martes, 5 de mayo de 2026

LAS GRATITUDES, DIRIGIDA POR JUAN CARLOS FISHER, EN EL TEATRO DE LA ABADÍA: LAS PALABRAS Y EL SILENCIO

 


Las palabras navegan por nuestra mente como si fueran barcos surcando un mar infinito. Sin embargo, un día el agua se transforma en tierra y el barco se hunde. Y, las palabras, dejan paso al silencio. Como nos dicen en esta obra de teatro: «Hay que hablar cuando todavía quedan palabras». Esa orden o deseo es, sin duda, la mejor forma de convertirnos en seres vivos, porque el lenguaje es el instrumento que nos permite transmitir pensamientos y sensaciones que nos acercan al otro, por más que nos digan también que: «Las palabras duelen, dejan huella». Pero por más que nos duelan las palabras hay que luchar contra ese silencio que poco a poco se apodera de nuestra mente con el paso del tiempo y, también, porque el silencio es el desorden de las palabras. No hay un signo más abrupto del final que la nada que representa el eco mudo de la ausencia de palabras. Delphine de Vigan, en la novela de la que parte esta obra de teatro, hace un buen acopio de ellas. Ella no sólo se centra en aquellas que día tras día se nos escapan de la cabeza, sino también, en la virtud sanadora que tienen cuando las utilizamos para dar las gracias: «¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras». Y, ahí, es donde reside el sentido más memorable de la novela y, por ende, de esta obra de teatro que transita por las distintas fases de la afasia que afecta a su protagonista, Michka, para poner delante de nuestros ojos la importancia de expresar, con palabras, aquello que nos mueve y nos conmueve antes de que nos atrape el silencio… y la muerte. 

Juan Carlos Fisher teje, en la adaptación de la obra de la escritora francesa, un potente e intenso discurso narrativo que, a base de fundidos en negro entre una escena y la siguiente, se nos van revelando como fogonazos previos a un final, por lo que éstos tienen de metáfora de la vida y de contraposición al inmaculado y prístino escenario blanco sobre blanco que neutraliza nuestras distracciones y nos sitúa de frente con la realidad para, de esa forma, no dejar de fijar nuestra atención y mirada en lo importante. Y, aquí, lo importante es la soberbia actuación de Gloria Muñoz y su magnífica dicción a la hora de abordar ese nuevo sonido que producen las palabras que poco a poco se van perdiendo en los más oscuros confines de nuestra mente. Y lo hace no sólo desde la lucidez, sino también desde el sentido del humor que Marta Betoldi ha sabido darle al texto. Un contrapunto, el del sentido del humor, que se compagina muy bien con la cercanía que Macarena Sanz (María) y Rómulo Assereto (Jerónimo) demuestran cada vez que se acercan o juegan con Michka y, con ello, llenar de valor la expresión: «Tener miedo por otro que no seas tú, lo cambia todo», pues ese es el sentir que una y otro nos hacen llegar de una forma admirable por las grandes dosis de ternura y empatía hacia una anciana que, antes de olvidarlo todo, necesita dar las gracias a aquellos que la salvaron la vida en su infancia. Un deseo que se asemeja mucho a la necesidad que el ser humano expresa de cerrar su particular círculo de la vida y que, en Las gratitudes, viene simbolizado a través de la contraposición que existe entre las palabras y el silencio. 

Ángel Silvelo Gabriel.