jueves, 14 de abril de 2022

STEFAN ZWEIG, LA DESINTOXICACIÓN MORAL DE EUROPA: LA DEVASTADORA IRRACIONALIDAD QUE LOS NACIONALISMOS EJERCIERON SOBRE EUROPA


 

Igual que Julio Verne se adelantó a la época en la que vivió, brindándonos la posibilidad de viajar a la luna muchos años antes de que el hombre la llegara a pisar, o por qué no, proporcionarnos la oportunidad de llegar al mismísimo centro de la Tierra, Stefan Zweig, inteligente y lúcido siempre, nos revela de una forma que, a día de hoy no puede ser más  asombrosa e iluminaria, la devastadora irracionalidad que los nacionalismos ejercieron sobre Europa, pero no sólo eso, porque mediante la lectura de sus artículos descubrimos la esencia del observador omnisciente que todo lo ve y, además, se atreve a proponer ideas y proyectos que años más tarde se llevarán a efecto en el seno de la actual Unión Europea; una unión de Estados que, como muy bien nos apunta Zweig, deben traspasar la barrera económica para fundamentarse en una unión cultural de los pueblos de Europa que nos lleve a identificarnos los unos con los otros y, de ese modo, visualizarnos e interiorizarnos sin necesidad de emplear la fuerza de la guerra. Para ello, entre otros proyectos, nos plantea un Erasmus para jóvenes muchos años antes de su posterior puesta en práctica; un instrumento que el escritor y pensador austriaco formula como un instrumento unificador del verdadero conocimiento europeo, pues es un instrumento al servicio de las jóvenes generaciones, capaz por sí solo, de impedir futuros enfrentamientos bélicos. 

La experiencia personal e intelectual de Zweig al servicio de los demás alcanza en estos artículos la dimensión de las grandes gestas, pues una gran gesta es el pulso firme y el pensamiento lúcido que el austriaco nos proporciona en su forma de ver y reinterpretar el mundo. No hay nada que escape a su análisis y, así, por ejemplo, aborda el colonialismo inglés en la India a través del atentado producido por un hindú en Londres; un incidente que a él le sirve para hablarnos y hacernos sentir el aislamiento de la nación inglesa frente al mundo, a pesar de sus muchas colonias; una premonición, quizá, del aciago presente inglés a través del Brexit, pues se trata de una nueva manifestación del nacionalismo rancio y prepotente que sólo es capaz de tirar en una sola dirección. Pero por si esto fuera poco, Stefan Zweig nos habla en “La monotonización del mundo” de una forma, preclara y muy acertada, del concepto de la globalización, y de la falta de identidad que éste conlleva. Esa homogeneización es la que borra las huellas de los pueblos y los hace más proclives al nacionalismo y al fanatismo, nos dice Zweig y, nos lo explica, con unos sencillos ejemplos que están insertados dentro de nuestros hábitos cotidianos de vida. Estos son: el baile, la moda, el cine y la radio. A través de ellos nos alerta de que «las mentes son cada vez más parecidas por obra y gracia de los mismos intereses. De una manera inconsciente se va formando […] una extinción de lo individual que da paso al prototipo», más manipulable. El gran impulsor de todo ello, una vez más, serán los EE.UU. 

La lucha del individuo frente al Estado, adquiere en estos artículos, el estigma de la lucha de David contra Goliat; una insalvable diferencia a la que sin embargo Zweig aporta el don de la inteligencia y el análisis para darnos la oportunidad de salvarnos de ese yugo perenne y acosador que nos persigue a lo largo de los días. Él, tras la llegada del nazismo y la persecución que el régimen de Hitler llevó a cabo sobre los judíos, ya nos advirtió del mal que nos acechaba y, de ahí, que propusiera a Europa como el último baluarte del individualismo. Sin embargo, la solución que aportó fue la que finalmente se aplicó a sí mismo y a su mujer: la huida hacia nosotros mismos. Pues ni el todopoderoso presidente norteamericano Wilson después de la finalización de la Gran Guerra, ni la existencia de una Sociedad de Naciones fueron capaces de imprimir a los dirigentes europeos de unos instrumentos que les llevaran a plantear la paz como una forma de inclusión de los pueblos de Europa, y no como un simple resarcimiento militar, económico y territorial de los vencedores sobre los vencidos. Años más tarde, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Zweig ya no pudo ver y conocer la victoria de los aliados sobre Alemania y, mucho menos, la creación de la CE y su posterior transformación en la UE. Un cambio de las políticas de los dirigentes europeos que, sin llegar a ser de ningún modo la panacea del modelo con el que soñaba Zweig, sí que han servido para cambiar el panorama político del continente y adoptar parte de sus propuestas y pensamientos. Proyectos, todos ellos, cargados de una palabra en desuso en la actualidad: generosidad, pues no en vano, él sacrificó su vida en pos de su pensamiento. 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 9 de abril de 2022

EL VERBO ODIADO EN LA SALA SIROCO: ARREBATOS SONOROS QUE ESTALLAN CONTRA EL MUNDO

 


Salir corriendo. Huir de uno mismo hasta que ya no quedan calles por las que correr. Hacerlo bajo el estallido sonoro de unas guitarras arrebatadoras. Que buscan con urgencia una salida. Que surgen como una luz en plena oscuridad. Que desean encontrar aquello que buscan con la fe del que necesita reencontrarse con la persona amada. Así se presentaron los componentes del grupo oscense, El Verbo Odiado, sobre el escenario de la Sala Siroco de Madrid que, enseguida, se les quedó pequeño, enarbolados como estaban junto a la bandera de la libertad. Una bandera expresiva. Musical. Onírica bajo la que los sonidos del grupo discurrían entre la voz de Jorge y las guitarras del resto del grupo; una fusión que entremezcla sonidos shoegaze de grupos ya desaparecidos como Nadadora, o de esos otros que buscaban la psicodelia como Nudozurdo, sin dejar de renunciar a la agenda sonora de, por ejemplo, unos Pasajero que vuelven dispuestos a dar guerra. En este caso, El Verbo Odiado conoce muy bien sus armas, y junto a las letraheridas composiciones de Jorge, las cuerdas de sus guitarras son las verdaderas protagonistas de sus sonidos a los que acompañan muy bien el bajo y una inconmensurable batería. Y todos ellos, juntos, son como arrebatos sonoros que estallan contra el mundo. Así lo hicieron desde el minuto uno cuando empezó a sonar Ahora o nunca, un tema progresivo en su concepción musical y que avanza con la inteligencia de los medios tiempos con grandes dosis de energía —marca de la casa del grupo oscense— que, como muy bien nos apuntó Jorge, nace de un pequeño pueblo de una pequeña capital de provincia. En ese pequeño tarro de las esencias es desde donde el grupo se ancla con la determinación de saber muy bien aquello que hace, tal y como sucedió, por ejemplo, cuando sonó Tarantino con unas guitarras que son como rasguños de amor y que no cejan en la búsqueda de esa nota alta. Profunda. E incandescente: «Estoy tan emocionado que/ Voy a disimularlo bien.» En ese tobogán de sonidos inasequibles al desaliento fueron abordando temas como Cuestión D, donde las guitarras surgen como un amor apócrifo que nos lleva a un espacio más que propicio donde perder el sentido por la intensidad de una melodía que se transforma en verbo. Verbo odiado. 

Los temas que escuchamos ayer, y que formarán parte de su tercer larga duración, tienen una cadencia menos oscura, y son el resultado de una concepción compositiva menos ensimismada, lo que les dota de una mayor luz y un brillo que sin embargo no les resta ni un ápice de fuerza o energía, porque de ahí vuelven a nacer canciones hipnóticas. Progresivas. E insultantes. Como sucedió cuando atacaron Maniatados o Mediocre, cuyas notas de un sonido rompedor fueron igual que aves que aletean como valientes guerreros contra la oscuridad. Canciones que de nuevo suben y bajan sin descanso; un movimiento que las convierte en mágicas y plenas de hipnotismo. Brutales y tajantes contra el miedo que se apodera de nuestros sentidos. Y, sin duda, cuando tocaron su hit, Nada que celebrar la sala, que estaba llena, surgió como un coro colectivo donde quien más quien menos coreó esta canción llena de brillantes matices, y que ayer abordaron con más energía que en el disco —si cabe—, para convertirla en algo único y especial, lo que la convierten en la gran proa musical de este grupo llamado a alcanzar mayores cotas de reconocimiento y cuotas de seguidores. Una percepción que se hizo más firme cuando sonó La pasión del verbo donde unas guitarras más maduras interfieren de una forma directa sobre nuestros sentidos, porque buscan, buscan y buscan, mientras la canción sube, sube y sube. 

El Verbo Odiado ejecutaron ayer un concierto sin bises ni descanso en la Sala Siroco de Madrid, lo que nos permitió disfrutar de su intensidad de una manera plena y sin fisuras, donde las canciones se iban sucediendo una tras otra en un inteligente setlist que, a buen seguro, hizo las delicias de sus seguidores. Fieles seguidores de unos sonidos que siguen de plena vigencia y que necesitan de bandas como ellos que las pongan en práctica de un modo tan enérgico y convincente. Así nos lo pareció cuando sonó La Pasión del Verbo con un final arrollador y cortante, o El odiado, otro de los grandes temas del grupo, donde regresaron a los sonidos iniciales con la premura de los nuevos reencuentros, cuando los lazos se mantiene unidos con fuera, y en el que las guitarras fueron de muchos quilates al derramar notas de gran altura que anoche sobrevolaron sobre las necesidades más ocultas de los que allí estábamos presentes. Deseos entrecortados por la luz de un nuevo día, y que consiguieron que este medio tiempo brillara por sí mismo en una versión extensa y llena de matices. Fargo y La mancha fueron el punto y final a una hora llena de ritmos altos y progresivos con un Jorge que se fue soltando cada vez más, y que ejerció de frontman de la banda oscense. Con La mancha consiguieron darle un impecable final al concierto, pues se trata de un tema que sube y se rompe, y vuelve a subir. Una canción que define muy bien al Verbo Odiado, un grupo, que sin duda, merece mucho más como nos demostraron ayer en su concierto madrileño donde fuimos testigos de los destellos sonoros que estallan contra el mundo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 5 de abril de 2022

NIÑOS MUTANTES, NO HAS VENIDO A SUFRIR: LA NECESIDAD DE VOLVER A EMPEZAR ROMPIENDO MIEDOS

 


Esperanza. Empatía. Luz. Mucha luz. Así regresan Niños Mutantes con este nuevo tema que, a buen seguro, será coreado en los conciertos de la gira que acaban de iniciar. Esta melodía cargada del buen rollo que todo inicio que se precie debe tener, viene coloreada de sonidos tecnos con una base rítmica que no renuncia a sus guitarras y a esos ecos tan característicos de la banda granadina. Sintetizadores que rompen y guitarras que se mezclan con la sensación de que estamos ante la esperanza de volver a mirar hacia esa caída del sol que nos traiga un nuevo día. Sonidos que abren nuevos caminos sonoros y vitales a través de una canción optimista que desemboca en una cascada de buenas sensaciones. Y, que en palabras de los propios Niños Mutantes: «La canción es un abrazo a un amigo que está mal, bien jodido. Puede que incluso ese amigo sea uno mismo, porque hay que reconocer que no andamos finos, que estamos tocados, que estos dos años han sido muy duros para nuestras cabezas. El que más, el que menos, necesita ayuda. Nosotros no somos psicólogos, solo podemos hacer canciones que hagan de escudos y nos den fuerzas para que, a la caída del sol, podamos vencer, como dice la copla 

«No has venido a sufrir
Estás perdiendo el tiempo
No has venido a llorar
¿De qué tenemos miedo?

No hay razón para pensar que todo va fatal
Será mejor continuar y volver a empezar de nuevo

No has llegado a crecer
Tú sigues siendo un niño
Tú solo buscas amor
Y un poco de cariño

Y cada golpe va directo a tu corazón
Te compraré un nuevo escudo contra tu dolor

Y no te podrán clavar puñales
Ni borrarte las marcas del tiempo
Y diremos que vencimos
A la caída del sol
A la caída del sol

No hay razón para pensar que todo va fatal
Será mejor continuar y volver a empezar

A la caída del sol
A la caída del sol
A la caída del sol
Vencimos.»
 

Letra de la canción: No has venido a sufrir. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 4 de abril de 2022

LA PEOR PERSONA DEL MUNDO, DIRIGIDA POR JOACHIM TRIER: EL PECADO DE NO SABER LO QUE SE QUIERE


 

El abismo que supone mirar al futuro sin llegar a descifrar nada, y no por ello expresar la necesidad de querer saltarnos la deuda a pagar hasta llegar a encontrar aquello que buscamos. La falta de esa brújula que nos marque el sentido correcto de la vida como si fuera un maná bíblico, o la tormentosa búsqueda de una perfección que no existe, nos hace ser, sin duda, víctimas frágiles y crueles —a la vez— de una sociedad del bienestar en la que empiezan a ser visibles las grandes grietas que la están hundiendo. La felicidad y sus dramáticas consecuencias no son sino la manifestación de una falsedad hecha dogma. Una falsedad aposentada en un establishment corrupto, del que nadie se salva y solo algunos disfrutan. De todo ello, podemos inferir  que la dirección de esta civilización no parece ser la más reconfortante o segura posible, pues ni sus concelebrados y protegidos hijos sacan a la luz la brillantez para la que se los ha educado, y por tanto, se les supone. La gran contradicción de todo ello es que esa nueva generación lo tienen todo sin llegar a querer nada, porque ya no se trata de vislumbrar el futuro, sino de pisotear el instante más egoísta y cercano a la suela de sus zapatos. La falta de respuestas a tanta incertidumbre es la que nos ha encaminado a esta paranoia colectiva en la que vivimos. Una paranoia colectiva e individual que no saben reinterpretar ni los más sagaces psicólogos. 

No obstante, Joachim Trier en La peor persona del mundo no trata de plantearnos estos dogmas generales como formas de vida o de entender el mundo, él, de una forma muy acertada nos muestra a una mujer joven —una magnífica Renate Reinsve—, en el paso que va desde la libertad total en la que se desenvuelve antes de llegar a cumplir los treinta años, hasta lo que tarde o temprano la conducirá —maternidad, trabajo bien remunerado, vivienda— al compromiso como fórmula de vida. Y cuyo máximo riesgo, hasta que llegue a ese punto y final, será el de escenificar el pecado de no saber lo que se quiere. Quizá, porque la sociedad del bienestar en la que vivimos, necesita más que nunca que sus ciudadanos más bien antes que después resuelvan sus dudas a la hora de ingresar en la cadena que la mantiene viva, lo que se traduce en el desempeño de un trabajo, el pago de impuestos, y en el respeto a unas normas de convivencia que necesitan de su papel responsable, tanto en la reproducción de la raza como en el sostenimiento de un planeta cada vez más enfermo, amén de la atención a las superlativas necesidades de las minorías. De ahí que, en contra de todo ello, esta película de Trier se alce como una mayúscula expresión de libertad. Aquella que manifiesta su protagonista en forma de decisión personal de no seguir el criterio generalizado de su familia o parejas. Y de esa innata contradicción surge la grandeza intrínseca que posee, y que se traduce en una belleza multidimensional que a primera vista se posa sobre la ciudad de Oslo —sus atardeceres, sus noches, sus grandes panorámicas, su aparente limpieza o su ingenuidad—, pero también mediante una banda sonora muy acertada que surge sin apenas darnos cuenta y que acompaña el camino vital de Julie de la manera más natural posible, a la vez que imprescindible, Y cómo no, la belleza vital de una mujer joven, insegura de sí misma, pero con las ideas claras cuando quiere salir del círculo donde no se encuentra a gusto, para de esa forma darse una nueva oportunidad, tanto en el terreno laboral, académico, familiar o afectivo. De todos esos zigzagueos surge un personaje protagonista femenino que antes sería interpretado por un hombre, y que ahora nos obliga a girar de otro modo sobre el eje del mundo, de su mundo, y el de sus malas elecciones. Y lo hace con la codicia que se implanta en el espectador de querer averiguar qué va a ser de su vida, o qué ocurrirá en la siguiente escena. La ternura, el descaro, la incomprensión, la intimidad, la complicidad, el deseo o el rechazo van surgiendo en esta historia en la que asistimos a las contradicciones vitales de Julie y la angustia que todas ellas le suponen. Nada es perfecto, como tampoco hay nada para celebrar, porque ese egoísmo que en ocasiones parece traslucir el personaje de Julie no es sino la manifestación de aquel que vive sumergido en la duda. Una duda, de la que en ciertas ocasiones nace el avance, aunque esa tampoco sea la finalidad de este film plagado de buenos momentos. Una película dividida en un prólogo, doce capítulos y un epílogo al modo de algunas películas de Éric Rohmer y sus metafísicos y largos diálogos, que sin embargo esta vez son sustituidos por la intensidad de la mirada de Renate Reinsve, y sus diferentes formas de expresar la felicidad o el desencanto casi al mismo tiempo: «Te quiero, y no te quiero», dice en una de las escenas, y con ello nos muestra el pecado de no saber lo que se quiere. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 30 de marzo de 2022

VICENTE VALERO, EXPERIENCIA Y POBREZA (WALTER BENJAMIN EN IBIZA): ÚLTIMOS DÍAS AL SOL DEL MEDITERRÁNEO

 


¿Cuándo empieza la decadencia de una persona? ¿Cuál es el motivo de la misma? ¿Son la soledad y la pobreza las consecuencias que nos llevan al abismo?, y sobre todo, ¿hay algo más significativo que ser vencido por el sol del Mediterráneo? En el fondo, quizá solo seamos una especie de dioses perdidos en un olimpo que no existe salvo en nuestra imaginación. Terca. Inaccesible. Y oscura. La vida y el destino que la engendra, son los elementos básicos que determinan nuestro final. La primera porque se apaga o la apagamos de un zarpazo. Y el segundo porque ejerce de juez, muchas veces, injusto y cruel, pero juez al fin y al cabo de las últimas consecuencias de aquello que nos hacen llegar al final. Vicente Valero, en este ensayo a medio camino entre un libro de viajes y una biografía titulado Experiencia y pobreza, Walter Benjamin en Ibiza, ejerce, con la solemnidad que se merece, de voz universal sobre los últimos días al sol del Mediterráneo del filósofo alemán. Alma perdida la suya que, durante sus dos estancias en la isla, ejerció de muchas cosas, pero sobre todo de caminante, como nos recuerda Valero: «En “Al sol”, Benjamin camina y se detiene una y otra vez para contemplar el paisaje, para coger y comer almendras, para elegir un nuevo sendero, para observar desde lejos los islotes. A un observador tan sagaz como era Benjamin no se le podían escapar algunos detalles muy concretos, detalles que al lector pueden resultarle bastante curiosos. Por ejemplo, el hecho de que la tierra le pareciera que sonaba a hueco». Esa metafórica oquedad fue la que le marcó los últimos años de su vida. Viajero errante o refugiado sin patria, Benjamin da plena vigencia al relato vital que en este ensayo biográfico representa la senda de la vida, en la que disfrutaremos de buenos y grandes momentos, como los que pasaremos tumbados al sol y al lado de las personas que acompañan, pero también de la parte más oscura que nos lleva al silencio. Este viaje no programático del filósofo alemán es un estadío de silencios provocados por ese aislamiento que muchas veces precede a la muerte. No hace falta dejar de estar vivo para no pertenecer al mundo que habitamos, y en este sentido, Benjamin parece retroceder sobre lo andado para no reflexionar sobre su futuro. Aquí es donde surge «el camino como espacio para la revelación y el caminante como especial receptor de la esencia de las cosas». Una esencia que Valero sabe descifrar muy bien, y además, mostrarnos con inteligencia mediante una prosa ordenada, limpia y siempre iluminadora de esos rasgos y detalles que no están al alcance de todos los escritores. Como gran observador que es, nos permite poner sus ojos sobre el último tramo de la vida de Benjamin de una forma abrumadora y esclarecedora a la vez, como si esa parte oscura y silenciosa del ser humano fuese una de las partes de su faceta como escritor, porque, sin duda, este libro es el inicio de lo que vendrá a posteriori en la literatura y la escritura de Valero: la recuperación de las vidas perdidas en un pasado oscuro y anónimo, que en sus palabras se transforma en un elemento más que revelador de esa parte de la historia de la humanidad del siglo XX que ha abordado en sus últimos libros publicados en la editorial Periférica. Y todo ello, desde la isla de Ibiza, que aquí se comporta como un faro universal capaz de iluminar la oscuridad que gobierna el mundo. 

Experiencia y pobreza, Walter Benjamin en Ibiza es un extraordinario estudio del escritor alemán a través de la profusa documentación que nos aporta Valero acerca de las personas que conoció y con las que se trató. Este semblante del filósofo está basado en las cartas que envía y recibe, los artículos y relatos que escribe y publica, los recuerdos de su vida e infancia, de su país, de la situación política que le ha tocado vivir, pero sobre todo, de la experiencia vital que le proporciona Ibiza. Todo ello nos lo traslada Valero hasta que conseguimos construir en nuestra mente la figura de un Walter Benjamin perdido dentro de sí mismo y alejado de un mundo que cada vez más no es el suyo, aunque todavía tardara un tiempo en darse cuenta de ello. Justo hasta la noche del 26 de septiembre de 1940 en la que se quitó la vida. En todo este minucioso y pormenorizado estudio de las dos estancias de Benjamin en Ibiza a lo largo de los años 1932 y 1933, donde la isla todavía era un paradigma del primitivismo cultural y etnológico hay, si cabe, una última jugada maestra de Valero, que no es otra que la magnífica cláusula de cierre de esta historia donde da carpetazo a la vida de todos aquellos que acompañaron a Walter Bernjamin en Ibiza, porque de algún modo nos ayuda también a cerrar la del propio protagonista de este ensayo biográfico, dado que representan la luz que el paso del tiempo derrama sobre nuestras vidas como si fuera un relámpago justiciero y a la vez iluminador de un futuro que ya no es, porque con el paso de los días solo se convirtió en pasado. Un pasado que ya no mueve montañas pero sí conciencias, las de todos aquellos que se acerquen a este magnífico trabajo de Vicente Valero; una extraordinaria oda a los últimos días al sol del Mediterráneo del filósofo alemán Walter Benjamin. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 28 de marzo de 2022

PASAJERO, X ANIVERSARIO DE SU PRIMER DISCO RADIOGRAFÍAS: CELEBRACIONES QUE TIENEN UN SENTIDO MÁS QUE JUSTIFICADO

 


«Pasajero nos invitan a subir a un tren cuyo único plan de viaje es detener el tiempo para plasmarlo en placas con forma de radiografías. Esas fotos fijas (a modo de claroscuros), de las que están hechas nuestras vidas, son también los contrastes que nos muestran esa otra materia que nos pertenece y que aquí aparece representada como fugaces suspiros. ¿Hay una entelequia mayor que la de parar el tiempo? Pasajero son capaces de eso y mucho más, porque nos colapsan el corazón con las canciones que han compuesto para este Radiografías; temas que nos narran la armonía de los sueños en una sucesión de historias que van desde la fuerza más arrolladora del rock experimental al pop más electrizante, pasando por sonidos netamente indies. Fuerza, garra y destellos de genialidad son solo algunos de los adjetivos que caben emplear para definir uno de los mejores trabajos del año en el panorama musical español». 

Este párrafo, con el que hace diez años iniciaba la reseña de Radiografias, está plenamente en vigor a día de hoy, porque el tamiz del paso del tiempo no ha hecho sino engrandecer unas canciones que en sí mismas ya estaban tocadas por la barita mágica de la genialidad —canciones con alma—. Una esencia que se dispersa no solo por las melodías de sus pentagramas, sino que también lo hacen a lo largo de unas letras que nos hablan del amor, del tiempo y de esa agonía existencial que nos acompaña a lo largo de la vida, pero a la que sin duda Pasajero dota de momentos brillantes, tan brillantes como este Radiografías y sus doce canciones. Envolventes. Poderosas. Electrizantes. Y únicas, que se funden con la magnitud que representa una celebración que tiene un sentido más que justificado. El tiempo y sus trampas en esta ocasión se posicionaron como el tiempo y el valor de la justicia. Como nos decía Daniel Arias casi al inicio del concierto, después de una pandemia, una guerra en curso, una erupción volcánica, y una lluvia roja que cae sobre la ciudad como una maldición divina, ¡qué más nos queda sino reivindicar que aún seguimos vivos! Sí, vivitos y coleando, podemos añadir, pues a pesar de todos esos contratiempos Pasajero nos anunciaron que están de vuelta con canciones preparadas de lo que será su nuevo larga duración, pero que no nos mostraron en los dos conciertos que ofrecieron el pasado fin de semana en la Sala Siroco de Madrid por no estar terminadas al cien por cien. Un concierto que tuvo que ser ampliado a dos —por la amplia demanda de entradas— para celebrar el X aniversario de su primer y más que prometedor primer disco, Radiografías. Y, con ese contraluz que nos muestra aquello que somos, el grupo nos recordó por qué estábamos allí: un regreso —ya desligados de Ernie Producciones— con celebración incluida, y con un sentido —en cuanto a sonido— muy bien ajustado a las dimensiones del local; un sonido que siempre se mostró progresivo en intensidad y calidad, y con el que la banda fue desgranando las canciones de su primer trabajo desde la veteranía y la perspectiva que da el paso del tiempo, y la visión sobre aquello que en su día fue el principio de todo. El aplomo del grupo sobre el escenario, unido a las ganas de volver a enfrentarse al público en sus directos, nos regalaron hora y media de un espectáculo sonoro que nos devolvió a esas canciones que narran la armonía de los sueños, como ya titulé en la reseña que hice hace diez años de este Radiografías. Pasajero se mostraron atribulados por la serenidad que te da la firmeza que te proporciona la seguridad depositada en tu trabajo; una serenidad cargada de energía que tuvo momentos más que brillantes como cuando atacaron Volverme a preguntar o Autoconversación, a los que había que añadir en el bis: En la mitad, Hombres tristes, o Borro mi nombre —todo un himno del grupo con el que terminaron su actuación—, y solo por poner algunos ejemplos de un concierto brillante y vital lleno de momentos para recordar. 

Para estos dos directos Pasajero han contado con la inclusión de Juanjo Rey a la guitarra, y la colaboración especial de Javier Couceiro (Havalina) en la interpretación del tema Autoconversación, como ya hiciera en el disco. Un bolo que comenzó con El pozo y el péndulo, una canción con la que comenzamos a vibrar y que nos devolvió a esa otra actuación en la Sala Joy Eslava, donde rodeados de amigos —Pucho, entre otros—, nos brindaron otro magnífico directo para celebrar el alumbramiento de su segundo trabajo, Parque de atraccciones, —que en este concierto de 2022 fue la parte principal del bis con el que acabó el concierto—, y que ese día nos sirvió para confirmarnos que estábamos delante de uno de esos grupos que venían para quedarse. El pasado viernes, Daniel Arias (voz, bajo, guitarra), Josechu Gómez (batería, percusión), Eduardo Martín (guitarra, coros) y Javier García (sintetizadores, pianos, coros) volvieron a vibrar sobre el escenario y nos demostraron lo cierto que hay en el axioma del que hacen gala: «hacemos música para (sobre)vivir», y con el que celebraron un más que justificado regreso, porque quizá, diez años no son nada, y menos aún si nos sirven para darnos cuenta de la materia de la que estamos hechos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 24 de marzo de 2022

JESÚS MARCHAMALO, HIERRO FUMANDO, ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS: «DESPUÉS DE TANTO, TODO PARA NADA»

 


Tras leer el texto de Jesús Marchamalo resulta muy fácil imaginarnos al poeta rodeado del ruido del que se hacía acompañar mientras extraía palabras de su cabeza. Palabras que más tarde se convertirían en poemas. Dicho así, José Hierro practicaba un oficio más cercano a la forja y el yunque que a la lírica, como diría Aleixandre. Sin embargo, con sus palabras atravesaba la densa niebla del cigarrillo que siempre llevaba pegado a su boca. Palabras incandescentes que se citaban en papeles llenos de tachaduras y borrones. Multitud de palabras escritas antes de que llegara a decir: «Después de tanto, todo para nada». Una nada que lo es todo o un todo que no es nada, parafraseando al poeta, y que nos ilumina el recuerdo de Keats y el eco de sus versos: «Nada fui, nada soy y nada seré más allá de mis versos…» Axiomas establecidos en forma de sentencias iluminadoras de un final colectivo que, sin embargo, nunca sabemos cuándo nos llegará. Incertidumbres existenciales aparte, una vez más el escritor y periodista Jesús Marchamalo acompañado del pintor e ilustrador Antonio Santos, dan a luz un nuevo marchamalín —como ha bautizado Luis Landero a estos pequeños libros—, un libro cuya esencia es capaz de perdurar a lo largo del tiempo. Una esencia lírica y brumosa. Apasionante y locuaz. Distendida y profunda. Una esencia en la que, Marchamalo, a medida que avanza esta colección de Nórdica Libros, nos sorprende con su innata capacidad a la hora de buscar aquellos detalles que hacen única su narración. Como única es su literatura grácil y severa, rítmica y luminosa, y magistralmente adjetivada y puntuada, consiguiendo de este modo que su ritmo y su prosa hagan de cada librito algo distinto y único. Una virtud que de una forma personal y contundente remata Antonio Santos con unas ilustraciones que nos hablan por sí solas de los personajes que retrata, en este caso, de un José Hierro joven con flequillo, y mayor con su calva prominente y su bigote en ristre. Retratos de momentos dulces y complicados, como los que cualquier biografía que se precie debe contener. Y de ahí sale este Hierro fumando, trufado de imágenes que se nos instalan en la imaginación de una manera indeleble. Hierro fumando. Hierro tocando el acordeón. Hierro contemplando el mar. Hierro escribiendo en la barra de un bar. Hierro… y solamente Hierro. 

Y, tras su figura y su obra, el mar. El mar y sus olas siempre en movimiento, acunando y empujando ideas. En busca de esa condenada palabra que, en ocasiones, tardará años en llegar, o que será la culpable de que el verso se quede sin publicar. Palabras que huyen del mundo, pero no del universo del poeta. ¿De qué está hecha la destreza del poeta sino de la búsqueda de lo imposible? De ese vocablo que todavía no existe y espera a que el trovador le dé luz. Luz que, por arte de magia, se transforma en poesía. Luz trabajada en compañía de las tinieblas que se proyectan sobre nuestros miedos. Luz poderosa que se abre paso a lo largo de los años en la oscuridad de nuestra existencia. Luz divina que nos anuncia al fin: «Después de tanto, todo para nada». Una nada donde el poema es la señal y la mano es la que recuerda...  

 

«La mano es la que recuerda...

 

La mano es la que recuerda

Viaja a través de los años,

desemboca en el presente

siempre recordando.

 

Apunta, nerviosamente,

lo que vivía olvidado.

la mano de la memoria,

siempre rescatándolo.

 

Las fantasmales imágenes

se irán solidificando,

irán diciendo quién eran,

por qué regresaron.

 

Por qué eran carne de sueño,

puro material nostálgico.

La mano va rescatándolas

de su limbo mágico.» 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 23 de marzo de 2022

NINA LYKKE, NO Y MIL VECES NO: LA EXPIACIÓN DEL DEBER, LA CULPA Y SU INSOPORTABLE NARCISISMO

 


El eco de la culpa que nos consume. El eco de la culpa que obviamos nada más girar nuestra cabeza hacia el deseo. Hacia esa incontrolable necesidad de satisfacer nuestras más primarias necesidades. Una culpa que se expía desde el deber y desde el insoportable narcisismo al que el estado del bienestar nos ha llevado como una bola de nieve que va engordando a medida que cae por la ladera de la montaña. Un bienestar tan gordo como las grasas saturadas que se encuentran pegadas a nuestro abdomen y a nuestro egoísmo sin límites a la hora de explorar aquello que deseamos. Si cumplimos con nuestros deberes de ciudadanos, también podremos saltarnos de vez en cuando nuestras obligaciones como tales. Una propuesta con la que Nina Lykke en, No y mil veces no, nos transporta a esa cápsula esterilizada en la que se desenvuelven una buena parte de las vidas de los hombres y mujeres de una sociedad occidental que poco a poco se fagocita a sí misma. Sin una capacidad medianamente solvente para afrontar los nuevos retos a los que deberemos enfrentarnos en un próximo futuro, la única idea con la que los abordamos es la de mirarnos el ombligo, un objetivo donde lo nuestro y solo lo nuestro es lo más importante sin necesidad de replantearnos que le sucede al prójimo. En este sentido, resulta estremecedor cuando la autora hace referencia a los hijos de la pareja protagonista de la novela, Ingrid y Jan: «Los hijos viven en casa sin aportar nada, y sin embargo invierten en acciones», lo que sin duda nos traslada a ese fracaso colectivo en el que distintas generaciones de europeos y occidentales se sumergen en las aguas de un hedonismo sin medida. Un hedonismo propiciado por el derecho a pedir sin dar nada a cambio. Un axioma tan rotundo que nos lleva a una única salida: la anestesia generalizada. De ello, podemos inferir que, la dificultad que demostramos para poder gritar o protestar y hacernos visibles en la diferencia, nos convierte en meros estorbos de una mayoría agonizante, silenciosa y anodina que se conforma con el anonimato y el orden de sus aburridas vidas. Nada es tangible, o tan siquiera real, hasta que la propia realidad se nos planta delante de nuestras narices. En ese arribismo de lo evidente es donde por unas u otras razones nadan los protagonistas de esta historia, en principio incómoda, pero que sin embargo deriva hacia una propuesta en la que todo parece acabar en una multitudinaria balsa de aceite en la que cada cual es feliz, o no, con su nueva situación.

La parte más interesante de esta novela, es sin duda, la voz de Ingrid y su nivel de disciplina y auto-exigencia que nace de un estado del bienestar entendido como fórmula mágica de reparto de la riqueza y la responsabilidad, lo que sin embargo más tarde le llevará a comprender que ese planteamiento es una pura falacia. Ingrid es especialmente agresiva contra los hijos, los bebés, y todo aquello que nace o procede de la naturaleza humana y de su capacidad de supervivencia. En este sentido, su ira contra el mundo no tiene límites, más si cabe, cuando aborda ese reflejo que acaba en el ecologismo y la supervivencia del planeta Tierra que, en el fondo, para ella y otros muchos se convierte (y ha convertido) en una nueva religión, tan nociva como cualquier otro credo monoteísta, pues su anhelado objetivo solo los ha convertido en meros agentes de un utilitarismo sin alma, vacíos de sentimientos y llenos de un bienestar que solo produce seres humanos profundamente egoístas.

Lykke parece decirnos que tan nocivo es hundirse en las reglas (Ingrid) como saltárselas buscando la aprobación de los demás (Jan). Siendo esa ausencia de arrepentimiento otro signo del buenismo que nos atenaza cada día más. Nadie quiere ser responsable de sus actos, y mucho menos de las consecuencias que éstos producen. La consecuencia de todo ello, parece ser la búsqueda de una catástrofe existencial que redima a nuestras anodinas vidas, pues éstas se han ido desarrollándose extramuros de la desgracia, y quizá, esa sea una de las consecuencias del estado del bienestar surgido tras la IIGM, que nos ha dejado sin las guerras y sus consecuencias a varias generaciones de europeos, que necesitan, eso sí, crearse sus propios conflictos. Unos conflictos que necesitan por encima de cualquier otra cosa la aceptación por parte del otro, por más grave que sea el error o la injusticia que éste haya causado.

No hay lirismo en esta novela, pero sí una gran fuerza de auto introspección donde la expiación del deber y de la culpa nos hace infelices cuando nos queremos comportar como meros dioses mundanos que todo lo pueden sin ser conscientes de los límites que nuestros cuerpos y conciencias tienen a la hora de soportar el narcisismo ajeno. De tal modo, que nada está a salvo de esta agonizante historia que proyecta sobre nuestras vidas una sombra de dudas y desesperación que por momentos aún nos hace gritar: ¡No y mil veces no! Una forma de protestar que, sin duda, nos alejará de la insoportable autofilia que el estado del bienestar ha traído a nuestras vidas. Una circunstancia que, a algunos, todavía nos lleva a preguntarnos: ¿Quién se ha llevado mi queso?

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 21 de marzo de 2022

FERNANDO PESSOA Y SU ATRACCIÓN POR LISBOA: «LISBOA Y SUS CASAS DE VARIOS COLORES…/ A FUERZA DE MONOTONÍA ES DIFERENTE»

 


«Lisboa con sus casas de varios colores…». Lisboa como decía Álvaro de Campos: «A fuerza de monotonía es diferente». Lisboa, en su aislamiento, expresa muy bien la multiplicidad del mundo y de la vida del poeta. Lisboa es también la marca de las huellas de sus zapatos. Huellas dispersas por sus aceras. Reunidas en el encontronazo que surge entre la realidad y el silencio. Calladas en sus noches de escritura y pesadillas. Aisladas por el miedo del que sabe que la verdad se encuentra más allá de su conocimiento. Allí donde el poeta es un fingidor sin más… 

Hay un poema de Álvaro de Campos (uno de sus heterónimos), Lisbon rivisited, que define muy bien su atracción hacia Lisboa, pues representa aquello que en verdad amó, aquello que si le hubiese faltado le habría causado su muerte. Lisboa, para Pessoa, es como la necesidad del aire para el ahogado, o de la palabra para el poeta. 

«Otra vez vuelvo a verte,
pavorosamente perdida ciudad de mi infancia…
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…
¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví,
sí, y que aquí volví a volver y volver,
y que volví a volver aquí aún, todavía?
¿Somos quizá esos Yo que estuve aquí o estuvieron,
serie de cuentas -entes enlazadas por un hilo- memoria,
serie de sueños míos de alguien que me es externo?

Otra vez vuelvo a verte,
El corazón un poco más remoto y el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-,
inútil transeúnte que soy de ti y de mí,
aquí extranjero como en todas partes,
casual en la vida al igual que en el alma,
fantasma errando por salas de recuerdos,
al rumor de ratones y de tablas que crujen
en el maldito castillo de tener que vivir…

Otra vez vuelvo a verte,
a ti, sombra que pasa entre sombras, y brilla
un momento, a una luz desconocida y fúnebre,
y penetra en la noche cual la estela de un barco se pierde
en el agua y se deja de pronto de oír…

¡Otra vez vuelvo a verte,
pero, ay, ya no me veo!
Quebró el mágico espejo en que me volvía a ver idéntico,
y en cada fatídico fragmento veo ya, solamente, solo un poco de mí,
¡tan solo un poco, sí, de ti y de mí!....»

Ángel Silvelo Gabriel. 

viernes, 18 de marzo de 2022

UN JARDÍN JUNTO AL MAR. MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO

 


UN JARDÍN JUNTO AL MAR

Insisto en explorar odas y sonetos. Allí donde pueda hallar la rima perfecta. El verso imborrable. El poema que todo lo abarca y posee. Iluso de mí hasta ahora lo busqué en infinidad de libros que no me dijeron nada. También lo hice en los escaparates de algunas librerías. Y en las estanterías de las bibliotecas. Mi búsqueda, sin embargo, fue en balde. Ya no sé dónde anidan los poemas sublimes ni las metáforas imposibles, eso es todo. No obstante, insisto. Insisto, porque soy víctima de mis deseos imposibles. De mis noches sin luna. De mis días sin sosiego… Hasta que, casi sin querer, me tropiezo con mi anhelo al otro lado de un escaparate. Es un libro de Machado. Un libro que contiene un poema que casi había olvidado. Un libro que me hace andar por un jardín de cristales rotos, igual que si caminara sobre un mar que se rompe con el deshielo. «Érase de un marinero/ que hizo un jardín junto al mar…», leo al fin. Y no entiendo nada, porque al tocarlo, tengo mis manos llenas de sangre.