domingo, 12 de marzo de 2023

BORRACHOS DE IVÁN VIRIPAEV BAJO LA DIRECCIÓN DE IRINA KOUBERSKAYA EN EL TEATRO TRIBUEÑE: LA NECESIDAD DE AMAR Y DECIR LA VERDAD BAJO EL PARAGUAS DE LA GRAN MENTIRA QUE COBIJA AL MUNDO

 


¿Qué somos? Quizá no seamos más que el polvo que se lleva el viento. Triste final de nuestro insignificante paso por la vida. Vida anónima. Llena de pretensiones falsas e inútiles. Vida donde el silencio atrapa la soledad de nuestros corazones y nos precipita sobre la mentira. Ese largo e inabarcable telón de fondo que todo lo cubre y preside en nuestro devenir existencial. Ahí es  donde la sentencia que representa la muerte se manifiesta por encima incluso del amor. Qué es una vida sin amor y sin la ilusión que nos cambia lo más profundo de nuestro ser y nos arrastra irremediablemente hacia esa felicidad efímera, pero felicidad al fin y al cabo. Borrachos, dirigida por Irina Kouberskaya, es una nueva manifestación de esa necesidad de amor y de decir la verdad que todos tenemos, aunque sea bajo la gran mentira que cobija al mundo. Esa es, quizá, nuestra mayor batalla terrenal: la de vencer a la gran mentira que nos acoge y ampara, y de ese modo, poder liberarnos de las insulsas ataduras que nos permitan llegar a ser libres. Libres de verdad. Lejos del mandato de la opulencia y la vacuidad que nos preside y gobierna. Nadie quiere cambiar, pero tampoco nadie quiere dejar de sufrir, parece decirnos el texto de Iván Viripaev, dramaturgo ruso exiliado en Polonia, pues en esta ocasión el teatro Tribueñe ha decidido poner en pie la obra de un autor vivo y contemporáneo. Un autor que busca en las entrañas de la vida mezclando la tragicomedia con la que llegar a  reírse de uno mismo, y el esperpento, como fórmula de escape y huida del día a día. Un día a día teñido de mierda, como nos expresan los quince actores de esta obra coral que de nuevo nos muestra las grandes dotes de dirección de Irina, pues sus actores bailan, se mueven y dibujan unas siluetas que se asemejan mucho a una partitura musical. Melodías con sus altos y bajos que nos llevan del espanto a la risa, y a esa sensación de incertidumbre que nos da tanto miedo. Miedo a vivir, sin más. 

Borrachos se divide en escenas independientes que, sin embargo, se nutren unas a otras. Escenas que representan el amor, la mentira, el silencio o el llanto. Todas ellas tuteladas por la necesidad de salir de esa anestesia general que nos mantiene adormecidos como sociedad. Una sociedad que también necesita de ese Dios para las grandes y pequeñas cosas. Ese Dios que no vemos por muy cerca que lo sintamos. Ese Dios perpetuo que nos vigila y rige nuestras vidas sin llegar a saber por qué. De esa necesidad de salvar a nuestra propia alma surge este aullido perdido en la inmensidad de la oscuridad de la noche. Como dice el refrán: «los borrachos y los niños son los únicos que dicen la verdad», y en Borrachos, asistimos a esas toneladas de verdad que, sin embargo, se nos escapan de las manos nada más mencionarla. 

Irina Kouberskaya vuelve a dar en el clavo en la elección de esta obra de teatro que tan bien representa el alma humana en la actualidad, y no solo eso, porque nos vuelve a demostrar el gran estado de forma en su capacidad a la hora de visualizar los textos que selecciona, porque en Borrachos nos vuelve a dejar ese poso de gran directora teatral que es, transformando lo poco en mucho, y lo sencillo en magistral, para de esa forma, atrapar a todas aquellas almas sensibles que presencien este espectáculo coral y único de una compañía de repertorio extraordinaria que, en su vigésimo aniversario, nos demuestra su capacidad de sobreponerse al paso del tiempo. En este sentido, hay que hacer mención a los actores y actrices que conforman la compañía y, en concreto al elenco de Borrachos, con un David García que nos vuelve a atrapar por la gran capacidad de sus gestos, su intensa mirada y esa forma tan nítida de interpretar sobre el escenario. Su Mark, sin duda, siempre estará en nuestro recuerdo. Del mismo modo, que hay que resaltar a esa vagabunda que todo lo ve y lo oye desde el silencio; una vagabunda interpretada por Inma Barrionuevo que, cada vez más, alcanza una madurez sobre las tablas digna de mención y elogio, pues su figura en esta obra es como la luna que brilla en la noche y ejerce de espectadora silenciosa del gran drama del mundo. Una interpretación que borda a través de sus gestos de asombro, gozo o lucidez ante lo que va viendo y escuchando. El resto del elenco está a gran altura, como en las obras que han ido interpretando a lo largo de los años sobre las tablas del Teatro Tribueñe. Sin desmerecer a ninguno de ellos, hay que destacar a José Manuel Ramos en su Rudolph, que navega por la mentira y el absurdo, y al que da respuesta un estupendo Enrique Sánchez como Gustav, o a Badia Albayati con su enérgica y arrebatadora Rosa. 

Como nos dice Mark al inicio de Borrachos: «Hemos perdido la belleza… ya no hay hambre por la verdad», y esa es quizá la mayor sentencia de muerte de una sociedad que se auto-condena a su desaparición. Una sociedad que permanece en silencio ante el conocimiento estrepitoso de la verdad. Sin duda, y gracias a esta obra de teatro, podemos asistir a ese grito desesperado que busca la salida a esa mierda que nos impregna y nos diluye como seres humanos. Unas mujeres y unos hombres que, en una noche de borrachera, son conscientes de la necesidad de amar y decir la verdad, aunque lo hagan bajo el paraguas de la gran mentira que cobija al mundo.   

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de marzo de 2023

LUCIAN FREUD, NUEVAS PERSPECTIVAS EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA DE MADRID: LA MELANCÓLICA Y SIMBOLISTA INTENSIDAD DE LA REALIDAD

 


El mundo puede ser tan grande como uno sea capaz de imaginar, pero también tan pequeño como uno necesite. Esa distancia entre imaginación y sentimiento es la que utilizamos las personas para sobrevivir y crearnos un universo propio donde cada uno de nosotros pone sus límites y sus reglas. Límites y reglas que, en el caso de los artistas, acaban plasmando en sus obras. Manifestaciones que surgen de la necesidad de reinterpretar lo que somos y lo que nos gustaría ser. El todo y la nada. La luz y la oscuridad. El yo y el otro. Una cadena que se va transmitiendo en eslabones que nos sirven para describir una fuerza centrípeta propia que se apodera de nuestra alma y nos define como individuos. Una fuerza que en muchas ocasiones nos mantiene unidos a un entorno muy reducido, un círculo íntimo que trazamos alrededor de nuestros sentimientos y que funciona como una membrana que nos aísla del mundo y nos identifica ante los demás. Este podría ser el caso de Lucian Freud si hacemos caso a los cuadros que se exponen en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, porque podríamos redefinir el título de la misma: Nuevas perspectivas como El pintor y su entorno. Un entorno que en el caso del pintor alemán nace desde la melancólica y simbolista intensidad de la realidad. Un gran marco pictórico que él comienza acotando con unos primeros retratos de ejecución minuciosa. Retratos que comparten espacio junto a plantas y otros objetos que descontextualizan el rostro del personaje retratado. En ese difícil equilibrio que resulta de ajustar el fiel de la balanza de la vida que va de lo interior a lo exterior y a la inversa, Lucian Freud, en sus inicios, es un pintor esquivo que sin embargo poco a poco se va sumergiendo en una intensificación de la realidad que él acentúa a través de los grandes ojos, narices y bocas de sus modelos hasta llegar a convertirlos en perturbadoras y desgarradoras caricaturas de sí mismos (véase, por ejemplo: Muchacha con rosas). Ese aparente escapismo de sus inicios termina acaparando la materialidad de la carne, sobre todo, a través de pinceladas volumétricas y rígidas que se dividen entre empastadas y sueltas con las que consigue intensificar la realidad de aquello que retrata al fijar su punto de máxima atención en las miradas y las manos de los personajes que retrata, y también, en sus propios autorretratos. Una energía pictórica que a medida que avanza la exposición nos lleva hasta ese punto de melancolía y simbolismo que nos muestra en sus personajes desnudos. Retratos que nos acercan a esa otra realidad de la que siempre huimos y nos habla de la añoranza de tiempos pasados más ceñidos a la vida como éxtasis vital. De esa reflexión nace una paleta de colores marrones, anaranjados, rosáceos y anacarados con los que consigue un gran nivel de expresividad en las personas y el entorno que pinta. Un entorno, cuyo denominador común va a ser su propio estudio, como mejor forma de medir la realidad que se circunscribe a ese pequeño universo que él necesita para crear y con el que viaja hacia ese otro lugar tan amplio como su propia imaginación le permita. Este viaje de fronteras indefinidas es donde Lucian Freud se afana en crear un mundo de barbarie, perturbador y antiestético si se quiere, al que sin embargo, él en ocasiones dota de una dulzura y una sensibilidad conmovedoras (véase, por ejemplo: Doble retrato). 

La aniquilación de toda esperanza, por mucho poder que se posea, es otra de las visiones que el pintor alemán nos muestra en su cuadros denominados de “poder”, en los que, desde una visión más clasicista en la composición de los mismos, refleja el omnívoro paso del tiempo que experimentamos todos, cualquiera que sea nuestra condición social. Un hecho combativo contra el mundo, por su carácter irredento, que nos acerca a esa realidad de la que nunca podremos escapar. Un deterioro hecho arte y, por ende, auto-condenado a ejercer de espejo de una humanidad entregada al culto al cuerpo. De esa disfunción de la fealdad corporal y la corrupción de la belleza, podemos extraer otro de los grandes mensajes de la pintura de Lucian Freud: todo lo que nace muere, y quizá, por eso, no nos queda sino contemplar la melancólica y simbolista intensidad de la realidad de manos del pintor alemán.

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 24 de febrero de 2023

RAMÓN ALCARAZ GARCÍA, EL FABULOSO ZOOLÓGICO AMBULANTE: UN CARNAVAL LITERARIO VESTIDO DE ESPERANZA




 

¿Qué hay tras la línea del horizonte que divide a la realidad de los sueños? ¿Hay esperanza más allá del impenetrable —por aburrido—, día a día que monótono consume nuestras vidas? El ser humano se caracteriza, entre otras cosas, por necesitar del poder de la esperanza. Una especie de pócima que le renueve las ganas de sentir, de ser, de hallarse a sí mismo, o de felicitarse por el mero hecho de estar vivo. La literatura lo ha llevado a cabo, por ejemplo, a través de la fábula, la parábola, el esperpento o el realismo mágico con los que establece unos parámetros narrativos distorsionados que le sirven para reinterpretar la vida, el mundo o una sociedad determinada, si bien, la narración que nos ofrece Ramón Alcaraz en El fabuloso zoológico ambulante, va más allá de los clichés literarios al uso para transformar su novela en un ejemplo de carnaval literario vestido de esperanza, en el que de una forma portentosa vuelca sus amplios conocimientos literarios y experiencia como profesor de talleres literarios, y también, como guionista. De esas dotes narrativas e interpretativas se sirve para ir componiendo una historia donde la magia es un elemento que se diluye en cada línea, y de paso, dota al texto de una fuerza inusitada. 

La ficción de Alcaraz no es evasiva, sino más bien simbólica, como el mejor de los cuentos que nos puedan narrar. Y ahí prevalece y perdura su oficio literario, del que podríamos añadir que se tata de una inteligente yuxtaposición entre el mundo real que nos define, y el mágico que anhelamos y transita entre deseos llenos de esperanza. Así, Alcaraz nos plantea el miedo al extraño, al diferente y a lo nuevo, cuando todo ello llega a un pueblo aislado y perdido en sus propios pecados. Sus personajes son los arquetipos de toda sociedad que muere embrutecida por sus inconsistentes planteamientos ideológicos que van desde las creencias religiosas, a la magia, o el poder de las falsas noticias, como un abanico reflexivo de las sociedades aisladas que son víctimas de sus propias mentiras. 

El fabuloso zoológico ambulante es, además, un trepidante viaje a través de los sentimientos humanos que nos describen y delatan como personas, donde la codicia, el ansia de poder, o la imperiosa necesidad de destacar sobre el resto van allanando la posibilidad de entendimiento entre los habitantes de San Antonio, un pequeño pueblo que se alza como un minúsculo experimento del mundo. Un mundo al que Ramón Alcaraz dota de un léxico exuberante, culto y exquisito, en el que persiste la plenitud de las palabras y términos que emplea en aras de la narración. Una narración que destaca por su pulcritud y alto ritmo narrativo, lo que provoca por un lado la rapidez de la acción, y por otro, el ansia de calmar la curiosidad del lector que, a poco que se deje llevar, caerá en los poderosos tentáculos literarios con los que escritor de Cartagena dota a su novela. Una novela que, tal y como nos confesó él mismo el día de la presentación, ha permanecido treinta años metida en el cajón, lo que nos da una buena medida de la universalidad de la literatura, y por supuesto, de lo actual que sigue resultando este experimento social-literario que nos brinda su autor como mejor manera de definirnos como sociedad, a lo que sin duda, nos ayuda la pericia literaria de Ramón Alcaraz a la hora de convertir una historia en un carnaval literario vestido de esperanza.  

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de febrero de 2023

RICARDO ÁLAMO, RUIDO Y ECO: ACOTANDO EL MUNDO. EL PROPIO Y EL AJENO

 


¿Cuál es la última intención de aquel que escribe? Quizá sea la de atrapar el silencio, y así, destronar al ruido y al eco que nos gobiernan. Ruido y eco como símbolos de lo ajeno. De todo aquello que nos perturba y distrae, pero también de la sima de lo propio. Por inabarcable. Por profunda. Por secreta y silenciosa. Como nos apunta Jaume Plensa: «Intento fabricar silencio en una época muy ruidosa», y esa sea, tal vez, la última meta de Ricardo Álamo en Ruido y eco, un libro inclasificable por las materias que aborda y las múltiples formas de hacerlo, que están enfocadas —al menos— desde una triple vertiente: la personal a través del diario, la literaria mediante la crítica, y la ensayística con tintes filosóficos. En estas diferentes vertientes del “yo” asistimos a frases-sentencia tan certeras como esta: «Una sociedad que maximiza sus deseos es una sociedad que minimiza su realidad. O sea, una sociedad infeliz» que, entre otras cosas, es una buena forma de ir acotando el mundo. El propio y el ajeno. Si algo destaca en este libro diarístico, confesional, y crítico con la sociedad y los ciudadanos que la manipulamos y corrompemos, es su libertad. Libertad que ya viene prefijada tanto en su planteamiento como en su discurso, pues en ambos prevalecen las ventanas que nos permiten observar todo aquello que transita fuera de nuestro mundo y dejamos de percibir por falta de tiempo o mera ignorancia. Estos apuntes del día a día son los que plasma, no sin cierta dosis de humor, Ricardo Álamo página tras página. Apuntes donde lo emocional rezuma esa verdad subjetiva que acompaña a los recuerdos de nuestras vidas. Recuerdos fabricados con la tinta del que no olvida ni el qué, ni el cuándo, aunque no siempre sepa atribuirles un por qué. De esa inexactitud vital nacen los mejores momentos de nuevo libro híbrido de Newcastle Ediciones, porque como muy bien nos dice su autor: «La realidad es un misterio, y todo escritor un desenterrador de secretos». Oficio, el de desenterrador de secretos, al que se encomienda Ricardo Álamo con suma maestría y conocimiento de sí mismo y sus limitaciones, pero también de sus virtudes —que son muchas—, si nos atenemos a la capacidad que tiene de hacernos visualizar todos los reflejos de las vidas que nos acompañan y limitan, y de las que en demasiadas ocasiones apenas somos consientes de que se desarrollan a nuestro alrededor. La adolescencia, el amor, la Filosofía, el miedo, los miedos y una conciencia crítica hacia sí mismo y los demás, hacen de Ruido y eco un nuevo y acertado salto al vacío de un editor que da luz a voces que de otra forma no dejarían de ser anónimas. Javier Castro Flórez busca la excelencia en la diferencia, y de ahí su poliédrico acierto. No en vano esa es otra forma de ir acotando el mundo. El propio y el ajeno. Y para que no nos quede ninguna duda sobre ello, este singular libro se abre con una cita no menos cierta y acertada: «Pronto no serás más que ceniza o esqueleto, y un nombre (y tal vez ni siquiera eso); y el nombre, ruido y eco. (Marco Aurelio). 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 29 de enero de 2023

SECOND PRESENTA FLORES IMPOSIBLES EN MADRID DENTRO DEL INVERFEST 2023: UN VIAJE EN EL TIEMPO, EMOCIONAL Y EXQUISITO

 


Todo era como en un sueño. Un escenario oscurecido por un fondo negro del que solo se adivinaba una gran flor de color rojo y unas lámparas a modo de salón decimonónico. Y para que fuese todo más irreal, si cabe, una música ambient confeccionada ex profeso con leves notas de las canciones del grupo para tintar una espera de color rojo. Rojo-riesgo. Rojo-alerta. Rojo-sangre. ¿Cómo fundir todo eso en un mágico momento? Es difícil echar la vista atrás y no sentir el vértigo y el miedo al despertar el travelling existencial que conlleva hacer de nuevo nuestras las imágenes y los momentos que éstas protagonizaron. Algo así fue lo que anoche pudimos sentir con Second en el Inverfest 2023: un viaje en el tiempo, emocional y exquisito, porque sin duda, desde que el grupo murciano anunció que se retiraba de los escenarios un aura de dudas, incomprensión y fatiga emocional ha invadido a sus seguidores que, ayer, llenaron el Teatro Circo Price de Madrid. Y más, si cabe, cuando lo que vimos ayer sobre el escenario fue a un grupo sólido, con una madurez extraordinaria y un saber estar y modelar sus canciones sobre el escenario a prueba del paso del tiempo. Y eso fue lo que les llevó a interpretar veintiún temas que sonaron como una única melodía completa. Serena. Intensa. Fulgurante. Y, sobre todo, onírica. Siempre nos resulta muy difícil decir adiós a las personas que queremos de verdad, y este concierto fue una muestra de ello, tanto por parte del grupo como de sus seguidores. Ese hermanamiento que ocurre tan pocas veces es lo que ha hecho de Second un grupo grande. De letras. Canciones. Melodías. Ritmos. Imágenes y sueños. ¿Cuántas veces he escuchado esa frase tan manida de que Second y sus canciones forman parte de mi vida. Pues ese ha sido su poder: instalarse en lo más íntimo de un gran número de sus seguidores. Amores eternos que, de repente, se rompen. 

A pesar de todo, Los Cuatro de Murcia —cómo me recordaron Jorge y Sean a The Beatles en sus vestimentas y en sus movimientos sobre el escenario— lo dieron todo para vencer al destino aun cuando comenzasen el concierto con el tema Estado de alegre tristeza y su lapidaria frase: «Nada es para siempre», o: «Recátame pronto». Un reclamo que fue entendido por el público, ya que los llevó en volandas de principio a fin. El concierto de ayer fue una fiesta colectiva de cánticos, palmas arriba, coros y aplausos que acompañaron a la elegancia de un grupo que sonó como nunca: compacto, rítmico y envolvente. Y, todo, bajo esa luz roja que bañaba el ambiente. En ese velo del tiempo fueron sonando Mira a la gente, ¿Quién pensaba en eso?, Muévete y siente hasta llegar a uno de los momentos mágicos de la noche tras sonar una de sus mejores canciones: Nivel inexperto. Aquí, Sean Frutos, nos sorprendió a todos, incluidos técnicos de sonido, cámaras —el concierto fue grabado— y miembros de la banda, cuando nos propuso a todos reinterpretar de nuevo la canción cantada a coro por el público y acompañada por los músicos en tono más bajo para que la voz de los que allí estábamos fuese la verdadera protagonista del momento, lo que sin duda fue un gran homenaje por parte de Sean a todos sus fans que, como les está sucediendo en esta gira, están agotando todas las entradas para colgar un gran sold out en todas sus actuaciones, al menos hasta el momento. Quizá, ese instante mágico se debiera a que al inicio del tema Jorge nos preguntó: «¿Cómo estáis?», a lo que enseguida Sean prosiguió con un: «Buenas noches, Madrid. Estamos aquí celebrando toda una vida musical, la nuestra…», para seguir diciéndonos que más allá de las despedidas había que disfrutar del momento, y eso era lo que ellos querían que sucediera esa noche. Noche de nuevo teñida de rojo. Rojo-sangre, como si fuera un poema de Lorca. Tras ese inesperado giro uno se quedó con la sensación que ese tema sonaba a despedida grande. Despedida de salón de casa —porque eso fue en lo que convirtieron Second el Circo Price anoche—. DESPEDIDA GRANDE Y EN PLENITUD DE AQUELLOS QUE LO HAN DADO TODO EN SU VIDA. MÁGICO FOTOGRAMA QUE PERDURARÁ PARA SIEMPRE EN LA PELÍCULA DE NUESTRAS VIDAS. SENCILLAMANTE GENIAL. Un instante donde sobre todo, Sean, no pudo esconder su cara de felicidad por más que nada sea para siempre. 

Esa sensación de felicidad ya no abandonó el Price en ningún momento. Sabedores de la magia que atesora esa efímera felicidad que a veces nos aborda, las canciones fueron sonando como un tobogán infinito. Flores imposibles, Mañana es domingo, Nueva sensación, Cúrame como siempre «una de las mejores canciones de su último disco en la que el eco de las guitarras fue inmenso—, Muérdeme o En otra dimensión fueron una catapulta hacia el éxito de una noche para recordar. Una noche en la que siguieron tocando Sonará en todas partes con su clásico «para pa pa pa papapa», El contornos de tus miedos, donde de nuevo su música planeó sobre el escenario de una forma contundente y mágica, lo que les llevó sin apenas tocar el suelo hasta la parte final del concierto de la mano de temas como NADA —otro de su pelotazo que ayer fue plasmado sobre el escenario de una forma más pausada, pero igual de intensa—, Ya no estamos para gilipolleces, Volver a esa paz o Rodamos su road-song que ayer rescataron como hacían años atrás para cerrar esta primera parte de su actuación. Una canción que ayer se convirtió en un magnífico travelling de momentos e imágenes irrepetibles. 

Comenzaron el bis con Más suerte, otro de sus, hits donde Nando Robles nos hizo una gran exhibición de lo bien que toca el bajo con Jorge Guirao y Sean Frutos de rodillas para acrecentar la capacidad onírica del concierto y Fran Guirao al fondo con su eléctrica batería, lo que les sirvió para interpretar Quiero equivocarme y después su futurista 2502 que acaban en un ritmo alto que lleva a Jorge a abandonar el escenario y desplazarse por la platea donde se cae al no ver el escalón que separa a las butacas del suelo. Tras ese impasse volvieron en un segundo bis con Rincón exquisito que, como en Nivel inexperto, fue coreada a pleno pulmón por todos los asistentes en una versión más enriquecedora, si cabe, de sonidos más maduros y atrayentes, que tras un larga y extendida versión fue el punto  y final de un concierto que acabó con una larguísima ovación de varios minutos, de un público totalmente entregado a un sueño: Second. 

Tras este viaje emocional y exquisito, solo nos queda decirles al grupo murciano que tras ese sabor a despedida que nos dejó el concierto de ayer aún nos encontraremos con ellos. Eso sí, lo haremos al otro lado del horizonte, donde las canciones nunca dejan de sonar, pues su eco es infinito, y porque como dijo John Keats en el inicio de su poema épico Endymion: «Algo bello es un goce eterno».

Ángel Silvelo Gabriel. 

Foto: África Silvelo

 

jueves, 26 de enero de 2023

MARGUERITE DURAS, NADA MÁS: EL ÚLTIMO GRITO DE UNA MÁSCARA QUE SE DESPEGA DE SU CUERPO



Antes de que Leteo se lleve por delante toda nuestra vida, nos queda una última posibilidad de intentar vencer al olvido: una de ellas es la de dejar un testimonio escrito de ese adiós. Como nos dice Marguerite Duras en Nada más: «Escribir es hablar y callar». Y ella lo hizo. Primero habló mediante el último y amargo poema de la vida que representa este libro de la soledad, la vejez, la decadencia y el amor. Un último grito de una máscara que se despega de su cuerpo. Y, después, calló. Calló para siempre cuando escribió: «Lo amo. Hasta pronto». El amor hacia su pareja ya está implícito desde el inicio, en las dedicatorias: «Para Yann. Nunca sabemos de antemano lo que escribimos. Date prisa: piensa mí». «Para Yann, mi amante de la noche». «Firmado: Marguerite Duras, la amante de ese dorado amante». El amor. El desamor. La necesidad del otro. El odio. Todo está condensado en esta recopilación de frases que se estructuran como un poema deshilachado, confuso, repetitivo y elíptico, que el propio Yann fue recopilando en un cuaderno. Días, horas y fechas que se trasponen unas a otras bajo el signo del que se sabe cerca del final, y cuyo máximo valor reside ahí, en la batalla que la mente inicia frente al cuerpo. Batalla que también es la del deseo contra la adversidad. De la añoranza del amor. De la vida que todavía huye de la muerte. Frases que recopilan y homenajean a una buena parte de su obra, tanto literaria como fílmica, y que nos sirven de huellas a la hora de seguir este último camino hacia el abismo. Un abismo ante el que Duras no se rinde y ante el que pelea aunque sea contra sí misma y su biografía. Su padre muerto cuando ella era una niña. Su madre, primero repudiada y luego añorada. Su hermano mayor, el preferido. Indochina. Sus amantes. El amor. Y Yann. Siempre Yann, su último gran vínculo con la vida: «Ven. Vente al sol, por tenue que sea». 

Nada más es un testamento que fusiona la literatura y la vida, por más que su autora diga: «Pasarte la vida escribiendo te enseña a vivir: no te salva de nada.» De ese aprendizaje Duras sabe mucho, pues su obra, como muy bien nos recuerda Valentín Roma en uno de los dos epílogos que contiene el libro: «Todas las historias de Marguerite Duras se desarrollan alrededor de una pérdida». Pérdidas que se transforman en una expedición al epicentro oscuro y demoniaco de la vida. Viaje de ausencias, descreimientos, pérdidas y amores. Singladura de una sinfonía que representa el último grito de una máscara que se desprende de su cuerpo.  

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de enero de 2023

EXPOSICIÓN “EL JAPÓN EN LOS ÁNGELES”. LOS ARCHIVOS DE AMALIA AVIA: LA ANTICIPACIÓN AL PASO DEL TIEMPO

 


La posibilidad de volver a ver lo que ya no existe es uno de los trucos de magia que nos regala la vida y el mundo del arte. La esencia de la que estamos hechos anhela aquello que fuimos por mucho que nos resulte doloroso, o incluso, cuando tan solo viene acompañado por la melancolía. Una saudade que percibimos tras la fina tela del paso del tiempo. La vida y sus momentos nos visitan entonces como un aura fugaz que nos cruza por el pensamiento y nos ilumina el corazón. Amar. Sentir. Añorar. Perder. Todo lo que existió dentro y fuera de nuestro cuerpo se nos viene encima como un aluvión de imágenes y sensaciones. Ese viaje sensorial que se expande a nuestro alrededor nos invita a transgredir la barrera del tiempo y anticiparnos —aunque sea figuradamente— al paso del tiempo. Manecilla conspiranoica de nuestra existencia porque nos obliga a viajar al pasado. Viajar es volver a sentir. Y también volver a ver. Ver a través de otros. Una opción que nos lleva a una heroica victoria sobre el tiempo, y que hemos podido hacer en la exposición “El Japón en los Ángeles. Los archivos de Amalia Avia, gracias a esta gran pintora realista que durante su dilata vida artística ha tenido la habilidad de llegar a detener el tiempo. En la magna exposición que la Comunidad de Madrid ha realizado de la pintora toledana y madrileña hasta el pasado 15 de enero en la Sala de exposiciones Alcalá, 31, hemos podido contemplar —atónitos— nuestro más reciente pasado en obras que se caracterizan por detener el tiempo en un efímero instante que, sin embargo, cuando te detienes delante de cada una de ellas, tienen la cualidad de la permanencia en el mismo y la plenitud y la fuerza del mensaje que transmiten. La capacidad de llegar a abrazar ese momento mágico es uno de sus grandes logros, pues imbuidos por su constancia, detalle y luz, caemos rendidos en ese otro camino que es el de la ensoñación de lo que una vez fuimos. Un camino en el que Amalia Avia se ha detenido con mucha intensidad en Madrid. Un Madrid atemperado por la luz. Un Madrid a medio camino entre el poblachón manchego que fue y la modernidad que se fue fraguando poco a poco hasta llegar a nuestros días. Un Madrid gris y ocre, por los colores que su mirada han querido resaltar. Una ciudad que nunca te deja indiferente porque te logra transmitir el mensaje de la extemporaneidad. No hay tiempo que haga sucumbir a sus calles, tiendas o monumentos, por mucho que los remodelen. Hay una memoria colectiva inherente a cada época, y la que pinta Amalia Avia es la de una época que se abría paso hacia la luz incierta del mañana. Un mañana que quiso ser distinto, pero que acabó siendo igual, como ocurre a lo largo de la historia del ser humano. 

“El Japón en los Ángeles” es la mejor yuxtaposición entre la pintura y su lugar en el mundo. Fiel cronista de su época que, sin embargo, en el caso de Amalia Avia comenzó con tímidas figuras humanas y cuadros relacionados con las fiestas populares o con las manifestaciones de los obreros en las calles, para desplazarse hacia el espacio más perenne de las fachadas, puertas, edificios y monumentos que, por sí solos, reflejan el retrato de una época, pues contemplarlos es adivinar cuándo transitamos por ellos, o sin darnos cuenta, cuándo nos paramos a observarlos. Estos anónimos lienzos, de esta forma, se transforman en el leitmotiv de nuestra memoria. Una memoria que en demasiadas ocasiones se limita a lo más próximo como símbolo de lo injusto que somos. De ahí que, otro de los aciertos de la obra de Amalia, sea el de abrirnos lo ojos y dar paso a esa otra memoria más colectiva, y quizá, de ahí provenga nuestra expresión de asombro cuando nos descubrimos a nosotros mismos delante de alguna de las obras que ella ha dejado plasmadas como un aguerrido guerrero —guerrera en este caso— que se superpone al paso del tiempo. 

Hay que destacar que no es solo lo exterior lo que se refleja con fuerza en la exposición, sino también lo interior a través de estancias, dormitorios, camas, cuartos de costura, etc., lo que nos sitúa de nuevo en el reflejo de una época que se nos fue por el balcón de los recuerdos. Recuerdos que son la mejor manifestación de la anticipación al paso del tiempo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de enero de 2023

CRISTINA GUIRAO, CRÓNICAS A CONTRAPELO: UN MUNDO DE MUNDOS

 


El viaje y su posibilidad de exploración del mundo; un mundo tanto exterior como interior. El viaje como un mundo de mundos en el que cabe la geografía, la literatura, las corrientes del pensamiento y, sobre todo, la reflexión. Reflexión y expiación de los no lugares de nuestras vidas que se van sobreponiendo en nuestra mente como espacios que revisitar una vez ha concluido nuestro peregrinaje. Esa forma de viajar que explora la necesidad de un silencio hoy por hoy inexistente, o que aborrece la homogeneización del mundo globalizado que habitamos es lo que nos propone Cristina Guirao en Crónicas a contrapelo. Ese ir a contracorriente, sin duda,  es uno de los grandes retos de nuestro tiempo si queremos adivinar lo que aún nadie ha visto o se ha perdido en el devenir de los siglos. En, Crónicas a contrapelo, la autora lo hace en compañía de sus propias reflexiones y de las de autores que le ayudan a cartografiar la geografía visual que la acoge allí a donde se dirige. Autores muy bien elegidos en cada momento, viaje y ciudad. Una perfecta excusa para buscar un ancla en este mundo de mundos arrasado por la tiranía de las imágenes. Un mundo que a pasos agigantados destruye nuestra propia identidad, pues cada vez nos resulta más difícil identificarnos con lo soñado a través de lo aprendido. Una circunstancia que nos lleva a replantearnos el viaje en sí, y que Cristina Guirao intenta esquivar hablando de  todo lo adyacente: un cuadro, unas librerías, una arquitectura o una costumbre. Conceptos que le sirven como crónicas a contrapelo de todo lo imperante en la forma de viajar hoy en día, donde el mero exhibicionismo o el acontecimiento son la expresión más común de lo visual bajo la siniestra tiranía de las redes sociales y su inmediatez. En contraposición con todo ello, Cristina Guirao, en Crónicas a contrapelo, se para y mira. Observa. Piensa. E intenta entresacar algo bello de todo lo que ve y piensa, pues esa, al final, es una de las mayores satisfacciones del viajero. Viajar para contemplar la belleza y más tarde recordarla, porque cuando algo es bello en sí mismo, es cuando da pie a ser revisitado, aunque tan solo sea en nuestra memoria. En estas crónicas a contrapelo su autora nos dibuja una senda de huellas que revisitar, y lo que hace mediante su bien criterio y el de autores como Italo Calvino, Walter Benjamin, John Berger, o Borges, entre muchos otros. Con esa amalgama de formas de ver y de revisitar lo visto, intenta responder a las preguntas que se plantea en su forma de ver y mirar el mundo. De esa introspección nace la naturaleza del viaje como objeto de observación cambiante y en continua transformación como la propia autora nos apunta en el capítulo titulado Crónicas de lo visible, donde nos señala que hay tres etapas en el viaje. La primera de ellas es la de la exploración, es decir, la de los primeros exploradores o conquistadores; la segunda sería la de la verdadera era de los viajes, o la que concibe el viaje como conocimiento y maduración de uno mismo; y una tercera en la que atónitos asistimos al turismo de la sociedad de masas, lo que le lleva a plantearse la necesidad de una nueva teoría de lo visible como modo de alejarnos de la inmediatez hortera de los dispositivos móviles y su capacidad de ahorcar a la mera contemplación. 

En este libro híbrido entre la crónica, el ensayo, el diario y el libro de viajes, que tan bien está seleccionando y editando Newcastle Ediciones, asistimos al viaje como concepto cultural e intelectual frente al mero entretenimiento y las reacciones que en su autora produce tal aberración, lo que le lleva a afirmar, por ejemplo que: «Hemos sustituido la materialidad por la visualidad», o «el acontecimiento es la forma de expresión más común de lo visual hoy». Esas imágenes que nos colonizan a través de los móviles, y que pervierten el viaje como concepto de autoconocimiento o crecimiento personal, son la razón que a Guirao le lleva a exponer, casi como cierre a esta profunda tesis viajera que: «Sin duda, entender la vida bajo el paradigma de lo fugaz tiene más profundidad de campo filosófico, que la vida como un acontecimiento continuo que hay que mostrar al mundo», porque lo fugaz, si es único o auténtico, es lo que define al viaje como un mundo de mundos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 15 de enero de 2023

EL VERBO ODIADO EN LA SALA CADAVRA DE MADRID: ABRIENDO UNA NUEVA SENDA HACIA EL ÉXITO


 

La exploración de uno mismo es el camino que nos lleva hacia ese lugar inaccesible al que llamamos alma. Atormentada en ocasiones. Luminosa en otras. Juez y parte siempre de todo aquello que nos remueve por dentro. Ecos que, sin duda, necesitan de la calma y la pausa para llegar a transformarse en algo material, como material es la sensación de tenue felicidad que nos proporcionan los objetivos alcanzados que, por arte del día a día, nunca son como los soñamos, pero que a pesar de todo son tan reales como la tierra para un náufrago. El Verbo Odiado siguen en la brecha, y lo hacen trazando nuevos caminos. Rutas de infortunio, muerte y auto reflexión si se quiere, pero son rutas que reproducen con una magnífica puesta en escena donde sus guitarras han abandonado el shoegaze más estricto para desplazarse hacia unos brillos plenos de vitalidad y magia que el productor de su último álbum, Carlos Hernández Nombela, ha sabido sacar de esas entrañas refugiadas en un pequeño pueblo de Huesca y, que ahora sí, han cruzado las fronteras de lo incierto para convertirse en reales como la verdad y la energía con las que acompañan el grupo a sus composiciones y directos. Ayer, la Sala Cadavra de Madrid estaba llena y lucía un SOLD OUT más que merecido, porque ya son muchos para los que no pasa inadvertido que El Verbo Odiado están abriendo una nueva senda hacia el éxito. Éxito plasmado en composiciones intensas, con letras tan intimistas como: «Me cuido tan solo para darte el último homenaje/ Guardar bajo mi piel tus dos mensajes/ Ve con cuidado no vuelvas tarde/ tengo claro que mi corazón es de un donante/ sin recordar la intervención recuerdo que lloraste/ soy lo que tú salvaste», de la canción homónima de su último disco El último homenaje. Letras que cabalgan sobre las grupas de unas guitarras plenas de matices casi mágicos y que representan muy bien el nuevo sentir de la banda, algo más luminoso si se quiere, pero sobre todo, muy contundente y acertado por la capacidad de conexión con el público. En este sentido, es una lástima que la banda no esté programada para ninguno de los múltiples festivales que se celebrarán a lo largo del año en España. Un veto inaudito y que nos sirve para ser conscientes de lo lejos que se encuentra el mainstream musical del latido que se refugia en las salas alternativas de verdad, en las que ahora se está produciendo la auténtica renovación de la música indie, muy alejada de los mass media más obsoletos. 

Ayer, El Verbo Odiado desglosó su último disco con la pasión de aquellos que ponen su corazón encima de la mesa. Quizá, por eso, Jorge Pérez, frontman del grupo comenzó la actuación en acústico y solo acompañado por su guitarra en el escenario bajo las notas de la canción El último homenaje, una declaración de  intenciones que nos dejaba claro desde el inicio la nueva apuesta del grupo. Una apuesta más pausada a la hora de concebir sus temas, pero sin perder un ápice la intensidad y la fuerza que les caracteriza. Gracias a ello, pudimos disfrutar de unos juegos de guitarras plenos de nuevos movimientos que nos llevaban a espacios inexplorados y bellos en sí mismos. Movimientos que son todo un acierto en esta nueva concepción de su música. Y así, fueron sonando uno tras otro temas como Ahora o nunca, Mediocre (con un portentoso inicio de guitarras), A 23, La peor deuda: «El problema soy yo y no tú», donde de nuevo las intensas letras de Jorge Pérez se hacen con el eco de las canciones, Ejercicios musculares o Nada que celebrar, hit del grupo y que ayer, aparte de ser ampliamente coreada por el público, sonó mucho mejor con unas resonancias pop-rock que transmiten grandes sensaciones y la convirtieron en una canción enérgica, potente y única. Una mágica energía que se concitó también en canciones cono Funerales con guitarras que suben y bajan sin parar, o como también ocurrió en Alcatraz «Si te vas no te molestes en volver» otro de los momentos álgidos del concierto. Un concierto que acabó con otro de sus grandes temas, La mancha, que esta vez acabó con un portentoso y largo final que hizo que los allí congregados disfrutaran mucho de su puesta en escena. 

Para finalizar, en un bis de dos canciones, tocaron dos de sus canciones más emblemáticas. Empezaron con Fargo y acabaron con El odiado, muy reclamada por el púbico a lo largo y ancho de todo el concierto, y que devino en un delirio colectivo de saltos, coros y caras con amplias sonrisas. Un tema melancólico y psicodélico que nos recuerda más a sus inicios y que ayer lo plasmaron con una portentosa atmósfera plena de sensaciones y ritmos oscuros. Sin duda, El Verbo Odiado en su concierto en la Sala Cadavra de Madrid hicieron gala de esa transformación que todo artista debe buscar a la hora de iniciar nuevos retos. Retos que en esta ocasión, abren una nueva senda hacia el éxito.

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 8 de enero de 2023

TEATRO TRIBUEÑE, LA CORDURA LOCA DE LADY MACBETH, DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA E INTERPRETADA POR BEATRIZ ARGÜELLO: LAS EMOCIONES Y SUS DELIRIOS

 


¿Qué es la belleza sino la implícita salvación que atesora el arte? El arte. Su alma. Fragancias de lo vivido y sufrido. Racional y bello a la vez. Lucha de sombras, temores y fantasmas. Conciencia del yo. Trastero de tinieblas. Luz y oscuridad de la vida. Como dijo John Keats: «¿Es el arte un vuelo hacia lo sublime o simplemente una evasión temporal de la experiencia?» Esa dualidad es la que está presente en este nuevo mapa de las emociones al que Irina Kouberskaya nos somete en La cordura loca de Lady Macbeth. Un espacio para la reflexión de lo que es bello en sí mismo, porque nos muestra aquello que no vemos, o mejor dicho, que no queremos ver. Irina es una maga que deambula entre los entresijos del alma humana para erigirse en una viajera de lo insólito. Un viaje que nos atrapa con su concepción tan singular y única de lo que ella entiende por teatro, que no es otra cosa que el último sentido de la vida; una vida que va de lo racional a lo bello en una combinación de movimientos, imágenes y palabras que arden de emoción. Emoción sin límites que, en La cordura de Lady Macbeth, se enfrentan a la codicia, el amor, la tortura y el maltrato. De ese cóctel atormentado nace una increíble puesta en escena (simbólica como es menester en los montajes de Irina). Un simbolismo que también nos lleva a los movimientos que una inigualable Beatriz Argüello va desarrollando a lo largo y ancho del escenario. Y es verdad, en este simbolismo mágico todo pende de un hilo como las manchas que se pegan a nosotros en forma de un pasado que nunca se diluye ni difumina. Pasado traicionero y arrebatador por lo que tiene de asesino. Una vez más, Irina nos muestra su enorme talento al servicio de las emociones y sus delirios. 

En este monólogo de dos (Irina Kouberskaya en la dirección y Beatriz Argüello en la interpretación), el sentido que le da a la obra Beatriz Argüello es colosal, no solo porque su cuerpo es el vademécum de la interpretación, sino por cómo ama, baila, se atormenta y se multiplica en distintas voces, para de esa forma, traspasar la barrera de lo esperado hasta límites insospechados. Sus cambios de voz con registros muy distintos unos de otros, su coral adaptación al escenario y los elementos escénicos que lo componen (lo que nos dan una pista de su pasado como bailarina), y la sinergia que en cada momento es capaz de transmitirnos nos mantienen atentos y pegados a nuestra butaca en una especie de viaje sensorial, casi místico, que va de la luz a la oscuridad en un continuum soberbio. Expiración y aspiración, en un juego dentro-fuera que no se diluye en ningún momento, y que hace de su interpretación una nave de encuentros y desencuentros entre los náufragos que habitan en su memoria, pero sobre todo, en su alma. Magnífica es un calificativo que se queda corto para su maravillosa interpretación, por única e inigualable. Su mirada, sus gestos, sus pies y sus manos nos acompañarán una larga temporada en nuestra memoria. 

A todo ello, también hay que destacar el acierto de las diferentes piezas musicales elegidas para armonizar la obra. Sonidos celtas, populares, de cámara, o incluso de arias que ejercen de olas a la hora de impulsar una nao que va en busca de su propio averno. Un averno donde lo emocional recubre como una tormentosa pátina todo aquello que en un momento dado se transforma en una riada de sensaciones que nos llevan hasta lo irracional. Como irracional es el amor y también la belleza, porque como dijo John Keats en el inicio de su poema épico Endymion: «Algo bello es un goce eterno». 

—«¡Oh, Tierra! Borra mis pasos.» 

Ángel Silvelo Gabriel.