martes, 26 de febrero de 2019

ILUSIONES, DE IVÁN VIRIPAEV Y DIRIGIDA POR MIGUEL DEL ARCO: LA TRASTIENDA DEL AMOR, LA VIDA Y LAS AUTÉNTICAS ILUSIONES



No hay nada mejor, para contar una historia que trata de ser universal, que hacerlo desde la distancia y, en este sentido, la segunda persona a la hora de narrarla parece la más acertada. La vida de uno a través de otros nos sitúa en un espacio donde no tenemos que atravesar ningún espejo, pues tan sólo, debemos limitarnos a ver, oír y pensar en aquello que vemos y oímos. El dramaturgo ruso Iván Viripaev, en Ilusiones, se sitúa en la lejanía que te proporcionan esos otros para mostrarnos la trastienda del amor, la vida y las auténticas ilusiones. Aunque bien es cierto que, en ocasiones, su texto se desvanece en la inmediatez de lo cotidiano; una cotidianeidad que no pasa de mera anécdota. Una falta de fuerza en el texto que, Miguel del Arco, transforma en vigor, fuerza y ritmo con una dirección inteligente y muy bien apoyada en sus cuatro actores: Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda. Los cuatro, interlocutores corales y multi poliédricos de Dani, Sandra, Margarita y Alberto, a la sazón los verdaderos protagonistas de la obra de teatro. Esta coralidad en las voces de Marta, Daniel, Alejandro y Verónica es lo que, en determinados momentos, nos crea cierta confusión a al hora de seguir el texto, lo que no es óbice para tener que interpelar a su favor por lo bien que declaman y nos narran la historia de aquellos otros a los que dan voz. Aquí, la tradición oral se muestra tan universal y mágica como lo es un escenario lleno de retales de otros escenarios, lo que se convierte en el mejor reflejo de esa parte de atrás de nuestras vidas; esa parte de atrás que cada uno de nosotros escondemos por pudor o miedo, pero que, sin duda, es donde se producen las auténticas emociones. Ahí también es donde el escenario se levanta como una extraordinaria metáfora de las vidas de Dani, Sandra, Alberto y Margarita. Vidas marcadas por esas falsas sombras que muchas veces nos acompañan a lo largo de nuestra existencia y de las que sólo huimos hasta que llegamos al final, pues es ese final el que parece abocarnos a la verdad y a la incertidumbre que genera. Nada es lo que parece en Ilusiones, ni el amor, ni la necesidad del otro, y ni tan siquiera los recuerdos, porque la vida se trocea como esos pequeños alimentos con los que alimentamos nuestras ilusiones; pequeños alimentos que ni se ven ni se tocan, pues son tan inmateriales como los propios sueños. De ahí, que no nos sorprendamos cuando los actores se pregunta sobre: «¿Qué es la vida?, una ilusión, una sombra, una ficción...» Una pregunta que también lanzan a los otros cuando los interpelan acerca de: «¿Qué debo hacer?,… ¡encontrar tu lugar en el mundo!».



Miguel del Arco arriesga una vez más con este montaje y en la forma en la que lo dirige, donde de pronto pasamos de la disertación existencial al cabaret en forma de bossa nova o música de baile, que funcionan a modo de cortinillas o interludios entre una y otra parte del texto. Un acierto en toda regla que, entre otras cosas, versatiliza la actuación de unos actores siempre dispuestos a depararnos la mayor de las sorpresas con unas dotes interpretativas tan encomiables como dignas de admiración, en donde sin duda, Verónica Ronda, luce con luz propia. La energía que Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda despliegan sobre el escenario nos hace creer por momentos en la posibilidad de llegar a romper el espejismo que se abate sobre los personajes que interpretan, quizá, porque la vida, el amor y las ilusiones no sean otra cosa que la trastienda del amor, la vida y las auténticas ilusiones.

   

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 21 de febrero de 2019

JOHN KEATS EN EL 198 ANIVERSARIO DE SU MUERTE: EL HOMBRE QUE SIEMPRE ANDABA CON UN LIBRO EN EL BOLSILLO



Hace unos días, por San Valentín, el poema Bright Star, que el poeta británico escribió para su amada Fanny Brawne, fue el ganador de un concurso de poemas de amor en Inglaterra. Esa es la muestra, una vez más, de que el cuerpo del poeta es efímero como el canto del ruiseñor con el que nombra una de sus famosas odas, pero no así su obra, a la que podemos regresar una y otra vez.



En esta ocasión, para conmemorar el 198 aniversario de su muerte, he extraído un fragmento de mi novela, Los últimos pasos de John Keats, donde Joseph Severn, su inseparable amigo en Roma, narra en una carta cómo sucedió su óbito.  



«¿Qué cabe en la mente de un poeta que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta, y mucho menos cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del Romanticismo, y menos aún, cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa, sólo es atemperada por la melancolía. John Keats, el hombre que siempre andaba con un libro en el bolsillo (tal y como lo describía Cortázar), falleció a las veintitrés horas del veintitrés de febrero de mil ochocientos veinte uno. Lo hizo en calma, y acompañado de su inseparable y buen amigo Joseph Severn. Este describe su muerte en una carta que escribió cuatro días más tarde.



Roma, 27 de febrero de 1821

Ya no existe; murió con la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día veintitrés, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. “Severn… yo… levántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…” Lo levanté en mis brazos. La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto. Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora estoy mejor, pero aún, totalmente impedido.

La policía ha estado aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado, pero el doctor Clark atiende a todo.

Con mis propias manos puse las cartas en su ataúd.

Esta sale con el primer correo. De lo contrario algunos de mis amables amigos hubiesen escrito antes.»



Sus poemas, sus odas y sonetos —aquellos que mejoraron los de Shakespeare— su amor a la vida y a Fanny Brawne, su capacidad negativa…, todos ellos siguen tan vivos como lo está esa estrella brillante que cada noche cruza el cielo con la única intención de seguir vigilando nuestros sueños.





POEMA BRIGTH STAR



“Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,

            no viviría en brillo solitario suspendido en la noche

            y observando, con párpados eternamente abiertos,

            como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,

            las agitadas aguas en su sagrado empeño

            purifican las humanas costas de la tierra,

            ni miraría la suave máscara de la nieve

            recién caída sobre los montes y los páramos;

            no, aunque constante e inmutable,

            reclinado sobre el pecho madura de mi amada,

            sintiendo por siempre su dulce vaivén,

            despierto para siempre en dulce inquietud,

            callado, para escuchar en silencio su dulce respirar

            y así vivir siempre –o morir en el desmayo



Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 20 de febrero de 2019

SANTIAGO LORENZO, LOS ASQUEROSOS: TAN LEJOS DEL MUNDO Y TAN CERCA DE TODO



La soledad, ese bien tan preciado en la sociedad actual, y a la vez tan maltratado; o el ruido que rellena nuestras vidas y apenas nos deja pensar, y mucho menos contemplar eso que las almas tecnológicas que transitan nuestras vidas tiempo, son sólo dos de las características de esta novela que la recorren como el agua clara lo hace en los arroyos de las montañas. No es de extrañar que siempre digamos lo rápido que se nos pasan los días cuando ya cumplimos una cierta edad, sobre todo, porque perdemos sin apenas darnos cuenta la ociosidad de la infancia. Entonces es cuando caemos de lleno en el precipicio del día a día. Un maligno, el de la cotidianeidad, que nos impide ser aquello que soñamos en nuestra adolescencia o juventud. Esa falta de objetivos claros es lo que nos provoca la sempiterna infelicidad que adorna nuestras horas, nuestras experiencias y nuestros días, sin ser conscientes de ellos. Es como si estuviésemos siempre lejos de ese mundo soñado y cerca de todo aquello que nunca quisimos. De ese modo, el sonido del silencio pasa a ser un maná que nunca somos capaces de encontrar. La cara oculta de esa vida es la que, Manuel, protagonista de Los asquerosos, encuentra de una forma accidental y luego no quiere abandonar. Siempre nos dijeron que se vive en sociedad, pero nada nos anunciaron acerca de esa anhelada soledad que de vez en cuando se deposita en nuestra mirada; una soledad que transita tan lejos del mundo y tan cerca de todo. Una soledad a modo de leitmotiv que, en esta novela, transcurre en una aldea abandonada sin llegar a trasponerse en una novela rural. Una novela que habla de buscarse la vida en tono de sátira y humor negro para ponernos delante de la vista aquello en lo que nos hemos convertido: unos mochuflas.  El lirismo léxico de Santiago Lorenzo es cuando menos exacerbado, cuando no irónico, mordaz y original. Su destreza a la hora de narrar en tono cómico algunas de las peripecias que pasa Manuel en voz de otro —la elección de la segunda persona a lo hora de narrar esta historia es otro de sus aciertos, pues le da la distancia suficiente para hacerla más verídica— nos produce risa o un sonrojo de tristeza, pues en la vida no todo es descubrir belleza donde antes no la encontrábamos, sino también, poder de resistencia por comparación, tal y como le pasa a Manuel cuando su nuevo espacio vital es invadido por unos inútiles urbanitas que no saben hacer nada y, de ahí, que necesiten encargarlo todo. Ahí también reside una de las más mordaces críticas que esta novela vierte sobre la sociedad actual. Sociedad de inadaptados o de idiotas, podríamos apuntillar a pesar de correr el riesgo de insultarnos a nosotros mismos.



Los asquerosos de Santiago Lorenzo es también es una crítica atroz y sin disimulo hacia todo aquello que le chirría a su autor: el Estado, el orden, la policía, los antidisturbios, la policía o la ley mordaza, que cercena más de lo lógicamente deseable nuestra libertad. Todo ello es susceptible de ser abordado por un escritor que apunta al mundo con una escopeta de madera cargada con pinzas de ídem, y con ello, poner en el disparadero a una sociedad dominada y enfervorizada por el control total de todos y cada uno de nuestros actos. En este sentido, un negocio seguro en esta época es el de las empresa de seguridad, pues todas ellas se muestran más que dispuestas a instalarnos cámaras en todos y cada uno de los espacios que antes pertenecían al ámbito privado. Esa huida inicialmente no consciente, pero luego deseada, es en la que se refugia Manuel. De ese modo, Zarzahuriel pasa a convertirse en uno de los estandartes de esa España vacía que cada día crece más que los aullidos de los lobos en las sierras perdidas de nuestra geografía. En esa dificultad ante lo cotidiano es donde surge el heroísmo de un joven de 25 años que es capaz de apoderarse de su propio destino y, a la vez, reírse de él. Aquí cabe apuntar que la historia de Los asquerosos surge de un hecho sorprendente e inesperado y, que junto a la parte final de la novela, es lo mejor de una historia única, tanto en su planteamiento como en su final. La única pega a todo ello sea, quizá, la profusión en las artes de buscarse la vida, la hondura en sus artes del bricolaje y la originalidad sobrevenida que puebla muchas de su páginas, demasiadas quizá, pues en ocasiones, a pesar de que no rompan el ritmo de la misma por la inusual capacidad de su autor de inventar situaciones y neologismo que, como él mismo nos dice, se explican por sí mismos sin necesidad de buscarles un significado en el diccionario,  aíslan a la novela de en cuanto a la oportunida de darle a la novela un cuerpo más compacto, pues el mensaje está suficientemente enviado y entendido, lo que sin embargo no desdeña el valor de la misma, pues no se nos debería olvidar que en los tiempos que corren no es fácil estar tan lejos del mundo y tan cerca de todo.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

lunes, 18 de febrero de 2019

¿BANKSY, GENIO O VÁNDALO? EN EL PABELLÓN 5.1 DE IFEMA EN MADRID: LA LEVEDAD DEL ¿Y TÚ QUÉ?



Bajo ese halo de misterio que custodia a su obra, el artista callejero de Bristol se hace un sitio en la oscuridad de los pabellones de Ifema de Madrid con una exposición no autorizada que busca vender los 17 millones de euros de lo allí expuesto. Una oscuridad, la del montaje, que se acentúa en los negros paneles que dividen las diferentes estancias de la exposición; una oscuridad acentuada por esa luz monofocal —que al cabo de un tiempo nuestra vista rechaza— y que incide en cada una de las obras que, a modo de latas de sopa campbell del siglo XXI, se van haciendo sitio en el imaginario colectivo de los numerosos visitantes que se asoman a esta retrospectiva en su mayoría serigrafiada —pieza 245 de 600, por ejemplo— de la obra de Banksy. Una muestra que cae en la levedad del ¿y tú qué?, con el que el inglés parece dirigirse a todo aquel que se acerque a su obra; una levedad que en sí misma hace interminable una exposición demasiado larga y expansiva en contra del alma de su arte, siempre fugitivo y a la huida. En la sociedad actual no hace falta una repetición tan alevosa de una misma idea, salvo que esa idea se nos quiera vender empaquetada, tal y como ocurre en esta muestra donde todo lo expuesto está al alcance de cualquier rico snob que quiera contar con una serigrafía del artista en su poder. En esa ideología tan proclive en la actualidad del aquí y ahora, donde todo se mancha tan pronto como se borra, lo mejor, sin duda, es el vídeo montaje que antecede a las serigrafías y demás etcéteras que se nos ofrecen a continuación, pues las imágenes del street art, cobran vida cuando están entremezcladas de una forma perfecta con el trip-hop, el rap y las mil y una formas de expresión de los ritmos callejeros fusionadas con música electrónica, logrando hacerse deudoras del sincopado ajetreo de una vida sin más límites que el de la imaginación. Ahí es donde las composiciones callejeras adquieren su máxima expresión y capacidad de comunicación, pues nos hablan con la grandeza del lugar elegido para ser pintadas y de la inmediatez con la que fueron ejecutadas. Imágenes pop que recrean mensajes satíricos que intentan sacar de su adormilamiento a la sociedad sobre las que son representadas. Ese, quizá, sea también uno de los mayores aciertos de una exposición demasiado amplia, donde su mayor acicate de interacción con los espectadores se basa en las grandes dimensiones de unas fotografías que tratan de hacernos ver y sentir la verdadera medida de una propuesta visual que busca la provocación dentro de un mundo del arte que, lejos de ser extraño, forma parte —una parte muy importante de millones de euros— del establishment artístico actual —casas de subastas de por medio—. Esa discordancia entre artista, obra y propuesta, sin embargo, no parece importar al gran número de seguidores de Banksy que, como él, parece preguntar al prójimo eso de: ¿y tú que?, como mejor forma de expresión o rebeldía ante todo aquello inventado o instalado en los museos del mundo. Este academicismo de callejón, es también la protesta visual de unas generaciones que se conforman con el gesto más que con la profundidad del mensaje, o con la inmediatez del rasgo más que con la capacidad o incapacidad de la obra a la hora de estremecernos. En este sentido, el mensaje visual de las obras de Banksy surten el efecto buscado, pues sacan del misterio aquello que obviamos en nuestro día a día, sobre todo, porque no forma parte de nuestros teléfonos móviles eso de mirar alrededor y ver qué es lo que sucede, algo que este street art sí que cumple, pues es reproducido una y mil veces en las redes sociales con el simple afán de notoriedad colectiva que, sin embargo, no cubre con firmeza la pared de rebeldía que el de Bristol nos arremeda en cada una de sus propuestas, por más que olvide que él es uno más dentro del sistema. Un sistema que, al menos, le permite formular con levedad ese interrogante del: ¿y tú que?, aunque al instante sólo se convierta en un archivo más de nuestro smartphone.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 17 de febrero de 2019

LA FAVORITA DE YORGOS LANTHIMOS: EL AMOR Y SU PODER REFLEJADOS EN ESTANCIAS DE PENUMBRA



El camino que recorre el amor a lo largo de nuestras vidas viene escalonado por diferentes estancias de penumbra, en las que en ocasiones se cuela la luz del sol de una forma arrebatadora y, en otras, reina la oscuridad más absoluta. Como dice el propio director griego de esta película, Yorgos Lanthimos, «el poder, es la forma más descarnada del amor». Quizá, porque en esas estancias de penumbra revoloteamos cual pájaro prisionero entre paredes que nos hablan o nos recuerdan a nuestros errores o derrotas sentimentales, esas que marcan nuestra existencia más que la pérdida de una guerra, por más que uno —en este caso una—, sea la reina de Inglaterra. En este sentido, La favorita se adentra sin remilgos en el farragoso terreno del poder que para su definición total precisa del arma del amor como la mejor herramienta para llevar a cabo sus propósitos. El poder, esa droga que nunca sacia al espíritu humano, busca en esta película los escondrijos más sutiles —y en ocasiones sexuales— del Estado para conseguir sus objetivos. Bajo una narración ágil divida en ocho capítulos que dan a la historia la forma de cuento de brujas y hechizos, La favorita recorre los territorios que van desde el amor a la crueldad en forma de tragicomedia sin forzar un ápice su esencia: el amor y su poder reflejados en estancias de penumbra. Estancias de penumbra, vestuarios, fiestas y bailes que nos recuerdan de una manera sucinta a las películas del gran Peter Greenaway. La favorita es un film de época repleto de extravagancias al que sólo le falta la música compulsiva de Michael Nyman para lograr rizar el rizo. Yorgos Lanthimos, en esta ocasión, nos brinda la versión más arriesgada de una forma de entender las vicisitudes de los asuntos de Estado que, en La favorita, deambulan por los caprichos de una reina enfermiza y encerrada en un palacio que nos recuerda más a un castillo y sus mazmorras que a una estancia real de principios del siglo XVIII. La intriga, la diversión y el deseo se encuentran y confrontan bajo las miradas, siempre seductoras, de sus tres protagonistas, magníficas las tres y firmes candidatas a todos aquellos premios a los que se presente esta película. El desgarro, la huida y la soledad están extraordinariamente interpretados por una Olivia Colman perfecta e inconmensurable en el papel de reina Ana. A su lado, su consejera y amante, Lady Marlborough, interpretada por Rachel Weisz, cuya expresión de lujuria producida por el poder, resulta conmovedora por la fuerza y la ira con el que las ataca. Tras ella, Abigail, a la que da vida Emma Stone, cuyo reflejo incandescente de sus fríos ojos azules atrapa al director para filmarla cercana, y desnudarla en sus gestos y, a través de sus labios, sus ojos y los lóbulos de sus orejas —al principio desnudos y después adornados de lujosos pendientes— hasta convertirla en un caleidoscopio de emociones que van desde la inocencia a la maldad, la transparencia a la oscuridad, la cercanía a la venganza, sin duda, una explosiva mezcla de emociones y resultados.


La favorita es un relato que se apodera del miedo a perderlo todo, tal y como se refleja en su última parte, donde las estancias de penumbra buscan esa luz que el mundo cerrado de la corte no permite. El poder y la libertad no se llevan bien, de ahí que en su tramo final, Yorgos Lanthimos recurra, más si cabe, a la violencia expresiva y corporal del desamor, los celos y la pérdida. Nadie gana en La favorita, salvo el espectador que no puede dejar de adentrarse en esos mundos interiores de sus protagonistas que tan bien están interpretados por unas actrices que, sin duda, dan a luz uno de los mejores papeles de sus carreras. Más allá de lo obvio, el lenguaje narrativo del director griego nos atrapa con el juego distorsionado de las líneas rectas a través de grandes encuadres, como si todo se redujera a una inmensa bola de cristal de esas que al agitarlas nos regalan numerosos copos de nieve; unos copos de nieve que resaltan la frialdad de una historia donde el amor y su poder están reflejados en estancias de penumbra.


Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 5 de febrero de 2019

MICHEL HOUELLEBECQ, SEROTONINA: LAS ALEGORÍAS QUE REINAN SOBRE LA PERTURBACIÓN DE LAS EMOCIONES



Dante Alighieri narró en La Divina Comedia el descenso a los infiernos para representar el fin del Medievo en su tránsito hacia el Renacimiento. La labor del bardo, en ocasiones, es la de adelantarse a las grandes catástrofes de la Humanidad como si fueran profetas de toda una civilización. En la actualidad, a falta de dioses o santos a los que dirigir nuestras súplicas, sólo nos queda recurrir a visionarios que se dedican a intuir y vigilar la gran hecatombe que día a día, año a año, se cierne sobre nosotros sin que nos demos cuenta de ello. El paso del siglo XX al XXI ha traído, sin duda, muchos cambios en la forma de ver e interpretar el mundo; un mundo hipertecnificado que los científicos ya nos avisan que cambiará de una forma radical en los próximos diez años. Quizá, por todo ello, Michel Houllebecq se disfraza una vez más de profeta en su última novela para retratar el final del mundo; un mundo dominado por los hombres, un mundo adormecido por los sedantes, un mundo sin sexo. La muerte del libido es también la de su especie (en este caso, los seres humanos), porque aquellos que no se reproducen, mueren. Encorsetados por un buenismo ramplón y rampante, asistimos sin pestañear a la mágica destrucción de una civilización que no siente. Sentir se ha convertido en una proeza al alcance de muy pocos, porque sentir sería aceptar la derrota y, en el mundo actual, la derrota no se acepta. Aquellos que pierden también ganan, aunque sólo sea en la purgante soledad del sofá un sábado por la noche. Anestesiados por la vanidad de las redes sociales fluimos igual que residuos a lo largo de un río de aguas fecales que esta vez no tienen un final de aguas azules. En esa imposibilidad de la salvación es donde reside el fracaso de Florence-Claude Labrouste, el protagonista de Serotonina, pues ya no hay un dios que nos asista para salvarnos a nosotros mismos y a los demás. El mundo actual se resume a una gigantesca concha de tortuga; una concha impermeable a la vida del prójimo. Todo esto es, de alguna forma, lo que nos narra la parte menos visible de Serotonina, la última novela escrita por Michel Houllebecq. Amado y denostado a partes iguales. Gurú de la autodestrucción para algunos, y demonio de las mentes bien pensantes para otros, en definitiva, el escritor francés es el enfant terrible de las letras europeas que golpea sin cesar sobre aquello que a la cultura occidental más le molesta: la política y el sexo. Más allá de lo obvio, donde Houellebecq se comporta con grandes dosis de zafiedad y machismo a la hora de afrontar sus relaciones con las mujeres, su última novela, sin embargo, nos deja un gran espacio abierto; un espacio abierto para la reflexión, sin importarle tener que transvestirse y contonearse como una escort con forma de demonio, si con ello, consigue sacar de su modorra a sus lectores. Dicen que en el riesgo está la ganancia y Houellebecq parece tenerlo claro, porque apunta, dispara y acierta en el centro de la diana. En este caso, la diana no es otra que la prostituida Unión Europea y su gran contingente de burócratas. Instrumentos de un mal que nos vigila, acecha y destruye.



Serotonina es también la desesperanza en el amor y en el propio individuo. Su protagonista tiene todo al alcance de su mano y, sin embargo, renuncia a ese todo, incluso a sí mismo. El miedo a ser feliz es el antídoto con el que naufraga en su propia derrota. La hondura de la soledad del hombre en un mundo superpoblado, le lleva a Florence-Claude a huir lejos de París, de la civilización y de los otros. El refugio anhelado se transforma en la búsqueda de la libertad; una libertad que él cree que encontrará en la juventud a través de un amigo universitario que, como él, huyó de la gran urbe. No obstante, esa huida no es nada placentera, porque está vigilada y condenada por unas instituciones, las europeas, que son expertas en globalizar vidas y derrotas, fracasos y muertes, como quien da limosnas a los pobres a la salida de una gran iglesia. En estas conjeturas de lo incierto el protagonista de Serotonina y su amigo Aymeric no son más que dos claros ejemplos de lo ineficaz que resulta reivindicar ese otro mundo en el que todavía tenía sentido formar una familia o cultivar tu propia tierra. Ya no hay campos que sembrar ni mujeres a las que amar, pues todo se ha transformado en un paisaje oscuro; un paisaje con una densa niebla que no nos deja ver más allá de nuestros propios pies. Sin embargo, levantar la mirada y observar el horizonte es un acto heroico para el que ya no están preparados nuestros corazones, pues éstos hace tiempo que se pararon en las inciertas alegorías que reinan sobre la perturbación de las emociones. Justo, allí, donde nos hemos quedado a esperar más allá de toda esperanza.



 Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 4 de febrero de 2019

THE OLD MAN AND THE GUN, DE DAVID LOWERY: UN CUENTO NAÏF NARRADO CON LA SONRISA DE UN MITO CINEMATOGRÁFICO LLAMADO ROBERT REDFORD



No renunciar a ese instinto que nos lleva a buscar el roce del aire de la libertad en la cara. Escapar de todo: del mundo, de nuestra propia vida, pero no de aquello que llevamos dentro como una carga silenciosa que se apodera de nosotros cada vez que nuestra mirada se pierde en el horizonte. ¿Hay una mayor hazaña que la de cruzar un río por más que sepamos que sus frías aguas o su profundidad pueden acabar con nosotros? La necesidad de luchar contra el azar que nos pone una y otra vez en peligro es lo que lleva a Forrest Tucker —interpretado por un encantador Robert Redford— a robar bancos una y otra vez. Hasta aquí nada nuevo, si no fuera porque estamos ante el retrato de una necesidad sólo dañina para su protagonista, pues por culpa de ella, pasó mucho años encerrados en prisiones de las que se escapó en infinidad de ocasiones. Redford, en El viejo y la pistola, da vida a un ladrón de guante blanco. Un ladrón que se esconde detrás de su sonrisa. Un ladrón de cuento; un cuento naïf narrado con la sonrisa de la libertad que, bajo una pequeña película, rinde homenaje a un mito. Y lo hace casi sin hacer ruido, detrás de una estructura narrativa si se quiere imposible o increíble. Una estructura narrativa que, sin embargo, está llena de esa perplejidad que nos ocasiona lo sorprendente por inaudito. En este sentido, la cara de Redford a la hora a atracar un banco será una de esas líneas de expresión con las que el espectador recordará su carrera. Esa sonrisa, con la que adorna sus atracos, es el fiel reflejo de la  despreocupación y seguridad con la que un mito cinematográfico llamado, Robert Redford, hace gala de sus sutiles valores interpretativos.



En su lento avance y, si se quiere, repetitivo inicio, El viejo y la pistola busca redimirse a sí misma de esa aparente sencillez, porque en esa arriesgada quietud es donde comenzamos un cómodo viaje en el que, poco a poco, descubrimos la necesidad salvaje de explorar el riesgo y la aventura de un señor cercano a los ochenta que ya no pide nada a la vida, más allá de poder volver a experimentar el amor y de seguir trazando su propio destino de banco en banco o sonrisa tras sonrisa. En esa especie de destierro, David Lowery rinde homenaje al mito con escenas de las antiguas películas de Redford. Películas que le sirven al director para delinear la posibilidad de ser otro a lo largo del tiempo de su protagonista y, también, la de incluir a través de la metafilmografía un relato paralelo y esclarecedor de las huellas de una vida azarosa, cuando menos. Una vida que, en esta película, tiene su contrapunto en el policía encargado de darle caza; un agente del orden interpretado por Casey Affleck que expresa muy bien, en su ensimismada forma de ver la vida, el antagonismo respecto a aquel a quien persigue, pues esa cámara lenta con la que se mueve nos transporta a esa otra necesidad que es la contemplación; una forma de búsqueda a la que Lowery dota de un par de escenas dignas de una narración que está a medio camino entre lo naïf y lo mágico, pero que dotan al relato de eso tan extraño en el mundo del cine actual, como es la caprichosa determinación de las casualidades, por otra parte, tanta veces presentes en nuestras vidas. Casualidad o no, El viejo y la pistola nos lleva a principios de los ochenta como si esa década formara parte de ya de un mundo desconocido. Los coches, las vestimentas, las edificaciones con su letreros, las gasolineras y el relato de esta road movie, de bancos y atracos sin sangre, nos retrotraen a esa fragilidad que persigue a nuestras vidas; una fragilidad que Robert Redford trata de esquivar a través de la relación amorosa que entabla con una Sissy Spacek encantadora en su papel de mujer madura que espera la visita de sus hijos en el gran rancho en el que vive. Una amplitud que también nos habla de esa búsqueda de horizontes a la que Forrest Tucker no puede renunciar por mucho que lo intente y, que ella, sin embargo contempla con la serenidad de aquellos que, a pesar de que saben que su final está cerca, todavía no renuncian a descubrir todo aquello que se esconde tras la línea del horizonte. Aunque, como en este caso, sea a través de un cuento naïf narrado con la sonrisa de un mito cinematográfico llamado Robert Redford.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 21 de enero de 2019

JAY McINERNEY, LA BUENA VIDA: LA RENUNCIA QUE YACE BAJO LOS ESCOMBROS Y SUS CENIZAS




El día que la cúpula que nos protege de todo aquello a lo que nunca imaginamos que deberíamos enfrentarnos, cae encima de nuestras vidas, emprendemos un nuevo camino. Incierto, por lo inesperado. Trágico por la dimensión de lo inaccesible que tiene. Increíble, por su capacidad para trastornarnos. El día que las Torres Gemelas sucumbieron al terrorismo en el Bajo Manhattan, no sólo cambió el skyline de la ciudad de Nueva York, ni la concepción de intocables de los norteamericanos resguardados en sus celdas doradas repletas de dinero, codicia y poder, sino que también lo hicieron las vidas de los seres humanos que allí vivían; vidas que fueron obligadas a reinventarse de una forma tan abrupta como desesperada. Aquel día, los muertos dejaron sus vidas en el recuerdo imborrable de millones de personas para siempre; y los vivos tuvieron que aprender a experimentar la vida con otra escala de valores que, sin embargo, al poco tiempo volvieron a su norte cual brújula que sólo pierde su orientación por un pequeño espacio de tiempo. En este sentido, Jay McInerney, en La buena vida, trata de convencernos de que por encima de toda tragedia, el ser humano es capaz todavía de crear el milagro del amor. Una esperanza, la del amor, que corre el riesgo de mitigarse tras la renuncia que yace bajo los escombros y sus cenizas. Allí, donde la pasión busca desprenderse del fuego y el humo de dos rascacielos calcinados. Allí, donde la muerte y la sinrazón de los muertos se dan la mano. Allí, donde el pánico sólo engendra miedo. Lejos de un lugar, en el que la esperanza, ya no es la que atesoró la juventud.



McInerney, incansable narrador de la última parte del way of live americano, en su narrativa siempre trata de ejercer de contrapunto a esas luces de neón que plagan de reflejos de irrealidad a las noches neoyorquinas y norteamericanas, y lo hace con el desdén de aquellos que han triunfado y se han hundido en más de una ocasión. Una especie de tobogán vital y literario que ya se encuentra presente en su primera y célebre novela, Luces de neón, y que sigue su búsqueda en la trilogía del matrimonio Calloway de la que, La buena vida, es su segunda entrega tras Al caer la luz. Esa perseverancia literaria, que tan presente se encuentra en Fitzgerald, y de cuyo estilo literario se nutre McInerney, es una forma de narrar que arranca de esa parte íntima y lírica que poseen todas las tragedias, para a partir de ahí construir universos personales y literarios forjados en la penumbra de las desdichas que abarcan espacios universales. Digno componente de la última parte de lo que en su momento se dio en llamar como La gran novela americana, McInerney, disecciona a la ciudad de Nueva York y a sus gentes con la pericia del observador que sabe bien de lo que habla, porque no en vano, es una víctima más de la ciudad; ciudad que ve, escucha y sondea como un minero de almas solitarias. De este modo, sus novelas se sustentan en un buen número de personajes secundarios que nos ayudan a comprender y acotar a sus protagonistas. En el caso de La buena vida, Corrine lo hace en Luke, mientras que Russell queda un poco difuminado por su apática forma de afrontar la muerte su amigo Jim en el 11-S.



La buena vida parte de ese momento de paz anterior al nefasto 11-S, y se enfrenta a los cambios que se producen en todos aquellos que tuvieron que vivir y resucitar como fantasmas tras tan magna tragedia. McInerney aborda el suceso desde la proximidad de unos personajes que hablan y se esconden, transitan o divagan por esa atmósfera de imágenes de ciencia ficción y de aire irrespirable; aire denso procedente del humo de la fusión del hierro y el plástico de unas torres que en muy poco tiempo transmutaron en invisibles. La capacidad del escritor norteamericano para confrontar la esperanza basada en las relaciones entre las personas y el amor, que surge como respuesta a un pasado en caída libre, es colosal, por lo cercano y real que nos parece. Sus personajes son de carne y hueso, y su forma de narrar la hiperrealidad de un suceso y unas vidas imbuidas en él, se cuelan en lector de una manera tan adictiva, que le obligan a saber más de todo aquello que se le cuenta. Esa épica, tan presente en las novelas de McInerney, hace de su técnica narrativa basada en la sencillez expositiva un gancho perfecto que se sustenta, tanto en unos buenos diálogos como en una estructura que aborda muy bien los universos literarios que crea; universos amplios que no desdeñan, ni del amor hacia ese profundo Sur americano que tan magníficamente retratado sale en esta novela, ni de la pomposidad social de unos Hamptoms, siempre influyentes y desfasados de fiestas y borracheras.



La buena vida es un fiel reflejo de las múltiples vicisitudes a las que el ser humano se enfrenta a lo largo de su vida; una línea continua con sus curvas, subidas y bajadas y, que en este caso, son el fiel reflejo de la renuncia que yace bajo los escombros y sus cenizas. Unos escombros y sus cenizas que buscan salir de su propio fracaso.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 9 de enero de 2019

IRÈNE NÉMIROVSKY, DOMINGO: QUINCE RELATOS SOBRE LA NECESIDAD DE VIVIR Y SER AMADO


Allí donde las vidas comienzan y acaban. Allí donde las historias que nos narran descubren todo aquello que se esconde debajo de nuestra piel. Allí donde los sentimientos no entienden de convencionalismos porque están atrapados por la pasión del amor, la oscuridad de la codicia, o el trágico destino de las guerras. Espacios interiores y exteriores que se entremezclan a medio camino entre el reconocimiento y el sufrimiento de aquel que entiende su existencia como la necesidad de vivir y ser amado. Dos pliegues de una misma tela que, sin embargo, al menor descuido se rasgan y son imposibles de volver a componer. Estos quince relatos de Némirovsky reunidos bajo el título de Domingo son un canto a la incertidumbre del fracaso y al miedo a la pérdida. Y son castillos de naipes que penden de un frágil hálito de aliento que los derribe sin apenas dejar rastro. En estas quince historias, cuya extensión muchas veces van más allá del clásico relato corto para acercarse sin miedo a una novela corta, la escritora ucraniana nos desglosa de una forma inteligente y didáctica todos los valores existenciales que forman parte de su narrativa. Un estilo narrativo ampliamente contrastado en las numerosas novelas publicadas en España por Salamandra. Una de esas características presente en su narrativa es la necesidad de amar independientemente de la edad que se tenga. El amor está por encima del engaño y es una necesidad, nos expresa Némirovsky en el relato homónimo que abre esta recopilación. Una advertencia que también está presente en Las orillas dichosas, cuando nos acerca al amor visto por los ojos de una mujer vieja, abandonada y que se dedica a la prostitución. Una forma de ver el amor que la autora confronta con una joven bella, rica y ambiciosa. El contrapunto, en este caso, está entre lo ya hecho (pasado), y lo que se va a hacer (futuro). Como si, en el amor, estuviésemos condenados al fracaso. Un fracaso que nos nubla el corazón y la ideas. Estos dos ejemplos del amor visto por los ojos y el prisma de la mujeres abren este libro que, enseguida, recala en uno de sus mejores relatos, por lo sugerente que resulta y lo distinto que, a priori, se nos presenta ante el resto. Aíno es un precioso retazo sobre la estancia de la autora en Finlandia en su huida hacia Europa (París) desde Rusia. La joven autora que Némirovsky era en esa época es capaz, sin embargo, de crear un universo donde las descripciones y el ambiente que crea son ajustados, brillantes, líricos y acertados. Parece que estemos allí, entre la nieve. En este relato la intriga que crea la escritora de origen ucraniano a través de Aíno nos lleva a una historia donde el misterio y su desenlace nos dejan perdidos dentro de esa habitación en la que casi nada permanece.


Domingo también le sirve a la autora para fijar su mirada crítica sobre los judíos y el poder que sobre éstos ejerce el dinero, Fraternidad es un buen ejemplo de ello, y la anciana protagonista de este relato y su hijos así nos lo atestiguan. Una familia que, por cierto, es devorada por la codicia. La exaltación de las virtudes y defectos del ser humano también se dan la mano en Los vapores del vino, una magnífica y extensa metáfora en la que el vino, como exaltación de la vida, el amor y el sexo, tiene sobre un pequeño pueblo pesquero de Finlandia. Una exaltación que está por encima de la política y las guerras. Aquí, mediante unas magníficas descripciones, la autora crea una ambiente, a la vez, cerrado y lúcido, de los más profundos sentimientos del ser humano y su necesidad de ser libre. Unas tensiones vitales que también están presentes en Lazos de sangre, donde unos hermanos se enfrentan a la desdicha del amor. Aquí, la presencia de la muerte libera tensiones y afectos que, la calma del día a día, se encarga de borrar. En el amor, como en el resto de las vicisitudes de la vida, la posición que desempeñamos nos hace egoístas, porque no nos resulta fácil desprendernos de lo que consideramos como nuestro. Como nuestro es el poder de prejuzgar en nuestros hijos una postura que nosotros mantuvimos en el pasado, vertiendo sobre ellos la sombra de nuestro fracaso, tal y como el ocurre al Sr. Mitaine, el protagonista del relato titulado, Un hombre honrado, donde Némirovsky, una vez más, enfrenta al hombre contra sus contradicciones desde el título de la historia, pues ese alma atormentada por las acciones del pasado transitan por el retrato de muchos de sus personajes. El dinero, en este caso, y el mal que despierta en el protagonista, son el hilo conductor de una historia muy bien narrada, sobre todo, por el perfil psicológico que nos muestra del Sr. Mitaine y de los personajes que viven en el pueblo de provincias en el que vive. El dinero, de nuevo,  es el canalizador de la vida en El incendio. Una vida que, de alguna forma, también espera el amor y la necesidad de experimentar el sabor del deseo una vez más. Un amor y un deseo que, sin embargo, pueden venir bajo el matiz de la sorpresa de aquello que nunca imaginamos, ni tampoco supimos vislumbrar en el primer destello de lujuria del que fuimos víctimas.


En la última parte de esta colección de relatos la escritora ucraniana se dedica, casi exclusivamente, a la guerra y las consecuencias que ésta tiene sobre las aparentes vidas tranquilas de sus protagonistas. Aquí el destino de la confrontación bélica se muestra más caprichoso que nunca, y resucita o elimina a los seres humanos de una forma tan arbitraria que es imposible refugiarse de tal maldición. En El desconocido, el desastre de la guerra que rompe fronteras y familias a ambos lados del frente se hace presente de una forma sórdida, y la funesta sorpresa del relato rompe un poco el molde en el que se desenvuelve Némirovsky habitualmente, pues en ese relato nos habla del desgarro con sumo acierto mediante una prosa limpia y muy cuidada. En El confidente, como el cuento anterior, uno de los protagonistas debe hacer frente a una revelación que le hace pensar que ha estado viviendo otra vida, o una vida de mentira. Sin embargo, hay ocasiones en las que la verdad no es suficiente para derribar a nuestros instintos, sentimientos, recuerdos y sensaciones. Esta recopilación se cierra con el relato El señor Rose, donde la guerra de nuevo se alza como una luz cegadora del destino de los hombres que se ven obligados a vivir aquellas experiencias por las que nunca pensaron que deberían pasar, y que ponen de manifiesto la falta de preparación que los franceses, en este caso, tuvieron ante la Segunda Guerra Mundial. El azar, de nuevo, se muestra majestuoso y lúcido sobre las miserias de los hombres. Unas miserias que nos hablan sobre la necesidad de vivir y ser amado.


Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 6 de enero de 2019

ROMA, UNA PELÍCULA DE ALFONSO CUARÓN: LA VIDA FILMADA TAL Y COMO ES



Vigilar el mundo desde un cielo por el que sólo transitan aviones que nos muestran sus ruidosos fuselajes, para poco a poco, acercarnos con un poderoso zoom a esa tierra demoledora que sustenta cada día a nuestros pies. Pies que se posan encima de un terreno resbaladizo o movedizo. Un terreno sobre el que nos caemos con la única intención de volver a levantarnos. Esa cercanía de una cámara que, desde unos magníficos planos generales, se adentra en la piel de los sentimientos para hacernos creer que aun somos capaces de percibir la vida tal y como es, y no como nos la cuentan, es una de esas rara avis que posee esta película. El naturalismo de la puesta en escena, el ritmo de una cámara que sigue la cadencia de un corazón que busca en las entrañas de aquello que ve, sin más referencia que la memoria, y la distancia con el tiempo que marcan los recuerdos. Este inesperado neorrealismo que despoja al cine de la inexactitud del tiempo para volcar toda su fuerza en el potencial de largas secuencias que, sin embargo, se nos muestran sin llegar a su finalización para que de este modo cada espectador pueda ir construyendo su propia película, son algunas de las características que hacen a esta película única y diferente. Del mismo modo que, en su percepción de la fotografía sobre todo aquello que se nos muestra, la convierten en una plástica experiencia visual a través de imágenes que buscan en la sencillez la interpretación de la belleza. Por ejemplo, la secuencia inicial del agua que se desliza sobre el pavimento hasta que llega a desaparecer por el sumidero, es un claro indicio de ello.



Alfonso Cuarón en, Roma, se refugia en el útero de su infancia y en la supervivencia que resiste a la devastación del paso del tiempo, para desde ese recóndito lugar, ofrecernos una historia de héroes mudos y anónimos. Héroes que, sin embargo, no se rinden ante las circunstancias adversas de sus vidas. Son héroes, mejor dicho, heroínas, que reinterpretan la vida desde la verdad de los sentimientos, o desde un corazón que, por muy afligido que esté, se muestra valiente. En este sentido, no se nos debería olvidar que el director mexicano dedica esta película a las mujeres más importantes de su vida. Una de ellas es la empleada de hogar, Cleo, interpretada por una majestuosa Yalitza Aparicio. Otra es su madre que, en Roma, visualizamos a través de Nancy García García. Ellas son el cordón umbilical de un tiempo y una vida a la que Cuarón dota de la permeabilidad de las sensaciones hasta convertir lo cotidiano en una suerte de épica del mundo y de la existencia, pues en Roma, está al alcance de nuestras manos todo aquello que alguna vez fue importante en nuestras vidas.



Roma es uno de esos extraños hallazgos que convierten el día a día en una Biblia de imágenes que inundan a nuestros ojos de vida. Vida hecha de pequeños descubrimientos, de miedos, inseguridades y proezas que nadie saben lo que significan, porque nadie se para a contemplar los sentimientos como los hace Cuarón: desde la desnudez de la inocencia que busca su propia verdad. Una verdad que se sustenta en la realidad de ese corredor de fondo que no ceja en su empeño de llegar a una meta que sólo existe dentro de él. Hay rebeldía en los personajes de esta película, pero es una rebeldía sumida en el silencio de ese sol que nos muestra las experiencias vitales bajo el manto de la felicidad silenciosa que se refugia en los límites del corazón. Hay muchas escenas en esta película que, desde la incertidumbre, nos ponen los pelos de punta, como por ejemplo, la de la playa que acaba con toda la familia abrazada cerca de la orilla del mar. Una secuencia y una imagen que, por sí mismas, valen por toda un vida, pues nos hablan de la necesidad del otro y de la íntima necesidad de cubrir ese caparazón de nosotros mismos que se queda desguarnecido ante la desgracia. Desgracias adornadas con las lágrimas de una infancia que se desborda una y otra vez por los límites de los recuerdos. Recuerdos-frontera, recuerdos-sima, recuerdos-inocencia. En esa inocencia que nos muestra Cuarón nace la necesidad de esta película de abordarlo todo, como si ese pequeño espacio de tiempo de apenas unos meses, que transcurre entre finales del año 1970 y principios de 1971, fuese la historia de todo una generación, y también de un pueblo, el mexicano, que como tantas otras veces se nos muestra convulso, como la tierra sísmica bajo la que se asienta. Y, al otro lado, o lejos de ahí, el cielo. El cielo con sus nubes, sus rayos, sus huracanes y sus aviones que pasan y pasan, y no dejan de pasar. Vigilantes perennes e indiferentes de todo aquello que sucede bajo su ruidoso fuselaje, como si en verdad, los adelantos tecnológicos sólo sirvieran para alejarnos de la vida y, de esa tierra firme, donde transcurre nuestro día. Aviones que son el reflejo de la distancia que existe entre el cielo, implacable e infinito, y el embrión del que procedemos.   

 

Ángel Silvelo Gabriel.