jueves, 3 de noviembre de 2022

SECOND, FLORES IMPOSIBLES: NADA ES PARA SIEMPRE



Siempre creemos que fuimos creados bajo el signo de la infinitud, sin embargo, llega un momento en el que nos detenemos. En ese instante hay una fuerza interior que no nos permite movernos, mientras una voz procedente de nuestra mente nos repite constantemente que ese es final. Entonces, la vida se detiene, pero la música no. El artista deja de existir, pero su obra permanece en el tiempo a disposición de quien quiera escucharla o disfrutarla. De esa posibilidad nace la magia del arte y su belleza. La belleza como espacio en el que explorar esos nuevos territorios de aquello que de repente se acaba. Flores imposibles es el último disco en estudio del grupo murciano Second, pero no de su música, porque sus melodías seguirán perennes en los corazones de todos aquellos que en alguna ocasión hayan asistido a alguno de sus conciertos o escuchado sus discos o canciones, y como no, en los de sus más fieles seguidores que, como un eco infinito, seguirán coreando las letras de sus canciones allá donde se encuentren. Esa es la única opción a nuestro alcance de vencer al paso del tiempo, y de paso, ser infinitos como si de una estrella brillante se tratara. Una estrella que nos ilumina cada noche y nos indica el camino a seguir día tras día. «Nada es para siempre» nos recuerdan Second en su último álbum, salvo quizá las entrañas que se mueven en la alquimia de los sueños. En este sentido, Flores imposibles será la última muesca de un legado que permanecerá en el filo de la marca del tiempo que nos persigue desde que nacemos y, que a lo largo de nuestras vidas, nos va llenando de arañazos la piel como signos más visibles de aquello que hemos vivido como si fuera la última vez. Heridas de felicidad y tristeza que, sin embargo, no siempre cicatrizan. Heridas que son las verdaderas culpables del final. Decir adiós siempre es complicado. Hacerlo para un artista quizá lo sea más. Tal vez, por eso, Second sorprendieron a sus seguidores con su separación pocos días después de presentar su nuevo —y ahora último— disco, si obviamos el que verá la luz tras la grabación en directo de su concierto en El Teatro Circo Price de Madrid. Ante ese golpe inesperado del destino solo podemos constatar que los años pasan y nos cambian. Esos años que nos envuelven en la madeja del tiempo sin apenas darnos cuenta. El tiempo, ese influjo que nos acerca y nos aleja de aquello que queremos y nos convierte en viles mortales en busca de lo imposible. Nada es para siempre… 

Flores imposibles es el noveno disco en estudio de Los Cuatro de Murcia. Un larga duración que cuenta a su vez con nueve canciones, dado que Sean Frutos, tal y como le contaba a Virginia Díaz en su programa de Radio-3, 180 grados, se debe no a un capricho, sino que al letrista y voz del grupo no le acababa de convencer la décima canción que estaba destinada a formar parte del disco. Casualidad o no, este noveno disco de nueve canciones es como una larga sinfonía de sonidos maduros. Sonidos que buscan la sencillez más cercana a la verdad. De esas melodías de medio tiempo que tan bien fabrican y ejecutan los murcianos. Y de unas letras donde la maestría compositiva de Sean Frutos se aleja de la literatura de ciencia ficción que le gusta, y exploran esa trágica realidad que nos ha tocado vivir. Sus canciones en esta ocasión son el vivo testimonio de una época muy determinada y se convierten en el fiel reflejo de su madurez como músicos y personas. Flores imposibles abre el disco homónimo y se nos muestra como un alumbramiento único en el que la textura de sus guitarras reproducen sensaciones que van desde a luz del amanecer al ocaso en una multitud de matices que se conjugan a la perfección con las voces que se abren paso entre ellas entre estas enigmáticas guitarras. Guitarras eléctricas, sin duda. 

Bajo una estética muy beatlemaniana, Los Cuatro de Murcia nos enseñan en Quiero equivocarme uno de sus medios tiempos donde la voz de Sean Frutos se hace poderosa y juega una y otra vez con la voz de su hermana Maryan, que a su vez se conjuga a la perfección con un ritmo que a medida que avanza la canción coge una fuerza inequívoca hacia la perpetuidad de lo que es único. Un ritmo que nos desplaza hasta Estado de alegre tristeza, una de las canciones que más se identifica con el resto de sus trabajos, y donde las sinergias entre letra y música se entrelazan en espacios que la convierten en brillante, y quizá por ello, sea donde aparece el que va a ser una de sus estribillos más coreados: «Nada es para siempre». Envolvente propuesta que nos hace repetir su escucha en bucle. Un apertura de intenciones que nos lleva hasta la rítmica Muévete y siente donde Sean Frutos nos retrata a la perfección y nos advierte del abismo en el que nos encontramos: «Voy a ser sinceramente irritante/ No soporto en el ambiente esta falta de pasión/ Es una epidemia silenciosa y salvaje/ ¡Coño!, date cuenta de que amar está en peligro de extinción/ Muévete y siente/ Es lo único que nos mantiene/ En tu piel todos quieren estar/ Así que muévete y siente» Himno de los nuevos tiempos donde los sintetizadores juegan a ser héroes en la derrota; una muy buena combinación que a buen seguro hará de las suyas en sus directos. Una cualidad que también podríamos resaltar de El contorno de tus miedos; un tema con un videoclip cuya infografía se presta al fetichismo literario de unos cuerpos grabados con la letra de la canción. Guitarras limpias y directas que a veces salen de un fondo poderoso y luminoso y otras están presentes en una primera línea elegante y abrumadora: « La llave está dentro, ahí fuera no hay nada/ La clave está dentro, ahí fuera no hay nada/ Te espero en el contorno de tus miedos». Miedos reconvertidos en destellos poderosos. 

Más pausadas son las primeras notas de Volver a esa paz; una canción que revive los reflejos de sus composiciones más intimistas, en donde las coordenadas de su creación nos llevan hacia esas huellas que alguna vez hemos buscado y casi nunca encontramos. Lo que sin embargo es un pequeño espejismo en el tracklist del disco, pues Ya no estamos para gilipolleces es una búsqueda de esos ritmos más eléctricos y dinámicos de una banda acostumbrada a hacer bailar a todos los que asisten a sus conciertos en directo. Manos arriba, sin duda, para reivindicar la asfixiante y falsa pulcritud sobre las que nos estamos ahogando poco a poco: «Creíamos que el tiempo sol le caía a los demás/ que nosotros éramos más fuertes». Una especie de puente sobre el tiempo que nos lleva hasta Cúrame, como siempre, una nueva muestra de esos medios tiempos infalibles de su repertorio, y que de una forma tan virtuosa y magistral ejecutan los Second. Medios tiempos orquestados desde la madurez que dan sus veinticinco años de carrera. Una larga vida musical que rematan con Los grandes ausentes, como si de una gran metáfora se tratara de todo aquello que han vivido y disfrutado. Una lucha entre el pasado y el presente que va a la fuga de todo aquello que fuimos y ya no volveremos a ser. 

Second y sus Flores imposibles le hacen un guiño  a nuestros sueños y deseos desde el primer puesto del podio desde el que siempre han conquistado a sus multitudinarios seguidores. A pesar de que nada sea para siempre. 

Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 27 de octubre de 2022

HILARIO J. RODRÍGUEZ, LAS DESAPARICIONES: LAS COORDENADAS GEOGRÁFICAS DEL TIEMPO O EL ARTE DE LO INVISIBLE Y LO INESPERADO

 


Leer. Pintar. Buscar. Bucear en las entrañas de la vida y viajar entre las coordenadas geográficas del tiempo. Allí, donde el arte de lo invisible y lo inesperado toma cuerpo, palabra, obra y acción. Allí, donde disfrutar del feliz descubrimiento es una invocación a una nueva vida. Allí, allí, allí… donde anida la materia infinita rodeada de fantasmas. Así se podría definir al arte y a sus múltiples manifestaciones que van a caballo, delante o detrás, de las manecillas del tiempo. El tiempo… espacio geográfico en el que indagar, y a partir de ahí, celebrar, aprender, enamorarse o rehuir de lo hallado. El tiempo… ese lugar donde se encuentran lo único y lo múltiple. El espacio en el que se produce el mayor de los milagros: adivinar lo que se esconde detrás de lo que es puro reflejo o ensoñación, porque es la materia intangible que nadie ve más que uno mismo—. El tiempo… o la capacidad de llegar a reaccionar a tiempo ante lo inesperado y de ese modo reclutarlo hacia nuestro propio bien. De esa incertidumbre nace la tierra infinita que crece a nuestro alrededor. La tierra que se abona con la lujuria de los otros. Aquellos que escriben, pintan, o se manifiestan sin otra intención que la de ser, buscar o encontrarse. Aquí no hablamos del éxito a gran escala, sino del silencio con el que reparamos nuestras heridas y seguimos soñando con alcanzar lo inabarcable: el tiempo. El tiempo y sus coordenadas geográficas se manifiestan en este libro a medio camino entre el ensayo, la auto-ficción o la novela de investigación, como un todo externo al mundo regido por las normas más convencionales. Las desapariciones es la magia que se esconde tras los espectros de un mundo al margen. Un mundo, donde las sombras, los espejos y las tinieblas son los auténticos protagonistas de un universo único por distinto, mágico por envolvente, y aterrador por el desasosiego en el que se sustenta. Gracias a Hilario J. Rodríguez, y su capacidad de abstracción, nos aproximamos a un espacio donde el tiempo es una grieta de sí mismo. Una grieta que nos lleva de acá para allá y difumina nuestras buenas intenciones para obligarnos a explorar nuevos territorios sin brújula y sin ocaso. Las desapariciones es un viaje atemporal por el mundo del arte y sus múltiples manifestaciones. Un mundo no apto para afligidos y temerosos, porque se trata de un viaje para espeleólogos de las palabras y las imágenes, pues unas y otras se complementan y se yuxtaponen a través de las páginas de esta ficción de la nada y el todo. De este relato de asesinos que se matan a sí mismos y de pintores que nadie conoce. De escritores del espacio en blanco que se magnifican mediante su anónima obra y presencia. El cine, la meta literatura, el proceso creativo y la sinergia de aquel que intenta salvar o confrontar su propia memoria con el paso del tiempo, abren un camino distinto. Un camino protagonizado por las sombras de los que pasan sin pena ni gloria; unos sin nombre a los que Hilario J. Rodríguez saca del anonimato y va dando protagonismo en los diferentes capítulos que componen este libro. Personajes que, de una forma mágica, se unen los unos a los otros sin una auténtica razón temporal o biográfica que los sustenten más allá de la pericia de su autor, que los une y los teje con unos hilos mágicos; hilos infalibles. A través de esos hilos mágicos e invisibles vamos descubriendo mundos y experiencias que no conocíamos, o que simplemente, habíamos desechado a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, de esos detritus temporales y afectivos nace un libro único, atemporal y portentoso. Un libro que no te deja indiferente. 

El escritor y crítico de cine, Hilario J. Rodríguez, ha creado en Las desapariciones una película en seis actos que, en principio, nada tienen que ver los unos con los otros, y sin embargo, se van dan la mano gracias a las coordenadas de un tiempo que no es tal, sino que más bien responde a una necesidad de atrapar aquello que ya no fue, y que en manos del escritor gallego, vuelven a ser gracias a su gran capacidad de un explorador de sombras. 

Una mención especial merece la edición de esta novela y suponemos que del resto del catálogo de Newcastle Ediciones donde el amor a los libros de su editor, Javier Castro Flórez, queda patente en la calidad del papel, su tacto, su tipografía, su interlineado y el cuidado estudio fotográfico que acompañan a este libro lo hacen distinto en forma y materia, además de en contenido. Su formato de mano extendida te permite leerlo en cualquier lugar o situación… En definitiva, estamos ante un nuevo mundo editorial y literario en el que, las coordenadas geográficas del tiempo o el arte de lo invisible y lo inesperado, se convierten en infinitas, como infinitas son las sombras que nos habitan. 

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 26 de octubre de 2022

MANUEL MOYA, DIENTES DE PERRO: PALABRAS QUE DEAMBULAN ENTRE EL ASOMBRO Y LA ZOZOBRA

 



La vida, en ocasiones, se nos presenta como un fogonazo que nos deslumbra o nos destruye. Ambas, sensaciones que nos marcan y nos delatan ante los demás y descubren esa parte de nosotros mismos a la que nunca nos atrevemos a mirar. Manuel Moya lo sabe, porque en Dientes de perro nos retrata la vida con palabras que deambulan entre el asombro y la zozobra. Una elección que no es baladí si pensamos que las dos forman parte de las características que todo microrrelato debe poseer. Unos textos mínimos, los que nos propone Moya, que no se pueden permitir la opción de fingir o engañar, porque su mensaje es otro: una misiva que se asemeja a la flecha que va de forma certera en busca del corazón, como muy bien nos apunta al inicio del libro en su, Curso de lectura de Microrrelatos, con el que abre la espita de esta nueva muestra de su capacidad creativa que va a medio camino entre el prólogo y la metaliteratura más poética. Una definición de su imaginación que nos sirve de santo y seña de lo que más adelante nos encontraremos como lectores. Pruebas de su fina forma de mirar el mundo y la vida. Un mundo y una vida en la que todo tiene su porqué o su espacio, pues sus textos se mueven entre la capacidad poética intrínseca al amor, el más depurado cinismo, o la  más aplastante denuncia. 

Si hay una particularidad que destaca en cada una las ciento quince piezas que componen Dientes de perro es el uso de la brevedad a la hora de resaltar el margen de la realidad que nos condena al absurdo. Una técnica que el escritor onubense emplea para hacer crítica social: Sísifo o Ceguera; o existencial: Postal desde Atenas. Propuestas que tampoco dejan de lado tanto las referencias bíblicas como las que están más pegadas al día a día y al recorrido por los recuerdos: La maleta roja. Lo que no impide al autor proponernos algunos microrrelatos que son meras anécdotas o apuntes sin la menor intención de hacernos reflexionar, sino que más bien son el reflejo de razones estilísticas que van más allá de la brevedad para convertirse en textos disruptivos respecto al resto, lo que convierte al conjunto en un caleidoscopio de intenciones literarias distópicas, oníricas y multidisciplinares sin otra medida que la del propio desconcierto que toda pieza mínima como es el microrrelato debe asumir como propia. 

Más allá del puro estilismo literario, en Dientes de perro también existe el juego. Aquel que Manuel Moya nos propone cuando nos presenta la misma historia con el mismo título o con una denominación  y final diferente, logrando con ello un efecto vaivén que nos habla de la capacidad rupturista de la literatura y de su fragilidad estilística y temporal, dependiendo del momento y el lugar en el que el escritor aborde un mismo tema. Algo parecido ocurre en sus microrrelatos-postales, microrrelatos-cuentos infantiles... distribuidos a lo largo del libro; un tipo de viaje en forma de sinopsis espacio-temporal que le sirve a Moya, para entre otras cosas, realizar un enmarque geográfico a sus historias y recuerdos: Nápoles, Atenas, Medellín, La Habana, Pulgarcito, Caperucita… Pero sin duda, la genialidad de estas historias mínimas se esconden en sus micros poéticos, donde todo se sugiere y resplandece en apenas unas pocas palabras, como por ejemplo sucede en El mar: «Entonces ella se tumbó conmigo y me regaló el mar»; una magnífico ejercicio estilístico del poder que ejercen sobre nuestra imaginación los microrrelatos bien concebidos y expresados. Como, del mismo modo, dejan patente las huellas de identidad de todo texto mínimo aquellos que se definen por su final sorpresivo. Un recurso efectista que tiene Andenes, donde Moya encaja a la perfección en el texto esta característica que forma parte del famoso decálogo de los microrrelatos. 

En definitiva, Manuel Moya nos vuelve a sorprender por su capacidad creativa e imaginativa con las que nos muestra la vida tal y como es, o tal y como la vemos, o tal y como la interpretamos o la reinterpretamos, porque sus Dientes de perro, que estallan ante nuestros ojos como pequeños artefactos al ser leídos, están llenos de palabras que deambulan entre  el asombro y la zozobra. 

Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 10 de octubre de 2022

SECOND, LOS CUATRO DE MURCIA, ANUNCIAN SU SEPARACIÓN TRAS 25 AÑOS DE CARRERA MUSICAL: MIS RECUERDOS JUNTO A LA BANDA

 


Tras 25 años de carrera musical, el grupo murciano Second anuncia por sorpresa su separación. Un epílogo al que, eso sí, van a proporcionar un broche de oro en forma de gira y grabación en directo de su concierto en el Teatro Price de Madrid, el próximo 28 de enero de 2023. Atrás queda su triunfo en el Concurso Internacional de Bandas GBOB en Londres, lo que les permitió hacer una gira por el Reino Unido y grabar su disco Pose (2003); un disco con canciones en inglés que desprendían la bruma de grandes bandas inglesas como The Cure. Atrás también queda aquella tarde de verano en la que en una vuelta de vacaciones un servidor, al que José Ángel Frutos en su momento definió como «el “reseñista” oficial de la banda», escuchó por primera vez su gran hit, Rincón Exquisito. Pocos meses después tuve la fortuna —y sin apenas experiencia— de entrevistar al frontman de Second en las escaleras que llevan a los camerinos de la Sala El Sol de Madrid cuando vinieron a presentar a la capital su cuarto disco Fracciones de un segundo. En aquel improvisado lugar repasamos gustos musicales y literarios, así como los problemas que nunca entendí de distribución de sus discos y, por ende, de un mayor margen de popularidad que, sin duda, siempre han merecido. Second son y serán el claro ejemplo de que la calidad y las intenciones intrínsecas a una carrera artística no siempre van acompañadas del reconocimiento que se merecen, por mucho que el grupo haya crecido una barbaridad en los últimos años. En este sentido, uno siempre se quedará con la letra de su canción El eterno aspirante, donde música y letra son el mejor ejemplo de lo que debe ser una gran canción pop. Un tema que, por cierto, solo han tocado en directo y no han incluido en ninguno de sus discos, y que por ahora desconocemos si incluirán en el setlist de su gira de despedida. Second es ese rara avis que logras hacer tuyo como si fuese algo que llevas dentro sin haberte dado cuenta de ello hasta que por arte de magia sale a la luz y ya no puedes desprenderte de él. Sus canciones son parte de la senda a través de la que te vas abriendo camino en tu día a día sin llegar a pensar nunca, que un día tendrán un final. 

Atrás han quedado también sus actuaciones en la Sala Joy Eslava de Madrid, donde sus más fieles seguidores se hacían eco a nuestra llegada a los conciertos a la voz de: «ahí vienen los del Qué!», en referencia al periódico del grupo Vocento en el que más tarde se publicaría la reseña del concierto. Como atrás quedan también las entrevistas realizadas al grupo y las pequeñas confidencias que uno tuvo con José Ángel Frutos antes de que dieran el salto definitivo al escalón de los grandes grupos indies españoles (y uno apartar la música para darle todo su espacio a la literatura), una categoría desde la que han dictado magisterio para muchos de los grupos que vinieron después y de la que están dejando muestras en todas y cada una de las notas de despedida y agradecimiento que están dejando y llenando las redes sociales en estos momentos. Conciertos, en los que también fuimos testigos y cómplices del inicio de la carrera musical de Maryan Frutos y su grupo Kuve (una de las mejores voces femeninas del panorama pop español, como ya dije en su momento). A lo que debo añadir que de casta le viene al galgo, porque siempre he dicho que José Ángel Frutos, ahora Sean, ha sido, es, y será, una de las mejores voces del indie español (si no la mejor) y un frontman de primera línea sobre el escenario. Oficio, experiencia y virtudes que comparte junto a Jorge Guirao, Fran Guirao, Nando Robles, y hasta que estuvo con ellos, Javi Vox. 

Second es una de esas experiencias vitales que tienes la suerte de compartir y vivir a lo largo de tu vida, pues sus canciones tienen esa extraña virtud de la consistencia que acompaña a nuestros sueños año tras año. De ahí parten su gran legión de seguidores: vitales, enérgicos y, como no, soñadores, pues de la carrera musical de, Los Cinco de Murcia —ahora Cuatro—, se pueden extraer muchas cualidades, como por ejemplo, es su perfecta puesta en escena donde su sonido ha crecido y crece sin parar, pero también, les asiste esa esperanza que se ponen en las cosas que uno más quiere, pues uno de los aciertos de su carrera es que han sido capaces de hacer familia; una gran familia que les acompaña a lo largo de sus conciertos temporada tras temporada, y acompañará mucho tiempo después. En estos momentos, aún recuerdo un concierto que dieron las fiestas de un pueblo cercano a Madrid donde no había mucha gente, en el que la calidad del sonido de aquella tarde-noche será imposible de olvidar: relajados, contentos, cercanos y dispuestos a darlo todo. Es una pena que de ese gran concierto apenas quedarán notarios para transmitirlo, lo que sin embargo no fue óbice para que ellos demostraran una vez más su profesionalidad. Retos y contra-retos incluidos, Second, han sido y serán, dueños y señores de ese sonido envolvente, de clara influencia anglosajona que deviene en un sonido pop que siempre nos va a saber a gloria por la plenitud de reflejos con los que nos iluminan. Caras de felicidad que ahora, de momento, han devenido en tristes por su inesperada despedida. 

Tras su despedida nos quedarán sus canciones. Ese eco que de vez en cuando nos llegará desde nuestra cada día más maltrecha memoria y que, sin embargo, nos reconciliará con el tiempo y la vida. Con lo que una vez fuimos y ahora somos. Con esa partitura mil veces repetida y que nadie conoce porque solo nos pertenece a nosotros y al mundo que nos hemos creado en torno a Los Cuatro de Murcia cuando escuchamos sus canciones o vemos sus vídeos. Tras su despedida también nos quedará recuperar los buenos momentos vividos y las personas con las que los hemos compartido. Una lucha de gigantes contra el tiempo, sí, pero una lucha en la que siempre vencerán nuestros corazones; un lugar en el que siempre habrá un hueco para Second, que nunca fueron los segundos, sino que, siempre fueron y serán, los primeros.  

Ángel Silvelo Gabriel (El que fuera reseñista “oficioso, que no oficial, de Second).

jueves, 22 de septiembre de 2022

ARCADE FIRE EN EL WIZINK CENTER DE MADRID: ÉPICA EMOCIONAL SIN COMPLEJOS

 


Una cúpula que permanece cerrada y se abre, sirve de intro a un vendaval de sonido, que fue lo más próximo a lo que ayer asistimos en un Wizink Center lleno, salvo el último anfiteatro del fondo norte. The age os anxiety I fue el arranque y la pieza de muestra de esa dualidad cada vez más presente en las canciones del grupo canadiense que navegan ente la lírica y la verbena. La redención y la estridencia. La soledad y el orgasmo. Con los teclados como dueños del sonido, sin embargo no dejaron pasar la oportunidad de poner las cosas en su sitio cuando a continuación comenzó a sonar Ready to start. Sí, el público estaba preparado para disfrutar y obviar todas las condenas y maldiciones bíblicas que se habían vertido en las redes sociales contra aquellos que se saltaran a la Santísima Trinidad y acudieran al concierto de un nuevo proscrito: Win Butler. Polémicas aparte, y tras el anuncio que con anterioridad al escándalo hizo Butler sobre su próxima separación del grupo, las canciones fueron cayendo unas tras otras disfrazadas de un sonido espectacular que caminaba entre la lírica, el ritmo alto, y la fuerza sin límites. De una forma sencilla si se quiere, pero muy efectiva, los Arcade Fire fueron modelando el espíritu y las gargantas de unos seguidores totalmente entregados que asistieron entusiasmados a canciones como Reflektor o Lightning I sin parar de bailar mientras observaban la multidisciplinar tarea de cada uno de los músicos que ocupaba el escenario y que, con tanto intercambio de instrumentos, se asemejaban más a unos músicos callejeros que a una de las grandes bandas de este siglo. Ocho músicos que van desde un chico que no para de bailar mientras toca los bongos, a una violinista que hace lo mismo, o a una mujer de corta estatura que divide sus funciones entre la batería, los teclados o el acordeón. En este sentido, no se nos debería olvidar que Régine Chassange es la verdadera argamasa del grupo y el alma que dota de ese loco, pero muy bien estudiado, toque multicultural y excéntrico que poseen los canadienses. Su mayor acierto, sin duda, es aparentar que les resulta muy fácil adaptarse una y otra vez a ritmos distintos bajo el signo de los medios tiempos, lo que nos demuestra (entre otras cosas) el gran nivel de compenetración que existe entre todos los miembros de la banda. 

Arcade Fire fueron épicos dentro de un absorbente ritmo electrónico que marchó acorde a los nuevos y tecnológicos tiempos. Y que disco tras disco se va haciendo más presentes en las canciones del grupo. Sonidos hippies cercanos al folk, al pop o a la música electrónica con matices industriales, que sin embargo, se arroparon bajo largas melodías a modo de sinfonías o pequeñas óperas modernas que a medida que avanzaban nos arrastraban como auténticos relatos, no literarios sino musicales, y muy lejanos a los sonidos actuales, si exceptuamos a las composiciones de las bandas de la nueva psicodelia, que cada vez se hacen con un mayor protagonismo en el panorama musical actual. Todo un recital acorde con una majestuosa sencillez (valga la contradicción) de un efectos visuales basados en un arco de medio punto a modo de ojo que todo lo ve y que se transforma en diferentes versiones cuando la ocasión lo requiere, y al que acompañaban unos rayos láser muy ochenta que se fusionaban con una gran bola de cristalitos que, sin duda, servía de homenaje a la música de los ochenta (incluida la discotequera). Y así se fueron sucediendo sus grandes hits: Sprawl, Tunnels, Rebellion (Lies), etc, que nos llevaron en volandas hasta uno de los momentos más mágicos de la noche, cuando el ritmo se pausó y atacaron The Suburbs y ese Modern man, signo identificativo de uno de los mejores álbumes de la música popular en lo que llevamos de siglo XXI. The Suburbs convirtió a Arcade Fire en un grupo legendario, y ayer nos lo volvieron a recordar. 

Tras hora y media de actuación, que acabó con Everything now, retomaron el bis en el pequeño escenario que había en el centro de la pista del Pabellón de Deportes, justo bajo la bola de cristales que no paró de moverse. Allí tocaron el clásico del grupo The Clash Spanish bombs en un guiño al país en el que esa noche tenían bolo dentro de su larga gira europea que continuará por Estados Unidos y Canadá, y que finalizaron con el mítico Wake-up; una canción que todos los asistentes corearon brazo en alto: «Somethin' filled up/ My heart with nothin'/ Someone told me not to cry»,  hasta el punto de alargarla en una especie de conga con sonido de bongos y la voz de Butler haciendo coros desde que abandonaron el pequeño montículo en el que se encontraban hasta su llegada a los camerinos. Una nueva muestra de esa épica tan particular que acompaña a la banda, y que también se traduce en el eco de fueron dejando a modo de rastro sonoro en todos sus seguidores. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de septiembre de 2022

PAUL AUSTER, EL PALACIO DE LA LUNA: LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD A TRAVÉS DEL AZAR


 

¿Se puede predecir el futuro, o son las sinergias del azar que en determinadas ocasiones gobiernan nuestro destino las que en verdad posibilitan que nuestras vidas sean de una forma y no de otra? A simple vista parece que disponemos de diferentes opciones a la hora de construir nuestro futuro. El esfuerzo, el trabajo, la dedicación plena a una actividad en concreto. Todo ello, sin duda, en aras de no facilitar la dispersión o la incertidumbre. Sin embargo, cuando creemos que lo tenemos todo controlado surge el azar y lo cambia todo. Esa fuerza, que existe, pero que casi nunca llegamos a entender muy bien, forja con sus casualidades muchos aspectos de nuestra existencia, eso sí, saltándose las reglas de toda lógica, pues nos moldea la vida de una forma imperceptible e invisible, tal y como el viento diseña la forma de las rocas día a día con el paso del tiempo. Paul Auster, un escritor que escudriña el azar objetivo, lo sabe muy bien y, tras una experiencia inexplicable que le ocurrió en su infancia, ha recorrido toda su vida y obra literaria por una autopista donde el azar o el destino se encargan, entre otras cosas, de ponerle y ponernos constantemente a prueba. Y, quizá, más que nunca lo haya hecho cuando ha tratado de buscar su propia identidad y la de sus personajes, enmarcadas o no, en el juego de las casualidades. En este sentido, Paul Auster en El Palacio de la Luna sincroniza con una aparente sencillez todos y cada uno de los caminos que llevan a sus personajes a esas situaciones inesperadas que, por cambiantes, se hacen únicas, y sobre todo, muy atractivas. Sin embargo, tras esa sencillez no solo se esconde la búsqueda de la identidad, sino también, la soledad que define a sus protagonistas —seres humanos aislados frente al mundo—, y al componente absurdo que muchas veces tiñe a sus decisiones —por insólitas o inexplicables y siempre fruto de la impulsiva necesidad de llegar a encontrar una respuesta—. De ese absurdo inconcebible surge un concepto muy atractivo: el viaje como experiencia. Y de ese viaje nacen, en esta novela que se enmarca dentro de la trilogía del azar, unos personajes que en buena parte de la narración recorren el presente y el pasado de la historia de los Estados Unidos de América como protagonistas de unas vivencias que corren en paralelo a las de su país. Ese reconocimiento dentro de esa geografía política dota a esta novela de un cierto enganche con la gran novela americana, siempre preocupada por poner en tela de juicio los valores que, según nos cuentan y venden a diario, son los bases o pilares de una gran nación que se define a sí misma como la tierra de las grandes oportunidades. 

Paul Auster, en El Palacio de Luna, nos sumerge en ese brillo nostálgico, frío y nocturno del astro que siempre nos acompaña como un vigía que nos ilumina el camino en la oscuridad. Y de sus múltiples interpretaciones presentes en esta historia de identidades perdidas, o encontradas a destiempo, surgen una serie de personajes que se van sosteniendo los unos a los otros como muletas que definen su inadaptación. Y para que todo nos parezca fruto del mero e inofensivo azar, el escritor norteamericano de ascendencia polaca dota a esta novela de una estructura al estilo de las muñecas matrioskas, pues sus historias se van interponiendo las unas a la otras de una forma ágil e inteligente sin que apenas el lector se dé cuenta de este perfecto mecanismo dotado de antemano de un mensaje cerrado sin opción a la sorpresa. En esa necesidad de Auster de acapararlo todo a través de sus novelas —novelas-mundo— existe un punto de conexión con los márgenes del absurdo y la incertidumbre de otros autores norteamericanos, como pueden ser: Jack Kerouac en sus novelas En la carretera o Los subterráneos; John Updike en su saga Corre conejo; John Fante en sus novelas Pregúntale al polvo o Sueños de Bunker Hill, o también de las narraciones del incombustible Bukowski en su infinito vagabundeo por las calles y casas de los barrios residenciales de los EE.UU, o por qué no, con esa primera conexión con el vagabundeo intelectual de Henry Miller en sus trópicos (Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio). 

El Palacio de la Luna es una extensa e intensa novela en la que una vez más, en la obra de Paul Auster, se abren paso las múltiples referencias externas, entre las que sin duda destacan las literarias —Beckett, Cervantes o El Lazarillo de Tormes—, por no hablar de esa magnífica reiteración de imágenes donde el protagonista de esta historia se ve abocado a vender los libros que su tío le ha dejado en herencia; una imagen donde la literatura se convierte en el sustento más vital de una vida que va más allá del alma, o en una nueva búsqueda de la identidad a través del azar.   

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 9 de septiembre de 2022

JAMES JOYCE, LOS MUERTOS: LA SOLEDAD QUE PRODUCE EL AMOR Y LAS SOMBRAS QUE ÉSTE DESPRENDE


 

El amor. La pasión. Esa extraña necesidad de vivir a la intemperie. Frágil y débil como una fina rama que se rompe ante el peso de la nieve que se deposita sobre ella. Copo a copo. Sin apenas darse cuenta de su próximo destino, pero plomiza y vengativa como una vida ausente de auténticas sensaciones. Los personajes de esta famoso relato de James Joyce (considerado como uno de los mejores de la literatura inglesa y que en sí mismo contiene toda la esencia de su obra literaria) recava en esa posibilidad de asistir al final. De una vida. De un sentimiento. De una pasión. O de un recuerdo. De una forma, en apariencia sencilla, la acción transcurre en una fiesta navideña donde se baila, se canta y se trincha el pavo. Un espacio temporal que Joyce quiere que sea continuo —a pesar de los diálogos interiores que se desplazan en el tiempo— y sin interrupciones. Ese continuum fluye a través de un relato coral donde las distintas clases sociales irlandesas quedan retratadas mediante los personajes que asisten a la fiesta. La tradición, la superioridad intelectual, el nacionalismo, y el clasicismo así como el marcado acento religioso irlandés se van abriendo paso de la mano de unos diálogos siempre premonitorios, vivaces y acertados, que el narrador omnisciente de esta historia nos va presentando. 

Los muertos de James Joyce es un relato con una clara estructura teatral en el que los personajes van entrando y saliendo de escena. Esas entradas y salidas muchas veces están arropados por la música popular, lo que determina la gran importancia que la música y el canto tienen en la cultura irlandesa, quizá porque como dice el dicho popular: “quien canta sus males espanta”. Más allá de esas percepciones fácilmente visibles en la acción del cuento, la bruma del relato de Joyce nos transmite el abigarrado desplante de la intemperie. La materialización de tal sensación la capitaliza el autor con los aspectos externos con los que rodea a la acción. Y así, la noche, el frío que la alberga, la nieve que se deposita en los zapatos de los invitados antes de llegar a la fiesta, y ese cercano mar que se comporta como una brisa invisible que nos transporta de este a oeste, del amor a la desdicha, de la pasión a la verdad, y, como no, del deseo que yace roto por la verdad, se alzan como elementos indispensables de Los muertos. Esa verosimilitud de las pasiones y sentimientos humanos navegan bajo el sosiego de unas aguas que en algún momento encallan en un secreto desvelado a destiempo, lo que nos infringe un duro golpe en el corazón. Golpe que nos causa lágrimas húmedas como el agua, el mar, la lluvia, la nieve y la intemperie que los acoge en plena noche, porque quizá, anidan en un lugar donde la soledad que produce el amor y las sombras que éste desprende, sean un habitáculo muy cercano al hipogeo que guarda los restos de los muertos, nuestros muertos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 7 de agosto de 2022

ALEX KATZ EN EL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA: LA CONCEPCIÓN DEL COLOR SOBRE LA FORMA

 


Identificar el mundo con esa sensación de abandono que nos produce la luz, el sol, la vida. Una vida donde el color lo es todo, el epicentro de la resonancia de nuestros sueños y el objetivo último de esa concepción intelectual que transforma los niveles de expresión en arte. Arte puro. Sencillo. Arte que solo busca la perfección desde la sencillez. A través de esa primera impresión que nos transmite una paleta de colores plana, primaria y que explora los límites de las relaciones personales, el retrato clásico o la naturaleza. Ahí es donde Alex Katz, en la retrospectiva que el Museo Thyseen-Bornemisza de Madrid nos ofrece hasta el 11 de septiembre, siembra la armonía. Una falsa armonía que se esconde tras las grandes dimensiones de sus cuadros y su capacidad para obligarnos a ver más allá de sus simples formas. En esa relevancia del color es donde sus cuadros de retratos o más concretamente de grupos de personas se nos muestras unas veces como meros fotogramas de una película que se duplican sin llegar a invadir la multiplicidad de los espacios en los que personajes de esa Nueva York que él descubre junto a Ada, su mujer y sus musa, nos deja traslucir miradas que se pierden. Miradas que no buscan la conversación y se difuminan en el etéreo espacio que las rodean. Un Hopper sin la textura oscura de sus matices de colores o la exploración de la soledad individual, pues la soledad de Katz es colectiva y replicante. 

Otra de sus facetas más representativas se encuentra en los múltiples cuadros en los que inmortaliza a su musa, Ada. De lado. Boca arriba. De frente. Entre colores pasteles. Por encima de colores vivos y fuertes que se pelean unos sobre otros y contrarrestan de algún modo la serenidad con la que retrata la expresión de la gran dama norteamericana. Una forma de entender el mundo del arte que también reside en el gusto por el gran formato que él extrae de su pasión por las vallas publicitarias y las pantallas de cine, dos elementos que podríamos ubicar dentro del pop art y que en el caso de Katz son más el reclamo de nuestra atención a través de sus gigantes y sencillas formas. Toda su expresión se resguarda tras el color y su prevalencia sobre el resto de elementos pictóricos o artísticos. Y lo hace al modo de la música de jazz que él adora y utiliza mientras pinta para, mediante esa improvisación salvaje y onírica, buscar el presente. El presente que no es o deja de ser.

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 4 de agosto de 2022

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN, ROMA DESORDENADA LA CIUDAD Y LO DEMÁS: UN PUZLE ERUDITO SOBRE LA CIUDAD ETERNA Y SU HISTORIA PLAGADO DE ANÉCDOTAS Y LLENO DE VIDA


 

Ver, sentir, observar, pensar y, al final, disfrutar de la diferencia de aquello que cada uno percibe como único, pues única es la forma de experimentar la vida a través de los sentidos. Ahí, es donde sin duda conectamos con la belleza y su capacidad para cambiarnos y transformar un viaje en un cúmulo de sensaciones que harán de nosotros algo distinto. En ese espacio tan pocas veces explorado es donde se esconde la magia del viaje. Roma y su infinitud. Roma y sus múltiples destellos de arte. De sonidos. De sorpresas. De miradas en las que buscar aquello que nos hace diferentes. Roma pitonisa y mágica. Alumbradora y mística. Secreta y apabullante. Esa es la fotografía caleidoscópica que de la ciudad del Lazio hace Juan Claudio de Ramón en Roma desordenada la ciudad y los demás, un puzle erudito sobre la Ciudad Eterna y su historia plagado de anécdotas y lleno de vida. Un viaje que va desde lo majestuoso a lo cotidiano, aunque más bien podríamos decirlo al contrario, pues parte de la anécdota vivida o diaria que va en busca de esa otra historia que está tapada por la tela del tiempo y los siglos. Expresiones que parten de lo particular en busca de lo genérico, histórico, artístico, político. También de lo erudito, pues estamos ante setenta minuciosos relatos cortos que buscan el detalle en una ciudad inabarcable que funciona como piezas de un puzle que, a medida que leemos, vamos completando de una forma singular y majestuosa por la ambición de quién lo escribe y su proyecto, y por lo que se desprende de cada uno de ellos: la importancia del viaje, de ver, de sentir, de explorar. Al final esta Roma desordenada es el viaje interior y onírico de un diplomático que ha tenido la fortuna de pasar cinco años destinado en Roma, y que convierte su estancia en la ciudad en la senda infinita de aquel que busca y necesita lo imposible: actuar como un falso dios terrenal que lo tiene todo al alcance de sus pies, y de la profundidad de su mirada. Si como decía Paul Cézanne: «Ver es pensar», Juan Claudio de Ramón nos facilita esa labor en este libro de viajes donde lo demás lo es todo. El caos y su furia. El ruido y su distorsión. La belleza y la máxima expresión del arte. La Historia y los seres humanos que la han construido, y posteriormente destruido y reconstruido. Avanzar por las calles de Roma es hacerlo por un universo onírico y divertente, fílmico y teatral, arquitectónico y pictórico, monumental y arqueológico. Piedra tras piedra, monumento tras monumento, iglesia tras iglesia, nuestra mirada, a través de la del autor, va enriqueciéndose de sensaciones e imágenes que ya formarán parte de nuestro imaginario particular y colectivo. Acervo sentimental y lúdico. 

Roma desordenada la ciudad y lo demás es un libro libre, ambicioso y único. Un libro de viajes que parece soñado, pues sale de las entrañas de quien lo concibió. De su talento y de la ciudad que él adivinó tras cada esquina por unas calles perdidas de Roma que nunca te decepcionan pues siempre están dispuestas a mostrarse su brillo de siglos; un brillo intacto al paso del tiempo, por atemporal e insurrecto. Salvaje a la vez que brillante. Sinuoso y desconcertante a la vez. Este es un libro para leer despacio, dejando un lugar para el deleite y el reposo entre capítulos, y de esa forma, asimilar y disfrutar de lo leído y buscado tras acabar de leer, pues este es un libro que necesita de ubicaciones geográficas, de instantáneas y recuerdos; un libro que es indispensable para saciar al hambriento de imágenes. Al huérfano de datos. Al recluso de mitos y santos. Un libro, en definitiva, por el que nadar por su páginas, porque hacerlo, es lo más parecido a depositar nuestros sueños sobre la inmensidad del mar. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 14 de julio de 2022

THEODOR FONTANE, EFFI BRIEST: LA CULPA Y SU EXPIACIÓN

 


¿Qué hay detrás de la expiación de la culpa? El silencio. El abandono. La soledad. Y, sobre todo, el rechazo. Las reglas del juego amoroso del siglo XIX se hallan a años luz de las costumbres actuales, aunque el objetivo siga siendo el mismo, pero no así sus consecuencias, o no al menos a priori. En un ambiente cerrado y lleno de miedos Effi Briest verá cómo sus sueños de alegre adolescente se trastocan cuando se casa con el barón Von Innstetten. Su autor, Theodor Fontane, construye esta historia desde la distancia que marca el realismo literario del siglo XIX, y de una forma más bien paralela —recreándose en los ambientes sociales de la sociedad prusiana sin llegar a entrar en el fondo de la cuestión salvo al final— a las circunstancias vitales de una joven mujer que antepone su vigor vital a los convencionalismos de una época atada a unas férreas costumbres morales y religiosas. La disciplina prusiana, en esta ocasión, es el atávico vestido del que tiene que desasirse una protagonista que solo busca ser feliz. Su felicidad, sin embargo, será marcada por la culpa y su expiación. Dos armas que no sabrá cómo lidiar sino ataviada por la melancolía y el remordimiento. Theodor Fontane se basó en un hecho real, según revelan sus cartas, para escribir Effi Briest. En concreto, en el caso von Ardenne. De esa historia surge esta otra que está considerada como una de las obras maestras del realismo alemán, y que da luz a unos usos y costumbres inadmisibles en la sociedad de hoy, pero que sin embargo, nos sirven para reflexionar sobre cuál ha sido el largo camino y el gigantesco esfuerzo que han supuesto para las mujeres alcanzar cotas de libertad en todo lo referente a su sexualidad y su posición de igual a igual en el amor con los hombres. En este sentido, Fontane nos retrata a una Effi Briest inocente, cándida y exenta de los forces que sí maniatan al resto de jóvenes mujeres cuyos matrimonios eran concertados por sus padres. Todos ellos matrimonios de conveniencia con hombres mucho mayores que ellas, y con unas ideas muy alejadas de todo aquello que conlleve algo de libertad. 

Si ahondamos un poco en el estilo del autor alemán a la hora de crear este personaje femenino y el mundo que le tocó vivir, hay que decir que, aparte de resaltar el carácter realista de esta historia, su poder de observación se pierde en largas descripciones de ambientes sociales y pensamientos que marchan de manera impostada respecto del tema principal de una narración que, como se apunta, se pierde en las formas alejándose del alma de una historia de amor, desamor y sus consecuencias. Una lejanía que, felizmente es abandonada por su autor al final de la misma, donde los personajes por fin se confiesan ante sí mismos y sus errores, marcando con ello el sentido final de la historia narrativa que se nos plantea. Sin embargo, la falta de salidas —más allá de las convencionales asociadas al ostracismo existencial— redundan en el resultado final de la misma, y en la falta de rebelión de un estilo literario afanado en observar sin llegar a tomar partido. Esa falta de riesgo y posicionamiento lastran esta novela de la que Thomas Mann dijo que si alguien se veía obligado a reducir su biblioteca y a poder conservar solo seis novelas, una de ellas debía ser Effie Briest. Una historia basada en los conflictos morales y sociales desencadenados por un adulterio. Un viaje existencial cargado por la culpa y su expiación. 

Ángel Silvelo Gabriel.