lunes, 7 de noviembre de 2016

SULLY, DE CLINT EASTWOOD: EL REGRESO A LA ESPERANZA A TRAVÉS DE UN HÉROE POR ACCIDENTE




En un mundo donde cada vez hay más personas dispuestas a levantar fronteras entre Estados, ciudades o pueblos; o donde, cada vez más, prolifera la reivindicación de una bandera —o la quema de la misma— como acto teñido de un falso heroísmo, por mucho que les pese a sus protagonistas, no hay nada mejor para contrarrestarlos, que darse un aire de esa libertad auténtica y genuina que, en la sociedad en la que vivimos, ya sólo está al alcance de las acciones individuales despojadas de todo escudo, emblema o estandarte. Esa libertad individual fomentada a lo largo de toda una vida, es el único arma en verdad eficiente que nos queda contra el poder establecido que, por mucho que nos pese, ya ha dejado de ser un poder que defiende las libertades y los valores esenciales de convivencia entre las personas, para convertirse en una mera transacción de impuestos cada vez peor gestionados. En este acoso con derribo al que nuestros políticos someten al sistema llamado democracia, muy de vez en cuando, emerge una figura que, por sí sola, nos devuelve algo de esperanza. Esto representa, en sí mismo, Sully; un Sully que, bajo la batuta inteligente de Clint Eastwood nos devuelve una parte de su mejor cine y una de las mejores actuaciones de Tom Hanks, pues con su dirección y su interpretación, nos devuelven a ese edén con el que ya habíamos perdido todo el contacto, y que en sí mismo, representa el regreso a la esperanza de un héroe por accidente. Ese abnegado e incomprendido sesgo de docentes, padres, hermanos mayores y guardianes de la buena voluntad del mundo, pueden estar satisfechos, pues según parece, todavía hay personas que son capaces de dar la vida por el prójimo y, de paso, alzarse como paradigmas de aquellos valores que nos son tan meticulosamente inculcados desde pequeños, pero que después, también al parecer se nos olvidan demasiado pronto. Sin embargo, el valor de Sully no está en ese matiz ni en su triunfo sobre un rácano sistema sustentado en los valores mercantiles y monetarios. El verdadero valor de Sully está en su humildad, en su integridad, en esa innata búsqueda de la verdad que en su interior se transforma en pesadillas que no le dejan dormir ni descansar, porque: «¿y si después de salvar a todos los 155 pasajeros y tripulantes no actué bien?», se pregunta nuestro héroe. Esa duda sincera es la que por sí sola todavía es capaz de conmover a las personas de buen corazón, pero ésta, es una voluntad que por sí sola no derrumba las barreras de las compañías aéreas que, esta vez, el destino ha querido que fuesen derrotas por sus propias armas y artimañas.

Sully es un relato del que ya conocemos su final, pero eso es lo que menos importa, pues la estructura y el lenguaje fílmico dispuesto por Clint Eastwood nos hace disfrutar de esa múltiple capacidad tan necesaria en el cine, y que está compuesta por: el asombro, el estupor y la intriga. Esta es una historia con final feliz, pero nunca se nos debería olvidar que, a la victoria final, le preceden otras mucho más amargas. Uno de los grandes aciertos de Eatswood al montar esta película es la de dotarla de un magnífico juego de flashbacks que nos permiten conocer tanto los datos biográficos familiares como aéreos de su protagonista, pues con ello, nos sumerge en esa otra dimensión mucho más amplia del perfil personal de un aviador —con cuarenta y dos años de experiencia— que no sabe sin en el fondo ha actuado de un modo correcto, por mucho que todo haya salido bien. Pero también, otra de las grandes decisiones del director, en esta ocasión, ha sido la de contar con Tom Hanks como protagonista, convirtiéndole, si no lo era ya, en el héroe americano del ciudadano corriente norteamericano en el mundo del celuloide. Su mirada, su obsesión, su templanza (magnífica la secuencia en la que comprueba que no queda nadie en el avión antes de que salga él del aparato), por no hablar de ese ridículo bigote canoso, hacen de Hanks el arquetipo imprescindible o el molde perfecto para ponerle cuerpo y alma a una historia que rebusca en las entrañas del ser humano, ésas que nada ni nadie debería cambiarnos a lo largo de nuestras vidas. Sea como fuere, aún nos quedan destellos luminosos que muy de vez en cuando nos envían señales en el oscuro universo en el que nos desenvolvemos. Destellos que nos hacen regresar a la tierna esperanza, aunque sea a través de un héroe por accidente.

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 5 de noviembre de 2016

EL ALFARERO, MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



«¿Te gusta lo que hago?», le dijo el alfarero al niño que se había acercado a mirar cómo modelaba una vasija con el suave contacto de sus manos en el barro. El niño, sorprendido, le preguntó: «¿y eso para qué sirve?». «Pues depende —le contestó el alfarero—, porque ahora estoy haciendo una vasija para llevar agua, pero ves, la vasija se puede convertir en un plato para llevar comida, ¿qué te parece?». El niño se encogió de hombros y permaneció callado. El alfarero le miró con una sonrisa en sus labios y le preguntó: «¿qué te gustaría ser de mayor?». «A mí me gustaría ser como Cristiano Ronaldo». «¡Ah!», le respondió el alfarero, mientras éste volvía a modelar el barro y de sus manos empezó a emerger una lámpara maravillosa. Cuando la terminó, le dijo: «si te esperas a que se seque, podrás frotarla y pedir un deseo».


Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 2 de noviembre de 2016

ÁNGEL SILVELO PARTICIPA EN EL CICLO DE AUTORES ABULENSES: 8 DE NOVIEMBRE.- SALA EPISCOPIO A 20,00 HORAS.- LA CONEXIÓN ABULENSE DEL POETA ROMÁNTICO INGLÉS JOHN KEATS



Fanny Keats (hermana pequeña del poeta romántico inglés John Keats) vino a España en agosto de 1833, tras la muerte de Fernando VII. Llegó desde Londres vía Francia junto a su marido, el vallisoletano Valentín Llanos y dos de sus hijos. En la frontera, por culpa de una forma institucionalizada de bandolerismo, se «incautan» de su equipaje. Se sabe, por una carta de Fanny a su amiga, la Srta. Brawne que, entre las pertenencias sustraídas, estaban las primeras ediciones de los libros de su hermano, con dedicatorias de su puño y letra. Afortunadamente, las cartas que le había escrito John cuando ella era adolescente, las llevaba escondidas en su bolso de mano —uno de aquellos indispensables que las señoras victorianas solían portar consigo—, y por suerte se salvaron del atropello.


Esta es sólo la primera de las muchas anécdotas acaecidas en la vida de la familia Llanos Keats y que tienen a España como denominador común. Si Fanny Keats llevó una vida discreta dedicada a la familia, su marido, Valentín de Llanos, fue protagonista de algunos sucesos que podríamos denominar como de relevantes dentro de la Historia de España. Así, en 1835 Valentín de Llanos fue nombrado Secretario Particular del Primer Ministro español, Juan Álvarez Mendizábal, a quien había conocido en Londres, hasta que fue cesado en 1836. Durante unos meses estuvo al frente del periódico El Liberal y fue Diputado por Valladolid de las Cortes Constituyentes de 1836 a 1837, para más tarde ser nombrado Regidor del Ayuntamiento de Madrid tras los sucesos de septiembre de 1840 que acabaron con la abdicación de María Cristina. Nueve meses más tarde renuncia a su cargo y es nombrado Cónsul de España en Gibraltar hasta 1845, año en el que falleció su padre. Posteriormente fue nombrado Director de los Canales de Castilla. En esa época, Valentín Llanos había abandonado la política y vivía en Madrid con los suyos, bajo el fuerte sentido de familia que tenían los Llanos y la concordia que reinaba entre todos ellos. Fanny y Valentín se ocuparon con esmero de la educación de sus hijos, a quienes dejaron seguir la profesión que ellos mismos eligieron. Así, Juan se hizo pintor y a él se deben varios retratos de la familia. Luis entró en el Servicio Diplomático, se casó, vivió en Roma y luego en Colombia, donde falleció sin descendencia. Rosa estudió música (ella y Juan se quedaron solteros). Isabel se casó con el ingeniero de Caminos —de ascendencia alemana—, Leopoldo Brockmann.


Y de esa rama, es de la que proceden los descendientes abulenses de Keats. Tomando como punto de partida al Dr. Ernesto Paradinas y Brockmann que, además de ser un eminente médico estomatólogo de la ciudad de Ávila, mantuvo vivo el interés por la figura y la obra de su antepasado inglés, el poeta John Keats que, a pesar de que en febrero de 1821 muriera prácticamente solo y olvidado en la ciudad de Roma, ahora ocupa un lugar destacado en las letras inglesas junto a Lord Byron o Shakespeare. En este sentido, no sólo se le rinde el respeto debido en su tierra natal, pues como queda reflejado en el periódico ABC de 6 de junio de 1952, el doctor Ernesto Paradinas fue al homenaje que se le hizo al poeta en Londres. Tal y como se recoge en la nota de prensa publicada por el periódico: «Mañana llegará a Londres en el avión de Iberia un médico de Ávila, el doctor don Ernesto Paradinas… con motivo de la inauguración al público de la casa de Keats, en Hampstead, al noroeste de Londres, convertida en museo. Cartas, manuscritos, medallones, su mesa, sus plumas, sus muebles, sus libros. Muchos de estos recuerdos llegaron a España, a donde se trasladó la hermana del poeta, Fanny Keats, casada con un español. De esta rama viene D. Ernesto Paradinas Brockmann, médico de Ávila, que en la ceremonia de apertura representará como único descendiente de los Keats a John Keats, becqueriano antes de Bécquer, cuya sangre ha pasado a Castilla y cuyo nombre queda grabado como uno de los grandes poetas ingleses en la tremenda melancolía de Inglaterra».

A día de hoy, podemos decir que esa sangre que Keats derramó durante meses antes de morir, primero en Londres y luego en Roma, ha pasado a Castilla y, en concreto a la provincia de Ávila. Aquí sigue viva la llama de la vida y la obra de Keats gracias a la familia Paradinas y, en concreto, a D. Guillermo Paradinas-Brockmann anónimo albacea de todo aquello que se publica en relación con su antepasado. No hay libro, recopilación de poemas, revista, novela u obra de teatro que se le escape, haciendo acopio de un número de ejemplares suficientes que luego reparte con el resto de la familia que todavía vive. A eso habría que unir los objetos familiares con los que cuenta y, sobre todo, con el don de la memoria y la palabra con las que da fe, a quien quiera escucharle, de su docto conocimiento acerca de su antepasado. Si en vez de encontrarnos en España estuviésemos en Inglaterra, y si en vez de John Keats, hablásemos de las raíces anglosajonas de Lorca o Machado, Guillermo Paradinas Brockmann sería reconocido como parte del acervo cultural —oral en este caso— de un país que necesita de los testimonios vivos de personas como él para revivir la literatura a través del paso del tiempo.


Y por si todo lo relatado fuese insuficiente, aun hay más, porque el último eslabón de la cadena que une a John Keats con Ávila —hasta el momento—, viene de la mano del escritor abulense de Piedralaves, Ángel Silvelo Gabriel que, seducido por la melancolía inalcanzable del poeta inglés, ha novelado los tres meses de la vida de Keats en Roma. Una novela que lleva por título Los últimos pasos de John Keats y, a la que hay que unir, una obra de teatro, Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead, en la que la amada de Keats, Fanny Brawne, entabla un lírico monólogo con el poeta poco antes de morir.

Artículo de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 30 de octubre de 2016

EL CIUDADANO ILUSTRE, DE GASTÓN DUPRAT Y MARIANO COHN: ATRAPADO EN LA FRONTERA QUE DIVIDE LA REALIDAD DE LOS SUEÑOS



La realidad es tan subjetiva como la ficción, pues admite tantas reinterpretaciones como ojos la ven. La necesidad de reconstruir ese caos le lleva al escritor a levantar un mundo: el propio. Un mundo en el que todo fluya tal y como él lo entiende, aunque ese fluir sea el mayor de los caos imaginables. Sin embargo, fuera de los límites de ese universo propio del autor, en demasiadas ocasiones, se comete el error de querer ver los rasgos del artista más allá del hecho creador en sí mismo. A esa locura que no admite explicaciones es a la que se enfrenta un inconmensurable Óscar Martínez, tanto en sus irrenunciables posiciones bizantinas entorno a la literatura y su obra, como en sus debilidades más de andar por casa, lo que de una forma irresoluble e inesperada le lleva a estar atrapado en la frontera que divide la realidad de los sueños, porque qué difícil es hacerle entender a los demás, que la minúscula línea de transita entre la realidad propia —la del autor—, y la de la ficción, no es algo sobre lo que haya que discutir una y otra vez, pues la obra y la literatura son otra cosa, quizá, la contemplación de un amanecer tras otro sin otro mérito que el de atesorar ese sentimiento que nos produce poder seguir viviendo. Una vida, que en el caso del protagonista de El ciudadano ilustre, se vuelve pesadilla, pues la imaginación ajena también es cruel con la realidad propia. Aquí, el reflejo de una vida en apariencia exitosa, se retuerce con la tiranía del paso del tiempo que, una y otra vez, se muestra impasible respecto de aquello que nunca llegamos a admitir. En este sentido, la visión que los demás perciben del éxito es tan desastrosa y errónea que aquel que la sufre nunca llegará a entender que, al menos en la literatura, está fomentada en largas horas de aislamiento y en ese desajuste que el escritor manifiesta respecto del mundo que le ha tocado vivir. De ahí, proceden las obsesiones creativas y los fuertes caracteres de muchos escritores que pasan su vida en busca de la obra perfecta. De esa perfección no hallada, también habla esta sarcástica película argentina que lleva camino de convertirse en el hallazgo fílmico del año allende de sus fronteras, por el número de premios que va acumulando.



El ciudadano ilustre es una visión ácida sobre el ser humano y los límites que éste tiene a la hora de aceptar la realidad y su propia vida, pues los ciudadanos de Salta —un pueblo perdido a 700 kilómetros al sur de Buenos Aires— son un magnífico ejemplo de las múltiples interpretaciones y reinterpretaciones que admite la realidad. Una realidad adversa que no entiende de éxitos ajenos y de posiciones contrarias a las suyas. Así, del humor caustico inicial de su protagonista —atentos a la solemnidad con la que renuncia a todo tipo de actos y agasajos—, el Premio Nobel de Literatura, Daniel Mantovani, interpretado por un Óscar Martínez que, sin duda, es una gran elección, pues él solo mantiene el pulso narrativo y fílmico de toda la película con una solvencia extraordinaria, pasamos a esa visión sarcástica del hijo pródigo que regresa a su pueblo —magnífica la secuencia en la que Mantovani le narra un cuento al conductor que le va a recoger al aeropuerto—, hasta llegar a una progresiva oscuridad que deviene en tintes de cien negro, tan negro como las nulas capacidades de la reinterpretación de una realidad que los propios salteños no quieren admitir, pues en ocasiones, también, la frontera que divide el amor y el odio es demasiado fina como para no andarla violando de una forma constante.



El ciudadano ilustre es una película ágil, sarcástica, impulsiva, excesiva a veces en las reacciones un tanto pueblerinas de los salteños, pero también es una película que nos proporciona buenos momentos de humor, de contemplación de las verdades y mentiras entorno al hecho creativo y literario, pero también, es una película que se presta a ese juego en el que podemos caer atrapados en la frontera que divide la realidad de los sueños.



Ángel Silvelo Gabriel.

EL SECRETO DE SUS OJOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Siempre la recordaré mirando a la gran pantalla, la cabeza en alto, como queriendo adueñarse del espacio, y su mirada fija en el infinito. Compartíamos las tardes de los miércoles mientras devorábamos películas de serie B en el cine de mi barrio. Ella se sentaba dos butacas más allá de mi sitio favorito, y yo la miraba con disimulo. Pasábamos la tarde visionando imágenes de pistoleros, aventuras y detectives. Lo hacíamos con ansiedad, como si ese fuera nuestro último deseo. Yo buscaba su mirada en la oscuridad de la sala, pero ella nunca dejaba de prestar atención a la pantalla de cinemascope.

            Una de aquellas tardes, me di cuenta de que ella protagonizaba alguna de esas películas. Entonces, pasó a ser mi musa del celuloide y mi sirena del patio de butacas. En el descanso yo salía al hall, mientras ella permanecía inmóvil en su asiento, seguramente ensimismada en sus grandes recuerdos. A pesar de su lejanía, yo no paraba de mirarla, pero ella era ajena a mis continuas atenciones. Entre película y película, se ponía unas gafas negras de sol, lo que me impedía ver sus ojos, pero a mí no me importaba porque su figura desprendía el brillo que sólo poseen las grandes estrellas. Yo la miraba, pero no podía tocarla. Con el paso del tiempo, mi devoción se convirtió en anhelo, un sentimiento que me hacía sentir el más desgraciado de los seres humanos, porque yo sólo quería que ella me perteneciera más allá de mis sueños y de mi incontrolado deseo adolescente.

            Consulté su biografía, lo hice en una enciclopedia de las gordas, de esas que se dividen en muchos tomos. Cuando encontré su nombre, me asaltó un sentimiento de tristeza, las diez líneas que ocupaban la reseña no la hacían justicia; en el lateral, había una pequeña fotografía en la que apenas se la distinguía. Cerré el tomo de la enciclopedia y me juré no volver a aquella infame biblioteca. Entonces no me di cuenta, pero esa fotografía fue la primera señal de un falso final. Poco tiempo después se acabaron las sesiones dobles de los miércoles. Cerraron aquella antigua sala de cine de barrio, y con ello, colapsaron mis ansias adolescentes de imaginación, aventuras y deseo, alejándome para siempre de mi anhelada musa. Sin embargo, el incontrolable azar que rige nuestras vidas nos dio una nueva oportunidad. Una tarde, en la que fui a ver a un amigo al centro de la ciudad, me la encontré bajando las escaleras del edificio. Iba acompañada, llevaba puestas sus gafas negras de sol, y en su mano derecha portaba un bastón de invidente. El corazón me dio un vuelco y me resistí a creer lo que había visto, porque nunca imaginé ese final para el secreto de sus ojos.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 26 de octubre de 2016

CUATRO IDEAS PARA DESMITIFICAR EL BLOQUEO DEL ESCRITOR. Por Natalia Martínez, profesora de Escritura Creativa en Sinjania


Si escribes, seguro que en algún momento habrás sufrido ese síndrome de todos conocido: el bloqueo del escritor. Hasta ayer todo marchaba, estabas trabajando en tu novela y la historia fluía sin esfuerzo. Pero hoy ni una palabra brota de ti y todas las ideas parecen haberse esfumado de tu cabeza, como si te las hubieran borrado.

Sabes lo que sucede: estás bloqueado. Y lo sabes porque te han hablado del bloqueo desde que comenzaste a escribir. De alguna manera, lo del bloqueo del escritor es una especie de profecía autocumplida, sabías que un día llegaría y, al final, acaba por llegar. Pues tenemos buenas noticias para ti. El bloqueo del escritor no existe.

Es un mito, como el de la inspiración o el del talento innato. Algo que se supone que les pasa a los escritores, algo en lo que nos gusta creer porque, cuando nos sucede, nos sentimos escritores de verdad. Si estamos bloqueados, estamos desempeñando bien nuestro papel de creadores, encajamos en el rol. Así que aunque el bloqueo sea una contrariedad, todo va bien. Es como si un tenista solo se reconociera tenista cuando desarrolla epicondilitis (codo de tenista). O el oficinista solo se supiera oficinista cuando sufre el síndrome del túnel carpiano.

Pero mientras que esas enfermedades son reales, el bloqueo del escritor no lo es. Ahora mismo estarás echándote las manos a la cabeza y diciendo «¿Cómo que el bloqueo del escritor no es real? ¿Y los miles de escritores que lo sufren, qué?» Tranquilo, en realidad lo que sucede es que llamamos bloqueo del escritor a algo que no es tal. Usamos un nombre genérico para camuflar ciertos problemas de escritura y no tener que enfrentarnos a ellos. Vamos a verlo.

El bloqueo forma parte del proceso de escritura
En el fondo, el bloqueo del escritor no es más que una parte más del proceso creativo. Una parte del proceso de escritura a la que todo escritor debería acostumbrarse y saber cómo gestionar. Simplemente, tu cerebro se está tomando el tiempo que necesita para crear, para resolver problemas con la trama, para profundizar en la motivación de los personajes, etc.

Una novela no surge de la nada. Detrás de ella hay un enorme esfuerzo intelectual y creativo, y ese esfuerzo requiere su tiempo. Tienes que dártelo. No percibas el bloqueo como un problema, sino como una oportunidad. De él van a salir cosas buenas, solo es que tu cerebro se toma su tiempo en materializarlas. Lo que sucede es que el escritor, cuando se percibe bloqueado, entra en pánico. Precisamente por todo lo que ha oído contar sobre el bloqueo, por todas esas novelas y películas donde aparece un escritor que se dio a la bebida porque ya no podía escribir y al que su mujer acaba abandonando; por todo eso, el escritor se deja llevar por la ansiedad.

En el fondo, lo que pasa es que tienes miedo de que ese bloqueo sea algo permanente que te impida volver a escribir. Pero eso no suele suceder. Para gestionar esa ansiedad, puedes hacer varias cosas:
1.- Hacer otra cosa: no te empecines y cambia de actividad. Puedes dejar de escribir durante dos o tres días y aprovechar ese tiempo para hacer deporte, pasear o salir con tus amigos.
2.- Leer: al sumergirte en otras historias encontrarás formas de resolver los escollos de la que tú estás escribiendo. Leer es el mejor curso de escritura que puedes hacer.
3.- Practicar la escritura libre: la escritura libre consiste en escribir de forma ininterrumpida durante un periodo de tiempo prefijado, sin un tema preestablecido y sin prestar atención a la ortografía y la gramática. Pruébala y te sorprenderán sus resultados.
En secreto, mientras haces alguna de estas cosas, tu cerebro seguirá trabajando en tu historia y, voilà, enseguida tu historia te llamará con fuerza de nuevo.

No te has preparado bien
Ya hemos dicho que el bloqueo del escritor forma parte del propio proceso de escritura, pero también es verdad que con un buen trabajo previo de planificación es muy difícil que llegue a darse. Muchas veces lo que esconde el bloqueo es la falta de una adecuada preparación. Muchos escritores se ponen a escribir sin trazar un plan previo. Confían en que la historia se desarrolle sola, en que ella les irá guiando. La realidad es que eso no suele suceder, sobre todo en el caso de los escritores noveles.

Es vital que crees una estructura previa para tus historias, donde tengas claro sus tres fases básicas (planteamiento, desarrollo y desenlace), así como cuál es el conflicto al que se enfrenta el protagonista. Con esas ideas claras, te resultará más fácil avanzar sin detenerte. Sobre todo es muy importante saber cómo va a finalizar tu historia. El final es la estrella polar que te guiará. Si lo tienes claro, sabrás en todo momento hacia dónde tienes que conducir la historia si pierdes el camino.

Otras veces el bloqueo del escritor lo que trasluce es una falta de preparación más profunda. No es que no te hayas tomado el tiempo de crear un esbozo de su historia, es que desconoces los recursos y las técnicas que debes emplear para llevarla a cabo. Es como si quisieras construir una casa sin saber cómo hacer los cimientos o levantar un muro. Puedes dibujar los planos de la casa en un papel, pero cuando tengas que empezar a edificar te quedarás parado. Por suerte hoy en día tienes a tu alcance cientos de webs, libros y cursos de escritura que pueden suplir esa carencia.

Pero, ojo, porque a menudo el bloqueo esconde otros problemas. Puede ser que, simplemente, lo pongas como excusa para no ponerte a escribir y dedicarte a otras cosas menos exigentes. Lo mejor es que te crees una rutina de trabajo y trates de ceñirte a ella. Escribe incluso aunque no tengas ganas y no dejes que la idea de bloqueo te paralice.

Has perdido la conexión con la historia
También puede ocurrir que pierdas la conexión con la historia. No es que estés bloqueado, es que simplemente la historia que estabas escribiendo ha dejado de interesarte. A veces este problema se relaciona con el del punto anterior y simplemente se trata de que no lo estás desarrollando bien. Has perdido el hilo por falta de trabajo previo o por falta de los conocimientos precisos para escribir bien una buena historia. Si eso es lo que te sucede, ya sabes cómo solucionarlo.

Pero si lo que pasa es que la historia ha dejado de parecerte interesante tienes que asumirlo. En ocasiones esa idea que nos parecía tan fascinante acaba por demostrarnos que no lo es. No hay forma de construir con ella una novela que pueda interesar a un lector. En ese caso lo mejor es que la dejes en barbecho y empieces con otra. Dejar pasar el tiempo ayuda, porque nos da una nueva perspectiva y nos permite continuar sin problemas.

Te faltan ideas
En ocasiones, el bloqueo viene no cuando estás escribiendo una novela, sino cuando has acabado y buscas tu siguiente historia. Pasan los días y no se te ocurre nada, así que empiezas a desesperarte. De inmediato una frase surge en tu cabeza: estoy bloqueado. No, lo que sucede es que no has sabido aprovechar las épocas de bonanza.

De la misma manera en que a menudo la escritura se ralentiza, otras, por el contrario, parece que no puedes dar abasto a escribir todas las ideas que se te ocurren. Pues bien, ese es el momento de trabajar para prevenir que sobrevenga un bloqueo. Cuando tengas una etapa de efervescencia creativa, invierte una fracción de tu tiempo de escritura en tomar notas y hacer esbozos con todas esas ideas que manan sin cesar. Ese también es trabajo de escritor, así que hazlo. De esta manera, cuando te quedes sin ideas tendrás un arsenal de las que echar mano. Y, mientras te pones a escribir y las desarrollas, seguro que se te ocurren más.

No te engañes
En resumen, el bloqueo del escritor lo que suele ocultar es lo que podíamos llamar la vagancia del escritor. Si no te molestas en formarte, si no te tomas el trabajo de planificar tu novela, si no inviertes tiempo en anotar y archivar las ideas que se te ocurren para nuevas historias… no te sorprendas de encontrarte bloqueado. Pero ahora ya sabes que lo del bloqueo es solo una forma de ocultarte la verdad sobre tus problemas de escritura. Y ocultar las cosas nunca es el camino para resolverlas. Por lo tanto, en lugar de quedarte parado, lamentándote porque sufres un bloqueo, ponte las pilas y empieza a trabajar.

Artículo de Natalia Martínez.

martes, 25 de octubre de 2016

NUNCA SERÉ ABOGADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO




Abro la puerta de casa y me la quedo mirando con estupefacción y horror: está llena de cajas y operarios, cuadros descolgados y muebles desarmados. Sí, estamos de mudanza. De repente, veo al perro correr tras el gato. Éste lleva unos papeles en su boca, y sólo espero que no sean parte del Código Civil que mi padre deja tirado en cualquier parte. Nadie lo diría entre tanto desorden, pero mi padre es juez y mi madre una de las abogadas más prestigiosas de la ciudad. ¡Y ellos de verdad quieren que sea abogado!

Salgo al jardín en busca de un poco de paz, pero no doy crédito a lo que ven mis ojos, el perro y el gato parece que han resuelto su particular contencioso y comparten a lametazos un sorbete de limón. Me rindo, me siento en el césped y me les quedo mirando con cara de payaso mientras pienso que nunca seré abogado.

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 24 de octubre de 2016

ELLE, DE PAUL VERHOEVEN: LA PROVOCACIÓN DEL MAL RECONVERTIDA EN UN PERVERSO SUEÑO



La sombra del mal siempre esta ahí, al acecho de la conciencia humana para no permitirla redimirse de sus pecados así sin más. Si Paul Verhoeven hubiese optado por esta vía, Elle no sería lo que es: la provocación del mal reconvertida en un perverso sueño. Sin duda, el veterano director, en su regreso a la gran pantalla después de diez años de ausencia, ha querido divertirse y, para ello, se ha permitido coger otra de las opciones en las que se bifurca el camino, aunque ésta no sea ni la más esperada ni la más convencional. Elle es un juego que el director propone a su protagonista, y que ésta, acepta como tal para deformar nuestra visión de la realidad en aras de mostrarnos otro mundo: el suyo. Un mundo de turbio pasado, violento y marcado por los demás, lo que provoca en ella la necesidad de una experimentación vital nada convencional. Aquí entran en conflicto la moral y el deseo, pero también la nula necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal, o el orden sobre el caos, pues Elle es un universo personal y fílmico que no conoce reglas, salvo las propias, porque su director nos propone entrar en un mundo aparte, para una vez dentro, participar de él a través de la sutileza del engaño y la mordacidad de un tipo de moral a la que no estamos acostumbrados a enfrentarnos, a la que además, hay que añadir unas dosis de humor negro y de denuncia de la estructura familiar convencional que, a lo que se nos muestra, marcha a una deriva sin final feliz. En esa contraposición de luces y sombras, sospechas y sorpresas, vamos avanzando en un discurso fílmico prolongado —quizá demasiado—, del que precisa Verhoeven para mostrarnos su tesis acerca de esa doble moral que tanto nos corroe día a día. Es verdad que Isabelle Huppert está inmensa y sale victoriosa en su batalla frente a la cámara, a la que es sometida por parte de su director, a través de unos primeros planos que no dejan espacio para la mentira, o mediante intrépidos movimientos escénicos que inducen a la sorpresa, pero que tanto en un caso como en el otro, se asemejan mucho a los de un felino. Un juego de expresiones a los que la Huppert se enfrenta desde una gama de matices que van, desde la más pérfida frialdad expresiva, al más perverso y provocativo desmantelamiento del deseo que no conoce reglas.



Conviene aclarar que Elle no es una historia real sobre la violación que sufre la protagonista de la misma, Michèle LeBlanc, en el primer plano secuencia del film —perfectamente resuelto por el director, por cierto— sino un sueño, el que tuvo el director de la película, Paul Verhoeven, después de leer la novela Oh... del escritor francés Philippe Djian. Un texto, al que el holandés, a sus setenta y ocho años ha querido dotar de una personalidad y visión únicas, como únicas son la esencia de su cine y la perversión de su alma, siempre dispuesta a poner en entredicho las convenciones de la sociedad en la que vive. El peligro de esta distorsionada percepción del mundo, está en que puede transformarse en una peligrosa —por grotesca— reinterpretación de aquello que el resto tilda de convencional, pues este desenfoque de la realidad, le llevaría a precipitarse —sin derecho a una red salvavidas— por el abismo del cine de grandes efectos especiales, quizá, el último peldaño que ya subió en más de una ocasión cuando dirigía superproducciones en Hollywood.



Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 23 de octubre de 2016

JONATHAN GALASSI, MUSA: LAS CICATRICES DEL MUNDO EDITORIAL VISTAS DESDE LA NOSTÁLGICA MIRADA DE UN EDITOR PROFESIONAL



Ya nada volverá a ser como antes. La juventud ya no se tornará ante nosotros como ese último rayo de sol que se despide tras el perfil de la montaña cada tarde ni los héroes de nuestra adolescencia podrán lograr que recuperemos el brillo que desprendían nuestros ojos a cada nuevo reto, aunque éste fuera tan sencillo como darle la mano a la chica que nos gustaba. Hay mucho de esa necesidad de recuperar las sensaciones del pasado en Musa, una elegía —como confiesa su autor— de un mundo que ya nunca más regresará. Esta novela es un largo poema lírico a la muerte de una industria editorial que ya no existe, como tampoco existe esa necesidad de leer y abordar un libro con la inocente idea de que por sí solo te va a cambiar la forma de ver el mundo o de vivir el resto de tu vida. Novela en clave (roman à clef) o de juegos mentales (jeux d’esprit) son sólo dos definiciones que los críticos y el propio autor han manejado para definir este debut literario del veterano editor Jonathan Galassi. Un debut literario que, si bien comienza con una rotunda frase: «Ésta es una historia de amor. Es sobre los buenos viejos tiempos, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros,…», en sus capítulos iniciales se pierde en una profusa descripción —muy al estilo de la gran novela americana— del ambiente y los personajes que después formarán parte de este historia; una historia en la que las cicatrices del mundo editorial están vistas desde la nostálgica mirada de un editor profesional. Esa minuciosidad descriptiva, sin duda, hace perder ritmo y frescura a la narración, sobre todo, si no eres capaz de visualizar la cantidad de nombres que salen a escena. No obstante, lo mejor de la novela comienza en el capítulo dedicado a la Feria del Libro de Frankfurt donde, con una sagacidad capaz de cortar de un único y certero corte el alma más pétrea, el autor nos derrumba cualquier imagen estereotipada que tengamos acerca del mundo editorial. Galassi, gran conocedor de ese ambiente, nos retrata con excelsas dotes de genialidad ese ambiente viciado de grandes, cenas, no menos importantes borracheras y tan millonarios como insulsos contratos publicitarios, de los que dos meses después sus protagonistas ni se acordarán. En este capítulo, sin duda, a todos aquellos que se dedican a escribir le supuraran las heridas, tanto aquellas que le salen cuando se encierra en sí mismo para dar vida y forma a un libro como cuando sean conscientes de esa falta de interés por el hecho literario en sí mismo que, en principio, no debería ser más que el valor de la obra literaria por sí sola. Esta ausencia de un mínimo de ética por parte de los grandes editores está muy bien reflejada y de paso la igualan a la de otros grandes sectores de la industria cultural o financiera.



Sin embargo, Musa arranca con verdadera devoción hacia el hecho literario a partir del capítulo dedicado a esa falsa diva de la literatura llamada Ida Perkins. Una poetisa de fama mundial que el autor define como «una Meryl Streep cándida, con un toque de vampiresa y una llameante cabellera roja». La visita que el protagonista de la novela, Paul Dukach —un claro álter ego de Galassi aunque éste lo niegue—, al palazzo veneciano donde vive su musa, nos retrotrae a lo que en verdad es importante dentro del mundo de la creación, porque, qué es crear sino la estela de una huida…, una huida a ninguna parte, que Galassi en boca de Ida Perkins describe así: «¿Cuándo, me pregunto, se dedican los escritores simplemente a vivir sus vidas aburridas? ¿No sabe que vivir no consiste en escribir, señor Dukach? Siempre había otras muchas cosas. Los hijos de Arnold. Las compras. La colada… ¡y los médicos! Escribir es algo que uno hace, que los dos hacíamos, debería decir, para escapar, para huir.» Una sensación anti-star-system que se remarca mucho más adelante, cuando el propio Paul se dice a sí mismo: «Había aprendido pronto en su trabajo que los auténticos escritores no habían estudiado en Yale u Oxford; procedían de todas partes —o de cualquier parte—, y la clave de su éxito era su determinación de excavar, de triunfar, por mucho obstáculos que se les pusieran por delante.» En este sentido, Jonathan Galassi lo tiene claro y en una entrevista proclama: «el escritor es el héroe del editor, siempre». Una afirmación que cada vez está más alejada de la realidad, porque no se nos debe olvidar que Musa de Jonathan Galassi son las cicatrices de un mundo editorial que ya no existe y, que además, están vistas desde la nostálgica mirada de un editor profesional.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 18 de octubre de 2016

SIN TESTIGOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



—¿No crees que este asunto lo tendríamos que haber liquidado de otra forma? —le preguntó a su compañero mientras éste limpiaba las gotas de sangre del libro que estaba leyendo.
            —Ya lo sé, pero el mundo no siempre fue así, un lugar infectado de libros mal escritos.
            —¿Y bien, entonces con cuáles nos quedamos?
            —Yo creo que deberíamos tirarlos todos, pero nos viene mejor preservar los de novela negra, porque cuando lleguemos a la costa, necesitaremos un buen abogado que entienda por qué nos deshicimos de ella.
            —Sí, pues por mucho que lo intentamos, nunca comprendió lo de Poe ni lo de los hermanos Grimm.
            —Cierto.
            —Y bien, qué haremos cuando el cadáver salga a flote, porque será muy difícil convencerle al juez de que matamos a su mujer con la única excusa de que queríamos que argumentara mejor su próxima novela.
            —Antes, déjame acabar de leer el último capítulo de la anterior —le dijo, mientras con un revólver le metía dos balazos en la cabeza que de nuevo le llenaron el libro de sangre.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel