miércoles, 7 de octubre de 2020

SYLVIA TOWNSEND WARNER, EL CORAZÓN VERDADERO: EL AMOR ES SUEÑO



Más allá del mito de Eros y Psique, del destino que nos moldea la vida, o del mundo, que día a día nos destruye con sus falsedades, se encuentra la libertad. Y, también, la proeza de hacerla nuestra. Libertad única e inmutable. Perenne y caprichosa. Aduladora y mágica. Libertad como sensación en forma de viento que recorre las campiñas. Acaricia las flores. Y se deposita en nuestro rostro como una leve caricia. Libertad, que llegado el momento, se funde con el amor. El amor que es sueño, o como diría Calderón de la Barca en La vida es sueño: «la libertad del ser humano es la que configura su vida sin dejarse llevar por su supuesto destino». Ese poderoso mensaje, que se superpone a la más sórdida de las tragedias y a nuestro aciago destino, es el que corona la fábula de esta poderosa novela, donde Sukey Bond, la protagonista de El corazón verdadero, renace como una mariposa que lucha contra el viento que gobierna el mundo y le impide poseer aquello que ama. Luz cegadora la del amor y la de la fe que por sí sola es capaz de mover montañas en su lucha. Amor como metáfora de la pureza que les une, como un lazo invisible, Eric y Sukey. Amor que se manifiesta como el más elevado de los sentimientos. Amor sin ataduras ni límites. Amor que no entiende de convenciones sociales ni tapujos. Amor expresado con la fuerza del que no tiene nada que perder salvo su propia alma en el intento. Alma sin fronteras que salta vallas y atraviesa campiñas, marjales y océanos sin explorar. Amor que deja atrás el barro que ensucia nuestras botas. 

Sylvia Townsend Warner maneja el mito de Eros y Psique con el convencionalismo de la rebeldía, porque al hacerlo suyo, le proporciona la dualidad del reflejo y su dureza. Como duro es ese universo gobernado por hombres y dirigido por mujeres sin más alma que la de la envidia y la mentira que se desenvuelve en la Inglaterra victoriana. Y lo hace bajo el prisma de la narrativa de un nuevo Dickens, a la que Townsend también dota de cierta ironía, humor y crítica social, lo que unido al mundo onírico de los deseos de su protagonista, configuran una obra mágica: por su forma de narrarla y su genialidad a la hora de rematarla, dando de ese modo a toda la historia el mensaje más universal posible, el de la intemporalidad. Como intemporal es el amor y su capacidad a la hora de soñar con lo imposible que expresa su protagonista, Sukey Bond, que no desfallecerá en el intento por más obstáculos que se presenten en su camino. Un camino que, además de permitirle a su autora revisar la imposibilidad del amor presente en el mito de Eros y Psique, le proporciona la oportunidad de darle un matiz ambiciosamente feminista a su obra, sobre todo, si pensamos en el año en el que fue escrita (1927), poco tiempo después de que las mujeres consiguieran ganar su derecho al voto; un derecho que en Inglaterra alcanzaron en febrero de 1918. Un ímpetu reivindicativo, de la posición de la mujer en la sociedad del s.XX, que se extiende a lo largo de toda la novela, y que ya viene reflejado en el inteligente prefacio que la autora escribió 50 años después de su primera publicación, y que nos sirve para visualizar mucho mejor el alcance de sus propósitos y parte de los enigmas con los que están fabricados esta historia acerca de la auténtica verdad del corazón. 

El corazón verdadero es una magnífica alegoría del poder de los sueños. Un cuento de hadas recubierto por la naturaleza más viva y agreste de la campiña inglesa, sus tonos ocres y verdosos, y el poder que la naturaleza posee sobre nuestros sentidos. El color, el olor y la preponderancia de ese perenne entorno geográfico en el que se desenvuelve Sukey Bond es un elemento más de una novela que busca una y otra vez la exaltación lírica del amor. Un amor envuelto en la sinrazón del mundo como si fuera un paquete escondido en un pesado cofre que descansa sobre las profundidades del mar. Un mar que, en ocasiones, es el camino a recorrer y salvar y, que en el caso de El corazón verdadero, es sustituido por los vivos matices que impregnan el ecosistema por el que deambula Sukey. Ese camino sin una traza segura es el que nos advierte del gran espacio de aventura que rige a esta novela, porque de alguna forma, el amor es sueño. 

Ángel Silvelo Gabriel  

domingo, 4 de octubre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (IV) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: ROMA, UN LECHO DE ARTE Y BELLEZA #JohnKeats200aniversario


15 de noviembre de 1820. Casina Rossa en Piazza di Spagna, Roma.
 

La ciudad nos ha acogido bajo una tenue niebla. Ella ha sido la auténtica razón, y no otra, por la que mi visión de este lecho de arte y belleza ha sido camuflada audazmente a mis sentidos.

El destino esta vez ha querido obsequiarme con este manto benefactor que, como el láudano, logra no producirme un mayor desasosiego. Su poder, caprichoso y temerario a la vez, se extiende más allá de la realidad, porque este gigantesco vidrio biselado les impide a mis ojos ver y contemplar y, torpes como los exploradores que han perdido su brújula, se tienen que conformar con imaginar e implorar.

A la hora que nos hemos dirigido hacia la Piazza di Spagna, las calles de Roma estaban vacías, lo que ha incrementado en mí esa sensación de ensueño fantasmal que nos ha acompañado desde que entramos en la ciudad hasta que hemos llegado a nuestro destino. Ese vacío que esta vez yo no he logrado cubrir con la poesía es lo que me ha hecho pensar que, la verdad, como el entorno que nos acoge, es más bien un sueño en el que apenas cabe la búsqueda de la absolución; una absolución que yo siempre he explorado a través de la belleza; una belleza que no es sino la trágica exaltación de la libertad. Sin embargo, ahora esa libertad parece estar poseída por una fuerza sobrenatural, y a mí se me antoja que se ha transformado en el silencio que nos acompaña.

«¿Culpable o inocente?», me he preguntado al bajar del coche. Y sin saber qué responder, me he quedado hipnotizado mirando la majestuosidad que me rodeaba y esa capacidad envolvente que sobre mis pensamientos ha tenido la ampulosa presencia de una arquitectura milenaria y bella en sí misma. Las humildes formas, a la par rectas y angulosas, de la casa donde nos vamos a hospedar caen doblegadas como ínfimos súbditos a los pies de las caprichosas curvas barrocas de la infinita escalinata que se ha presentado ante mí como el acceso más próximo al cielo; por no hablar de la voluptuosidad de la fuente que, a mayor gloria de sus chorros de agua, he visto que sirve de abrevadero a los múltiples animales que pasan por este lugar...

...Pero antes de que el azar me tuviese reservada esta grata sorpresa, el doctor James Clark nos estaba esperando, y Severn, nada más verle, me repitió de nuevo que me abrigara bien antes de apearme del carruaje. Hacía algo de frío, pero era un frío distinto al de Inglaterra. En los días que hemos estado en Nápoles, me he fijado en que incluso la niebla es diferente, ya que apenas avanza el día desaparece por sí sola. Entonces el sol se tiñe de múltiples tonos anaranjados que se difuminan como en una acuarela sobre un cielo color cian que aquí parece tan irreal que no me da miedo. Hay algo en él que me atrae, pero todavía no sé muy bien lo que es, porque enseguida mi mirada se pierde en aquello que de momento permanece firmemente apegado a la tierra, como mis pies que, cada vez más torpes, esta mañana han tropezado con los adoquines mal encajados de las calles de la ciudad de Roma; morada de prístina belleza que me impide regresar a ese otro lugar de «mirada interior» en donde no existen el espacio y el tiempo, y donde a veces es posible alcanzar el verdadero ideal de la contemplación que me lleva a la más pura imaginación. Sí, ya lo dije hace tiempo: «Byron describe lo que ve y yo lo que imagino». Mi estímulo no es otro que la belleza, pero presiento que esta ciudad para mí va a ser como una cárcel, de la que un negro presagio me dice que nunca saldré. Todo lo que me rodea en sí mismo es bello, pero mis manos apenas si son capaces de dirigir al lapicero sobre las hojas en blanco de mi libreta para que retrate todo aquello que la mera contemplación me hace imaginar. Ahora mis manos caen abatidas, y cuando todavía les queda un poco de fuerza se consuelan rebuscando el libro que siempre llevo conmigo en mis bolsillos que, como un salvavidas, acude en su auxilio y en el de mi mortecino espíritu. Ese objeto inanimado y liviano que reposa inocente cerca de mi piel, y no me impide andar, es mi más fiel compañero, pues hace las veces de oxígeno cuando mi necesidad de poesía se vuelve apremiante. Sin embargo, aquí soy un poeta cuyo pensamiento yermo y estéril es incapaz de alcanzar la suprema armonía que exige la composición de los versos de un poema. La inspiración ya solo me llega como respuesta al desasosiego que se apodera de mí cada vez con mayor frecuencia. Esa es la sombra que queda después de mi larga enfermedad. El poeta de «la melancolía inalcanzable» se halla perdido en la mayor y más burda de las desesperanzas y de los desconsuelos. «Estómago que ya no me dejas comer todo lo que necesito, apiádate de mí, para que la fuerza y el ímpetu que necesito regresen a mi lado, y con ellos los poemas que tanto anhelo», imploro. «Si solo veo, ¿qué va a ser de mí?», me pregunto. ¡Roma, majestuosa estancia repleta de plazas y fuentes, museos e iglesias, cuadros y esculturas…! Ya no soy capaz de imaginar aquello que siento.”

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (III) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: DEL PUERTO DE GRAVESEND EN LONDRES A NÁPOLES, UNA COMPLICADA TRAVESÍA ACOMPAÑADA DEL DON JUAN DE BYRON #JohnKeats200aniversario

 


17 de septiembre de 1820. Puerto de Gravesend. A bordo del bergantín de vela Maria Crowther, desde el que partirán rumbo a Nápoles. 

“Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú”… es el inicio del último poema que  John Keats escribió el 28 de septiembre de 1820, mientras se alejaba de la isla de Wight, un lugar que le colmó de felicidad en 1817 y donde compuso su largo poema épico Endymion, famoso por su verso inicial: “algo bello es un goce eterno”. Sin embargo, en esta última ocasión, el destino era otro, y le servía al poeta para poner distancia de por medio con su añorada Inglaterra y con su amada Fanny Brawne, destinataria de estos últimos poemas si exceptuamos los que escribió por pura desesperación en el puerto de Nápoles durante la cuarentena que le obligó a estar encerrado en el navío Maria Crowther durante diez días.

     El viaje a Italia era la última oportunidad de conquistar lo imposible, que en su caso, era buscar una posibilidad de sanar de la tuberculosis que persiguió como una epidemia a varios miembros de su familia (a su madre, a su hermano Tom y a él mismo), por lo que podríamos definir su accidentado periplo por el mar que le llevaría hasta Nápoles, como de una huida hacia adelante, en la que el sol y la bonanza climatológica serían sus recompensas. Un premio que nunca llegó a obtener, porque Roma, su destino final, se convirtió en la máxima expresión de la ausencia de capacidad creativa a la que la enfermedad le postergó. Roma, cuna del arte y la belleza, fue la antítesis de sus dotes poéticas, donde la contemplación era el auténtico camino hacia la belleza. En este sentido, Roma para Keats fue una especie de cárcel con barrotes de oro, y también, la máxima expresión de la libertad que él solo alcanzó con la muerte. Víctima de la desesperación que la tuberculosis le producía, y que la distancia que le separaba de su amada Fanny Brawne le aumentaba, cayó como un soldado que se erige en el héroe de su propia derrota.

     Antes de llegar al puerto de Nápoles, el 1 de octubre el barco tomó tierra en la bahía de Lulworth o en la bahía de Holworth, por culpa del temporal que asolaba el canal de la Mancha. Allí, John Keats y Joseph Severn desembarcaron. Y de vuelta a bordo del barco, Keats hizo las revisiones finales de Bright Star. El viaje, en sí, fue una pequeña catástrofe, debido a las tormentas —seguidas de una calma absoluta— que ralentizaron el avance del barco. 

“...pienso, para darle un merecido descanso a mi alma que, en esta ocasión, aunque mis ojos no contaban con el auxilio de los árboles teñidos de rojo para saborear el letargo de mis sentimientos, fueron conquistados por un mar pigmentado de azules verdosos que, a modo de aguja, tejieron mis sueños. Y lo hicieron hasta que esa capa, con la que cubrí en vano mis temores, un día fue descubierta por Severn que, para tranquilizarme, me dijo que no perdiera el tiempo intentando imaginar árboles despeinados sin hojas, porque en mitad del océano me tenía que dedicar a diferenciar el viento suave y cálido del brusco y frío. Lejos de adivinar el designio de los consejos de Severn mi falta de conocimientos marinos me aisló por completo de ese gozo eólico. A pesar de todo no desfallecí, y lo intenté de nuevo buscando en el fondo de mi memoria, y repasé los múltiples contratiempos que nos dificultaron el paso por el canal de la Mancha como antesala del temporal que nos persiguió a lo largo y ancho de la bahía de Vizcaya, lo que me llevó a exclamar: «el agua se separó del mar» (frase que pronunció Keats durante la travesía en barco a Italia, a su paso por la bahía de Vizcaya, cuando en plena tormenta un súbito vaivén del barco inundó su camarote de agua). De ahí, pasé a leer la descripción de la tormenta del Don Juan de Byron, pero en ella tampoco encontré lo que buscaba, hasta que tropecé con Homero que, en la Odisea, concebía un mundo que estaba rodeado por Océano, padre de todos los ríos, mares y pozos.

     «Épica odisea», pienso; una majestuosa aventura que no es la mía, pues yo no regreso a mi casa, sino que huyo de ella. «He de morir lejos de mi lúgubre Inglaterra, al lado de naranjos que difuminan las sombras con una fragancia de azahar que suaviza el olor de la muerte», le digo a mis pensamientos.

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

 

“Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú” es el último poema que escribió sobre una página en blanco de un ejemplar de los Poemas de Shakespeare que, días antes de su muerte, había dado a su amigo y compañero de viaje  Severn. 

SI FIRME Y CONSTANTE FUERA YO, BRILLANTE ESTRELLA, COMO TÚ

Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,

no viviría en brillo solitario suspendido en la noche

y observando, con párpados eternamente abiertos,

como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,

las agitadas aguas que en su sagrado empeño

purifican las humanas costas de la tierra,

ni miraría la suave máscara de la nieve

recién caída sobre los montes y los páramos;

no, aunque constante e inmutable.

reclinado sobre el pecho maduro de mi amada,

sintiendo por siempre su dulce vaivén,

despierto para siempre en dulce inquietud,

callado, para escuchar en silencio su dulce respirar

y así vivir siempre –o morir en el desmayo. 

Poema del que Jane Campion cogió el nombre para su película sobre Keats titulada Bright Star (2009), y que escenifica sus tres últimos años de vida. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (II) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS): AQUELLA CORNALINA OVALADA BLANCA Y SU MECHÓN DE PELO #JohnKeats200aniversario



Hampstead, 13 de septiembre de 1820. Keats se despide para siempre de su amada Fanny Brawne.

El inminente viaje a Italia —que sería al mes siguiente— no hizo que la madre de Fanny consintiera en que se casaran, sin embargo, sí les prometió que, «cuando Keats regresara, se podría casar con Fanny y vivir con ellos. El 11 de septiembre de 1820, Fanny escribió una carta de despedida para Keats que entregó a la hermana del poeta, Frances. Con el consentimiento de Fanny, él destruyó las cartas que su amada le había enviado». Antes del adiós definitivo intercambiaron regalos: «él le ofreció la copia de The Cenci y el valioso facsímil de la hoja de Shakespeare en la que había escrito sus comentarios sobre el soneto del Rey Lear. Le dio una lámpara etrusca y su miniatura, en la que Severn le había retratado con un gran parecido... Fanny le regaló una libreta nueva, un abrecartas, y un “medallón cerrado” con un mechón de su pelo. Keats también le dio un mechón del suyo. Ella le regaló un último símbolo, una cornalina ovalada blanca —piedra semipreciosa—». Stanley Plumly escribió que su despedida el 13 de septiembre de 1820 fue «de lo más problemática... el equivalente, en la mente de  Keats, a haber abandonado la vida y haber entrado en lo que él llamaría su existencia póstuma». 

“Keats —me digo— abandona esa soflama poética con la que adornas tu desgracia y mírate a los ojos a través de la imagen que te devuelve el espejo. No hay otra esencia más pura que la realidad. No intentes fomentar con versos imposibles la belleza de las derrotas, porque todo será inútil. Ni los dioses del Olimpo ni las musas de los más insignes creadores tienen las armas necesarias para frenar el ardor de tus pulmones. Sangre y fuego juntos, como volcanes subterráneos de magmas incandescentes, que de nuevo, en cualquier momento, ascenderán por tu garganta y más allá de tu boca serán el símbolo de una señal que no quieres ver.» Y por un instante pienso que mi estado de salud debe ser peor del que yo creía, porque si la única solución para vencer a la tisis, que poco a poco se apodera de mí, es marchar lejos del invierno inglés y buscar refugio en la soleada Italia, es porque no me quedan más opciones. Me han hablado del doctor James Clark y de sus habilidades para con enfermos como yo que, inocentes, buscan su salvación a través de la poesía. Un poeta es alguien que solo cuenta con su imaginación, y esa no es suficiente para vencer a este delirio exento de pólvora. Me han asegurado que Roma es el lugar perfecto. Allí mi «capacidad negativa» buscará consuelo entre piedras y edificios milenarios decorados con las pinturas más bellas que el hombre haya creado jamás. «Excusa perfecta», pienso. «Y paréntesis sublime para un exiliado del mundo como yo», añado. Y vuelve a mí esa imagen reciente, cuando todos a coro me han dicho, cual tribu de oráculos de sentencias de muerte ajenas: «Roma es el mejor refugio para un poeta.»

Fanny, no te presté atención mientras ellos estuvieron delante de nosotros, pero cuando se marcharon, lo primero que hice fue pensar en ti. Ahora que de nuevo habíamos disfrutado de las aleluyas del amor, y que nuestras manos se habían vuelto a tocar sin miedo. ¿Qué será de ti cuando yo haya muerto? No sé cómo tengo la valentía de pensar en estas cosas si te lo debo todo a ti. Por ti regresé a la poesía y por ti comencé a soñar de nuevo, entre violetas y jazmines, que nacidos bajo el sol de la última primavera, extendieron sus aromas por los amores del incandescente estío. Fanny, aunque no lo comprendas, este viaje es mi última esperanza, una pócima de sabor amargo en la que mis amigos han confiado como la más adecuada de todas las posibles soluciones a mi situación. Tú sabes mejor que yo que mi actual estado financiero no me permite decirles que no. ¡Si no se vendiesen tan lentamente los poemas de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas…!, pero según parece, «la impopularidad de mi nuevo libro se encuentra en que las damas están ofendidas conmigo». ¿Qué damas, te preguntarás? «Y pensando nuevamente en esto, me siento seguro de que nada hay en él cuya esencia pueda disgustar a ninguna mujer a quien quisiera yo agradar; pero es cierto que en mis libros existe una tendencia a colocar a las mujeres junto a las rosas y las golosinas... en un lugar donde jamás se ven a sí mismas ocupando un puesto dominante».

Pero, ¿qué importan todas estas apreciaciones de gustos y estilos si sé que me voy a morir? Fanny, la muerte es oscura y silenciosa… Fanny, estoy seguro de que comprenderás por qué me aferro a la vida con todas mis fuerzas, aunque en mi solitario interior sepa que se trata de un esfuerzo inútil. Más todavía cuando tú ya no estés a mi lado, por mucho que no compartas mi idea acerca de que mi presencia no te puede hacer ningún bien. Tú tienes que vivir la vida de los vivos y a mí solo me queda padecer el calvario de los muertos.

Desde que me has dejado solo en la habitación, no puedo evitar hacerme la siguiente pregunta: ¿cuál es la más bella de las derrotas?, porque al igual que el agua cristalina acaricia la tierra por la que transita sin dejar apenas rastro de su paso, nuestros besos desaparecerán de nuestra memoria cuando me haya ido a Roma, porque lo harán perdidos buscando el polen de la flor equivocada. Yo al menos lo deseo así, por mucho que sea un contrasentido abandonarte para marcharme lejos a buscar refugio dentro de la cuna del arte. Sin embargo, te juro que ni el más bello de los lienzos pintados en Roma, ni la más pura de las brisas de una ciudad engalanada con los versos de los más ilustres poetas serán suficientes para borrar de mi memoria la belleza y la profundidad de tus ojos, porque ellos fueron los culpables de que mi corazón latiera de nuevo. Esa especie de sueño sin días ni noches hizo que ascendiera una vez más a la copa de los árboles y, desde allí, flotara en el limbo de los poetas resucitados. ¿Recuerdas? El tacto…, «el tacto tiene memoria»…, y tu mirada el poder de los deseos imposibles. 

Extracto de la novela Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 24 de septiembre de 2020

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (I) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EL DÍA QUE SUS AMIGOS LE EXHORTAN A MARCHAR A ROMA #JohnKeats200aniversario


Hampstead, al norte de Londres. Septiembre de 1820, cuando el verano languidece y la salud de John Keats se resquebraja. ¿Esperanza? Solo una. La de marchar lejos del invierno londinense en busca del sol de Italia. De Roma y sus calles adoquinadas. De Roma y sus museos, su arte, sus fuentes…, y la niebla del Tévere. Todavía lejos del Cimitero accatolico de Roma, y de su famoso epitafio: «Aquí yace Uno/ cuyo nombre estaba escrito en el agua». 

“La luz se torna azul, como si de repente todo hubiese dejado de ser real y mis sentidos acabasen perdidos dentro de uno de mis sueños. Miro el jardín a través de las cortinas de la habitación, y, a pesar de mi malestar, todavía me siento con fuerzas para crear una poesía que sea capaz de atrapar parte de ese reflejo que la última luz de la tarde me envía. «La vida es un reflejo», pienso. Sin embargo, nunca intentamos asir ese efímero destello, sino que más bien nos comportamos como si nuestra existencia se quedara prisionera dentro de la imagen del cristal que solo vemos. Ese es nuestro gran error, porque la verdadera vida huye en apenas un instante, justo el que dura ese centelleo en el que casi nunca reparamos. Yo, ahora busco ese reflejo sin llegar a encontrarlo, y me pierdo como un huérfano lo hace en sus recuerdos. Imágenes que esta vez se depositan en un arca sonora y oscura, próxima y terrible a la vez. Mis amigos, junto al doctor Bry, creen que debo abandonar Inglaterra. Un invierno más aquí agravaría mi estado de salud y sería definitivo para mi vida. La tisis que anida dentro de mis pulmones precisa de otros aires, me han dicho. Y lo han hecho en un tono de tal preocupación y zozobra, que ya no puedo borrar de mi cabeza las expresiones de sus rostros. «¿Acaso existe otra solución?», me lamento entre sollozos imaginados, como aquellos que soñé cuando murió mi madre. Esta vez, mi orfandad es fingida, porque ellos lo han pensado todo por mí, como si fueran los tutores de mi desdicha. Incluso han imaginado el lugar donde mi pecho se sentirá más aliviado, porque antes de venir a verme han decidido que viaje a Italia, ya sea por tierra o por mar. Sonrío al pensarlo, porque casualidad o no, también he recibido una carta de Shelley invitándome a pasar el invierno junto a él en Pisa.

Soy víctima tanto de mi salud como de mi situación económica, pero esta, al menos, se resolverá mediante una colecta entre mis amigos y admiradores, aunque yo, en mi intimidad, me permitiré un gesto de libertad cuando le pregunte a Taylor, mi editor, por el precio del viaje y la cuantía de un año de residencia en Roma. A pesar de mis preocupaciones, todo está arreglado, según parece. No iré solo, porque sin necesidad de discutirlo, Haslam ha tenido la idea de que sea el joven pintor, Joseph Severn, quien me acompañe. Una propuesta que este ha acogido de muy buen grado. Sin embargo, en mi silencio, yo hubiese preferido que Brown, el hombre más cercano a mí y a mi atormentado espíritu, fuera el designado, pero como yo sabía muy bien esa elección era imposible. Sin necesidad de mirarle, por un momento he pensado en las estrecheces económicas a las que se ha visto abocado después de haber dejado embarazada a su criada; un hecho que, en sí mismo, no le permite un gesto tan heroico hacia mi persona. No obstante, son muchas las casualidades que inciden en este viaje, y una de ellas es que Severn disfruta de una beca de la Royal Academy tras ganar la medalla de oro a la mejor pintura histórica por su cuadro Caverna de la desesperación de Spenser, lo que le deja libre de cargas a la hora de acompañarme en esta tenebrosa travesía, y sin la preocupación de ser un nuevo contratiempo para nadie.”

Extracto de la novela Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 9 de septiembre de 2020

IAN McEWAN, LA CUCARACHA: LAS VERDADES QUE SE ESCONDEN TRAS UNA GRAN MENTIRA


Jugar a no ser nadie implica que el que propone ese axioma se convierta en algo tan insignificante para la humanidad como una cucaracha. Sin embargo, lo terrible de esa propuesta es convertir al mundo en una interminable plaga de cucarachas que acaben por dominar los designios de la humanidad. Desde la perspectiva que le proporciona la sátira de un mundo sin rumbo en manos de unos gobernantes que representan las verdades que se esconden tras una gran mentira, Ian McEwan nos propone un juego que parte de un gran referente literario como es el inicio de La metamorfosis de Kafka (espléndido el inicio de esta nouvelle cuando nos relata como el escarabajo se transforma en el Primer Ministro inglés), y que sin embargo, en el resto del relato deja muchos cabos sueltos y la sensación de una prontitud en la escritura que llena de grietas una historia que se tambalean hasta su destrucción, pues si bien es digno de elogio que un escritor como McEwan esté dispuesto a mancharse de barro y ponga en tela de juicio la falta del mismo por parte de los gobernantes de su país y de una buena parte de la población inglesa, debería haber dotado a su planteamiento de algo más que de un ligero divertimento que acaba sin mucha sustancia a la hora de plantearnos alguna alternativa al desastre que se nos avecina y que ya estamos sufriendo. La cucaracha es ese tímido reflejo de la comodidad burguesa que ve cómo se destruye la sociedad en la que vivimos y, sin embargo, no aporta nada para su salvación. Es cierto que la política actual, tanto a nivel internacional como nacional o regional, es un mero ensayo de marketing donde lo único que importa es la suicida necesidad de los mandatarios de salirse con la suya, donde esa “suya” está exenta de toda lógica o moral, o de aquello para lo que hasta ahora pensábamos que representaba la política: la posibilidad de cambio o la transformación hacia un mundo mejor. Sin embargo, la mente del gobernante actual es tan dañina como su morboso narcisismo, más preocupado en su propia imagen o su asesina necesidad de hacer lo que piensa, o mucho peor, lo que otros autodenominados como asesores le dictan sin contar con nadie. El resultado de todo ello es el caos, tal y como nos cuenta McEwan en La cucaracha y su inconfundible caracterización de Boris Johnson, o un Donald Trump más preocupado del Twitter que de su política de Estado, o un Macron conciliador sin fuelle. En este castillo de un solo dragón reina un solo rey, y sobre todo, un desquiciamiento generalizado de una clase política que gobierna bajo la sombra de su propia verdad, a la que cabría acotar como de las verdades que se esconden tras un gran mentira; mentiras que traspasan los límites del populismo para situarse en una esquizofrenia colectiva apoyada por aquellos que hacen de acríticos altavoces dentro de una sociedad cada vez más incapacitada para la réplica y más preocupada por oír su voz (única y autoritaria hasta el infinito). Esa ausencia de alternativa tan apabullante contra el buenismo en el que nos desenvolvemos, sin duda nos condena como sociedad a un futuro muy negro y mucho más apocalíptico que las peores de las distopías que ahora gobiernan un universo literario cada vez más huidizo y ramplón con todo aquello que suponga ir a la contra. El tiempo de las revoluciones ha muerto, y caminamos sin remedio hacia el de las afinidades sin derecho de réplica. En este mundo exento de una contracorriente con una mínima visibilidad no hay cabida para otra realidad que la oficial. Hace tiempo un gobernante español dijo que: «aquel que tiene la información posee el poder», a lo que ahora cabría añadir, que aquel que posee la información tiene el poder de manejarla a su antojo y crear verdades que se esconden tras una gran mentira.   
 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 5 de septiembre de 2020

JAMES SALTER, LOS CAZADORES: LA SOLEDAD DEL MIEDO


Enfrentado a su destino bajo los designios del acierto del fuego enemigo. Aislado del mundo y sin pisar tierra firme. Condenado a sobrevivir a su propia gloria. Así se enfrenta, parapetado bajo una cazadora de aviador que no le resguarda del intenso frío del invierno coreano, el álter ego de James Salter (Cleve Connell) a la soledad del miedo que le persigue. Esa soledad que se refugia en la humedad que te cala hasta los huesos y deambula por tu alma con la pureza del desamparo se traduce en un miedo a morir. Un miedo a probar los límites de nuestra existencia. Y una desdicha que explora sin remedio los límites a confrontar los éxitos del pasado con la incertidumbre del presente que se cierne sobre el piloto de combate que sabe que depende del número de aviones enemigos que logre derribar para seguir en el podio de una élite tan ficticia que representan los once segundos en los que un avión enemigo puede acabar con todo su esplendoroso palmares. Y, a su lado, la necesidad de seguir sintiéndose hombre, ser humano y creer que todavía merece la pena enamorarse para sentirse más vivo lejos del infinito de los cielos azules que le esperan encima de las nubes en cada misión que cumple sobre terreno enemigo. En Los cazadores de James Salter hay ruidos envueltos en silencios que nos resultan tan atronadores como la más mortífera de las bombas. Sin especulaciones, y con la frialdad y la crudeza que caracterizan a sus novelas, es capaz de mostrarnos en aquello que deja en el aire toda una suerte de innumerables matices sobre lo que significa ser un piloto en la guerra y aquello que en verdad importa para el hombre que tiene los pies en la tierra. Sin embargo, con el paso de los días esa soledad del miedo que le acompaña se erige como una enorme ola que lo arrasa todo y le aleja de su entorno, y por supuesto, de sus compañeros. Con unas ricas descripciones geográficas del paisaje que ve desde las alturas, y unos encuentros bélicos que nos remiten a las mejores películas de acción bélica, Salter es capaz de rescatar bajo ese escenario (de humo y destrucción) un rayo de luz que ilumina a la buena literatura y la confronta a la desdicha de la guerra y la muerte. Ese espejo de la muerte al que se somete el protagonista (día a día) y que ejerce de contrapunto de una gloria siempre caprichosa y esquiva, es el reflejo más vivo y demoledor de aquello que hemos perdido y sabemos que nunca jamás volverá, porque tras cada misión el alma del verdadero piloto es distinta dada la urgencia vital a la que se enfrenta. Una herida que poco a poco se vuelve más profunda. 

James Salter, con esta novela (su primera incursión en el mundo literario tras abandonar el ejército y que fue publicada por entregas en 1956 y reeditada cincuenta años después tras una profunda revisión por parte del autor cuando ya había conseguido un merecido reconocimiento literario por parte de crítica, público y escritores), vuelve a esos inicios siempre inseguros que, en esta ocasión, sin embargo, nos resultan delatores del gran bagaje como narrador de este escritor norteamericano que, a pesar de su escasa producción literaria, ha conseguido estar entre los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Apartado del ruido mediático y consciente de su escasa imaginación para poder crear historias, fue sin duda un gran observador de la vida y sus gentes. Afianzándose, con el paso del tiempo, como un gran verdugo de las pasiones y derrotas ajenas, y también como un escrupuloso narrador de la vida en sí misma, tal y como hace en esta novela, donde la guerra y la aviación son solo la excusa perfecta bajo la que delinear las aspiraciones y bajezas del ser humano que siempre se ponen de manifiesto en los momentos más duros de nuestras vidas. Esa vida, sin perdón posible, del piloto de combate que no es capaz de derribar aviones enemigos, se convierte en esta novela en la gran encrucijada de unas vidas marcadas por el azar de la gloria y la desdicha de la muerte. Y lo hacen en un juego de sinergias que como un avión que desciende en bucle desde lo más alto hasta chocar con el suelo, van dando vueltas sin remedio en busca de su final. Japón, y sobre todo Corea, ocupan ese margen geográfico en el que se desenvuelve esta trepidante novela. Una novela, que compagina con esa mano maestra de Salter (repleta de gestos y guiños de cara al lector) lo mejor y lo peor de los seres humanos. Y lo hace con la fuerza que posee ese frío perenne y cruel que se cuela por la cazadora de un aviador que sabe que su destino mientras que esté en el frente será afrontar la soledad del miedo.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 28 de julio de 2020

IRÈNE NÉMIROVSKY, LOS FUEGOS DE OTOÑO: EL RESPLANDOR QUE PURIFICA LA TIERRA Y PREPARA LAS NUEVAS SEMILLAS

Detener el tiempo. Apoderarse por un instante de él. Y hacer una foto fija de aquello que se quiere transmitir, contar, sentir… Una vez más, la condensación del tiempo del que sabe que no lo puede malgastar en los superfluo se adueña de nuestros sentidos al leer esta agonía de las emociones humanas que representa Los fuegos de otoño, donde el miedo, la angustia, el terror, el amor, el deseo o la juventud se nos muestran como un largo travelling de las emociones humanas. Una tras otra. Cada una a su tiempo. Incrustadas con la maestría a la que nos tiene acostumbrados la autora ucraniana para conformar este gran fresco de la historia contemporánea. En este sentido, la perfecta coordinación de las elipsis y su sabia distribución hacen de esta novela una singular muestra de todo aquello que redime y condena al ser humano. Cuesta, y mucho, imaginar a Irène Némirovsky aislada bajo los árboles escribiendo en sus cuadernos. Al aire libre. Donde la libertad todavía forma parte de la magia de la creación. Donde el tiempo se detenía por un instante, aquel en el que ella construía y reconstruía sus historias y su vida, tan pegada al trágico destino de varias generaciones. Los fuegos de otoño está concebida como un fresco contemporáneo de aquello que estaba ocurriendo en el desmoronamiento de Europa y la sociedad burguesa condenada a cambiar. Así, la novela se nos presenta, de nuevo, como un mapa de las grandes emociones humanas que la autora ucraniana tan bien diseccionaba y que ya están presentes en el inicio de la misma: «En la mesa había un ramillete de violetas frescas; una jarra amarilla con la tapa en forma de pico de pato, que se abría con un leve chasquido par dejar pasar el agua; un salero de cristal rosa con la leyenda “Recuerdo de la Exposición Universal, 1900”. (En doce años, las letras que la formaban se habían descoloridos y medio borrado)». ¿Acaso cabe decir más en tampoco?, pues esta imagen estática es una fotografía demoledora y premonitoria de los nuevos tiempos que se avecinaban. A esta gran particularidad de su literatura habría que añadirle otra no menos importante o transcendental, como es la de la valentía. Némirovsky, refugiada en sí misma los últimos meses de su vida antes de ser arrestada por el gobierno de Vichy en Issy-L’Évêque y ser traslada a Auschwitz, fue consciente de que le quedaba poco tiempo y, aparte de dedicárselo a sus hijas, lo utilizó para escribir simultáneamente dos de sus grandes obras, la célebre Suite francesa, cuya versión corregida saldrá a la luz en otoño en Francia, y Los fuegos de otoño, publicada recientemente por Salamandra con las últimas correcciones que la autora le introdujo antes de ser arrestada. Estas últimas correcciones han dejado a Los fuegos de otoño como ese resplandor que purifica y prepara las nuevas semillas, tal y como se recoge en una pasaje de la misma: «La señora Pain se dejó invadir por un ligero y breve sueño, y de pronto, se encontró en un lugar desconocido, en el que veía acercarse a Thérèse. Ella rodeaba con los brazos a su nieta, le acariciaba la cara y le hablaba.. ¡Oh, con qué sabiduría le hablaba! Le explicaba el presente. Le revelaba el futuro. La cogía de la mano y caminaban por grandes campos en los que ardían hogueras. «¿Ves? —le decía—. Son los fuegos de otoño. Purifican la tierra; la preparan para las nuevas semillas. Vosotros aún sois jóvenes. Esos grandes fuegos aún no han ardido en vuestras vidas. Pero se encenderán. Y devorarán muchas cosas. Ya lo veréis, ya lo veréis...»  

Los fuegos de otoño son el retrato sin escrúpulos de la falta de unos principios y una moral por parte de una sociedad que llevaron a Europa al desastre de la IIGM. Una catástrofe que se fraguó tras la declaración de paz de la IGM y los locos años veinte, donde todos querían su porción de la tarta y la diversión hedonista del cuerpo y la perpetua evasión de la purificación del alma, como mejor ejemplo del resplandor que purifica la tierra y prepara las nuevas semillas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 12 de julio de 2020

GIANFRANCO CALLIGARICH, EL ÚLTIMO VERANO EN ROMA: LA APOSTASÍA DE LA LIBERTAD

Un credo: la vida. Una condición: sin límites. Una prisión: Roma. Un refugio: el amor… «Roma… era el único lugar donde podría vivir. Si pienso en esos años, sin embargo, apenas consigo ver con nitidez unas cuantas caras, unos cuantos hechos, porque Roma tiene en sí misma una ebriedad particular que abrasa los recuerdos. Más que una ciudad, es una parte secreta de ti, una fiera escondida. Con ella, no hay medias tintas, o le tienes un gran amor o debes marcharte, porque eso es lo que la dulce fiera exige, ser amada.» 

La soledad del hombre frente al mundo. Frente a sí mismo. Y a esa incalculable medida que es la desesperación del que no encuentra una excusa para seguir hacia adelante. Esos días sin nada. Y esa perplejidad en forma de onda profunda que tan bien expresó Pessoa en sus escritos, y en su obra, recorren los límites de El último verano en Roma de Gianfranco Calligarich. La apostasía de la libertad. La propia. La irrenunciable. Camina con paso firme a través de una autodestrucción que llevará a Leo, su protagonista, a buscar refugio en el mar. Cama insondable y perpetua de los sueños, y el descanso que proporciona la decisión que por fin sale a la luz cuando creemos ser felices. Felicidad instantánea. Efímera. Cruel. Y hasta sin sentido. Una locura que se muestra bella y profunda. Tan bella y profunda como la eterna ciudad de Roma. Marco inseparable de esta historia que transcurre a principios de los años setenta. En ese interludio de bonanza económica que precedió a la crisis del petróleo. En ese período de tiempo donde los amigos te ofrecían un trabajo si no lo tenías. Un trabajo sin muchas responsabilidades, pues la verdadera amistad amortigua los límites del fracaso. Leo ahí se muestra impasible, majestuoso en su vagabundeo callejero por una ciudad fantasma, apenas perceptible para los turistas. Una ciudad majestuosa que el protagonista recorre sin límite de tiempo. Desde la Piazza del Popolo al Trastevere. Pasando por La Via del Corso. Piazza Spagna, etc. Hasta terminar en la inconmensurable Piazza Navona y sus cafés, su letargo y su desmedida opulencia. Sin embargo, todo esto permanece ajeno dentro del alma de Leo, que deambula por los adoquines de Roma encerrado en sí mismo, visitando las casas de los otros: sus amigos o desconocidos. Y aferrado al alcohol como un salvavidas hasta que ella aparece en su vida: Arianna. 

El último verano en Roma es un canto desesperado a la vida. A la relación de un hombre con sus semejantes. Y la de este hombre con una ciudad: Roma. Nada es ajeno a esas sombras que se proyectan sobre Leo en ese peregrinaje interior que a veces se confunde con el tórrido calor de la ciudad eterna y su soledad en el ferragosto romano. Una salida o un final a una angustia que tampoco desaparece con la llegada del mes de septiembre. Gianfranco Calligarich afronta esta rebelión contra el mundo desde la perspectiva del héroe mudo y encerrado en sí mismo que no  busca más que una respuesta a todo aquello que le rodea. A su vida. A la necesidad o no del amor. O de la familia. Y lo hace en un entorno que no le dice nada a pesar de su belleza y su magnificencia, como tampoco lo hará ante el encanto caótico y personal de una bella Arianna. Entre sus propias grietas, Leo será fiel a la amistad que representa su amigo Graziano, por mucho que éste sea el reflejo del agua que se encuentra estancada en un pozo. Nada es banal en la vida de Leo, por más que sus posturas sean incomprensibles. Quizá, porque vaya recorriendo la calles de Roma expresando la apostasía de la libertad. Una libertad que no tiene, pues se encuentra encadenado a sí mismo. 

El último verano en Roma fue la novela ganadora del Premio Inedito 1973 y publicada ese año por Garzanti en una edición de 17.000 ejemplares que se vendieron en un solo verano para luego desaparecer y convertirse en un libro de culto entre exploradores de librerías de lance y tenderetes ambulantes hasta que en 2010 volvió a ser publicado por la editorial Aragno. Una edición que también se agotó. Bompani la rescató de nuevo en 2016, 43 años después para sacarla del anonimato. El resto ya es historia.   

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 2 de julio de 2020

THOMAS MANN, LA MUERTE EN VENECIA: LA BELLEZA ENVENENADA


Los lugares comunes que habitan dentro de nosotros y, sin embargo, pasan desapercibidos para nuestros sentidos hasta que aquello en lo que nunca nos fijamos o sentimos se apodera de nuestra zona oscura de una manera fortuita para zarandearnos en lo más íntimo y remoto de nuestro ser, como si de repente nada hubiese tenido sentido hasta entonces, es el marco de un cuadro cuyo fondo es el de la desesperación. Una desesperación que representa la ruptura que nos viene anunciada por los sentidos y no por la razón, lo que nos hace dudar de ella. Sin embargo, nada podemos hacer para evitarla, porque cuando esa vocación secreta sale a la luz es igual al nacimiento de un nuevo ser. Un monstruo interior que una vez que se libera nos traslada hasta ese abismo del que no podemos separarnos, por mucho que sepamos que ese nuevo ser es la expresión única de la belleza envenenada que el destino ha decidido poner en nuestra vida. La muerte en Venecia de Thomas Mann es ese canto del cisne que se produce cuando no cabe esperar nada más allá de la repetición tozuda y pertinaz de nuestros días y, que en el caso del protagonista de esta novela corta —el escritor, Gustavo Aschenbach—, es la ilusión de realizar un viaje que le acoge durante un paseo del mes de mayo por los alrededores de Múnich, cual Robert Walser que se hubiese hecho presente en la persona de Aschenbach: «Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones». Unas visiones que, al final, le llevarán a la ciudad de Venecia, llegada y punto final de sus aspiraciones más oscuras. Venecia, junto a su destino, le esperó con sus baños de sol, sus calles estrechas y estranguladas, sus monumentales palacios e irrepetibles iglesias, y el viento tórrido y húmedo que recorría sus plazas y canales. Una Venecia que supuso un punto de inflexión en el carácter moral tanto de su vida como de su obra: «Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación… ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?»

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann supone ese enfrentamiento muchas veces invisible entre lo deseado y lo realizado, donde el camino de la búsqueda de la belleza se transforma en una nueva forma de encontrar aquello que nunca fuimos capaces de admitir que nos pertenecía. Para Aschenbach tomará la forma de un cuerpo bello y transparente, el del joven polaco Tadrio: «¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? Un artista que finalmente sucumbe por la fuerza de los sentidos ante esa belleza espiritual que le vence». Solo y perdido en sus propias divagaciones, de las que apenas huye cuando visita la ciudad encantada de Venecia y su embrujo, marcha con paso firme hacia aquello que ni siquiera él conoce o es capaz de admitir, porque como dice el propio Thomas Mann, en boca de su protagonista: «Así los dioses, para hacernos perceptible lo espiritual, suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la juventud humana, de esa juventud nimbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza.». Un dolor y una esperanza que se desvanecen en el horizonte que nos acerca al final de la vida. 

Thomas Mann, con un depurado estilo de la concreción y el ritmo a la hora de mostrarnos todo un inabarcable universo, se apoya en el discurso entre Sócrates y Fedón para reafirmar el carácter destructivo que a veces posee la belleza en sí misma como productora de espejismos que sólo percibe aquel que los sufre: «La belleza es, pues, el camino del hombre sensible al espíritu, sólo el camino, sólo el medio, Fedón… “La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea”». Y es en esa ambivalencia, entre razón y deseo, donde La muerte en Venecia se transforma en la belleza envenenada. 

Ángel Silvelo Gabriel.