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jueves, 4 de agosto de 2022

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN, ROMA DESORDENADA LA CIUDAD Y LO DEMÁS: UN PUZLE ERUDITO SOBRE LA CIUDAD ETERNA Y SU HISTORIA PLAGADO DE ANÉCDOTAS Y LLENO DE VIDA


 

Ver, sentir, observar, pensar y, al final, disfrutar de la diferencia de aquello que cada uno percibe como único, pues única es la forma de experimentar la vida a través de los sentidos. Ahí, es donde sin duda conectamos con la belleza y su capacidad para cambiarnos y transformar un viaje en un cúmulo de sensaciones que harán de nosotros algo distinto. En ese espacio tan pocas veces explorado es donde se esconde la magia del viaje. Roma y su infinitud. Roma y sus múltiples destellos de arte. De sonidos. De sorpresas. De miradas en las que buscar aquello que nos hace diferentes. Roma pitonisa y mágica. Alumbradora y mística. Secreta y apabullante. Esa es la fotografía caleidoscópica que de la ciudad del Lazio hace Juan Claudio de Ramón en Roma desordenada la ciudad y los demás, un puzle erudito sobre la Ciudad Eterna y su historia plagado de anécdotas y lleno de vida. Un viaje que va desde lo majestuoso a lo cotidiano, aunque más bien podríamos decirlo al contrario, pues parte de la anécdota vivida o diaria que va en busca de esa otra historia que está tapada por la tela del tiempo y los siglos. Expresiones que parten de lo particular en busca de lo genérico, histórico, artístico, político. También de lo erudito, pues estamos ante setenta minuciosos relatos cortos que buscan el detalle en una ciudad inabarcable que funciona como piezas de un puzle que, a medida que leemos, vamos completando de una forma singular y majestuosa por la ambición de quién lo escribe y su proyecto, y por lo que se desprende de cada uno de ellos: la importancia del viaje, de ver, de sentir, de explorar. Al final esta Roma desordenada es el viaje interior y onírico de un diplomático que ha tenido la fortuna de pasar cinco años destinado en Roma, y que convierte su estancia en la ciudad en la senda infinita de aquel que busca y necesita lo imposible: actuar como un falso dios terrenal que lo tiene todo al alcance de sus pies, y de la profundidad de su mirada. Si como decía Paul Cézanne: «Ver es pensar», Juan Claudio de Ramón nos facilita esa labor en este libro de viajes donde lo demás lo es todo. El caos y su furia. El ruido y su distorsión. La belleza y la máxima expresión del arte. La Historia y los seres humanos que la han construido, y posteriormente destruido y reconstruido. Avanzar por las calles de Roma es hacerlo por un universo onírico y divertente, fílmico y teatral, arquitectónico y pictórico, monumental y arqueológico. Piedra tras piedra, monumento tras monumento, iglesia tras iglesia, nuestra mirada, a través de la del autor, va enriqueciéndose de sensaciones e imágenes que ya formarán parte de nuestro imaginario particular y colectivo. Acervo sentimental y lúdico. 

Roma desordenada la ciudad y lo demás es un libro libre, ambicioso y único. Un libro de viajes que parece soñado, pues sale de las entrañas de quien lo concibió. De su talento y de la ciudad que él adivinó tras cada esquina por unas calles perdidas de Roma que nunca te decepcionan pues siempre están dispuestas a mostrarse su brillo de siglos; un brillo intacto al paso del tiempo, por atemporal e insurrecto. Salvaje a la vez que brillante. Sinuoso y desconcertante a la vez. Este es un libro para leer despacio, dejando un lugar para el deleite y el reposo entre capítulos, y de esa forma, asimilar y disfrutar de lo leído y buscado tras acabar de leer, pues este es un libro que necesita de ubicaciones geográficas, de instantáneas y recuerdos; un libro que es indispensable para saciar al hambriento de imágenes. Al huérfano de datos. Al recluso de mitos y santos. Un libro, en definitiva, por el que nadar por su páginas, porque hacerlo, es lo más parecido a depositar nuestros sueños sobre la inmensidad del mar. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 6 de noviembre de 2014

FRAGMENTOS ALCANZA LAS 10.000 VISITAS MENSUALES Y MÁS DE 200.000 TOTALES


 
Ya sé que es una tontería, y que los números solo son materia fría que no sirven para nada más que saber lo lejos o cerca que nos encontramos de esos secretos objetivos que nos fijamos en la oscuridad de los deseos, pero llevo unos días alucinado con los guarismos que veo en mi blog cada vez que entro en él a publicar una nueva entrada, o post, como se le llaman ahora a esas velitas que en forma de palabras se encienden de vez en cuando en las bitácoras que reinan en el mundo de internet, pero como digo, no puedo dejar de sorprenderme cuando veo que llevo más de un mes con más de 10.000 visitas mensuales en Fragmentos, una especie de puerta abierta donde intento que me ilumine la luz de la cultura en general. Pero lo que me sorprende más todavía, es que el prodigioso milagro de la informática me vuelque datos que confirman que la mayor parte de los visitantes, y quizá, lectores de Fragmentos, proceden caprichosamente de los EE.UU., Alemania y Francia, y sus buscadores no son ni Google, ni Firefox, ni tan siquiera Facebook. La duda, que no me asiste, y que tampoco quiero desentrañar, me hace pensar que mis visitantes son parte de esa larga y espesa legión de jóvenes españoles que han tenido que atravesar las fronteras patrias para buscarse la vida o un sentido a tanto sinsentido lejos de casa, pero mi sorpresa es mayor si cabe, cuando compruebo que reseñas que, un servidor, hace de poesía o teatro, alcanzan la friolera de 500 visitas en el total de los canales en las que son publicadas, dejando de ser las entradas de música, siempre más cercanas a la fiesta, y por tanto, más proclives a recibir un mayor número de visitantes, las que se lleven los laureles de los fríos números. No sé si estos datos son mera coincidencia, o es que de verdad, de una vez por todas, las cosas están cambiando, o quizá sea la soledad del expatriado la que une más por encima de cualquier otra consideración. Sin embargo, algo ocurre cuando en un canal de ámbito internacional (cual no lo es a día de hoy) se comparten mis artículos cerca de 4.000 veces en menos de una semana, a mí, que cuando publico algo en esa ventana colectiva que es Facebook nadie me hace un mísero comentario (lo que expresa muy a las claras mi escaso poder de convocatoria). De ahí que uno comience a sospechar algo, cuando alguien a quien no conoce se interesa por aquello que haces o escribes, y que encima, quiere invitarte a seguir asistiendo a los espectáculos que programa por el mero hecho de verte allí sentado, en una silla de la sala. O cuando se queda con cara de haba, ante el comentario de un cantante que te mira extrañado y sorprendido durante el concierto, ante la cantidad de notas que uno toma cuando el otro no para de aporrear las cuerdas de su guitarra eléctrica.

 
Acertando o no, asumiendo errores y críticas, más de 60.000 almas en todo el mundo cliquea al menos una vez en los más de 2.000 artículos publicados en Fragmentos, de los que más de la mitad son de mi propia autoría. Y por encima de todas esas numéricas apreciaciones, lo mejor de todo, es que Fragmentos no es más que mi particular escuela de escritura que, como tantas otras cosas en la vida, es y será tan importante como yo mismo me proponga que sea o siga siendo.
 

Pido perdón, pero la nostalgia del paso del tiempo me hace acordarme del principio. Todo empezó así, tímidamente, un 20 de enero de 2009: "Con el año nuevo yo también me he propuesto nuevas metas o nuevos objetivos. En este caso, me he comprometido a escribir de forma habitual en el blog, con la esperanza de que alguien por fin contacte, y que el mismo se convierta en un fluido canal de comunicación (que esa parece ser la última razón de esta herramienta).

En uno de mis primeros comentarios ya expresaba que no sabía muy bien cómo enfocar el desarrollo de mis comentarios, y aún hoy, sigo sin estar muy seguro, pero quizá lo mejor sea hacerlo de una manera natural y creo que la forma más interesante sería vincularlo al ámbito cultural con pequeñas pinceladas personales, como cuando nuestro interior se mueve con pequeños acontecimientos que no tienen por qué ser importantes para el gran público".

A todos aquellos que me seguís animando a seguir en esta especie de locura a la que no pocas veces no encuentro ningún sentido: ¡GRACIAS!, simplemente por seguir creyendo que las cosas distintas también tienen su pequeño lugar en el mundo.

 
Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 9 de agosto de 2012

LAS CALLES PERDIDAS DE LA CIUDAD DE ROMA

La ciudad de Roma posee innumerables encantos, y uno de ellos es la cualidad de la sorpresa. No nos puede extrañar, por tanto, que paseando por encima de su sinuoso adoquinado y cuando piensas que todo está perdido, al doblar la primera esquina o desembocar en la siguiente calle, te tropieces de frente con el Panteón, La Fontana de Trevi o la Plaza Navona, sólo por poner un ejemplo, pues si lo que buscas es una iglesia, deberás comprobar no sólo su nombre, sino también la calidad de los frescos que atesora en su interior o los altares únicos que cada una de ellas posee. Roma ciudad abierta, como decía Rossellini, se transforma a cada instante a la vista de quien la visita, pues la sensación de estar rodeado de belleza por todas partes, en ocasiones nos lleva al éxtasis visual de sus obras de arte. Entonces es cuando necesitamos salir de ese escenario donde todo es bello en sí mismo y una especie de horror vacui nos atenaza las pupilas (que no el corazón), y ahí es donde las calles perdidas de la ciudad de Roma acuden a nuestro rescate, anexas a los grandes monumentos, perpendiculares a sus majestuosas fuentes, oblicuas a cualquier gran estatua. Y lo hacen en silencio y desprotegidas de todo bien artístico, pero atesorando esa sensación de lo entrañable y de ser el impagable testigo del paso del tiempo.

Fachadas que representan la dejadez nostálgica o la melancolía de los enamorados; un silencio latente que se enfrenta a los ruidosos juegos infantiles que quizá las inundaron en un pasado no tan lejano; vidas no vividas que se quedaron en simples vidas soñadas; cuerdas de tender que sujetan ropas inertes como señales de una vida que existe tras sus ventanas, quizá la de los artistas que han compilado todo su talento en sus grandes espacios abiertos. Calles estrechas, que como un desfiladero, dejan pasar un pequeño haz de luz, justo el suficiente para transmitirnos esa sensación de linealidad vertical que nos invita a escalar a lo largo de sus paredes en busca del cielo. Un cielo azul e intenso que se comporta como el estandarte de un espacio donde sólo existe la contemplación, la mirada fija y la mirada perdida en espacios únicos y lugares mágicos, que sin necesidad de llevar la firma de ningún gran artista, nos transportan a ese otro lugar que guardamos para nosotros solos en nuestro imaginario colectivo, que en esta ocasión como en tantas otras se encuentra repleto de música e imágenes que no nos permiten mirar con la suficiente desnudez aquello que contemplamos, y que sintiéndonos víctimas de nuestro pasado, intentamos atrapar mediante sensaciones que creíamos perdidas y que de pronto vuelven a nuestro ser para despertamos esa parte que se encontraba dormida. La belleza… la belleza… como canta Luis Eduardo Aute, aunque en esta ocasión sea la de las calles perdidas de la ciudad de Roma.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 29 de septiembre de 2009

VALENCIA: LA PLAYA DE LA MALVARROSA.



El otro día contemplé el mar. En la playa de Neptuno. En la ciudad de Valencia. Cerca de donde el ser humano le ha comido un trocito de su inmensidad a esa gran balsa azul. Lo hice embobado, buscando todavía lo que hay detrás del horizonte, pero esta vez sin hacer piruetas. Dejando volar a mi imaginación.

Acabábamos de dar un paseo por la ampliación del puerto de Valencia (donde todavía permanecen omnipresentes las edificaciones en forma de cubos acristalados que conforman las sedes de cada uno de los equipos que han disputado la Copa América) y disfrutábamos de un refrigerio antes de dar cuenta de una de sus famosas paellas en el restaurante La Marcelina, cuando nos quedamos mirando el mar, o más bien, a la cercana inmensidad de la arena de la playa y la profundidad enfurecida del Mar Mediterráneo.
De toda esta zona, que hace años era la frontera de los chiringuitos de playa y el inicio del puerto comercial, ha surgido como por arte de magia un espacio que como pudimos comprobar no sólo ha servido como escenario para el circuito urbano de la Fórmula Uno, sino que aprovechando ese evento deportivo de resonancia mundial, la ciudad se ha adueñado de ese pedacito de mar al que aludía anteriormente, y lo ha convertido en un inigualable mirador, un puerto deportivo repleto de plásticas instantáneas al amanecer, y de un circuito, que además de para pasear se puede utilizar como circuito urbano de bicicletas.
Pero justo en el extremo opuesto de la infinita playa que he descrito, y que en este lado recibe el nombre de playa de la Malvarrosa, fuimos en busca de más recuerdos, intentando dotar al presente, de la resonancia de las noches de luna llena y champán, que nos traían los chalets cercanos y a los que nuestra memoria quiso acompañar del run rún de las olas que un día tuvieron el poder de mecer nuestros sueños. Vano intento, que quedó en eso: un intento. Pero también, sabíamos que todo no estaba perdido, porque a la vez queríamos ver una vez más la casa del escritor valenciano Blasco Ibáñez y que para nuestra sorpresa ha sido convertida en Casa Museo. El recinto, que evoca la vida y obra del autor, se halla rodeado de unos cuidados y amplios jardines en donde imaginamos paseando al escritor en busca de la musa inspiración, y que gracias al tiempo en el que vivió, no tuvo que compartir con la aplastante visión de un polideportivo cubierto de reciente construcción que linda con su Casa Museo y que le despoja de una parte de su encanto. Nuestros caprichosos recuerdos, también quisieron hacernos notar que no muy lejos de allí, Sorolla plasmó alguno de sus famosos cuadros llenos de luz, playa y bañistas.

En definitva, Valencia siempre tiene ese encanto de sorprender con algo que no te esperabas al llegar, y que hace, que una y otra vez tengas la necesidad de romper el espejo de los recuerdos.

domingo, 9 de agosto de 2009

CANARY WHARF: LONDRES.


Ese día nos levantamos tarde, porque trasnochamos el día anterior y nuestras piernas no estaban preparadas para afrontar las seis o siete horas de dura caminata por la ciudad de Londres. Por eso, decidimos quedarnos en casa y salir después de comer a dar una vuelta por los alrededores. Nuestra idea inicial fue dirigirnos en sentido contrario al que siempre íbamos, de ahí, que exploramos la zona que se encontraba pegada al ríoTámesis, pero en sentido sur. Cuando pasamos el parque y el lago lleno de patos y pequeños veleros, giramos a la derecha y nos metimos de nuevo en un barrio residencial de pequeñas casas de dos plantas, típicamente inglesas, pero que la cercanía del río y esa brisa que te refresca la cara y que te engaña en el esfuerzo, no nos hacía presagiar que nos encontrábamos en Londres, sino quizá, en ciudades con Bath o Brighton.
Atravesamos pequeños puentes elevadizos de madera y tabernas con sus terracitas y bancos también de madera, que resultan ideales para tomar algo al caer la tarde, y seguimos andando hasta que dejamos a un lado tan idílico paraje para acabar en un barrio obrero del East India (creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, pero si por algo se caracteriza el espacio geográfico londinense es por la mezcla de razas y por la proximidad entre lo mejor y lo peor en apenas unos metros y separados por una pequeña calle).

De nuevo giramos a la derecha, dejando a un lado la estación del metro de la línea verde DLR (West Indian Quay) que recorre los Docklands, y que deberíamos haber cogido para hacer más llevadera nuestra espontánea excursión. Cuando parecía que la cuesta que habíamos empezado a subir no tendría fin, a pesar de que el inmenso hotel que teníamos enfrente parecía que se encontraba muy cerca de nosotros, giramos a la izquieda dejando a un lado un paso subterrráneo, y por fin, empezamos a deslumbrarnos por el gran tamaño de los rascacielos de Canary Wharf. Pero a mí, lo que más me llamó la atención en ese momento, fue el bar español que había al inicio del canal, en el que se anunciaba los partidos de la Eurocopa junto a las raciones de jamón ibérico.
Más que contaros la grandiosidad de ese pequeño Manhattan londinense, a mí lo que más me sorprendió, amén de los inmensos canales con puentes y los barcos veleros de madera, fue el increíble hormigueo de personas a la salida del trabajo. Estando allí, entre tanto ejecutivo con corbata, te sientes como si hubieses profanado un lugar que al que no has sido invitado, y te das cuenta de varias cosas. Una de ellas, es la sensación de que allí está pasando algo, y en este caso me refiero a lo que ocurre dentro de los edificios (más tarde me enteré que Canary Wharf es uno de los tres centros financieros más importanes del mundo, si lo unimos a la City) y otra, es la necesidad de comuncación que tenemos los seres humanos. La salida del trabajo en ese maravilloso día de verano no era la de las típicas personas que hablan del trabajo, o al menos eso me pareció a mí, sino que sus caras reflejaban que hablaban de ellas mismas, ajenas al mundo financiero que transcurría a pocos metros de distancia. Esa fue la otra gran sensación que me atrapó de ese lugar, que personas con currículums brillantes de todo el mundo, se reunieran entorno a las mesas de elegantes bares y restaurantes contándose parte de sus vidas, sus anhelos y sus sueños, algo que a mí me pareció muy emocionante.
A la vuelta, nuestra valentía inicial nos había pasado factura en nuestros maltrechos pies, y decidimos volver a casa en Metro. Lo hicimos estrenando la estación de Metro de Canary Wharf diseñada por Norman Foster y que posee una larguisíma escalera mecánica (dicen que proporcional a la altura de los rascacielos) y que acaba en un no menos gandioso hall. Estupefactos de tanto flash e imagen guardados en nuestras retinas, cogimos la Jubilee Line cogidos de la mano y sólo pensábamos en tomarnos una pinta en el Pub del Ahorcado cuando llegáramos a casa.

lunes, 20 de julio de 2009

WAPPING, LONDRES.



Nos bajamos del subway en la estación de la Tower Hill y encaminamos nuestros pasos por debajo del majestuoso y elevadizo puente (que entre otras cosas, sirve de acceso a la gran atracción turística que es la fortaleza de los Beefeater o cuervos negros). Como digo, dejamos atrás el puente, después de haber pateado ampliamente las calles de Londres ese día, y atravesamos el lujoso hotel que se encuentra a su lado y que sirve de inicio a una serie de canales, que como ya comenté en otra entrada, nos recuerdan a los de cualquier villa mediterránea, mientras una generosa brisa nos anunciaba la cercanía del río Támesis.

El trayecto que hay entre el citado hotel y el famoso pub del Ahorcado (The Prospect of Whitby), fin de nuestro trayecto, es un reflejo de la gran transformación urbanística que ha experimentado la ciudad en los últimos años, y así, a la derecha y pegados al río, nos encontramos con grandes edificios de cristal que se dejan iluminar por una luz solar muy distinta a la que disfrutamos en España, y que contrasta con las pequeñas casas con jardín que tienen enfrente, y que son el fiel reflejo de las que salen en cualquier serie televisiva británica (y que al menos yo identifico como typical english).

Al irnos acercándonos a nuestro destino, las calles se estrechan y el adoquinado las hace más entrañables. Un caótico sistema de aparcamiento, hace que los autobuses urbanos vayan haciendo slalon, mientras salvan los obtáculos que representan los coches aparcados en estas estrechas vías urbanas y que nos recuerdan la estructura medieval de la ciudad.

Pero quizá, el rincón más acogedor de este recorrido, junto con las grúas que penden de los edificios rehabilitados y que nos relatan que pertenecieron a los antiguos muelles comerciales de la ciudad de Londres, sea un pequeño parque con un hermoso césped y que a modo de gran plaza cubierta de frondosos árboles, está flanqueada por las casas bajas antes mencionadas a un lado, por una pequeña iglesia católica (San Patricio) a otro, y por el pub Duke of York en otra de sus caras, lo que sin quererlo, representan al dedillo la cultura británica.

Entre adoquín y adoquín, nos vamos abriendo paso por los edificios que han sido majestuosamente reformados hasta llegar a Monza Street, fin de nuestro trayecto diario. Una vez en casa, podemos contemplar la alternativa y famosa galería de arte (The Wapping Project) que comparte su espacio con un no menos famoso restaurante, que entre otros platos ofrece un gazpacho andaluz y un buen embutido ibérico (para que luego digan). Un poco más allá, está el Pub del Ahorcado, al que iremos luego después de recuperarnos un poco, mientras que una fina brisa nos sigue recordando que los canales y estanques sobre los que se pratica el piraguismo, son unos acompañantes más de este entrañable barrio de Wapping. ¡A por las pintas!

miércoles, 1 de julio de 2009

MI PRIMER RECUERDO DE LONDRES


La visita a mi más reciente pasado, me ha llevado a la ciudad de Londres. Hoy hace cuatro años que la vi por primera vez. Es una contradicción, pero la caliente brisa que hoy me ha acompañado hasta el metro, me ha hecho por oposición, recordar el aire húmedo y fresco del Támesis.

Mi primer contacto con las islas se produjo en el avión, cuando una vez que atravesamos el Canal de la Mancha vimos sus campiñas perfectamente delineadas y sus ovejas ocupándolas. Después vino el olor a moqueta nada más salir del avión en el camino que nos condujo a recoger las maletas; los letreros amarillos del aeropuerto, la disposición de los carteles, la información que apenas me decía nada. Todo invitaba a la aventura y ese gusanillo ante lo desconocido me acompañaba por los pasillos de la terminal sur de Gatwick.

De ahí, pasé a un tren ligero que nos acercó a la city. Ya de noche depositamos nuestros pies en un suelo adoquinado a la salida de la empinada y vetusta estación de metro de Wapping, y todo se volvió más idílico si cabe. Pero esas no eran las únicas sorpresas de la noche. Juanma nos llevó en su Ford Focus con volante a la derecha por las estrechas y adoquinadas calles de Wapping, hasta lo que para mi sorpresa, fue un embarcadero con veleros de madera y una postal de cuento de hadas. Bellos barcos enmedio de Londres, y una multitud de personas disfrutando del fresco en un embarcadero lleno de restaurantes y bares. A tan solo unos metros estaba el Támesis, pero esa postal parecía la de cualquier pueblo mediterráneo.

Después cayó nuestra primera pinta y el sonido de la campana que anunciaba que nos teníamos que ir cuando sólo eran las doce de la noche. Parecía que todo había terminado, cuando Juanma cogió su Focus y nos hizo un regalo de esos que sólo se dan en las películas. El paseo nocturno de un Londres el viernes por la noche fue fantástico, calles que no llevaban a ninguna parte y daban la vuelta sobre sí mismas, coches aparcados en calles estrechas por las que apenas se podía pasar mezcladas con la majestuosidad del Pepino de Foster, la Lloyd's Tower, Buckingham Palace, Regent Street, Picadilly Circus, Trafalgar Square, los bobbys y las cabinas rojas dispuestas para ser fotografiadas por los turistas; y de fondo el London Eye, majestuoso al lado del Támesis. Nuestras inquietas miradas se mezclaban con la alegría que ese día reinaba en las calles de Londres con su mezcolanza de razas, costumbres, religiones y olores. Fue fantástico.
Pero todo eso ocurrió hace cuatro años. La tórrida brisa de esta mañana me sacó de un bofetón de mi ensoñación y me recordó que me encontraba en Madrid, este gran pueblo manchego.