en Pozos profundos, donde las historias quedan inacabadas, suspendidas en el aire, en la soledad y en la búsqueda de uno mismo y el resultado insatisfactorio que eso conlleva. Rastros de rostros que no acaban de romper con su pasado, porque siempre hay un lugar al que volver aunque éste sea el equivocado.


4.- GIORGIO BASSANI, EL JARDÍN DE LOS FINZI-CONTINI: LA DEMOLEDORA MIRADA HACIA UN DULCE Y PÍO PASADO

La naturaleza de esta novela se incardina en la demoledora mirada hacia un dulce y pío pasado, en el que el protagonista anónimo de la misma revisa su primer amor fallido de juventud. En esa sensación de pérdida y decadencia de la burguesía judía italiana que va dando pasos silenciosos hacia su exterminio sin apenas hacer ruido, es donde Bassani recrea su hacer literario impregnado de notables descripciones del entorno o las discusiones —muchas veces políticas— de sus personajes. Unos personajes que andan perdidos entre el amor frustrado del protagonista, y la sensación de soledad y engaño que el distanciamiento de la realidad que, casi todos ellos profesan por mucho que se alcen como defensores del comunismo o de unan postura más moderada como el socialismo, manifiestan. De ahí, que a lo largo de sus páginas vayamos desgranando ese universo convulso que tiene algunas semejanzas con la novela de Arthur R. G. Solmssen, Una princesa en Berlín; lo que nos ayuda a visualizar, que no a comprender, el horror hacia el que se encaminaba el mundo tras la finalización del Primera Gran Guerra. A pesar del trasfondo en el que se desarrolla, estamos ante una novela iniciática y de aprendizaje, donde de alguna manera trata de imponerse el espíritu del artista que se vislumbra en el protagonista y su necesidad de búsqueda a través del arte, la literatura, y cómo no, la poesía. En ese recorrido, Bassani nos deja muchas muestras de la semblanza artística presente en Italia a principios del siglo XX. Una visión del arte que fija su objetivo en la soledad e incomprensión que su protagonista manifiesta contra sí mismo y contra las corrientes antisemitas bajo el telón del fondo de fascismo y el nazismo, que él, contrarrestará, a través de la necesidad de búsqueda de una libertad completa que vaya más allá de las arcaicas estructuras en las que vive y siente. Romper ese cascarón será, sin duda, su meta. Un camino vital que recorrerá de una forma lenta, pero al final segura, tras ir consumiendo las etapas presentes en el desamor y en su afán a la hora de enfrentarse al mundo lejos de su entorno. 


5.- JUAN CLAUDIO DE RAMÓN, ROMA DESORDENADA LA CIUDAD Y LO DEMÁS: UN PUZLE ERUDITO SOBRE LA CIUDAD ETERNA Y SU HISTORIA PLAGADO DE ANÉCDOTAS Y LLENO DE VIDA

Ver, sentir, observar, pensar y, al final, disfrutar de la diferencia de aquello que cada uno percibe como único, pues única es la forma de experimentar la vida a través de los sentidos. Ahí, es donde sin duda conectamos con la belleza y su capacidad para cambiarnos y transformar un viaje en un cúmulo de sensaciones que harán de nosotros algo distinto. En ese espacio tan pocas veces explorado es donde se esconde la magia del viaje. Roma y su infinitud. Roma y sus múltiples destellos de arte. De sonidos. De sorpresas. De miradas en las que buscar aquello que nos hace diferentes. Roma pitonisa y mágica. Alumbradora y mística. Secreta y apabullante. Esa es la fotografía caleidoscópica que de la ciudad del Lazio hace Juan Claudio de Ramón en Roma desordenada la ciudad y los demás, un puzle erudito sobre la Ciudad Eterna y su historia plagado de anécdotas y lleno de vida. Un viaje que va desde lo majestuoso a lo cotidiano, aunque más bien podríamos decirlo al contrario, pues parte de la anécdota vivida o diaria que va en busca de esa otra historia que está tapada por la tela del tiempo y los siglos. Expresiones que parten de lo particular en busca de lo genérico, histórico, artístico, político. También de lo erudito, pues estamos ante setenta minuciosos relatos cortos que buscan el detalle en una ciudad inabarcable que funciona como piezas de un puzle que, a medida que leemos, vamos completando de una forma singular y majestuosa por la ambición de quién lo escribe y su proyecto, y por lo que se desprende de cada uno de ellos: la importancia del viaje, de ver, de sentir, de explorar. Al final esta Roma desordenada es el viaje interior y onírico de un diplomático que ha tenido la fortuna de pasar cinco años destinado en Roma, y que convierte su estancia en la ciudad en la senda infinita de aquel que busca y necesita lo imposible: actuar como un falso dios terrenal que lo tiene todo al alcance de sus pies, y de la profundidad de su mirada. Si como decía Paul Cézanne: «Ver es pensar», Juan Claudio de Ramón nos facilita esa labor en este libro de viajes donde lo demás lo es todo. El caos y su furia. El ruido y su distorsión. La belleza y la máxima expresión del arte. La Historia y los seres humanos que la han construido, y posteriormente destruido y reconstruido. Avanzar por las calles de Roma es hacerlo por un universo onírico y divertente, fílmico y teatral, arquitectónico y pictórico, monumental y arqueológico. Piedra tras piedra, monumento tras monumento, iglesia tras iglesia, nuestra mirada, a través de la del autor, va enriqueciéndose de sensaciones e imágenes que ya formarán parte de nuestro imaginario particular y colectivo. Acervo sentimental y lúdico. 


6.- PAUL AUSTER, EL PALACIO DE LA LUNA: LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD A TRAVÉS DEL AZAR

¿Se puede predecir el futuro, o son las sinergias del azar que en determinadas ocasiones gobiernan nuestro destino las que en verdad posibilitan que nuestras vidas sean de una forma y no de otra? A simple vista parece que disponemos de diferentes opciones a la hora de construir nuestro futuro. El esfuerzo, el trabajo, la dedicación plena a una actividad en concreto. Todo ello, sin duda, en aras de no facilitar la dispersión o la incertidumbre. Sin embargo, cuando creemos que lo tenemos todo controlado surge el azar y lo cambia todo. Esa fuerza, que existe, pero que casi nunca llegamos a entender muy bien, forja con sus casualidades muchos aspectos de nuestra existencia, eso sí, saltándose las reglas de toda lógica, pues nos moldea la vida de una forma imperceptible e invisible, tal y como el viento diseña la forma de las rocas día a día con el paso del tiempo. Paul Auster, un escritor que escudriña el azar objetivo, lo sabe muy bien y, tras una experiencia inexplicable que le ocurrió en su infancia, ha recorrido toda su vida y obra literaria por una autopista donde el azar o el destino se encargan, entre otras cosas, de ponerle y ponernos constantemente a prueba. Y, quizá, más que nunca lo haya hecho cuando ha tratado de buscar su propia identidad y la de sus personajes, enmarcadas o no, en el juego de las casualidades. 


7.- HILARIO J. RODRÍGUEZ, LAS DESAPARICIONES: LAS COORDENADAS GEOGRÁFICAS DEL TIEMPO O EL ARTE DE LO INVISIBLE Y LO INESPERADO
 

Leer. Pintar. Buscar. Bucear en las entrañas de la vida y viajar entre las coordenadas geográficas del tiempo. Allí, donde el arte de lo invisible y lo inesperado toma cuerpo, palabra, obra y acción. Allí, donde disfrutar del feliz descubrimiento es una invocación a una nueva vida. Allí, allí, allí… donde anida la materia infinita rodeada de fantasmas. Así se podría definir al arte y a sus múltiples manifestaciones que van a caballo, delante o detrás, de las manecillas del tiempo. El tiempo… espacio geográfico en el que indagar, y a partir de ahí, celebrar, aprender, enamorarse o rehuir de lo hallado. El tiempo… ese lugar donde se encuentran lo único y lo múltiple. El espacio en el que se produce el mayor de los milagros: adivinar lo que se esconde detrás de lo que es puro reflejo o ensoñación, porque es la materia intangible que nadie ve más que uno mismo—. El tiempo… o la capacidad de llegar a reaccionar a tiempo ante lo inesperado y de ese modo reclutarlo hacia nuestro propio bien. De esa incertidumbre nace la tierra infinita que crece a nuestro alrededor. La tierra que se abona con la lujuria de los otros. Aquellos que escriben, pintan, o se manifiestan sin otra intención que la de ser, buscar o encontrarse. Aquí no hablamos del éxito a gran escala, sino del silencio con el que reparamos nuestras heridas y seguimos soñando con alcanzar lo inabarcable: el tiempo. El tiempo y sus coordenadas geográficas se manifiestan en este libro a medio camino entre el ensayo, la auto-ficción o la novela de investigación, como un todo externo al mundo regido por las normas más convencionales. Las desapariciones es la magia que se esconde tras los espectros de un mundo al margen. Un mundo, donde las sombras, los espejos y las tinieblas son los auténticos protagonistas de un universo único por distinto, mágico por envolvente, y aterrador por el desasosiego en el que se sustenta. Gracias a Hilario J. Rodríguez, y su capacidad de abstracción, nos aproximamos a un espacio donde el tiempo es una grieta de sí mismo. Una grieta que nos lleva de acá para allá y difumina nuestras buenas intenciones para obligarnos a explorar nuevos territorios sin brújula y sin ocaso. Las desapariciones es un viaje atemporal por el mundo del arte y sus múltiples manifestaciones.

Ángel Silvelo Gabriel.