Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 30 de noviembre de 2020

FERNANDO PESSOA EN EL 85 ANIVERSARIO DE SU MUERTE: TRAS LA SOMBRA DEL POETA


 

Apenas, cuando la primera luz de la mañana ilumina la apacible silueta de la desembocadura del Tajo, se cierne sobre Lisboa la sombra de la nostalgia que, en esa incierta hora del día, se tiñe de melancolía en forma de un majestuoso poder de evocación. Lisboa, ciudad del fado, la tristeza y la nostalgia, es también el lugar perfecto para soñar las mil y una maneras de vivir otras vidas y de ser otro. Vivir hacia afuera, mirándonos desde ese otro yo, podría ser un magnífico lema para definirla, tal y como hizo Fernando Pessoa a lo largo de su vida a través de los diferentes confines de la ciudad que, diseminados en un glosario de placas, dibujos, estatuas y anuncios, se encargan de que no olvidemos por qué el espíritu de Pessoa, el hombre que casi siempre quiso ser otro a través de sus múltiples heterónimos, se cierne como una tenue neblina sobre cada piedra de la milenaria ciudad lisboeta. Como él mismo decía en su poema Autopsicografía: "el poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente". Y esa sombra evocadora, que lo inunda todo, es la que hace posible que finjamos ser quienes no somos. 

No hace falta sino abrir por cualquiera de sus páginas su magistral Libro del desasosiego, para darnos cuenta que estamos ante un autor y una obra que se nos muestra como una fuente inagotable de sensaciones, inquietudes, y formas de ser y estar ante el mundo y la vida muy distintas a las habituales (un ejemplo: "el corazón, si pudiese pensar, se pararía"), pues no se nos debe olvidar que Pessoa es un maestro de la paradoja llevada al paroxismo. Esa infinitud literaria es el mejor reflejo del alma de Pessoa, a pesar de que lo escribiera su semi-heterónimo Bernardo Soares, su otro yo más cercano al auténtico espíritu pessoano. Como toda obra de un artista completo que se caracteriza por el caos que sobre ella le producen los múltiples arranques y paradas creativas que la acechan, el Libro del desasosiego está compuesto por más de quinientos fragmentos que se resisten, como la propia vida, a ser ordenados, coexistiendo en un desgobierno literario y existencial que le ha dado a su autor fama mundial; y lo hace en un proceso natural que convierte a su figura en una simpar gracia de silenciosa omnipresencia... “No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”, como una nueva muestra de ese gusto del autor por el fingimiento y la paradoja. 

Esa capacidad para desdoblarse en otro no es ajena a los escritores, sin embargo, en el caso de Pessoa estamos ante otra forma de ser otro, pues sus heterónimos, sobre todo aquellos más importantes, son algo más que personajes de una novela para convertirse en partes del alma del autor e identidades con vida propia, como si Pessoa no fuera uno sino muchos otros a la vez. Esa capacidad de desdoble o abatimiento en otros, no nos debe de extrañar tanto si fuésemos conocedores de los pormenores de su vida solitaria (casi de ermitaño) en habitaciones alquiladas y comedores baratos. Con una referencia a este tipo de establecimientos comienza el Libro del desasosiego: “Hay en Lisboa unos pocos restaurantes o casas de comidas en los que, encima de una tienda de hechuras de taberna decante, se alza un entresuelo que tiene el aspecto casero y pesado de un restaurante de ciudad pequeña sin tren”. A lo que habría que añadir, su inclinación por la astrología (algo que se pone de manifiesto en la recreación que de su habitación existe en la que fuera su última casa, hoy reconvertida en la Fundación Fernando Pessoa), o incluso cuando ejerció de médium. Esa necesidad de trasladarse fuera de sí mismo, es la principal característica del enigma que rodea a todos los estudios sobre su vida y su obra, que ni siquiera fue interrumpida por Ofélia Queiroz, que se cansó de sus continuas extravagancias: “Toda mi vida gira en torno a la literatura, buena o mala, lo que sea, lo que pueda ser. Todos (…) tiene que convencerse de que soy así, de que exigirme sentimientos –que considero muy dignos dicho sea de paso. De un hombre común y corriente es como exigirme que sea rubio y con los ojos azules”. 

Pessoa dedicó su vida a crear (“vivir no es necesario, lo que es necesario es crear”, dejó dicho en el poema Navegar é Preciso), y tanto es así, que sólo trabajaba dos días al semana como traductor, o como él dejó dicho en una nota autobiográfica: “corresponsal extranjero de casas comerciales”, dedicando el resto de los días a escribir, lo que hacía sumido en un caos… su propio caos, pues nada más tenemos que asomarnos a los fragmentos que componen el Libro del desasosiego para darnos cuenta de ello, y de que era un hombre entregado a sus sentimientos más profundos y a ese último deber intelectual que gobernaba su vida: “tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad”. Nada, por tanto, distrajo a su espíritu de ese deber último que fue la literatura; un esfuerzo que, sin embargo, y como suele ocurrir en demasiadas ocasiones, no le fue concedido en forma de reconocimiento sino después de su muerte cuando han salido a la luz buena parte de sus escritos y composiciones. A partir del conocimiento de su obra, en la actualidad los críticos le consideran el poeta portugués más importante del siglo XX. Un reconocimiento que el estado portugués materializó cincuenta años después de su muerte con el traslado de sus restos al claustro del Monasterio de los Jerónimos de Belém, donde descansa al lado de otros grandes e ilustres personajes de la historia portuguesa. Una gloria, a la que el pueblo portugués rinde homenaje casi en cada esquina, en cada puerta, en cada frase con la que intentan inmortalizar la vida, su propia vida a través de otro. No en vano su último texto dice: “no sé lo que traerá el mañana…” 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 29 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XV) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: LA OSCURIDAD ES LA NADA MÁS ABSOLUTA #JohnKeats200aniversario

 


Permanezco largos periodos de tiempo sentado al lado de la ventana del salón. Cuando me canso de leer miro al cielo, como si bajo la tenue capa de nubes que lo cubren se encontrasen las respuestas a las preguntas que me acechan y me invitan a meterme en un oscuro agujero. «¿Qué es la eternidad?», me pregunto. Pero la inocencia de mi interrogante se desmorona con el primer golpe de realidad al que tiene que hacer frente. La melancolía de nuevo se apodera de mí e intento engañarla fijando mi mirada en las nubes que se desplazan por el firmamento. «Nada las detiene en su particular e infinito viaje por las alturas», pienso. «¿Qué será el tiempo para ellas? Ellas no piensan», me digo, y al verlas flotar allá en lo alto siento envidia de su ausencia de lazos y ataduras. Nada las impide avanzar y, en ese continuo movimiento, se presentan ante mí como carruajes que transitan por encima de un camino infinito teñido de azul y no de color tierra. Esa bella e insinuante imagen me lleva casi sin quererlo a mis poemas, porque Brown en Inglaterra y Severn en Italia han coincidido en definirlos como «la melancolía de lo inalcanzable». Ellos conocen, tan bien como yo, que mi visión estética de la realidad siempre tiene un valor moral que la hace trascender hacia esa otra realidad donde el poeta deja de ser poeta y se transforma en árbol, pájaro o urna, pues no hay una forma más acertada de llegar a ser eterno que ser otro, sobre todo, si esa mutación es inalterable al paso del tiempo. El hombre es un ser vivo que es incapaz de ser perdurable más allá de sus días terrenales, salvo si tiene la dicha de que aquellos que le llegaron a conocer se comporten como una fuerza transmisora de su vida y sus actos. Fuera de ahí, nada queda, sino la más completa oscuridad. No se me ocurre un contrario mayor a la belleza que la propia oscuridad. La oscuridad es la nada más absoluta. Yo lucho por vencer a esa fuerza que me tumba día a día. La luz en mi vida es la poesía y con ella trato de ir más allá de mi propia existencia y mi propia persona. Quiero acabar con la fugacidad en la que mi alma se encuentra aprisionada en mi cuerpo. Quiero vagar por el infinito sin tener que pensar en un final. Quiero encontrar esa estrella brillante que me guíe más allá del tiempo… «Y así el sublime destino / Que imaginamos para los grandes muertos; / Todos los deliciosos cuentos que oímos y leímos: / Fuente eterna de una linfa inmortal / Que cae sobre nosotros desde la orilla del cielo.»  Siendo otro, se viven otras vidas y, además, la percepción del tiempo deja de ser lineal para convertirse en una gran esfera con un punto desde el que poder partir y al que poder llegar. Para mí, la naturaleza es eterna como los ideales y se contrapone a la fragilidad de un mundo físico que tiene sus días contados. «Polvo eres y en polvo te convertirás.» De ahí, que «algo bello es un gozo perpetuo: su hermosura va creciendo / Y jamás caerá en la nada». Esta percepción no habitaba en mí hasta que me puse a escribir. La poesía es la belleza eterna, inalterable al paso del tiempo y a la acción del hombre. Ese es mi mayor tormento en Roma, tener tanta belleza cerca y comprender que nunca será mía, como mía tampoco pudo ser Fanny, el verdadero amor de mi vida, y con el que fui capaz de ser ese otro inalcanzable; un ser impropio de tener un alma humana. En el poco tiempo que me queda quiero ser un prisionero de la libertad y encadenarme a ella como expresión última de la vida. Imploro a mis recuerdos, y entre ellos te encuentro de nuevo: «…capacidad negativa… “aquella por la cual un hombre es capaz de existir en medio de incertidumbres, misterios, dudas, sin una búsqueda irritable del hecho y la razón”. Un estado emocional caracterizado por la indecisión, la inquietud, la incertidumbre y la tensión que resulta de necesidades internas incompatibles o unidades de igual intensidad». 

De esa colisión nace mi poesía. Realidad reconvertida en pura imaginación que, como un sueño perpetuo, se libera de las tensiones que todo poeta encuentra a la hora de afrontar la creación de un poema. Libertad, pero no una cualquiera, sino aquella que se manifiesta como pura exaltación de la vida en contraposición a la muerte. Me encuentro exhausto y sin fuerzas para emprender grandes viajes, pero todavía soy consciente de que necesito el estímulo de la belleza para dejarme arrastrar por la ensoñación lírica y, con ello, atrapar lo inalcanzable… Severn se acerca a mí, y al tocarme la frente me dice que tengo fiebre. Yo apenas le oigo, pero sus palabras me han hecho regresar a la realidad más terrenal, a esa que me dice que soy finito como los pájaros que revolotean en el alféizar de mi ventana cada mañana, o como el trigo del pan que ya apenas soy capaz de comer. Y de repente, sin pedirlo ni desearlo, me convierto en una pequeña historia que apenas ocupa unas cuantas hojas. Hojas que en sí mismas poseen esa sensación que se comporta como un objeto que se pierde por una grieta; una grieta que en este caso es una abertura por donde sin darme cuenta se me escapa de las manos la sensación de las vidas soñadas; y lo hace, sin poder evitarlo. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 27 de noviembre de 2020

NINA LYKKE, ESTADO DEL MALESTAR: EL DESEO QUE HABITA EN EL ANHELO Y LA NOSTALGIA

 


Lo extraño. Lo fantasmagórico. Lo irreal. Lo deseado… La necesidad de esa felicidad que siempre buscamos en el lugar equivocado. Esa lucha que representa nuestro vacío. El desasosiego. La incertidumbre. El caos. El caos que transforma a los humanos en hormigas obreras. Obedientes. Aletargadas. Esa droga que anestesia y provoca el mayor de los suicidios en la sociedad actual y que llamamos BIENESTAR. Esa droga contra la que lucha Elin, la médico de cabecera protagonista del Estado del malestar; un título que se aleja del original noruego y más cercano a la palabra metástasis, como nos aclara en un vídeo la traductora de esta novela (Ana Flecha Marco); una novela que ha sido Premio Brage al libro del año en Noruega. Una novela sobre la que, quizá, como nos dice Ana, metástasis no ejerza un nivel tan representativo de la esencia de la misma como el elegido para esta edición por Gatopardo Ediciones. Iconos aparte, Estado del malestar es una sátira cruel y muy bien planteada sobre el deseo que habita en el anhelo y la nostalgia. Lykke, su autora, lo aborda con un estilo ágil, sencillo y mordaz, excavando en el terreno de la insatisfacción de los pobres infelices que lo tienen todo y sin embargo se quejan sin parar. Y, también, aflorando ese malestar del bienestar que nos fagocita y nos hace representarnos a nosotros mismos como animales que nunca se sacian. Siempre queremos más, como cerdos que nunca pararían de comer si se les proporcionara la comida que nos exigen. Estos trastornos de hormigas insatisfechas que somos, los filtra muy bien Nina Lykke a través del consultorio de Elin, convirtiendo a su despacho y, por ende, al centro de salud en el que trabaja, en un gran filtro de las emociones, porque como expresa muy bien al inicio de la novela: «Nadie conoce las modas populares mejor que un médico de familia. He visto de todo: productos sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, todas las recetas de los periódicos y de internet que convencen a personas sanas de que si dejan de comer pan o queso todo irá como es debido. Los pacientes de mediana edad no comprenden por qué están siempre tan cansados. Porque te haces mayor, les digo...». A partir de ahí, todo se convierte en un DeLorean sensitivo donde sus pacientes siempre buscan viajar en el tiempo para alejarse de sus miedos y enfermedades ficticias, pues ninguno de ellos se atreve a conjugar uno de los falsos axiomas del Templo del Bienestar: Muchos derechos y pocos deberes. 

Estado del malestar también representa la impersonalización de la raza humana a la que cada vez nos vemos más avocados. Lykke, de nuevo con muy buen criterio, despersonaliza a los pacientes de Elin nombrándolos por sus años de nacimiento o nombres comunes que representan una cualidad física o psíquica de los mismos (el Gordito, el Rebelde, el Hombre de la Coleta, Zumo de Cactus). Incluso se atreve a mucho más en su ambicioso mapa sociológico, cuando aborda la colectividad de Grenda (el barrio donde reside) y extrae de ella los convencionalismos de los pijo-progres de sus vecinos, que muestran una obediencia extrema hacia sus falsas costumbres en contraposición a la libertad que muestran los de las mansiones de enfrente (como las denomina la autora), y que viven su bienestar sin mostrar malestar por ello, aunque también sean víctimas de sus propios vicios o errores. La frontera de los cincuenta como nuevo abismo entre la juventud y el comienzo de la decrepitud, y la rotura de todas aquellas ataduras que de repente se nos muestran inútiles, son el leitmotiv argumental de una novela que, en tono de sátira, indaga sin clemencia sobre la sociedad en la que vivimos; una sociedad egoísta e individualista hasta el extremo, y permisiva con los defectos propios, pero tiránica con los del prójimo. Un bienestar de ególatras que necesitan saciar sus debilidades con fármacos, consultas o especialistas que se tornan en dioses o gurúes de ese bienestar tan idolatrado y, que nada tiene que ver ni representa, con el origen o génesis del mismo, lo que nos lleva hacia una sociedad más desigual y enferma, aletargada y obediente, indigna y cruel. Menos mal, que aún nos queda el contrapunto de la ironía y el humor; un contrapunto que en la novela viene representado por Tore, esa conciencia en forma de esqueleto que tan bien está resuelto. Y, también, a través de la esperanza, un rayo de luz que al final nunca deja de iluminar al deseo que habita en el anhelo y la nostalgia.  

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XIV) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS SE DESPIDE DE SU AMIGO BROWN POR CARTA #JohnKeats200aniversario



Han transcurrido quince días desde que llegamos a Roma. Un tiempo que yo he consumido en vibrar con la belleza del entorno que me rodea y en disfrutar de la vida social que este forzoso exilio me ha deparado, donde las buenas costumbres solo se expresan fuera de las cuatro paredes de la casa en la que nos hospedamos; un lugar donde los romanos nos demuestran sus temores ante mi enfermedad esquivándonos hasta con la mirada. Soy consciente de que un buen ambiente a mi alrededor me ayudaría a soportar mejor el dolor, pero debo conformarme con el apoyo que Severn y el doctor Clark me profesan aunque, a veces, me gustaría compartir una sonrisa con alguno de los vecinos, nada más. Sin embargo, no les puedo recriminar su falta de simpatía hacia mi persona, porque presiento mi caída final; esa que levará el ancla de la nave que me llevará al definitivo averno. 

Algo dentro de mí está cambiando, aunque de momento no sé lo que es. Me encuentro bien, pero, como el olfato adivina la tormenta en una calurosa tarde de verano, mi instinto me dice que todo será diferente en poco tiempo. Tengo miedo de volver a sentir ese calor ígneo que se apodera de mí en los momentos en que mi enfermedad quiere acabar conmigo. «¿Miedo por qué?», me pregunto, si sé que estoy condenado a un temprano final. Pero del mismo modo que mis sentidos me dicen que mi cuerpo pronto va a cambiar, mi instinto de supervivencia se pone en guardia y se dispone a defenderse. Nadie muere porque quiere, ni siquiera los suicidas, por mucho que pidan a gritos ese último y ansiado deseo de conquistar la libertad; la última y definitiva. 

En una pequeña abertura dentro de la tempestad, mi mente divisa un esclarecedor haz de luz y piensa que antes de que llegue a mi seno la derrota de la primera gran batalla debo escribir a Brown, y de alguna forma despedirme de él, por si más adelante no pudiera hacerlo. «¿Por qué me tiembla el pulso solo de pensarlo? ¿Acaso es el terror que invade a mi espíritu ante las despedidas...? Una más», pienso. 

«Roma, 30 de noviembre de 1820

Mi querido Brown:

Escribir una carta es para mí la cosa más difícil del mundo. Mi estómago sigue tan mal que me basta abrir un libro para que empeore… Sin embargo, estoy mucho mejor que durante la cuarentena. Tengo constantemente la impresión de que mi vida real ha transcurrido ya, y que estoy llevando una existencia póstuma. Sabe Dios cómo hubiera sido… pero me parece que… De todos modos no hablaré de esto. No puedo contestar a nada de tu carta, que me siguió de Nápoles a Roma, porque me da miedo mirarla de nuevo. Estoy tan débil (mentalmente) que no puedo apartar la visión de la letra de un amigo a quien quiero tanto como a ti. Sin embargo, sigo en la brecha, y en lo peor, aun durante la cuarentena, por pura desesperación amontoné en una semana más juegos de palabras que en cualquier año de mi vida. Un solo pensamiento basta para matarme: estuve bien, sano, alerta, paseando con ella, y ahora… La conciencia del contraste, la sensibilidad a la luz y a la sombra, toda esa información (en el sentido primero de la palabra) necesaria para un poema, son grandes enemigos de la curación de mi estómago. Ahí tienes, bribón: te someto a la tortura. Pero pon a prueba tu filosofía, como lo hago yo con la mía; de lo contrario, ¿cómo podría vivir? El doctor Clark me atiende muy bien; dice que no hay gran cosa en los pulmones, pero asegura que el estómago está muy mal. Estoy gratamente decepcionado con las buenas noticias de George, porque se me ha metido en la cabeza que todos moriremos jóvenes… Severn está muy bien, aunque lleva una vida tan siniestra a mi lado… Escríbele a George tan pronto como recibas esta, y dile cómo estoy, hasta donde puedas adivinarlo; y envía también una carta a mi hermana… Anda por mi imaginación como un fantasma… se parece tanto a Tom. Apenas me es posible decirte adiós, incluso por carta. Te hago la torpe reverencia de siempre.

¡Dios te bendiga!

John Keats» 

¿Qué le puede deparar a un hombre que nada más tiene fuerzas para despedirse de su amigo? Ya solo me queda esperar con dignidad el final, y como le he dicho a Brown en la carta, y al doctor Clark cuando viene a vernos a casa: ¿cuándo llegará a su fin esta vida póstuma que estoy viviendo? Vivir sin poder escribir no es vivir, y pasar los días sin poder ver a mi amada Fanny, tampoco, porque esas dos ausencias son tan esenciales que, por sí mismas, lastran el sentido más propio de mi existencia. La vida sin sentimientos que la alimenten día a día no es la mejor de las opciones, y sé que romper el lazo que me une a este mundo sería lo más adecuado, pero no soy capaz de acortar ese camino que me lleva al cercano final que me aguarda. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 24 de noviembre de 2020

“EXPRESIONISMO ALEMÁN EN LA COLECCIÓN DEL BARÓN THYSSEN-BORNEMISZA”: EL ARTE CONCEBIDO DESDE UN PUNTO DE VISTA LIBERATORIO



La misión principal de cada uno de los Ismos del siglo XX en las artes plásticas fue la de romper con todo lo anterior. En una singladura que podríamos denominar como de ruptura y descubrimiento. Pasión y desmesura. Libertinaje y desafección. Así, podría decirse que el expresionismo alemán toma las riendas del destino pictórico de un país que busca un nuevo tránsito estético a través de una perspectiva cuyo primer objetivo es el de manifestar su punto de fuga libertario (en la perspectiva, el colorido, la composición), como inicio y excusa de una vida bohemia proyectada hacia la libertad. Una corriente artística que, sin embargo, se verá frustrada con la llegada del nazismo y sus nefastas consecuencias: destrucción y muerte en lo general, y confinamiento y condena en lo artístico. Más allá del espacio geográfico y temporal, no es posible sustraerse a esta rebelión de las formas y los colores. De las caras sin definir. Los espacios claustrofóbicos. El primitivismo. La tensión. La fuerza. O el dramatismo a través de sus pinceladas gruesas, matéricas e irreductibles ; unas pinceladas que marchaban ajenas a todo aquello que no llevase consigo una ruptura formal y estética de lo que hasta ese momento residía en el alma del artista, concebido éste en el expresionismo, como una corriente sin freno en la búsqueda de su particular obsesión. No obstante, ese nuevo esquematismo parte de la influencia de artistas como Gauguin o Munch, por citar solo dos ejemplos. Artistas que, con sus proposiciones, también se adelantaron a las icónicas figuras cilíndricas o volúmenes envolventes. Un esquematismo que compite con un colorido abrumador y una libertad creadora marcada por una fuerte pulsión simbólica que, en ocasiones, nos muestra su transformación hacia el cubismo. 

En el expresionismo alemán, los retratos y los paisajes dejan de ser académicos para convertirse en puntos de fuga de la realidad y, de ese modo, transformarse en verdaderas estampas oníricas dirigidas por una visión transgresora que busca la otra realidad, aquella que se encuentra en el sentimiento y no en la reproducción estética de lo visto, sino de lo sentido. Esa fuerza arrolladora es la que moldean una y otra vez los cuadros de esta exposición acerca del expresionismo alemán basada en los fondos del Museo Thyssen Bornemisza, cuya particularidad reside en una distribución no cronológica de las salas y las pinturas expuestas, sino en la relación del barón con los marchantes, artistas y cuadros que compró, lo que nos permite explorar las pinturas de una forma distinta y única. La primera pieza de su exquisita colección fue La joven pareja de Emile Nolde. Un cuadro que llamó su atención por “su audaz gama de colores y la atmósfera tan particular que emanaba de ella”. Un adquisición que representa una clara ruptura y un gesto de rebelión contra su padre y el apoyo de éste al nazismo.  

En definitiva, la exposición El expresionismo alemán en la colección del barón Thyssen-Bornemisza es una magnífica excusa para contemplar las obras de Vassily Kandinsky, Franz Marc, George Grosz, Emil Nolde, Paul Klee, Ernst Ludwig Kirchner o August Macke, entre otros, como nunca antes habían sido expuestas. Unas obras que forman parte de un arte concebido desde un punto de vista liberatorio. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 22 de noviembre de 2020

ANGÉLICA LIDDELL, UNA COSTILLA SOBRE LA MESA: MADRE.- EL AMOR DESPUÉS DE LA MUERTE

 


El mundo bajo una cúpula negra que cobija a la muerte. El mundo y la muerte encriptados bajo un simbolismo chamánico, espiritual, religioso... Y, bajo esa cúpula negra que representa el mundo, el silencio atronador del folclore, de las tradiciones más ancestrales, de la búsqueda del amor después de la muerte. Una costilla sobre la mesa: madre es el teatro de la contemplación. De la estética de una muerte petrificada en el tiempo. De la cacofonía de aquellos sonidos que nos acompañaron toda la vida sin prestarles atención. Sonidos que reivindican el lugar que les corresponde. Pero también, es una manifestación del metateatro anclado en la palabra (de Angélica Liddell, de William Faulkner, de Dios, del diablo), en la música (clásica a modo de nana y réquiem), y de una puesta en escena pictórica, concebida para ser contemplada como un cuadro y sin otro aditamento que el del viaje que se nos propone. Palabras, sonidos e imágenes que pretenden no dejar indiferente al que las observa, por más que nos resulten repulsivas o no las entendamos. El teatro de Angélica Liddell es un ejercicio sensitivo del más allá. Un espacio del no tiempo. De las pesadillas. Y del eco irreductible de un dolor hecho grito (véase a El Niño de Elche sobre el escenario con su mastodóntica actuación sonora). El amor después de la muerte, que representa esta obra de teatro, es una nueva manifestación de la rebeldía de su autora. De su forma de entender el teatro contra al mundo. Frente a todos. Frente a sí misma. Como diría William Faulnerk, al que alude en varias ocasiones con frases de su novela, Mientras agonizo: «El ruido y la furia». Y, después, el silencio. De la muerte. Del amor. De la resignación. 

Una costilla sobre la mesa: madre es una obsesión dividida en tres partes que podríamos clasificar como: escrita, oral-cómica y coral-ballet. Pues en cada una de ellas hay una necesidad de expresar ese amor tras la muerte de diferentes formas. En la primera de ellas, es donde, sin duda, mejor asistimos a la fuerza expresiva y a veces irracional de los textos de la Liddell en su más pura esencia, a los que ayudan una representación y una puesta en escena siempre agresiva consigo misma y, que esta vez, refleja el abandono del alma ante la pérdida. De este modo, la luz, el sonido histriónico y la repetición del desgarro del dolor que representa El Niño de Elche, procesan el sentido más irracional de la muerte que busca de alguna forma una salida en la más coral de las fases de la obra de teatro protagonizada por el bailarín Ichiro Sugae, y que representa el zigzagueo de la muerte tras la pérdida antes de volver al útero materno, o al útero universal, que es la recuperación de las raíces, las tradiciones y esos sonidos que se nos quedaron pegados en la memoria en nuestra infancia. No hay inocencia en esta manifestación de amor y culto hacia una madre, y sí el ruido y la furia del que conoce la expiación de la culpa. De la ausencia de un ritmo vital que ha dejado de latir para siempre. Corazones sin latidos que anegan las lágrimas no derramadas por las plegarias no atendidas a razón de una lágrima por cada latigazo que magnifica la ausencia. 

Angélica Liddell y su forma de entender el mundo y la vida frente a frente y cada vez más cercana a la perfomance que lo quiere abarcar todo. Una perfomance no apta para todos los públicos ni sensibilidades. Un grito de rabia que nace de las entrañas más profundas. Del dolor más inimaginable. De la cadencia más arrebatadora. Todas ellas esencias de un universo petrificado en el mapa del tiempo y, que en esta ocasión, nos habla del amor después de la muerte. 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 21 de noviembre de 2020

ÁNGEL SILVELO, FINALISTA DEL XL PREMIO “FELIPE TRIGO” DE NARRACIÓN CORTA, QUE FUE DECLARADA DESIERTO



La escritora conquense de nacimiento, pero madrileña de adopción, Ana Muela Pareja con la obra titulada ‘La lluvia inglesa’ se ha adjudicado el premio literario Felipe Trigo en su edición número 40 en la modalidad de novela, dotado con 20.000 euros. La modalidad de narraciones cortas, dotada con 6.500 euros, fue declarada desierta.

Ana Muela Pareja es máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid, licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y licenciada en Geografía e Historia.

El certamen literario, convocado un año más por el Ayuntamiento de Villanueva de la Serena, se falló esta noche por un jurado presidido por la escritora Susana Martín Gijón en un acto presentado por Nieves Moreno y celebrado en el palacio de congresos de esta localidad. Un acto restringido en número de asistentes, debido a las circunstancias sanitarias, dándose cita apenas los miembros de la corporación municipal, el jurado, la comisión lectora y las personas intervinientes en la gala, que pudo verse por el público en general a través de internet.

Seis novelas y cuatro narraciones cortas habían llegado a la final con opciones de adjudicarse el premio en las respectivas categorías.

En el transcurso del acto hubo oportunidad de conocer a los ganadores del pasado año, Raúl Quirós Molina, ganador de la Novela, que intervino por videollamada, y Juan Ramón Santos Delgado, de narración corta, que estuvo presencialmente, y que pudo recoger el premio de la edición anterior. Las intervenciones del alcalde de Villanueva, Miguel Ángel Gallardo, (presencialmente) y del presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara (por videollamada), precedieron a la lectura del fallo por parte del secretario del jurado Bernardo Gonzalo.
Las seis obras finalistas en la modalidad de novela fueron: ‘Como luz del amanecer’, presentada con el lema Horacio Santa María, ‘Cantad hermosas’, presentada con el lema Desiderata; ‘La lluvia inglesa, del lema Dulcinea de Cuenta; ‘Fuego’, presentada con el lema Pasquino; ‘Josefina y los héroes’, con lema Massiel Caralarga; y ‘Tierra caliente’ del lema Javier Molina.

Por su parte, en narración corta las obras fueron: ‘El secreto de los árboles’, con lema Sir Roy; ‘La habitación anecoica’, con el lema Hioga; ‘El mapa de las emociones’, con lema Albert Camus; y ‘Juego a tres bandas’, con lema Subirana.

Todas estas obras habían sido seleccionadas por parte de la comisión lectora entre las 356 obras presentadas a esta edición.

En el jurado acompañaron a Susana Martín Gijón los dos ganadores del pasado año, Raúl Quirós Molina (por videollamada), ganador de la Novela, y Juan Ramón Santos Delgado, ganador de la narración; dos integrantes de la comisión lectora, en este caso Acacia Ruiz Sierra y Mercedes Leal Lama, además de Miguel Lama Hernández, como representante de la UEx; Pilar Alcántara González, miembro de la Asociación de Escritores Extremeños; e Ignacio Fernández Garmendia, representante de la Editorial Fundación José Manuel Lara del Grupo Planeta.

Fuente: https://www.nuestracomarca.com/villanueva-de-la-serena/10089-la-escritora-conquense-ana-muela-gana-el-felipe-trigo-de-novela-2020-y-el-premio-de-relato-corto-queda-desierto.html

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XIII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: IMAGEN VENTANA #JohnKeats200aniversario

 


El tiempo pasa con lentitud, pero no con la suficiente para que mi cuerpo se recupere del último esfuerzo que me supuso subir las empinadas escaleras hasta el segundo piso de la casa número 26 de la Piazza di Spagna. Con el paso de los días me siento como una planta marchita, pero aún así, estoy sediento de la luz y del aire que existen tras las paredes de esta silenciosa morada. Hay ocasiones en las que necesito salir de mi escondite; porque ni los libros, ni la música de Haydn que Severn toca en el piano que ha alquilado son suficientes para atemperar este dolor húmedo que aprisiona a mi pecho. Mis enfermos pulmones también precisan de una medicina que solo mis ojos les pueden dar. «El tacto tiene memoria, pero la mirada inteligencia», pienso, y me invento una treta para que mis bronquios también puedan respirar un poco de aire fresco. Lo hago tan rápido, que la impetuosidad de mis pensamientos se adelanta a mis palabras, y me sorprendo a mí mismo cuando exclamo: ¡salgamos! 

Hace sol esta mañana y, aunque Severn no está de acuerdo con el designio de mis deseos, finalmente decidimos dar un corto paseo. Para quitarle ese sentimiento de culpa que a veces le persigue, le digo que sería una pena perderse el maravilloso espectáculo que este lugar nos proporciona con tan solo poner nuestros pies en la calle. No obstante, antes de salir me dirijo hacia la ventana de la estancia más grande de la casa, la que da hacia la plaza, y me quedo mirando las escaleras. Desde aquí, me recuerdan a las cicatrices milenarias que tatúan los relieves de las pirámides, incólumes al paso del tiempo. Si no alzo la mirada hasta Trinitá dei Monti, pienso que son infinitas, como la luz del cielo que en esta ciudad no parece apagarse nunca. Me tapo los ojos porque necesito dejar de ver tanta materia sin fin en comparación con mi vida, y me concentro en el bullicio de la gente que atraviesa la plaza y, en apenas un instante, justo lo que dura un momento de silencio en este lugar, siento el gorgoteo de la fuente, e imagino que la escalinata es una grandiosa cascada que nutre de agua a la Barcaccia, a la que los Bernini, padre e hijo, solo proporcionaron una apariencia de «humilde bañera o barco naufragado». En mi imaginación, el agua empuja con fuerza escalones abajo, pero como el aliento, que se pierde en el aire nada más salir de nuestra boca, desaparece entre las calles olvidadas de Roma. 

Mi ímpetu se transforma en debilidad a la misma velocidad que mis pensamientos hacen desaparecer una gigantesca cascada de agua en las calles de Roma y, casi sin darme cuenta, estoy agarrado al brazo de Severn y, sin poder remediarlo, le digo que nos sentemos a descansar en uno de los peldaños, un poco antes de llegar a la primera terraza de la gran escalera. Le insisto en que, desde aquí, también podemos ver pasar a las personas, los animales y los carruajes, y disfrutar de la compañía que la contemplación de tantos objetos animados nos proporciona. Sin embargo, mi mirada se encuentra perdida, y busca algo en mitad de ese inmenso océano repleto de bullicio que, más que olas o agua, solo desprende sensaciones encontradas que confunden a las pocas certezas que le quedan a mi espíritu que, a bocanadas, parece decirme que ya no tengo mucho tiempo. Una vez que mi intuitiva mirada consigue atravesar ese mar de multitudes tenebrosas se detiene en la ventana de la habitación por la que antes he mirado la plaza y, sin quererlo, me pregunto de cuánto tiempo dispongo para que esta visión sea definitivamente en dirección inversa. 

Mis pensamientos se alejan de la podredumbre de mi alma y se fijan en una joven, apenas una muchacha de quince años, que baja alocadamente las escaleras. Se para delante de Severn y de mí, y es la primera vez que no veo un rostro de preocupación al verme, sino que su expresión es más bien la de una persona que compadece a aquel al que ve, pues solo vislumbra a alguien herido de muerte. Intento rebuscar en las profundidades de mi ser para regalarle a esa joven mujer un poco del brillo de mis ojos, pero es un esfuerzo tan grande que, cuando intento esbozarle una sonrisa, ella ya va escaleras abajo en busca de algo que yo no puedo darle: vida. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 15 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: LA METÁFORA DE LAS MORADAS #JohnKeats200aniversario



El día que me siento bien, una fuerza interior tira de mí, y se resiste a no salir de las cuatro paredes que nos acogen. Esos días se me antoja andar hasta donde mi salud me deje. Ya en la calle, Severn y yo nos entretenemos en esquivar los adoquines mal colocados y los restos de sangre y excrementos que el ganado va dejando a su paso por Piazza di Spagna. Nos miramos, pero en vez de preocuparme, me echo a reír con las escasas fuerzas que me quedan, mientras, a nuestro alrededor, escuchamos el murmullo indolente de los romanos que, como siempre, son una fuente viva repleta de buenas sensaciones, y por eso, no hacen caso a dos ingleses que van cogidos del brazo por las calles de la ciudad de Roma. Día a día va haciendo más frío, pero yo apenas siento el descenso de las temperaturas. Le echo la culpa a la fiebre que por las tardes me acoge en su seno para tambalearme como si fuera la melodía de una nana húmeda repleta de estribillos que me hacen temblar. Entonces sangre y fiebre viajan a través de mi cuerpo, aunque ahora lo hagan en mi pensamiento que no en mi imaginación, porque caigo en la cuenta de que nuestro paseo acabará en los salones del Caffé Greco y que, una vez más, aunque no se lo diga a Severn, con un gesto le pediré que no nos sentemos en el salón de las sillas de terciopelo rojo, porque ante mí se comportan como una irónica premonición, y mi estado de ánimo ya no está para esquivar obstáculos premonitorios como estos, aunque solo se trate de símbolos y no de certezas que, para los demás, no tienen ningún significado, pero que para mí, ahora, son el más fiel testigo que el destino me pone en mi camino. Ese rojo imperio es tan intenso que parece advertirme de cuál es mi destino, lejos de veredas y acantilados, bosques y ensenadas, árboles y pájaros. Por eso, una vez que atravesamos la puerta de entrada, le digo a Severn que avancemos por los salones del Caffé hasta que lleguemos a alguno que sea neutro para mí; uno donde no nos haga compañía nadie más que los semblantes de otros que ya no están y a los que yo no conozco y que, por tanto, no me atormentan. También le sugiero que nos acomodemos lo más lejos posible de espejos y miradas. ¿Cuánto habré cambiado? 

«Cuando siento el temor de dejar de existir

antes de que mi pluma espigue mi fecundo cerebro,

antes de que pilas de libros en sus caracteres

guarden, como ricos graneros, el grano ya maduro;

cuando observo en el rostro estrellado de la noche

vastos símbolos nublados de un sublime romance,

y siento que quizá no viva para rastrear

sus sombras, con la mágica mano del destino;

y cuando siento, hermosa criatura de un momento,

que jamás disfrutaré del idílico poder

del amor instintivo…» 

La escasa luz del salón donde nos encontramos me ayuda a recuperarme un poco de todo aquello que acabo de pensar. Las sombras que proyectan los candelabros son mis aliadas a la hora de pasar desapercibido en este nuevo mundo en el que he ingresado. «Mundo de sombras y tinieblas, mundo tenue y apacible», pienso. Y me encuentro tan a gusto, que no me importaría que mi nave acabara varando en un lugar como este, donde la sensación del paso del tiempo no existe, y donde ni tan siquiera es necesario esperar a la muerte, porque aquí no hay que alimentar el valor para vencerla. Prisionero de mi hedonismo me lanzo al otro lado de lago, como si fuera un explorador que va en busca de la felicidad eterna, pero justo cuando estoy dispuesto a partir veo a Severn, y pienso que no le puedo dejar aquí, solo. «Amigo, me digo, nunca te abandonaré, ni tan siquiera cuando mi lucha contra lo imposible me deje sin fuerzas. Hablemos, entonces, antes de que las palabras se conviertan en meros recuerdos». «Hablemos, Severn», me repito sin pronunciar una sola palabra. «Me da igual, de lo que sea, con tal de que le sirva de distracción a mis caóticos deseos». Sin embargo, la primera frase que sale de mi boca es: «¿qué es la vida?», mientras mi mirada perdida se aleja de su rostro con la esperanza de que sus palabras solo sean eso, palabras que no me creen imágenes que más tarde me persigan como una pesadilla en mis sueños. 

«Comparo la vida humana a una gran casa de muchas moradas, de las cuales solo puedo describir dos, ya que las puertas de las restantes todavía están cerradas ante mí. La primera adonde entramos la llamaremos cámara infantil o sin pensamiento, en la cual permaneceremos mientras no pensamos. Estamos allí largo tiempo y, aunque las puertas de la cámara segunda es­tán abiertas, mostrando su apariencia brillante, no nos interesa apresurarnos a entrar en ella. Mas a la larga nos sentimos imperceptiblemente impelidos, al despertar en nosotros el principio del pensamiento, y apenas entramos en esa cámara segunda, que llamaré cámara del pensamiento virginal, nos embriagamos con las luces y la atmósfera, sin ver otra cosa que agradables maravillas, y pensamos en quedarnos allí para siempre en medio de los deleites.» 

No he tenido el suficiente valor de decírselo a Severn mientras disertábamos acerca de la vida y sus moradas, pero hoy he soñado que abandonaba esa morada repleta de luz. Iba deprisa hacia la otra puerta que solamente estaba entreabierta. La he empujado, pero al abrirse, he cerrado los ojos. Cuando los he abierto, solo he visto una cámara oscura llena de silencio. He sentido tanto miedo que, en vez de avanzar, me he quedado quieto, esperando…  

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

EXPOSICIÓN DELIBES EN LA BIBLIOTECA NACIONAL: EL RECUERDO DE UN HOMBRE SENCILLO Y DE UN HUMANISTA SABIO Y SINCERO

 


Bajo una oscura cúpula, los destellos de la vida y obra de Miguel Delibes en forma de textos, libros, cuadros o fotografías, nos van atisbando luz, mucha luz, acerca de ese humanista sabio y sincero que ha conseguido sobreponerse al paso del tiempo y celebrar su centenario de una forma brillante tanto en su efeméride como en su puesta en escena, a pesar de su carácter intimista en su esencia. Y lo hacemos de la mano siempre acertada del comisario de la exposición, el periodista y escritor Jesús Marchamalo, cuyos textos, concisos y muy ilustrativos, nos sirven de llave a la hora de abrir y discernir el caminar de un Miguel Delibes siempre cercano. En este sentido, la sencillez es la gran protagonista de esta exposición, pues su estructura, está perfectamente adaptada para que todos aquellos que se acerquen a ella, disfruten y se iluminen con la biografía y obra de uno de los grandes escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX. Una muestra que va mucho más allá del escritor realista y, que de una forma muy bien resuelta, se divide entre su vida personal (caza, deporte, familia…) y su vida profesional (periodismo, literatura, cine, teatro), a través de una multiplicidad de fotografías, novelas, manuscritos, textos escritos por el propio Delibes, telegramas y cuadros. Estampas o imágenes, todas ellas, muy significativas de su sobriedad, de su saber estar en el mundo de una forma honesta. Una forma dibujada por esa mirada perdida en el horizonte con la que tantas veces sale retratado en las fotografías y en algún cuadro. Ese es Delibes, como nos dice Marchamalo, el cazador, el deportista, el periodista, el escritor… 

La máquina de escribir (una Hermes Baby) que le regaló su mujer, Ángeles, en la petición de mano, y con la que comenzaría su carrera de escritor, nos da la bienvenida de una forma discreta y ceremonial a la vez, sabedora del trabajo bien hecho en pos de las letras españolas. Del mismo modo, que en la siguiente sala, Ángeles, su fiel compañera, parece vigilarle de lejos, con traje rojo y a la expectativa de que vuelva a su lado; una mirada que nos habla del carácter más personal del autor. Además, la exposición de la Biblioteca Nacional es una magnífica oportunidad de acercarse al Delibes periodista y al Delibes dramaturgo y, también, a su relación con el teatro y el cine a través de sus obras. Casi sin darnos cuenta, y con un sencillo rigor efectivo y efectista a la vez, vamos acumulando pasos, metros y hasta kilómetros, por una senda oscura pero bien iluminada, a través de la que recorremos las portadas y ejemplares de, entre otros: La sombra del ciprés es alargada (Premio Nadal 1947, cuyo telegrama anunciándole la buena nueva de que es finalista del mismo también se puede ver), El camino, Las ratas, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo, Cinco horas con Mario, o su última novela El hereje (Premio Nacional de Literatura 1998), y con ellas, somos testigos de su significado: el Premio Nadal de 1947, los Premios Nacionales de Narrativa en 1955 y 1998, El Premio Príncipe de Asturias en 1982, o el Premio Miguel de Cervantes en 1983, en cuya antesala del Paraninfo, permanece grabado su nombre como merecedor de dicha distinción. Y cómo no, la memoria de su emotivo discurso y emocionado recuerdo para Ángeles, su inseparable y fiel compañera. 

Fuera de esta caverna de la sabiduría, se rompe el silencio y el mimetismo de un universo particular y único, como única era y es su mesa de trabajo. De madera robusta, como su profunda sencillez. Esa es la primera imagen que a uno se le queda cuando atraviesa las lindes de la creación y la imaginación que encierran al mundo literario de Delibes. Un mundo dibujado con sus caricaturas y cincelado con su perennes palabras, como su recuerdo. El recuerdo de un hombre sencillo y un humanista sabio y sincero. 

«Literatura... Ha sido una auténtica dedicación. He encontrado en ella el refugio que no encontraba tan perfecto en el cine o en el café o en el juego; la relación de dos se establecía perfectamente entre una persona y un libro. Mi afán al escribir era intentar comunicar a dos personas, emplear la pluma como elemento de comunicación con otros. Escribir es comunicarse con otro.» Miguel Delibes. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 10 de noviembre de 2020

ALBERT CAMUS, LA PESTE: LA REALIDAD QUE NUNCA PERCIBIMOS QUE EXISTE O EL HOMBRE FRENTE A SU DESTINO

 


El hombre. El tiempo… El hombre atrapado en el tiempo. Agujero negro que se traga el horizonte. A la esperanza. A lo posible dentro de lo imposible… El tiempo. Abismo todopoderoso. Guardián de la moral y los afectos. Arma indestructible frente al hombre, como la peor de las guerras. O las pandemias. Espacio exento de mitos y cargado de muerte. Como dice Camus en La peste: «Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto». Esa futilidad de la muerte nos aboca a ella. A menospreciar el valor de la vida y a dejar pasar por alto aquello que le ocurre al otro. Fina capa la de la opacidad de la mente que solo piensa en sí misma. Estanque de miseria. Y estandarte de autoritarismos traidores. No hay más libertad moral y colectiva que la del hombre honesto que se sacrifica por los demás aún a costa de su felicidad y la de los suyos. Y ahí surge La peste, como un grito desesperado en mitad de la noche. Como «esa crónica que no puede ser el relato de la victoria definitiva. Y que no puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable». 

¿Cuál es la esencia del ser humano? Tanto la soledad que le acompañan en su nacimiento como en su muerte son, quizá, sus dos manifestaciones más grandiosas o plausibles. Fuera de ellas, el hombre es esencia de ser humano solo cuando se enfrenta a la soledad. Impuesta o anhelada, da igual, porque en ella se le revelará esa realidad que nunca percibimos que existe: la vida a secas. Impreso como una letra al papel, el ser humano navega por las turbias aguas de la producción y el dinero a lo largo de su vida sin ser apenas consciente de ello, cual chalupa que va de un lado a otro empujada por la corriente. Ese constante movimiento le impide afianzarse en el detenimiento que exige la reflexión. El espacio donde se sumerge la soledad. La soledad del hombre frente a su destino. Y es, sin duda, en esas situaciones límites, donde, como nos dice Camus al final de La peste: «...algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.», porque es en esa dignidad impuesta por la tragedia a través de la que el hombre busca su liberación de aquello que le oprime. Una libertad moral sobre el mal que sea capaz de aprovisionarle del material suficiente para seguir viviendo. Como nos dice el Doctor Rieux, la decisión imperturbable de enfrentarse a la peste representa la sordidez de una esperanza basada en la sabiduría que esta cualidad ha dejado depositada en el alma del ser humano a lo largo de los siglos. Esa particular esencia del hombre sin la cual no seguiríamos vivos. 

La peste, encrucijada del mal y la esperanza que deambula por espacios físicos, aquellos que tan bien describe y define Camus en esta novela y en toda su obra. Ese cielo convertido en cúpula que ampara a la vida y a la muerte. Ese viento que borra las huellas del deseo y el pasado. Ese mar que atenúa el dolor de la masacre. Y, en este caso, espacio donde sobresale Orán, ciudad dormida por la peste y la incertidumbre, por el miedo a la muerte y la deslealtad al prójimo. Escenario de lo peor y lo mejor del ser humano. Un ser humano condenado a la soledad y el aislamiento que es atacado una y otra vez por la falta de esa disciplina a la hora de romper nuestras costumbres. El hombre animal de costumbres, como dice el refrán, y al que Camus proporciona un hálito de esperanza. Y también de olvido, una vez superada la peste. El hombre y su perpetua condena. Condena pegada a su frágil memoria y al desarraigo frente a la perpetua repetición de esa peste dormida. Una peste que, en cualquier momento, puede volver a revivir y mandarnos la muerte en forma de pandemia. Una realidad que nunca percibimos que existe. Una realidad que aboca al hombre frente a su destino. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 9 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XI) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: MÚSICA Y POESÍA #JohnKeats200aniversario

 

La fuerza del viento me lleva hacia ti, pero lo hace en cadencias cortas. A mi paso voy acariciando flores con un gesto apenas perceptible, porque no quiero romper el silente equilibrio de la naturaleza. Sigo buscándote, aunque en mi camino me entretengo meciendo las hojas de los árboles, y por un instante me convierto en el dios Céfiro, viento del oeste que trae las suaves brisas de primavera y de principios del verano. En este viaje siento que la naturaleza me pertenece y que a través de ella te encontraré a ti, como una mariposa se posa sobre la flor adecuada o como un pájaro deposita sus finas patas sobre la rama que sabe que le va a ayudar a cantar a la llegada del alba. Me siento ligero, y soy capaz de apreciar que mi alma no pesa, porque se asemeja demasiado a una liviana alevilla que vuela a merced de la brisa de las últimas tardes de primavera. Eso es lo que soy cuando te busco, una mariposa que transita entre jardines de flores silvestres que anhelan solo un breve contacto. Fanny, ¿dónde estás? Necesito llegar a ti y romper la cuerda que me tiene prisionero. ¿Cuándo volveremos a pasear por la campiña teñida de violetas? Solo cogerte de la mano, solo eso quiero, y jugar a buscarte entre las sombras que el sol proyecta sobre las sábanas tendidas que a mí siempre me parecen falsos agujeros. Soy aire… soy viento… y aún me siento capaz de apoderarme de tus deseos; ínfimo, pero aún me queda un instante, quizá el último, porque cuando mis pies dejan el suelo, siento como si ya estuviera muerto.

Fanny, cuando pierdo la esperanza ansío confesarme contigo, pero, casi al instante, el nerviosismo del poeta que no es capaz de escribir los versos que le atormentan dentro de su cabeza se apodera de mí, y me hace caer en uno de mis procesos febriles más destructivos, y maldigo al tedio que me hace pensar que nada ni nadie me vale ya, porque creo que no existe un alma humana que sea capaz de aliviar mi desesperación y mi falta de esperanza. Y de nuevo regreso a ti, Fanny, y pienso que solo tú me puedes curar... ¡qué ironía, ¿verdad?! Pero ahora ya nada me importa, porque el poder hipnótico de tu recuerdo me hace sanar por un instante, y tu imagen me convierte en aire, y el aire se transforma en viento, y gracias a esa fuerza sobrenatural me siento de nuevo con fuerzas para atravesar paredes y saltar muros, recorrer sendas y transitar caminos, vadear ríos y cruzar todos los mares de la tierra... Cuando vuelo siento que puedo tocarte, pero mi deseo solo dura lo que un fugaz esbozo de mi pluma, y mi dicha cae vencida cuando ese halo al que imploro como un fiel devoto se desvanece. Entonces estiro la mano para llegar a tocarte, pero mis dedos no encuentran nada y mi tacto se queda sin memoria, vagando en el olvido de los que ya no tienen recuerdos. Lucho contra el designio de mis sueños con las mismas fuerzas que contra la realidad de mi muerte. ¡Oh, Tom!, mi querido Tom, cuánto te comprendo ahora y qué cerca permaneces de mí. No me dejes solo, que ya me queda poco para estar a tu lado… Lucidez, apodérate de mí hasta el final de mis días, y no dejes que mi memoria sea pasto del olvido antes de que mi atormentado cuerpo sea la enésima víctima de mi enfermedad. Quiero estar lúcido cuando me vaya y poder gritar tu nombre: ¡Fanny!

Mis deseos se conjuran contra la premura del tiempo. Quiero ir despacio, pero las manecillas del reloj no me lo permiten. Preso de ese delirio, ansío recordarte una vez más, solo una, bajo la tenue luz de la estancia donde intenté enseñarte el arte de la poesía. «Los poemas solo se entienden con los sentidos», te decía, mientras tú buscabas en mí esa fuerza que te ayudara a traspasar la barrera de los sentidos. Sentidos cubiertos de angustia cuando el médico me dijo que ya no podría besarte. Ahí comprendí que el amor, con el paso de los días, se convertiría en deseo y este a su vez en desesperación. La misma desesperación con la que tú llegaste hasta mí para caminar sola entre estrofas y versos, rimas y sonetos. Ese fue tu consuelo, que no el mío, pues trágicamente se convirtió en mi angustia. Angustia de verte y no poder besarte. Angustia que ni tan siquiera en sueños mi imaginación vence.

En Roma, a pesar de todo, mi sufrimiento se hace más soportable porque es menos lúcido que aquel impetuoso sentimiento que se apoderaba de mí en Inglaterra, cuando ya no me dejaban verte, y aparte de ser prisionero de mi enfermedad lo era de tu ausencia. Empecé a soñar una y otra vez con volver a sellar tus labios con un beso: «yo besaré tu nombre y el mío donde estuvieron tus labios. ¡Labios!, ¿por qué debiera el pobre prisionero que soy hablar de esas cosas?». Aún recuerdo esas palabras que te escribí después de uno de nuestros últimos encuentros. Verbo dulce que me reconforta, porque para mí, ya no existe mayor placer que el saberme amado por ti, Fanny: «¡La salud es el cielo que espero y tú eres la hurí...!»24. Tú eres mi mayor tesoro, el anhelo de mi última conquista, la cima a la que aún me queda por llegar. El último verso… de mi último poema…

¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuál fue el instante en el que el brillo de tus ojos me hizo sacarte del anonimato en mi vida?. Sí, seguro que hubo un momento en el que para mí fuiste como un poema compuesto de forma perfecta. Ahora que lo pienso, siempre recordaré aquel primer baile… Lo único que echo de menos de aquellas fiestas es la música, y a ti, Fanny que, como un barco sin timón, virabas alrededor de múltiples patrones en cada pieza de baile… 

...Pero esto no es lo que en verdad te quería contar, Fanny. Lo que necesitaba decirte era que todavía recuerdo cómo tu hermano vino a buscarme para transmitirme la petición que tú le habías hecho de querer hablar conmigo. Aquella noche, las primeras palabras que salieron de tu boca fueron: «algo bello es un goce perpetuo». Ese primer verso de Endymion era lo único que te gustaba del poema. «Deseaba que me encantase», me dijiste. Y luego añadiste: «no se me da bien la poesía». A lo que yo solo te contesté: «aún conservo la fe». «Fe y resultado no son lo mismo, una cosa no crea necesariamente la otra», me aclaraste intentando darme un poco de consuelo. Sin embargo, yo solo retuve tu primera y más sincera confesión, y me di cuenta de que aún no llegabas a comprender que «los poemas solo se entienden con los sentidos y que la experiencia está más allá de la meta». Y yo, casi sin quererlo, te lo esbocé con la metáfora del lago, intentando atraerte hacia mí como un cabo firme lo hace a su embarcación: «cuando uno se zambulle en un lago, no es para nadar hasta la orilla de inmediato, sino para mojarse, para deleitarse con la sensación del agua. No hace falta entender el lago, la experiencia está más allá del pensamiento. La poesía calma, envalentona el alma y acepta el misterio».

Esas escasas palabras glosaron mi enseñanza, pero fueron suficientes para hacerte entender que te estaba invitando a que vinieras conmigo a refugiarte en un cobertizo desprovisto de puertas y ventanas, donde únicamente existían las alas de la poesía. «¿Hay algo más épico que el amor?», pensé casi al instante. Pero en ese momento ni tú ni yo sabíamos que nuestros caminos se cruzarían para siempre. Ni tan siquiera tu admiración hacia el ingenio y los modernos, a los que yo simplemente odiaba, fue suficiente para separarnos, porque, ahora que lo pienso, más allá de nuestros sentimientos las armas que se levantaban en nuestra contra eran como una frontera que de una forma tácita derribábamos ante la cercanía de nuestro amor. El amor, como la poesía, lo reservábamos para la intimidad, pues ese era nuestro último refugio. Las apariencias parecían importarnos demasiado, al menos al principio, y eso a mí me dejaba frío. Pero enseguida, tú me dijiste: «adoro el misterio». 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 5 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (X) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EN EL CAFFÉ GRECO DE VIA CONDOTTI #JohnKeats200aniversario

 


Severn acostumbra a llevarme al Caffé Greco de Via Condotti. Tiene la gran ventaja de que podemos ir andando, porque apenas se encuentra a doscientos metros de nuestra residencia. En él se dan cita poetas, escritores e intelectuales. Severn siempre me apostilla que Byron y Shelley se pasan por allí cuando están en Roma, pero yo sé que me lo dice para crearme una vaga sensación de proximidad con la creación o con lo que otros han dado en llamar movimiento romántico… «¿Qué significa la palabra poeta? ¿Qué es un poeta? ¿A quién se dirige? ¿Y qué lenguaje se puede esperar de él? Es un hombre que habla a hombres: un hombre, ciertamente, dotado de una sensibilidad más viva, más entusiasmo y ternura, y un alma más comprensiva de lo que se supone que es común entre la humanidad…» 

Sin embargo, la parte más comprensiva de mi alma ya no anhela reencontrarse con los buenos deseos de mi amigo, porque sabe que ahora mismo la llevarían al abismo. Mi yo poético está arrinconado en un cuarto oscuro del que ya no tengo la llave, y mi vida es una sucesión de actos que nada más imploran mi salvación. Soy un náufrago en mitad de la nada. Un ser acurrucado por el miedo en una isla desierta. Un hombre perdido en un lugar en el que no se puede ver el cielo estrellado por la noche ni el sol por el día. Todo es como una niebla continua y constante, muy parecida a la que me recibió cuando llegué a Roma. A veces me veo ocupando el puesto de Dante junto a Virgilio en su descenso hacia los infiernos, en un viaje lento pero seguro hacia la oscuridad. Me distraigo de mis negros presagios mirando a Severn. Disfruta del aroma y del sabor del buen café italiano, y sus ojos me dicen que nosotros no necesitamos excusas. Las paredes de este lugar son una exposición atemporal de diferentes manifestaciones artísticas, y su contemplación me hace regresar al punto de partida que el bueno de Severn me ha propuesto nada más llegar al Caffé Greco. ¿Qué es el Romanticismo?... «El poeta piensa y siente el espíritu de las pasiones de los hombres. ¿Cómo, entonces, puede su lenguaje diferir en ningún grado sustancial del de todos los demás hombres que sienten con viveza y ven con claridad? Podría de­mostrarse que es imposible. Pero, suponiendo que ese no fuera el caso, al poeta se le podría permitir entonces usar un lenguaje peculiar al expresar sus sentimientos para su propia satisfacción, o la de personas como él mismo. Pero los poetas no escriben para poetas solo, sino para los hombres…» 

Nada más terminar de pronunciar estas bellas palabras, a Severn y a mí se nos dibuja una tímida sonrisa en los labios, porque los dos sabemos que más allá de Wordsworth y Coleridge, están Byron y Shelley. Ellos son los que representan mejor que nadie la rebeldía contra la sociedad y la moral que nos ha tocado vivir. Ellos son los que simbolizan en Inglaterra esa ruptura con el racionalismo, la ilustración o el clasicismo más rancio. Su máxima es el no a las reglas, salvo las de los sentidos, que son los verdaderos artífices que transforman la realidad en algo distinto. Esa ruptura y esa exaltación es la que tan denodadamente llevo buscando yo desde hace ya mucho tiempo. En un momento dado de mi vida, me di cuenta de que en el mundo de los sentidos se encontraba la solución a mis obsesiones, porque ellos no poseen la necesidad de pararse ante nada ni ante nadie. A favor de Severn tengo que admitir que la decoración del Caffé Greco me recuerda a esa exaltación con mayúsculas, pues parte de sus estancias están decoradas con paisajes exteriores que, entre intrigantes y bellos, se transforman en el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos, a los que por ejemplo Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Las escenas de ensenadas, bahías o bosques solitarios y perdidos acrecientan en mí esa sensación de incertidumbre y soledad que me reconforta con el encuentro más íntimo con los sentimientos. Son refugios de belleza. Instantes sublimes de encuentro con la naturaleza más pura y sin ambages. Lugares donde las fronteras desaparecen y todo queda abierto al libre juego de la exageración y la extravagancia, como falsos reflejos de la belleza que mis sentimientos y las obras que observo buscan en la verdadera naturaleza. Pienso en las acuarelas de Turner que vi en Londres y que me parecieron lo más próximo a la evanescencia que haya visto jamás. Incluso cuando posa su pincel sobre el lienzo para plasmar las tormentas más tenebrosas, en las que la poderosa fuerza de la naturaleza se muestra implacable con el ser humano, tienen esa cualidad de lo sublime, porque fuera de esa imagen no existe nada. Sus pinturas me incitan a la huida más allá de mis sentidos, del mismo modo que mi yo poético deambula fuera de mí cuando se convierte en pájaro: «¡Lejos, muy lejos! Pues volar hacia ti, / no en el carro de Baco y sus leopardos, / sino en las alas invisibles de la Poesía, / aunque la mente torpe quede atrás, perpleja…» 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 2 de noviembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (IX) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EL POETA DEL SILENCIO #JohnKeats200aniversario

 


¿Dónde habitará mi alma después de mi muerte? Hasta ahora, nunca había sentido la necesidad de plantearme qué será de mí una vez que haya muerto. Estoy seguro de que los espacios serán otros y los lugares, extraños y opacos, por mucho que no me los imagine. Creo que el silencio lo acaparará todo. Lejos de aquí, solo seré el poeta del silencio; el poeta condenado a habitar en un alma muda e indefensa contra el transcurrir del tiempo y del resto de sus días. Quizá mi desdicha no sea total, y haya un hueco para el olvido dentro de mi biografía del silencio; un tiempo para comenzar de nuevo, un tiempo para la contemplación… La ausencia de palabras es probable que además me traiga la ausencia de enfermedades y tormentos, y allí, en la lontananza del infinito, todo se limite a ser como un lago en verano al anochecer, donde sus tranquilas aguas solo son iluminadas por una luna altiva que les da un poco de vida en la noche, en una soledad donde no existe nada más que la auténtica verdad; la verdad que no admite dobles interpretaciones, como el camino del genuino amor que en toda su longitud no tiene ni una sola bifurcación por la que desviarse. Todos los caminos conducen a Roma, nos recuerdan en esta cuna del arte, como todos mis deseos me llevan a la belleza y a Fanny… Después de mi muerte, a través del tiempo, tal vez consiga ser feliz y, sobre todo, respirar paz; una armonía que ojalá me permita ser yo, sin dudas ni reproches… en el país del silencio…

 ...Mis divagaciones me abstraen de esta realidad silenciosa que me acompaña y se adelanta a la definitiva, a aquella que dictan mis más próximos designios. Junto a ella, el brazo de Severn, y entre ambos, una especie de levitación que se escapa de mis sentidos hasta que paso a paso llegamos al final de Via del Corso y comienzo a divisar algo así como una ensoñación romántica. Veo la Columna de Trajano que se alza majestuosa como un faro que vigila los foros romanos. Luz sobre la nada. Vigía omnipresente de los días y las horas. Guardián privilegiado de las ruinas de la República y del Imperio. Testigo milenario de una milenaria civilización… Según voy avanzando, creo que he sido víctima de una pócima mágica que me ha trasladado a otro lugar, a otro tiempo, a otra vida… «¿Cabe algo más bello que esta suntuosidad del hombre a su paso por la tierra?», me pregunto. En este punto, mis averiguaciones derivan en la hipótesis de la victoria del arte sobre el transcurrir de los días. Hombres y civilizaciones enteras han sido, y serán, arrasadas por sí mismas o por la supremacía de otros u otras, sin embargo, los testigos mudos de esos espacios de la historia siguen ahí, mitad ruina, mitad prueba cierta de la herida del hombre, nacida de su necesidad de expresión artística en el devenir del tiempo. Templos, arcos, basílicas y columnas, dispuestos en pos de un universo onírico y letal para aquellos que creen ver en ellos la belleza como única expresión de la salvación del hombre. Reencarnados o no, los hombres podrán atestiguar con su mirada y su palabra aquello que los magnifica por encima de la política y de sus propias traiciones. El arte, así sentido y transmitido, es el mayor reflejo de la humanidad que pervivirá al transcurso del paso del tiempo y de las civilizaciones que poblaron la tierra. No se me ocurre mayor expresión de libertad que la del hombre y sus manifestaciones artísticas como punto de partida para derribar las formas políticas que le han tocado vivir. En mi caso, por ejemplo, en Nápoles «no podía soportar la idea de ir a la ópera, a causa de los centinelas instalados constantemente en el escenario, a los que al principio tomé por integrantes del conjunto escénico». «Iremos inmediatamente a Roma», dije. «Sé que mi fin se aproxima, y la constante y visible tiranía de este gobierno me impide tener tranquilidad espiritual. No podría descansar aquí. Ni siquiera mis huesos he de dejar en medio de este despotismo». 

Ahora sé que solo lograré la paz eterna e infinita de mi espíritu y mis días a través de mis poemas, pero como ya no soy capaz de componer ninguno, mi anhelo únicamente llegará a mí a través de la lectura y la reflexión sobre aquello que en su día fui capaz de componer. Sin embargo, enseguida soy consciente de mi injusticia al obviar la contemplación. La pura contemplación de estos templos en ruinas son, si cabe, el mayor de los destierros y el mayor de los desafíos a la hora de engañarme a mí mismo diciéndome que ya no me queda nada, sino la libertad que me llegará con la muerte. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.