Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 16 de junio de 2021

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA, PREFAB SPROUT, LA VIDA ES UN MILAGRO: DESTELLOS DE BELLEZA, ESPIRITUALIDAD Y AMOR A LA MÚSICA

 


La música como religión. La música sin más deidad que la búsqueda de la belleza. La música y sus himnos, melodías, canciones, arreglos y susurros como oficiantes únicos a la hora de crear destellos de belleza, espiritualidad y amor a la música. Esa felicidad, intrínseca a una canción, capaz por sí sola de hacernos sentir otros en la búsqueda de la felicidad. Esa parcela en la que siempre abrigamos un mundo lleno de esperanza. Belleza y felicidad que se dan la mano bajo los acordes de una canción. Aquella que hacemos nuestra aunque esté cantada en un idioma que no entendamos. La música como lenguaje universal de los sentidos y los sentimientos. De aquellas sensaciones que tan pronto nos ponen los pelos de punta como que propician el inicio de un viaje. Travesía iniciática hacia lo desconocido, como desconocida para un artista es la búsqueda de la belleza. Intangible, sin duda, como todo aquello que es único e irrepetible. Esa luminosidad, reservada a los dioses, es la que se esconde tras la esencia de un genio de la música como es Paddy MacAloon, a la sazón alma de las canciones de ese grupo inigualable que es Prefab Sprout. Su mayúsculo talento como escritor de canciones le fue revelado cuando desde el principio de su carrera supo que su mayor virtud era esa: la de escribir canciones. La fama, el dinero, y todo aquello que arrastra la música pop (a gran escala) nunca le interesaron, y mucho menos, tras su operación de retina y el insufrible padecimiento de los acufenos en sus oídos que no le permiten escuchar y trabajar sobre su música tanto como él quisiera, amén de su rotundo ansia por el perfeccionamiento sobe aquello que compone y le hace retrasar todos y cada uno de sus trabajos que, en un número muy extenso, no han visto ni verán la luz como nos apunta Carlos Pérez de Ziriza en el magnífico estudio que sobre el grupo ha hecho bajo el nombre de La vida es un milagro publicado por Efe Eme. En este sentido, caer rendido ante la elegancia compositiva de Paddy McAloon es una prueba ante la que nadie, con un mínimo de sensibilidad musical, puede resistirse, pues su universo es único, tan único como el de cualquier otro genio del mundo del arte. Su universo es comparable a una gran galaxia bajo cuya cúpula (en la que cada estrella representa una de sus canciones), solo tiene cabida su perpetuo amor a la música. 

Genialidad, luminosidad, su particular búsqueda de las esencias. Perfeccionismo innato que huye de lo sencillo, enfermedad, enciclopedia astrológica… Todo ello pegado a la piel del cantante de Durham. Verdad o mentira. Leyenda o bulo (es un dato al que Pérez de Ziriza no hace referencia en el libro, por lo tanto no debe ser cierto), hace años se dijo que su pasión por la astronomía y las estrellas y su deseo de publicar una enciclopedia sobre astronomía fueron la causa principal de sus problemas de visión (una vida entregada a mirar las estrellas y más allá). Y si fuera verdad, no nos resultaría nada extraño, porque este gran observador del mundo llamado Paddy McAloon decidió mirar hacia arriba tal y como se nos sugiere en la portada del disco Andromeda Heigths; o desde arriba, como se refleja en la portada del disco Let’s change the world with music. Sea como fuere, lo que sí es una verdad aplastante es su innata capacidad para crear universos que en un principio se fijaban en lo más cercano para poco a poco irse alejando hacia lo más universal o genérico con el paso de los años y la publicación de sus álbumes tal y como muy bien nos indica Ziriza en este joya de libro que ha escrito como homenaje a uno de los mejores grupos de la música popular de todos los tiempos. Palabras que, sin duda, también forman parte del léxico de un Julián Ruiz siempre rendido ante la genialidad compositiva de McAloon. Sin necesidad de hacer hincapié más en uno que en otro de estos aspectos, el rasgo principal de su música es su espiritualidad; un destello que a medida que conocemos sus trabajos es como una pincelada apenas perceptible y, sin embargo, netamente embriagadora cuando escuchas sus canciones; una particularidad que llega a sus más altas cotas en su álbum Let’s change the world with music con temas tan maravillosos como Angel of love, donde su melodía es una fuente inagotable de espiritualidad y de amor hacia la música; una pequeña obra maestra que sigue el rastro de su álbum Steve McQueen, una joya que en el año 1985 cambió el ritmo de la música y su sentido para todos aquellos que quedamos enredados en sus notas con canciones memorables y únicas como: When love breaks down, Bonny, Goodbye Lucille #1 o Appetite. 

La vida es un milagro es un prodigio de datos y sentimientos sobre Prefab Sprout que están volcados sobre las páginas de este libro con una envidiable pasión hacia la música del grupo y su líder: Paddy McAloon, del que Ziriza hace un retrato muy cercano a través de las dos entrevistas que le hizo; la última, y muy extensa, la realizada exprofeso para este libro, y que nos deja ver la figura de una persona sencilla, escondida bajo el signo del más absoluto anonimato y entregada a aquello que él entiende que mejor saber hacer: componer canciones. Un estar fuera del mundo que él traduce en notas que apunta en su libreta (cual novelista). Sensaciones que, por ejemplo, atrapa tomándose un café en el condado de Consett (a veinte kilómetros de Newcastle) en el que vive. Notas que expresan la pureza, la ensoñación, el acercamiento a un dios que habla a través de la música y sus manos. Manos que se vuelcan no solo sobre las cuerdas de una guitarra, sino también sobre órganos y sintetizadores multidimensionales a los que Paddy dota de un alma especial. 

La vida es un milagro es un trabajo ameno y profundo sobre la historia de Prefab Sprout, en el Carlos Pérez de Ziriza se adentra, entre otros aspectos: en el análisis pormenorizado de sus discos editados hasta la fecha, en un diccionario de referencias sobre su música a través de autores universales como David Bowie o Paul McCartney, entre muchos otros, y donde el desglose que hace sobre la carrera y la música del grupo es esencial y muy amena, lo que nos ayuda a conocer de primera mano la intrahistoria de un músico universal, Paddy McAloon. Tan universal como lo han podido ser los más grandes de la historia de la música popular. Un grupo, Prefab Sprout, entregado a la búsqueda de los destellos de la belleza y la espiritualidad intrínsecos a la música.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 18 de mayo de 2021

JUAN BONILLA, LOS PRÍNCIPES NUBIOS: LA IRÓNICA LEVEDAD QUE TRANSITA POR LA TRAGEDIA

 


Atravesar el muro de la desdicha, y usarlo para crear un mundo nuevo en el que solo cabe la desgracia (tanto del cazador como del cazado) es una buena aproximación al terreno donde nada más que existe la mera supervivencia, ya esté ésta amparada por la civilización occidental o el tercer mundo. En Los príncipes nubios ese mundo es un espacio a la deriva donde la irónica levedad que transita por la tragedia no es sino la excusa para narrarnos la historia de su protagonista: Moisés Froissard Calderón que, en sus desencuentros con sus múltiples e inesperadas experiencias vitales, siempre acude a ese eco en forma de oración que le enseñaron desde pequeño y que consistió en aprenderse de memoria su nombre completo y dirección, a lo que él, a lo largo de la novela agrega su profesión o algún rasgo de su identidad, dependiendo de las circunstancias. De ahí que no sea de extrañar que empiece con un simple: Moisés Froissard Calderón, La Florida 15, tercero B, salvador de vidas. Un salvador de vidas que no es tal y acaba en un simple canalla. Esa falta de rasgos de identidad tan lejana a cualquier dato que nos acerque a un propósito moral, le proporciona a Juan Bonilla la posibilidad de crear a un personaje atípico, aséptico o incluso cercano al absurdo de los existencialistas, pues su devenir es un brebaje de locos acontecimientos narrados bajo un perfecto estilo periodístico y, en muchas ocasiones, cercano a autores norteamericanos cuando éstos nos presentan la voracidad del mundo y de la vida con los más desfavorecidos. Esa falta de sentimientos ante la locura en la que se va convirtiendo su historia para el club para el que trabaja salvando vidas (gran eufemismo sin duda por parte de su creador), nos remite al tan cacareado dilema de lo que es ético o no lo es, pues en la desgracia que acompaña al condenado, en este caso también existe la posibilidad de subirse a esa nave de locos que es el mundo occidental. 

En Los príncipes nubios nada es lo que parece, pues hasta a los que podíamos tildar de malos también son atacados por la acidez de la ironía de Bonilla, pues los convierte en unas víctimas más de la realidad en la que están inmersos, de tal modo, que no hay no vencedores ni vencidos, pues todos ellos alcanzan sus propósitos más cercanos por muy erróneos o equivocados que sean éstos. Esta novela no va sobre la inmigración, como muy bien apuntó en su día su autor, y por mucho que ese sea su telón de fondo. Una oscura y triste realidad que estos días nos vuelve a golpear de nuevo; una realidad que nos da una bofetada y pone en evidencia la sempiterna repetición de los errores del hombre a lo largo del tiempo. Muy al contrario, Los príncipes nubios es la historia de Moisés y su falta de adaptación a un mundo que él ve y revisa a través de esos ecos de su infancia y de su familia que va narrando con la notoriedad de la sencillez que no busca una respuesta, sino a través de la contemplación de una vida a remolque de los acontecimientos: novia, perro de la novia, ONG’s, guardia civiles corruptos, o desdichados sin nombre. Un protagonista al que Bonilla nos presenta como un salvador de vidas que no es tal, sino más bien un buscavidas con retranca y soluciones angelicales o locuaces respecto de los momentos difíciles o críticos a los que tiene que hacer frente, como sin duda son las muertes de sus padres, solo por poner un ejemplo. Un buscavidas que no se destruye a sí mismo sino mediante los actos de los demás, que le van situando en un devenir que a veces es cómico y nos transmite la necesaria capacidad de saber reírse de uno mismo. 

Con esta novela Juan Bonilla ganó el Premio Biblioteca Breve del año 2003. Una novela que por momentos es divertida y ácida a la vez, pero sin que te llegue a impactar. Los príncipes nubios es una historia bien contada y resuelta a modo de relato corto que, sin embargo, no te deja huella más allá del mero entretenimiento. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 10 de mayo de 2021

THOMAS WOLFE, HISTORIA DE UNA NOVELA: EL PODER BRUTAL Y FULGURANTE DE LA LETRA IMPRESA

 


Abandonarse a la lujuria del tiempo. Un instrumento con el que colonizar el mundo a través de la memoria. Una memoria repleta de palabras que salen abruptamente de la mente y necesitan un espacio para ser eternas. De la memoria a la realidad, o de la más pura ficción que encuentra su fuente en la que saciar su sed en el día a día. En el poder brutal y fulgurante de la letra impresa como nos dice Thomas Wolfe en esta portentosa novela corta donde la literatura lo es todo: el mundo y sus aledaños. Porque Wolfe, víctima de sus desmesurada memoria, es incapaz de huir o dejar a un lado ese mínimo detalle que le martiriza y le obliga a plasmarlo en una cuartilla en blanco que a él se le queda pequeña e inútil para tanto como tiene que contar. La vida, su vida. El mundo, su mundo. Su ingenio descomunal repleto de una intensa prosa poética que lo acapara todo: lo superfluo y lo fundamental. Nadie como él para describir la melancolía o ese aura que anda suspendida en la atmósfera que envuelve a sus personajes. Thomas Wolfe en Historia de una novela nos habla del método a la hora de empezar a escribir de un escritor joven y sin oficio. De esa literatura que parte de la autoficción o autobigrafía y sus consecuencias. De su gran memoria, o del torrente inagotable y la vividez de sus recuerdos. A pesar de todas esas iniciales intenciones, Historia de una novela se aparta del método para sumergirse en el caos de un escritor que no conocía límites a la hora de ponerse a escribir. De ahí, el gran alumbramiento que supuso para su obra el conocimiento y sabiduría de Maxwell Perkins, su editor, que con una paciencia infinita y unas dotes inigualables sobre la materia prima con la está formada la gran literatura, hicieron de su obra algo único; único y portentoso. Perkins evitó la capacidad de dispersión del escritor, pero no solo hizo eso, sino que acabó aguantando los desplantes y el mal humor de Wolfe; una terapia que le llevó a acogerle como si fuera el hijo que nunca tuvo (solo tuvo hijas). De esa templanza, sin duda, emergió una gran obra, solo truncada por la temprana muerte de Wolfe a la edad de treinta ocho años víctima de la tuberculosis. Wolfe, coetáneo de Fitzgerald o Hemingway, con quienes además compartía editor, fue un verso libre de la historia de la literatura norteamericana del siglo XX; un escritor a quien se le comparó con el poeta Walt Whitman, por su innata capacidad de retratar el mundo tal y como era, además de por la fuerza expresiva de su narrativa.  

Historia de una novela es una atormentado e intenso caleidoscopio vital y literario lleno de nostalgia. Una añoranza que Wolfe expresa, acerca de sus orígenes y su familia, cuando vive en el extranjero en ciudades como Londres o París, donde aislado en una habitación reconstruye aquello que forma parte de su vida de una forma íntima e innegociable con el resto del universo o las más ponderosas posturas literarias. En este terreno inabarcable e inasumible para la gran mayoría, el mago de las letras juega a ser Dios a lo largo de los seis años que transcurren entre la publicación de su primera novela El ángel que nos mira (1929), y la segunda: Del tiempo y el río (1935); un período de tiempo que él sí condensó en unas pocas páginas que son, sin duda y entre otras cosas, un homenaje a su editor, pues su figura resplandece entre tanto caos, pues no hace falta más que leer la extensa enumeración a la que él nombra como, sueños de culpa y tiempo, para darnos cuenta de que su portentosa memoria se comporta como un Dios en la tierra: pues esa enumeración es la máxima recreación de un paraíso terrenal a través de las palabras; un paraíso donde las imágenes y los recuerdos reconvertidos en palabras y conceptos asaltan nuestra mente como un todo del que es muy difícil escapar: «Había un tipo de sueños que sólo podría catalogar aquí como sueños de culpa y tiempo. Camaleónicos en toda su abominable e incesante fecundidad, estos sueños volvían a erigir ante mí todo el universo que había conocido, los billones de rostros y el millón de lenguas, y lo hacían con malévola arrogancia, con facilidad y sin esfuerzo. Mi conflicto diario con cantidades y números, las enormes listas de mis años de lucha con las formas de vida, mis brutales e interminables esfuerzos por registra en mi memoria cada ladrillo y adoquín de todas y cada una de las calles por las que había caminado, cada rostro en medio de cada confusa multitud en todas las ciudades, cada uno de los países con los que mi espíritu había entablado una lucha salvaje y desigual por la supremacía...»  Y, así, hasta el infinito, donde la universalidad de su prosa y su literatura no hace más que crecer, como el poder brutal y fulgurante de la letra impresa en la que se vio encadenado. A lo que sin duda han contribuido las nuevas ediciones de sus novelas cortas emprendidas por la editorial Periférica en el año 2014 con El niño perdido; o la gran recopilación de sus relatos y novelas cortas editada por Páginas de Espuma bajo el título de Cuentos en el año 2020. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 4 de mayo de 2021

FRANCISCO UMBRAL, MORTAL Y ROSA: UN LARGO POEMA DE AMOR


Buscar en uno mismo aquello que la vida nos arrebató de una forma cruel e inesperada. Hacerlo a través de uno mismo como prolongación del hijo que día a día se va muriendo, y como anticipación del mañana y la tragedia. Hacerlo mediante los recuerdos de su niñez (la del poeta narrador), que afloran en la ausencia. Ausencia impuesta por la vida, el destino y la muerte. Ausencia no deseada. «Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas». De ahí, que cuando la realidad y la ficción interfieren la una con la otra, y se funden en una sola, surge la leyenda en contraposición del mito, el hado y sus aristas frente al olvido, las huellas del dolor y su vacío como puñales asesinos. Mortal y rosa es un largo poema de amor con ecos de surrealismo arrabaliano; un surrealismo conmocionado por el pasado y la construcción del hijo a través del padre. Igual que si éste fuese un heterónimo nacido del dolor y la inocencia perdida, porque nace de su propio ser, de su «yo», y de su carne. La palabra, entonces, se hace piedra y agua que la desgasta, nube y aire que la disemina, sed y agua que no la calma. En este largo poema de amor, Umbral naufraga, él solo, tras cada palabra, recuerdo o intento de apoderase del tiempo y la vida. Él conoce el sentir de su derrota, y por eso se deja llevar por las aguas que le conducen a la nada. «La muerte es nada» nos dice, como la vida es nada sin el hijo: «Ea, mi niño, ea», concepto traslúcido convertido en sombra, pero también en mecedora, pizarra y tiza, en oso de peluche…

 

En el mundo de la literatura hay muchos ejemplos de la desolación ante la muerte. Una muerte siempre injusta, temprana y cruel. Baste recordar a Jorge Manrique y Coplas por la muerte de su padre. Más cerca de nosotros también se encuentra Albert Camus, cuando en su novela, El primer hombre, se enfrenta a sí mismo, a sus raíces y al encuentro de su padre desde la convicción de que ese primer hombre que no llegó a ser su progenitor es él, cuando delante de su tumba piensa que el hombre enterrado que yace bajo tierra era más joven que él: «Y la ola de ternura y compasión de golpe que le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desconocido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado». O también, mediante la búsqueda del hermano muerto a través de las sombras de los recuerdos y la melancolía que éstas nos producen, tal y como sucede en la novela El niño perdido de Thomas Wolfe:  «El modo en que las cosas resultan no tiene nada que ver con lo que uno espera que sean...» Por no hablar de esa confrontación del desasosiego que siempre acaba en la nada y que tan bien expresó en su obra Fernando Pessoa en primera persona y tras sus heterónimos. Voces que cobran vida propia dentro de sí mismo, como en este caso le ocurre al hijo muerto en Mortal y rosa, porque como nos dice Félix Grande: «Mortal y rosa es el poema del infierno y es el retrato del infierno. La lágrima a la vez imprecatoria y clandestina que se arrastra por las páginas de este libro como la baba colosal de un caracol irreparablemente huérfano, esa lágrima empujada por el pudor, es la noticia del infierno, y es a la vez una humedad verbal, una humedad poética a la que ni siquiera el infierno consiguió evaporar». De esa petrificación del dolor y la muerte surgen, en el relato, las calaveras: «¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Por dentro de la calavera está el personaje mirando al mundo, y la calavera nos mira con ojos de antifaz, porque la clavera no es la verdad de un rostro, sino la máscara última. “Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados”, escribe Rilke. La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras». Y en esa máscara de máscaras es donde se refugia Umbral para intentar desasirse del vacío que le produce la muerte del hijo infante, del niño con media melena, del hijo de ojos claros, de mirada límpida y transparente. Hijo que nació de la carne y antes de tiempo se transformó en ángel. Ángel de corta vida y largos sueños. Anhelos plagados de un denuedo trágico y poético que nos acoge tras el silencio de la casa, de la habitación, de los juegos y de las mañanas compartidas en la cama.

 

Mortal y rosa, metáfora del mundo y de la vida. De la ausencia que nunca se debió producir. Del vacío del «yo» arrebatado por el destino. Del otro que nos dejó vacíos frente a la mudez del mundo, nuestro mundo. Oquedades que ya no sabemos cómo cubrir sino con el dolor que subyace en un largo poema de amor. Amor que traspasa los días. Amor infinito como nos dice Pedro Salinas, en los versos escogidos para abrir este libro: «...esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito».

 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 8 de abril de 2021

TESSA HADLEY, LO QUE QUEDA DE LUZ: EL YOÍSMO Y SUS AMBAGES

 


Atrapados en nuestro propio laberinto igual que Cíclopes de un solo ojo que han perdido el rumbo y van en una única dirección. Y todo, por ese oscuro artificio del azar que representa la vida no vivida. Una vida que nunca pensamos que tendríamos que experimentar, pero que es la vida tal y como es y no cómo nos la imaginamos. Esas falsas ensoñaciones, sin embargo, traen consigo cambios accidentales provocados por las erupciones dormidas en el letargo del tiempo. Relámpagos vitales que siempre están esperando su momento: el de la venganza. Pues esa venganza es la que parece que albergan los personajes principales de esta última novela coral de la escritora inglesa Tessa Hadley que, bajo el artificio de la calma y la falta de falsos efectismos, nos presenta con una majestuosidad doliente —y a veces perversa—, las auténticas dimensiones del yoísmo y sus ambages. Un lenguaje, el del yo, que no solo identifica a un gran porcentaje de los seres humanos en la actualidad, sino que además, los retrata como auténticos robots de carne y hueso. Máquinas sin más alma que la vertida sobre los demás. Esos otros yos que conforman la parte pública que ellos en su interior creen que no son, pero que adheridos a esa corriente tan común en nuestra sociedad como es la hipocresía, refuerzan los vínculos de pareja, amistad y familia sin remordimientos. Christine y Alex por un parte y Lydia y Zachary por otra, son arquetipos de personas que matan gran parte de su vida en buscar y rebuscar en el fondo de sus entrañas sin saber muy bien aquello que quieren. Y de esa anulación del verdadero deseo, surgen otros anhelos, aquellos que les llevan a ejercer su yoísmo sin remordimientos, pues el propio deseo, al fin y al cabo, es el que cuenta. Con esa aparente fachada de libertad, Hadley retrata la vida conyugal de las parejas consolidadas y de los miedos y fantasmas que las poseen, determinando una suerte infinita de posibilidades donde ya se han esfumado la lealtad al otro, o la fidelidad al juramento que en un momento de sus vidas les llevó a compartir sus destinos. 

Lo que queda del día se asemeja mucho a esa tenue luz de final de verano que se cuela tras las cortinas de las ventanas de las casas y las llena de reflejos, si queremos irreales, pero que son como figurantes que nos hablan de nuestras vidas y sus consecuencias. Reflejos que no tienen miedo, al fin, a conocer la verdad. Una verdad que ilumina esos aspectos del alma que estaban a oscuras esperando que alguien los enfocara. De ese desconocimiento surgen otras vidas. Distintas. Inesperadas. Posibles. Vidas que son el soporte en el que nos sustentamos para reiniciar de nuevo a ese yo que llevamos dentro creyendo que esta vez será diferente. De ese auto engaño también nace la posibilidad de llegar a ser otro. Ese otro que se revela como una nueva tiniebla que juega a convertirse en pura luz, aquella que nos alumbre el nuevo camino. 

Tessa Hadley nos propone con una aparente sencillez, en Lo que queda de luz, la naturaleza escondida que se refugia tras las relaciones interpersonales. En este caso, de la clase acomodada británica: libre ya de la sociedad victoriana, pero inmersa todavía en la esclavitud que representa el manejo de las emociones. Un estigma que nos deja sin palabras cuando tenemos que hacer frente a lo inesperado. Esos accidentes vitales que pueden venir representados por la muerte, la pérdida de confianza o la infidelidad. Rasguños que unos y otros tratamos de tapar con falsas esperanzas, aquellas que nos crean el yoísmo y sus ambages.  

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 9 de marzo de 2021

CARLOS MATALLANAS, EL EJEMPLO DE VIDA Y ESPERANZA DE UN REBELDE



Hoy, 9 de marzo de 2021, el cuerpo de Carlos nos ha dejado, pero no así la mirada del niño que corría detrás de una pelota, ni la del joven que paseaba su rebeldía por los campos de fútbol, tal y como reflejan las botas que presiden la sede la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE). Mi encuentro con él fue accidental, como tantas cosas que nos ocurren en la vida. En nuestro caso, se produjo a través de la literatura, cuando tuve la fortuna de ganar la Primera Edición del Premio de Novela Breve que lleva su nombre. Después del vídeo que se proyectó en la entrega del premio el 4 de marzo de 2019, fui consciente, por primera vez, de la relevancia de aquel momento. No por mí, sino por él. Tanto es así que tuve que cambiar el inicio del discurso de agradecimiento que tenía preparado, para felicitarle por el ejemplo de vida y esperanza que se deprendía de sus palabras y de esa eterna sonrisa que siempre nos mostraba. 

Días más tarde, el 10 de marzo de 2019, le escribí esta carta que titulé como, Carta abierta a Carlos Matallanas.

«¡Hola, Carlos! Hasta hace poco más de cinco meses no conocía ni tu nombre ni tu lucha. Como hago a diario durante los últimos diez años, una mañana de principios de octubre, consulté las páginas web de premios literarios para decidir aquellos a los que presentar mi obra. Cuando leí las bases del concurso que lleva tu nombre lo primero que pensé fue: ¿Por qué, no? A pesar de reconocer que era todo un reto muy duro. Un sueño casi imposible. Sobre todo, por el corto espacio de tiempo que tenía para escribir una historia de casi 150 páginas. Es verdad, apenas tenía tres meses. Menos mal, que enseguida tuve claro aquello que quería escribir. Lo primero que pensé fue que quería unir literatura y deporte. Y se me ocurrió hacerlo a través del espíritu de lucha de un adolescente que quiere ser un jugador de fútbol profesional hasta los 18 años. Un espíritu de lucha que sin embargo se tenía que trasladar al resto de su vida, pues esa era la única fórmula válida para transmitir el verdadero espíritu del I Premio de Narrativa Breve Carlos Matallanas (debo decirte que rara vez escribo algo a propósito para un premio, como hice esta vez). 

Lo del fútbol lo tenía claro, porque fuera de las estridencias de los forofos de los diferentes equipos de la liga española, lo que en verdad les une a todos ellos es la selección, o al menos eso es lo que a mí me parece. Bajo esa idea yo quería retratar el largo recorrido que hay, desde el mítico partido del 12-1 de España a Malta (jugado el 21 de diciembre de 1983 en el estadio Benito Villamarín de Sevilla), hasta la consecución del Mundial del año 2010 en Sudáfrica. Y, por encima de todo ello, quería plasmar la fuerza que desprenden las palabras, por supuesto las mías, pero sobre todo, las de grandes escritores que a lo largo de sus vidas disfrutaron con el fútbol y escribieron sobre él, para de ese modo, fundir literatura y fútbol. 

En principio, yo creía que ya contaba con todos los ingredientes para escribir mi historia, pero aunque yo no lo supiera en ese momento, con el transcurrir de los días intuí que me faltaba lo fundamental. Y lo fundamental era plasmar el espíritu de lucha que te caracteriza, y con ello, hacer de mi protagonista un símbolo de la frase que tú muestras en una pizarra: «Todo va a salir bien», porque como dije en la entrega del premio literario que lleva tu nombre: «A veces las cosas salen bien, y los sueños se cumplen». Una frase que nadie entenderá como debe, sobre todo, si la relacionan contigo, y además, si solo se queda con tu imagen actual. Y no lo harán, porque quizá no se den cuenta de que los sueños tienen muchos caminos y formas de cumplirse. En tu caso, después de ver el vídeo de Fernando Torres en Japón, creo que uno de tus sueños cumplidos (y del que muchos no pueden presumir), es el de ser un ejemplo para tu familia, tus amigos y todos aquellos que te quieren bien y te conocen. En la sociedad en la que vivimos, parece que no nos damos cuenta de que los sueños tienen múltiples formas de materializarse y metas a las que llegar. Quizá, porque en la actualidad, esas falsas formas y metas que visualizamos, lo único que consiguen es atarnos las manos en vez de darnos más libertad y fuerza. Después de oír las múltiples actividades que llevas a cabo a diario, creo que tu firme convicción de visualizar la vida como un futuro que se plasma en disfrutar de la vida a cada momento, es uno de tus mayores logros de cara a los demás, y no solo eso, sino que también lo conviertes en el ejemplo a seguir por todos nosotros. 

Debo confesarte que, al conocer tu historia, enseguida te visualicé como si te hubieses convertido en el poeta romántico inglés, John Keats. Hay una imagen de él, en la película Bright star dirigida por Jane Campion, en la que sale encaramado en lo más alto de la copa de un árbol. Tumbado. Mientras disfruta del éxtasis que le proporcionan su poesía y el amor hacia su amada Fanny Brawne. Lo singular de esta imagen, es que el poeta se convierte en un ruiseñor que canta su melodía al amanecer, cuando solo él es el dueño del silencio. Yo te veo así, igual que un ruiseñor que vuela en libertad sobre todos y cada uno de nosotros; un ruiseñor que persigue sus sueños día a día y, que a día de hoy, es la esencia de la rebeldía; una rebeldía para nada silenciosa, pues la manifiestas a través de tus palabras. Palabras que inundan la vida de los demás, y no solo a través de tus conocimientos sobre el mundo del fútbol, sino también acerca de lo que éste significa en la vida. Decirte también que, el día de la entrega del premio, al ver el vídeo en el que decías el nombre del ganador, supe que cada vez que te recordase lo haría viéndote correr con tu perro en las playas del Puerto de Santa María, o en un campo de fútbol con tu camiseta amarilla y esas botas que presiden las oficinas de la AFE en Madrid, y que es lo primero que se ve al entrar. Unas botas a las que va unida esta frase, como tú conoces muy bien: «Mis botas, allá donde se quieran poner, serán un símbolo de rebeldía». Decirte que, a mí, no se me ocurre un mejor lugar que ese para que se convierten en ese símbolo de rebeldía que tú representas. 

Para que veas que las buenas casualidades existen, en el vídeo de la entrega del premio, la canción que sale al principio es Vidas cruzadas de Quique González. No sé si la elegiste tú, pero en algún sentido para mí se ha convertido en un flechazo, porque como dice la letra de esa canción: «Al arder la rama las estrellas ardieron también/ Y una vez en calma/ me largué…/ Quiero un amanecer mañana/ como un loco después de las seis./ En un hotel sin dramas/ esta vez…» 

Y, sin dramas, yo te digo esta vez: “Gracias”». 

Meses más tarde conocí a Carlos Matallanas, junto a mi mujer, una tarde del mes de agosto del 2019 en El Puerto de Santa María. Y lo primero que me llamó la atención fue el brillo de sus ojos y, después, el interés que mostró por mi novela, por su proceso de creación, por la motivación que me llevó a escribirla y por un sinfín de curiosidades más que hicieron de aquel encuentro algo entrañable. Ese día yo no lo sabía, pero hacía poco más de un mes que había comenzado a escribir el ensayo, La vida es un juego, un testimonio vital que ha visto la luz el pasado 18 de febrero y del que él por desgracia apenas ha podido disfrutar. 

Como dejé dicho en su momento: «El fútbol es vida y del fútbol se aprende para la vida. El fútbol es una expresión de libertad y de pasión, de diversión y mito, pero por encima de todo, es una infinita fábrica de sueños; un lugar donde se propician las segundas oportunidades… el fútbol es desear lo imposible…». Una utopía vital que comparto con Carlos Matallanas, pues su ejemplo, lo es de la vida y la esperanza de un rebelde que no se rindió jamás.

Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 3 de marzo de 2021

FRITZ ZORN, BAJO EL SIGNO DE MARTE: EL CÁNCER DEL ALMA


 

Hacer el viaje en el sentido contrario al establecido, lo que no implica saltarse las normas, sino más bien replanteárselas, para verse, para vernos, desde el otro lado, igual que si nos situáramos fuera del espejo donde se produce nuestra vida y la imagen que de la misma tenemos. Más allá de la extrañeza que nos producirá la representación que vemos de nuestra persona, hay una sensación de viaje al exterior que nos permite adivinar todo aquello que hemos sido, aunque solo sea para fijar y delatar nuestros errores y nuestra condena en forma de muerte prematura, ya sea ésta simbólica o material. Comme il faut nos repite Fritz Zorn, el trágico protagonista de Bajo el signo de Marte. Un como se debe que a él le llevó hasta el abismo; una meta final de la que no pudo escapar, por más que, identificar el cáncer del alma que le afectó durante los primeros treinta años de su vida, le llevara a padecer el cáncer del cuerpo en forma de linfoma maligno que acabó con su vida a los treinta dos años. Como nos dice el autor de este ensayo vital: «el tumor son las lágrimas tragadas» (al más claro estilo pessoano). Y de ese constante tragar hacia adentro, nace su alejamiento del mundo primero y su neurosis después. Una locura que le llevará hasta la muerte y a nombrarla como: «el carcinoma de Dios». 

Bajo el signo de Marte representa la lucha del guerrero contra su aciago destino, porque como muy bien nos dice Fritz Zorn (seudónimo de Fritz Angst) al final del libro: «Me declaro en estado de guerra total». Un enfrentamiento bélico que deviene en familiar y existencial cuando por fin es consciente del mal que sus padres, lo burgués, o lo tranquilo, le han inoculado en su alma. Por ejemplo, para su padres, la vida consistía en pasar de puntillas sobre ella sin enterarse, de una forma tranquila y anodina que les mataba cualquier mínimo signo de vida, esperanza, afecto o dignidad. Todo era impostado en la Orilla Dorada de Zurich donde vivían, y en la que se crio el protagonista. Todo estaba en orden. Todo estaba muerto, pues aquel que renuncia a vivir permanece de pie, pero muerto cual estatua de un parque que ya marca con mucha antelación el futuro de sus grises días. Zorn protesta contra la sociedad, contra le mundo, contra el sistema burgués y sus instituciones, sin por ello hacer nada para salir de ellas o mostrar su rebeldía, sino que sus días transcurren con cautela y una especie de observación anónima y cauterizada. Su renuncia al amor, al sexo, a la amistad o a sus propios deseos, le retratan como un ser inerte que solo marcha por el camino que previamente le habían trazado. Él, ve en sus padres, el inicio y la esencia de su mal. Y esa es su forma de legislar su miedo cuando ya es demasiado tarde. Llama la atención su desafección del mundo terrenal en la búsqueda de su salvación. Quizá, por ello,  echa mano del conflicto entre su individualidad y el espíritu burgués, haciendo de ello un constructo donde ser desdichado no es un destino, sino una culpa. La expiación de la culpa, en este punto, se vuelve ajena al individuo para remarcar el territorio de lo ajeno y general. De un Dios en forma de carcinoma. De una sociedad aliada con la no vida. De un mundo ajeno a la esperanza que subyace en todos y cada uno de los hombres desde que nacen. Y todo ello visto y vivido desde el interior de ese reflejo extraño en el que nos convertimos cuando salimos de nuestra vida o del reflejo del espejo que nos tienen atrapados. Aquí ya no importan ni el dinero, ni la posición social, ni el advenimiento de la culpa como un todo, sino que, al final, ese todo se reduce al cáncer del alma, aquel que nos aniquila sin remedio antes de que hayamos muerto. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVIII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: ODA A JOHN KEATS #JohnKeats200aniversario

 



ODA A JOHN KEATS

I              

Mírame a través del tiempo, dulce amor,

despójate de tus fríos sudores.

Tiembla, sufre, ojalá tu alma solo se estremeciera por mí.

Implora un instante a mi lado, dulce amor,

acariciemos el rocío de la mañana hasta

yacer juntos y exhaustos por el olor de las flores.

Toca de nuevo tu arpa cual ruiseñor del bosque, y

enamórame como si fuera tu bella Eurídice.

Lira sin cuerdas, testigo de sus noches sin luna,

enséñame la senda donde se depositaron sus tormentos.

 

II

Ronroneo con fauces afiladas sobre el tiempo, dulce amor.

El destino sucumbe tras las raíces del sauce porque,

ya nadie acude a ti —con los pasos sincopados del AMOR—,

nadie quiere cobijarse del sol bajo tu sombra, y solo yaces.

Yo acudo allí cada tarde,

antes de que anochezca, con

lágrimas postreras hundidas entre las rendijas del bosque.

Y lloro. Lloro bajo la sombra de tus ramas.

Lloro sabiendo que a mí solo me cura tu mirada.

Lloro, dulce amor, yo que solo vivo para amarte.

 

III

Amor, hieres mis recuerdos mientras surges de entre las flores.

Amor, ¿dónde están tus suaves y poderosas manos?,

coge la parte de mi cuerpo que ya no sangra con ellas.

Disfrazado con los colores del bosque acude a mí y,

déjame posarme entre tus ramas y,

así, yo las adornaré, una a una, como si fueran los pálidos versos de tus poemas.

Dulce canto el del ruiseñor que busca la inmortalidad

en el cálido silencio de una tarde soleada.

Cántame, ruiseñor, con tu voz suave.

¿quieres, tú, señor ruiseñor?

 

IV

Anhelo morir a tu lado y, no volver a extrañar tu cuerpo.

Salid, sin duelo, lágrimas corriendo…

Poséeme por donde mi cuerpo se convierte en seda.

Quiero ser tuya en la sinuosidad del bosque,

en un lugar donde solo crezcan las flores

¿Recuerdas?

«¡Naturaleza curandera, deja sangrar a mi espíritu!

¡Oh, libera a mi corazón de la poesía y déjame descansar!»

No, dulce amor, yo te llevaré a lo más frondoso del bosque,

a un lugar donde no necesitaremos de adormideras.

 

V

Cántame, dulce amor, como si fueras el misterioso viento de la noche,

llena de versos mis sueños y,

con ellos, reúne a todos los dioses.

No quiero que estés solo y,

no poder decirte un buenas noches.

Volvamos a buscar nuestro gozo de nuevo entre las flores.

¡Belleza dulce y radiante, no le dejes solo! y,

concédeme el deseo de ser suya más allá de las grietas del tiempo.

No te sientas solo, dulce amor,

porque volveremos a contemplar cómo crecen los manzanos.

 

VI

¡Versos acudid a calmar la desazón de mi alma!

Llevadme a donde, por fin, seré suya, solo suya…

¿Quién se opondrá ahora a mi más profundo deseo?

¡Dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

Salid, fuera de mí, sombras sin escrúpulos y cargadas de desvelos.

Entre volantes acudiré a su encuentro,

recuperando el olor de nuestro recuerdos.

Dicha, atavíame del aroma de la pasión,

ayúdame a decirle cómo le quiero.

¡Dejadme…, dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

 

VII

John, depositemos nuestras promesas en el lenguaje de las flores.

Dulce amor, enséñame el camino de tu lecho,

rompamos las cuerdas de tu conciencia y,

naveguemos bajo las aguas del Leteo.

Nadie vendrá a preguntar por nosotros,

condenados por los dioses a no dejar rastro de nuestros encuentros.

Dulce amor, el tacto tiene memoria,

y marchará de nuestro lado a través de las grietas del horizonte.

Pósate dentro de mí, en el infierno de mis más íntimos deseos,

ámame tan despacio que no me dé tiempo a olvidarlo, te deseo.

 

VIII

Dulce amor, guarda en lo más hondo de ti la esencia de nuestro encuentro.

Lucha contra los dioses para que no nos castiguen con el silencio.

Apenas nos dio tiempo a nada,

ni tan siquiera a descifrar el espíritu de nuestras miradas.

Resucito contigo, amor, en los laberintos del tiempo,

en las simas prolongadas de la nostalgia.

Miedos alojados en el último confín de los vientos.

Luché contra ti, dulce amor, pero aún te llevo dentro.

En el manicomio de nuestro amor,

todavía supuro el dolor de tus llagas.

 

IX

Dulce amor, juntos pasearemos por sendas iluminadas por lunas de seda desde,

donde remontaremos nuestro último vuelo.

¡Dime cuán necesaria es mi presencia!

ya sin miedo a unir nuestros deseos.

Y arribaremos en cálidas fuentes donde calmaremos nuestros desvelos.

Sedientos caminaremos hasta el fin y,

ya nunca volveremos a vivir más en ayer.

Dulce amor, el infierno de nuestros temores dejará de existir y,

volaremos, cual ruiseñores, por cielos sin tormentas ni nubarrones,

en un edén donde de nuevo las mariposas se posarán sobre nuestros deseos.

 

X

Dentro de poco ya no volveré a preguntarme

qué hare yo sin ti, dulce amor,

seremos la envidia de aquellos que desprecian el amor y,

solo buscan la falsa naturaleza de las pasiones.

Quiero que cada noche recorra nuestros cuerpos el néctar de las flores y,

dibujes en mis labios el rocío de los placeres.

Allá a donde iremos ya no nos harán falta las falsas deidades, porque

tu Fanny, más torpe que bella,

más triste que radiante,

será toda tuya para siempre. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 21 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EPÍLOGO, EL DESTINO DE SUS DESEOS #JohnKeats200aniversario



 «Apartado, a lo lejos, en gigante ignorancia,

me llegan noticias tuyas, y de las Cícladas,

como el que se sienta a la orilla del mar y quizás

anhela visitar los profundos corales de los delfines.

¡Y tú que eras ciego! Y entonces Júpiter rasgó el velo

para que vieras el Cielo y dejarte vivir,

y Neptuno te hizo un refugio de espuma,

y Pan hizo cantar para ti a sus enjambres del bosque;

sí, en las orillas de las tinieblas hay luz,

y los abismos muestran selvas por descubrir,

y hay en la medianoche una mañana en ciernes,

y hay una triple visión en la sutil ceguera.

Esto fue lo que viste, como en cierta ocasión sucedió

a Diana, la Reina de la Tierra, y el Cielo, y el Infierno.»

Poema A Homero, de John Keats

 ¿Qué será de nosotros cuando hayamos muerto? Nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestros recuerdos… todo quedará en manos de los nuestros, que serán los encargados de cumplir con el designio de nuestros deseos.

¿Qué cabe en la mente de un poeta que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta, y mucho menos cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del Romanticismo, y menos aun cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa, solo es atemperada por la melancolía. John Keats, el hombre que siempre andaba con un libro en el bolsillo (tal y como lo describía Cortázar), falleció a las veintitrés horas del 23 de febrero de 1821. Lo hizo en calma, y acompañado de su inseparable y buen amigo Joseph Severn. Este describe su muerte en una carta que escribió cuatro días más tarde.

«Roma, 27 de febrero de 1821

Ya no existe; murió con la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día 23, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. Severn… yo… le­vántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…Lo levanté en mis brazos. La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto. Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora estoy mejor, pero aun totalmente impedido.

La policía ha estado aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado, pero el doctor Clark atiende a todo.

Con mis propias manos puse las cartas en su ataúd.

Esta sale con el primer correo. De lo contrario algunos de mis amables amigos hubiesen escrito antes.»

Keats no murió solo en Roma porque, además de la lealtad y compañía de Severn y el auxilio espiritual de su poesía, también contó con la ayuda y los cuidados del doctor James Clark, que lo trató con mimo y devoción, pues además de conocer su historia era un devoto de la poesía, y él fue quien cumplió con una de las últimas voluntades del poeta e hizo que su sepultura fuera cubierta de margaritas, como una muestra más de su amor por la naturaleza y el esteticismo que siempre tiene un valor moral. Ese yo lírico, presente en la Oda a un ruiseñor, y que se eleva entre los árboles y compara la eternidad de la naturaleza y la trascendencia de los ideales con la fugacidad del mundo físico, le acompañó hasta el final. Esa fugacidad de la que Keats intenta alejarse, contraponiéndole su ansia de eternidad, es un deseo que sin duda a día de hoy podemos expresar que consiguió a través de sus poesías y sus cartas (de gran valor literario), cumpliendo de esta forma parte de ese anhelo, y alejando de sí la maldición que le persiguió a lo largo de su corta existencia. En este sentido, las circunstancias personales que rodearon a su vida, y en concreto los tres últimos meses de sufrimiento que abarcan este libro, hacen de su relato un hecho heroico en sí mismo. Dicen los entendidos que nunca es en vano el dolor del artista ante el proceso creador, pero en Keats, además, nos enfrentamos al dolor físico que poco a poco apaga la vida del artista que, sin fuerzas, lo deja todo en manos del destino. Aciago devenir, triste y miserable, pues hasta las condiciones económicas que albergaron sus últimos días entre los vivos fueron lamentables, pero que gracias a ese otro gran héroe llamado Joseph Severn el corazón derrotado de Keats no conoció, pues su sola sospecha hubiese sido suficiente para acelerar su amargo final.

Quizá, después de todo, el alma del poeta haya encontrado en algún momento el reconocimiento que tan esquivo se le mostró en vida, pues tal y como recoge Julio Cortázar al final de su libro Imagen de John Keats: «Él había murmurado un día: “Pienso que después de mi muerte estaré entre los poetas ingleses”. Cincuenta años más tarde será Matthew Arnold quien confirme el alba: “Está. Está con Shakespeare”», tal y como fue su deseo.

El cuerpo de John Keats descansa en el cementerio protestante de Roma, detrás de la pirámide de Cayo Cestio. Un lugar que Lord Houghton define así en su libro Vida y cartas de John Keats: «...uno de los más hermosos lugares donde pueda reposarse la mirada y el corazón de los hombres. Es un declive lleno de césped, entre las ruinas de las murallas de Honorio correspondientes a la ciudad reducida, y dominada por la tumba piramidal que Petrarca atribuyó a Remo, pero que la verdad arqueológica ha adscrito al nombre más humilde de Cayo Cestio, tribuno del pueblo, solo recordado por su sepulcro».

Pero no queda ahí la nómina de ilustres que le dedicaron un póstumo reconocimiento, ya que Shelley también lo hizo en el poemario Adonais: «Ve a Roma… a la vez el Paraíso, / la tumba, la ciudad y el desierto; / donde sus ruinas como destruidas montañas se alzan,…» e incluso describió la sensación que le transmitió el camposanto: «el cementerio es un espacio abierto entre las ruinas, y en invierno lo cubren violetas y margaritas que se mezclan con las frescas hierbas. Es un lugar tan hermoso que lo hacen a uno enamorarse de la muerte, al pensar que podría estar enterrado en sitio tan hermoso». Un deseo que el poeta vio cumplido apenas un año más tarde cuando falleció víctima de un naufragio, y que, según cuenta la leyenda, llevaba un libro de poemas de Keats en el bolsillo. Ahora descansa al lado de Keats y de Severn, que tampoco pudo evitar describir las sensaciones que le producía ese lugar, y así lo hace en una carta que escribió a Mr. Haslam diez semanas después del óbito de Keats: «anduve por allí hace pocos días, y vi que las margaritas la han cubierto ya enteramente. Es uno de los lugares retirados más hermosos de Roma. No se encontraría un sitio semejante en Inglaterra. Lo visito con una deliciosa melancolía que alivia mi tristeza. Cuando me acuerdo del largo tiempo en que ni un solo día estuvo Keats libre de agitación y tormento tanto del alma como del cuerpo, y que ahora yace en reposo con las flores que tanto deseaba sobre él, sin otro sonido en el aire que el de las esquilas de unas pocas ovejas y cabras, me siento realmente agradecido de que esté aquí, y me acuerdo de cuán ardientemente rogaba porque sus sufrimientos llegaran a su fin y pudiera alejarse de un mundo donde ya ni un solo ápice de alivio quedaba para él».

Sin embargo, su deseo de pasar desapercibido incluso después de su muerte solo fue cumplido a medias por sus amigos, ya que tanto Joseph Severn como Charles Brown, en contra de su voluntad, pero con la firmeza que les daba la lealtad hacia un amigo, hicieron esculpir una lira griega con cuatro de sus ocho cuerdas, como símbolo del genio poético que la muerte truncó antes de haber llegado a su madurez. Debajo de ella, puede leerse la inscripción: «Esta tumba / contiene todo cuanto era mortal / de un / JOVEN POETA INGLÉS, / quien, / en su lecho de muerte, / en la amargura de su corazón, / a merced de sus enemigos, / quiso / que se grabaran en su lápida estas palabras: / Aquí yace Uno / cuyo Nombre estaba escrito en el Agua / 24 de febrero de 1821».

A unos metros a la izquierda, en la tapia del cementerio, hay un medallón con su efigie y unos versos en los que se lee en acróstico su apellido. Tras estos singulares signos de su paso entre los vivos, tenemos la dicha de que aún nos quedan sus poemas, donde su voz se alza majestuosa entre los muertos, en un espacio de mirada interior donde no existe el tiempo ni el silencio. 

Madrid, 12 de junio de 2013 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 18 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVI) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS MUERE EN LA PLACIDEZ DEL SILENCIO #JohnKeats200aniversario

 


Roma 23 de febrero de 1821.

Alrededor de las cuatro de la tarde.

 

La luz del día se apaga lentamente en mis pupilas. Abro los ojos todo lo que puedo, pero apenas veo, salvo sombras que se apoderan de mi maltrecha razón. Intento humedecer un poco mis labios, pero mi lengua solo es capaz de segregar algo de saliva con la que mojarlos. «Esta debe ser la señal que con tanto anhelo aguardo», pienso. Intento oler el aroma de la muerte, pero todavía no lo detecto. Muevo un poco la mano sobre las sábanas de mi lecho, pero no distingo su rugosidad con mi tacto. Acudo en auxilio de mi oído, pero nada oigo. Este es el certero veredicto del destino que me aguarda al final del camino. Mis sentidos han dejado de existir mientras que yo sigo aún vivo. Me da igual no ver u oler, porque aún puedo cobijarme bajo la cúpula de los recuerdos. «Estoy listo para partir, en lo que será mi viaje hacia ninguna parte», me digo. De nada sirven las metáforas a la hora de entrar en el infinito, porque allí no me harán falta las palabras. Por extraño que parezca, una gran paz interior me acompaña y, antes de que el habla también me abandone, quiero despedirme de mi gran amigo Severn. Le llamo como solo lo puede hacer un moribundo y, de la mejor manera que puedo, le digo: «Severn... yo... levántame... me estoy muriendo... moriré fácilmente... no te asustes... sé firme... y da gracias a Dios porque esto ha llegado...», y cierro definitivamente los ojos.

Me quedo sin palabras, pero no sin pensamientos. Ahora soy el poeta del silencio. ¡Muerte silente que me estás aguardando, ya estoy listo para partir! Envíame la nave que lleve mi alma al averno, pero antes, deja que me zambulla en las aguas tranquilas del lago, porque quiero concederle a mi espíritu el placer de la experiencia antes de llevarle más allá del pensamiento. Déjame disfrutar tan solo un momento, justo ese breve instante con el que consolar a mi alma antes de marchar a su definitivo destierro. Aguas profundas y misteriosas que me vais a acoger, mecedme como en los sueños, y susurradme una dulce canción cuando depositéis mi cuerpo en lo más profundo de vuestro lecho. Ya siento las olas batir contra mi demacrado cuerpo y, con su leve balanceo, tientan a la ausencia de palabras como en un fugaz recuerdo. Agua bendita y purificadora de tormentos, acógeme como al más humilde de tus siervos y graba mi nombre en la más transparente de tus esencias. Y llévame lejos, a un lugar donde pueda disfrutar del recuerdo de mis versos.

«El mar conserva eternos sus susurros a lo largo

de las orillas desoladas, y con su recia marea

inunda veinte mil cavernas, hasta que el encanto

de Hécate les deja su sombrío sonido.

A menudo encuentra su temple calmado

y durante días apenas se mueven las conchas

diminutas de allí donde al fin quedaron,

cuando se desataron los vientos de los Cielos.

Vosotros que tenéis los ojos cansados y doloridos,

alegradlos ante la inmensidad del mar;

vosotros que tenéis los oídos silenciados por el estruendo

o demasiado hartos de pesadas melodías,

sentaos junto a una vieja caverna y meditad...»

Y siento cómo se cumplen mis deseos… y dejo de ser… y dejo de existir, pues noto cómo mi alma abandona mi cuerpo. Es un instante placentero, al que no le acoge el menor de los desvelos… Todo es como el más dulce de los sueños y, sin apenas darme cuenta, entro en los confines del tortuoso silencio.

«Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,

no viviría en brillo solitario suspendido en la noche

y observando, con párpados eternamente abiertos,

como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,

las agitadas aguas en su sagrado empeño

purifican las humanas costas de la tierra,

ni miraría la suave máscara de la nieve

recién caída sobre los montes y los páramos;

no, aunque constante e inmutable,

reclinado sobre el pecho maduro de mi amada,

sintiendo por siempre su dulce vaivén,

despierto para siempre en dulce inquietud,

callado, para escuchar en silencio su dulce respirar...»

FIN

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.