martes, 9 de octubre de 2012

EL VIENTRE DEL ARQUITECTO: LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA QUE CONDUCE A LA MUERTE

¿Hay un mejor leitmotiv en la vida que buscar la belleza hasta el último latido de nuestro corazón? Por muy loable que nos parezca la empresa, pocos se dedican a ella con verdadero ahínco, y en la mayoría de los casos, todo se queda en un oscuro reflejo hedonista. Sin embargo, Peter Greenaway, fiel a sus postulados cinematográficos, se desmarca de la sencillez más obvia para rebuscar de nuevo en lo más profundo del ser humano, y en ese último objetivo vital que a cada uno de nosotros nos mueve día a día sin necesidad de que nadie nos lo recuerde, ejercer de notario de la vida propia y ajena. El vientre del arquitecto, entre otras cosas, es un ejercicio existencial y esteticista que no sólo se regodea en la búsqueda de la belleza, aunque ésta sea la culpable de conducirnos a la muerte. Sí, todo resulta tan sublime, que nunca más volveremos a ver a la pétrea y hermosa Roma, engalanada para una ocasión tan memorable como bajo el ojo sensible e inteligente con el que la filma Greenaway, a medio camino entre la melancolía y la magia; con unos encuadres y unos tonos de luces que la convierten en el cuento de hadas con el que siempre hemos soñado.

La belleza como arquetipo de vida, ese es el leitmotiv que mueve a Kracklite, un voluminoso y exuberante arquitecto (interpretado por un extraordinario Brian Dennehy, sin duda, este es el papel de su vida), que convierte a esa búsqueda en un sueño imposible, pero que él necesita hacer realidad para poder llegar a conocerse a sí mismo, y de este modo expresar su manera de ver y sentir la vida a través de formas y espacios bellos en sí mismos, y que él cree encontrar a través de Étienne-Louis Boullé, arquitecto francés al que se encarga de organizar una exposición en el paraninfo de la belleza: Roma. Sin embargo, este viaje fascinante se torna oscuro e inseguro a medida que avanza la narración, y se convierte en el retrato de un final, el de Kracklite, al que nadie detiene en su búsqueda de la belleza: ni su enfermedad, ni la infidelidad de su mujer, ni la corrupción de los socios encargados de montar la magna exposición sobre Boullé. Este viaje a los infiernos, lejos de ser frío y distante, es majestuoso, como majestuosas son las formas del arquitecto Kracklite, que sigue empeñado en hallar la belleza externa como máxima expresión de la pureza del alma.

Y todo ello, Peter Greenaway nos lo muestra con la ayuda del ritmo vertiginoso y lírico de una banda sonora compuesta por Wim Mertens y Glenn Branca, que aunque nos son Michael Nyman, sí se acercan lo indecible al concepto musical y narrativo que Greenaway impregna a todas sus películas, pues en varios pasajes, las manos que guían las melodías parecen las del mismísimo Nyman. Exaltaciones exacerbadas de los sentidos (imágenes, música, narración, diálogos,…) que más allá de verlos y oírlos, también se tocan y se degustan, como si la cinta en la que está grabada la película, fuera un gran banquete multi sensorial donde todo, excepto lo feo y lo banal, estuviese permitido. Porque en esta ocasión, también hay belleza en la infidelidad de una mujer embarazada con desnudos en los que luce un avanzado estado de gestación, porque son desnudos que se entremezclan con una luz tenue y vaporosa que la convierten en una mujer muy atractiva, como atractivos son los lugares escogidos para las escenas donde se perpetúan las traiciones a los sueños de Kracklite por parte de sus socios. Belleza y desidia, pasión y soledad, que fotograma tras fotograma se anteponen y se dan la mano como en la vida misma.

Nada mejor para reflejar tan alta tarea, como es la búsqueda de la belleza que conduce a la muerte, que las imágenes con las que se inicia la película (en un largo y sublime plano secuencia), que a modo de estampa bíblica de un futuro alumbramiento, nos muestran cómo Kracklite y su mujer conciben a su hijo; un ser humano nacido del amor y de la belleza, donde el gran Peter Greenaway es capaz de mostrarnos el verdadero significado de la vida. ¿Alguien puede pedir más?

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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