martes, 1 de marzo de 2016

VIVA SUECIA, LA FUERZA MAYOR: ILUMINANDO LA OSCURIDAD


Sumergirse en una nube para seguir flotando en un mar incorpóreo e infinito por el que poder transitar a través de los límites que difuminan la realidad y la ficción. Mares de nubes y atmósferas tan irreales como el agua que no moja, pero que sí nos deleita los sentidos. Y guitarras cortantes, luminosas y oscuras a un tiempo, que nos marcan la senda de unos juegos que un día soñamos. Soñar, sumergirse, caer…, para luego subir, saltar y alzarse a la cumbre más inaccesible donde sólo llegan los soñadores, porque La fuerza mayor es caminar hasta la punta del desfiladero desde la que poder observar el infinito, como infinitas son las múltiples secuencias musicales de este disco debut donde se nota que el cuarteto murciano, Viva Suecia, han volcado la esencia de su alma. Raras veces ocurre, pero en ciertas ocasiones las virtudes artísticas asoman a la primera, y aquí estamos ante una de esas demostraciones.



Las buenas maneras musicales del grupo ya nos quedaron muy claras cuando telonearon a McEnroe en el último concierto que los vasco dieron en Madrid (Sala But). Y este larga duración no es sino la confirmación de aquellos sonidos, injustamente entrecortados, por los cortes eléctricos que padecieron ese día. Sin embargo, las sensaciones permanecen en el recuerdo, y en La fuerza mayor quedan plasmadas, pues Viva Suecia http://www.vivasuecia.com/ se muestran vigorosos, eléctricos, potentes y portentosos, para decirnos que su propuesta musical es válida, y que han llegado para sumarse a la ya consolidad nómina de grupos murcianos en el panorama indie español. Los ecos y las reverencias de la música pop de los noventa son el sustento de estas canciones que consiguen iluminar la oscuridad en una sinergia de fronteras que, en su letras, van desde el realismo sucio a lo Bukowsky hasta la vertiente más existencial de la vida.



Efe efe es una buena muestra de todo ello, pues tras la calma inicial: «así que te has rendido quién lo iba a decir», los reflejos de las guitarras van ganando en una sonoridad compacta y genuina como pocas veces hemos escuchado en un disco de debut, pues complementan las coordenadas de los medios tiempos de una forma magistral: «un recuerdo para presumir lo ingrato que es invertir… y nada es inmortal, nada». Inmejorable muestra de la acústica de un tema apabullante como pocos, que se sustenta en un perfecto juego de acordes entre guitarras que traslucen la inmediatez y la fuerza del grupo murciano. Magnífica tarjeta de presentación que nos lleva a Bien por ti, single y vídeo del presente disco, que comienza con un guiño muy Second, y luego deviene en una irreflexiva, por lo irreverente y majestuosa, carga de adrenalina que promete y mucho en los futuros directos, donde los galopes de las guitarras levantan polvaredas a sus melodías. Acabaremos muriendo es la primera de las secuencias, digamos tranquilas, del disco, pero donde las resonancias musicales siguen siendo las mismas, sólo atemperadas por el ritmo: «quedamos del lado que hace temblar la balanza». Equilibrios en la senda de las armonías trabajadas en el shoegaze más irreverente. Hazañas de un mundo que se describen como mapas sonoros únicos e inexplorados: «nada es perfecto ni más ni menos igual».



Bucles que acaban en secuencias sonoras distorsionadas que les sirve a los murcianos para llegar a Permiso o perdón, otro de los temas estrella de este disco, si esa afirmación puede darse en este caso, pues la línea principal que lo define es su equilibrio. Medios tiempos que de nuevo nos susurran las melodías del caos existencial que rodea a nuestras vidas, porque en ocasiones, nuestras vidas fluctúan entre esos dos límites que nos marcan el permiso y el perdón; una dicotomía a la que Viva Suecia hacen acompañar de sus aguerridas guitarras, que pueden clasificarse de todo menos de tímidas, por lo compactas que aparecen en este tema. Pero este viaje a lo más profundo de la oscuridad no acaba aquí, pues la sonoridad que el grupo nos regala en Hasta ahora, es una de las mejores muestras que hay en este disco debut de los límites por los que la música puede transitar en una especie de cortinas o velos que nos rozan la piel y los sentidos para despertarnos de la monotonía más atroz. Única y ensimismada, la canción va subiendo enteros entre rasguños de guitarras que tienden al caos que deviene en gloria pura. Sin duda, Hasta ahora es una propuesta de viaje hacia el más allá donde los límites los ponen nuestros sentidos; gran canción. Algo más tranquilo comienza El día después de la trampa, como si Viva Suecia quisiera que nos recuperáramos del éxtasis anterior, pero enseguida nos damos cuenta de que todo se trata de un falso espejismo, pues los ritmos de este tema enseguida nos ponen de nuevo en alerta: «yo soy el mismo que no han conocido ni bien ni mal». Estallidos irreverentes que penetran en nuestros sentidos en una secuencia ascendente de parámetros que definen el último deseo de la noche; otra gran canción teñida de vientos que rodean a lo irreal.



Las siguientes canciones ya pertenecían a su Ep 2014, y comienzan con Nadie te devolverá el favor, donde ya somos conscientes de que los inicios de Viva Suecia despuntaban la esencia de su alma: «morir en el intento es un opción que nunca nos sirvió». Aquí, la cadencia sonora es más pausada, aunque el eco sigue siendo el mismo, pues la fuerza intrínseca al grupo está muy presente y nos lleva hasta ese tic tac inicial de Palos y piedras. Arrebatos difuminados en secuelas amargas: «me has jodido tantas veces porque tantas veces fui infeliz», lo que nos proporciona una secuencia de ondulantes subes y bajas que modulan el perfil de una canción arrebatadora. Sonidos que de alguna forma se repiten en Los años, como señas de identidad de un grupo que no quiere refugiarse en las tranquilas aguas de la indefinición, pues su fuerza y su ímpetu no se lo permiten: «confía en mí seremos carne de rutina», una afirmación que remarcan la animadversión de los murcianos hacia el paroxismo existencial de la nada más absoluta.



Pero sin necesidad de presentar nuestra renuncia, nos volvemos a caer desde el cielo en La novena vez: «puedes empezar por admitir que es mejor negar que dimitir». La carga sonora de Viva Suecia, en esta ocasión, despunta de una forma clara hacia lo que serán sus futuras composiciones, pues esta canción tiene la clarividencia de representar a un rayo de luz que les ha iluminado los nuevos caminos musicales en los que han ido profundizado a posteriori: «nunca se te ha dado bien tomar consejos», lo que no es óbice para que este corte del disco acabe como un auténtico relámpago luminoso y rabiosamente feliz, alcanzando cuotas muy apreciables en cuanto a su calidad sonora y musical. Límites que también explora Mamá, te va a encantar, donde sobresalen los punteos de las guitarras al inicio de la canción, y que representan un perfecto broche de oro al conjunto al que Viva Suecia ha llamado La fuerza mayor, como si mayor fuese esa última necesidad de seguir iluminando la oscuridad.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 29 de febrero de 2016

TEATRO TRIBUEÑE, PROGRAMACIÓN DE MARZO: SESIÓN DE FIN DE SEMANA

“Una historia sencilla, bien contada, bien interpretada y llena de magia” 
Estrella Savirón - A golpe de efecto







TEATRO TRIBUEÑE, PROGRAMACIÓN DE MARZO: JUEVES DE REPERTORIO


Montaje imprescindible para los apasionados del teatro y, particularmente, para los lorquistas”
Azay Arte Magazine – Laura Esteban


“Tribueñe rinde culto a la poesía y la belleza. Esto es teatro”
Javier Villán en El Mundo

“Es muy engañosa la vida”
Ligazón, Valle-Inclán



“Monólogos que nos iluminan y nos ayudan a reencontrarnos con la esencia de lo que somos” 

Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 25 de febrero de 2016

CARLOS OROZA, EXTRACTO DEL PRIMER POEMA DE SU POEMARIO ÉVAME


La tierra es un espejo
Una marcha del agua con su olfato
Un aroma extendido
Un puente
Un salto
Una lejanía abandonada
Un agua altiva
Una franja de acero
Tránsitos y multitudes que se cruzan y que nunca se van a conocer

Direcciones en calma
Un cuerpo en el ámbito
Una ciudad que se forma mientras la otra sube por su calle cansada

Escucha una voz mientras has de llegar
Vas a subir
A entrar sin descansar en compostura según sus sonidos
A sus cuencas profundas por una tentación de luz
Mirar por todo el cuerpo tirar de mi aliento alucinar con mis ojos
Atraer
Tomar mi cuerpo y bajarlo

Aúllo
Entro entonces por ti
Me dejar al descubierto y andamos en ambas manos tanteando el vacío

Carlos Oroza

miércoles, 24 de febrero de 2016

MIRIAM REYES, PRENSADO EN FRÍO: LOS LATIDOS DE UNA CUENTA-ROBOT, RECONVERTIDOS EN POEMAS QUE REPRODUCEN NUEVAS IDEAS, NUEVAS SENSACIONES


Los procesos de escritura fuera de la norma no son una novedad dentro de la literatura, baste si no, recodar el movimiento surrealista de principios del siglo pasado y su proceso de escritura automática, o los experimentos que protagonizó William Burroughs a través de su método CUT-UP (cortar y pegar), y que tanto influyó en los miembros de la beat generation a mediados del s. XX, «dando fruto a términos de invención propia, construcciones gramaticales imposibles, palabras desprovistas de significado, pero cargadas de sonoridad, es decir, poesía en prosa con la que evocar determinadas atmósferas o ambientes que nos lleven a estados psicológicos y no sentimientos» (tal y como nos apunta Anxo Cuba en su magnífico artículo “El universo extremo y delirante de William S. Burroughs”). Sin embargo, lo que nos propone Miriam Reyes http://miriamreyes.com/ en su nuevo poemario, Prensado en frío, es algo distinto, pues su azar a la hora de elegir los versos que componen sus nuevos poemas es otro, pues éstos, proceden de la máquina y su caprichosa combinación aleatoria. En todo este juego de casualidades, Miriam parece expresarnos una necesidad de traducirse por el otro, como si sus poemas fuesen ventanas o espejos por los que colarnos —o colarse—, para de esa forma, darles una forma y un sentido nuevo; una forma y un sentido en los que ella necesita, de alguna manera, verse plasmada.


No obstante, no nos llevemos a engaño, porque la contraportada de este poemario acaba con estas tres palabras interrogativas: «¿reescritura?, ¿sobreescritura?, ¿desescritura?», y como muy bien dice el refrán popular: «el que avisa no es traidor», pues cada uno de los lectores de este Prensado en frío deberá elegir una de estas tres opciones, o sólo una de ellas, o quizá otra distinta. Por si acaso, Miriam Reyes, en la nota que abre este libro nos dice que: «adoro el escombro, la ruina…», como si el último afán de este poemario fuese la deconstrucción que a posteriori admite múltiples formas, tantas, como cada lector del mismo quiera darle. Pues de esos latidos aleatorios de la cuenta-robot que se proyectan sobre el papel y el imaginario de la autora —primero—, y de los lectores —después—, se crea algo nuevo bajo la premisa de aquello que “se admite ha perdido el control sobre lo escrito o de probar los límites de nuestra escritura”, como nos apunta la autora.


Los poemas que se generan en este particular Prensado en frío, son como latidos poéticos que recorren los caminos metafóricos de sus anteriores trabajos, pero si bien, son poemas cargados de versos que se complementan o yuxtaponen unos a otros, dependiendo de un azar predestinado a forzarnos a reinterpretar un mundo nuevo, pues ese es el final de cada uno de los poemas de este Prensado en frío, trasladarse desde un espacio poético inicial a otro bajo la posibilidad de ser otro siendo el mismo, en una especie de reciclaje donde la esencia no desaparece, pero no así la forma. Aquí, Miriam Reyes, de una forma consciente, o no, crea nuevas formas y se recrea en ellas buscando una complicidad por parte del lector, al que en esta ocasión le va a resultar más compleja asumir, por la dificultad a la hora de encontrar el ritmo en algunos de los poema-robots que, de esa manera, nos muestran lo difícil que es adivinar las coordenadas de lo indeterminado. No obstante, de esa indeterminación ven la luz palabras que crean versos e imágenes que consiguen continuar el discurso narrativo de la poetisa gallega, pues su esencia poética sigue estando ahí, aunque esta vez nos la muestre de una forma distinta. Apuesta valiente la de Miriam Reyes, que busca e indaga en nuevas corrientes expresivas que nos permiten seguir explorando la esencia del ser humano a través de las palabras, en este caso, pero no limitadas a ellas, pues los sentimientos admiten múltiples maneras de verse arrasados y también acariciados. De ahí, que de Espejo negro, Bella durmiente y Desalojos, nazca esta nueva criatura, distinta y bautizada como Prensado en frío; una criatura reprogramada y estigma de un universo, caótico y ordenado a un tiempo, que ve la luz bajo las fórmulas analíticas de las máquinas y las grietas de una poeta que no se rinde a dejar de experimentar nuevos procesos de creación, quizá, porque hace tiempo que se ha dado cuenta de que el mundo es una combinación imperfecta de prueba y error.


Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de febrero de 2016

JOHN KEATS EN EL 195 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN ROMA: LA VOZ DEL POETA QUE LUCHÓ CONTRA SU ACIAGO DESTINO



Mi querido John:



Hoy, 23 de febrero de 2016, se cumplen 195 años de tu muerte en Roma. Hoy, más que nunca, el tiempo difumina nuestra memoria, pero no borra los confines de nuestra existencia. La huella del poeta se encalla laboriosa en el tiempo y deviene en una especie de cántico infinito y espectral que se sobrepone a la amargura congénita al ser humano. Los límites de tu poesía se parecen mucho al rugir de las olas, pues por muchas noches solitarias en las que batan con fuerza la silueta de su sonido sin que nadie las observe, ellas persisten en el intento, y lo hacen una y otra vez, una y otra vez... Hay ecos que no saben lo que son la soledad y el olvido, ¿recuerdas?: «El mar conserva eternos sus murmullos en torno/ de playas desoladas, y con su recio embate/ inunda mil cavernas, hasta que el sortilegio/ de Hécate les deja su sombrío sonido». John, ahora las olas del mar se transforman en ondas que no entienden de cordilleras y continentes, pues viajan por el mundo con la libertad de aquel que no tiene miedo ni tan siquiera a la muerte. Muy pronto, tus palabras volverán a inundar ese espacio etéreo, anónimo y sinsentido, pero tan potente como el rocío de los placeres que un día te llevaron a ser único, por distinto y perseverante. Nadie quiso apostar por ti en vida, pero el tiempo, ese diapasón tiránico y hostil, por fin te dio la razón, y te trasladó a ese mar de nubes desde el que contemplar el mundo con la serenidad de los dioses que saben que durante su vida terrenal lo dieron todo. Pena y gloria, dolor y traición que, en el más infinito de los letargos, se hacen extraños como aquellos sentimientos contradictorios de abnegación y proeza que te acompañaron en tus últimos días. Hampstead fue ese jardín eterno donde el amor se vistió con el color de las lilas y las violetas, y donde el viento de la vida fue breve pero placentero. En ese momento, tu voz fue portentosa, como sólo lo puede ser la del amante que no conoce otro límite que el de su propia pasión. Fiebre sin fronteras que, ausente del poder de la desdicha, navegó firme contra tu destino. Tu vida fue efímera, como una mariposa, pero tan intensa, que multiplicó hasta el infinito esos tres días que reclamaste junto a tu amada Fanny Brawne (el reflejo de tus heroicos poemas). Todavía soy capaz de escuchar ese clavicordio, cuyo sonido, tenue y limpio a la vez, se asemeja a esa imagen que me llevó hacia ti.

John https://es.wikipedia.org/wiki/John_Keats,  no hay límites para nuestros sueños, ni barreras imposible de flanquear en la vida de un poeta. Héroe de la nada y adalid de los sueños más maravillosos por imposibles, sé que descansas en paz; la paz de aquellos que lo entregaron todo a cambio de nada. Debes conocer que nada sería igual si no supiéramos recitar cualquiera de tus odas, porque no seríamos capaces de discernir la verdadera razón por la que estamos vivos. Tenías razón: «algo bello es un goce eterno».



John, te escribo desde este lado en el que la naturaleza de las derrotas son otras, pues no existe una leal y prístina lucha por la búsqueda de la belleza a través de la verdad. Ahora, como antes, los hombres siguen empeñados en almacenar en sus graneros aquello que no tiene otro sentido que el de la materia sin esencia. John, este es un mundo que se limita a vivir rodeado de lo posible o predecible. Aquí no hay batallas engendradas por la imposibilidad de yacer en lo más alto de la copa de un árbol cual ruiseñor que declina su canto para proyectar algo de luz sobre la miseria de la vida: «Escucho entre las sombras; y he estado muchas veces/ un poco enamorado de la Muerte apacible;/ le he dado dulces nombres en versos abstraídos/ para que fuera al aire mi aliento sosegado;/ y ahora más que nunca morir parece hermoso,/ sin dolor extinguirse en medio de la noche,/ mientras que tú derramas tu alma hacia lo lejos,/ ¡absorto en ese éxtasis!». Dulce éxtasis el de la muerte que a ti te llevó lejos, muy lejos de Leteo, porque entre las profundidades del olvido, tu voz surge de múltiples formas, y sigue viva como quizá nunca lo haya estado antes. La presencia de tus poemas se hace presente a través de las ediciones que año tras año ven la luz en este mundo de tinieblas. Hasta tu amada, Fanny Brawne, lucha por salir de su anonimato y del estigma que sobre su recuerdo y su persona se posaron sobre ella cuando vieron la luz las cartas de amor que la escribiste. Tu Fanny, ahora, como antes hiciste tú, lucha porque el destino —ese caprichoso enigma que te alejó tan pronto del mundo de los vivos de una forma tan trágica—, la dé a ella una nueva oportunidad de darse a conocer tal y como era, y no tal y como otros la reinterpretaron. La esencia de Fanny Brawne también merece la pena ser explorada y conocida, pues gracias a su cercanía a ti te llevó a dibujar esas odas que han trascendido al perpetuo paso del tiempo. John, tantos han sido los que se han acercado a tu obra y tu vida desde entonces, que no cesan de ver la luz —esa luz que a ti se te negó tan pronto—, nuevas obras acerca del universo del poeta de la melancolía inalcanzable. La nómina es larga, John, muy larga, y sólo a modo de ejemplo te enunciaré algunos de aquellos que se han aproximado a ti: Charles Brown, Lord Houghton, Mary Shelley, Lionel Trilling, Julio Cortázar, Jane Campion, Antonio Rivero Taravillo, Alejandro Valero, Juan Carlos Mestre…, e incluso un servidor, que todavía no puede desprenderse de tu sombra.



Allá donde estés, tu recuerdo sigue indeleble entre los vivos, a pesar de la nula búsqueda de la belleza a través de la verdad que hoy nos rodea, como te he dicho antes. John, la voz del poeta que luchó contra su aciago destino, se ha convertido en un símbolo que recorre las calles de Roma entre los velos del tiempo que se hacen corpóreos a cada instante, a cada brizna de césped que, procedente de los zapatos de aquellos que han visitado tu tumba en Campo Cestio, luego pueblan los adoquines de la bulliciosa ciudad eterna. Tu esencia y tu lírica se desplazan, con fuerza pero sin prisa, por todos aquellos recovecos de las almas humanas que necesitan ver y sentir más allá del lugar y el objeto que les ha sido obsequiado desde que nacieron. Hay que tener el valor de vencer al miedo, y acabar de subir la loma que divide el horizonte —cada día nos es más necesario—, como hiciste tú, para llegar a conocer qué hay en ese otro lado, material y corrupto, como éste, pero sin duda, más liviano y natural, como todo aquello que se nos presenta como nuevo cada día.



John, desde este lado, el mar sigue siendo mensajero de grandes dramas humanos, pues ni eso hemos sido capaces de arreglar, pero también, igual que ese eco perdido en lo más profundo de una cueva, tus poemas sirven para concelebrar bodas y hacer del amor ese último lugar que conquistar y en el que quedarse a vivir: «Si yo fuera constante como tú, estrella lúcida/ no en brillo solitario suspendido en la noche/ y observando con párpados eternamente abiertos, como insomne eremita de la naturaleza,/ las agitadas aguas que en su sagrado empeño/ purifican las costas humanas de la tierra,/ ni mirando la máscara reciente de la nieve/ caída con dulzura sobre montes y páramos». Nada hay comparable a ese último sentimiento que tú reinterpretaste en forma de cascada, transparente y dichosa, sobre la que depositar el último hálito de nuestras vidas. Detrás de cada uno de tus poemas, persiste esa última necesidad de alcanzar lo imposible, como si el alma del hombre siempre estuviese condenada a esa eterna condena: «La belleza es verdad; la verdad, belleza —Todo eso y nada más has de saber en la tierra». Bellas palabras que escenifican ese sentir de las derrotas amargas. John, nuestro día a día nos sumerge en el lodo de la insulsa cotidianeidad que no produce grandes hazañas, más allá de la mera supervivencia, esa que tú buscaste con el ahínco que el destino te negó. Ahí está, parte de tu leyenda, pues si ese hubiese sido tu deseo, podrías haber presentado tu renuncia a la vida que, de una forma milagrosa, se prolongó durante más de dos meses en la soledad de una Roma, oscura y extraña para ti, donde la luz poco a poco se tornó azul.



John, creo que ha llegado el momento de la despedida; esa que se vuelve incierta por ser compañera del silencio. Allí, donde te vuelva a encontrar, diré que una vez puse mi mano sobre tu memoria, infinita y apoteósica, como la mayor de las manifestaciones de la belleza que jamás haya visto o conocido, quizá, por eso, el destino te llevó hasta Roma, un lugar donde descansar rodeado de múltiples pruebas de aquellos que muchos tildan como de imposible. John, la vida es como una sucesión de estaciones que de repente se para, ¿recuerdas?: «Estación de neblinas y fértil abundancia,/ compañera del sol maduro y fecundante,/ con quien conspiras para colmar y honrar con frutos/ las vides que rodean los aleros de paja/ y cargar con manzanas los árboles musgosos/ del caserío, henchir de sazón todo fruto,/ hinchar la calabaza, llenar las avellanas/ de una dulce semilla, y hacer brotar más flores/ y más flores tardías para que las abejas/ piensen que no se acaban las cálidas jornadas,/ pues rebosó el estío sus celdas pegajosas».



¡Hasta siempre, John!



Ángel Silvelo Gabriel.

ALAS, LECTURA DE MICRORRELATOS COORDINADA POR LOLA BUENDÍA: MÁLAGA, 1 DE MARZO A LAS 19,30 H., CALLE DE LA MERCED, 1


El próximo 1 de marzo, dentro de las actividades paralelas a la exposición

CUÉNTALAS, Lola Buendía López coordinará el acto: "Lectura de Microrrelatos"

comenzando los actos de ALAS del mes de marzo 

(8M DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER). Os esperamos.

MI RELACIÓN CON LA COMIDA DE ÁNGÉLICA LIDDELL Y DIRIGIDA E INTERPRETADA POR ESPERANZA PEDREÑO: EL ARTE COMO HAMBRE DE LOS SENTIMIENTOS REVOLUCIONARIOS


El escenario poco a poco se va llenando de palabras dibujadas con una rabia roja de ira y con una tiza blanca que las plasma sobre el escenario como si fueran la semilla de una revolución, la que en cada obra de teatro nos propone una inconformista Angélica Liddell https://es.wikipedia.org/wiki/Ang%C3%A9lica_Liddell. Despertar, individuo y privilegio son las primeras palabras escritas que van ocupando una de las diagonales del escenario, y, también, representan el primer puñetazo sobre nuestra conciencia. Mi relación con la comida es el pretexto, tal y como nos narra Liddell en su texto, para confrontar, una vez más, a la obra de arte frente al ámbito burgués que la gobierna y la controla en nuestro país. Sus postulados son ya de sobra conocidos, y, en esta ocasión, esta obra escrita en plena época del bienestar aznariano, no deja de representar, por ello, un grito de protesta contra esa sonrisa tonta y acomodaticia con la que cada uno de los españoles se retrataba frente a su nuevo coche o su nueva casa.


Entonces, tanto o más que ahora, poco importaba que nadie pudiese pagar o hacer frente a aquello que firmaba, pues los conceptos pobreza, hambre o instinto de conservación no se conjugaban en el lenguaje coloquial de un pueblo narcotizado por el dinero. No obstante, la dramaturga no se conforma con el afán de la crítica por la crítica, sino que intenta transponerse a su propio reflejo, para de esa forma, intentar acercarse al otro. Aquí, ese otro tampoco sale muy bien parado, pues esa es una de las estrategias de la autora —hacernos sentir incómodos—. Ese sentido trágico de la existencia se refleja en frases como ésta: «los pobres odian a los que son todavía más pobres» —. Y es verdad, porque de esa maniobra, salimos jodidamente incómodos a través de una puesta en escena plena de simbolismos —manidos muchos de ellos: como el tricornio de la Guardia Civil o el póster de Marx—, pero con los que la autora juega a hacernos cómplices, por nuestro estatismo, del eterno discurso sobre la pobreza, invitándonos a tomar partido a través del HAMBRE COMO ARMA SOCIAL.

 
Este largo e intenso monólogo social nos lleva a una segunda parte del discurso en el que, Angélica Liddell, incide más si cabe, en la idea del INDIVIDUO FRENTE AL ESTADO. Esta vez, intentado involucrarnos de una forma distinta, pues lo hace aliándose con el ritmo de la poesía trágica, donde las palabras se asocian y se transforman: «no quiero ser buena», en una nueva demostración de ese paroxismo que parece decirnos de una manera sempiterna que LIDDELL ESTÁ CONTRA TODOS. En este nuevo espacio de guerra de guerrillas, la autora carga contra la Iglesia Católica y sus símbolos, pero no conforme con eso, a su vez, trata de hacer desaparecer ese estatismo intelectual o acomodaticio de los espectadores, obligando a los asistentes a ser una parte activa de la obra, con lo que parece querer decirnos que, para la catalana, en el CONCEPTO DE ESPECTÁCULO TOTAL, tal y como ella lo entiende, “UNO” PUEDE LLEGAR A SER EL “OTRO”. A partir de este momento, el discurso ético del texto nos lleva a lo que podríamos denominar como un desbocamiento ideológico que no conoce límites, para que, de esa forma, no podamos argumentar que hemos salido del teatro indemnes o sin sufrir daños: «¡ojalá mi obra fuese molesta y beneficiosa a la vez!», nos dice Liddell en una nueva manifestación de su ideario político y existencial. En este sentido, hay que decir que el discurso inseminado en esa poesía trágica antes aludida, nos hace caminar sobre un suelo donde los adoquines no son de piedra sino de cristales rotos, cuyo único objeto es unir lo bello y lo justo —la sangre unida a la vida y la muerte—, o, en un acto de resistencia, confrontar a la violencia poética frente a la violencia a secas. Aquí, la provocación deviene en un planteamiento más mayestático si cabe: EL TEATRO CONTRA EL HOMBRE o el arte como hambre de sentimientos revolucionarios.

 
Todo esto, sería inimaginable sin la desnuda, pero descarnada puesta en escena, que han ideado Esperanza Pedreño e Isidro Paterna, donde la esencia es el hueso y no la carne. Desde esa desnudez, donde la palabra es la verdadera protagonista, Esperanza Pedreño se revuelve sobre sí misma para vomitarnos, como si fuera la propia Liddell, un repertorio de necesidades físicas, escatológicas e intelectuales que, en ocasiones, compagina muy bien con unas castañuelas y un taconeo aflamencado que reclaman la esencia del arte y del ser humano. A lo que hay que unir, esa fuerza expresiva que poseen las letras pintadas con tiza blanca sobre un encerado inmenso y negro que acoge al escenario; un universo que a su vez, viene representado por un balón hinchable que va y viene, sube y baja, como si fuera ese mundo que gira con y sin nosotros de una forma perenne, y sobre el que poco podemos hacer, salvo quizá, desinflarlo para que desaparezca. Mención aparte, merece la relación de la actriz con su vestuario, pues las sensaciones de transformación y de expresión son infinitas, tanto o más que las múltiples formas que adopta Esperanza Pedreño en esta obra, donde su valentía, su decisión y fuerza actoral están fuera de toda duda, incluso, en un texto tan incendiario como éste de Angélica Liddell. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 18 de febrero de 2016

JUAN CARLOS MESTRE, LA TUMBA DE KEATS: EL CANTO UTÓPICO DE LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD


Al contrario que en la cubierta del poemario, donde se representa al amor montado en un pequeño hipocampo, Roma aparece en este conjunto de poemas como un inmenso espacio —por infinito—, donde unir diferentes voces y ecos —hay quien expresa que Mestre intenta reconciliar el cristianismo y el marxismo—. No obstante, el amor y el tiempo son sólo dos de las acepciones presentes en esta gran bóveda de la ensoñación de las causas perdidas, donde Keats https://es.wikipedia.org/wiki/John_Keats no es la causa, sino el símbolo a través del cual Juan Carlos Mestre explora la posibilidad de enunciar la voz del otro u otros, pero no de un otro u otros cualesquiera, sino de aquellos que no tienen voz en el mundo de los vivos, y, quizá, por eso, la voz poética instale a su imaginario en un metafórico silencio de los cementerios que no es tal, pues la lírica que impregna a cada poema, se remueve con fuerza contra lo imposible, y lo hace en una suerte de utopía en la que los muertos recuperan la voz mediante las palabras del poeta. Poemas extensos, poemas preñados de figuras literarias —anáforas, sinestesias, etc.—, repeticiones rítmicas y sin ritmo, hallazgos que nunca imaginaste e imágenes que nunca soñaste, buscan la vanguardia como una propuesta que en sí misma no ha acabado.


Mestre huye de la experiencia y sale a encontrar otro universo de la mano de la utopía. En este sentido, no es de extrañar que, el famoso epitafio de la tumba de John Keats: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua», se le quede corto, pues a él no le hace falta esa definición de la nada para subirse a la quilla de los oprimidos y guiarles por una Roma milenaria que sólo no existe para aquel que no quiere ver. El tiempo y el mundo contra el hombre adquieren aquí la majestuosidad de las grandezas y las miserias presentes en los seres humanos de una forma inteligente, pero también muy dañina.


Como dice muy bien María Nieves Alonso en su ensayo Las letras van de amor: «La tumba de Keats… recrea el antiguo relato del viaje físico que deviene en viaje espiritual y en búsqueda de la verdad, de la paz y de un centro espiritual». Como igual de cierto es que estamos ante un texto de inicios pero no de finales, pues la propuesta del poeta no es la de darnos las respuestas sino la de formularnos las preguntas en un juego feroz e indeterminado de incertidumbres. De esa duda es de la que mayor provecho se saca, parece decirnos el autor, que explora su discurso también a través de aquellos que acompañan al poeta romántico en el cementerio de Campo Cestio en Roma: Shelley, Severn, Gramsci…, para confrontar sus voces y sus alegatos con la historia de una ciudad —eterna—, que ha asistido a múltiples y muy diferentes formas de gobierno y opresión, como si todas ellas nos condujeran hasta la mayor liberación del hombre, y, cuya máxima expresión, fuese la que queda plasmada en su tumba, donde sólo tiene que dar cuenta de sus obras al viento de la noche que intenta colarse por su lápida. En uno de sus versos, Mestre nos dice lo siguiente: «Roma ha muerto y entre el desorden sexual de las cúpulas/ la sombra de Shelley es un barco del que se arrojan contra el/ acantilado los albaneses», o esto otro en el mismo poema: «Ésa la curiosidad del que nombra ante la curia la erección de/ Trajano,/ el que en la sala de los cónclaves declara: mi Vaticano es la tumba/ de John Keats,/ y considera un ultraje el propósito de la eternidad ante el que se/ devoran los hombres.»




La tumba de Keats es, además, el ronroneo de los gatos en la oscuridad de la noche; una noche donde reina la soledad de las lápidas y la desintegración de los fantasmas, pues sombras son todas aquellas ánimas que recorren nuestras maltrechas conciencias. Aquí, el poeta se erige como un descubridor de piras donde quemar nuestros ingratos pecados; escultor de las miserias humanas que se arrastran por el fango de nuestro particular día a día; pintor de la desidia de la caridad mal entendida o del ultraje del último penitente, como si desde el Templete de San Pietro in Montorio, el poeta hiciese de discóbolo lanzando sus versos a un aire sagrado —por el arte y el silencio que atesoran su entorno—, para con ellos, revisitar la Roma que, desde un poco más arriba —en la Fontana dell’Acqua Paola—, filmó Paolo Sorrentino para deleite de los turistas japoneses que caían rendidos ante tanta belleza.


Ese último intento de lanzarnos al vacío de la belleza por la belleza, sin más argumentos que la irracionalidad de nuestra locura estética, es a la que contrapone Mestre el canto utópico de la búsqueda de la verdad, en un pulso sin medida ni tiempo a través de la fuerza de las palabras que, en su caso, exploran la necesidad de lo imposible, como el propio Keats hizo al perfeccionar el soneto shakesperiano en una suerte infinita de odas mágicas; odas recubiertas de la verdad que sólo posee la poesía, pues cada una de ellas por sí sola, es capaz de arrebatar el poder al más abyecto de los hombres, y de paso, dejar su huella en el alma de aquellos que necesitan sentirse libres; libres como el ruiseñor que se posaba en lo más alto de la copa del árbol, y, desde allí, ofrecía su particular trino a quien le quisiera escuchar. Así se levanta Keats de su tumba cada vez que alguien lee uno de sus poemas, pues su voz, aunque en este caso sólo sea un símbolo, sigue siendo infinita, pues lucha contra ese olvido con tan sólo entonar uno de sus poemas: «La belleza es verdad; la verdad, belleza —Todo eso y nada más habéis de saber en la tierra».




Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 12 de febrero de 2016

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DE FEBRERO, PROGRAMA DE FIN DE SEMANA

“Arte dentro del arte[…] obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros. Es una obra maestra, sin duda. No se la pierdan.” 
Javier Villán - El Mundo