domingo, 30 de agosto de 2026

JULIAN BARNES, DESPEDIDAS: LOS REFLEJOS DE LOS RECUERDOS

 


Sentir la sensación de despedirse cuando se está llegando al final de la vida, igual que un epitafio póstumo de los recuerdos más memorables de nuestra existencia supone, cuando menos, un esfuerzo épico en el que condensar en unas pocas páginas aquello que fuimos, o quisimos ser. Ahí es donde Julian Barnes de ha dejado llevar por los reflejos de los recuerdos y deconstruir su pasado en una serie de historias que van desde la auto ficción al ensayo, como ocurre al inicio de esta novela corta donde el autor de Leicester aborda la cuestión de los recuerdos desde la periferia del otro, sirviéndose del concepto Gran I Am y su comparación final con la famosa magdalena de Proust de su infancia en Combray como mejor distinción entre la memoria voluntaria y la memoria de la inteligencia. Despedidas es un entramado de historias que de algún modo tratan de encajar el pasado y el presente, el amor y la muerte, o la plenitud y la decadencia. Desde su afamada flema inglesa, Barnes no trata de posicionarse en ninguno de esos extremos sino que desde la cotidianeidad de alguien que le narra una historia a una persona en concreto avanza sin un objetivo claro, deambulando sin otra pretensión que la de expresar su punto de vista personal sobre su enfermedad, la historia de amor entre dos amigos de juventud o la necesidad de expresar su amor a la literatura que expresa en la quinta y última parte de este libro que, más que despedidas, podrían ser interludios que buscan un final sin llegar a encontrarlo. 

T. S. Eliot dijo que: «Lo único que sabemos de los demás son los recuerdos que tenemos de los momentos que pasamos juntos». Y es en ese devenir donde los reflejos de los recuerdos en este libro se convierten en el principio de un final. Si se quiere, una paradoja en la que Barnes incide cuando expresa: «Vivo en el presente, pero mi futuro sólo existe en el pasado». Un pasado que transita por los múltiples vericuetos de un escritor que trata de despedirse desde la periferia del otro, cuando por ejemplo habla de su enfermedad en la sangre mediante múltiples referencias a las pruebas médicas, o sus charlas con los médicos o enfermeras; o cuando emplea a sus amigos Stephan y Jean para revisar las infinitas transmutaciones que presenta el amor y las relaciones personales agravadas por el paso del tiempo, como si todo ello fuera un ingenioso juego de espejos que desprenden imágenes con las que no contábamos o, también, devienen en espejos negros que no nos devuelven nada. Unos y otros, sin duda, son los que componen este diletante juego de la memoria y sus consecuencias sin llegar a convertirse en aquello que se anuncia, una despedida sin más. 

Ángel Silvelo Gabriel.