miércoles, 30 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (III) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: DEL PUERTO DE GRAVESEND EN LONDRES A NÁPOLES, UNA COMPLICADA TRAVESÍA ACOMPAÑADA DEL DON JUAN DE BYRON #JohnKeats200aniversario

 


17 de septiembre de 1820. Puerto de Gravesend. A bordo del bergantín de vela Maria Crowther, desde el que partirán rumbo a Nápoles. 

“Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú”… es el inicio del último poema que  John Keats escribió el 28 de septiembre de 1820, mientras se alejaba de la isla de Wight, un lugar que le colmó de felicidad en 1817 y donde compuso su largo poema épico Endymion, famoso por su verso inicial: “algo bello es un goce eterno”. Sin embargo, en esta última ocasión, el destino era otro, y le servía al poeta para poner distancia de por medio con su añorada Inglaterra y con su amada Fanny Brawne, destinataria de estos últimos poemas si exceptuamos los que escribió por pura desesperación en el puerto de Nápoles durante la cuarentena que le obligó a estar encerrado en el navío Maria Crowther durante diez días.

     El viaje a Italia era la última oportunidad de conquistar lo imposible, que en su caso, era buscar una posibilidad de sanar de la tuberculosis que persiguió como una epidemia a varios miembros de su familia (a su madre, a su hermano Tom y a él mismo), por lo que podríamos definir su accidentado periplo por el mar que le llevaría hasta Nápoles, como de una huida hacia adelante, en la que el sol y la bonanza climatológica serían sus recompensas. Un premio que nunca llegó a obtener, porque Roma, su destino final, se convirtió en la máxima expresión de la ausencia de capacidad creativa a la que la enfermedad le postergó. Roma, cuna del arte y la belleza, fue la antítesis de sus dotes poéticas, donde la contemplación era el auténtico camino hacia la belleza. En este sentido, Roma para Keats fue una especie de cárcel con barrotes de oro, y también, la máxima expresión de la libertad que él solo alcanzó con la muerte. Víctima de la desesperación que la tuberculosis le producía, y que la distancia que le separaba de su amada Fanny Brawne le aumentaba, cayó como un soldado que se erige en el héroe de su propia derrota.

     Antes de llegar al puerto de Nápoles, el 1 de octubre el barco tomó tierra en la bahía de Lulworth o en la bahía de Holworth, por culpa del temporal que asolaba el canal de la Mancha. Allí, John Keats y Joseph Severn desembarcaron. Y de vuelta a bordo del barco, Keats hizo las revisiones finales de Bright Star. El viaje, en sí, fue una pequeña catástrofe, debido a las tormentas —seguidas de una calma absoluta— que ralentizaron el avance del barco. 

“...pienso, para darle un merecido descanso a mi alma que, en esta ocasión, aunque mis ojos no contaban con el auxilio de los árboles teñidos de rojo para saborear el letargo de mis sentimientos, fueron conquistados por un mar pigmentado de azules verdosos que, a modo de aguja, tejieron mis sueños. Y lo hicieron hasta que esa capa, con la que cubrí en vano mis temores, un día fue descubierta por Severn que, para tranquilizarme, me dijo que no perdiera el tiempo intentando imaginar árboles despeinados sin hojas, porque en mitad del océano me tenía que dedicar a diferenciar el viento suave y cálido del brusco y frío. Lejos de adivinar el designio de los consejos de Severn mi falta de conocimientos marinos me aisló por completo de ese gozo eólico. A pesar de todo no desfallecí, y lo intenté de nuevo buscando en el fondo de mi memoria, y repasé los múltiples contratiempos que nos dificultaron el paso por el canal de la Mancha como antesala del temporal que nos persiguió a lo largo y ancho de la bahía de Vizcaya, lo que me llevó a exclamar: «el agua se separó del mar» (frase que pronunció Keats durante la travesía en barco a Italia, a su paso por la bahía de Vizcaya, cuando en plena tormenta un súbito vaivén del barco inundó su camarote de agua). De ahí, pasé a leer la descripción de la tormenta del Don Juan de Byron, pero en ella tampoco encontré lo que buscaba, hasta que tropecé con Homero que, en la Odisea, concebía un mundo que estaba rodeado por Océano, padre de todos los ríos, mares y pozos.

     «Épica odisea», pienso; una majestuosa aventura que no es la mía, pues yo no regreso a mi casa, sino que huyo de ella. «He de morir lejos de mi lúgubre Inglaterra, al lado de naranjos que difuminan las sombras con una fragancia de azahar que suaviza el olor de la muerte», le digo a mis pensamientos.

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

 

“Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú” es el último poema que escribió sobre una página en blanco de un ejemplar de los Poemas de Shakespeare que, días antes de su muerte, había dado a su amigo y compañero de viaje  Severn. 

SI FIRME Y CONSTANTE FUERA YO, BRILLANTE ESTRELLA, COMO TÚ

Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,

no viviría en brillo solitario suspendido en la noche

y observando, con párpados eternamente abiertos,

como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,

las agitadas aguas que en su sagrado empeño

purifican las humanas costas de la tierra,

ni miraría la suave máscara de la nieve

recién caída sobre los montes y los páramos;

no, aunque constante e inmutable.

reclinado sobre el pecho maduro de mi amada,

sintiendo por siempre su dulce vaivén,

despierto para siempre en dulce inquietud,

callado, para escuchar en silencio su dulce respirar

y así vivir siempre –o morir en el desmayo. 

Poema del que Jane Campion cogió el nombre para su película sobre Keats titulada Bright Star (2009), y que escenifica sus tres últimos años de vida. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (II) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS): AQUELLA CORNALINA OVALADA BLANCA Y SU MECHÓN DE PELO #JohnKeats200aniversario



Hampstead, 13 de septiembre de 1820. Keats se despide para siempre de su amada Fanny Brawne.

El inminente viaje a Italia —que sería al mes siguiente— no hizo que la madre de Fanny consintiera en que se casaran, sin embargo, sí les prometió que, «cuando Keats regresara, se podría casar con Fanny y vivir con ellos. El 11 de septiembre de 1820, Fanny escribió una carta de despedida para Keats que entregó a la hermana del poeta, Frances. Con el consentimiento de Fanny, él destruyó las cartas que su amada le había enviado». Antes del adiós definitivo intercambiaron regalos: «él le ofreció la copia de The Cenci y el valioso facsímil de la hoja de Shakespeare en la que había escrito sus comentarios sobre el soneto del Rey Lear. Le dio una lámpara etrusca y su miniatura, en la que Severn le había retratado con un gran parecido... Fanny le regaló una libreta nueva, un abrecartas, y un “medallón cerrado” con un mechón de su pelo. Keats también le dio un mechón del suyo. Ella le regaló un último símbolo, una cornalina ovalada blanca —piedra semipreciosa—». Stanley Plumly escribió que su despedida el 13 de septiembre de 1820 fue «de lo más problemática... el equivalente, en la mente de  Keats, a haber abandonado la vida y haber entrado en lo que él llamaría su existencia póstuma». 

“Keats —me digo— abandona esa soflama poética con la que adornas tu desgracia y mírate a los ojos a través de la imagen que te devuelve el espejo. No hay otra esencia más pura que la realidad. No intentes fomentar con versos imposibles la belleza de las derrotas, porque todo será inútil. Ni los dioses del Olimpo ni las musas de los más insignes creadores tienen las armas necesarias para frenar el ardor de tus pulmones. Sangre y fuego juntos, como volcanes subterráneos de magmas incandescentes, que de nuevo, en cualquier momento, ascenderán por tu garganta y más allá de tu boca serán el símbolo de una señal que no quieres ver.» Y por un instante pienso que mi estado de salud debe ser peor del que yo creía, porque si la única solución para vencer a la tisis, que poco a poco se apodera de mí, es marchar lejos del invierno inglés y buscar refugio en la soleada Italia, es porque no me quedan más opciones. Me han hablado del doctor James Clark y de sus habilidades para con enfermos como yo que, inocentes, buscan su salvación a través de la poesía. Un poeta es alguien que solo cuenta con su imaginación, y esa no es suficiente para vencer a este delirio exento de pólvora. Me han asegurado que Roma es el lugar perfecto. Allí mi «capacidad negativa» buscará consuelo entre piedras y edificios milenarios decorados con las pinturas más bellas que el hombre haya creado jamás. «Excusa perfecta», pienso. «Y paréntesis sublime para un exiliado del mundo como yo», añado. Y vuelve a mí esa imagen reciente, cuando todos a coro me han dicho, cual tribu de oráculos de sentencias de muerte ajenas: «Roma es el mejor refugio para un poeta.»

Fanny, no te presté atención mientras ellos estuvieron delante de nosotros, pero cuando se marcharon, lo primero que hice fue pensar en ti. Ahora que de nuevo habíamos disfrutado de las aleluyas del amor, y que nuestras manos se habían vuelto a tocar sin miedo. ¿Qué será de ti cuando yo haya muerto? No sé cómo tengo la valentía de pensar en estas cosas si te lo debo todo a ti. Por ti regresé a la poesía y por ti comencé a soñar de nuevo, entre violetas y jazmines, que nacidos bajo el sol de la última primavera, extendieron sus aromas por los amores del incandescente estío. Fanny, aunque no lo comprendas, este viaje es mi última esperanza, una pócima de sabor amargo en la que mis amigos han confiado como la más adecuada de todas las posibles soluciones a mi situación. Tú sabes mejor que yo que mi actual estado financiero no me permite decirles que no. ¡Si no se vendiesen tan lentamente los poemas de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas…!, pero según parece, «la impopularidad de mi nuevo libro se encuentra en que las damas están ofendidas conmigo». ¿Qué damas, te preguntarás? «Y pensando nuevamente en esto, me siento seguro de que nada hay en él cuya esencia pueda disgustar a ninguna mujer a quien quisiera yo agradar; pero es cierto que en mis libros existe una tendencia a colocar a las mujeres junto a las rosas y las golosinas... en un lugar donde jamás se ven a sí mismas ocupando un puesto dominante».

Pero, ¿qué importan todas estas apreciaciones de gustos y estilos si sé que me voy a morir? Fanny, la muerte es oscura y silenciosa… Fanny, estoy seguro de que comprenderás por qué me aferro a la vida con todas mis fuerzas, aunque en mi solitario interior sepa que se trata de un esfuerzo inútil. Más todavía cuando tú ya no estés a mi lado, por mucho que no compartas mi idea acerca de que mi presencia no te puede hacer ningún bien. Tú tienes que vivir la vida de los vivos y a mí solo me queda padecer el calvario de los muertos.

Desde que me has dejado solo en la habitación, no puedo evitar hacerme la siguiente pregunta: ¿cuál es la más bella de las derrotas?, porque al igual que el agua cristalina acaricia la tierra por la que transita sin dejar apenas rastro de su paso, nuestros besos desaparecerán de nuestra memoria cuando me haya ido a Roma, porque lo harán perdidos buscando el polen de la flor equivocada. Yo al menos lo deseo así, por mucho que sea un contrasentido abandonarte para marcharme lejos a buscar refugio dentro de la cuna del arte. Sin embargo, te juro que ni el más bello de los lienzos pintados en Roma, ni la más pura de las brisas de una ciudad engalanada con los versos de los más ilustres poetas serán suficientes para borrar de mi memoria la belleza y la profundidad de tus ojos, porque ellos fueron los culpables de que mi corazón latiera de nuevo. Esa especie de sueño sin días ni noches hizo que ascendiera una vez más a la copa de los árboles y, desde allí, flotara en el limbo de los poetas resucitados. ¿Recuerdas? El tacto…, «el tacto tiene memoria»…, y tu mirada el poder de los deseos imposibles. 

Extracto de la novela Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 24 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (I) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EL DÍA QUE SUS AMIGOS LE EXHORTAN A MARCHAR A ROMA #JohnKeats200aniversario


Hampstead, al norte de Londres. Septiembre de 1820, cuando el verano languidece y la salud de John Keats se resquebraja. ¿Esperanza? Solo una. La de marchar lejos del invierno londinense en busca del sol de Italia. De Roma y sus calles adoquinadas. De Roma y sus museos, su arte, sus fuentes…, y la niebla del Tévere. Todavía lejos del Cimitero accatolico de Roma, y de su famoso epitafio: «Aquí yace Uno/ cuyo nombre estaba escrito en el agua». 

“La luz se torna azul, como si de repente todo hubiese dejado de ser real y mis sentidos acabasen perdidos dentro de uno de mis sueños. Miro el jardín a través de las cortinas de la habitación, y, a pesar de mi malestar, todavía me siento con fuerzas para crear una poesía que sea capaz de atrapar parte de ese reflejo que la última luz de la tarde me envía. «La vida es un reflejo», pienso. Sin embargo, nunca intentamos asir ese efímero destello, sino que más bien nos comportamos como si nuestra existencia se quedara prisionera dentro de la imagen del cristal que solo vemos. Ese es nuestro gran error, porque la verdadera vida huye en apenas un instante, justo el que dura ese centelleo en el que casi nunca reparamos. Yo, ahora busco ese reflejo sin llegar a encontrarlo, y me pierdo como un huérfano lo hace en sus recuerdos. Imágenes que esta vez se depositan en un arca sonora y oscura, próxima y terrible a la vez. Mis amigos, junto al doctor Bry, creen que debo abandonar Inglaterra. Un invierno más aquí agravaría mi estado de salud y sería definitivo para mi vida. La tisis que anida dentro de mis pulmones precisa de otros aires, me han dicho. Y lo han hecho en un tono de tal preocupación y zozobra, que ya no puedo borrar de mi cabeza las expresiones de sus rostros. «¿Acaso existe otra solución?», me lamento entre sollozos imaginados, como aquellos que soñé cuando murió mi madre. Esta vez, mi orfandad es fingida, porque ellos lo han pensado todo por mí, como si fueran los tutores de mi desdicha. Incluso han imaginado el lugar donde mi pecho se sentirá más aliviado, porque antes de venir a verme han decidido que viaje a Italia, ya sea por tierra o por mar. Sonrío al pensarlo, porque casualidad o no, también he recibido una carta de Shelley invitándome a pasar el invierno junto a él en Pisa.

Soy víctima tanto de mi salud como de mi situación económica, pero esta, al menos, se resolverá mediante una colecta entre mis amigos y admiradores, aunque yo, en mi intimidad, me permitiré un gesto de libertad cuando le pregunte a Taylor, mi editor, por el precio del viaje y la cuantía de un año de residencia en Roma. A pesar de mis preocupaciones, todo está arreglado, según parece. No iré solo, porque sin necesidad de discutirlo, Haslam ha tenido la idea de que sea el joven pintor, Joseph Severn, quien me acompañe. Una propuesta que este ha acogido de muy buen grado. Sin embargo, en mi silencio, yo hubiese preferido que Brown, el hombre más cercano a mí y a mi atormentado espíritu, fuera el designado, pero como yo sabía muy bien esa elección era imposible. Sin necesidad de mirarle, por un momento he pensado en las estrecheces económicas a las que se ha visto abocado después de haber dejado embarazada a su criada; un hecho que, en sí mismo, no le permite un gesto tan heroico hacia mi persona. No obstante, son muchas las casualidades que inciden en este viaje, y una de ellas es que Severn disfruta de una beca de la Royal Academy tras ganar la medalla de oro a la mejor pintura histórica por su cuadro Caverna de la desesperación de Spenser, lo que le deja libre de cargas a la hora de acompañarme en esta tenebrosa travesía, y sin la preocupación de ser un nuevo contratiempo para nadie.”

Extracto de la novela Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 9 de septiembre de 2020

IAN McEWAN, LA CUCARACHA: LAS VERDADES QUE SE ESCONDEN TRAS UNA GRAN MENTIRA


Jugar a no ser nadie implica que el que propone ese axioma se convierta en algo tan insignificante para la humanidad como una cucaracha. Sin embargo, lo terrible de esa propuesta es convertir al mundo en una interminable plaga de cucarachas que acaben por dominar los designios de la humanidad. Desde la perspectiva que le proporciona la sátira de un mundo sin rumbo en manos de unos gobernantes que representan las verdades que se esconden tras una gran mentira, Ian McEwan nos propone un juego que parte de un gran referente literario como es el inicio de La metamorfosis de Kafka (espléndido el inicio de esta nouvelle cuando nos relata como el escarabajo se transforma en el Primer Ministro inglés), y que sin embargo, en el resto del relato deja muchos cabos sueltos y la sensación de una prontitud en la escritura que llena de grietas una historia que se tambalean hasta su destrucción, pues si bien es digno de elogio que un escritor como McEwan esté dispuesto a mancharse de barro y ponga en tela de juicio la falta del mismo por parte de los gobernantes de su país y de una buena parte de la población inglesa, debería haber dotado a su planteamiento de algo más que de un ligero divertimento que acaba sin mucha sustancia a la hora de plantearnos alguna alternativa al desastre que se nos avecina y que ya estamos sufriendo. La cucaracha es ese tímido reflejo de la comodidad burguesa que ve cómo se destruye la sociedad en la que vivimos y, sin embargo, no aporta nada para su salvación. Es cierto que la política actual, tanto a nivel internacional como nacional o regional, es un mero ensayo de marketing donde lo único que importa es la suicida necesidad de los mandatarios de salirse con la suya, donde esa “suya” está exenta de toda lógica o moral, o de aquello para lo que hasta ahora pensábamos que representaba la política: la posibilidad de cambio o la transformación hacia un mundo mejor. Sin embargo, la mente del gobernante actual es tan dañina como su morboso narcisismo, más preocupado en su propia imagen o su asesina necesidad de hacer lo que piensa, o mucho peor, lo que otros autodenominados como asesores le dictan sin contar con nadie. El resultado de todo ello es el caos, tal y como nos cuenta McEwan en La cucaracha y su inconfundible caracterización de Boris Johnson, o un Donald Trump más preocupado del Twitter que de su política de Estado, o un Macron conciliador sin fuelle. En este castillo de un solo dragón reina un solo rey, y sobre todo, un desquiciamiento generalizado de una clase política que gobierna bajo la sombra de su propia verdad, a la que cabría acotar como de las verdades que se esconden tras un gran mentira; mentiras que traspasan los límites del populismo para situarse en una esquizofrenia colectiva apoyada por aquellos que hacen de acríticos altavoces dentro de una sociedad cada vez más incapacitada para la réplica y más preocupada por oír su voz (única y autoritaria hasta el infinito). Esa ausencia de alternativa tan apabullante contra el buenismo en el que nos desenvolvemos, sin duda nos condena como sociedad a un futuro muy negro y mucho más apocalíptico que las peores de las distopías que ahora gobiernan un universo literario cada vez más huidizo y ramplón con todo aquello que suponga ir a la contra. El tiempo de las revoluciones ha muerto, y caminamos sin remedio hacia el de las afinidades sin derecho de réplica. En este mundo exento de una contracorriente con una mínima visibilidad no hay cabida para otra realidad que la oficial. Hace tiempo un gobernante español dijo que: «aquel que tiene la información posee el poder», a lo que ahora cabría añadir, que aquel que posee la información tiene el poder de manejarla a su antojo y crear verdades que se esconden tras una gran mentira.   
 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 5 de septiembre de 2020

JAMES SALTER, LOS CAZADORES: LA SOLEDAD DEL MIEDO


Enfrentado a su destino bajo los designios del acierto del fuego enemigo. Aislado del mundo y sin pisar tierra firme. Condenado a sobrevivir a su propia gloria. Así se enfrenta, parapetado bajo una cazadora de aviador que no le resguarda del intenso frío del invierno coreano, el álter ego de James Salter (Cleve Connell) a la soledad del miedo que le persigue. Esa soledad que se refugia en la humedad que te cala hasta los huesos y deambula por tu alma con la pureza del desamparo se traduce en un miedo a morir. Un miedo a probar los límites de nuestra existencia. Y una desdicha que explora sin remedio los límites a confrontar los éxitos del pasado con la incertidumbre del presente que se cierne sobre el piloto de combate que sabe que depende del número de aviones enemigos que logre derribar para seguir en el podio de una élite tan ficticia que representan los once segundos en los que un avión enemigo puede acabar con todo su esplendoroso palmares. Y, a su lado, la necesidad de seguir sintiéndose hombre, ser humano y creer que todavía merece la pena enamorarse para sentirse más vivo lejos del infinito de los cielos azules que le esperan encima de las nubes en cada misión que cumple sobre terreno enemigo. En Los cazadores de James Salter hay ruidos envueltos en silencios que nos resultan tan atronadores como la más mortífera de las bombas. Sin especulaciones, y con la frialdad y la crudeza que caracterizan a sus novelas, es capaz de mostrarnos en aquello que deja en el aire toda una suerte de innumerables matices sobre lo que significa ser un piloto en la guerra y aquello que en verdad importa para el hombre que tiene los pies en la tierra. Sin embargo, con el paso de los días esa soledad del miedo que le acompaña se erige como una enorme ola que lo arrasa todo y le aleja de su entorno, y por supuesto, de sus compañeros. Con unas ricas descripciones geográficas del paisaje que ve desde las alturas, y unos encuentros bélicos que nos remiten a las mejores películas de acción bélica, Salter es capaz de rescatar bajo ese escenario (de humo y destrucción) un rayo de luz que ilumina a la buena literatura y la confronta a la desdicha de la guerra y la muerte. Ese espejo de la muerte al que se somete el protagonista (día a día) y que ejerce de contrapunto de una gloria siempre caprichosa y esquiva, es el reflejo más vivo y demoledor de aquello que hemos perdido y sabemos que nunca jamás volverá, porque tras cada misión el alma del verdadero piloto es distinta dada la urgencia vital a la que se enfrenta. Una herida que poco a poco se vuelve más profunda. 

James Salter, con esta novela (su primera incursión en el mundo literario tras abandonar el ejército y que fue publicada por entregas en 1956 y reeditada cincuenta años después tras una profunda revisión por parte del autor cuando ya había conseguido un merecido reconocimiento literario por parte de crítica, público y escritores), vuelve a esos inicios siempre inseguros que, en esta ocasión, sin embargo, nos resultan delatores del gran bagaje como narrador de este escritor norteamericano que, a pesar de su escasa producción literaria, ha conseguido estar entre los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Apartado del ruido mediático y consciente de su escasa imaginación para poder crear historias, fue sin duda un gran observador de la vida y sus gentes. Afianzándose, con el paso del tiempo, como un gran verdugo de las pasiones y derrotas ajenas, y también como un escrupuloso narrador de la vida en sí misma, tal y como hace en esta novela, donde la guerra y la aviación son solo la excusa perfecta bajo la que delinear las aspiraciones y bajezas del ser humano que siempre se ponen de manifiesto en los momentos más duros de nuestras vidas. Esa vida, sin perdón posible, del piloto de combate que no es capaz de derribar aviones enemigos, se convierte en esta novela en la gran encrucijada de unas vidas marcadas por el azar de la gloria y la desdicha de la muerte. Y lo hacen en un juego de sinergias que como un avión que desciende en bucle desde lo más alto hasta chocar con el suelo, van dando vueltas sin remedio en busca de su final. Japón, y sobre todo Corea, ocupan ese margen geográfico en el que se desenvuelve esta trepidante novela. Una novela, que compagina con esa mano maestra de Salter (repleta de gestos y guiños de cara al lector) lo mejor y lo peor de los seres humanos. Y lo hace con la fuerza que posee ese frío perenne y cruel que se cuela por la cazadora de un aviador que sabe que su destino mientras que esté en el frente será afrontar la soledad del miedo.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 28 de julio de 2020

IRÈNE NÉMIROVSKY, LOS FUEGOS DE OTOÑO: EL RESPLANDOR QUE PURIFICA LA TIERRA Y PREPARA LAS NUEVAS SEMILLAS

Detener el tiempo. Apoderarse por un instante de él. Y hacer una foto fija de aquello que se quiere transmitir, contar, sentir… Una vez más, la condensación del tiempo del que sabe que no lo puede malgastar en los superfluo se adueña de nuestros sentidos al leer esta agonía de las emociones humanas que representa Los fuegos de otoño, donde el miedo, la angustia, el terror, el amor, el deseo o la juventud se nos muestran como un largo travelling de las emociones humanas. Una tras otra. Cada una a su tiempo. Incrustadas con la maestría a la que nos tiene acostumbrados la autora ucraniana para conformar este gran fresco de la historia contemporánea. En este sentido, la perfecta coordinación de las elipsis y su sabia distribución hacen de esta novela una singular muestra de todo aquello que redime y condena al ser humano. Cuesta, y mucho, imaginar a Irène Némirovsky aislada bajo los árboles escribiendo en sus cuadernos. Al aire libre. Donde la libertad todavía forma parte de la magia de la creación. Donde el tiempo se detenía por un instante, aquel en el que ella construía y reconstruía sus historias y su vida, tan pegada al trágico destino de varias generaciones. Los fuegos de otoño está concebida como un fresco contemporáneo de aquello que estaba ocurriendo en el desmoronamiento de Europa y la sociedad burguesa condenada a cambiar. Así, la novela se nos presenta, de nuevo, como un mapa de las grandes emociones humanas que la autora ucraniana tan bien diseccionaba y que ya están presentes en el inicio de la misma: «En la mesa había un ramillete de violetas frescas; una jarra amarilla con la tapa en forma de pico de pato, que se abría con un leve chasquido par dejar pasar el agua; un salero de cristal rosa con la leyenda “Recuerdo de la Exposición Universal, 1900”. (En doce años, las letras que la formaban se habían descoloridos y medio borrado)». ¿Acaso cabe decir más en tampoco?, pues esta imagen estática es una fotografía demoledora y premonitoria de los nuevos tiempos que se avecinaban. A esta gran particularidad de su literatura habría que añadirle otra no menos importante o transcendental, como es la de la valentía. Némirovsky, refugiada en sí misma los últimos meses de su vida antes de ser arrestada por el gobierno de Vichy en Issy-L’Évêque y ser traslada a Auschwitz, fue consciente de que le quedaba poco tiempo y, aparte de dedicárselo a sus hijas, lo utilizó para escribir simultáneamente dos de sus grandes obras, la célebre Suite francesa, cuya versión corregida saldrá a la luz en otoño en Francia, y Los fuegos de otoño, publicada recientemente por Salamandra con las últimas correcciones que la autora le introdujo antes de ser arrestada. Estas últimas correcciones han dejado a Los fuegos de otoño como ese resplandor que purifica y prepara las nuevas semillas, tal y como se recoge en una pasaje de la misma: «La señora Pain se dejó invadir por un ligero y breve sueño, y de pronto, se encontró en un lugar desconocido, en el que veía acercarse a Thérèse. Ella rodeaba con los brazos a su nieta, le acariciaba la cara y le hablaba.. ¡Oh, con qué sabiduría le hablaba! Le explicaba el presente. Le revelaba el futuro. La cogía de la mano y caminaban por grandes campos en los que ardían hogueras. «¿Ves? —le decía—. Son los fuegos de otoño. Purifican la tierra; la preparan para las nuevas semillas. Vosotros aún sois jóvenes. Esos grandes fuegos aún no han ardido en vuestras vidas. Pero se encenderán. Y devorarán muchas cosas. Ya lo veréis, ya lo veréis...»  

Los fuegos de otoño son el retrato sin escrúpulos de la falta de unos principios y una moral por parte de una sociedad que llevaron a Europa al desastre de la IIGM. Una catástrofe que se fraguó tras la declaración de paz de la IGM y los locos años veinte, donde todos querían su porción de la tarta y la diversión hedonista del cuerpo y la perpetua evasión de la purificación del alma, como mejor ejemplo del resplandor que purifica la tierra y prepara las nuevas semillas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 12 de julio de 2020

GIANFRANCO CALLIGARICH, EL ÚLTIMO VERANO EN ROMA: LA APOSTASÍA DE LA LIBERTAD

Un credo: la vida. Una condición: sin límites. Una prisión: Roma. Un refugio: el amor… «Roma… era el único lugar donde podría vivir. Si pienso en esos años, sin embargo, apenas consigo ver con nitidez unas cuantas caras, unos cuantos hechos, porque Roma tiene en sí misma una ebriedad particular que abrasa los recuerdos. Más que una ciudad, es una parte secreta de ti, una fiera escondida. Con ella, no hay medias tintas, o le tienes un gran amor o debes marcharte, porque eso es lo que la dulce fiera exige, ser amada.» 

La soledad del hombre frente al mundo. Frente a sí mismo. Y a esa incalculable medida que es la desesperación del que no encuentra una excusa para seguir hacia adelante. Esos días sin nada. Y esa perplejidad en forma de onda profunda que tan bien expresó Pessoa en sus escritos, y en su obra, recorren los límites de El último verano en Roma de Gianfranco Calligarich. La apostasía de la libertad. La propia. La irrenunciable. Camina con paso firme a través de una autodestrucción que llevará a Leo, su protagonista, a buscar refugio en el mar. Cama insondable y perpetua de los sueños, y el descanso que proporciona la decisión que por fin sale a la luz cuando creemos ser felices. Felicidad instantánea. Efímera. Cruel. Y hasta sin sentido. Una locura que se muestra bella y profunda. Tan bella y profunda como la eterna ciudad de Roma. Marco inseparable de esta historia que transcurre a principios de los años setenta. En ese interludio de bonanza económica que precedió a la crisis del petróleo. En ese período de tiempo donde los amigos te ofrecían un trabajo si no lo tenías. Un trabajo sin muchas responsabilidades, pues la verdadera amistad amortigua los límites del fracaso. Leo ahí se muestra impasible, majestuoso en su vagabundeo callejero por una ciudad fantasma, apenas perceptible para los turistas. Una ciudad majestuosa que el protagonista recorre sin límite de tiempo. Desde la Piazza del Popolo al Trastevere. Pasando por La Via del Corso. Piazza Spagna, etc. Hasta terminar en la inconmensurable Piazza Navona y sus cafés, su letargo y su desmedida opulencia. Sin embargo, todo esto permanece ajeno dentro del alma de Leo, que deambula por los adoquines de Roma encerrado en sí mismo, visitando las casas de los otros: sus amigos o desconocidos. Y aferrado al alcohol como un salvavidas hasta que ella aparece en su vida: Arianna. 

El último verano en Roma es un canto desesperado a la vida. A la relación de un hombre con sus semejantes. Y la de este hombre con una ciudad: Roma. Nada es ajeno a esas sombras que se proyectan sobre Leo en ese peregrinaje interior que a veces se confunde con el tórrido calor de la ciudad eterna y su soledad en el ferragosto romano. Una salida o un final a una angustia que tampoco desaparece con la llegada del mes de septiembre. Gianfranco Calligarich afronta esta rebelión contra el mundo desde la perspectiva del héroe mudo y encerrado en sí mismo que no  busca más que una respuesta a todo aquello que le rodea. A su vida. A la necesidad o no del amor. O de la familia. Y lo hace en un entorno que no le dice nada a pesar de su belleza y su magnificencia, como tampoco lo hará ante el encanto caótico y personal de una bella Arianna. Entre sus propias grietas, Leo será fiel a la amistad que representa su amigo Graziano, por mucho que éste sea el reflejo del agua que se encuentra estancada en un pozo. Nada es banal en la vida de Leo, por más que sus posturas sean incomprensibles. Quizá, porque vaya recorriendo la calles de Roma expresando la apostasía de la libertad. Una libertad que no tiene, pues se encuentra encadenado a sí mismo. 

El último verano en Roma fue la novela ganadora del Premio Inedito 1973 y publicada ese año por Garzanti en una edición de 17.000 ejemplares que se vendieron en un solo verano para luego desaparecer y convertirse en un libro de culto entre exploradores de librerías de lance y tenderetes ambulantes hasta que en 2010 volvió a ser publicado por la editorial Aragno. Una edición que también se agotó. Bompani la rescató de nuevo en 2016, 43 años después para sacarla del anonimato. El resto ya es historia.   

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 2 de julio de 2020

THOMAS MANN, LA MUERTE EN VENECIA: LA BELLEZA ENVENENADA


Los lugares comunes que habitan dentro de nosotros y, sin embargo, pasan desapercibidos para nuestros sentidos hasta que aquello en lo que nunca nos fijamos o sentimos se apodera de nuestra zona oscura de una manera fortuita para zarandearnos en lo más íntimo y remoto de nuestro ser, como si de repente nada hubiese tenido sentido hasta entonces, es el marco de un cuadro cuyo fondo es el de la desesperación. Una desesperación que representa la ruptura que nos viene anunciada por los sentidos y no por la razón, lo que nos hace dudar de ella. Sin embargo, nada podemos hacer para evitarla, porque cuando esa vocación secreta sale a la luz es igual al nacimiento de un nuevo ser. Un monstruo interior que una vez que se libera nos traslada hasta ese abismo del que no podemos separarnos, por mucho que sepamos que ese nuevo ser es la expresión única de la belleza envenenada que el destino ha decidido poner en nuestra vida. La muerte en Venecia de Thomas Mann es ese canto del cisne que se produce cuando no cabe esperar nada más allá de la repetición tozuda y pertinaz de nuestros días y, que en el caso del protagonista de esta novela corta —el escritor, Gustavo Aschenbach—, es la ilusión de realizar un viaje que le acoge durante un paseo del mes de mayo por los alrededores de Múnich, cual Robert Walser que se hubiese hecho presente en la persona de Aschenbach: «Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones». Unas visiones que, al final, le llevarán a la ciudad de Venecia, llegada y punto final de sus aspiraciones más oscuras. Venecia, junto a su destino, le esperó con sus baños de sol, sus calles estrechas y estranguladas, sus monumentales palacios e irrepetibles iglesias, y el viento tórrido y húmedo que recorría sus plazas y canales. Una Venecia que supuso un punto de inflexión en el carácter moral tanto de su vida como de su obra: «Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación… ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?»

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann supone ese enfrentamiento muchas veces invisible entre lo deseado y lo realizado, donde el camino de la búsqueda de la belleza se transforma en una nueva forma de encontrar aquello que nunca fuimos capaces de admitir que nos pertenecía. Para Aschenbach tomará la forma de un cuerpo bello y transparente, el del joven polaco Tadrio: «¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? Un artista que finalmente sucumbe por la fuerza de los sentidos ante esa belleza espiritual que le vence». Solo y perdido en sus propias divagaciones, de las que apenas huye cuando visita la ciudad encantada de Venecia y su embrujo, marcha con paso firme hacia aquello que ni siquiera él conoce o es capaz de admitir, porque como dice el propio Thomas Mann, en boca de su protagonista: «Así los dioses, para hacernos perceptible lo espiritual, suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la juventud humana, de esa juventud nimbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza.». Un dolor y una esperanza que se desvanecen en el horizonte que nos acerca al final de la vida. 

Thomas Mann, con un depurado estilo de la concreción y el ritmo a la hora de mostrarnos todo un inabarcable universo, se apoya en el discurso entre Sócrates y Fedón para reafirmar el carácter destructivo que a veces posee la belleza en sí misma como productora de espejismos que sólo percibe aquel que los sufre: «La belleza es, pues, el camino del hombre sensible al espíritu, sólo el camino, sólo el medio, Fedón… “La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea”». Y es en esa ambivalencia, entre razón y deseo, donde La muerte en Venecia se transforma en la belleza envenenada. 

Ángel Silvelo Gabriel.


jueves, 25 de junio de 2020

JOHN BANVILLE, EL MAR: LA LETANÍA DEL AHORCADO


El mar como refugio de la muerte y sus recuerdos. Y también de la vida y sus encrucijadas. Interrogantes, unos y otros, que sólo uno mismo sabe que están ahí. A la espera de esa respuesta imposible, como imposible es resucitar a la persona que se ha ido. Un desaparecido entre el vaivén de las olas que todo lo tragan, y a veces, algo nos devuelven. La metáfora del mar en la novela de John Banville es como una letanía del ahorcado, porque en ella se hayan todas las plegarias del amor y del pasado. De aquello que se silenció y nunca se dijo. De la lealtad ante el precipicio que conduce a la muerte. Y de la fuerza de un pasado al que se necesita volver para revisitar aquello que fuimos, porque ese es el único refugio en el que abrigarnos de la intemperie del día a día. Con un estilo pulcro y sin más florituras que las de sugerir más que mostrar, Banville se precipita en esta novela —ganadora del Premio Man Booker 2005— sobre la incapacidad que mostramos sobre la soledad forzada; sobre la fragilidad del ser humano que no sabe hacia dónde dirigirse sino es a ese mar que esta vez ni cura ni salva, sino que se muestra retador con los recuerdos. En esos márgenes donde la marginalidad no levanta sospechas, su protagonista, Max Morden, muestra esa rebeldía —solapada a lo largo de su vida— para pedir un auxilio asincopado carente del ritmo frenético de las emergencias.

En esta novela el mar se nos muestra como un escenario imaginario dentro de la mente de Max Morden y lleno de esa capacidad innata de evocación que tienen las olas a la hora de rescatar esa parte de nuestras vidas que se desdibujaron por el continuo vaivén de los días. En clave casi poética a veces, irónica otras y con dosis de novela negra en su recta final, Banville nos sumerge en un universo de ahorcados sin sogas visibles al cuello. En una sociedad que desprecia a la muerte y nos muestra a los seres humanos como personajes de ficción: inmortales y atados a las carencias de unos valores que necesitan de la plenitud de una juventud imaginaria y siempre imaginada. Al otro lado de esa hueca salmodia, el protagonista de El mar se pierde en su propio espejismo, aquel que busca un sentido contrario a la inmortalidad y al nulo valor que le damos a la muerte. Como nulo es el culto que nuestra forma de vida tiene hacia las miserias ajenas. Igual de nulo que el de aquellos que nos avisan de que la vida es un camino lleno de abismos. Abismos que solo ven y solo sufren los que conocen cual es el verdadero valor de la vida. Aquel que se refugia en el preaviso de una muerte anunciada. La constatación de una ausencia. O el triunfo del que se lanza al vacío desde la azotea de un edificio de catorce pisos de altura. El culto a la vida solo piensa en sí mismo. Y en despreciar a los demás. Es un espejo que no tiene la cualidad del reflejo. Es un agujero negro, compacto y oscuro, porque nadie acepta la fuerza genocida de la barbarie que se cierne sobre nuestros hombros. En este tiempo de pandemias indiscriminadas las muertes pesan. Y a los muertos se les olvida. Muertos como hologramas planos que primero aparecen y más tarde se van. Nuestra inmolación de la muerte es infinita, igual de infinita que el dolor que provoca la ausencia de la persona amada.

John Banville, en El mar nos arrastra hacia su interior para mojarnos con esa letanía del ahorcado que se convierte en una oración ordenada de movimientos reflejos que nos conducen a una sinergia donde el instinto no puede engañar a los sentimientos. Y donde la muerte no es un simple pasar página, como si todo se redujera a una apacible tarde de playa con sombrilla incluida con la que poder refugiarnos del dios sol y sus dañinos rayos que todo lo envejecen y precipitan. Como dijo Albert Camus: «El Acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos.»

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 11 de junio de 2020

FERNANDO PESSOA Y LISBOA: UN GRAN TEATRO DE VOCES


En el 132 aniversario del nacimiento de Fernando Pessoa (13 de junio de 1888), en la ciudad de Lisboa, la vida sigue siendo un gran teatro de voces: de nuestra infancia, casi olvidada; de nuestra adolescencia, siempre perturbada por el juego de los deseos; de nuestra juventud, atascada por la voluntad de los otros; y de nuestra madurez, perdida en la llanura del tiempo. Atravesar ese teatro de voces es como querer parar el tiempo y de ese modo iniciar el transcurso de nuestros días, pero lejos de creer que eso sea posible es preferible pensar que ese imaginario teatro de voces es como arribar en la nada por el simple placer de sentir la perfecta sincronía de estar solo y perdido. Solo y perdido en un bosque que nadie más que uno mismo conoce; un bosque en mitad de una naturaleza que, por fin, es lo que uno quería que fuese, y en la que uno se cobija como si fuera el animalario de sus sentidos. De ese modo, vista, olfato, tacto, gusto y oído, se nutren, cada uno de ellos, de la esencia del resto de los sentidos, igual que hacen las entrañas mientras yacen desdibujadas en nuestro interior. Esa posibilidad de lo imposible es igual que un mero acertijo que se repite día tras día y, que para nuestra desdicha, no termina ni con la muerte, porque «somos arrojados a la intemperie de un mundo desencantado, y con la implacable lucidez de saber que no hay escapatoria o refugio, ni en este mundo ni en otro». 

Ante esta intemporalidad de la vida Pessoa decía que: «Nunca he sentido nostalgia de la infancia; nunca he sentido nostalgia de nada. Soy, por índole y en el sentido literal de la palabra, futurista… Tengo del pasado tan sólo la nostalgia de personas idas a las que he amado; pero no es una nostalgia del tiempo en que las amé, sino de ellas; las querría vivas hoy, y con la edad que hoy tendrían si hasta hoy hubiesen vivido.» Esa búsqueda, sin duda, le hizo descubrir su drama en gente, porque a través de la literatura él encontró la forma de estar vivo, tal y como dejó plasmado con apenas veinte años: «el primer alimento literario de mi infancia fueron los numerosos relatos de misterio y horribles aventuras. A los libros que se suelen llamar infantiles y tratan de experiencias emocionantes nunca les presté atención. Nunca me identifiqué con la vida saludable y natural. No me fascinaba lo probable sino lo imposible, y no lo imposible por grado, sino por naturaleza. 

            Mi infancia fue tranquila, mi educación adecuada. Pero desde que tengo conciencia de mí mismo, he percibido en mí una tendencia innata a la mistificación, a la mentira del arte. Añádase a esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, después de todo, no es sino una variante de ese primer rasgo de mí mismo, y mi personalidad queda completamente descubierta ante la intuición». Ese Pessoa: solitario, temeroso, muy imaginativo, sensorial y sensible fue un niño que no paraba de buscar en la frontera que dividía a la realidad de la ficción. Voces y sonidos del exterior que traducía a su propio lenguaje. Pessoa, hay que reconocérselo, nunca quiso transitar por un mismo terreno, lo que le llevó a cultivar tantas formas de expresión como su mente y el tiempo en el que vivió le permitieron: anuncios, cartas comerciales y amorosas, poesías épicas, futuristas o mecanicistas, novelas policiacas, diarios apócrifos, ensayos de historia y filosofía, manifiestos políticos y patrióticos, relatos breves, críticas de arte…, por tanto, no le debió resultar tan extraño que la figura del amigo imaginario se le hiciera presente junto a la capacidad creativa y lectora de una forma temprana en su infancia, más si cabe, cuando se vio obligado a aislarse del teatro de voces procedentes de la Ópera de Lisboa —Teatro San Carlos— que se hallaba frente a su casa, o de la niña que no dejaba de aporrear el piano en el piso de arriba mientras aprendía a tocarlo o desafinarlo. Ambas circunstancias le llevaron a marcar un territorio, en el cual, nadie podría entrar y, en el que además, se aisló de esa gigantesca caja de sonidos en la que había sido depositado tras su nacimiento. Desde entonces, ese mundo interior que tanto fomentó desde pequeño le exilió de una forma definitiva de la sordidez de aquellos sonidos y aquellas gentes que no le interesaban nada. Él buscó y halló sus propios sonidos reconvertidos en ecos de voces múltiples. Amigos imaginarios que, sin embargo, no eran invisibles dentro de su cabeza, y que le hicieron ser ese otro siempre a la fuga. A la fuga de la soledad. A la fuga de ese perpetuo caos de sus sentidos desde el que nacía su soledad; una soledad que combatió a través de los heterónimos: su particular teatro de voces. Amigos imaginarios que le capacitaron para crear su propia escena artística y cultural desde su aislamiento. Fronteras que se superponían unas a otras a través del lenguaje y las palabras, donde aquello que más importaba era lo que no se tenía. Su praxis vital estuvo llena de experiencias perdidas, de ensoñaciones rotas por la luz del día al amanecer, de vidas imaginadas por otros e imposibles de vivir en un mundo adherido a la racionalidad de la materia. Pessoa fue un poeta oficinista y un niño con amigos imaginarios que no sabían eludir la irracionalidad de sus pensamientos o el tormento de la perfección que le castigaba con la imposibilidad de llegar a ser feliz. ¿Para qué queremos ser felices si no sabemos disfrutar de la felicidad? 

Pessoa encontró su particular saudade en las tascas, bodegas y cafés de Lisboa que, en su mayor parte, ya no existen, si exceptuamos su preferido, el Martinho da Arcada, donde todavía permanece vacía la silla en la que él acostumbraba a sentarse junto a sus gafas; o el célebre A Brasileira, plagado de turistas que, ávidos de inmortalizarse junto a la escultura del poeta, no son conscientes de que cada vez que se sientan a su lado, le tocan, o se hacen una fotografía abrazados a él, poco a poco borran las huellas de su leyenda. Unos turistas que, en su mayoría, desconocen que muy cerca de allí nació el poeta, en el Largo de San Carlos número cuatro, un inmueble que se hallaba frente a la Ópera de Lisboa —Teatro de San Carlos— y, que también fue bautizado a pocos metros de allí, en la Iglesia de Los Mártires del Chiado y, que casi al lado de ambas, se halla la que dicen que es la librería más antigua del mundo —la librería Bertrand en la misma Rua Garrett—, que hace de testigo de todo ese enjambre pletórico de recuerdos y melancólica nostalgia donde reposar los sueños: los propios y los ajenos. La Lisboa de Pessoa es muy distinta a aquella que él mismo describió en 1925 en una guía que tituló Lo que el turista debe ver, una suerte de redacción descriptiva que parece una venganza de cara a alejar a todos aquellos que deciden visitarla, porque la verdadera, la Lisboa de Pessoa, es otra. Una ciudad que, desde su infancia, él convirtió en un gran teatro de voces.  

«Otra vez vuelvo a verte, pavorosamente perdida ciudad de mi infancia… Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí… ¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví, sí, y que aquí volví a volver y volver, y que volví a volver aquí aún, todavía? ¿Somos quizá esos Yo que estuve aquí o estuvieron, serie de cuentas -entes enlazadas por un hilo- memoria, serie de sueños míos de alguien que me es externo? 

Poema Lisbon revisited

«Otra vez vuelvo a verte,

pavorosamente perdida ciudad de mi infancia…

Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…

¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví,

sí, y que aquí volví a volver y volver,

y que volvía a volver aquí, aún, todavía?

¿Somos quizá esos. Yo que estuve aquí o estuvieron,

serie de cuentas —entes enlazadas por un hilo— memoria,

serie de sueños míos de alguien que me es externo?

 

Otra vez vuelvo a verte,

El corazón un poco más remoto y el alma menos mía.

 

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-,

inútil transeúnte que soy de ti y de mí,

aquí extranjero como en todas partes,

casual en la vida al igual que en el alma,

fantasma errando por salas de recuerdos,

al rumor de ratones y de tablas que crujen

en el maldito castillo de tener que vivir…

 

Otra vez vuelvo a verte,

a ti, sombra que pasa entre sombras, y brilla

un momento, a una luz desconocida y fúnebre,

y penetra en la noche cual la estela de un barco se pierde

en el agua y se deja de pronto de oír…

 

¡Otra vez vuelvo a verte,

pero, ay, ya no me veo!

Quebró el mágico espejo en que me volvía a ver idéntico,

y en cada fatídico fragmento veo ya, solamente, solo un poco de mí,

 

¡tan solo un poco, sí, de ti y de mí!... 

Ángel Silvelo Gabriel.