Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 23 de septiembre de 2021

ANGÉLICA LIDDELL, SOLO TE HACE FALTA MORIR EN LA PLAZA: LA OSCURIDAD DE LO MÍSTICO Y LA NOBLEZA DE LA VERDAD



Vivir desde la propia muerte, y de ese modo, construir un universo telúrico, rompedor, punzante, autodestructivo y a contracorriente de uno mismo y de los demás. Azotes fabricados de palabras. Léxico amordazante como la más pesada de las cadenas. Solo te hace falta morir en la plaza no va de arrodillarse ni de resignarse. Ésta es una historia de abismos y raíces, como nos dice su autora, y donde se explora la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad dándose la mano en busca de lo inalcanzable, aquello que es bello en sí mismo, pero que a su vez necesita ser descubierto. Este es un texto de descubrimientos, de materia orgánica; una lava que nada más atiende a la destrucción que producen las nuevas vidas, condenadas o no, a la muerte. La excusa que Angélica Liddell ha buscado en este caso es el toreo, pero podría haber sido otra. Aquí la figura de Juan Belmonte es magma, luz, arte y verdad, pero sobre todo, verdad. Aquella que se necesita para salir adelante cada día. Aquella que nos atormenta con sus aristas y rugosos perfiles: «Querer morirse es lo único que hace falta para torear». «Hay días tristes que duran meses. Hay días tristes que duran toda la vida». «Lo único que nos libra de la muerte es desearla». Un deseo que se traduce en infinidad de frases cortadas con la herrumbre de la soledad y la búsqueda del amor, pues el amor es la materia prima de un texto condenado a ser la voz en off que supone el reflejo del espejo de la vida. Una vida que ha sido desprogramada en un mundo artificial y tecnológico. Mundo máquina. Mundo obsesión. Mundo digital que solo produce hologramas planos. Falsos como sus propuestas. Ególatras como el más cutre de los selfies. Hologramas incapacitados para decir la verdad. 

En la primera parte, titulada como Juan Belmonte, asistimos a la ceremonia del encuentro existencial que se produce entre el torero y la muerte. Aquel al que nunca se enfrentan los aficionados. Aquel que se resiste a ser sacado a la luz de una malentendida fiesta. La verdad del toreo y su esencia es la antifiesta. La verdad del toreo es su encuentro metafísico con la verdad. El éxtasis del amor hacia un arte que siempre acaba en la muerte de uno de los dos oponentes. Lo demás no existe en la parcela que delimita un ruedo. Victoria o muerte, ese es su único axioma posible. De esa imposibilidad de vida es desde donde Angélica Liddell se acerca al arte del toreo. Y lo hace de una manera arcaica y profunda, explosiva y leal, telúrica y trascendental; un universo desde el que siempre se expresa la última voluntad de morir para volver a vivir, en una especie de universo místico donde la vida es muerte y el amor una sentencia. Y donde la búsqueda de la belleza (esa entelequia inalcanzable) es el sostén de nuestros miedos frente al mundo y la verdad. Y todo ello desde el ángulo en el que la vida viene representada en palabras, y donde la voz en off que nos acompaña aprovecha para lanzar un ataque atroz a la sociedad burguesa que la autora ejemplariza en los funcionarios. Sociedad materialista y no espiritualista. Sociedad llena de derechos y alejada de la incertidumbre necesaria para crear y avanzar. 

En El placer de los dioses la autora nos dice: «El toreo es convertir la locura en la máxima cordura. Es precisamente lo racional lo que verifica el milagro del inconsciente. El toreo es la lógica de lo sobrenatural y hasta de lo irracional». Aquí el arte del toreo es abordado desde la mística y la herejía. Desde la posibilidad de que éste se convierta en poesía. En poema. Pues como dice Bergamín:«Se torea en verso, torear es crear». De ese sentimiento y de esa forma surge «el toreo como la métrica de las pasiones, la guerra hecha endecasílabos». No es de extrañar, entonces, que Liddell enuncie: «No se vende el arte a peso de carne». Una posibilidad, la del arte dentro del toreo, que dinamiza su esencia y le imprime del valor de aquel que crea jugándose su vida cuando un pitón le pasa a escasos centímetros de su corazón. De esa furia enfrentada al miedo y al terror surge la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad. 

Este espectáculo de amor y muerte, toreo y verdad, que nos propone Angélica Liddell, termina en una pelea argumental y lingüística donde la dramaturga reflexiona sobre el mundo del arte en la actualidad. Un espacio del que ella se encuentra alejada. Una distancia que, en su exilio, le permite verlo todo a través del óculo que le proporciona su necesidad de amar y ser amada. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de agosto de 2021

TRUMAN CAPOTE, COLOR LOCAL: BRUMAS DE UNIVERSOS PERDIDOS EN LA MEMORIA DEL TIEMPO

 

Las ciudades no son únicamente sus edificios, puentes o ríos. Las ciudades son las personas que las habitan, sus costumbres y su forma de modelarlas. De ahí, que la esencia del tiempo que nos transmiten años después son como las brumas de universos perdidos en el tiempo. Esas fotos fijas de las ciudades y los lugares que nos presenta un joven y ya genial Truman Capote en Color Local, son eso, la oportunidad de devorar el paso del tiempo en pequeñas cápsulas donde los lugares y sus gentes son una forma de narrar la vida y el espacio que ocupan. Aquí, la ciudad se nos presenta como la estructura del esqueleto, y las personas son los músculos y los órganos que la mantienen en constante movimiento. En este libro de viajes, a pesar de la juventud de Capote, ya asistimos a su particular forma de observar el mundo y lo que le rodea, pues con una aparente sencillez narrativa es capaz de mostrarnos lo más cotidiano de una manera única y magistral y, en este caso, dándole pistas al lector más avezado (en la biografía del autor), de aquellos lugares que visitó y que más le influyeron a lo largo de su vida. Lugares que van desde su querida Nueva Orleans a la enigmática y más desnuda Tánger, fuente de nuevas y tempranas experiencias, sin olvidarnos de aquellos estadios vitales que le remarcaron el carácter como Nueva York o el sur de Italia. 

Color local representa el paradigma de aquello que observamos por primera y enseguida hacemos nuestro, como sucede en el relato Nueva York, en el que por intermediación de sus fiestas y sus personajes, Capote incide en la realidad de una ciudad inventada por los otros, den la que las noches y sus fantasmas se dan la mano con las fantasías de los éxitos que nunca se cumplen salvo para los genios de verdad. Una estampa que, sin embargo, se contrapone con el desarraigo, la deslocalización y la bruma de un Brooklyn en el que poco a poco lo nuevo va borrando las huellas de otra época. Imágenes, localizaciones y personajes que, en Nueva Orleans nos vienen de la mano de los viejos que la pasean, los ecos del pasado y las casas olvidadas o deshabitadas; todo ellos como hálitos de un tiempo que ya no existe y ahora se nos presenta como un fantasma apegado a sus cadenas. Unos y otros levantan unos grandes atrezos a los que Truman Capote da voz a través de unos personajes que nos los definen y nos lo muestran sin más máscaras que su peculiaridad, como peculiar es el retrato que el escritor norteamericano nos hace de Hollywood (vista desde el aire o el suelo),; un retrato en el que la ciudad se le aparece al narrador como un inmenso escaparate o decorado que disfraza la gran verdad que encierra: la silueta de la soledad y el fracaso. Calles desiertas. Ausencia de niños. Vidas que permanecen a la espera de lo que nunca llegará… un desierto existencial para el alma. 

La visión del escritor cambia cuando viaja fuera de los Estados Unidos y llega a Europa, donde la magia de un lago italiano vista con los ojos de un niño que se sorprende de aquello que ve (una instantánea de cuento de hadas), se contrapone con el relato de Lucía en Venecia, donde la fase oscura de la camorra acaba en una huida. Como huida es la segunda parte de este relato titulado Europa, y que le lleva desde Venecia a París en el Orient Express. Un itinerario lleno de exotismo y extrañeza, donde la mirada del que observa se detiene en lo más particular para hacerlo general y único, abrupto y salvaje como lo es lo bello e inesperado de Ischia, un relato donde el asombro que le producen la belleza y sus consecuencias confluyen con la espiritualidad de este lugar de vírgenes y calor, playas desiertas y aguas transparentes. Ischia, donde la apariencia de lo sencillo y más auténtico se desploma sobre la vida como un sueño de verano. Pero es sin duda en Tánger, donde el universo que se circunscribe entre el cielo azul y la tierra caliente consigue que el mundo viajero y literario del autor se detenga en un tiempo de chismorreo y casbah; un tiempo en el que detener la mirada en las intrigas y los amaneceres más inesperados sobre una duna en la playa. Capote, en esta ocasión, nos retrata ese flujo de nómadas que se dieron cita en Tánger (la ciudad azul) bajo la necesidad de ser uno mismo sin preocuparse de los demás. Una multiplicidad de personas entre los que se encuentra Jonny, álter ego de la irrepetible escritora Jane Bowles, alma escurridiza y libre, cuya única norma era el sentimiento de orfandad presente en su forma de ser y de entender la vida. 

Los ecos del pasado que subyacen en todos estos relatos de viajes tiene su final en Fontana Vecchia, donde el dulce paso del tiempo, bajo el signo del abandono y la plenitud de una naturaleza que solo respeta sus propias normas anónimas  e inexplicables, es la encrucijada en el que se mueven el deseo y el asombro. Capote se sumerge en este relato en las costumbres y miedos de una población ruda acostumbrada a la dureza de la vida del campo en medio de un edén que no aprecian porque es el lugar en el que nacieron y en el que morirán. Un lugar a modo de refugio de escritores e intelectuales en el que éstos confrontan sus dotes artísticas con la visión de aquello que nunca soñaron ver, por tratarse de algo idílico donde la belleza y la violencia son la antítesis de un universo perdido en el tiempo. Como ocurre en este Color local, donde las brumas de los universos perdidos se dan cita con la memoria del tiempo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 28 de julio de 2021

JULIO LLAMAZARES, EL RÍO DEL OLVIDO: LA MEMORIA Y EL PAISAJE


 

Caminar sobre el pasado y los recuerdos igual que un águila sobrevuela su territorio desde el punto más alto de sus dominios. Alejarnos del olvido para sentir lo más cerca posible aquello que un día fuimos. Volver con la idea de reconquistar el tiempo sin miedo a que el pasado nos arañe la memoria. Evocar, porque en el fondo se trata de eso, evocar lo que una vez creímos nuestro o aquello a lo que creímos que una vez pertenecimos por el simple hecho de que el destino nos hizo llegar a la vida desde ese lugar sin nombre que solo nosotros conocemos. Escudriñar la ribera del río montaña arriba con el único afán de devolver a nuestra memoria el placer de redescubrir el paisaje, porque como nos dice Julio Llamazares en el prólogo de El río del olvido: «El paisaje es memoria», igual que «los caminos más desconocidos son los que más cerca tenemos del corazón», de ahí esa necesidad de llegar a lo más alto para regalarnos esa vista tantas veces repetida en nuestros sueños y, a pesar de cómo dice el propio Llamazares, a sabiendas de que «una mirada jamás se repite». En la pureza de esa mirada es donde el autor leonés pone el objetivo de este libro de viajes a medio camino entre la confesión, el asombro y los recuerdos. Añoranzas de niño reinventadas a través de los ojos del hombre que desanda el camino transitado para llegar al principio de sus días. En este libro hay una reivindicación de ese nacimiento puro. Un nacimiento puro al mundo que uno trata de preservar en la memoria y que juega con él a través de las personas con las que conversa o se tropieza; o con los accidentes geográficos a modo de cascadas y puentes milenarios que unen y posibilitan el camino; o mediante los lugares y entornos más singulares, sobre todo, para una persona de ciudad y sin embargo tan cotidianos para los hombres y mujeres acostumbrados a dirimir sus vidas entre las montañas, la nieve, el frío, o ese verde intenso y profundo que atraviesa la mirada de quien lo contempla. Esa singularidad a la que se enfrenta el viajero no es la única a la que debe hacer frente, porque del mismo modo el silencio que le acompaña es el más ilustre compañero de su gesta existencial con la que trata de revivir una nueva vida. Existencia de pajares en los que dormir sobre un colchón de paja o hierba seca, trozos de pan prestados con los que acompañar las latas que antes de salir echó en su mochila, o la posibilidad de recrear casi en cada pueblo las aventuras y hazañas de unos olvidados que allí son los auténticos reyes de su destino, porque esa es la verdadera ventura en el reino del olvido, donde el eco que retumba entre las piedras de las casas es una forma de asistir a su permanencia en el tiempo, a su pasado glorioso y a su ruinoso presente, encasillado en el mejor de los casos con la bonanza del tiempo y el calor que trae consigo el verano. 

Unos y otros acompañan a Julio Llamazares en este ejercicio donde la memoria y el paisaje van de la mano y se juntan con historias de duendes, lobos, guerras, exilios o afrentas que nada más permanecen intactas en los corazones de aquellos que pueblan las montañas por las que transcurre el río Curueño, excusa geográfica y vital de un viajero perdido en su propia memoria y que rebusca en la de los demás sus miedos y certezas, y su amplitud a la hora de abrir su alma al mundo, por mucho que éste se encuentra constreñido al trazado de un río que recorre las montañas para más tarde morir cuarenta kilómetros más abajo en el puente de Ambasaguas. Llamazares, poeta por convicción, se acerca aquí a los grandes poetas románticos que, en su alejamiento de la sociedad industrial que se estaba forjando, huyeron al campo y a la naturaleza para encontrar la inspiración y el trasunto de sus composiciones en los cielos azules y los mares, los árboles y las campiñas, el silencio y el viento. Como muy bien nos dice Llamazares en El río del olvido: «el paisaje es, además, la fuente principal de la melancolía. Símbolo de la muerte, de la fugacidad brutal del tiempo y de la vida —el paisaje es eterno y sobrevive casi siempre al que lo mira—, representa también ese escenario último en el que la desposesión y el vértigo destruyen poco a poco la memoria del viajero —el hombre, en suma—, que sabe desde siempre que el camino que recorre no lleva a ningún sitio.» 

El paisaje y el tiempo. El paisaje, memoria inseparable de nuestra vida. De aquel que lo recorrió. De aquel que lo recuerda. De aquel que lo sueña. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de julio de 2021

VICENTE VALERO, BREVIARIO PROVENZAL: LA NATURALEZA Y EL ARTE DE LA CONTEMPLACIÓN

 


Contemplar la naturaleza imbuido por el rumor que desprenden las hojas de los árboles, las flores, los riachuelos y los cantos de los pájaros. Aislarse para sentir el latido de nuestro corazón, y con él, llegar a crear algo nuevo al ritmo que esa naturaleza nos proporciona. En ese triaje de las sensaciones es donde la sensibilidad del que mira, y la destreza del pintor o el poeta, comienzan a dibujar palabras que de ninguna otra forma hubieran llegado a existir. Palabras que nacen del impulso imaginario que nos mueve hacia la cima de lo sublime o lo inalcanzable. Hacia esa búsqueda de la belleza que nos suministra el arte de la contemplación cuando la mirada del otro se deposita sobre la naturaleza. Las razones o excusas de ese estado de excitación (casi mística) pueden ser múltiples, pero solo una de ellas es la verdadera: la búsqueda de uno mismo y el afán que nos guía cuando somos capaces de mirar hacia adentro. Hacia esas entrañas que nos producen miedo y desazón cuando nos impulsan a explorar en los recuerdos, más si cabe, cuando en mitad de la naturaleza ejercen el papel de jueces de nuestras vidas. Jueces, que más allá de esa búsqueda dentro de uno mismo, también nos aproximan al concepto de belleza a través de la contemplación, porque naturaleza y contemplación van de la mano en el nuevo libro de Vicente Valero, Breviario provenzal, escrito a medio camino entre el ensayo y el libro de viaje, y donde una vez más, su personal y única manera de observar el mundo a través de los otros sigue gestando momentos de gran literatura, aquella que se produce con la única intención de su permanencia en el tiempo. Así sucede, por ejemplo, cuando se acerca al poder de seducción que los secretos de la naturaleza proyectan siempre en los artistas: «Puede que estos secretos, por tanto, sean sólo una idea, la misma que alienta la búsqueda y la palabra poética, insinuando a la vez nuestra necesidad de naturaleza, nuestro deseo de placer e inspiración, de autoconocimiento y de memoria. Puede que estos secretos solamente nos indiquen el camino necesario hacia la contemplación. Lo cierto es que sentimos que nos conciernen, que nos hablan a nosotros, que explican algo muy nuestro. Todo en la naturaleza reclama la mirada del otro: ésta es su forma de perpetuarse. Los colores, los aromas, lo sonidos: buscan a  aquellos que tienen que venir para fertilizar, para dar continuidad a la vida. El secreto sería así una forma sutil de reclamo, una metáfora de la belleza del mundo.». En este sentido, Vicente Valero nos propone en este ensayo, paisajístico y literario, varias formas de hacerlo y conseguirlo, sobre todo, gracias al exhaustivo repaso de los paisajes, aromas, colores e historias que le acercaron hasta la Provenza, un espacio a medio camino entre Los Alpes y la Costa Azul francesa que, a tenor de lo que se nos cuenta y expone, es un prodigio de propuestas, interpretaciones y reinterpretaciones que no hacen sino aumentar el deseo de conocer y compartir aquello que sintieron artistas como Mallarmé o Mistral, Camus o Picasso, Petrarca o René Char. La poesía, la pintura y, como no, la contemplación ejercen aquí de fuerzas generadoras de estímulos, consecuciones artísticas e inventos surgidos del arte del paisaje. Donde la mirada del otro, junto a los recuerdos que ésta es capaz de consumar, se transforma en una nueva forma de vida que se proyecta desde las montañas, los pueblos o el cielo, a las páginas en blanco de un libro o a la nívea superficie de un lienzo. Ambas, manifestaciones de aquello que trata de persuadir al paso del tiempo como huella del momento vivido, porque no se nos debería olvidar que Brevario provenzal de Vicente Valero es un ensayo sobre la naturaleza y el arte de la contemplación. 

En la última parte de este libro, escrita a modo de diario poético de la ruta trazada, Valero resurge como el poeta de la significación. Un poeta capaz de sacar a la luz los valores soterrados en la superficie de la cotidianeidad, y que gracias a su ingenio y maestría, tienen una segunda vida y el poder de aproximarnos al clamor del silencio que no se toca, pero sí permanece en nuestra memoria. Memoria del tacto de los recuerdos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 6 de julio de 2021

LEOPOLDO MARÍA PANERO, LA MENTIRA ES UNA FLOR: LA DECONSTRUCCIÓN DEL HOMBRE Y EL POEMA


 

La poesía miente. La mentira es una flor. Un flor hecha poesía y silencio a través del poema. Así nace el verso como consecuencia de la página. Una página que se alza ante la ruina, el desastre, la desolación, y todo aquello anterior al silencio. A la muerte. Al no poema. En La mentira es una flor asistimos a la deconstrucción del hombre y el poema. El hombre es el no poema. Aquello efímero y circunstancial que nada más sirve de instrumento al poema, porque la página es el mundo sobre el que todo sucede y todo se levanta, y el poema es su mejor obra, pues de sus cenizas nace la muerte: de la vida, del poeta, del mundo. 

Leopoldo María Panero sigue dando vueltas sobre sí mismo. Sobre su ruina inyectada de silencios, tabaco y coca-colas. En ese tiovivo existencial es donde él encuentra que la única verdad es la muerte. Esa que le acecha y, que como una sombra, se prolonga sobre su mano a través de la página. Ahí es donde surge la comparación de los ojos y las manos con el desastre. Por su vulnerabilidad ante la caída. Inevitable. Justa. Esperada. Para él, solo queda el poeta tras la muerte. Muerte y deconstrucción del lenguaje que van más allá del hombre. Ser pasajero y mentiroso. Ser vulnerable en la corrupción que significa volcar su experiencia sobre la página, el verso y el poema. En este poemario también juega un papel muy importante el léxico. Un léxico cargado de un significado monocorde con la muerte y su final: excremento, ruina, mentira, semen. Todo es fruto de la expulsión de la vida sobre la página. De la vida sobre la muerte. De la existencia sobre el final. Final perseguido a través del viaje que nos propone el poeta en sus versos. Latidos de muerte en vida. De sombras sobre las cenizas de la nada. La vida es nada: «Y solo es verdad lo que repta atrozmente sobre el poema/ Más parecido a la nada que al hombre». O como nos dice Panero en otro de sus poemas: «Ceniza que forma como una mentira el poema/ flor que es mentira». Mentiras y poemas cargados de animales: babosas, gusanos, perros, sapos, moscas, monos. Y de referencias literarias, muchas de ellas sin entrecomillar. Hechas de la oralidad inherente a su poesía y a ese universo que lo transforma todo en fuente y manantial. Arranque y comparación de su universo poético. Un universo poético dentro del universo. Luz sin más incandescencia que la sombra. Sombra que perdura sobre el papel y no así el hombre. 

La mentira es una flor. Experiencia cimentada con el excremento y la ruina, y con la deconstrucción del hombre y el poema. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 30 de junio de 2021

LOUISE GLÜCK, NOCHE FIEL Y VIRTUOSA: LA ESENCIA DEL TIEMPO Y EL CAMBIO

 


El barro y su capacidad de creación. Las manos que lo moldean. Los ojos que lo encumbran. Y los sentimientos que lo engendran. Así crece este poemario a través del tiempo y sus recuerdos. O de esas partes de uno mismo que conforman ese todo que somos. Ese todo fabricado por el pasado, los destellos de los anhelos perdidos y la oscuridad de una noche llena de silencios. O por esa luz que se cuela al final del pasillo, y donde la voz poética de Noche fiel y virtuosa busca el camino que le lleve al final de la existencia. Allí donde nace la posibilidad de liberarse del último tramo de sombras, neblinas y miedos por el que transita el alma afligida en la hora de la verdad. Así se nos presenta de la mano de Louise Glück el final de un viaje, que no de una vida, pues ésta se transforma en los sueños que mueven el mundo. Un lugar atribulado por sensaciones encontradas y expulsadas desde el corazón que sangra una vida llena de vidas. La noche, los silencios y los sueños mueven con fuerza el devenir de este poemario cargado de enigmas sobre la existencia; un poemario donde el viento, la niebla y los cementerios no son más que la expresión física del alma poética y sus aristas. Alma que se expresa en forma de prosa poética a veces, y que en otras ocasiones, es el filo de la navaja que separa el día de la noche, la luz de las sombras, el miedo de la muerte, la esencia del tiempo y el cambio, porque como muy bien expresa Glück en uno de sus poemas: «Pero si la esencia misma del tiempo es el cambio,/ ¿cómo puede algo convertirse en nada?/ Esta era la pregunta que me hacía». Ahí, por ejemplo, es donde nace el determinismo del poema Párabola; un poema en el que la poeta nos habla de la lucha que manifestamos contra el día a día, su desidia, y sus constantes problemas. Cambios a los que tratamos de ahuyentar con puros y genuinos propósitos que nunca llevamos a cabo, pues a fin de cuentas, el viaje para algunos es ir caminando a través del día y la noche, aunque para otros, suponga la posibilidad de que le sea revelada la existencia soñada. 

Noche fiel y virtuosa representa también a esos ecos de la infancia y a los recuerdos de toda una vida, aquellos que por muy inestables que nos resulten, siempre regresan a nuestro lado a lo largo de la noche; una noche fiel y virtuosa que, en Una aventura, nos habla del amor y de esa esperanza que nunca se pierde por más que renunciemos a él. Una renuncia que también hace referencia a la poesía, pues en este caso, esa renuncia surge de aceptar el ineludible paso del tiempo que todo lo puede, por mucho que cada día visualicemos nuevos territorios. Espacios y lugares donde surgen los reencuentros con los familiares muertos y con ese diálogo que nada más que se establece camino de la muerte (la propia). Esos diálogos que, con forma de despeñaderos, no se vinculan a un final por más que éste se intuya; y sí con nieblas y sombras que nos acompañan hasta el nuevo día, justo cuando nuestro sueño acaba. Algo que sucede en el poema que da título al libro, y que se alza como una metáfora sobre la salvación que al niño le supone escuchar a su hermano leerle un libro sobre el rey Arturo; un libro a través del cual es capaz de percibir e instalarse su propio mundo. Un mundo de niño alejado de sus padres. Y donde el recuerdo del cumpleaños es el de los padres y sus ausencias, apenas atenuadas por la tía y el hermano. Un poema, donde una vez más, el paso del tiempo se convierte en una losa de los recuerdos. 

El viaje que nos propone Louise Glück recae en su parte final sobre su propia muerte, tal y como   podemos leer en Paisaje aborigen, donde asistimos a la huida de una vida que busca primero al padre, luego a la madre y después a la hermana y a la prima. Y donde el tren que no se mueve representa todo aquello que ya no podemos cambiar. Una transformación que sí tiene un retorno hacia la infancia en El ciclo blanco, donde la voz poética del pintor viaja, cambia de lugar, pero no de tiempo. Tiempo cercano a la muerte. Aquí el artista pinta lienzos en blanco que para él simulan a un niño pequeño y a la oportunidad de volver a empezar. Oportunidad que no se produce porque siempre aparece la muerte. Una muerte que se cuela en una noche fiel y virtuosa. Una noche que representa la esencia del tiempo y el cambio. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de junio de 2021

ALICE MUNRO, ALGO QUE QUERÍA CONTARTE: LA COTIDIANEIDAD HECHA MAGIA

 


Observar en lo más profundo del alma humana. Escudriñar aquello que nadie ve, y sentir el impulso de seguir buscando en la oscuridad de la nada. En las primeras experiencias de la vida. En el miedo a exhibir nuestra desnudez a los demás. En el recuerdo del primer amante. Y siempre desde el punto de vista de una mujer. Fuerte. Insólita. Innegociable en los principios y los afectos. Y, tras ella, una mirada sencilla y mordaz sobre la realidad. Todos estos matices componen el universo de Algo que quería contarte, una nueva recopilación de cuentos de Alice Munro (perteneciente a la primera parte de su obra), que ahora ve la luz en España, y con la que de nuevo somos conscientes del poder de una escritora que hace tiempo dijo que no sabe hacer otra cosa en el mundo que escribir, por mucho que años atrás intentara dejar de hacerlo. En esta recopilación de historias, sobre las duras condiciones de vida en el campo y las pruebas a los que la autora somete a sus personajes a lo largo de su existencia, una vez más, las mujeres serán las verdaderas protagonistas de las mismas, y los hombres, el reflejo de sus ilusiones o sus miedos. Desde esa feminidad, vista, tratada y solo comprendida desde el útero de la creación nos propone Munro, arranca un universo rico en matices y emociones; un universo que, por otra parte, es inaccesible para cualquier hombre. 

Con una parquedad expresiva encomiable en las palabras, las relaciones o las emociones, Alice Munro nos retrata ese lugar donde la cotidianeidad se convierte en magia. Un lugar único creado por ella a modo de territorio literario a imagen y semejanza de aquellos otros inventados y soñados por diferentes escritores, y que son y representan la huella identificadora de su universo creativo, y también, de su semblanza literaria ante el mundo. Y, que en el caso de la escritora canadiense, podríamos añadir que es el lugar donde la luz del pasado se desploma sobre el presente, tal y como ocurre en Algo que quería contarte (el relato que abre esta recopilación y le da nombre), y que es una nueva pieza maestra de las narraciones cortas en el que Munro nos narra toda una vida en apenas unas pocas páginas. Y, en el que la técnica de la elipsis, se muestra eficaz y aterradora cuándo ésta es puesta en manos de la gran literatura. Justo aquella que se cobija en nuestros corazones. Como a su vez ocurre en Dime sí o no, donde la precisión que se desprende de aquello que creíamos cierto o real (porque fuimos nosotros quienes lo construimos), y la necesidad de mentirnos para intuir que algo de todo lo vivido fue verdad (como la intensidad con la que lo deseamos), es un leitmotiv sentimental y existencial ante el que no podemos renunciar sin más, pues necesitamos saber y creer que no solo somos producto de nuestras fantasías. 

Las sorpresas inherentes a todas las historias de Algo que quería contarte se encuentran en el desgarro existencial de las misma; un desgarro que se difumina con el viento helado de un invierno que se cuela por las ventanas de la soledad siempre presente en los personajes de Munro, a los que ésta dota de la particularidad de ver más allá de lo cotidiano, para de ese modo, partir a un espacio o un territorio nuevo y ajeno en el que poder vivir una nueva vida por muy dura que sea ésta. En este sentido, las narraciones de Munro son el contrapunto a la búsqueda de la felicidad, anhelada ésta de una forma ligera o infantil, pues en todas y cada una de las decisiones de sus protagonistas, la escritora busca ese lado oscuro desconocido o apenas perceptible de la vida de sus personajes sobre el que ella solo nos muestra la primera capa de soledad, tristeza o incomprensión, para dejar en manos del lector la capacidad de atribuirles a todos ellos ese rico mundo interior con el que la escritora los forja. Una singularidad que la ha convertido en una de las mejores cuentistas y en una precursora, junto a sus queridas Eudora Welty o Jean Rhys, de un universo femenino único, donde la mayor reivindicación del mismo es la libertad personal de todas y cada una de las mujeres a las que dota de esa particular y única de ver afrontar la vida: la de la cotidianeidad hecha magia.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 16 de junio de 2021

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA, PREFAB SPROUT, LA VIDA ES UN MILAGRO: DESTELLOS DE BELLEZA, ESPIRITUALIDAD Y AMOR A LA MÚSICA

 


La música como religión. La música sin más deidad que la búsqueda de la belleza. La música y sus himnos, melodías, canciones, arreglos y susurros como oficiantes únicos a la hora de crear destellos de belleza, espiritualidad y amor a la música. Esa felicidad, intrínseca a una canción, capaz por sí sola de hacernos sentir otros en la búsqueda de la felicidad. Esa parcela en la que siempre abrigamos un mundo lleno de esperanza. Belleza y felicidad que se dan la mano bajo los acordes de una canción. Aquella que hacemos nuestra aunque esté cantada en un idioma que no entendamos. La música como lenguaje universal de los sentidos y los sentimientos. De aquellas sensaciones que tan pronto nos ponen los pelos de punta como que propician el inicio de un viaje. Travesía iniciática hacia lo desconocido, como desconocida para un artista es la búsqueda de la belleza. Intangible, sin duda, como todo aquello que es único e irrepetible. Esa luminosidad, reservada a los dioses, es la que se esconde tras la esencia de un genio de la música como es Paddy MacAloon, a la sazón alma de las canciones de ese grupo inigualable que es Prefab Sprout. Su mayúsculo talento como escritor de canciones le fue revelado cuando desde el principio de su carrera supo que su mayor virtud era esa: la de escribir canciones. La fama, el dinero, y todo aquello que arrastra la música pop (a gran escala) nunca le interesaron, y mucho menos, tras su operación de retina y el insufrible padecimiento de los acufenos en sus oídos que no le permiten escuchar y trabajar sobre su música tanto como él quisiera, amén de su rotundo ansia por el perfeccionamiento sobe aquello que compone y le hace retrasar todos y cada uno de sus trabajos que, en un número muy extenso, no han visto ni verán la luz como nos apunta Carlos Pérez de Ziriza en el magnífico estudio que sobre el grupo ha hecho bajo el nombre de La vida es un milagro publicado por Efe Eme. En este sentido, caer rendido ante la elegancia compositiva de Paddy McAloon es una prueba ante la que nadie, con un mínimo de sensibilidad musical, puede resistirse, pues su universo es único, tan único como el de cualquier otro genio del mundo del arte. Su universo es comparable a una gran galaxia bajo cuya cúpula (en la que cada estrella representa una de sus canciones), solo tiene cabida su perpetuo amor a la música. 

Genialidad, luminosidad, su particular búsqueda de las esencias. Perfeccionismo innato que huye de lo sencillo, enfermedad, enciclopedia astrológica… Todo ello pegado a la piel del cantante de Durham. Verdad o mentira. Leyenda o bulo (es un dato al que Pérez de Ziriza no hace referencia en el libro, por lo tanto no debe ser cierto), hace años se dijo que su pasión por la astronomía y las estrellas y su deseo de publicar una enciclopedia sobre astronomía fueron la causa principal de sus problemas de visión (una vida entregada a mirar las estrellas y más allá). Y si fuera verdad, no nos resultaría nada extraño, porque este gran observador del mundo llamado Paddy McAloon decidió mirar hacia arriba tal y como se nos sugiere en la portada del disco Andromeda Heigths; o desde arriba, como se refleja en la portada del disco Let’s change the world with music. Sea como fuere, lo que sí es una verdad aplastante es su innata capacidad para crear universos que en un principio se fijaban en lo más cercano para poco a poco irse alejando hacia lo más universal o genérico con el paso de los años y la publicación de sus álbumes tal y como muy bien nos indica Ziriza en este joya de libro que ha escrito como homenaje a uno de los mejores grupos de la música popular de todos los tiempos. Palabras que, sin duda, también forman parte del léxico de un Julián Ruiz siempre rendido ante la genialidad compositiva de McAloon. Sin necesidad de hacer hincapié más en uno que en otro de estos aspectos, el rasgo principal de su música es su espiritualidad; un destello que a medida que conocemos sus trabajos es como una pincelada apenas perceptible y, sin embargo, netamente embriagadora cuando escuchas sus canciones; una particularidad que llega a sus más altas cotas en su álbum Let’s change the world with music con temas tan maravillosos como Angel of love, donde su melodía es una fuente inagotable de espiritualidad y de amor hacia la música; una pequeña obra maestra que sigue el rastro de su álbum Steve McQueen, una joya que en el año 1985 cambió el ritmo de la música y su sentido para todos aquellos que quedamos enredados en sus notas con canciones memorables y únicas como: When love breaks down, Bonny, Goodbye Lucille #1 o Appetite. 

La vida es un milagro es un prodigio de datos y sentimientos sobre Prefab Sprout que están volcados sobre las páginas de este libro con una envidiable pasión hacia la música del grupo y su líder: Paddy McAloon, del que Ziriza hace un retrato muy cercano a través de las dos entrevistas que le hizo; la última, y muy extensa, la realizada exprofeso para este libro, y que nos deja ver la figura de una persona sencilla, escondida bajo el signo del más absoluto anonimato y entregada a aquello que él entiende que mejor saber hacer: componer canciones. Un estar fuera del mundo que él traduce en notas que apunta en su libreta (cual novelista). Sensaciones que, por ejemplo, atrapa tomándose un café en el condado de Consett (a veinte kilómetros de Newcastle) en el que vive. Notas que expresan la pureza, la ensoñación, el acercamiento a un dios que habla a través de la música y sus manos. Manos que se vuelcan no solo sobre las cuerdas de una guitarra, sino también sobre órganos y sintetizadores multidimensionales a los que Paddy dota de un alma especial. 

La vida es un milagro es un trabajo ameno y profundo sobre la historia de Prefab Sprout, en el Carlos Pérez de Ziriza se adentra, entre otros aspectos: en el análisis pormenorizado de sus discos editados hasta la fecha, en un diccionario de referencias sobre su música a través de autores universales como David Bowie o Paul McCartney, entre muchos otros, y donde el desglose que hace sobre la carrera y la música del grupo es esencial y muy amena, lo que nos ayuda a conocer de primera mano la intrahistoria de un músico universal, Paddy McAloon. Tan universal como lo han podido ser los más grandes de la historia de la música popular. Un grupo, Prefab Sprout, entregado a la búsqueda de los destellos de la belleza y la espiritualidad intrínsecos a la música.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 18 de mayo de 2021

JUAN BONILLA, LOS PRÍNCIPES NUBIOS: LA IRÓNICA LEVEDAD QUE TRANSITA POR LA TRAGEDIA

 


Atravesar el muro de la desdicha, y usarlo para crear un mundo nuevo en el que solo cabe la desgracia (tanto del cazador como del cazado) es una buena aproximación al terreno donde nada más que existe la mera supervivencia, ya esté ésta amparada por la civilización occidental o el tercer mundo. En Los príncipes nubios ese mundo es un espacio a la deriva donde la irónica levedad que transita por la tragedia no es sino la excusa para narrarnos la historia de su protagonista: Moisés Froissard Calderón que, en sus desencuentros con sus múltiples e inesperadas experiencias vitales, siempre acude a ese eco en forma de oración que le enseñaron desde pequeño y que consistió en aprenderse de memoria su nombre completo y dirección, a lo que él, a lo largo de la novela agrega su profesión o algún rasgo de su identidad, dependiendo de las circunstancias. De ahí que no sea de extrañar que empiece con un simple: Moisés Froissard Calderón, La Florida 15, tercero B, salvador de vidas. Un salvador de vidas que no es tal y acaba en un simple canalla. Esa falta de rasgos de identidad tan lejana a cualquier dato que nos acerque a un propósito moral, le proporciona a Juan Bonilla la posibilidad de crear a un personaje atípico, aséptico o incluso cercano al absurdo de los existencialistas, pues su devenir es un brebaje de locos acontecimientos narrados bajo un perfecto estilo periodístico y, en muchas ocasiones, cercano a autores norteamericanos cuando éstos nos presentan la voracidad del mundo y de la vida con los más desfavorecidos. Esa falta de sentimientos ante la locura en la que se va convirtiendo su historia para el club para el que trabaja salvando vidas (gran eufemismo sin duda por parte de su creador), nos remite al tan cacareado dilema de lo que es ético o no lo es, pues en la desgracia que acompaña al condenado, en este caso también existe la posibilidad de subirse a esa nave de locos que es el mundo occidental. 

En Los príncipes nubios nada es lo que parece, pues hasta a los que podíamos tildar de malos también son atacados por la acidez de la ironía de Bonilla, pues los convierte en unas víctimas más de la realidad en la que están inmersos, de tal modo, que no hay no vencedores ni vencidos, pues todos ellos alcanzan sus propósitos más cercanos por muy erróneos o equivocados que sean éstos. Esta novela no va sobre la inmigración, como muy bien apuntó en su día su autor, y por mucho que ese sea su telón de fondo. Una oscura y triste realidad que estos días nos vuelve a golpear de nuevo; una realidad que nos da una bofetada y pone en evidencia la sempiterna repetición de los errores del hombre a lo largo del tiempo. Muy al contrario, Los príncipes nubios es la historia de Moisés y su falta de adaptación a un mundo que él ve y revisa a través de esos ecos de su infancia y de su familia que va narrando con la notoriedad de la sencillez que no busca una respuesta, sino a través de la contemplación de una vida a remolque de los acontecimientos: novia, perro de la novia, ONG’s, guardia civiles corruptos, o desdichados sin nombre. Un protagonista al que Bonilla nos presenta como un salvador de vidas que no es tal, sino más bien un buscavidas con retranca y soluciones angelicales o locuaces respecto de los momentos difíciles o críticos a los que tiene que hacer frente, como sin duda son las muertes de sus padres, solo por poner un ejemplo. Un buscavidas que no se destruye a sí mismo sino mediante los actos de los demás, que le van situando en un devenir que a veces es cómico y nos transmite la necesaria capacidad de saber reírse de uno mismo. 

Con esta novela Juan Bonilla ganó el Premio Biblioteca Breve del año 2003. Una novela que por momentos es divertida y ácida a la vez, pero sin que te llegue a impactar. Los príncipes nubios es una historia bien contada y resuelta a modo de relato corto que, sin embargo, no te deja huella más allá del mero entretenimiento. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 10 de mayo de 2021

THOMAS WOLFE, HISTORIA DE UNA NOVELA: EL PODER BRUTAL Y FULGURANTE DE LA LETRA IMPRESA

 


Abandonarse a la lujuria del tiempo. Un instrumento con el que colonizar el mundo a través de la memoria. Una memoria repleta de palabras que salen abruptamente de la mente y necesitan un espacio para ser eternas. De la memoria a la realidad, o de la más pura ficción que encuentra su fuente en la que saciar su sed en el día a día. En el poder brutal y fulgurante de la letra impresa como nos dice Thomas Wolfe en esta portentosa novela corta donde la literatura lo es todo: el mundo y sus aledaños. Porque Wolfe, víctima de sus desmesurada memoria, es incapaz de huir o dejar a un lado ese mínimo detalle que le martiriza y le obliga a plasmarlo en una cuartilla en blanco que a él se le queda pequeña e inútil para tanto como tiene que contar. La vida, su vida. El mundo, su mundo. Su ingenio descomunal repleto de una intensa prosa poética que lo acapara todo: lo superfluo y lo fundamental. Nadie como él para describir la melancolía o ese aura que anda suspendida en la atmósfera que envuelve a sus personajes. Thomas Wolfe en Historia de una novela nos habla del método a la hora de empezar a escribir de un escritor joven y sin oficio. De esa literatura que parte de la autoficción o autobigrafía y sus consecuencias. De su gran memoria, o del torrente inagotable y la vividez de sus recuerdos. A pesar de todas esas iniciales intenciones, Historia de una novela se aparta del método para sumergirse en el caos de un escritor que no conocía límites a la hora de ponerse a escribir. De ahí, el gran alumbramiento que supuso para su obra el conocimiento y sabiduría de Maxwell Perkins, su editor, que con una paciencia infinita y unas dotes inigualables sobre la materia prima con la está formada la gran literatura, hicieron de su obra algo único; único y portentoso. Perkins evitó la capacidad de dispersión del escritor, pero no solo hizo eso, sino que acabó aguantando los desplantes y el mal humor de Wolfe; una terapia que le llevó a acogerle como si fuera el hijo que nunca tuvo (solo tuvo hijas). De esa templanza, sin duda, emergió una gran obra, solo truncada por la temprana muerte de Wolfe a la edad de treinta ocho años víctima de la tuberculosis. Wolfe, coetáneo de Fitzgerald o Hemingway, con quienes además compartía editor, fue un verso libre de la historia de la literatura norteamericana del siglo XX; un escritor a quien se le comparó con el poeta Walt Whitman, por su innata capacidad de retratar el mundo tal y como era, además de por la fuerza expresiva de su narrativa.  

Historia de una novela es una atormentado e intenso caleidoscopio vital y literario lleno de nostalgia. Una añoranza que Wolfe expresa, acerca de sus orígenes y su familia, cuando vive en el extranjero en ciudades como Londres o París, donde aislado en una habitación reconstruye aquello que forma parte de su vida de una forma íntima e innegociable con el resto del universo o las más ponderosas posturas literarias. En este terreno inabarcable e inasumible para la gran mayoría, el mago de las letras juega a ser Dios a lo largo de los seis años que transcurren entre la publicación de su primera novela El ángel que nos mira (1929), y la segunda: Del tiempo y el río (1935); un período de tiempo que él sí condensó en unas pocas páginas que son, sin duda y entre otras cosas, un homenaje a su editor, pues su figura resplandece entre tanto caos, pues no hace falta más que leer la extensa enumeración a la que él nombra como, sueños de culpa y tiempo, para darnos cuenta de que su portentosa memoria se comporta como un Dios en la tierra: pues esa enumeración es la máxima recreación de un paraíso terrenal a través de las palabras; un paraíso donde las imágenes y los recuerdos reconvertidos en palabras y conceptos asaltan nuestra mente como un todo del que es muy difícil escapar: «Había un tipo de sueños que sólo podría catalogar aquí como sueños de culpa y tiempo. Camaleónicos en toda su abominable e incesante fecundidad, estos sueños volvían a erigir ante mí todo el universo que había conocido, los billones de rostros y el millón de lenguas, y lo hacían con malévola arrogancia, con facilidad y sin esfuerzo. Mi conflicto diario con cantidades y números, las enormes listas de mis años de lucha con las formas de vida, mis brutales e interminables esfuerzos por registra en mi memoria cada ladrillo y adoquín de todas y cada una de las calles por las que había caminado, cada rostro en medio de cada confusa multitud en todas las ciudades, cada uno de los países con los que mi espíritu había entablado una lucha salvaje y desigual por la supremacía...»  Y, así, hasta el infinito, donde la universalidad de su prosa y su literatura no hace más que crecer, como el poder brutal y fulgurante de la letra impresa en la que se vio encadenado. A lo que sin duda han contribuido las nuevas ediciones de sus novelas cortas emprendidas por la editorial Periférica en el año 2014 con El niño perdido; o la gran recopilación de sus relatos y novelas cortas editada por Páginas de Espuma bajo el título de Cuentos en el año 2020. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 4 de mayo de 2021

FRANCISCO UMBRAL, MORTAL Y ROSA: UN LARGO POEMA DE AMOR


Buscar en uno mismo aquello que la vida nos arrebató de una forma cruel e inesperada. Hacerlo a través de uno mismo como prolongación del hijo que día a día se va muriendo, y como anticipación del mañana y la tragedia. Hacerlo mediante los recuerdos de su niñez (la del poeta narrador), que afloran en la ausencia. Ausencia impuesta por la vida, el destino y la muerte. Ausencia no deseada. «Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas». De ahí, que cuando la realidad y la ficción interfieren la una con la otra, y se funden en una sola, surge la leyenda en contraposición del mito, el hado y sus aristas frente al olvido, las huellas del dolor y su vacío como puñales asesinos. Mortal y rosa es un largo poema de amor con ecos de surrealismo arrabaliano; un surrealismo conmocionado por el pasado y la construcción del hijo a través del padre. Igual que si éste fuese un heterónimo nacido del dolor y la inocencia perdida, porque nace de su propio ser, de su «yo», y de su carne. La palabra, entonces, se hace piedra y agua que la desgasta, nube y aire que la disemina, sed y agua que no la calma. En este largo poema de amor, Umbral naufraga, él solo, tras cada palabra, recuerdo o intento de apoderase del tiempo y la vida. Él conoce el sentir de su derrota, y por eso se deja llevar por las aguas que le conducen a la nada. «La muerte es nada» nos dice, como la vida es nada sin el hijo: «Ea, mi niño, ea», concepto traslúcido convertido en sombra, pero también en mecedora, pizarra y tiza, en oso de peluche…

 

En el mundo de la literatura hay muchos ejemplos de la desolación ante la muerte. Una muerte siempre injusta, temprana y cruel. Baste recordar a Jorge Manrique y Coplas por la muerte de su padre. Más cerca de nosotros también se encuentra Albert Camus, cuando en su novela, El primer hombre, se enfrenta a sí mismo, a sus raíces y al encuentro de su padre desde la convicción de que ese primer hombre que no llegó a ser su progenitor es él, cuando delante de su tumba piensa que el hombre enterrado que yace bajo tierra era más joven que él: «Y la ola de ternura y compasión de golpe que le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desconocido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado». O también, mediante la búsqueda del hermano muerto a través de las sombras de los recuerdos y la melancolía que éstas nos producen, tal y como sucede en la novela El niño perdido de Thomas Wolfe:  «El modo en que las cosas resultan no tiene nada que ver con lo que uno espera que sean...» Por no hablar de esa confrontación del desasosiego que siempre acaba en la nada y que tan bien expresó en su obra Fernando Pessoa en primera persona y tras sus heterónimos. Voces que cobran vida propia dentro de sí mismo, como en este caso le ocurre al hijo muerto en Mortal y rosa, porque como nos dice Félix Grande: «Mortal y rosa es el poema del infierno y es el retrato del infierno. La lágrima a la vez imprecatoria y clandestina que se arrastra por las páginas de este libro como la baba colosal de un caracol irreparablemente huérfano, esa lágrima empujada por el pudor, es la noticia del infierno, y es a la vez una humedad verbal, una humedad poética a la que ni siquiera el infierno consiguió evaporar». De esa petrificación del dolor y la muerte surgen, en el relato, las calaveras: «¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Por dentro de la calavera está el personaje mirando al mundo, y la calavera nos mira con ojos de antifaz, porque la clavera no es la verdad de un rostro, sino la máscara última. “Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados”, escribe Rilke. La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras». Y en esa máscara de máscaras es donde se refugia Umbral para intentar desasirse del vacío que le produce la muerte del hijo infante, del niño con media melena, del hijo de ojos claros, de mirada límpida y transparente. Hijo que nació de la carne y antes de tiempo se transformó en ángel. Ángel de corta vida y largos sueños. Anhelos plagados de un denuedo trágico y poético que nos acoge tras el silencio de la casa, de la habitación, de los juegos y de las mañanas compartidas en la cama.

 

Mortal y rosa, metáfora del mundo y de la vida. De la ausencia que nunca se debió producir. Del vacío del «yo» arrebatado por el destino. Del otro que nos dejó vacíos frente a la mudez del mundo, nuestro mundo. Oquedades que ya no sabemos cómo cubrir sino con el dolor que subyace en un largo poema de amor. Amor que traspasa los días. Amor infinito como nos dice Pedro Salinas, en los versos escogidos para abrir este libro: «...esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito».

 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 8 de abril de 2021

TESSA HADLEY, LO QUE QUEDA DE LUZ: EL YOÍSMO Y SUS AMBAGES

 


Atrapados en nuestro propio laberinto igual que Cíclopes de un solo ojo que han perdido el rumbo y van en una única dirección. Y todo, por ese oscuro artificio del azar que representa la vida no vivida. Una vida que nunca pensamos que tendríamos que experimentar, pero que es la vida tal y como es y no cómo nos la imaginamos. Esas falsas ensoñaciones, sin embargo, traen consigo cambios accidentales provocados por las erupciones dormidas en el letargo del tiempo. Relámpagos vitales que siempre están esperando su momento: el de la venganza. Pues esa venganza es la que parece que albergan los personajes principales de esta última novela coral de la escritora inglesa Tessa Hadley que, bajo el artificio de la calma y la falta de falsos efectismos, nos presenta con una majestuosidad doliente —y a veces perversa—, las auténticas dimensiones del yoísmo y sus ambages. Un lenguaje, el del yo, que no solo identifica a un gran porcentaje de los seres humanos en la actualidad, sino que además, los retrata como auténticos robots de carne y hueso. Máquinas sin más alma que la vertida sobre los demás. Esos otros yos que conforman la parte pública que ellos en su interior creen que no son, pero que adheridos a esa corriente tan común en nuestra sociedad como es la hipocresía, refuerzan los vínculos de pareja, amistad y familia sin remordimientos. Christine y Alex por un parte y Lydia y Zachary por otra, son arquetipos de personas que matan gran parte de su vida en buscar y rebuscar en el fondo de sus entrañas sin saber muy bien aquello que quieren. Y de esa anulación del verdadero deseo, surgen otros anhelos, aquellos que les llevan a ejercer su yoísmo sin remordimientos, pues el propio deseo, al fin y al cabo, es el que cuenta. Con esa aparente fachada de libertad, Hadley retrata la vida conyugal de las parejas consolidadas y de los miedos y fantasmas que las poseen, determinando una suerte infinita de posibilidades donde ya se han esfumado la lealtad al otro, o la fidelidad al juramento que en un momento de sus vidas les llevó a compartir sus destinos. 

Lo que queda del día se asemeja mucho a esa tenue luz de final de verano que se cuela tras las cortinas de las ventanas de las casas y las llena de reflejos, si queremos irreales, pero que son como figurantes que nos hablan de nuestras vidas y sus consecuencias. Reflejos que no tienen miedo, al fin, a conocer la verdad. Una verdad que ilumina esos aspectos del alma que estaban a oscuras esperando que alguien los enfocara. De ese desconocimiento surgen otras vidas. Distintas. Inesperadas. Posibles. Vidas que son el soporte en el que nos sustentamos para reiniciar de nuevo a ese yo que llevamos dentro creyendo que esta vez será diferente. De ese auto engaño también nace la posibilidad de llegar a ser otro. Ese otro que se revela como una nueva tiniebla que juega a convertirse en pura luz, aquella que nos alumbre el nuevo camino. 

Tessa Hadley nos propone con una aparente sencillez, en Lo que queda de luz, la naturaleza escondida que se refugia tras las relaciones interpersonales. En este caso, de la clase acomodada británica: libre ya de la sociedad victoriana, pero inmersa todavía en la esclavitud que representa el manejo de las emociones. Un estigma que nos deja sin palabras cuando tenemos que hacer frente a lo inesperado. Esos accidentes vitales que pueden venir representados por la muerte, la pérdida de confianza o la infidelidad. Rasguños que unos y otros tratamos de tapar con falsas esperanzas, aquellas que nos crean el yoísmo y sus ambages.  

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 9 de marzo de 2021

CARLOS MATALLANAS, EL EJEMPLO DE VIDA Y ESPERANZA DE UN REBELDE



Hoy, 9 de marzo de 2021, el cuerpo de Carlos nos ha dejado, pero no así la mirada del niño que corría detrás de una pelota, ni la del joven que paseaba su rebeldía por los campos de fútbol, tal y como reflejan las botas que presiden la sede la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE). Mi encuentro con él fue accidental, como tantas cosas que nos ocurren en la vida. En nuestro caso, se produjo a través de la literatura, cuando tuve la fortuna de ganar la Primera Edición del Premio de Novela Breve que lleva su nombre. Después del vídeo que se proyectó en la entrega del premio el 4 de marzo de 2019, fui consciente, por primera vez, de la relevancia de aquel momento. No por mí, sino por él. Tanto es así que tuve que cambiar el inicio del discurso de agradecimiento que tenía preparado, para felicitarle por el ejemplo de vida y esperanza que se deprendía de sus palabras y de esa eterna sonrisa que siempre nos mostraba. 

Días más tarde, el 10 de marzo de 2019, le escribí esta carta que titulé como, Carta abierta a Carlos Matallanas.

«¡Hola, Carlos! Hasta hace poco más de cinco meses no conocía ni tu nombre ni tu lucha. Como hago a diario durante los últimos diez años, una mañana de principios de octubre, consulté las páginas web de premios literarios para decidir aquellos a los que presentar mi obra. Cuando leí las bases del concurso que lleva tu nombre lo primero que pensé fue: ¿Por qué, no? A pesar de reconocer que era todo un reto muy duro. Un sueño casi imposible. Sobre todo, por el corto espacio de tiempo que tenía para escribir una historia de casi 150 páginas. Es verdad, apenas tenía tres meses. Menos mal, que enseguida tuve claro aquello que quería escribir. Lo primero que pensé fue que quería unir literatura y deporte. Y se me ocurrió hacerlo a través del espíritu de lucha de un adolescente que quiere ser un jugador de fútbol profesional hasta los 18 años. Un espíritu de lucha que sin embargo se tenía que trasladar al resto de su vida, pues esa era la única fórmula válida para transmitir el verdadero espíritu del I Premio de Narrativa Breve Carlos Matallanas (debo decirte que rara vez escribo algo a propósito para un premio, como hice esta vez). 

Lo del fútbol lo tenía claro, porque fuera de las estridencias de los forofos de los diferentes equipos de la liga española, lo que en verdad les une a todos ellos es la selección, o al menos eso es lo que a mí me parece. Bajo esa idea yo quería retratar el largo recorrido que hay, desde el mítico partido del 12-1 de España a Malta (jugado el 21 de diciembre de 1983 en el estadio Benito Villamarín de Sevilla), hasta la consecución del Mundial del año 2010 en Sudáfrica. Y, por encima de todo ello, quería plasmar la fuerza que desprenden las palabras, por supuesto las mías, pero sobre todo, las de grandes escritores que a lo largo de sus vidas disfrutaron con el fútbol y escribieron sobre él, para de ese modo, fundir literatura y fútbol. 

En principio, yo creía que ya contaba con todos los ingredientes para escribir mi historia, pero aunque yo no lo supiera en ese momento, con el transcurrir de los días intuí que me faltaba lo fundamental. Y lo fundamental era plasmar el espíritu de lucha que te caracteriza, y con ello, hacer de mi protagonista un símbolo de la frase que tú muestras en una pizarra: «Todo va a salir bien», porque como dije en la entrega del premio literario que lleva tu nombre: «A veces las cosas salen bien, y los sueños se cumplen». Una frase que nadie entenderá como debe, sobre todo, si la relacionan contigo, y además, si solo se queda con tu imagen actual. Y no lo harán, porque quizá no se den cuenta de que los sueños tienen muchos caminos y formas de cumplirse. En tu caso, después de ver el vídeo de Fernando Torres en Japón, creo que uno de tus sueños cumplidos (y del que muchos no pueden presumir), es el de ser un ejemplo para tu familia, tus amigos y todos aquellos que te quieren bien y te conocen. En la sociedad en la que vivimos, parece que no nos damos cuenta de que los sueños tienen múltiples formas de materializarse y metas a las que llegar. Quizá, porque en la actualidad, esas falsas formas y metas que visualizamos, lo único que consiguen es atarnos las manos en vez de darnos más libertad y fuerza. Después de oír las múltiples actividades que llevas a cabo a diario, creo que tu firme convicción de visualizar la vida como un futuro que se plasma en disfrutar de la vida a cada momento, es uno de tus mayores logros de cara a los demás, y no solo eso, sino que también lo conviertes en el ejemplo a seguir por todos nosotros. 

Debo confesarte que, al conocer tu historia, enseguida te visualicé como si te hubieses convertido en el poeta romántico inglés, John Keats. Hay una imagen de él, en la película Bright star dirigida por Jane Campion, en la que sale encaramado en lo más alto de la copa de un árbol. Tumbado. Mientras disfruta del éxtasis que le proporcionan su poesía y el amor hacia su amada Fanny Brawne. Lo singular de esta imagen, es que el poeta se convierte en un ruiseñor que canta su melodía al amanecer, cuando solo él es el dueño del silencio. Yo te veo así, igual que un ruiseñor que vuela en libertad sobre todos y cada uno de nosotros; un ruiseñor que persigue sus sueños día a día y, que a día de hoy, es la esencia de la rebeldía; una rebeldía para nada silenciosa, pues la manifiestas a través de tus palabras. Palabras que inundan la vida de los demás, y no solo a través de tus conocimientos sobre el mundo del fútbol, sino también acerca de lo que éste significa en la vida. Decirte también que, el día de la entrega del premio, al ver el vídeo en el que decías el nombre del ganador, supe que cada vez que te recordase lo haría viéndote correr con tu perro en las playas del Puerto de Santa María, o en un campo de fútbol con tu camiseta amarilla y esas botas que presiden las oficinas de la AFE en Madrid, y que es lo primero que se ve al entrar. Unas botas a las que va unida esta frase, como tú conoces muy bien: «Mis botas, allá donde se quieran poner, serán un símbolo de rebeldía». Decirte que, a mí, no se me ocurre un mejor lugar que ese para que se convierten en ese símbolo de rebeldía que tú representas. 

Para que veas que las buenas casualidades existen, en el vídeo de la entrega del premio, la canción que sale al principio es Vidas cruzadas de Quique González. No sé si la elegiste tú, pero en algún sentido para mí se ha convertido en un flechazo, porque como dice la letra de esa canción: «Al arder la rama las estrellas ardieron también/ Y una vez en calma/ me largué…/ Quiero un amanecer mañana/ como un loco después de las seis./ En un hotel sin dramas/ esta vez…» 

Y, sin dramas, yo te digo esta vez: “Gracias”». 

Meses más tarde conocí a Carlos Matallanas, junto a mi mujer, una tarde del mes de agosto del 2019 en El Puerto de Santa María. Y lo primero que me llamó la atención fue el brillo de sus ojos y, después, el interés que mostró por mi novela, por su proceso de creación, por la motivación que me llevó a escribirla y por un sinfín de curiosidades más que hicieron de aquel encuentro algo entrañable. Ese día yo no lo sabía, pero hacía poco más de un mes que había comenzado a escribir el ensayo, La vida es un juego, un testimonio vital que ha visto la luz el pasado 18 de febrero y del que él por desgracia apenas ha podido disfrutar. 

Como dejé dicho en su momento: «El fútbol es vida y del fútbol se aprende para la vida. El fútbol es una expresión de libertad y de pasión, de diversión y mito, pero por encima de todo, es una infinita fábrica de sueños; un lugar donde se propician las segundas oportunidades… el fútbol es desear lo imposible…». Una utopía vital que comparto con Carlos Matallanas, pues su ejemplo, lo es de la vida y la esperanza de un rebelde que no se rindió jamás.

Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 3 de marzo de 2021

FRITZ ZORN, BAJO EL SIGNO DE MARTE: EL CÁNCER DEL ALMA


 

Hacer el viaje en el sentido contrario al establecido, lo que no implica saltarse las normas, sino más bien replanteárselas, para verse, para vernos, desde el otro lado, igual que si nos situáramos fuera del espejo donde se produce nuestra vida y la imagen que de la misma tenemos. Más allá de la extrañeza que nos producirá la representación que vemos de nuestra persona, hay una sensación de viaje al exterior que nos permite adivinar todo aquello que hemos sido, aunque solo sea para fijar y delatar nuestros errores y nuestra condena en forma de muerte prematura, ya sea ésta simbólica o material. Comme il faut nos repite Fritz Zorn, el trágico protagonista de Bajo el signo de Marte. Un como se debe que a él le llevó hasta el abismo; una meta final de la que no pudo escapar, por más que, identificar el cáncer del alma que le afectó durante los primeros treinta años de su vida, le llevara a padecer el cáncer del cuerpo en forma de linfoma maligno que acabó con su vida a los treinta dos años. Como nos dice el autor de este ensayo vital: «el tumor son las lágrimas tragadas» (al más claro estilo pessoano). Y de ese constante tragar hacia adentro, nace su alejamiento del mundo primero y su neurosis después. Una locura que le llevará hasta la muerte y a nombrarla como: «el carcinoma de Dios». 

Bajo el signo de Marte representa la lucha del guerrero contra su aciago destino, porque como muy bien nos dice Fritz Zorn (seudónimo de Fritz Angst) al final del libro: «Me declaro en estado de guerra total». Un enfrentamiento bélico que deviene en familiar y existencial cuando por fin es consciente del mal que sus padres, lo burgués, o lo tranquilo, le han inoculado en su alma. Por ejemplo, para su padres, la vida consistía en pasar de puntillas sobre ella sin enterarse, de una forma tranquila y anodina que les mataba cualquier mínimo signo de vida, esperanza, afecto o dignidad. Todo era impostado en la Orilla Dorada de Zurich donde vivían, y en la que se crio el protagonista. Todo estaba en orden. Todo estaba muerto, pues aquel que renuncia a vivir permanece de pie, pero muerto cual estatua de un parque que ya marca con mucha antelación el futuro de sus grises días. Zorn protesta contra la sociedad, contra le mundo, contra el sistema burgués y sus instituciones, sin por ello hacer nada para salir de ellas o mostrar su rebeldía, sino que sus días transcurren con cautela y una especie de observación anónima y cauterizada. Su renuncia al amor, al sexo, a la amistad o a sus propios deseos, le retratan como un ser inerte que solo marcha por el camino que previamente le habían trazado. Él, ve en sus padres, el inicio y la esencia de su mal. Y esa es su forma de legislar su miedo cuando ya es demasiado tarde. Llama la atención su desafección del mundo terrenal en la búsqueda de su salvación. Quizá, por ello,  echa mano del conflicto entre su individualidad y el espíritu burgués, haciendo de ello un constructo donde ser desdichado no es un destino, sino una culpa. La expiación de la culpa, en este punto, se vuelve ajena al individuo para remarcar el territorio de lo ajeno y general. De un Dios en forma de carcinoma. De una sociedad aliada con la no vida. De un mundo ajeno a la esperanza que subyace en todos y cada uno de los hombres desde que nacen. Y todo ello visto y vivido desde el interior de ese reflejo extraño en el que nos convertimos cuando salimos de nuestra vida o del reflejo del espejo que nos tienen atrapados. Aquí ya no importan ni el dinero, ni la posición social, ni el advenimiento de la culpa como un todo, sino que, al final, ese todo se reduce al cáncer del alma, aquel que nos aniquila sin remedio antes de que hayamos muerto. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVIII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: ODA A JOHN KEATS #JohnKeats200aniversario

 



ODA A JOHN KEATS

I              

Mírame a través del tiempo, dulce amor,

despójate de tus fríos sudores.

Tiembla, sufre, ojalá tu alma solo se estremeciera por mí.

Implora un instante a mi lado, dulce amor,

acariciemos el rocío de la mañana hasta

yacer juntos y exhaustos por el olor de las flores.

Toca de nuevo tu arpa cual ruiseñor del bosque, y

enamórame como si fuera tu bella Eurídice.

Lira sin cuerdas, testigo de sus noches sin luna,

enséñame la senda donde se depositaron sus tormentos.

 

II

Ronroneo con fauces afiladas sobre el tiempo, dulce amor.

El destino sucumbe tras las raíces del sauce porque,

ya nadie acude a ti —con los pasos sincopados del AMOR—,

nadie quiere cobijarse del sol bajo tu sombra, y solo yaces.

Yo acudo allí cada tarde,

antes de que anochezca, con

lágrimas postreras hundidas entre las rendijas del bosque.

Y lloro. Lloro bajo la sombra de tus ramas.

Lloro sabiendo que a mí solo me cura tu mirada.

Lloro, dulce amor, yo que solo vivo para amarte.

 

III

Amor, hieres mis recuerdos mientras surges de entre las flores.

Amor, ¿dónde están tus suaves y poderosas manos?,

coge la parte de mi cuerpo que ya no sangra con ellas.

Disfrazado con los colores del bosque acude a mí y,

déjame posarme entre tus ramas y,

así, yo las adornaré, una a una, como si fueran los pálidos versos de tus poemas.

Dulce canto el del ruiseñor que busca la inmortalidad

en el cálido silencio de una tarde soleada.

Cántame, ruiseñor, con tu voz suave.

¿quieres, tú, señor ruiseñor?

 

IV

Anhelo morir a tu lado y, no volver a extrañar tu cuerpo.

Salid, sin duelo, lágrimas corriendo…

Poséeme por donde mi cuerpo se convierte en seda.

Quiero ser tuya en la sinuosidad del bosque,

en un lugar donde solo crezcan las flores

¿Recuerdas?

«¡Naturaleza curandera, deja sangrar a mi espíritu!

¡Oh, libera a mi corazón de la poesía y déjame descansar!»

No, dulce amor, yo te llevaré a lo más frondoso del bosque,

a un lugar donde no necesitaremos de adormideras.

 

V

Cántame, dulce amor, como si fueras el misterioso viento de la noche,

llena de versos mis sueños y,

con ellos, reúne a todos los dioses.

No quiero que estés solo y,

no poder decirte un buenas noches.

Volvamos a buscar nuestro gozo de nuevo entre las flores.

¡Belleza dulce y radiante, no le dejes solo! y,

concédeme el deseo de ser suya más allá de las grietas del tiempo.

No te sientas solo, dulce amor,

porque volveremos a contemplar cómo crecen los manzanos.

 

VI

¡Versos acudid a calmar la desazón de mi alma!

Llevadme a donde, por fin, seré suya, solo suya…

¿Quién se opondrá ahora a mi más profundo deseo?

¡Dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

Salid, fuera de mí, sombras sin escrúpulos y cargadas de desvelos.

Entre volantes acudiré a su encuentro,

recuperando el olor de nuestro recuerdos.

Dicha, atavíame del aroma de la pasión,

ayúdame a decirle cómo le quiero.

¡Dejadme…, dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

 

VII

John, depositemos nuestras promesas en el lenguaje de las flores.

Dulce amor, enséñame el camino de tu lecho,

rompamos las cuerdas de tu conciencia y,

naveguemos bajo las aguas del Leteo.

Nadie vendrá a preguntar por nosotros,

condenados por los dioses a no dejar rastro de nuestros encuentros.

Dulce amor, el tacto tiene memoria,

y marchará de nuestro lado a través de las grietas del horizonte.

Pósate dentro de mí, en el infierno de mis más íntimos deseos,

ámame tan despacio que no me dé tiempo a olvidarlo, te deseo.

 

VIII

Dulce amor, guarda en lo más hondo de ti la esencia de nuestro encuentro.

Lucha contra los dioses para que no nos castiguen con el silencio.

Apenas nos dio tiempo a nada,

ni tan siquiera a descifrar el espíritu de nuestras miradas.

Resucito contigo, amor, en los laberintos del tiempo,

en las simas prolongadas de la nostalgia.

Miedos alojados en el último confín de los vientos.

Luché contra ti, dulce amor, pero aún te llevo dentro.

En el manicomio de nuestro amor,

todavía supuro el dolor de tus llagas.

 

IX

Dulce amor, juntos pasearemos por sendas iluminadas por lunas de seda desde,

donde remontaremos nuestro último vuelo.

¡Dime cuán necesaria es mi presencia!

ya sin miedo a unir nuestros deseos.

Y arribaremos en cálidas fuentes donde calmaremos nuestros desvelos.

Sedientos caminaremos hasta el fin y,

ya nunca volveremos a vivir más en ayer.

Dulce amor, el infierno de nuestros temores dejará de existir y,

volaremos, cual ruiseñores, por cielos sin tormentas ni nubarrones,

en un edén donde de nuevo las mariposas se posarán sobre nuestros deseos.

 

X

Dentro de poco ya no volveré a preguntarme

qué hare yo sin ti, dulce amor,

seremos la envidia de aquellos que desprecian el amor y,

solo buscan la falsa naturaleza de las pasiones.

Quiero que cada noche recorra nuestros cuerpos el néctar de las flores y,

dibujes en mis labios el rocío de los placeres.

Allá a donde iremos ya no nos harán falta las falsas deidades, porque

tu Fanny, más torpe que bella,

más triste que radiante,

será toda tuya para siempre. 

Ángel Silvelo Gabriel.