martes, 24 de mayo de 2022

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID SU ÚLTIMA NOVELA, LA NOCHE QUE LUIS NOS HIZO HOMBRES (EDICIONES SESHAT): 29 DE MAYO DE 13 A 14 H, CASETA 270

 


Los recuerdos y su impacto sobre el presente. Los recuerdos y el dibujo que dejan en nuestras vidas. Los recuerdos y la barrera que representan entre realidad y ficción… ¿Qué le ocurrió al protagonista de esta novela tras la derrota del Atlético de Madrid en la final de la Copa de Europa de la temporada 1973-74? Como nos dice él: «Aquella noche, mis amigos y yo, comprendimos en unos pocos minutos qué es ganar y perder al mismo tiempo. Soñar ilusionados y despertarnos hundidos. Ficción y realidad frente a frente. Igual que si fuéramos los protagonistas de un relato literario salpicado por los sinsabores de la vida. Aquella noche Luis nos hizo hombres.» 

El protagonista sin nombre de esta novela vuelve la vista atrás cuarenta años después de aquel partido. Lo hace a su infancia, a su barrio del extrarradio de Madrid —La Elipa—, y al fútbol. En él, busca de nuevo las sensaciones que el deporte rey le transmitieron cuando se limitaba a dar patadas a un balón. Y, para ello, busca el apoyo de la figura de Luis Aragonés como catalizador de sus sueños y del reflejo que la vida deportiva de El Sabio de Hortaleza ha ejercido sobre el fútbol español, pues gracias a su gran espíritu combativo e inteligencia fue capaz de cambiar el devenir de este deporte y su historia convirtiendo las derrotas en victorias. Como nos dice el protagonista de esta historia: «Las grandes victorias se generan en la adversidad que las precede. En esa soledad donde solo tienen cabida la inteligencia y el amor propio que van más allá de las modas. Allí donde el tiempo es juez y parte de nuestro destino. Allí donde nadie más que nosotros conoce el sabor amargo de esas mudas victorias que, poco a poco, se gestan en el silencio de la noche.» 

Ángel Silvelo, el autor de La utopía del portero, novela con la que ganó el I Premio de Novela Breve Carlos Matallanas en 2019, nos presenta ahora un relato lleno de casualidades y anécdotas que giran en torno a la nostalgia de la inocencia de la infancia, a la fragilidad con la que un niño se enfrenta a la vida, y al recuerdo que aquellas experiencias —sin ser consciente de ello— le han ido marcando a lo largo de su existencia. Experiencias que ahora sabe que le marcaron el carácter, porque los recuerdos, en ocasiones, nos llevan a revivir historias del pasado que ya creíamos olvidadas y que, sin embargo, se proyectan sobre el presente de una forma amenazadora. En esa nebulosa, donde el paso del tiempo, el fútbol, y su mundo, ejercen de línea argumental y de argamasa de la vida es de la que parte La noche que Luis nos hizo hombres para recordarnos que el fútbol es vida, y que la vida es fútbol. Como dicen los aficionados a este deporte: toda una vida cabe en un partido de fútbol. Algo que es cierto si recordamos a Carlos Matallanas cuando dijo: «El partido sigue». 

Cuarenta años después, al protagonista sin nombre de esta historia, los campos de fútbol se le presentan como espacios fronterizos entre realidad y ficción en los que anclar sus sueños y borrar los errores de su vida. Lo que de alguna forma consigue al rememorar la carrera de Luis Aragonés desde aquella mítica final de la Copa de Europa del año 1974 frente al Bayern de Munich en el estadio de Heysel de Bruselas, hasta el partido contra Alemania en la Eurocopa Austria-Suiza de 2008 que supuso un nuevo triunfo del combinado nacional cuarenta y cuatro años después. De ahí, que el mensaje que prevalece a lo largo de esta novela sea el de que la única esperanza que nos queda es la de soñar cada día, aunque se fracase. Igual que si fuéramos un portero de fútbol que, cada vez que saca la pelota de su portería, en lo único que debe pensar es en ganar, ganar y ganar. «Eso es el fútbol, señores», como dijo Luis Aragonés.

domingo, 22 de mayo de 2022

SALVANA Y SU HOMÓNIMO EP: LIRISMO Y PENUMBRA RASGADOS POR LA PASIÓN


 

Las pasiones vitales en ocasiones se dirimen en ecos que van y vienen como un péndulo que hace el recorrido del ying y el yang en un mismo viaje. Y ese rasgo que se define como una fractura contra las medidas y la estabilidad nos produce un cierto desasosiego. De ese caos infinito, por su capacidad para reproducir su movimiento una y otra vez, surge un lirismo y una penumbra rasgados por la pasión. Algo parecido es lo que sucede con las afiladas y oscuras guitarras del cuarteto barcelonés Salvana (Laura S. Núñez, Carlitos Nieves, Pablo Porcar y Ana Gavidia). Rasgan y rasgan la oscuridad en busca de un rayo de luz y de ese soplo de aire que nos eleve por encima de un suelo no deseado. Sus argumentaciones parecen claras y sus resultados también, porque no hay indefinición en sus canciones, sino una aplastante apuesta por la contundencia envuelta en una nebulosa incierta sobre las que se envuelven unas letras al servicio de unas melodías hipnóticas que van desde el shoegaze de Ingrávida en el que nos recuerdan al extinto grupo gallego Nadadora, hasta el lirismo de Keroseno donde los ecos de Cocteau Twins se hacen más que palpables. Más allá de las comparaciones, su música surge con el acierto de quien necesita gravitar por su particular mundo sonoro que, en el caso de Salvana, es dulce y agreste a la vez, tierno y voraz, lírico y desgarrador. 

En las canciones de su EP homónimo, que les sirve de presentación, han cuidado con una exquisita escrupulosidad su mensaje, tanto musical como visual, uniendo evanescencia y lirismo; un mensaje donde la noche y la oscuridad juegan un papel importante, sin dejar por ello de lado las oportunidades que ambas disciplinas les pueden proporcionar. Hay intención de juego y de escape en sus canciones, desde ese pequeño corte en forma de intro que es A01 hasta Keroseno, una gran canción que resucita el virtuosismo de unas guitarras muy cercanas a esa ingravidez que te produce la sensación de plenitud que les sigue a cada nota musical que producen. Algo parecido es lo que ocurre en Tenue —aunque de una forma más amortiguada—, otra gran canción que desemboca en ese tipo de sensaciones ocultas que, por íntimas, sólo le pertenecen a quien las experimenta. Con Jean-Baptiste, el segundo single de este EP, Salvana ya nos anunciaron la potencia de sus ecos; mensajes plenos de una reverberación que va y viene en busca de esos puntos altos y bajos que caracterizan a las melodías del grupo. En un punto más íntimo, si cabe esa expresión en las canciones de Salvana, nos encontramos con Ultramar, donde las distorsiones aparecen atenuadas por la calma de un tema que nos propone la versión menos angulosa del grupo barcelonés. Algo que se podría decir también de Cobre, un tema que interpretan junto a Víctor García-Tapia. 

Salvana y su EP homónimo son una magnífica propuesta de canciones y visiones arropadas por la necesidad de buscarse a sí mismo en la oscuridad de la noche; un espacio o lugar donde lirismo y penumbra son rasgados por la pasión.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de mayo de 2022

IRÈNE NÉMIROVSKY, LA VIDA DE CHÉJOV: EL ARTE QUE SE ALZA SOBRE LA VIDA


 

La vida, en ocasiones, se asemeja a un junco. Un junco que se mueve al ritmo que el viento le marca. Un junco que permanece aterido bajo la nieve en invierno y seco en verano. Ese junco, a través de su movimiento, es capaz de componer una melodía. Una música de los días y las noches. De los silencios y penurias. De los rayos del sol que le enarbolan como el símbolo de la tenacidad de aquel que nunca se vence. Del ejemplo de la sobriedad sobre la belleza que acapara el resto del mundo. El junco y su soledad son como una marca que marcha indisoluble a nuestra piel. Una marca que no se ve, pero que siempre está ahí, con nosotros. De este modo, esa lucha del hombre contra el mundo, en el caso de Chéjov, bien podría representar el arte que se alza sobre la vida. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín en el que nadie pudiera molestarle, y desde allí, primero escribir para sobrevivir, y después, construir su obra dramática con las escasas fuerzas que su discurrir vital le había dejado y la tuberculosis, cada vez más agresiva, le iba permitiendo. El caso de Chéjov, y su temprana muerte, siempre nos dejará con la incógnita de hasta dónde hubiese llegado la grandeza de su obra, de por sí gigantesca. Una circunstancia que comparte, entre otros, con los poetas británicos Keats, Byron o Shelley, o con el Premio Nobel de Literatura Albert Camus, o con el poeta portugués Fernando Pessoa, y por qué no, con la autora —Irène Némirovsky— de esta exquisita biografía novelada, sensible en ocasiones y cercana siempre al hombre y su obra. Una biografía que se asemeja a esa luz de la tarde que antecede a la noche y se cuela por las ventanas de nuestra casa al final del verano. Una luz tenue, lánguida que apenas roza los límites de las paredes de la habitación en la que nos encontramos. Así resurge la vida de Chéjov en las manos de Némirovsky. Pulcra y emotiva, para de ese modo, dejar fe de una existencia donde las puntiagudas aristas de la vida tienen la capacidad de seducción del reflejo del sol los últimos días del verano. Luz amortiguada por la sinuosidad de los acontecimientos de este hijo de tendero, donde los suaves detalles, insignificantes para la mayoría, aquí adquieren, gracias a la maestría de Némirovsky, el designio turbulento de las vidas marcadas por la soledad. Detalles que tienen unos efectos terribles, como lo son, por ejemplo, los de su miserable infancia en Taganrog, rodeado de hermanos, de la violencia de su padre, o del sacrificio constante de su madre. Obligado a trabajar desde muy pequeño en la tienda del padre, Chéjov pronto encontrará alivio para su alma en la literatura y las composiciones que desde edad temprana comienza a escribir. Entre el ruido que le rodea, la escasa luz, y el cansancio, Antón Pávlovich Chéjov —Antoncha— supo resarcirse de su destino. Esta singular situación de auto aislamiento coincide, sin duda, con la vivida por Irène Némirovsky mientras terminaba de escribir esta biografía de su maestro a las afueras de Issy-l’Évêque en la Borgoña francesa. Lo hacía sentada en el bosque desde muy temprana hora y consciente de que sus días estaban contados tras su salida de París. Ese viento que movía las hojas de los árboles que cobijaban a Némirovsky, sin duda, se parecía mucho al que entraba en la habitación de Yalta en la que vivió Chéjov sus últimos años. Viento revelador de verdades y mentiras, deseos y frustraciones, enfermedad y muerte. En esa geografía de la fatalidad marcada por el destino de la historia del hombre, se desarrollaron las vidas de estas dos figuras de la literatura, en las que el ardor mostrado por la escritora ucraniana contrasta con la serenidad del escritor que nació a orillas del mar Azov. 

En La vida de Chéjov, asistimos, una vez más, a la maestría literaria de la escritora Irène Némirovsky, en la que de una forma escrupulosa y seductora, nos va mostrando la biografía del «más humano de los hombres» como lo define ella misma. En esa plasmación de las diferentes etapas por las que atraviesa la singular existencia de este médico, siempre preocupado por sus semejantes más desfavorecidos —una labor que antepuso a la de su faceta de escritor—, asistimos al retrato de un hombre tímido y sin embargo pasional, alegre con los suyos y sin embargo pesimista con su enfermedad, generoso con los demás y sin embargo pulcro con su forma de expresar sus sentimientos al gran público. Incomprendido. Adelantado a su tiempo. Siempre visionario de esa otra realidad que se sumerge bajo las aguas de la vida, Chéjov fue el representante de un mundo en descomposición; un mundo que aún tardará muchos años en recomponerse, si acaso alguna vez lo ha hecho. Un mundo que, en su caso, representa el arte que se alza sobre la vida. La propia y la ajena. 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 13 de mayo de 2022

MANUEL MOYA, LA MAÑAS DEL COLIBRÍ (IX PREMIO INTERNACIONAL JOSÉ BERGAMÍN DE AFORISMOS): UNIVERSOS SIMBÓLICOS NO APTOS PARA HIPÓCRITAS

 



El canto del colibrí se cuela por nuestras ventanas a primera hora de la mañana. Alegre. Travieso. Bucólico, pero no inocente. Lo hace por el mero hecho que sus sonatas son como universos simbólicos no aptos para hipócritas. El colibrí no miente, si acaso se acerca al muro donde la metáfora es pura gloria. Infinita y perversa. Caleidoscópica y mundana. Por lo de «no me toques que te que te». O porque se parece a ese dicho popular de: «no me toques las palmas que me conozco». Las mañas del colibrí son pura provocación. Literaria. Cultural. Vital. Deshumanizante. No confundir con poética, que también, pero sobre todo simbólica y adherida a esa no-verdad que solo entiende el poeta. Canto o trino de colibrí que trasciende a la anécdota para convertirse en sentencia. No penal. No judicial, pero sí vivificante. Algoritmos de alegrías, penurias y, sobre todo, agudeza. La del que observa y se detiene en lo observado. Manuel Moya aparece aquí como el escritor que tamiza planos de vida. Secuencias de llantos. Travellings de gozo, dulzura y éxtasis. Nada se resiste a su mirada. El uno y el otro. Pessoa y Lisboa. El tango y su trasluz tamizado en flamenco. Y, también vivaz en cada uno de estos aforismos encadenados a la lujuria de la palabra, del nombre, del adverbio, de la preposición o la maleza que él nos separa para que veamos algo nuevo y nunca pensado, salvo por él. Esa originalidad del destierro y el desterrado es la que participa de cada uno de estos juegos gramaticales hechos con la masa del pan del poeta travieso, divertido y ajeno a las modas. El sí porque sí de su prosa se fundamenta en el natural vivir que no persigue más gloria que el don de la palabra y su acierto. Así, el resultado de todo ello es un marcador sin guarismos que, sin embargo, nos resulta demoledor, sarcástico, puntiagudo, divertido y con un punto de sabiduría picante y traviesa. 

Las mañas del colibrí son la metáfora de la cadena que nunca se acaba, tal vez porque son mundo cargado de palabras reconvertidas en un trino esclarecedor e insinuante. Cómplice de nuestras tretas y sueños. Melodía infinita que lo abarca todo, y transforma la realidad en lo que es: el producto del desecho humano que obvia su final. En este camino, sin duda, surge el alma del poeta que reside en su autor, y que deja entrever en sus inesperadas observaciones vinculadas a ese más allá que la mayoría no ve. Comparaciones y términos definidos con una sutil inteligencia que los enfrentan y confrontan. Guerras sin cuartel que se despachan en universos simbólicos no aptos para hipócritas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 3 de mayo de 2022

MANUEL MOYA, LLUVIA OBLICUA: EL PODER DE LO IMPOSIBLE QUE SE ENCUENTRA SUMERGIDO EN EL MUNDO DE LAS SOMBRAS

 


¿Existe el poder de lo imposible? Aquel que se aferra a nuestras vidas de una forma tan caprichosa como delatora. Ese poder que se transfiere de los muertos a los vivos y nos mantiene en una continua tensión bajo un abrazo imaginario que, sin embargo, da cuerpo a todo aquello que de trascendente o universal tiene lo que en verdad importa. ¿Qué es lo que en verdad importa, la vida o el sueño? Soñar que sueño como diría Pessoa aferrado a la lluvia infinita que gobernó su vida y parte de su obra. Lluvia oblicua que se encargó de desdibujar su semblante y su figura hasta convertirlo en sombra. Sombra de sombras en la que se erigió como el dios perdido de una ópera trágica y oscura. Lírica y patriótica. Esotérica y nómada. Así, como un extraño dentro sí mismo habitó su vida; un puro teatro de voces en el cada una de ellas surgía como el poder de lo imposible que se encuentra sumergido en el mundo de las sombras. Sombras hechas voces. Y voces convertidas en poesía. El hombre que caminaba sin pisar el suelo fue el paradigma de la derrota; una derrota que, sin embargo, siempre nos habla de la dignidad del fracaso: «Los jóvenes me aprecian simplemente porque he fracasado. Todos los jóvenes del mundo andan fascinados por la derrota. Todos buscan el ejemplo del fracasado. Si por ellos fuera, pondrían estatuas del fracaso en todos los parques. Son jóvenes y por tanto disculpables. Un poeta está realmente jodido cuando en vez del fracaso, que es su estado natural, piensa en el éxito. Entonces ya está muerto, porque el éxito y el fracaso no son más que dos equívocos, dos ficciones sin valor. Éxito y fracaso son la misma cosa: nada. Solo que quien consigue el éxito no puede ya ignorar de qué clase de insustancial materia está hecho el éxito. Del fracaso se sale, del éxito no.» 

Manuel Moya en esta magnífica y singular, profunda y acertada Lluvia oblicua nos relata con una potente voz llena de registros pessoanos los últimos días de un Pessoa que, comienzan igual que el día en el que después de pedir a su barbero Manassés que le afeitara antes de que le llevaran al Hospital de San Luis de los Franceses —como también nos relata Tabucchi en su magnífico relato Los tres últimos días de Fernando Pessoa— ingresó en el mismo para fallecer la tarde-noche del sábado 30 de noviembre de 1935. Pues el resto de esta espléndida narración es la de un sueño, en la que su autor Manuel Moya lleva de la mano al poeta por todos aquellos lugares y costumbres que hicieron de él un ser único. Un hombre que transitó la mayor parte de su vida por un kilómetro cuadrado. Moya, profundo conocedor de la vida y la obra del poeta más universal de las letras portuguesas, nos muestra esa senda plagada de estaciones que, a  modo de viacrucis, va recorriendo hasta su final, y en donde la sempiterna lluvia que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas se convierte en la protagonista y elemento aglutinador de una vida irreal, onírica y caprichosa; una representación de los últimos pasos de Fernando Pessoa por las adoquinadas calles de una Lisboa arrebatada al paso del tiempo: «Lisboa y sus casas de varios colores…/ a fuerza de monotonía es diferente». Una monotonía que, a modo de prisión, persiguió el tragaluz por el que se acabó colando la vida, que no la figura, del poeta. En apenas ciento treinta páginas Manuel Moya nos enseña la esencia de una existencia plagada de sueños sin realizar y sonoros fracasos. Sueños y fracasos que no menosprecian la invocación del cariño ajeno del que tan huérfano se encontraba Pessoa, ni tampoco la manifestación de una soledad perdida en la oscuridad de un arcón cargado de papeles, miedos y promesas. Ajeno al mundo, e inmiscuido en su propio sueño, los pequeños detalles que nos proporciona Moya se alzan como auténticos símbolos de una epopeya: la pitillera de plata que le regaló su amada Ofelia, el trozo de papel en el que trata de despedirse de Magde, la cartera desprovista de documentos que albergar, su sombrero, la gabardina desteñida y raída, su pajarita…, y el eco de su voz que se vuelve único, universal y magistral cuando arremete contra sí mismo y sus palabras. Por si esto fuera poco, Moya nos ilustra ese espacio geográfico con detalles minimalistas de las casas, escritorios, máquinas de escribir, bares y estancos que nos alumbran el recorrido último de Pessoa por la calles de su implorada Lisboa, eso sí, con una lluvia infinita a cuestas, algo que, por ejemplo, ni el propio Saramago hizo en su célebre novela El año de la muerte de Ricardo Reis. 

Manuel Moya en Lluvia oblicua nos proporciona una extraordinaria semblanza del final de un poeta único que fue capaz de crearse un mundo para sí mismo, porque en el que nació, a los cinco años —cuando murió su padre— dejó de interesarle; un mundo que, de repente, se convirtió en un espacio agreste y solitario; un mundo sin amor; un mundo exento de la expectativa tanto del futuro como de la palabra éxito. Un mundo cercano a esa entelequia que, quizá, nunca llegó a descifrar, y donde el poder de lo imposible se encontraba sumergido en el mundo de las sombras. 

«Se ilumina la iglesia dentro de la lluvia de este día,

Y cada vela que se enciende es más lluvia que golpea en el vitral…

Me alegra oír la lluvia porque ella es el templo encendido,

Y los vitrales de la iglesia vistos por fuera son el sonido de la lluvia oído por dentro…

 

El esplendor del altar mayor es que casi no pueda ver los montes

A través de la lluvia que es oro tan solemne en el mantel del altar…

 

Suena el canto del coro, en mí latín y viento sacuden el vitral

Y el chirriar del agua en el hecho de haber coro…

 

La misa es un automóvil que pasa

A través de los fieles que se arrodillan hoy que es un día triste…

De repente el viento sacude un esplendor mayor

La fiesta de la catedral y el ruido de la lluvia todo lo absorbe

Hasta sólo oírse la voz del padre agua perdiéndose a lo lejos

Con el ruido de las llantas del automóvil…

 

Y se apagan las luces de la iglesia

En la lluvia que cesa…» 

(Extracto del poema Lluvia oblicua) 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 29 de abril de 2022

ALICE MUNRO, DEMASIADA FELICIDAD: LA CRUEL SOLEDAD DEL DIFERENTE

 


Soledad. Soledad como la fuerza que nos somete a lo largo de la vida. Soledad que no desaparece con la muerte. Esos reflejos interiores que nunca llegan a atisbarse en un mundo hostil y primitivo. Reflejos alejados de todo aquello que lleve la marca de la felicidad. Entonces, ¿qué representa ese efímero trasunto que deviene en demasiada felicidad? Esa demasiada felicidad que Munro nos presenta en esta colección de relatos es un mero deseo. Aquel que siempre anhelamos. Aquel con el que soñamos de una forma obsesiva. Aquel que no es real. En este caso, como ocurre en la obra de la escritora canadiense, las aguas subterráneas por las que fluyen sus relatos no dejan de correr por su mente. Por sus historias. Por sus vísceras. Aguas que salen a la luz en narraciones afincadas en una realidad muchas veces hostil y que huyen de ella asociadas a la indiferencia. Vidas anónimas que también necesitan de algo de cariño. Un cariño que parece que nunca encuentran, porque Munro indaga en los secretos que mueven nuestras vidas y en las atrocidades que éstos engendran. El resultado de todo ello convierte a sus personajes en seres débiles y sensibles que necesitan de ilusiones efímeras o absurdas que se crean ellos mismos para sobrevivir. La vida, en estos casos, es un espacio de ausencias, tal y como ocurre en el relato, Dimensiones, que abre esta recopilación. Ausencias que, sin duda, necesitan aliarse con el destino, y donde las historias contadas lo son de vidas paralelas que no tienen nada en común, salvo la soledad. Vidas paralelas que, sin embargo, acaban uniéndose en un enigmático final —marca de la casa— que nos ofrece la posibilidad de terminar o reinterpretar lo leído o imaginado. Un azar y sus consecuencias que está presente en El filo de Wenlock o en Pozos profundos, donde las historias quedan inacabadas, suspendidas en el aire, en la soledad y en la búsqueda de uno mismo y el resultado insatisfactorio que eso conlleva. Rastros de rostros que no acaban de romper con su pasado, porque siempre hay un lugar al que volver aunque éste sea el equivocado. 

Alice Munro conocedora de que en la literatura hay que saber seducir al lector para mantenerle atento a aquello que se le está contando, emplea distintas formas para atrapar y engañar al lector. Una de ellas es la de llevarle por un camino que luego se desvanece y que al final resurge, para de esa forma, darle un sentido a la historia. Una técnica del relato corto que se denomina como la historia oculta o subterránea. Esta técnica es la que la escritora canadiense emplea en Radicales libres, en la que la soledad de los personajes y su desarraigo frente al dolor y la vida son los verdaderos protagonistas. Un desarraigo que se alza como otro de los aciertos narrativos de la Munro, y que sin duda, se convierte en magistral cuando lo emplea en sus particulares viajes hacia la infancia presentes en algunos de su relatos. Aquí, los recuerdos de la infancia transitan imborrables hasta el final de nuestras vidas. Recuerdos apegados a lugares, casas y estancias donde, quizá, una vez fuimos felices como solo se puede ser feliz cuando eres niño, donde el corazón todavía no ha sido abrasado ni por la ira ni por el rencor. Viajes que solo se entienden en la soledad del tiempo. Sin embargo, no todo es felicidad en Demasiada felicidad, porque la autora también utiliza esa vuelta al pasado para hacer presente la crueldad que manifiestan los niños contra el diferente, el malformado o el retrasado, y que, en Juego de niños, se plasma en una larga historia llena de vaivenes que en un momento dado te obligan a ir en busca del final. Un final cruel y sin cerrar a pesar de que se intuya sin dificultad el destino de una de las protagonistas. Destino para el que Munro afila el cuchillo que representa su escritura mordaz y valiente. Un estilo que la define y en este relato pone al servicio de la soledad infantil que va dejando rastro a lo largo de nuestras vidas, a pesar de que éste sea una rastro sangriento. 

Hay que llegar al final del libro para dar con la joya literaria de esta recopilación de relatos, pues el que da título al mismo, Demasiada felicidad, es toda una obra maestra del arte de escribir. En esta pequeña biografía de la matemática rusa Sofia Kovalevski, Alice Munro nos proporciona una clase magistral de contención, frialdad, y perfección narrativa a la hora de relatarnos los últimos días de la matemática rusa, y lo hace con una mirada inequívocamente sublime hacia el personaje, lo que nos obliga a no dejar de leer. Demasiada felicidad es la partitura de una hermosa historia de amor y desencuentros. De atrevimiento y desencanto. De valentía y renuncias. Una historia plena de magnetismo. Intensa. Mágica como un cuento de hadas. Reveladora como el mayor de los milagros. Una historia donde la nieve hace de justiciera maldita y atroz,. Una historia que en su último capítulo llega a la perfección. La limpieza con la que Munro afronta esta biografía es admirable, porque nada falta y nada sobra  en esta brillante narración teñida por el infortunio y la soledad que nos acoge a lo largo de nuestras, a pesar de que en ella tenga cabida la frase demasiada felicidad como expresión de ese último deseo que nos acoge antes del final. Una felicidad que, sin embargo, se transforma en la cruel soledad del diferente. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 24 de abril de 2022

NIÑOS MUTANTES EN LA SALA MON LIVE DE MADRID: CANCIONES PARA LA CABEZA Y EL CORAZÓN


 

La lluvia, en ocasiones, es el flujo de la vida que nos desprende de todo aquello que nos resulta dañino. Los malos recuerdos y las crueles experiencias se diluyen en un abrir y cerrar de ojos que nos facilita visualizar la puerta hacia una nueva vida. Una nueva vida cargada de nuevas ilusiones y esperanza. Ese podría ser el leitmotiv de un concierto donde Niños Mutantes disfrutaron sobre el escenario como si nada hubiese ocurrido en esta larga interrupción en forma de pesadilla colectiva que hemos padecido. Pero no solo ellos, porque sus seguidores saltaron, bailaron y lo dieron todo en la Sala Mon Live de Madrid una noche de viernes lluviosa. Una lluvia purificadora de aquellos sueños rotos que, desde que Juan y el resto de componentes del grupo granadino salieron al escenario cayó como un negro telón que de repente se convierte en luz. Luz hecha música. Con una puntualidad germánica Niños Mutantes hicieron su aparición en el escenario con un show repleto de buenas canciones que distribuyeron en un setlist que abarcó casi todos sus discos. Quizá, esta nueva reentré justificaba más que nunca el repaso vital y musical a toda una vida llena de canciones. Canciones que los allí presentes disfrutaron como nunca al escuchar temas como Errante, Globo o Te favorece tanto estar callada. Eléctricos. Dinámicos. Amarrados a sus gravitacionales letras que tanto nos narran las duras historias de la vida como nos hablan de una nueva esperanza, Niños Mutantes supieron dotar a su actuación del  punto de inflexión que supone todo lo que conlleva la música pop-rock: la intensidad del momento que se fusiona con las sensaciones. Sensaciones que devienen en imágenes que nos llevan a recordar ese edén en el que por momentos creemos estar cuando escuchamos los temas que nos hacen volar. Y eso hicieron los de Granada: conseguir hacer volar a un público que llenaba la Sala Mon Live de Madrid con sus propuestas musicales. La traducción de todo ello se produjo, sin duda, a través de sus guitarras al aire. Guitarras que esculpieron emociones desde que comenzaron a sonar las notas de Palabras de Julio, tema con el que se inició el concierto y, que desde el minuto uno, nos dejaron claro que la simbiosis entre grupo y público no había hecho más que empezar. 

Como los mejores recuerdos son aquellos que nos siguen produciendo un estallido de luz en el corazón, Niños Mutantes repasaron con intensidad una buena parte de su discografía a lo largo de los veintiún temas que sonaron a lo largo de su actuación, en la que incidieron más en sus discos Ventanas y Diez, y sin olvidarse de su última canción: No has venido a sufrir. A lo largo de esa caída del sol a la que hace referencia este tema los granadinos no llevaron por una senda plena de los claroscuros; esos que nos persiguen día a día y, de las que ellos sin embargo, fueron capaces de extraer la esencia de cada momento con unas letras que en muchas ocasiones fueron coreadas por sus más fieles seguidores y que, sin duda, los hicieron sentirse como en casa, por mucho que ellos sean de Granada, su sello discográfico (Ernie Producciones) de un pueblo de Ourense llamado Castro Caldelas y la actuación se produjese en Madrid. Una mezcolanza que nos habla de la universalidad de la música y, también, de un lenguaje que no tiene límites. Un lenguaje en el que la música fue la gran protagonista en esta noche de viernes. Una noche lluviosa en el exterior y envolvente y mágica en el interior gracias a esos medios tiempos de Niños Mutantes. Siempre agarrados a esa percepción única que desarrollan en cada uno de sus temas. Instantes perennes en la memoria de aquellos que se acercan a  su música. Veteranos en el arte de la composición, los conciertos y los festivales, el viernes reaparecieron en Madrid tras su concierto en Granda como unos músicos dispuestos a empezar de nuevo. De su generosidad nacieron canciones llenas de alma y corazón. Canciones que, como indican en su corolario en redes sociales son: «Canciones para la cabeza y el corazón». Y gracias a ello saltamos, bailamos y cantamos cuando sonaron, por ejemplo, Hermana mía, Te favorece tanto estar callada, o Sin pensar. O como no, cuando atacaron Errante, que desató un coro colectivo que junto a No puedo más sirvieron para cerrar la primera parte del show. 

El bis les sirvió para homenajear a sus seguidores más veteranos con Globo, una canción que entre subes y bajas reafirmó la fuerza del directo de los granadinos. A la que siguió Noches de insomnio, otro de sus hits que enseguida nos devolvió a nuestra memoria las imágenes del vídeo de la Fundación Rodríguez-Costa de Granada donde fue grabado entre acequias y esculturas clásicas. Lo que sin duda fue una magnífica opción antes de tocar la versión de Manuel Alejandro del tema Como yo te amo, en donde a Juan se le escapó un: «esto va por Raphael», lo que les llevó hasta ese rush final que fue Todo va a cambiar. Una canción con un mensaje de esperanza, igual que todo el concierto que tuvimos la fortuna de vivir el pasado viernes, porque no se nos pasó por alto que esa fue la magnífica excusa para pasar página e ir en busca de un horizonte en el que perduren las canciones para la cabeza y el corazón de la mano de unos Niños Mutantes eléctricos, exultantes y cargados de una vitalidad a prueba de bombas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 21 de abril de 2022

THE SMILE, FREE IN THE KNOWLEDGE: LA LIBERTAD DE ELEGIR NUESTRO FINAL



Lírica. Impactante. Coral e icónica como un video-montaje de Bill Viola. Atrapada en el mimetismo de una melodía que te pone los pelos de punta. Sensibilidad a flor de piel en la voz y la composición de Thom Yorke, tal y como si lo hubiese compuesto para Radiohead. Pero no, son The Smile, esa dulce sonrisa que te asoma en la boca cuando escuchas esta bella canción una y otra vez, una y otra vez…

 

LIBRE POR DEL CONOCIMIENTO

libre por el conocimiento

un día esto terminará

libre por el conocimiento

todo ha cambiado

 

y este es solo un mal momento

avanzamos a tientas

no nos van a atrapar así

soldados a nuestras espaldas

no nos atraparán así

un rostro usando miedo

para tratar de controlarnos

pero cuando nos unimos

pues, entonces, quién sabe qué pasará

 

y este es solo un mal momento

avanzamos a tientas

no nos atraparán de esa forma

soldados a nuestras espaldas

no nos atraparán

 

hablo con el rostro en el espejo

pero él no puede responder

le dije que es hora de que hagas algo

porque vemos a través tuyo

le hablo al rostro en el espejo

pero él no puede responder

resulta que estamos juntos en esto

nosotros dos

 

Letra de la canción: Free in the knowledge.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 17 de abril de 2022

PARÍS, DISTRITO 13, UNA PELÍCULA DE JACQUES AUDIARD: EL VACÍO Y LOS AMORES LÍQUIDOS EN LA GENERACIÓN TINDER


 

Fluir. Dejarse llevar. Caer atrapado en la necesidad de evitar el vacío. Con el sexo. A través del sexo. Después del sexo. Fluir sin mirar al entorno. Gris. Gigantesco en sus edificaciones. Incómodo en su plasmación interior. Desdibujado. Lleno de goteras. Y, tras ello, la sensación de andar perdido. Elementos de un decorado que se reafirman a cada momento en esta película sobre el vacío y los amores líquidos en la generación Tinder. Todo transcurre en un París de pueblo. Una ciudad gris, de anodinos rascacielos de viviendas oscuras. Instantáneas en blanco y negro, el color elegido por su director, Jacques Audiard, para reconstruir el mundo desconocido de unos personajes que buscan una y otra vez el maná más allá de esa testadura vía muerta en la que la sociedad los ha situado. Una vía alejada de la brillantez. Del insultante narcisismo de sus mayores. De ese lujo que nunca han conocido ni conocerán salvo en los anuncios que rodean y golpean sus vidas. En esa soledad plena de desencuentros Audiard sitúa a sus personajes que, como dice Émilie, una relevante Lucie Zhang, en su estreno cinematográfico: «Primero follar, y luego ya veremos»; una frase extraída de un proverbio chino que cristaliza esas vidas anónimas. Vidas perdidas en la inmediatez de aquello que creen que está al alcance de su mano. Una inmediatez que no conoce el futuro ni se lo plantea. Mundo cloaca. Mundo sin más dicha que el presente continuo: comiendo, follando, esperando. Rueda infinita de jaula de hamster. En París, Distrito 13 no se puede despreciar nada, porque es un mundo sin grandes expectativas, salvo que tú te las crees a ti mismo. La falta de un trabajo bien remunerado, una vivienda que no tengas la prioridad de compartir para sobrevivir, o el desprecio al que tienen que hacer frente unos personajes por parte de la sociedad en la que viven a pesar de ser la generación mejor preparada, son los límites o fronteras a saltar. Y si no eres capaz de hacerlo te verás obligado a enfrentarte al vacío. Tu propio vacío. Un vacío que una y otra vez intentarás rellenar de destellos efímeros, donde el sexo es como una ilusión que ya no existe y que se manifiesta a un ritmo endiablado de música electrónica en clubes sin nombre ni recuerdos. El amor, si llega, será más tarde.                                                               

París, Distrito 13 es la normalización del fracaso colectivo que representan el protagonismo de las redes sociales y la ausencia del tiempo que estas imponen para llegar a conocerse cara a cara, donde las trampas nos las creamos nosotros mismos y no vienen servidas por una tecnología mentirosa y dañina. Vida de pantallas y silencios. De reflejos condenados a no materializarse. De corrupción y miseria. Una vida que te incapacita para llegar a tener una experiencia vital adulta de verdad, independiente y autosuficiente. De realidades no forjadas en las distancias que te impone la fría tecnología, más robótica que humana. De lenguajes y códigos impersonales y anodinos. Audiard retrata muy bien a estos millenials y sus dificultades para salir adelante en una ciudad anónima y desconocida que no parece París. Una propuesta que nos recuerda a las películas de Éric Rohmer a la hora de afrontar las relaciones personales, pero que a diferencia de las filmadas por el maestro de la nouvelle vague, ahora no se sustentan en las palabras, pero sí en las relaciones sexuales entre sus protagonistas. La palabra, aquí, ha sido sustituida por la visualización de un deseo que se cristaliza en la posibilidad de escapar de la fría estructura de una vida condenada al fracaso, y en la que por tanto, solo existe la posibilidad del instante. Un instante que se transforma en la búsqueda innata de una felicidad que solo te proporciona el placer a través del sexo. Por ser la única posibilidad a su alcance de integrarse y ser igual al otro. A los otros. A la cadena que nos une de una forma infinita a lo largo del tiempo. Una opción que se manifiesta como una insignia del vacío y los amores líquidos en la generación Tinder. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 14 de abril de 2022

STEFAN ZWEIG, LA DESINTOXICACIÓN MORAL DE EUROPA: LA DEVASTADORA IRRACIONALIDAD QUE LOS NACIONALISMOS EJERCIERON SOBRE EUROPA


 

Igual que Julio Verne se adelantó a la época en la que vivió, brindándonos la posibilidad de viajar a la luna muchos años antes de que el hombre la llegara a pisar, o por qué no, proporcionarnos la oportunidad de llegar al mismísimo centro de la Tierra, Stefan Zweig, inteligente y lúcido siempre, nos revela de una forma que, a día de hoy no puede ser más  asombrosa e iluminaria, la devastadora irracionalidad que los nacionalismos ejercieron sobre Europa, pero no sólo eso, porque mediante la lectura de sus artículos descubrimos la esencia del observador omnisciente que todo lo ve y, además, se atreve a proponer ideas y proyectos que años más tarde se llevarán a efecto en el seno de la actual Unión Europea; una unión de Estados que, como muy bien nos apunta Zweig, deben traspasar la barrera económica para fundamentarse en una unión cultural de los pueblos de Europa que nos lleve a identificarnos los unos con los otros y, de ese modo, visualizarnos e interiorizarnos sin necesidad de emplear la fuerza de la guerra. Para ello, entre otros proyectos, nos plantea un Erasmus para jóvenes muchos años antes de su posterior puesta en práctica; un instrumento que el escritor y pensador austriaco formula como un instrumento unificador del verdadero conocimiento europeo, pues es un instrumento al servicio de las jóvenes generaciones, capaz por sí solo, de impedir futuros enfrentamientos bélicos. 

La experiencia personal e intelectual de Zweig al servicio de los demás alcanza en estos artículos la dimensión de las grandes gestas, pues una gran gesta es el pulso firme y el pensamiento lúcido que el austriaco nos proporciona en su forma de ver y reinterpretar el mundo. No hay nada que escape a su análisis y, así, por ejemplo, aborda el colonialismo inglés en la India a través del atentado producido por un hindú en Londres; un incidente que a él le sirve para hablarnos y hacernos sentir el aislamiento de la nación inglesa frente al mundo, a pesar de sus muchas colonias; una premonición, quizá, del aciago presente inglés a través del Brexit, pues se trata de una nueva manifestación del nacionalismo rancio y prepotente que sólo es capaz de tirar en una sola dirección. Pero por si esto fuera poco, Stefan Zweig nos habla en “La monotonización del mundo” de una forma, preclara y muy acertada, del concepto de la globalización, y de la falta de identidad que éste conlleva. Esa homogeneización es la que borra las huellas de los pueblos y los hace más proclives al nacionalismo y al fanatismo, nos dice Zweig y, nos lo explica, con unos sencillos ejemplos que están insertados dentro de nuestros hábitos cotidianos de vida. Estos son: el baile, la moda, el cine y la radio. A través de ellos nos alerta de que «las mentes son cada vez más parecidas por obra y gracia de los mismos intereses. De una manera inconsciente se va formando […] una extinción de lo individual que da paso al prototipo», más manipulable. El gran impulsor de todo ello, una vez más, serán los EE.UU. 

La lucha del individuo frente al Estado, adquiere en estos artículos, el estigma de la lucha de David contra Goliat; una insalvable diferencia a la que sin embargo Zweig aporta el don de la inteligencia y el análisis para darnos la oportunidad de salvarnos de ese yugo perenne y acosador que nos persigue a lo largo de los días. Él, tras la llegada del nazismo y la persecución que el régimen de Hitler llevó a cabo sobre los judíos, ya nos advirtió del mal que nos acechaba y, de ahí, que propusiera a Europa como el último baluarte del individualismo. Sin embargo, la solución que aportó fue la que finalmente se aplicó a sí mismo y a su mujer: la huida hacia nosotros mismos. Pues ni el todopoderoso presidente norteamericano Wilson después de la finalización de la Gran Guerra, ni la existencia de una Sociedad de Naciones fueron capaces de imprimir a los dirigentes europeos de unos instrumentos que les llevaran a plantear la paz como una forma de inclusión de los pueblos de Europa, y no como un simple resarcimiento militar, económico y territorial de los vencedores sobre los vencidos. Años más tarde, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Zweig ya no pudo ver y conocer la victoria de los aliados sobre Alemania y, mucho menos, la creación de la CE y su posterior transformación en la UE. Un cambio de las políticas de los dirigentes europeos que, sin llegar a ser de ningún modo la panacea del modelo con el que soñaba Zweig, sí que han servido para cambiar el panorama político del continente y adoptar parte de sus propuestas y pensamientos. Proyectos, todos ellos, cargados de una palabra en desuso en la actualidad: generosidad, pues no en vano, él sacrificó su vida en pos de su pensamiento. 

Ángel Silvelo Gabriel.