martes, 28 de abril de 2026

PANORAMA DESDE EL PUENTE, DE ARTHUR MILLER, EN EL TEATRO FERNANDO FERNÁN GÓMEZ BAJO LA DIRECCIÓN DE JAVIER MOLINA: LA FRONTERA QUE EXISTE ENTRE LA LEY Y LA MORAL


 

Las convulsiones del corazón en determinadas ocasiones nos llevan a la destemplanza de la sinrazón. Viaje convulso el que va de un externo a otro de la existencia humana que, tras la persecución de los sueños en forma de deseo, nos llevan a la más clásica de las tragedias griegas. Arthur Miller estrenó Panorama desde el puente en septiembre de 1955 basándose en una conversación que escuchó cuando trabajaba en los astilleros de Brooklyn. A partir de ahí, el dramaturgo norteamericano desarrolla una trama que nos invita a pensar en la frontera que existe entre la ley y la moral. ¿No es la ley el instrumento adecuado para expiar la falta de un comportamiento inadecuado? ¿Es el sentimiento del amor suficiente para combatir los límites de una moral mal entendida? Miller, una vez más, juega con la conciencia de los espectadores cuando les invita a transitar por este melodrama, en principio sencillo de reinterpretar, pero que, sin embargo, como en el resto de sus obras de teatro transita por las sendas oscuras de la maldición humana que se empeña en desdibujar la pureza del amor, en este caso, con los tintes más oscuros de la posesión como forma de plasmar el deseo de un tío sobre su sobrina. ¿Cuál es el límite que uno y otra traspasan sin darse cuenta? El amor en sus diferentes vertientes deambula por nuestras vidas como una falúa que se abre paso por las turbias aguas de la pasión, lo que, en determinadas ocasiones, nos produce daño y dolor. Esa pulsión incontrolable que transforma la pureza en maltrato nos retrata como lo que en realidad somos y no como en lo que en realidad soñamos. El mito que nos hemos creado en nuestra cabeza, entonces, se derrumba como un monstruo con débiles pies de barro. A todo ello, por si fuera poco, hay que añadirle la contextualización de la trama con el problema de la inmigración ilegal, para que su actualidad, a ojos del espectador, sea tan relevante como incómoda. 

Como nos apunta Eduardo Galán, el responsable de la adaptación del texto de Miller: «En mi opinión, Miller nos plantea un drama amoroso y familiar trágico». Una puntualización más que acertada si tenemos en cuenta que asistimos a una intensa secuencia dramática de la brecha existente entre el amor prohibido y los celos, por un lado; y entre el amor fraternal y la venganza, por otro. Uno y otro se entrelazan para mostrarnos las turbulencias de emociones que se prestan a múltiples interpretaciones como nos muestran las reacciones de los espectadores que asisten a la función y que, gracias a la dirección de Javier Molina, nos proporciona una visión muy actual de este drama clásico, con una puesta en escena que se mueve entre la adaptación cinematográfica inicial con imágenes proyectadas sobre pantallas, y una versión más teatral a medida que la obra avanza. Tanto en un caso como en el otro, la luz juega un papel primordial porque se ajusta de una manera certera al texto, y nos proporciona una doble visión (delante-detrás) de lo que estamos presenciando. Una cualidad que también se puede expresar de la escenografía: sencilla, pero contundente, a la par que efectiva y muy actual, por lo que tiene de dinámica. 

Miller siempre dota a sus personajes de una gran carga emocional y, Panorama desde el puente, no es una excepción dentro de su producción dramática. En este sentido, Eddie Carbone interpretado por un excelente José Luis García-Pérez es una buena muestra de ello, al que por ponerle alguna pega sólo habría que decir que su voz rota, a veces, dificulta su audición, lo que sin duda solventa con su gran nivel expresivo. Un delirio interpretativo que se equilibra y sustenta en el excelente contrapunto que supone María Adánez en su papel de Beatrice, y en la más que acertada Ana Garcés como Catherine. Resaltando de una forma muy especial Frances Galcerán interpretando a Alfieri, tanto por su contundencia como impulsor de un excelente hilo conductor de la trama. Dicho conjunto, hace de esta obra de teatro, un clásico de plena actualidad, en el que Arthur Miller nos plantea la dicotomía entre aquello que a pesar de que no sea necesariamente inmoral sea ilegal y viceversa, utilizando para ello la frontera que existe entre a ley y la moral. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 15 de abril de 2026

PAOLO SORRENTINO, LA GRAZIA: LA BELLEZA DE LA DUDA


 

Hay algo que trasciende a la naturaleza del poder y lo convierte en un juego extraño entre la melancolía y la ironía. Una fuerza extraña que transforma la necesidad ciudadana (que no entiende más que de algoritmos numéricos) en un debate extraño e íntimo: el de la conciencia. La de aquel que tiene la última palabra y que, es sabedor que cuando suena su teléfono ya no tiene a quien acudir. Torturador o asesino, no caben más alternativas. Y es entre esas dos opciones donde se debate la belleza de la duda, uno de los leitmotivs de La Grazia. Un debate interno que interpela al amor y a la vida y nos lleva a plantearnos «¿de quién son nuestros días?». A través de ese interrogante Paolo Sorrentino nos somete al debate sobre cuál es el último significado de la vida. Y lo hace a lo largo y ancho de unos primeros planos arrebatadores y entre claroscuros que se acercan a las pinturas de Caravaggio por la potencia que tiene éstos de fijar su luz en un punto (sobre todo, en el rostro de Toni Servillo); o en la profundidad colorista de los pigmentos que Rotko utiliza en sus creaciones más oscuras donde no cabe un ápice de luz. Tras esa cortina se halla una última esperanza: la del amor, por ser éste el vínculo final de toda existencia y el argumento expiatorio de toda libertad que se adquiere por la redención de una culpa. El pecado y la culpa, entonces, son el camino a través del que transita la búsqueda de la verdad, sin que sepamos cuál es el verdadero significado de ésta. Un camino de el protagonista de esta película, Mariano de Santis recorre de la mano de la espera, la prudencia y la certeza de quien resiste vence. 

Un Sorrentino, más comedido que nunca, no renuncia sin embargo a intercalar la solemnidad con la ridiculez; o a fusionar el rap con la música clásica. Incluso, se atreve a mostrarnos la parte más sensible del ser humano en forma de una lágrima perdida en la ingravidez de una estación espacial en una muestra superlativa de su capacidad para traspasar las barreras de la realidad y asociarse con la irrealidad más kitsch. Movimientos que equilibran la ponderación de toda una vida dedicada al Derecho y la Justicia desde su ámbito más amplio de servicio público que tapia la parte más humana de un juez que duda. Esa duda que atenaza a un magnífico Toni Servillo interpretando a Mariano de Santis en el papel del presidente de la República italiana al final de su mandato es un viaje interior que indaga en la dualidad existente entre la parte pública y privada de la persona. En aquello que va de lo general a lo particular. Y de lo previsible a lo inesperado, porque es en ese tránsito de decisiones postergadas donde subsiste la percepción de una pérdida. La de la fidelidad. El amor eterno. O la verdad. La mentira, entonces, se convierte en un baño de lágrimas silencioso, pero tortuoso que termina siendo la muestra de los porqués de nuestra existencia. Pero para que todo no se sienta como una condena, en auxilio de esa duda surge la inestimable ayuda del otro. De los otros, extraños, en los que poder apoyar nuestras decisiones y, con ello, alejarlas de la perversidad intrínseca de un mundo que ya nada entiende de la belleza de la duda. 

Ángel Silvelo Gabriel.