Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 31 de diciembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS SE ALEJA DEL MUNDO #JohnKeats200aniversario

 


Las campanas de las iglesias me anuncian que la vida continúa detrás de las paredes de la casa donde habito. El tiempo sigue su curso sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Las manecillas del reloj se me antojan cuchillas que mientras avanzan ejecutan vidas… mi vida. Intento guardar las formas, pero dentro de mí ya no existe un espacio para los modales que tanto he valorado siempre. Siento como si todo mi cuerpo estuviese en una constante huida. Yo intento detenerlo, pero, como las hordas enemigas que trepan y asaltan las altas murallas de un castillo, mi defensa es inútil, lo sé. Ya no queda tiempo para nada, casi ni para las despedidas. Ese espíritu maligno que a veces se apodera de mí me hace envidiar todo aquello que ante mis ojos es inmortal, como inmortales son los libros de nuestra biblioteca o la tetera donde calentamos el agua cada mañana. «¡Qué ironía!», pienso. El poeta capaz de convertirse en pájaro o transformar su yo poético en una urna griega es incapaz de asumir el paso del tiempo. Tampoco imaginé que, fuera de mi cuerpo, el más inaccesible de mis deseos sería tener que enfrentarme a la inmortalidad de mi alma; ese pequeño espacio que estando dentro de mí saldrá fuera de mi cuerpo para vagar por el campo entre margaritas y praderas. Esa melancolía que se acomoda dentro de mis sentidos cuando todo está perdido es la que me lleva a plantearme qué es la ironía sino «la melancolía como unión de dolor y gozo que me pone en contacto con la belleza». Si pudiera atravesar la barrera de mi desesperación, edificaría grandes murallas contra ese sentimiento de fracaso que supone asumir mi propia muerte. Dejar de existir no es solo morir, sino también la mayor de las limitaciones a la que se puede ver abocado un ser humano y artístico. Morir es dejar de escribir y soñar que puedes volar como un pájaro. Morir es caer en la mayor de las indeterminaciones. Morir es… Me toco la cara… y, al acariciar mi piel, el tacto, en parte húmedo y en parte áspero, me deja sin aliento para poder continuar.

Mi enfermedad me ha convertido en una persona peor, lo sé. Para dar fe de ello, solo tengo que pararme a escuchar las voces de los romanos que se cuelan hasta mis oídos a través del cristal de la ventana. Son sonidos cargados de vida que, a mí, ahora, me parecen insolentes. Soy consciente de que la soledad del enfermo me ha convertido en un ser más suspicaz y envidioso con todo aquello que tenga que ver con la vida. Incluso mi retiro forzado de la vida social me ha hecho mirar con recelo a mis amigos, a excepción de a Severn y al doctor Clark. En mi contra tengo el ideal de hombre que para mí representa Shakespeare, el único que ha conseguido «aunar la posibilidad de la pérdida de la identidad real con la plena convivencia con el misterio». Menos mal que esas olas de odio me abandonan tan rápidamente como me atraviesan el corazón, y enseguida me someto a la razón y al juicio de la tolerancia: «los hombres deberían soportarse unos a otros, no existe hombre que no pueda ser despedazado, que no tenga su punto flaco… y el camino seguro de la amistad es, primero, conocer las faltas de un hombre y luego mantenerse pasivo; si después de esto este hombre le atrae a uno insensiblemente entonces uno no tiene fuerza para romper el lazo». De ahí que mi amiga la tolerancia enseguida me haga arrepentirme del daño que les pueda hacer a aquellos de mis amigos a los que de verdad amo, por mucho que ninguno de ellos esté aquí, a mi lado, en disposición de velar mi muerte. Para aliviar mi desdicha, a veces me siento junto a la ventana del salón, justo cuando la plaza permanece desierta. En ese instante de consuelo, contemplo la soledad petrificada que me rodea tras las paredes de nuestra oscura morada. «Casa de tormento y desdicha, de adioses interminables y fiebres no deseadas», pienso. Extraño refugio para un poeta que solo buscaba la belleza y que ahora se tiene que conformar con explorar sus propias cenizas. ¿Cabe una mayor ironía dentro de mi cuerpo que conocer la pronta fecha de su muerte? ¿Puede una vida quedar plasmada en un soneto? En el auxilio que aún me proporcionan mis recuerdos, todavía soy capaz de recordar mi afición por el boxeo y el día que me enfrenté a un oponente más alto y fuerte que yo; una cita tenebrosa con mi destino, de la que a pesar de todo, no salí mal parado. «Antes era capaz de pelear sin guantes, y ahora soy incapaz de proporcionarme un poco de consuelo», me digo resignado. Las barreras de mis defensas han sido abatidas por los guerreros del destino que, como el viento que mece los cipreses, acunan mi futuro sueño eterno. La única tabla de salvación que tengo a mi lado es la poesía y en ella busco refugio hasta que termine esta tormenta; «tormenta de oscuras nubes y de palabras sin pronunciar», pienso. Desafiando a mi negro designio, me agarro con todas las fuerzas que me deja todavía mi imaginación a mi último refugio, y navego hasta los días en los que Hunt y yo teníamos por costumbre hacer competiciones en las que escribíamos un soneto en quince minutos. Instantes de una gloria efímera poseída por el anonimato que, sin embargo, a mí me llevaría a querer salir de él en contra de la opinión de todos mis amigos, incluido tú. «¿Qué es la gloria?», me pregunto. «La gloria está sumergida en el poder de las palabras», me dice mi yo más reflexivo; un don que me fue revelado por ti, Hunt, protector de mis débiles anhelos que, en el inicio de mis poemas, todavía soñaba con atraer ninfas y guirnaldas con los que poder agasajarte. «Momentos cargados de ingenuidad», pienso, porque el tiempo que dibuja en el horizonte las colinas de la verdad de nuevo me lleva hasta esos momentos donde mi máxima preocupación era alcanzar una reputación literaria, como si lo más importante en la vida fuese poseer el reconocimiento de los demás sin haber explorado el propio. Nadie nos coloca en el lugar adecuado, o tal vez sí. A mí, por ejemplo, las muertes de mi padre primero, y mi madre después, me hicieron desembocar en una familia de acogida, donde el hijo del reverendo John Clarke, Charles Cowden Clarke, me hizo llegar hasta ti. Hunt, tú inundaste mis comienzos de palabras y consejos que apenas entendía, y mientras visitaba con timidez a los clásicos, componía mis primeros sonetos: «mucho he viajado por las tierras del oro, / y visto muchos reinos y excelsos estados; / he navegado por muchas islas del oeste / que los bardos guardan en honor de Apolo». Yo, que apenas había salido de Londres y sus alrededores, soñaba con muchos reinos y excelsos estados. De nuevo la ironía que impregna mi destino me hizo sentir la necesidad de viajar, pero entonces, esa necesidad me llegó a través de la poesía. Sin embargo, cuando me puse a escribir mis primeros poemas, nadie me advirtió de ese otro poder que tienen las palabras, el de la denuncia. A ti como a mí nos ha tocado vivir en una sociedad a la que le da miedo mirar hacia adelante, de ahí que en nuestro himno solo exista la palabra libertad, pero no una libertad cualquiera, sino aquella que es capaz de romper definitivamente con unas costumbres dañinas para espíritus libres y románticos como los nuestros. Hunt, tú fuiste el que me hiciste exclamar: «atacaría cualquier blanco justo, por un principio de gusto», y no me faltaba razón, pues el sentido último de nuestras vidas siempre ha sido el de la justicia que busca auxilio en la conciencia que se apoya en los valores más trascendentes del ser humano. Tus ideas liberales fueron magníficamente expuestas en el Examiner, un periódico independiente en el que vieron la luz mis primeros poemas; esos que necesitaban de tu auxilio para ser leídos. Y bajo esas muletas yo me acogí, sin llegar a comprender todavía que ese halo al final sería negativo para mí, pues mi acercamiento hacia tu poesía me hacía menos libre y deudor de unas normas que poco a poco no eran las mías. De ahí que en mi generosidad silenciosa y admiración hacia ti, llegara el día en el que comprendí que tu protección no hacía sino lastimarme. Hunt, tal y como tú me enseñaste, la poesía es el estado del alma donde más cerca se está de la verdadera libertad. Esa libertad es la que ahora recorre mi espíritu, y es la misma que transitó por nuestros corazones el día que por fin saliste de la cárcel. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de diciembre de 2020

PIET MONDRIAN Y DE STIJL EN EL MUSEO REINA SOFIA DE MADRID: LA VERDAD DEL COLOR Y LA LÍNEA

 



Hay viajes hacia el futuro que son tan sorprendentes como insospechados. Viajes marcados por la virtud de la esencia. De aquello que se convierte en fundamental cuando apenas somos capaces de adivinarlo o percibirlo. Viajes, donde lo inédito, remarca el espacio, la luz y las dos dimensiones de una forma nueva, única e intransferible. La esencia, una vez más, es sobrevivir a esa gota apenas imperceptible que, de pronto, se convierte en cascada con el paso del tiempo. Líneas negras (finas, gordas) y colores neutros que cada vez se hacen más familiares y universales: moda, publicidad, arquitectura y un inclasificable y eterno estilo reconocible nada más verlo. Si un artista tiende a esa esencia del reconocimiento ajeno, podemos decir Mondrian lo ha conseguido con creces con su abstracto geometrismo, quizá, porque en su obra hubo un momento en el que buscó con ansia la verdad del color y la línea. Una verdad que siempre obligó al artista a posicionarse más allá de cualquier movimiento. 

La exposición Modrian y De Stijl nos muestra ese camino que se inicia con sus primeros cuadros de ámbito y temática clásicas con retratos y bodegones, para pasar por esos magníficos paisajes donde las pinceladas largas de colores bien definidos y expuestos en bandas horizontales, a buen seguro serán el gran descubrimiento de esta exposición para los admiradores del pintor holandés. En esos paisajes de tonos ocres ya se pueden adivinar la estratificación de espacios, que no de colores, de sus futuros cuadros abstractos de líneas negras y colores neutros. Ese es un camino que podríamos denominar como el que va de las dos dimensiones al azul unidimensional. 

Piet Mondrian también hace escala en alguno de los ismos de principios del s. XX como el puntillismo o el cubismo que lo sitúan en el espacio-tiempo junto al resto de grandes artistas de la época. En ese término del cubismo es donde ya podemos augurar sus trabajos posteriores, a los que dotará de la búsqueda de la belleza universal; una belleza que vendrá marcada por la sencillez y la universalidad de su lenguaje pictórico. Un lenguaje anclado en la unidimensionalidad de los colores neutros: azules, rojos, amarillos, negros, verdes…, sobre un fondo blanco; un blanco roto por la especificad de aquello que representa el esquematismo y la simplicidad de lo esencial. Esa búsqueda inasequible de la belleza le llevó hasta Nueva York, donde, en su particular estudio de la estructura de la línea y el espacio, proporcionó un nuevo protagonismo al resto de los colores sobre el negro, creando una multiplicidad de líneas y espacios que transforman a sus cuadros en bidimensionales, en los que un primer plano vendría marcado por la líneas de colores, y un segundo por las líneas negras que los sustentan. La intersección de unas y otras crean de nuevo cuadros estéticamente más apacibles, y teóricamente áreas que fijan más las estructuras y las formas que éstas crean, dando un nuevo lenguaje a su esquematismo abstracto y geométrico. 

Junto a Mondrian también podremos contemplar maquetas de edificios estructurados de una forma muy parecida a sus cuadros, donde los niveles de funcionalidad son planos, como planas son las dimensiones y espacios que crean en una búsqueda de una funcionalidad geométrica y cuadrangular. En ese recorrido que se nos muestra de la corriente De Stijl también podemos ver a los diferentes pintores de un movimiento, que Mondrian, abandonó para seguir su propio camino y alejarse, por ejemplo, del elementarismo de Van Doesburg. 

Piet Mondrian y De Stijl en el Museo Reina Sofía de Madrid, es una magnífica ocasión para revisar la carrera pictórica de uno de los autores más universales del s. XX. Una oportunidad de revisitar la verdad del color  la línea. 

Ángel Silvelo Gabriel.

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXI) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS INVOCA A FANNY… EL ROCÍO DE LOS PLACERES #JohnKeats200aniversario

 


Fanny, ¿dónde estás?, aunque tú no lo sepas o ni tan siquiera lo sospeches, para mí ha llegado el momento de guardar silencio. Soy un poeta mudo que ya no puede escribir y se tiene que resignar al mundo de los recuerdos… y el tuyo es el más intenso. ¿Recuerdas estas palabras?, hacía mucho tiempo que no nos veíamos y, sin embargo, te apoderaste de mi corazón como un rayo lo hace de la tormenta… «Mi dulce niña, me he quedado a vivir en ayer. Durante todo el día me sentí embrujado. Estoy a tu merced. Escríbeme unas líneas y dime que siempre serás tan buena conmigo como lo fuiste ayer. Me deslumbraste. No hay nada en el mundo más brillante y delicado. Me has absorbido. Ahora mismo tengo la sensación de estar disolviéndome.» ¡Qué difícil es viajar más allá de los sueños!, justo hasta la pradera que cada mañana es poseída por el sol en primavera, o hasta ese escondite donde solo se pueden desposar los enamorados, o a ese último lugar donde no existe nada más que el amor… ¡Fanny, ojalá pudiera manipular el tiempo y vivir en ayer!, pero hasta ese deseo se muestra imposible en mi estado. En la vigilia que alimenta mi desesperación, te busco entre los brezos y en la campiña repleta de flores por la que paseábamos en el verano que estuvimos juntos en Hampstead; y si con ese recuerdo no logro calmarla, indago en el eco que nuestros nudillos hacían contra la pared, cuando nos entreteníamos descifrando enigmas que solo tú y yo podíamos resolver. No escatimo en esfuerzos, y estiro mi brazo en el aire con la sola intención de tocarte, mas no logro engañar a mi tacto. Tengo que buscar una excusa, como entonces, cuando la excusa fue buscar a la princesa de cuento que, con alfileres, tú dibujaste en la pared. ¿Recuerdas? «Nos bastaba con escuchar ese sonido en la pared para saber que estábamos el uno dentro del otro. Moví mi cama para apoyarla contra la pared y poder tener mi cabeza cerca de la tuya.» ¡Cuánto daría por estar a tu lado!, mas no desearía que me vieras así, sin luz en mis ojos y postrado en la cama. Fanny, entonces, con mi pensamiento derribaba noche tras noche la pared que nos separaba, pero solo era eso, un sueño, como todo lo que ahora me rodea. Yo no soy el que mi cuerpo acoge, mi yo poético se marchó… en tu busca, pero no te ha encontrado. Él, como yo, espera un milagro. Nuestro deseo solo anhela una cosa: que tú estés a mi lado. La única opción que tenemos es que tú te conviertas en un animal alado capaz de atravesar mares y cordilleras; un sueño imposible, lo sé, pero en mi vida ya no cuenta nada más que lo imposible. Fanny, vivo de los recuerdos, y el tuyo es el más intenso… Vienes hacia mí envuelta en una capa blanca que, a modo de alas de mariposa, te trae a mi lado. Te posas en mi mano y el brillo de tus ojos y la pureza de tu piel se muestran ante mí como el mayor de los regalos, y cual dios pagano quiero poseerte, pero tu virginidad me avisa de que no lo haga, porque si lo hiciera, el aura que desprendes ante mis ojos se disiparía y dejarías de mostrarte ante mí con la belleza y la verdad que solo posee el mejor de los poemas posibles. Musa de amor y dolor. ¿Recuerdas cuando le preguntaste a Brown si musa era lo mismo que idea? Eso era lo que me encantaba de ti, tu voluntad para romper las barreras que nos separaban. Tu ingenuidad era, y es, tan pura como el rocío que cada mañana se deposita en la campiña al amanecer con un propósito nuevo y diferente… «Mi queridísima dama:

Estoy en la ventana de una casa preciosa, contemplando un bello paisaje por el que se entrevé el mar. La mañana es espléndida. No sé lo ágil que sería mi espíritu. El placer que me daría vivir aquí, si tu recuerdo no pesara tanto sobre mí. Pregúntate amor mío si el haberme aprisionado no ha sido crueldad por tu parte, porque has destruido mi libertad. Sinceramente no soy capaz de expresar mi devoción por una criatura tan bella. Necesito una palabra más radiante que radiante, una palabra más bella que bella. Casi deseo que fuésemos mariposas y viviésemos solo tres días de verano, tres días vividos así contigo los llenaría de más placer que el que cabe en cincuenta años.

…¿Vas a confesarte en tu carta? Escríbeme enseguida y haz lo que puedas para consolarme, que sea tu carta como una adormidera que me embriague. Escríbeme dulces palabras y bésalas para que mis labios rocen el lugar en el que se posaron los tuyos.

…Durante mis paseos me deleito con dos pensamientos: tu encanto y la hora de mi muerte. Ojalá pudiera tomar posesión de ambos en el mismo momento. Yo nunca supe antes lo que era un amor como el que tú me haces sentir. Ni siquiera creía en él, pero si de verdad me amas, puede que nos consuma el fuego, ¿pero no es eso mejor que soportar humedecidos con el rocío de los placeres?». 

Entonces nos perdimos en el laberinto de los deseos; deseos alimentados por un dulce sueño… como ahora nos atrapan los tormentos; tormentos apenas disipados por los recuerdos. Fanny, gracias a ti regresé a la escritura. Tu amor me llevó hacia el infinito y, hasta tal punto lo hizo, que el miedo se apoderó de mí hasta el límite de pedirte que te marcharas lejos; a un lugar dentro de mi memoria, al que ni siquiera mis recuerdos pudieran pasar… «No puedo dejarte, he puesto tantas esperanzas en tu nuevo libro de poemas. John, son más hermosos que cualquiera del Sr. Coleridge, del Sr. Wordsworth, e incluso que los de Lord Byron», me dijiste, y en ese momento, no cabría en mí mayor felicidad si no me hubiese levantado manchando sangre. Mi alegría se tornó en desesperanza, como cuando tú me confesabas que te gustaría entender la poesía y no sabías por dónde empezar. Yo, ese día, tampoco sabía cómo empezar, pero intuí que todo acabaría pronto. Esa mañana había sido condenado a muerte… y supe que atrás se quedaban para siempre los días en los que soñaba que flotaba sobre los árboles por un tiempo que me parecía una eternidad. Se acabó el tiempo, Fanny, nuestro tiempo... «John, ¿por qué hablas de cosas imposibles?», me dijiste, y para no dejarte con la incógnita que te llevara hasta la amargura, «te confesé que había vuelto a toser sangre, y que temía que este mal ganaría la partida y que no me recuperaría». Fanny, el poeta se borra a sí mismo cuando ya no posee el don de la palabra y se convierte en un poeta mudo. A ese silencio, que poco a poco se apodera de mí, es al que trato de vencer con los recuerdos. Estoy librando una batalla que solo conoce del infinito, como infinito sigue siendo mi amor hacia ti. Al no tener fuerzas suficientes para enfrentarme a mi destino, prefiero vagar por la rendija de un pasado que me llega cargado de emociones; emociones suaves como tus caricias o como esa forma tuya de recitar mis poemas que me hipnotizaba mientras te escuchaba.I

«¿Qué os aflige, oh caballero andante,

solitario y pálido vagabundo?

El junco está marchito en el lago,

y no cantan los pájaros.

II

¿Qué os aflige, oh caballero andante,

tan macilento y tan apenado?

El granero de las ardillas está lleno,

y la cosecha ya recogida.

III

Un lirio veo en tu frente

húmedo de angustia y de febril rocío,

y en tu mejilla una rosa desmayada

también se marchita.

IV

Encontré a una dama en el prado,

muy hermosa, doncella de cuento de hadas;

su cabello era largo, sus pies ligeros

y sus ojos salvajes.

V

Una corona tejí para su cabeza,

y también brazaletes, y un fragante espacio;

me miró al tiempo que me amaba,

y lanzó un dulce gemido.

VI

La senté sobre mi corcel al paso,

y nada más sucedió en todo el día

pues a un lado inclinada, cantaba

una canción encantada.» 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 22 de diciembre de 2020

ANDRÉS ORTIZ TAFUR, EL AGUA DEL BUITRE: LAS RELACIONES DE INCERTIDUMBRE

 


¿Qué es el amor? ¿Cómo nos afecta el paso del tiempo? ¿La felicidad se aloja en el desconocimiento del otro? El Agua del Buitre es un barranco, y también, dieciocho historias sobre las que podemos despeñar nuestras tragedias y también nuestros sueños. Historias por las que precipitar la codicia del ahorcado. Y por donde suicidar a nuestra vida. Y no solo eso, porque el paso del tiempo aparece en esta recopilación de relatos como un ajuste de cuentas entre la realidad y una ficción que necesita de nuevas formas de dibujar el semblante del fracaso, de los perdedores… de la gente corriente. Esa que no sale en la televisión ni se compra revistas de moda. Decía Camus que el mayor tesoro de los pobres se encuentra encima de sus cabezas. Basta con dejar de mirar al suelo y alzar la cabeza al cielo. Un cielo lleno de estrellas. Estrellas que se comportan como una senda por la que hacer caminar a nuestros sueños. Imposibles. Irreparables. Tediosos. Andrés Ortiz Tafur, en su nueva inmersión en el relato corto, deja constancia de todo ello con un estilo personal e inconfundible. Desde esa atalaya que la Sierra de Segura ejerce de filósofo de la montaña: parco en palabras y rico en acontecimientos y verdades. Aquí, donde el fracaso también es verdad. La verdad más grande. La única e inmutable verdad. La casa de la montaña desde la que escribe se transforma en su propia Yoknapatawpha. Desde donde ilumina la soledad del hombre frente a su mundo. Arriesga Ortiz Tafur al mostrarse más serio y sombrío en sus historias. Más cercano a la intransigencia de la pérdida: del amor, de la ilusión, de la vida. Y lo hace de una forma irreverente. Ausente de otra norma que no sea la del universo propio. La tierra que ha dejado de ser la prometida. O el caleidoscopio de la felicidad que esta vez se torna oscura. No es tiempo de fiestas, pero sí de amargas reflexiones. A traspiés. A trasmano. A tras de todo. ¿Qué es el amor, acaso la esencia marchita que nos queda a lo largo de los años? 

Abundan los relatos de parejas. Rotas o en proceso de destrucción. Y, dentro de ellas, hombres descolocados por la vida y el paso del tiempo. Por la pérdida de la ilusión y la juventud. Por la avalancha de unos acontecimientos que son perversos en su planteamiento y ejecución. Hombres cobardes que no aceptan la realidad. Esa realidad que se superpone a todo: a los recuerdos, a la esperanza, o a lo que una vez entendimos que era el amor. Héroes sin bandera o hazaña que contar, salvo la de la incomunicación y el miedo de hacer frente al amor y a sí mismos. Sin embargo, los dieciocho relatos de El Agua del Buitre no solo nos hablan de las parejas y sus múltiples problemas, también el jienense ha dejado en estos dieciocho relatos un espacio para las historias de maltrato y el abandono al que sometemos a los viejos, donde el dinero vence a los sentimientos, a la dignidad o al más ínfimo sentido de humanidad. En esa faceta tan suya de dar paso al absurdo, a lo onírico, a lo perverso y lo surrealista, Ortiz Tafur nos enfrenta a ballenas y gasolineras. Al desprendimiento de los amantes. O a la forma de afrontar el futuro que se nos echa encima. Donde nunca pensamos, en verdad, cómo seremos, quizá porque no nos resulta agradable desentrañar las coordenadas del futuro de nuestras vidas. O cómo afrontar la autodestrucción a través de piedras que recitan versos de Machado y Serrat. Relatos de mitos sin leyenda que, sin embargo, logran atrapar al lector con esa manera tan particular de desentrañar las encrucijadas de la vida y el mundo que tiene Andrés Ortiz Tafur, al que se le ve cómodo a la hora de afrontar el relato corto, pues tiene toda una gran amalgama de descolocados a los que dar voz y sentido en el más irracional de los sentidos. Aquel del que se compone la vida y sus miserias. 

El Agua del Buitre persigue, además, la necesidad del otro. De la palabra. Del afecto… Y quizá, uno de los relatos que mejor ejemplifica todo ello sea, La costumbre, donde la metáfora del señor que sube y baja las escaleras nos enfrenta a la necesidad de respetar al otro. Ese que nos busca para decirnos quiénes somos o de qué forma actúa nuestra conciencia cuando sabe que se ha equivocado. Amor. Desconocimiento. Sorpresa y respeto, se dan la mano con ese tipo de situaciones en las que sobresalen las relaciones de incertidumbre, aquellas que dan el verdadero sentido a la vida. A la anónima. A la nuestra. A la que no sale en televisión salvo cuando hay que dar noticia de una pérdida. A la de la soledad del individuo frente al mundo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 20 de diciembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XX) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS RINDE HOMENAJE A SEVERN #JohnKeats200aniversario


 

La fiebre no me deja dormir y la noche se convierte en un amargo duermevela. Debería aprovechar estos momentos de plena consciencia para recordarme a mí mismo qué he sido y en lo que me estoy convirtiendo. Sin embargo, el calor incandescente de mi pecho no me deja ni tan siquiera pensar. Tengo ganas de levantarme, pero se apodera de mí el miedo por despertar a Severn, mi fiel e inolvidable amigo. Él, más que yo, se merece este suave descanso antes de volver a enfrentarse a la despiadada realidad de mi enfermedad. Hasta el doctor Clark con su mirada me dice que ha presentado el armisticio, y su voluntad no es otra que la de esperar un milagro que, para mí, que no soy creyente, se me antoja del todo imposible. Solo en mi propia soledad, y acompañado en la oscuridad de la noche por mis pensamientos, busco la paz que por fin me libere de todos mis males. Así, cuando mis ojos no tienen la necesidad de buscar, en la ausencia de colores y de vida a mi alrededor, todavía soy capaz de encontrar un poco de paz; es una sensación que se presenta ante mí como una tregua pactada; descanso corto que me permite recordar todo aquello que Severn me cuenta de sus visitas a este universo de los sentidos que es Roma. Su sensibilidad artística le hace ser minucioso y alentador en sus magníficas descripciones de aquellos cuadros que más le han gustado, y no para de decirme lo que me hubiese excitado al ser cómplice de tanta belleza. Le escucho con toda la atención que soy capaz, pero no me encuentro capacitado para experimentar esa sensación placentera que la pintura hasta hace poco me proporcionaba, como si mi sentido estético y sensible estuviese ya muerto. Cuando ese reflejo de veracidad se instala por un instante en mis sentidos, tiemblo de miedo, y ya no escucho al amigo que ha decidido renunciar a sí mismo y a su libertad por acompañar a un ser enfermo como yo, que es una carga pesada para todos aquellos que viven a su alrededor. 

La soledad que siento desde que estoy en Roma solo es mitigada por estas magnas manifestaciones de amor y cercanía que Severn me profesa, y que no sé cómo se las puedo recompensar, más allá de aguantar mi dolor en silencio hasta que mis pulmones no me dejan respirar y emito un grito sordo. ¡Oh Severn, mi buen amigo Severn, nunca podré agradecerte lo suficiente el sacrifico que estás haciendo por mí! Lejos de disfrutar de tu flamante beca, te quedas aquí, a mi lado, haciendo bocetos de mi figura leyendo o de las oscuras estancias que nos acogen, mientras mis sentidos divagan y se dejan llevar por los sonidos y los olores que les llegan de los guisos de las cocinas y del intermitente aroma que desprende el Tevere al anochecer, como si estuviese liberando todo aquello que le ha sido depositado por el día. Quiero viajar lo más lejos que pueda sobre mis recuerdos, pero no llego más allá de la tenue niebla que nos acogió a nuestra llegada a Roma; liviano terciopelo que tapó mis sentidos con una dulce caricia; amante vaporosa que transita por la morada del deseo. Roma, perfecta e inmaculada; fría y chillona; bella y redentora, ya no te puedo imaginar, para cuando menos poseer. Busco puntos de unión que hagan de contrapunto con mi desgracia, pero todas me eluden, como la vida, que pasa de largo y en paralelo a mi lecho para despojarme de la sombra de los deseos. Siento como mi alma ya está muerta y tan solo espera a que mi cuerpo la acompañe. Los latidos de mi corazón persisten en su desacompasado latir… pero ya es demasiado tarde.

«No estoy seguro de nada, salvo de la pureza del Corazón y de la verdad de la imaginación: lo que la imaginación toma como Belleza debe ser cierto.» 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XIX) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EL TIEMPO NO EXISTE #JohnKeats200aniversario


 

Camino sobre ruinas maltratadas por el transcurso del tiempo. Los capiteles yacen en silencio bajo las suelas de mis botas, y yo me los quedo mirando absorto, imaginando el esplendor de los días que permanecieron de pie, arrebatando el aliento de aquellas almas sensibles que se detuvieron a contemplarlos. Ahora no significan nada, pues permanecen olvidados en el territorio donde ya no crecen los recuerdos. No hay cenizas por donde camino, ni soldados muertos tras la batalla. Todo está en silencio, como si el tiempo no existiera. «¿Es el arte un vuelo hacia lo sublime, o simplemente una evasión temporal de la experiencia?», me vuelvo a preguntar. «Ahí es donde se encuentra la identidad del verdadero artista frente al proceso creador», pienso. Fantasía y engaño unidos en uno solo. Fantasía como una nebulosa donde transformarse en un ser superior capaz de ser inmune al paso del tiempo y desde ahí crear el verdadero arte; y engaño como la cualidad más real de hacer creer a nuestros sentidos que lo que han imaginado es cierto. 

Sigo caminando por este lecho de belleza infinita, acompañado por las tinieblas del pasado, hasta que el sol vence al horizonte y me ilumina como solo él es capaz de hacerlo en mis sueños. Su poder es tan potente que me sumerge en un espacio en el que nunca antes había estado. La estampa en la que me encuentro inmerso es tan bella que creo que estoy dentro de un cuadro. Me toco, pero no siento nada. ¿Estoy soñando entonces? Miro a mi alrededor y llego a la conclusión de que esta imagen es producto de mis sueños, porque no hay nada tan bello fuera de mi imaginación. Los restos de las columnas y de los templos que soy capaz de crear en mi mundo onírico en nada se parecen a esa fea realidad plagada de miseria que ha rodeado mis días. ¿Alguna vez contemplé algo tan bello? Y mi memoria me trae a Haydon, cuando en Inglaterra venía en mi auxilio y me llevaba a los museos; territorios de reyes y princesas; espacios donde los sueños se hacen realidad. Miro con detenimiento la estampa que mi subconsciente me ha creado, y esta vez estoy seguro de que he sido depositado dentro de uno de esos cuadros que Haydon me mostraba en las salas perdidas de los museos. La única diferencia está en que en esta ocasión no me río, como cuando me detenía a observar una de esas composiciones pictóricas que Haydon y yo tildábamos de «víctimas de la Royal Academy». Esta vez, sin embargo, guardo el silencio que solo se deposita en mi semblante cuando estoy delante de algo bello. La majestuosidad de las pinturas que observo me hace sentir pequeño e indigno de contemplar tanta belleza. Me encuentro tan mal que salgo corriendo de ese lugar para que no se quede atrapado en mi mente. Ahora estoy seguro de que todo es un sueño, porque nunca en mi vida he corrido tanto y durante tanto tiempo… Cada día libro la peor de las batallas contra la realidad, y aunque lo hago con todas mis fuerzas, he llegado a la conclusión de que el tiempo no existe. No hay mayor exaltación del arte que aquella que es capaz de romper la barrera del tiempo. El arte en sí mismo es infinito y la sensibilidad del hombre se mide por su capacidad de interiorizar su belleza. La infinitud del arte es la senda que todo poeta debe recorrer. Alejarse de ella es renunciar a la verdadera vida; la existencia que se traslada más allá de nuestra existencia sensible y finita que, no es sino un falso espejismo de la verdad. «No me fío de la reflexión racional»; esa que nos ha llevado a un mundo exento de sentimientos, donde cada uno de nosotros tiene un fin o se comporta como una pieza de un gran rompecabezas. La sucesión interminable de la repetición tras repetición nos deja fuera de la más pura de las cualidades del hombre: la inspiración. Una inspiración que es capaz de transformar nuestras vidas y la sociedad. Una inspiración libre y lejana de reglas y normas. No existe nada más pleno y sublime que la unión sentimental de la naturaleza y el ideal de una sociedad más justa e igualitaria. Ese es el verdadero camino. Para mí, «la poesía tiene la misma libertad que las hojas de un árbol», y ese es el mejor símil que se me ocurre para definir a un espíritu libre que camina por lugares que nadie conoce y que, gracias a su perseverancia y temeridad, nos ilumina el camino y nos acerca sus experiencias a los demás. La belleza de lo desconocido, y de aquello no explorado, es la mejor de las contemplaciones. Ahí quiero caer yo para siempre, en una fosa donde la belleza sea el estado natural del alma, y en la que no quepa otra razón de ser que su contemplación. 

Sin embargo, tengo que reconocerme a mí mismo que «no hay nada más cierto que los poetas son lo menos poético de la vida. Los poetas ocupan otros cuerpos, el sol, la luna…». Esa mágica traslación de nuevo me lleva a recodar a mi amigo Benjamin Haydon el día que me llevó a contemplar los Mármoles de Elgin. «Haydon te pido disculpas por no poder hablar / más sobre estas cosas extraordinarias. / Perdóname por no tener alas de águila, / por no saber dónde buscar lo que más deseo.» Gracias por darme la oportunidad de contemplar de una forma tan cercana el arte clásico. Ahora sé que no estoy loco. Que la belleza existe y ha existido a lo largo del tiempo. No hay nada más bello que estos mármoles que representan el modelo de belleza que yo tanto admiro. Por qué no nací en la Grecia del Partenón, rodeado del más sublime concepto de belleza, atrapado entre columnas y templos, estatuas y bustos, centauros y caballos… Aquel día, cuando caí atrapado por las fauces del arte más clásico me sentí débil, muy débil, y me pregunté por qué fui condenado a que mi existencia fuera tan corta. «Mi ánimo está muy débil: sí, la mortalidad / me abruma con su peso, como un sueño no deseado / y cada pináculo y abismo que imagino / de dificultad divina, me dice que debo morir / como un águila enferma que mira al cielo.» 

La persecución de nuestro propio canon de belleza es lo que nos ha condenado a ser águilas sin nidos en los que posarse. En eso nos hemos convertido Haydon y yo al enfrentarnos contra las normas establecidas y contra ese falso academicismo desnortado; y como recompensa solo hemos obtenido el mayor de los olvidos. Nadie reconoce los objetivos sociales del arte. La poesía y la pintura los tienen, pero todavía nadie se ha dado cuenta de ello. Yo no entiendo la poesía sino unida a mi experiencia vital y cultural. El artista tiene que intentar aunar sensación y pensamiento, experiencia y éxtasis en una cadena que nunca se rompa. Yo, como cualquier otro que escribe, pinta o esculpe, necesito sentir el reconocimiento hacia mi poesía, algo que, salvo mis más cercanos amigos, el resto de las personas parece ignorar. Mis versos nacen del intento de unir verdad y belleza; un esfuerzo que no se resume en una divagación abstracta. Hunt, ¿dónde te encuentras? Parece que te conocí en otra vida de lo lejos que se me antoja que estás, pero qué cerca te siento cada vez que recuerdo el día que accedí a representar contigo la ceremonia de nuestra coronación: «Dos ramitas dobladas de laurel –que da casi / dolor el ser consciente de tal coronamiento. / Todavía huye el tiempo, y no surgen los sueños / espléndidos que quiero tener; tan solo veo / pisoteado aquello que el mundo más estima: / turbantes y coronas, y la vacua realeza. / Y entonces me confío a locas conjeturas / de todos los portentos que puedan existir.» Nunca fui tan feliz como en ese instante donde cada uno de nosotros rendía pleitesía al otro. Un reconocimiento mutuo que fue interrumpido por las hermanas de Reynolds que, atacadas de una risa incontrolada, no paraban de mirar atónitas a dos hombres coronados sin ser reyes. Nuestra humildad y nuestros deseos de gloria se fundieron hasta caer abatidos por la inocencia de dos mujeres que, sorprendidas por nuestro comportamiento, nos reclamaron la información necesaria para documentar tal anécdota a su ilustre hermano John H. Reynolds y, de ahí, a los más granados salones de baile de Londres. Inocencia perdida entre destellos de deseos ocultos que quedan abortados nada más salir a la luz. Sentimientos cruzados de dicha y pudor que serán la losa más pesada a la hora de revelar la personalidad del poeta joven que todavía no sabe lo que es vencer a la timidez. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 13 de diciembre de 2020

KOR’SIA, GISELLE, EN LOS TEATROS DEL CANAL DE MADRID: EL AMOR HECHO HOLOGRAMA

Fotografía: María Alperi 

¿Qué queda tras la muerte de Giselle? Apenas un foco que ilumina el silencio, la desdicha o la ausencia del cuerpo físico. Esa ausencia conforma una nueva forma de visualizar y sentir el amor, la pureza o la belleza. Amor hecho holograma plano a través de una pantalla de ordenador. Pureza anodina y perdida en juegos triviales. Belleza que huye tras las montañas del último vestigio del Romanticismo. Un vestigio donde más allá de la espesura del bosque se esconde un infinito que ya no es buscado tras la montaña sino a través de la huella de un cable que acaba conectado a una red. Amor hipnótico y estresado en un sincopado y a la vez estruendoso juego de ritmos electrónicos. Rápidos a veces, sinuosos otras, majestuoso siempre. Signo de unos tiempos donde la vida se mide en ocupaciones y falta de sueño. En deseos inconclusos y metas sin atisbar. En desorden y caos. Caos infinito el que transmuta la realidad para convertirse en pose. Caos que fusiona el hoy con el futuro y desprecia el ayer. Ya no hay cuerpos que resistan el amor físico del empuje irracional sobre el otro, parecen decirnos Kor’sia en esta libre y acertada versión del clásico Giselle. 

En este ballet de danza contemporánea asistimos a ese amor hecho holograma con unas potentes y bellas imágenes de cuerpos que se juntan y separan, se contorsionan y complementan, se derrumban y yerguen con la plenitud de esa sabia nueva que va en busca de una libertad acodada tras la última montaña que nos separa de la verdad. Imágenes que revolucionan el sentido estético de la danza y se interponen a lo clásico y lo manido, para crear algo nuevo y único. Mattia Russo y Antonio de Rosa nos proponen una alternativa arriesgada e inmensamente bella a lo ya visto y concebido. Una alternativa basada en la relación de los bailarines con el suelo y los objetos. Con la luz. Con el ritmo de la cultura clásica y la psicodelia electrónica que apela al desorden por un lado y a la uniformidad y la disciplina por otro. Todo ello en un juego de interpelaciones, cruces y cambios magistralmente ejecutados por los jovencísimos intérpretes de este ballet que rompe barreras y conceptos. Este ballet que lucha fuerte por atravesar las fronteras del lenguaje del cuerpo y su entorno mediante composiciones nuevas y únicas.

Giselle, de la mano de Kor’sia, explota como un relámpago que se deposita sobre un escenario en continuo movimiento; un relámpago al que se le une la palabra muchas veces omnipresente de la dramaturgia de Gaia Clotilde Chernetich lo que convierte a la obra en hipnótica y épica. Un espectáculo total del que se desprende ese amor del Romanticismo por la belleza, lo que nos hace observar lo que ocurre en el escenario a modo de El caminante sobre el mar de nubes que en 1818 creó el pintor romántico alemán Caspar David Friederich. Y hacerlo desde una atalaya convertida en juez y testigo de la vida. Una vida nueva sin anclajes, a la deriva. Una vida que va en busca de la eterna felicidad. Felicidad plana. Hecha holograma. Felicidad que se enciende apretando un botón y se transmite mediante el continuo parpadeo de una pantalla a modo de señal y camino alejado de lo desconocido. Felicidad nueva que va a la conquista de un nuevo universo imaginado y creado por Kor’sia en forma de viaje a unas latitudes en las que dar forma al amor hecho holograma. 

Intérpretes: Mattia Russo, Antonio de Rosa, Agnès López-Río, Giulia Russo, Astrid Bramming, Alejandro Moya, Christian Pace, Angela Demattè, Claudia Bosch, Gonzalo Álvarez y Jerónimo Ruiz.

Ángel Silvelo Gabriel.

GUADALUPE NETTEL, EL CUERPO EN QUE NACÍ: EL EMPEDRADO Y LARGO RECORRIDO DE LA VIDA


 

Hay taras que nunca se borran por más tiempo que pase. Signos de una singularidad que en un principio creíamos maldita y de la que luego nos confesamos fervientes defensores. Quizá, porque la tara con la que la naturaleza nos hizo diferentes nos sirvió de leitmotiv en el empedrado y largo recorrido de la vida. Azote de pasiones y desesperanzas. Musgo que se aferra a nuestra identidad con la persistencia de la lealtad más inquebrantable. Nada sería igual sin esa señal que nos diferencia, esa cicatriz de la que no para de brotar sangre, o esa nube blanca sobre el iris de uno de nuestros ojos que no nos permite ver bien. La protagonista de esta historia de iniciación hace suyo todo ello con la perspectiva que le ha dado el paso del tiempo. La aceptación de la edad adulta se contrapone aquí a la rebeldía de la infancia y la adolescencia de una forma templada, sin más prejuicios que los que poseen los recuerdos, pues siempre se nos aparecen en forma de una nebulosa que en demasiadas ocasiones no coinciden con la realidad. En ese soporte autobiográfico se sustenta Guadalupe Nettel para ofrecernos el relato de la sociedad mexicana de finales de los setenta y principios de los ochenta y de los exilios de aquellos que lograron escapar de las dictaduras que en esos años dominaron Sudamérica. Una América Latina en pie de guerra a la que Guadalupe da voz desde la sencillez de la mirada de una adolescente que busca su propio camino. Un camino en forma de eco que le devuelve imágenes, vivencias y recuerdos de aquellos años. Esa peligrosa vista atrás no resulta ni desalentadora ni vengativa ni oscura, sino todo lo contrario, pues el relato que compone Nettel en El cuerpo en que nací es tenue sin ser anodino, impactante en ocasiones sin ser vertiginoso, y sobre todo valiente en la desconfiguración del paso del tiempo que siempre supone volver la mirada atrás. Sin estatuas de sal de por medio, la escritora mexicana va y viene en su relación familiar contraponiendo sus sucesos particulares con los más generales de la época que le ha tocado vivir: las Olimpiadas de México 1968, el Mundial de Fútbol de 1986, los nuevos métodos educativos, o la introducción del movimiento hippie en el núcleo familiar mexicano y las consecuencias que ello le conllevó a la protagonista de esta historia, y que la convierten en una exiliada dentro de su exilio.

 

Frente a ella, en este soliloquio expositivo se halla la doctora Sazlavski, el lado del fiel de la balanza que ejerce de voz oculta hacia la que se proyecta la dictadura del tiempo y sus grietas. En un estilo cotidiano, sencillo y sin muchas estridencias, Nettel nos va diseccionando aquello que para ella fue más importante o lujurioso en su vida. Una vida que, desde muy temprano, estuvo marcada por la literatura y unas lecturas muy distintas a las del resto de compañeras de colegio o amigas. Lecturas que, sin duda, marcaron el empedrado y largo camino de su vida. Una vida que en no pocas ocasiones alcanzó unos niveles de madurez muy relevantes respecto de sus semejantes. La literatura, ahí, fue capaz de derribar barreras y componer sueños con los que contraponer la incomprensión de un día a día marcado por las neuras ajenas de unas personas adultas perdidas en su propio laberinto. Esa es una de las mejores bazas de esta novela, la de buscar más allá de ese universo embrujado del prójimo para crear uno propio, al estilo de una habitación propia en la que poder proyectar aquello con lo que soñamos, aunque nos cueste hacerlo en el empedrado y largo camino de la vida.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XVIII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS VUELA SOBRE UN GRAN CAMPO DE AMAPOLAS AMARILLAS #JohnKeats200aniversario

 


Vuelo sobre un gran campo de amapolas amarillas. Nunca imaginé que existiera una estampa tan bella como esta. Soy tan dichoso que el imperceptible roce de mi cuerpo con el aire apenas interfiere en las lágrimas que salen de mis ojos y caen sobre la tierra seca por el sol de primavera. Lloro de felicidad, la misma que me sorprendió escondido tras las cortinas de un gran salón, mientras la hondura de las notas procedentes de un violín me anunciaban que en ellas también estaba presente la belleza. «Belleza pura, belleza honda y sublime…», pienso, como la que me embriaga cuando vuelo suspendido en el aire. Estoy solo y lejos de los sonidos que inundan mis recuerdos. Un silencio infinito se apodera de mis sentidos. Intento escuchar algo con todas mis fuerzas, pero no se oye nada en donde me encuentro. Aquí, más bien se disfruta de una paz que ya no recuerdo. Vuelo deprisa, liviano, ligero… y nada tiene que quedar ajeno a mi viaje alado. Disfruto tanto, que mi otro yo me pregunta qué hago en los cielos. «¿Acaso eres Zeus?», me inquiere como si fuera el dueño de mis ensoñaciones. Me tranquilizo pensando que nada escucho en este viaje imaginado, salvo las notas del violín que de nuevo me atrapan en cada uno de mis aleteos. Ellas son las culpables de que no consiga llegar hasta lo más alto en mi viaje por el firmamento. Y no solo eso, porque su armonía me sujeta con todas sus fuerzas y me quiere devolver a mi lecho. Yo me resisto a sus encantos, porque me siento tan libre como una cometa a la que el viento mece a su antojo. Me sumerjo entre las flores mientras la suave caricia del rocío recorre mi pequeña cabeza. Soy tan feliz en mi liviano vuelo que apenas noto el peso de mi cuerpo. ¿Existe un mundo que no sea este? Eolo, dios del viento, llévame lejos, al otro lado de la colina donde solo crecen las flores. Más allá de la corriente del último río de la montaña más alta… Alójame en tu seno. Quiero ser un pájaro sin serlo. Quiero tener alas careciendo de dotes para surcar los cielos. ¿Qué soy entonces? Acaso un mero espejismo al que solo dejan ser un poeta sin serlo. 

Pacto con mis sueños, y aletargo a mis caprichosos deseos. Regreso a la tierra convertido en un animal de carne y hueso. Desciendo de mi liviano vuelo sin apenas poder decir más que: paz, armisticio, derrota… y caigo de nuevo en la soledad de mi lecho. Miro sin mirar y escucho sin escuchar. «Me tengo que acostumbrar a esta soledad oscura», pienso. Y casi sin quererlo me hago la eterna pregunta que me acecha en los últimos tiempos: ¿qué ha sido mi vida? Me consuelo pensando que la mayor parte de mis días se han ido buscando ese otro yo que me llevara lejos. Todo empezó con mis primeras lecturas a los catorce años. Lo que ocurrió antes ya no quiero saberlo, porque solo necesito recordar la cercanía de mis hermanos y el hálito de Charles Cowden, que me animó a escribir y me llevó hasta Leigh Hunt, amigo, benefactor y espejo en el que mirarme. Voy tan deprisa que empiezo a asustarme. Ese soy yo, visto desde dentro. Aquel cuya experiencia vital ha sido la búsqueda de la poesía. Sin embargo, los otros que recorren la ciudad lejos de mi sesgo creen que en mi existencia solo me he dejado llevar por un viento frío y lejano que, a su paso, me ha postrado en un solitario deseo; un deseo hedonista y placentero. Los racionalistas consideran que por el hecho de ser poeta soy diferente a los demás, y que mi cuerpo y mi alma no precisan sino de algunas musas para sobrevivir. Incluso los más osados me ven como un azote hacia las viejas costumbres, pero ni unos ni otros entienden que no se trata de eso. Sencillamente ser poeta está mucho más allá de mi firme intención de abandonar una próspera carrera como médico o farmacéutico. Escribir poesía es… es… una especie de navegación entre la niebla en la que intentas hallar la trágica exaltación de la libertad a través de lo sublime. Es lo más parecido a llorar hacia dentro. Nadie te ve, pero todos intuyen que algo te pasa. La mirada, la forma en que coges una mano, las palabras que corren por salir de tu boca; y los sentimientos que desbocados van de uno a otro lado de tu cabeza descifrando enigmas que en apariencia no tienen solución. La poesía no es un tratado de botánica, ni la pócima de una medicina mágica que lo cura todo. Al poeta le sobrecogen las fiebres más profundas hasta que cae abatido sin una espada clavada. 

Aquí, aquí me tenéis para lo que creáis que es menester. No os ha sido suficiente con tumbar mi poesía, no… precisabais de más tormentos y quisisteis llegar hasta la última estrofa. Todavía no entendéis que «el poeta debe vivir en una zona de niebla y misterio». Cuánto daría, sí, cuánto daría: «¡Ah por una vida de sensaciones más que de pensamientos!». «Las normas literarias son un cadáver», como vuestra moral que apesta, y como también lo hace vuestra dialéctica. ¿Qué os creéis, que por despreciar a Endymion me condenáis para siempre? Qué equivocados estáis. De la pobreza salí y a ella no volveré, porque yo no hablo de vuestra acomodada pureza ni de vuestra paz doméstica. Mi libertad es otra y se llama belleza. Yo quiero apelar a la épica y conquistar la belleza. Aquella que crece sola en mitad de los campos, rodeada de verdad sin correr el riesgo de caer en vuestra ceguera. Acomodémonos a contemplarla, pues no existe otra visión más pura y bella. Lo nunca visto delante de vuestros ojos, aunque vosotros solo veis un bien perdido para vuestra causa. Se os llena la boca invocando el progreso y vuestra revolución industrial, pero yo he sido capaz de manteneros a raya, y mi imaginación todavía posee la idea de una inmaculada naturaleza, la que se despierta al amanecer y la que reposa en los lechos de las aguas, y esa es vuestra condena; cuando vosotros solo veis chimeneas que expulsan humo, yo, sin embargo, logro imaginar flores y praderas. Y no solo eso, porque también he sido capaz de crear un mundo para mentes sin cadenas, donde todo se aleja de vuestra perenne reflexión racional, nido de todos los males que nos aquejan. Ya no queda sitio para exaltar la «eterización» de la naturaleza, donde el concepto de poesía descansa en la unión de emoción y reflexión, hábito y delirio, y en esa forma de unir las cosas concretas con las imaginadas. Sí, yo creo en ella, porque «la belleza es verdad y la verdad belleza…». Me despierto de un sobresalto. Miro a mi alrededor, pero solo soy consciente de la humedad de mi almohada y de la escasa luz que entra en mi habitación. ¿Será todavía de noche?, y mirando hacia el oscuro infinito que me rodea, pienso: ¿mis pensamientos son solo fruto de los sueños, o del delirio que me acoge en el seno de mis tormentos? 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 8 de diciembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XVII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS NIEGA A FANNY #JohnKeats200aniversario



Nunca quise negarte, amor mío. Mi silencio no era por miedo, sino por desesperación. Tú y la poesía; la poesía y tú. Dos hallazgos inesperados en mi vida. Dos lamentos a los que consolar y dos pasiones que calmar en lo más profundo de mi corazón. Luchar para no vencer. Así me sentí desde el momento en que comprendí que tú eras la musa que todo artista necesita engendrar. Yo, el poeta sin nombre, me preguntaba si sería capaz de visualizar el aura que te protegía de los demás. Te miraba ensimismado, buscando una señal en tu mirada. Necesité mi tiempo. Justo el necesario para aprender a descifrar tus encantos. Sobrevivir a ellos fue mi más grande hazaña, porque en aquellos días, los caminos no tenían un destino, pues cual peón en su laberinto yo me dedicaba a errar por las sendas que tú me marcabas. 

Fanny, apareciste en mi vida bañada por las tenues sombras del atardecer. Envuelta en tules de colores que se difuminaban como la luz del otoño. Te movías delante de mí con desenvoltura y alegría, pero entonces mis ojos estaban cerrados y no te veían. Apenas te escuchaba cuando te ponías a hablar de agujas y bordados, volantes y fiestas... Todo era como un frenesí que se vertía sobre la nada. «Diseño mis propios vestidos», me dijiste. ¡Estabas tan alejada de mí!, que todavía sufro al recordarlo. Sin embargo, algo me hizo despertar del letargo en el que me hallaba. Debes saber que los poetas permanecemos sumergidos en el largo sueño de los tiempos donde no existe ni el aquí ni el ahora. Pero llegó el día en el que desperté de mi desesperada vigilia a través de tus palabras, o quizá todo cambió en el instante en que intuí esa necesidad tuya de buscar entre mis atormentados versos. No te importaba venir a donde yo me encontraba. Corrías escaleras arriba con una taza en tu mano; y lo hacías con la única excusa de que yo te viera sonreír después de verter el té sobre la mesa. Algo ocurrió, pero solo en mis entrañas. Era como una especie de hambre que nunca se saciaba. Y al caer en el abismo de esa necesidad sin límite comencé a arder como la madera seca que no se apaga. Me consumí poco a poco con el fuego de tu alma. Y en mis sueños, todo… todo estalló como una flor en primavera. Deseos que se convierten en aullidos llenos de rabia. Metas que dejan de existir y cielos que ya lejanos me parecen. Todo, todo quedó atrás, excepto tú. 

Fanny, algo tira de mí hasta el recuerdo de nuestros alocados encuentros, pero solo es eso, una sombra que queda en mi cabeza entre la nostalgia más amarga. Fe y resultado no son lo mismo, me anunciabas. El mayor reto de mi vida ha sido conocerte, pues nadie más que tú se encontraba tan lejos de los escándalos que manejaban mis versos. Mi pobreza y el fracaso de mi poesía me condenaban a no poseerte jamás, salvo en esa parte de tu alma que todavía navega junto a la mía. Me gustaría abandonar la silueta de mi vida que se pierde en la desdicha, y vagar por los límites de la gloria acurrucado en tu regazo. Ya no me siento culpable. Mi falta está siendo saldada con la cuenta más aciaga. ¿Por qué te negué si apenas te conocía? ¿Por qué renuncié tan pronto al designio de mis miedos? Fui prisionero de mis caprichosos sentimientos, y ellos se encargaron de dejarte a un lado. Quería tenerte a solas, y te escondí conmigo en el más profundo de los sueños. Fanny, te llevé hasta la última rama de mi árbol. Lejos de todos, y solo al alcance de mis desvelos. Te negué ante los demás sin saber por qué. Me miento al pensar que lo hice porque eras el mayor de mis secretos; la dicha que no quería compartir; la palabra que no tenía un nombre... Sin embargo, la soledad que corría dura y frágil a través de mis sonetos me dejaba sin nada que decir en tu contra. Yo, el poeta que ansiaba la libertad a través de las palabras, caí prisionero de la dulzura de tus gestos. Poco conocía yo tus artimañas, a pesar de que por alguna razón siempre te recordaba entre aduladores… y pretendientes. Mi amor hacia ti fue como la inspiración que buscas, pero que sabes que nunca llega. Entonces eras mi secreto. Solo eso. Un lamento que nadie conocía. Hasta que me atreví a escribirte la primera carta, y luego otra y otra... A través de las palabras intentaba acortar el camino hacia tu co­razón. Tú eras libre, como ahora, pero enseguida me di cuenta de que tus pretendientes dejaron de interesarte y tu afán por la costura devino en pasión por la lectura y el conocimiento de los poetas. Mientras yo me lamentaba en silencio, tú te armaste de valor para empezar a desempolvar el baúl de tus sentimientos. La única excusa a mi favor fue que yo era un hombre solo frente al mundo y frente a sí mismo, cuyo único consuelo era la poesía. 

Fanny, llegas a mis pensamientos en forma de ataques incontrolados, fugaces, intensos… Y surges de la nada; una nada que es lo más parecido a un estado hipnótico de la mente en el que el artista es zarandeado sin cesar por ideas e imágenes que no le dejan vivir la vida propia. Todo se fragua en un proceso donde la vida ajena arremete con fuerza contra mis sentidos, como en los sueños, y donde siempre caigo atrapado por la fuerza poderosa de las aventuras que todavía no conocen un final. 

Lejos queda ya aquella patraña que me hacía pensar que mi fiebre era culpa de tus miradas y de tu amor hacia mis palabras. Cuánto me arrepiento ahora de pedirte que me abandonases a una suerte que no era la nuestra. ¿Por qué llegué a romper nuestro amor ante todos, cuando era solo a ti a quien necesitaba? Amor y más amor era la única pócima mágica que me consolaba. Pero yo no lo sabía, como tampoco ahora conozco el sentir de tus palabras. Mi sangre brota por el lugar equivocado. Cada esputo de vida que me sale por la boca deja de llegar a mi corazón, y eso es injusto, Fanny, muy injusto. Huérfano de vida, mi corazón languidece, y esa sangre que tanta falta me hace me dice que ya no estarás a mi lado. Nunca más, Fanny, nunca más…

«Febrero de 1820

Mi queridísima Niña:

Según todas las apariencias tengo que estar separado de ti tanto como me sea posible. Cómo seré capaz de soportarlo, o si no será peor que tu presencia ocasional, no puedo decirlo. Tengo que ser paciente, y entretanto tienes que pensar en ello lo menos posible. No permitas que detenga por más tiempo tu ida a la Ciudad —puede que no haya final a este encarcelamiento—.

Quizás sea mejor que no vengas antes de mañana por la tarde: sin embargo envíame sin faltar un buenas noches. Conoces nuestra situación —la esperanza que hay si yo me recuperara pronto— mi propia salud no me tolerará que haga ningún esfuerzo.

Me han recomendado que ni siquiera lea poesía y mucho menos que la escriba. Desearía tener un poco de esperanza. No puedo decirte olvídame —pero diría que hay imposibilidades en el mundo—. No más de esto —no soy lo suficientemente fuerte para quitarme el hábito— no me hagas caso de esto en tus buenas noches. Ocurra lo que ocurra yo siempre seré, tu queridísimo Amor.

Tu afectuoso

J.K.» 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

MIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2020: TIEMPO DE SILENCIOS Y MENTIRAS


 1.- ALBERT CAMUS, LA PESTE: LA REALIDAD QUE NUNCA PERCIBIMOS QUE EXISTE O EL HOMBRE FRENTE A SU DESTINO

El hombre. El tiempo… El hombre atrapado en el tiempo. Agujero negro que se traga el horizonte. A la esperanza. A lo posible dentro de lo imposible… El tiempo. Abismo todopoderoso. Guardián de la moral y los afectos. Arma indestructible frente al hombre, como la peor de las guerras. O las pandemias. Espacio exento de mitos y cargado de muerte. Como dice Camus en La peste: «Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto». Esa futilidad de la muerte nos aboca a ella. A menospreciar el valor de la vida y a dejar pasar por alto aquello que le ocurre al otro. Fina capa la de la opacidad de la mente que solo piensa en sí misma. Estanque de miseria. Y estandarte de autoritarismos traidores. No hay más libertad moral y colectiva que la del hombre honesto que se sacrifica por los demás aún a costa de su felicidad y la de los suyos. Y ahí surge La peste, como un grito desesperado en mitad de la noche. Como «esa crónica que no puede ser el relato de la victoria definitiva. Y que no puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable».



2.- ALEJANDRO MORELLÓN, CABALLO SEA LA NOCHE: LA INMATERIALIDAD DE LAS PALABRAS

Atrapado en la inmaterialidad de las palabras. En la bruma de los recuerdos. Asfixiado por el dolor que conlleva no poder reivindicar aquello que nos hizo daño. Aislado del mundo que transcurre tras la puerta de nuestra casa por el abismo de los sentimientos que nos provoca el dolor de la muerte y el amor. Acantilados de paredes inexploradas que, al ser descubiertas, se transforman en un delirio del todo y la nada. Reubicarse en ese espacio que no es de nadie, porque es un espacio único. Un espacio nuestro que solo uno mismo puede ocupar y que representa al delirio donde la enfermedad de la noche se hace sangre y fuego. Poesía y recuerdos. Canibalismo y sometimiento. Tras todas esas huellas, tan intensas como poéticas, son por las que transcurre esta novela corta de Alejandro Morellón que, sin embargo, juega a ser grande. Tan grande como seamos capaces de albergar en nuestro propio universo. La cadencia, el riesgo y la apuesta por desarrollar una voz nueva dentro del panorama literario español hace de Caballo sea la noche una propuesta inigualable, por lo transparente y directa que nos resulta. Por ese riesgo que transmite ya desde la primera frase, y que no hace más que crecer a cada palabra, a cada frase, a cada golpe de coma que nos somete a un ritmo endiablado, mágico, poético y brumoso. Un ritmo salvaje que muy pocas veces podremos leer. Espectáculo inmenso este viaje a lo largo de la enfermedad de la noche que, como una epidemia, nos traspasa los sentidos y nos provoca perplejidad y emoción por la capacidad de transmitirnos imágenes y emociones. Miedos y reproches. Lujuria y tormento. El gran secreto de esta novela es el de lograr someternos a sus reglas, a ese ritmo endiablado de una narración continua y constante que busca y encuentra para cada palabra su lugar exacto y preciso, tal y como los críticos ensalzaban el estilo de Truman Capote. En Caballo sea la noche no falta ni sobra nada, y esa maestría en su estilo alcanza cotas muy altas en el primer y el quinto capítulo donde su lectura nos convierte en un elemento más de la narración. Elemento onírico, etéreo y poético. Altivo y desgarrador. Lírico y místico, que nos provoca una ensoñación que nos empotra, junto a Alan, dentro de ese cuarto de lavadora, de ese salón donde la madre se siente atada a las fotografías del pasado, o de ese pasillo que nunca se acaba.


3.- JOHN BANVILLE, EL MAR: LA LETANÍA DEL AHORCADO

El mar como refugio de la muerte y sus recuerdos. Y también de la vida y sus encrucijadas. Interrogantes, unos y otros, que sólo uno mismo sabe que están ahí. A la espera de esa respuesta imposible, como imposible es resucitar a la persona que se ha ido. Un desaparecido entre el vaivén de las olas que todo lo tragan, y a veces, algo nos devuelven. La metáfora del mar en la novela de John Banville es como una letanía del ahorcado, porque en ella se hayan todas las plegarias del amor y del pasado. De aquello que se silenció y nunca se dijo. De la lealtad ante el precipicio que conduce a la muerte. Y de la fuerza de un pasado al que se necesita volver para revisitar aquello que fuimos, porque ese es el único refugio en el que abrigarnos de la intemperie del día a día. Con un estilo pulcro y sin más florituras que las de sugerir más que mostrar, Banville se precipita en esta novela —ganadora del Premio Man Booker 2005— sobre la incapacidad que mostramos sobre la soledad forzada; sobre la fragilidad del ser humano que no sabe hacia dónde dirigirse sino es a ese mar que esta vez ni cura ni salva, sino que se muestra retador con los recuerdos. En esos márgenes donde la marginalidad no levanta sospechas, su protagonista, Max Morden, muestra esa rebeldía —solapada a lo largo de su vida— para pedir un auxilio asincopado carente del ritmo frenético de las emergencias.



4.- THOMAS MANN, LA MUERTE EN VENECIA: LA BELLEZA ENVENENADA

Los lugares comunes que habitan dentro de nosotros y, sin embargo, pasan desapercibidos para nuestros sentidos hasta que aquello en lo que nunca nos fijamos o sentimos se apodera de nuestra zona oscura de una manera fortuita para zarandearnos en lo más íntimo y remoto de nuestro ser, como si de repente nada hubiese tenido sentido hasta entonces, es el marco de un cuadro cuyo fondo es el de la desesperación. Una desesperación que representa la ruptura que nos viene anunciada por los sentidos y no por la razón, lo que nos hace dudar de ella. Sin embargo, nada podemos hacer para evitarla, porque cuando esa vocación secreta sale a la luz es igual al nacimiento de un nuevo ser. Un monstruo interior que una vez que se libera nos traslada hasta ese abismo del que no podemos separarnos, por mucho que sepamos que ese nuevo ser es la expresión única de la belleza envenenada que el destino ha decidido poner en nuestra vida. La muerte en Venecia de Thomas Mann es ese canto del cisne que se produce cuando no cabe esperar nada más allá de la repetición tozuda y pertinaz de nuestros días y, que en el caso del protagonista de esta novela corta —el escritor, Gustavo Aschenbach—, es la ilusión de realizar un viaje que le acoge durante un paseo del mes de mayo por los alrededores de Múnich, cual Robert Walser que se hubiese hecho presente en la persona de Aschenbach: «Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones». Unas visiones que, al final, le llevarán a la ciudad de Venecia, llegada y punto final de sus aspiraciones más oscuras. Venecia, junto a su destino, le esperó con sus baños de sol, sus calles estrechas y estranguladas, sus monumentales palacios e irrepetibles iglesias, y el viento tórrido y húmedo que recorría sus plazas y canales. Una Venecia que supuso un punto de inflexión en el carácter moral tanto de su vida como de su obra: «Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación… ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?»


5.- NINA LYKKE, ESTADO DEL MALESTAR: EL DESEO QUE HABITA EN EL ANHELO Y LA NOSTALGIA

Lo extraño. Lo fantasmagórico. Lo irreal. Lo deseado… La necesidad de esa felicidad que siempre buscamos en el lugar equivocado. Esa lucha que representa nuestro vacío. El desasosiego. La incertidumbre. El caos. El caos que transforma a los humanos en hormigas obreras. Obedientes. Aletargadas. Esa droga que anestesia y provoca el mayor de los suicidios en la sociedad actual y que llamamos BIENESTAR. Esa droga contra la que lucha Elin, la médico de cabecera protagonista del Estado del malestar; un título que se aleja del original noruego y más cercano a la palabra metástasis, como nos aclara en un vídeo la traductora de esta novela (Ana Flecha Marco); una novela que ha sido Premio Brage al libro del año en Noruega. Una novela sobre la que, quizá, como nos dice Ana, metástasis no ejerza un nivel tan representativo de la esencia de la misma como el elegido para esta edición por Gatopardo Ediciones. Iconos aparte, Estado del malestar es una sátira cruel y muy bien planteada sobre el deseo que habita en el anhelo y la nostalgia. Lykke, su autora, lo aborda con un estilo ágil, sencillo y mordaz, excavando en el terreno de la insatisfacción de los pobres infelices que lo tienen todo y sin embargo se quejan sin parar. Y, también, aflorando ese malestar del bienestar que nos fagocita y nos hace representarnos a nosotros mismos como animales que nunca se sacian. Siempre queremos más, como cerdos que nunca pararían de comer si se les proporcionara la comida que nos exigen. Estos trastornos de hormigas insatisfechas que somos, los filtra muy bien Nina Lykke a través del consultorio de Elin, convirtiendo a su despacho y, por ende, al centro de salud en el que trabaja, en un gran filtro de las emociones, porque como expresa muy bien al inicio de la novela: «Nadie conoce las modas populares mejor que un médico de familia. He visto de todo: productos sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, todas las recetas de los periódicos y de internet que convencen a personas sanas de que si dejan de comer pan o queso todo irá como es debido. Los pacientes de mediana edad no comprenden por qué están siempre tan cansados. Porque te haces mayor, les digo...». A partir de ahí, todo se convierte en un DeLorean sensitivo donde sus pacientes siempre buscan viajar en el tiempo para alejarse de sus miedos y enfermedades ficticias, pues ninguno de ellos se atreve a conjugar uno de los falsos axiomas del Templo del Bienestar: Muchos derechos y pocos deberes.


 6.- VICENTE VALERO, ENFERMOS ANTIGUOS: LO ENTRAÑABLE Y LO LEJANO VISTO DESDE LOS OJOS DE LA INFANCIA

Revisitar la infancia a través de la mano de la madre. Madre que nos lleva consigo al mercado, a la playa, a la escuela…, y a visitar enfermos. Esa mano que, en nuestra infancia, todo lo abarca y casi todo lo aprueba, le sirve de nexo de unión a Vicente Valero para reforzar la visión de sus vivencias en la isla de Ibiza en esos años setenta, llamados del tardo franquismo, que en una isla se encuentran como más atenuados o aletargados y, quizá, perdidos hasta que la llegada del turismo que lo alteró todo. En esa indiferencia insular asistimos a la narración, siempre limpia y equilibrada, del escritor mallorquín que, en apariencia, sin apenas quererlo, nos muestra todo aquello que rodea a un niño que está dejando de serlo. Una frontera de incertidumbre, la que separa infancia y adolescencia, que el protagonista de Enfermos antiguos intuye de la mano de su madre tras cada visita a un vecino, pariente, amigo o profesor. Una adolescencia que poco a poco se va apoderando de su mirada y de ese alma que necesita de otras respuestas a sus preguntas. La excusa a la hora de narrar los orígenes de ese niño, encuentra la excusa perfecta en el periplo y las costumbres que llevan aparejadas las enfermedades de sus mayores o compañeros de colegio. Todos ellos variopintos y singulares, y sin duda, capaces de desplegar un sinfín de matices sociales, políticos, familiares, afectivos y hasta artísticos que los asemejan a un perfecto caleidoscopio de imágenes que representan el paso hacia la edad adulta que su protagonista desglosa mediante lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia. Unos ojos ávidos de sorpresas y acontecimientos, como son todas aquellas anécdotas que Valero nos va desgranando a lo largo de la narración de esta novela breve cargada del simbolismo ancestral que representa la posibilidad de la muerte cuando uno está enfermo. Una condena de la que sin embargo escapa su autor con buenas dosis de humor, travesuras y esa forma tan peculiar que tiene de cerrar los capítulos de sus novelas, pues en apenas unas pocas palabras o un párrafo es capaz de dotarlos de una trascendencia y una inquietud admirables.


7.- IRÈNE NÉMIROVSKY, LOS FUEGOS DE OTOÑO: EL RESPLANDOR QUE PURIFICA LA TIERRA Y PREPARA LAS NUEVAS SEMILLAS

Detener el tiempo. Apoderarse por un instante de él. Y hacer una foto fija de aquello que se quiere transmitir, contar, sentir… Una vez más, la condensación del tiempo del que sabe que no lo puede malgastar en los superfluo se adueña de nuestros sentidos al leer esta agonía de las emociones humanas que representa Los fuegos de otoño, donde el miedo, la angustia, el terror, el amor, el deseo o la juventud se nos muestran como un largo travelling de las emociones humanas. Una tras otra. Cada una a su tiempo. Incrustadas con la maestría a la que nos tiene acostumbrados la autora ucraniana para conformar este gran fresco de la historia contemporánea. En este sentido, la perfecta coordinación de las elipsis y su sabia distribución hacen de esta novela una singular muestra de todo aquello que redime y condena al ser humano. Cuesta, y mucho, imaginar a Irène Némirovsky aislada bajo los árboles escribiendo en sus cuadernos. Al aire libre. Donde la libertad todavía forma parte de la magia de la creación. Donde el tiempo se detenía por un instante, aquel en el que ella construía y reconstruía sus historias y su vida, tan pegada al trágico destino de varias generaciones. Los fuegos de otoño está concebida como un fresco contemporáneo de aquello que estaba ocurriendo en el desmoronamiento de Europa y la sociedad burguesa condenada a cambiar. Así, la novela se nos presenta, de nuevo, como un mapa de las grandes emociones humanas que la autora ucraniana tan bien diseccionaba y que ya están presentes en el inicio de la misma: «En la mesa había un ramillete de violetas frescas; una jarra amarilla con la tapa en forma de pico de pato, que se abría con un leve chasquido par dejar pasar el agua; un salero de cristal rosa con la leyenda “Recuerdo de la Exposición Universal, 1900”. (En doce años, las letras que la formaban se habían descoloridos y medio borrado)». ¿Acaso cabe decir más en tampoco?, pues esta imagen estática es una fotografía demoledora y premonitoria de los nuevos tiempos que se avecinaban. 


8.- DELPHINE DE VIGAN, LAS LEALTADES: LA NÁUSEA QUE NOS ALEJA DE LOS OTROS

Hay diferentes formas de vomitar la vida. Alguna de ellas la percibimos como el mayor logro posible. Un logro que nunca fuimos capaces de soñar. Otras, sin embargo, requieren de la espeleología del miedo. La incertidumbre. Y la náusea. La náusea que nos aleja de los otros. Esos espacio de soledad que se reproduce una y otra vez dentro de nuestras cabezas como los ecos traidores y asesinos que representan el vómito que nadie entiende por mucho que lo perciba o lo vea. Hay sigilo en la autodestrucción, y en la expiación de la lealtad. Lealtad como culpa. Y también como lazo de amor hacia aquello que es intangible, y que ni tan siquiera nosotros logramos entender. Enfundados como estamos en una pátina de aislamiento que nos distancia del mundo. No hay nada más perverso que el miedo a tocarse y reproducir en un gesto todo un sentimiento. Sentimiento profundo e inane el del amor que se nos escapa entre la manos o nos condena al ostracismo de una sociedad que desprecia al distinto. A ese otro que ni tan siquiera reivindica su propia identidad, sino que tan solo busca algo de consuelo ante la extrañeza que le produce ese mundo que no entiende. Un mundo que, en la adolescencia, nos sitúa en el borde de  la barandilla que nos asoma al precipicio de la indiferencia y de la búsqueda de ese yo que nos haga entender que vivir sigue mereciendo la pena. Théo y Mathis, dos de los cuatro protagonistas de Las lealtades, se aferran al alcohol para diseminar su náusea en un campo de batalla repleto de algodones sobre los que desfallecer sin miedo a hacerse daño. Algodones que, sin embargo, a ellos no les sirven para mitigar el dolor que sus familias y su entorno les infringen. O esa indiferencia de unos padres que nunca sabrán por qué los concibieron, o para qué los trajeron al mundo. Las lealtades es un espacio de trincheras. De padres e hijos. Del pasado y su deriva en el presente. Del miedo y sus consecuencias. ¡Qué fácil sería entenderlo todo desde la luz de la esperanza, o el brillo de la felicidad incombustible que nunca se acaba, y sin embargo…



9.- JAMES SALTER, LOS CAZADORES: LA SOLEDAD DEL MIEDO

Enfrentado a su destino bajo los designios del acierto del fuego enemigo. Aislado del mundo y sin pisar tierra firme. Condenado a sobrevivir a su propia gloria. Así se enfrenta, parapetado bajo una cazadora de aviador que no le resguarda del intenso frío del invierno coreano, el álter ego de James Salter (Cleve Connell) a la soledad del miedo que le persigue. Esa soledad que se refugia en la humedad que te cala hasta los huesos y deambula por tu alma con la pureza del desamparo se traduce en un miedo a morir. Un miedo a probar los límites de nuestra existencia. Y una desdicha que explora sin remedio los límites a confrontar los éxitos del pasado con la incertidumbre del presente que se cierne sobre el piloto de combate que sabe que depende del número de aviones enemigos que logre derribar para seguir en el podio de una élite tan ficticia que representan los once segundos en los que un avión enemigo puede acabar con todo su esplendoroso palmares. Y, a su lado, la necesidad de seguir sintiéndose hombre, ser humano y creer que todavía merece la pena enamorarse para sentirse más vivo lejos del infinito de los cielos azules que le esperan encima de las nubes en cada misión que cumple sobre terreno enemigo. En Los cazadores de James Salter hay ruidos envueltos en silencios que nos resultan tan atronadores como la más mortífera de las bombas. Sin especulaciones, y con la frialdad y la crudeza que caracterizan a sus novelas, es capaz de mostrarnos en aquello que deja en el aire toda una suerte de innumerables matices sobre lo que significa ser un piloto en la guerra y aquello que en verdad importa para el hombre que tiene los pies en la tierra. Sin embargo, con el paso de los días esa soledad del miedo que le acompaña se erige como una enorme ola que lo arrasa todo y le aleja de su entorno, y por supuesto, de sus compañeros. Con unas ricas descripciones geográficas del paisaje que ve desde las alturas, y unos encuentros bélicos que nos remiten a las mejores películas de acción bélica, Salter es capaz de rescatar bajo ese escenario (de humo y destrucción) un rayo de luz que ilumina a la buena literatura y la confronta a la desdicha de la guerra y la muerte. Una herida que poco a poco se vuelve más profunda.


10.- MÓNICA OJEDA, NEFANDO: UN LENGUAJE POLIFÓNICO DONDE EL GRITO FUE HECHO PALABRA

Tirarnos a una piscina. Buscar el fondo. Y explorar el silencio bajo sus aguas. Allí, donde nos atrevemos a “mirar de frente a las mandíbulas abiertas”. Fieras que desean devorarnos porque saben que no somos víctimas fáciles de engullir. Allí, donde los ojos cerrados y la respiración estancada en la abominable oscuridad del terror que solo existe en una habitación-cocodrilo son nuestras señales de identidad. Allí, donde el grito se hace palabra. “Y lo que no se ve o no debe ser dicho encuentran su verdadero sentido”. Allí, donde el grito y su posibilidad de transformarse en palabra son la única opción. Palabra hecha agua. Redentora y Asfixiante. Agua transformadora del dolor y la forma de mirarlo. Agua transparente que en nuestras conciencias deviene en habitaciones-cocodrilo que lo engullen todo. El presente y el pasado. El dolor y el placer. La agonía y la redención. En esa necesidad de nuestro deseo a la hora de colonizar la experiencia del otro es en la que Mónica Ojeda ha construido Nefando. Nefando, un videojuego creado como un sinfín de gritos vertidos sobre el silencio. De la noche. De lo que no se ve. De lo que no debe ser dicho. De lo no visto. De lo no dicho. Como un juego exterior-interior existente en cada uno de los seis personajes de esta novela que traspasa las líneas invisibles de nuestras mentes y sus conciencias. Del deseo y el terror que se afianza como una liberación del alma que, atormentada, está sujeta a las reglas de un cuerpo que en ocasiones ni conocemos ni deseamos. Cuerpo-prisión. Cuerpo-deseo. Cuerpo-terror. Cuerpo que transita por la mugre de un mundo que no visualizamos. Como tampoco lo hacemos con el dolor que solo nosotros sabemos que nos hace daño. Ese, sin duda, es uno de los aciertos de esta novela y de su autora. Novela-difícil. Novela-dolorosa. Novela-única. Como único es mirar al dolor desde la valentía del que sabe que no saldrá ileso del intento. Dolor íntimo y perverso. Dolor sobre uno mismo y sobre el otro. El otro que ya no es un reflejo, sino la puerta que nos lleva hacia el abismo. A la derrota. A la destrucción. A la muerte.

Ángel Silvelo Gabriel.