miércoles, 6 de diciembre de 2023

BRET EASTON ELLIS, LOS DESTROZOS: EL FRACASO DE LA GRAN NOVELA AMERICANA

 


¿Por qué nos miente el tiempo? ¿Por qué nos engañamos cuando queremos atrapar el pasado cuarenta años después masificándolo de detalles que nunca existieron? ¿Por qué no somos capaces de mirarnos al espejo y decir: basta? Simular una vida perdida en un pasado lejano y reconvertirla en algo que seguro nunca existió, adornándolo como si fuese un árbol de Navidad cuyas luces no lucen ni brillan, es una gran falacia. En este sentido, la última novela de Bret Easton Ellis, Los destrozos, representa el fracaso de la gran novela americana. Una falsa obra maestra de uno de los escritores llamados a seguir la estela de Hemingway, Fitzgerald o Thomas Wolfe, pero que sin embargo, naufraga una vez más sin apenas salir del puerto del que quiere partir. La última novela de Ellis es insulsa. Aburrida. Inexplicablemente extensa. Y repetitiva, como si su autor no supiera salir de su jaula de oro y se comportarse como hámster que no para de dar vueltas a una rueda que sólo tiene la posibilidad de la repetición. Porque de nuevo, en esta novela, asistimos al mundo desenfadado y plomizo de unos jóvenes americanos atrapados en las drogas, la música, las fiestas y la cocaína, pero esta vez sin pulso narrativo ni trama que los sostenga. Baste decir que la novela no empieza a narrarnos la verdadera historia de lo que Ellis nos quiere contar hasta más allá de la página trescientas. En este caso, el autor de Menos que cero hubiese necesitado, igual que Thomas Wolfe en su momento, un editor como Maxwell Perkins para dejar esta historia en no más de doscientas páginas de un nihilismo adolescente sin pasión y acartonado, como los falsos escenarios de Hollywood. Esta desidia compositiva no es nueva, pues ya está presente en su novela Suites imperiales, donde una vez más su protagonista (álter ego de Ellis) regresa a Los Ángeles y establece su repetitiva paranoia acerca de la persecución y la muerte como símbolos que marchan pegados a su espíritu. Un espíritu sin alma. 

Los destrozos es un sinfín de imágenes que se aproximan más a su paso como guionista de cine por Hollywood, que a una novela de autoficción como la denomina él, aunque al final de la misma se nos recuerde que cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Ellis, en este sentido, podría haber aprovechado su paso por la Meca del cine (sí lo ha hecho respecto a sus diálogos y escenas de acción) para emular a un Fitzgerald acabado que, sin embargo, en su paso por Hollywood fue capaz de escribir una fabulosa colección de relatos titulada Crack-up, donde explota el lirismo del fracaso de una forma brillante, o escribir (aunque la dejara inconclusa) esa pieza maestra que es El último magnate. Algo que un escritor de su época como Jay McInerney también ha hecho y que no le ha impedido seguir construyendo una obra literaria que sí se mantiene en el tiempo, y que además, explora las pasiones y fracasos de su generación y de su país, pues sólo hace falta leer su acertada La buena vida (en la que aborda los atentados del 11-S en Nueva York) para darnos cuenta del pulso narrativo que aún posee. Por todo ello, cabe preguntarse qué podríamos esperar de ese egocentrismo vital y físico al que nos tiene acostumbrados Ellis en sus últimas novelas, de las que sólo se salva ese pulso narrativo marca de la casa, donde el ritmo endiablado de secuencias musicales y descriptivas te llevan a lo largo de la historia sin apenas darte cuenta, pero que en Los destrozos desgraciadamente ocurre muy pocas veces, pues la intención de la misma es una aburrida reivindicación de una época ya explorada hasta la saciedad y sobre la que Ellis no aporta nada nuevo, porque se pierde en aburridas descripciones sin interés y muy repetitivas. 

En definitiva, Los destrozos es una triste reminiscencia de Menos que Cero y American Psycho, los dos latigazos narrativos que encumbraron a Ellis como la gran esperanza de la novela americana, y que sin embargo, en esta novela vira en sentido contrario, para hacer de él y de su figura como escritor, el mejor ejemplo del fracaso de la Gran novela americana. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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