Hay algo que trasciende a la naturaleza del poder y lo convierte en un juego extraño entre la melancolía y la ironía. Una fuerza extraña que transforma la necesidad ciudadana (que no entiende más que de algoritmos numéricos) en un debate extraño e íntimo: el de la conciencia. La de aquel que tiene la última palabra y que, es sabedor que cuando suena su teléfono ya no tiene a quien acudir. Torturador o asesino, no caben más alternativas. Y es entre esas dos opciones donde se debate la belleza de la duda, uno de los leitmotivs de La Grazia. Un debate interno que interpela al amor y a la vida y nos lleva a plantearnos «¿de quién son nuestros días?». A través de ese interrogante Paolo Sorrentino nos somete al debate sobre cuál es el último significado de la vida. Y lo hace a lo largo y ancho de unos primeros planos arrebatadores y entre claroscuros que se acercan a las pinturas de Caravaggio por la potencia que tiene éstos de fijar su luz en un punto (sobre todo, en el rostro de Toni Servillo); o en la profundidad colorista de los pigmentos que Rotko utiliza en sus creaciones más oscuras donde no cabe un ápice de luz. Tras esa cortina se halla una última esperanza: la del amor, por ser éste el vínculo final de toda existencia y el argumento expiatorio de toda libertad que se adquiere por la redención de una culpa. El pecado y la culpa, entonces, son el camino a través del que transita la búsqueda de la verdad, sin que sepamos cuál es el verdadero significado de ésta. Un camino de el protagonista de esta película, Mariano de Santis recorre de la mano de la espera, la prudencia y la certeza de quien resiste vence.
Un Sorrentino, más comedido que nunca, no renuncia sin embargo a intercalar la solemnidad con la ridiculez; o a fusionar el rap con la música clásica. Incluso, se atreve a mostrarnos la parte más sensible del ser humano en forma de una lágrima perdida en la ingravidez de una estación espacial en una muestra superlativa de su capacidad para traspasar las barreras de la realidad y asociarse con la irrealidad más kitsch. Movimientos que equilibran la ponderación de toda una vida dedicada al Derecho y la Justicia desde su ámbito más amplio de servicio público que tapia la parte más humana de un juez que duda. Esa duda que atenaza a un magnífico Toni Servillo interpretando a Mariano de Santis en el papel del presidente de la República italiana al final de su mandato es un viaje interior que indaga en la dualidad existente entre la parte pública y privada de la persona. En aquello que va de lo general a lo particular. Y de lo previsible a lo inesperado, porque es en ese tránsito de decisiones postergadas donde subsiste la percepción de una pérdida. La de la fidelidad. El amor eterno. O la verdad. La mentira, entonces, se convierte en un baño de lágrimas silencioso, pero tortuoso que termina siendo la muestra de los porqués de nuestra existencia. Pero para que todo no se sienta como una condena, en auxilio de esa duda surge la inestimable ayuda del otro. De los otros, extraños, en los que poder apoyar nuestras decisiones y, con ello, alejarlas de la perversidad intrínseca de un mundo que ya nada entiende de la belleza de la duda.
Ángel Silvelo Gabriel.

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